Los ojos del alma

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 18 Entrega total


Luego de besar sus labios dulcemente por unos segundos, se apartó lentamente para mirarla. Tenía experiencia, pero ninguna que se pudiera comparar a todo lo que estaba sintiendo en ese momento. No la estaba tocando, sólo se detuvo a mirarla un instante. Tenía un vestido blanco fresco, se amarraba al cuello, en el área de los pechos era ligeramente escotado, no requería sostén, caía en una coqueta faldita hasta la mitad de sus muslos y ella llevaba unas sandalias bajas en color verde, delicadas, dejaban sus pequeños y delicados pies al descubierto. Observó lo perfectos que eran, pequeñitos, sus uñas pintadas a la francesa. Ella era como un regalo tan precioso que él no sabía por dónde comenzar a desenvolverlo.

Ella tenía una sonrisa permanente, eran sus nervios. El corazón le latía sin control y deseó más que nunca poder verlo, para saber si estaba tan nervioso como ella, si él también estaba temblando. Comenzó a preocuparle su silencio, se había prolongado bastante, tanto, que ella llegó a preguntarse si aún estaba ahí.

—Grand... ¿pasa algo?— No resistió más y rompió aquella quietud.

—No. ¿Por qué?— La atrajo hacia sí y sostuvo suave su mentón, mirándola a los ojos que ahora reflejaban inseguridad y preocupación.

—Es que... no decías nada...

—Te miraba.— Le contestó y volvió a besarla.

En el beso, las manos de ella se posaron en su torso, él no llevaba camisa, sólo tenía un jean y estaba descalzo. El viento hacía bailar el pelo de ambos.

—Te amo...— Le susurró Terry y fue acariciando sus hombros, deslizó sus manos por los brazos delgados y lozanos de ella, se inclinó y le besó el cuello, justo donde tenía un lunar que él adoraba.

—Yo también te amo.— Sus palabras salieron a falta de aire, con la respiración forzada, de nervios, de deseo. Sólo imaginarse que sería suya la hacía desfallecer.

La sintió tan vulnerable que la levantó un momento y la sentó en la peculiar cama. Sus manos temblaban. Él se arrodilló en la arena y le quitó las sandalias. Tomó uno de sus piesitos y lo acarició, le pareció gracioso ver como ella encogía los dedos, como si se acomplejara.

—Tus pies son preciosos.— Le besó uno mientras una mano acariciaba su muslo desde la rodilla hasta casi su entrepierna.

Subió a la cama para volverla a besar, la acostó, pero con la espalda levantada y en su beso, le fue desamarrando el nudo del vestido en el cuello. La respiración de ella se volvió más pesada, pero se desenfrenó en el beso. Fue ella quien aumentó la pasión y le urgió una gran necesidad por sentirlo. Sus manos fueron buscando su cara y acarició un breve crecimiento de barba, besó ese grueso bello y le pareció deliciosa esa sensación que diferenciaba la masculinidad de él de la delicadeza de ella.

Terry se inclinó más sobre ella, volviendo a llenar de besos su cuello y con el nudo del vestido deshecho, descubrió por primera vez sus pechos. Aunque ella no podía ver su mirada, era imposible que no la sintiera quemarla e intentó cubrirse los pechos con las manos.

Volviéndola a besar, él tomó sus manos con fuerza y se las retiró, ella se rindió y las bajó, entonces él los acarició e interrumpió el beso para contemplarlos.

—Son hermosos. Toda tú eres hermosa, Candy.

Sus pechos eran pequeños y llenos, Terry se enamoró de esos pezones rosaditos que ahora florecían alterados por sus caricias. Ella gimió sintiendo un poquito de vergüenza.

—Grand...

—Dime...— Bajó más su vestido y sin dejar de chupar suave uno de sus pechos, acarició su vientre y cintura.

—Es que...— El efecto de las caricias de él no la dejaban expresarse.

—Dime, mi amor.

—Es que... tengo miedo...— Soltó nerviosa, y él pudo ver el temor que intentaba apagar esos ojitos vivos. Él se detuvo.

—¿Miedo? ¿Miedo de mí?— La preocupación en él era evidente. También la decepción de que ella le temiera.

—De hacer las cosas mal... o de que no me guste... o no te guste a ti...

Sus ojos se aguaron, aunque no lloró. Él se conmovió y se la sentó en el regazo, a horcajadas.

—Todo va a salir bien, Candy. Y tú eres perfecta, no hay nada que puedas hacer mal, por el contrario, yo estoy loco por ti. Yo haré que te guste, no voy a lastimarte ni te voy a obligar a nada, ¿está bien?

—Ujum...— Dijo bajito y se abrazó a él, descanzando la carita en su cuello.

