Los ojos del alma

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 16 Verdaderas intenciones


Después del maravilloso día de playa que Terry pasó junto a Candy, llegó el lunes y con él, la rutina diaria. Terry había ido a la universidad por la mañana, había recogido a Candy en la escuela a las tres de la tarde y luego se fue a trabajar al Big Burgers.

—Buenas tardes, bienvenida a Big Burgers.— Terry saludó alegre a su clienta. Era una señora mayor, simpatiquísima.

—La tarde está buena, pero no tanto como tú, bombón.— Le dijo la anciana con picardía y Terry le brindó una deslumbrante sonrisa recíproca.

—¿Qué se te ofrece hoy, Martha?

—Pues si yo tuviera al menos unos cuarenta años menos, te diría que a ti, pero dado que el avión se me fue hace tiempo, he de conformarme con ese emparedado club de pechuga a la plancha, sin mayonesa y por favor, no olvides mis papas sin sal a menos que quieras ser responsable de mi muerte.

—¡Ay Matha! ¿Qué sería de éste lugar sin ti? Betsy, ya lo oíste, papas sin sal para ésta bella maja.— Terry le besó la mano a Martha con galantería y ella fingió que se sonrojaba y pestañeó coquetamente, haciendo que Terry volviera a reir a carcajadas.

Luego de despachar la orden de Martha, el señor Hathaway cubrió el descanso de Terry con Betsy. Antes de que la media hora de descanso culminara, el señor Hathaway se le acercó a Terry.

—¿Hice algo mal? ¿Se quejó un cliente?— Preguntó Terry preocupado, con la boca llena y soltando el resto de la hamburguesa en la bandeja.

—No, no. Nada de eso, muchacho. Vengo por algo más bien... personal...

—Ah...— Respondió Terry más desconcertado y hasta en cierto grado, nervioso.

—¿Tienes planes para el próximo domingo?— Le preguntó Robert muy bajito, sentándose en la silla frente a él.

—Bueno, verá... los domingos los paso con Candy...

—Entiendo... disculpa, no debí molestarte, sigue comiendo...— Iba a ponerse de pie, pero la espina de la curiosidad estaba pinchando a Terry.

—Espere... dígame qué se le ofrecía, tal vez...

—Es que pensé que tal vez te gustaría ganarte cien dólares extra...— Terry comenzó a escuchar con atención a partir de ese momento.

—Tengo una cabaña en la playa, la usamos para vacacionar, pero no tengo tiempo para limpiarla y ponerla al día porque...

—¿Dijo una cabaña?— Lo interrumpió Terry.

—Sí...

—¿En la playa?— Se quiso asegurar de haber entendido bien.

—Así es. Y necesito que alguien la ponga en condiciones para...

—¡Cuente conmigo!— Terry casi gritó de emoción, una emoción que el señor Hathaway no comprendió, pero no le dio importancia, cada uno había conseguido lo que quería.

...

—Llegaste tarde, cariño.— Dijo Eleanor bostezando y luego le dio un beso en la mejilla a su hijo.

—Es que me quedé un rato esperando a Anthony para que no tuviera que caminar hasta su casa. Y bueno, también me quedé un rato más ayudando al señor Hathaway con el inventario...

—Jummm... ya quisiera conocer a ese tal señor Hathaway que tanto admiras.— Le sonrió dulcemente, con los ojos achicados por el sueño.

—Uno de éstos días te lo presento, te caerá bien, es buen tipo.

—No lo dudo, de otro modo no lo admirarías tanto. ¡Ah! Se me olvidaba... La esposa de tu padre insiste en que vayas el viernes por la tarde a su casa, organizaron una barbacoa o algo así...

—¿Aún sigue con eso? No pienso ir a esa casa ni aunque me maten, no quiero saber nada de ellos... ¡Joder!— Exclamó y lanzó las llaves a la mesa, furioso. Eleanor dio un respingo por lo impulsivo de ese acto, luego sonrió discretamente, Terry tenía el mismo carácter de su padre, en ese tiempo, cuando el dinero y la comodidad no lo habían doblegado.

—Baja la voz, cielo. Es muy tarde.

—Se quedarán esperándome. No pienso ir.