—Intentaremos de todo hasta que te guste.

—¿Y si no te gusta a ti?

—Eso sería imposible, cieguita. Imposible...— Repitió besándola y rozándola de su miembro duro.

Ella sintió una seguridad infinita con eso. Ella despertaba su pasión y eso la llenó de valentía. El beso se tornó tan intenso, que no hicieron falta más palabras. Terry le terminó de sacar el vestido por las piernas. Tuvo su cuerpecito pequeño y perfecto casi al desnudo para él y ella no intentó cubrirse. Llevaba una diminuta y sensual braga blanca de seda y encaje. Terry se preguntó si alguien le habría aconsejado que vistiera algo así. Su excitación se incrementó más allá de lo imposible.

La acostó completamente y la admiró, ella desnuda, nerviosa, perfecta.

—No me tengas miedo. No te lastimaría nunca. Te amo demasiado.

Se desnudó él también. Candy se dio cuenta y se sentó. Casi lloró por no poder verlo. Pero tenía que tocarlo. Quería palpar cada rincón de su cuerpo. Llegó hasta él y se quedó de rodillas. Comenzó a tocar todo su rostro, acariciarlo tan dulce que él cerró los ojos, dejándose consentir. Ella le besó los ojos, como tantas veces hacía él con ella. Dibujó con su dedo el perfil de su nariz y el marco de su rostro. Podría parecer algo inusual, pero Terry sintió que la amaba más que nunca, que nada de lo que hubiera vivido jamás podría compararse con Candy.

Siguió acariciando sus pectorales, luego pasó a sus brazos. Fuertes, poderosos, se excitó al imaginarlo haciéndola suya con esa fuerza viril, como había leído en alguna novela. Las curiosas caricias de ella también lo excitaban.

—¿Puedo tocarte ahí?— Le preguntó con las mejillas más encendidas que el carmín.

—¿Dónde?— Le preguntó Terry para mortificarla, con los ojos llenos de malicia y diablura, pero también encendido igual que ella.

—Ahí...— Volvió a decir ella toda nerviosa.

—¿Dónde es ahí?

—Pues... en tu... tu pe...— Sus mejillas ya casi tenían humo, lo mismo que su deseo.

—¡Ah! ¿Aquí?— De un tirón le llevó la mano a donde ella quería.

Ella lo comenzó acariciar con mucha curiosidad, pero más que eso, deseo. Toda expresión de humor y burla de Terry se esfumó. Llegó su turno de sufrir.

Candy comenzó acariciar su erección suave, con una fascinación de un tesoro recién descubierto. Sin darse cuenta del efecto que el gesto provocaría en Terry, se relamió los labios y se mordió el inferior.

—Ya fue suficiente, cieguita.

—Pero...

—Shhh.

La fue acostando poco a poco. Se colocó sobre ella sin aplastarla, con un mano le inmovilizó los dos brazos, quedando éstos por encima de su cabeza y la besó diferente, de una forma salvaje que no había utilizado antes. Mordió suave sus labios, viendo como se enrojecían y sintiendo las ondas de sonido de los gemidos atrapados de su boca en la suya. Con la otra mano, comenzó acariciar de sus pechos hasta su bajo vientre, deteniéndose siempre donde comenzaría su intimidad, retrocedía hacia arriba nuevamente, dejándola con el deseo de llegar más abajo.

Rozó su sexo con su mano, a través de la fina braguita y la sintió revolverse bajo él, volver a gemir. Cuando la desesperó lo suficiente, introdujo un dedo en ella y la comenzó acariciar justo en el centro. Candy inhaló muy fuerte por la sorpresa, pero luego se quedó muy quieta, conociendo esa caricia. Algo la empujó a moverse y rozarse de su dedo, ocacionándose más placer.

—¿Te gusta? ¿Eh?— Le preguntó torturándole el cuello y la oreja con su lengua.

—Sí... me gusta mucho.— Le salió espontáneo, sólo fue sincera.

Terry terminó por quitarle la braga y ahí la tuvo. Tendida y desnuda, como una Eva. Cada curva de su cuerpo, su melena rubia regada en la sábana blanca, su piel tersa, sus pechos libres y miró también su sexo, cubierto por un fino y suave vello. Era algo nuevo para él, pero Candy no se parecía a ninguna chica con la que hubiera estado, no se parecía a nadie, Candy era Candy. Y ese vello ahí, le gustó.

Volvió acariciarla ahí y por un segundo acarició ese vello.

—Lo siento, yo no me razuré porque no veo y...— De pronto la invadió cierta vergüenza.

—No me molesta. Eres perfecta como eres, Candy.

—Pero...

—Te amo así.

La interrumpió y para demostrárselo, bajó un poco más y las caricias que antes le hacía con sus dedos, se las hacía ahora con su boca, sus labios y su lengua.