—Bueno, es tu decisión, cariño, yo sólo cumplo con decírtelo... Y si me permites un consejo... entiendo tu resentimiento hacia tu padre, yo misma le tengo mucha rabia, pero tus hermanos quedan fuera de la ecuación, no te prives de esa experiencia, yo no tuve hermanos...

—No son mis hermanos. Soy hijo único, mamá.— Le besó la mejilla y se dirigía a su habitación, una de sus estrategias de ponerle fin a la conversación.

—¡Espera! También te dejó ésto.— Le entregó un papel doblado, Terry lo tomó, puso los ojos en blanco y se fue a su habitación.

Luego de desvestirse y darse un buen baño, el papel doblado sobre su mesita de noche le despertó la curiosidad. Lo desdobló. Era un dibujo, infantil. Mostraba una parrilla con salchichas y carnes cocinándose, cada integrante de la familia con su nombre estaba dibujado también, el que estaba nombrado como "papá" era el que estaba a cargo de la parrillada y tenía un gorrito de chef. Lo que llamó la atención de Terry fue la nota final.

Te esperamos el viernes a las 6:00 pm.

Theresa Grandchester

Una flechita indicaba cuál era ella en el dibujo. Una niña pequeña que lucía un gracioso pañuelito en la cabeza.

...

—¡Grand!— Había llegado el viernes y Terry fue a recoger a Candy en la escuela. Ella le brincó encima y se le colgó a la cintura.

—¡Qué contentos estamos!— Le dijo sonriéndole y besándola en los labios.

—¡Sí! ¡Estoy feliz! ¿Recuerdas mi concurso de pintura?

—Claro que lo recuerdo.— Le dijo sin soltarla, sujetándola firme con sus brazos.

—Pues... ¡Gané!— Gritó con una alegría tan inmensa que barrió con todo el mundo de Terry.

—Claro que ganaste. Eres la mejor.

—Pero no sólo eso, Grand...

—¿Hay más?

—¡Sí! ¡Soy rica!— Volvió a gritar y Terry se desconcertó por completo.

—¿Rica?

—¡Sí! Fui el primer lugar. ¡Gané mil dólares!

—Vaya... ¡felicidades! Me avisas cuando quieras que te lleve a la librería para gastar tu fortuna.

—Ya tuve la tentación de gastar todo en libros, pero...— Bajó la cabeza con tristeza.

—¿Pero?— Insistió Terry.

—Guardaré el dinero en mi cuenta de ahorro... lleva mucho tiempo vacía...

—Ummm... eres una chica muy sabia entonces.

—Sí... es que ésta vez quiero que sea en serio...

—¿El qué?

—Mi operación. Para poder ver...— A Terry se le formó un nudo en la garganta.

—¿Con una operación podrás ver?— Le preguntó bajándola y la apoyó de su auto, puso sus manos en su rostro y miró fijamente sus ojos verdes, tan vivos y hermosos, pero condenados a la oscuridad.

—Los especialistas han dicho que sí... pero siempre que comenzábamos a ahorrar... algo pasaba y mis padres tenían que usar el dinero. Así que lo ganaré yo misma.

—Tendrás esa operación muy pronto.

—No, Grand... no es tan fácil, es muy cara...

—Candy... ¿tú confías en mí?

—Sí, pero...

—Éste mismo año tendrás esa operación.

—Grand... yo ya no soy una niña... ¿sabes cuántas veces me han dicho lo mismo?

—Vaya, menos mal que confías en mí...

—Eh... no quise decir eso, Grand. Lo siento, es que...

—Entiendo. ¿Nos vamos?

...

El trayecto en auto fue mediante un incómodo silencio. Cada uno parecía perdido en sus propios pensamientos.

—Grand...

—Dime.

—¿Estás enojado? ... ¿conmigo?— Le preguntó con los ojos aguados y buscando con su mano la mano de él que estaba colocada en la palanca de cambios.

—No, Candy. No estoy enojado contigo.— Tomó su manita y se la besó.

—¿Entonces con quién?

—A ver, primero que nada, ¿cómo sabes que estoy enojado?

—Porque te vuelves distante cuando te enojas y... nunca hablas.

—No sabía que yo hacía eso.

—Pues sí, lo haces.

—Lo siento...

—Aún no me dices por qué o con quién estás enojado...