—¡Oh!— Un sonoro gemido sorpresa salió de ella. Terry rió aún con la boca sumergida en ella.

Le encantaba esa pasión espontánea que emanaba de ella. Era mágica la forma en que ambos estaban descubriéndola.

Decidió volver su lengua más hábil y prolongarle el placer a Candy. Así que muy lento y muy suave, comenzaría sólo a lamerla de arriba hacia abajo. De vez en cuando alzaba la vista y la miraba, su expresión de éxtasis lo estaba matando. Entonces introdujo su lengua más profundo y con sus labios comenzó a degustarla comos si fuera el platillo más delicioso.

—¡Ah!— Gritó y extendió sus manos a cada lado, rendia a la tormenta despiadada de sensaciones que la invadía. Ella tenía sus piernas abrazadas a la espalda de él, pero según el orgasmo se iba formando, perdía la fuerza, hasta que finalmente llegó y la abrazó. Se le aflojaron las piernas, quedando extendidas totalmente, temblorosas.

Mientras ella aún se removía y gemía, Terry ya no aguantaba más. Ella estaba ardiendo, temblando. Él dio con sus pantalones y del bolsillo sacó un preservativo. Se lo puso en un segundo y volvió a ella.

—Ahora te haré el amor...

Se lo susurró en el oído, ella sólo respondió con una fuerte inhalada de aire. Sobre ella, le separó las piernas y la sujetó de las caderas, ella abrazaba su cintura y él comenzó a entrar, muy suave para no lastimarla. Aún así, notó un par de lágrimas.

—¿No quieres?— Se detuvo preocupado.

—Sí. Es que... me duele mucho...— Ella sabía cómo romperle el alma.

—¿Quieres que lo dejemos para otro día?— Le dio un besito en los labios y le limpió las lágrimas, aún sobre ella.

—No. Quiero que sea hoy. Pero... ¿se puede sin que me duela?

Su angustia y su inocencia tan grande lo destruían y lo volvían nada, ella en definitivo era su debilidad.

—No puedo, cieguita. Puedo hacer que te duela lo menos posible, pero no que no te duela del todo.

—¿Siempre me dolerá?

—No. No siempre. Sólo en la primera vez. O tal vez en las primeras veces, pero te gustará, te lo prometo.

—Pero me gusta.

—Entonces... ¿Seguimos?— Le preguntó con una sonrisa dulce.

—Sí.

Terry la comenzó a besar, a acariciar sus pechos y toda su silueta, quería volverse a excitar y a la vez, excitarla también a ella. Candy recordó las palabras de Annie, se dedicó a disfrutar todo lo que Terry le estaba haciendo, a pensar en lo que lo amaba y lo deseaba y en poco tiempo estaba gimiendo y ardiendo otra vez, volviendo Terry a estar tan duro como al principio.

Se separó de ella un momento y se quitó el preservativo. Aunque no vio, ella se dio cuenta, o lo intuyó y se asustó.

—¿No lo usarás?

—Es para que sea más suave y placentero para ti.

—Pero...

—Tranquila, cieguita. Sé lo que hago, no te embarazaré.

Cuando él volvió sobre ella, su calor la hizo olvidar el miedo. Terry volvió a entrar en ella un poco. Ella comprobó lo que él había dicho, aún dolía un poco, pero la sensación era mucho más agradable. El saber que él era el primero, la estrechés de ella, lo volvían loco, su ritmo era suave, pero preciso, entrando un poco más en cada embestida.

—¿Ahora sí te gusta?

—Sí...— Lo abrazó fuerte y no tardó mucho en comenzar a gemir, aunque muchas veces los gemidos se debieran al dolor inevitable de su himen rasgándose.

Terry quería que ella de verdad disfrutara, tanto como lo estaba haciendo él, tanto que a veces se detenía cuando sentía que iba a correrse. Mientras la penetraba, con un dedo le comenzó a rozar el clítoris. Ella comenzó a disfrutar de verdad, se movía también, muy suave y aprovechando ese placer, Terry entró por completo, de una. Rompiendo por fin esa barrera.

—¡Ah!— Ese fue el último grito de ella y lo abrazó muy fuerte, apretando el rostro, a pesar del dolor, sintió algo indescriptible. Como algo divino, el placer de esa entrega, aunque tuviera matices agridulces.

Entonces el placer la comenzó a envolver y los movimientos de Terry eran más rítmicos. Cuando ella comenzó a gemir sin parar, él se detuvo otra vez y se colocó un preservativo nuevo.

Cuando volvió a ella, lo hizo con caricias ardientes, para que no perdiera su previa excitación y lo recibiera nuevamente con placer.