—Te gusta pasarte de lista, no, cieguita.

Terry no tuvo más remedio que contarle lo que lo estaba atormentando. Era viernes, la dichosa barbacoa en casa de su padre.

—¿Y vas a ir?

—¡No!— Candy brincó del susto por el tono repentino de la voz de Terry.

—Perdón, no te quise asustar...— El celular de Terry sonó, no conoció el número, lo puso en alta voz porque cerca habían unos policías y no quería ser pillado hablando por el celular mientras conducía.

—Bueno...— Contestó con desconfianza.

—¿Tú eres Terruce Grandchester?— Preguntó una vocesita dulce, pero desconocida.

—Sí... ¿quién eres tú?

—Yo soy Trish.

—¿Trish?

—Sí. Theresa, Theresa Grandchester, pero me dicen Trish.

Un silencio profundo se apoderó de Terry mientras que Candy ardía de curiosidad.

—¿Hola?— Preguntó la niña al ver que Terry no decía nada.

—Eh sí... perdona...

—Pensé que te habías ido... bueno, ¿vienes sí o no?— Candy volteó hacia Terry, sus ojos exigían una explicación.

—No, Theresa, no voy a...

—Trish.— Lo corrigió la niña.

—Lo siento, no voy...

—¿Por qué? ¿La invitación no te llegó a tiempo?

—Sí, sí me llegó, pero...

—Entonces tienes que venir.

—Theresa, Trish, no...

—Te espero a las seis.

—No, espera...

—¡A las seis! Adiós, Terruce.— Colgó.

Candy seguía esperando por la explicación de Terry...

—¿Por qué no me dijiste que era hoy?

—Porque... ¿se me olvidó?— Dijo aún conciente de que era una pésima excusa.

—Deberías ir.

—¡Por supuesto que no! ¿De qué parte estás?

—De la tuya. Pero...

—Pero nada. No voy y ya lo he decidido. No se discute más.

—Qué pena... Pobre Trish...

—Candy, no seas...

—Se quedará esperándote...

—Candy...

—Estaba tan emocionada... pobrecilla...

—¡Joder! ¡Está bien! ¡Iré!

Dijo finalmente rendido y hasta molesto. Ya habían llegado a la casa de Candy.

—Que tengas suerte, Grand... luego me cuentas.— Le dijo bajándose del auto.

—¡Espera!

—¿Sí?

—Acompáñame.

—¿Yo? Pero...

—Por favor...— Su tono fue suplicante, su mirada también, aunque esa Candy no la percibió.

—Bueno, deja que me bañe y me cambie...

—Está bien, pero no tardes, porque si no... me arrepiento.

...

En media hora, Candy estuvo lista. Volvió hacia Terry con un sencillo y bonito vestido de verano en color turquesa, sin mangas y un poco más arriba de las rodillas. Tenía unas lindas zapatillas bajas plateadas, estilo ballerina y su pelo lo llevaba suelto, con una banda turquesa que tenía un lindo lazo plateado. Estaba sencilla, pero encantadora, angelical.

—Eres tan hermosa, Candy. Te amo. Haré lo que sea porque éstos ojitos puedan ver.— Le besó cada uno y sintió como sus labios se mojaron por las lágrimas que inevitablemente Candy soltó.

Terry se dejó llevar por la dirección que le habían provisto en la invitación. Ya se encontraba en la lujosa urbanización de gente adinerada. Tenía acceso controlado, así que se detuvo en la bocina para anunciarse.

—Pase.— Le dijeron tan pronto como dijo su nombre, ni siquiera le preguntaron por el número de la casa ni nada...

Tan pronto como su carro se acercó a la casa, toda la familia estaba a fuera para recibirlo. Se estacionó y se bajó, luego le abrió la puerta a Candy. Con pasos vacilantes, se fue acercando hacia las personas. Su padre sonreía con triunfo, su madrastra le sonreía de una forma tan amplia que Terry se sintió raro, el hermano gordito saludaba con la mano y Susana sólo le dio una sonrisa torcida.

—Bienvenido, Terruce. Gracias por venir...

—Espero que no les moleste que haya traído a mi novia...— Terry no le dio tiempo a su padre de hablar demasiado. Candy se sentía algo nerviosa.

—¡Oh! Por supuesto que no... bienvenida, linda.— Margareth le extendió la mano, pero Candy no la estrechó. La señora con una sonrisa avergonzada bajó la mano.

—Gracias, señora. Soy Candy White.— Estrechó su manita, pero en dirección contraria.

—¡Oh!— Volvió a exclamar la señora percatándose de la ceguera de Candy y finalmente estrecharon las manos.

—¿Por qué mejor no entramos? Vengan.— Entraron detrás de Richard.

Terry contemplaba todo disimuladamente, sin dejar ver su asombro y sobre todo, sin dejarse deslumbrar, no les daría ese gusto jamás. El vecindario era hermoso, cada casa más linda que la otra, no había vagabundos ni drogadictos alrededor, tampoco prostitutas o graffiti en las paredes. Por dentro, la casa era lujosa, los muebles caros, todo magníficamente decorado, el piso era hermoso, lozas grandes y blancas, tan brillantes, que podías ver muy bien tu reflejo en él.

—Trudy, vaya a buscar a Theresa, por favor.— Ordenó Margareth a una de las sirvientas y entonces Terry recordó a aquella niña. La que había hablado con él por teléfono. La joven sirvienta regresó sin la niña.

—Disculpe, señora, pero la niña dice que está esperando a Terruce para que tome el té con ella...— Terry se desconcertó visiblemente.

—¡Oh esa niña!— Suspiró Margareth.

—Terruce, ve a tomar el té, es un honor que Trish te haya invitado a ti.— Le dijo Susana y Terry percibió cierta molestia en ella. Notó que a diferencia de la primera vez que la vio, llevaba ahora un estilo de cabello corto, a penas hasta la barbilla.

—Yo te acompañaré hasta su habitación... Susana, encárgate de Candy, por favor.— Susana parpadeó varias veces y miró con curiosidad a su presunta cuñada.

—¿Quieres sentarte?— Le ofreció a Candy.

—Sí, por favor. Sólo indícame dónde...— Le sonrió Candy con travesura.

—Oh, claro... olvidé que eres...

—Ciega.— Candy terminó por ella.

—Lo siento, es que... ya sabes...

—No importa.— Candy sonrió un poco tensa y Susana le indicó una butaca en el salón.

—No pienses que me he impresionado por tu condición, pues tengo un hermano discapacitado y mi hermana Trish, bueno, ella...

—¡Mira! ¡Rayo Mcqueen!— El gordito las interrumpió, poniéndole el carrito casi en la cara a Candy.

—¡Oh!— Exclamó Candy echando su cara hacia atrás.

—Ricky, ten cuidado. Ve a jugar con tu carrito a otro lado.— El niño se retiró con el carrito haciendo los ruidos de un motor arrancando con su boca.

—No te preocupes. Yo también tengo hermanos. Bueno, hermanas.

—Ah... ¿y cómo conociste al pesado de mi herm... de Terruce?

—Eh... es una larga historia... y no es ningún pesado, Grand es... es increíble...

—¿Grand?— Preguntó con desdén mientras se miraba las uñas que tenían una manicura perfecta.

—Así lo llaman en su vecindario.

—Ahh... claro. Disculpa, ahora vuelvo.— Su celular sonó y se retiró a contestar, dejando a Candy sola en el salón.

...

—Hola, Terruce.— Al entrar a la habitación de la niña, Terry se quedó sorprendido. Miró todo con ironía, la cama era un castillo, el cuarto era rosado y violeta, tenía un inverosímil juego de té, con sus sillas, panecillos y galletas que casi parecían de verdad.

—Hola...— Murmuró él con timidez. Miró a la niña de unos siete años, vestida de princesa. Tenía ojazos castaños como los de Richard y el pelo rubio y lacio como Susana. Sus cejitas y pestañas casi no se veían.

—Siéntate, Terruce. Tu té se enfría.— Richard y Margareth se retiraron y Terry se sentó en una sillita de la mesa de té.

—Casi no cabes. Eres como papá. ¿Cuántos años tienes?

—Muchos.— Le contestó sonriendo mientras la niña vertía el supuesto té en su tacita.

—¿Cuántos?

—Veintiuno.

—¡Wow! Eres viejo.— Le robó una carcajada a Terry con eso.