—Te amo...— Le dijo Terry, pero ella no pudo responder, otro orgasmo le estaba apagando la voz. Fue muy distinto, acompañado de una molestia, pero se produjo, como una señal innegable de su amor.

—Te-te amo, Grand...— Sintió la fuerza de él apretando sus caderas. Terminó al fin. Satisfecho y exhausto de placer.

Sobre ella, rendido, su respiración trataba de regularizarse. Candy comenzó a acariciar su espalda, desde su nuca hasta casi llegar al trasero masculino. Terry se levantó y se deshizo del preservativo. Volvió a la cama, pero esa vez, se la colocó a ella sobre él para contemplarla y acariciarla.

—¿Te gustó?—Le preguntó jugando con uno de sus rizos.

—Sí... ¿y a ti?

—¿Qué no me gustaría a mí de ti, cieguita? ¿eh?— Le dio un beso suave tras su pregunta retórica.

—Siempre me imaginé algo más o menos así...

—¿Más o menos?

—Es difícil superarte.— Fue ella la que le dio un beso.

Ya había oscurecido, Candy estaba exhausta y se fue quedando dormida sobre él. Él pensaba en muchas cosas, todas de ella mientras miraba las estrellas. Habían hecho el amor en la playa, bajo el cielo estrellado. Deseó con todo su corazón poder hacer que Candy viera para que apreciara la belleza de esa noche. Muy pronto él también se quedaría dormido.

...

Candy se estrujó los ojitos al despertar. Sintió que el sol la molestaba y entró en pánico.

—¡Grand!— Gritó tocándole la cara.

—Cieguita...— Susurró él abriendo los ojos un segundo y volviéndolos a cerrar.

—¡Grand! ¡Amaneció!

—Sí... que linda mañana...— Dijo bostezando, sin acabar de despertar.

—¡Grand! Amanecimos juntos. ¡Van a matarme!

Con eso Terry despertó por completo. Candy estaba tan aterrada que se puso a llorar.

—Candy, tranquila... algo se nos ocurrirá. No llores...

—Es que... no quiero que me vayan a separar de ti...

—Eso no va a pasar. Tú ya eres mía.— La besó y la calmó.

Estaban tan asustados, que no disfrutaron bien de su primer baño juntos, Terry estaba más preocupado de lo que quería aparentar. Se alistaron, dejaron la casa y todas las cosas organizadas y se marcharon. Cuando al fin llegaron a la casa de Candy, a las ocho de la mañana, se escuchaba una acolarada discusión. Ni siquiera se dieron cuenta de que ellos habían llegado.

—¡Todo es tu culpa!— La señora White abofeteó a Annie.

—Ella ya no es una niña. Yo no sabía que iba a amanecerse... yo sólo le dije lo que le diría una hermana...— Annie se frotaba la mejilla agredida y lloraba amargamente. Patty estaba en medio de todo, aterrada.

—¡Una hermana! ¡Já! No te conformaste con haberla dejado ciega, ahora también quieres que sea otra perdida como tú.

Esas últimas palabras le dolieron a Annie más que la bofetada anterior.

—¿Mamá?— Candy se acercó de la mano de Terry. Lloraba, sus hermanas y su madre se quedaron paralizadas.

—¡Candy!— Dijeron Annie y su madre con expresión trágica.

—¿Por qué dices que estoy ciega por culpa de Annie? ¿No nací así?

Continuará...


¡Hola! Espero que les haya gustado. Creo que para estas alturas he hecho unas 20 primeras veces para Candy jajajaja.

Algunas se me acercaron a preguntarme por la escritora que se fue de ésta página, sé quién es, he leído algunas de sus historias, pero lamentablemente, yo tampoco sé qué pasó con ella. Es triste porque era una de las grandes, cuyo talento y estilo único yo admiro. Si se fue, sus razones habrá de tener y hay que respetarla y agradecer el tiempo en que la tuvimos. Las exhorto a no expresarse de ella de forma negativa, sólo ella sabe por qué tomó la decisión o qué la llevó a hacerlo. No la juzguemos si no conocemos sus motivos, (no digo que alguna de ustedes lo haya hecho) sino que no me gustaria que alguien en algún momento se expresara feo de ella en mi espacio, no estaría bien y además me comprometerían a mí.

Gracias por comentar:

LUISA, nerckka, Melissa gomez 549, norma Rodriguez, Laurita White, GRANDCHESTER LUCY, luz rico, thay, zucastillo, gatita, Michiru, Guest, Dali, Dulce lu, Zafiro Azul Cielo 1313, LizCarter, Erika L, Mirna, Soadora, Oh Ha Ni


Hasta pronto, hermosas. Y no, no tengo intención de irme aún, no sufran.

Wendy