—¿Te parezco muy viejo?

—Bueno, no tanto como papá. Yo tengo seis años y medio.— Dijo con orgullo.

—¡Wow! Eres vieja.

—¡Oye! Tú eres más viejo... eres mi hermano mayor, ¿lo sabías?

—Sí...

—¿Y por qué no te conocía?

—Bueno, es que yo...— Terry se puso tenso, no sabía ni qué contestarle.

—¡Ay! ¡Estúpida tiara que no se queda en su sitio!— Se quejó la niña cuando la tiara que llevaba se le cayó al sentarse.

—Deja que te ayude con eso.— Se ofreció Terry. Cuando le fue a colocar la tiara, se quedó en shock. La niña no tenía el pelo rubio como Susana, de hecho, no tenía pelo. Llevaba una peluca... hecha con el pelo que Susana se cortó.

—Yo tenía el pelo como tú. Así mismo, pero mamá me dijo que para que me cure, tenía que quitármelo por un tiempo.— La pequeña sonrió y los ojos de Terry se aguaron, el nudo que se formó en su garganta ni siquiera lo dejó hablar.

—Disculpen que les interrumpan, pero los esperan en el patio.— Les comunicó Trudy.

—Mmm... ¡La comida! ¿Te gusta comer, Terruce?

—Claro. Pero la que más agredecerá la comida es Candy.

—¿Candy?

—Sí, mi novia.

—¿Tienes novia? Ah bueno, olvidaba que eres viejo. ¿Y la trajiste?

—¡Por supuesto! Candy no se perdería una comida jamás.

—¿Es una glotona?

—Sí, pero shhh. No se lo digas.— La niña negó con la cabeza y sonrió con complicidad.

—Oye... ¿y es gorda como mamá?— Le preguntó muy bajito, pero Terry tuvo que soltar una carcajada.

—No. Ella es hermosa.

—¿Más que yo?

—Pues... aquí entre nosotros, no tanto. Pero es linda.

—¿Más linda que Sussy?

—Sí. Mucho más linda.

—¡Le diré a Sussy!

—¡Vaya! ¡Traidora!— Terry le hizo cosquillas, la niña rió a carcajadas y la peluca se le volvió a caer, pero parecía no importarle. Sus carcajadas inundaban los oídos de Terry, la soltó de pronto, no queriendo encariñarse y más molesto con su padre por haberlo abandonado y no formar una familia con él.

—Bueno, hay puré de papas, papas asadas, salchichas, costillas... ¿qué van a desear?— Preguntó Richard una vez estaban todos en el patio. Terry lo miró y sintió pena por su madre, pensó que Eleanor merecía haber tenido todo eso.

—Yo quiero un poco de todo.— Respondió Candy con su alegría típica y sin complejo alguno.

—¡Eso es! Alguien que aprecia la comida tanto como yo.— Margareth alzó la mano para chocarla con la de Candy, la bajó sintiéndose tonta al recordar que Candy no podía percibir el gesto.

—Jajajajaja. Es cierto. Tu novia es glotona, Terruce.

—Ejem...— Terry casi se atraganta cuando Trish lo puso en evidencia, Candy lo pellizcó.

—Oh, era un secreto... lo siento...

—Jajajajajaja.— Todos rieron.

—Yo sólo quiero maíz.— Dijo Susana.

—¿Cómo que sólo maíz? Tienes que comer bien, Sussy...

—¿Y terminar como tú? No gracias.— Margareth bajó la vista avergonzada.

—¡Susana!— La retó Richard.

—Lo siento. Si no es mucha molestia, me retiro.

—Te quedas aquí. Estamos compartiendo en familia.

—Papá, no soy una niña. Sé que planificaste todo ésto para tu hijo, pero...

—¡Tu hermano!

—Sí, claro. Pero se te olvidó que ya me habías dado permiso para salir con Jeffrey.

Richard respiró profundo. Resignado y Susana se marchó con una sonrisa de haberse salido con la suya

—Bueno, nos tenemos que ir. Tengo que llevar a Candy a su casa.— Dijo Terry y miró su reloj.

—Claro. Espero que se repita...— Dijo Richard.

—Tal vez... vámonos, Candy.

—¡Yo los acompaño!— Se ofreció Trish y se agarró de una pierna de Terry, muy creída de que se iría con ellos.

—No puedes ir con ellos, Theresa, ven.

—¿Pero por qué? Si él tiene que regresar de todas formas... dijiste que iba a vivir aquí...— Terry miró a su padre con rabia y su madrastra miró hacia otra parte.

—Yo no voy a vivir aquí, Trish. Yo tengo otra casa.

—Pero mamá dijo que tu casa estaba muy fea...

—¡Theresa!— Gritó la señora colorada de vergüenza.

—Sí, la casa está fea, pero sabes, la mujer más hermosa vive en ella.

—¿Y quién es?— Preguntó la niña cruzando los brazos enojada.

—Mi mamá.— Respondió con orgullo.

—Ya, Trish, deja que se vayan.

—Disculpen, pero... ¿puedo ir al baño?— Preguntó Candy.

—¡Yo te llevo!— Se ofreció Trish y se la llevó arrastrada de la mano.

La tensión entre Terry que se había quedado solo con su padre y madrastra creció mucho. Decidió ir adentro a esperar a Candy. No conocía la casa y llegó hasta la cocina, escuchó a las empleadas hablar y se detuvo en el marco de la entrada.

—"Increíble, el señor tenía un hijo bastardo."

—"Pues será bastardo, pero está guapísimo..."— Dijo Trudy, la más joven, mordiéndose el labio con lujuria. Terry que veía todo sonrió con malicia y arrogancia.

—"Lo que sorprende es que la señora se esté desbordando en atenciones hacia él... digo, es el hijo bastardo de su esposo, no es muy su estilo aceptar algo así..."

¡Ay, mi Trudy querida! Tú eres tan ingenua... ¿crees que le importa un bledo ese joven? ¡Para nada! Esa lo que está buscando es un donante compatible para que le dé la médula ósea a la niña Theresa.

Terry sintió una rabia profunda, apretó los puños y se sintió un idiota por creer en el interés sincero de su padre.

—¡Terruce!— La entrada abrupta de Trish hizo que Terry se espantara, hasta las sirvientas dieron un respingo.

—¿Ya nos podemos ir?— Se dirigió a Candy.

—Sí...

—¡Bien! Vámonos.— Apretó la mano de Candy y a toda prisa la condujo hacia afuera.

—¿Por qué se van así? ¿Pasó algo?— Preguntó Richard extrañado.

—No pasa nada, señor. O tal vez sí. ¿Por qué no han sido sinceros desde el principio?

—No sé a qué te refieres, Terruce.

—¡Lo sabe bien! Y no se preocupe. Espero, de corazón, que yo sí sea compatible con Theresa.— Les escupió y se marchó con Candy lo antes posible.

...

—Grand... ¿qué pasó? Pensé que te la estabas pasando bien...

—Yo también lo pensé, pero me equivoqué.

—¿En qué?

Terry le contó todo lo que escuchó y a Candy se le aguaron los ojos, se sintió muy triste por él.

—Lo siento mucho...

—Yo no.

—¡Deja de fingir que no te afecta!— Le reclamó un tanto molesta.

—Candy, no quiero hablar de eso.

—Quedamos en que no nos guardaríamos nada...

—Lo sé, pero tienes que entender que hay momentos en los que uno necesita pensar a solas, que a veces no estamos preparados par hablar en el momento preciso en que se nos cuestiona.— Su voz fue más fuerte de lo que quiso.

—Perdóname por presionarte...

—No te preocupes... no todo es tan malo... tengo una sorpresa para ti...

—¿Una sorpresa?— Su bello rostro se iluminó.

—Sí. ¿Recuerdas lo que me pediste en la playa...?

—Sí...— Contestó con las mejillas encendidas.

—Se te va a cumplir muy pronto...

Continuará...


¡Hola!

Chicas, disculpen la tardanza, ya estoy de vuelta. Gracias por preocuparse por mí. Queridas, fue un milagro poder editar este capi para subirlo, la verdad es que la migraña me está volviendo loca, nunca me había dado tan fuerte.

Disculpa que no mencione sus nombres ésta vez, de verdad no puedo seguir mirando el monitor, gracias por sus preciosos comentarios y nos encontraremos por aquí muy pronto.

Besos,

Wendy