Los ojos del alma
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 19 Sucesos amargos
Miles de preguntas se formaron en la cabeza de Candy, como pequeños mounstros de dientes afilados. Incluso Terry estaba desconcertado, no se apartaba de su lado, pero miraba a ambas mujeres con el mismo gesto inquisitivo de Candy.
—Eh... ¡Candy! Debiste haber escuchado mal...
—¡Mentira! Escuché muy bien, mamá. Escuché que le dijiste a Annie que yo estaba ciega por su culpa...— Por primera vez vieron a Candy exhaltarse de esa manera.
—No fue así... eso es un disparate... Annie jamás... ¡Ese no es el asunto! ¿Quién te crees para amanecerte con un hombre?— Su madre desvió el tema, pero no importaba cuantos atajos quisiera tomarse, Candy estaba muy convencida de lo que escuchó. Por otra parte estaba Annie... sin habla, mirando hacia un punto fijo, gruesas lágrimas derramándose sin control por su rostro, pero sus ojos seguían fijos, en un trance.
—Annie, tengo que llevar a Patty al pediatra, por favor, te encargo a Candy.
—Pero yo también quiero ir contigo, mami...— Protestó Candy, tenía cinco años y como de costumbre, la dejaban al cuidado de Annie que tenía trece.
—Ahora no puedes venir, Candy. No sabemos si dejen interna a Patty.— Patty que en aquél entonces tenía un año, lloraba y tenía fiebre.
La señora White se fue y Candy se resignó a quedarse con Annie que veía a Sabrina, la bruja adolescente.
—Annie, ya has visto mucha televisión, es mi turno...
—Aún no se acaba Sabrina, quítate del medio, no eres transparente.— La apartó para seguir viendo su programa en el salón.
—Yo quiero ver a las gemelitas Olsen...
—Eso todavía no empieza, ya te dije que falta media hora.
—¿Y cuánto es eso?— Candy era tan insistente como podría serlo una niña de su edad. Annie puso los ojos en blanco, mientras que los ojitos verdes y vivaces de Candy se clavaban en ella.
—Es en un rato.
—Pero no sé cuánto...
—¡Ya te avisaré! Ahora, ¡largo!
Refunfuñando, Candy se fue a su cuarto a jugar con sus muñecas. Muy pronto se aburrió y la travesura invadió su cabecita. Se metió a escondidas al cuarto de Annie.
Como Annie ya era una adolescente, a Candy le gustaba ponerse su ropa y sus zapatos a escondidas. Se puso una falta corta de Jean, una blusa y unos zapatos de tacón ligero que le quedaban muy grandes. Se miraba en el espejo y se reía.
Más adelante su atención se concentró en el buró, ahí estaba el estuche de maquillaje que le habían regalado a Annie en navidad. La tentación pudo más que ella, tomó el palito de aplicar la sombra y se maquilló, mezclando colores e hizo todo un desastre con los lápices de labios.
—¡Qué haces en mi cuarto!— Annie la sorprendió de pronto y ella dejó caer el estuche sin querer, manchándose la alfombra del suelo y algunas sombras se echaron a perder.
—Lo siento...
—Ya estoy cansada de que toques mis cosas. ¿Por qué no vas a destruir las tuyas?
—Pero no quise destruirlas... es que yo...
—Nunca quieres nada. Debiste no haber querido nacer. Todo era perfecto sin ti.
Annie no hablaba en serio, pero estaba muy molesta. Recogía el desastre de Candy que lloraba asustada. Annie alzó la vista y la vio con los ojos llenos de lágrimas, con su oberol de jean, su camisita rosada y las dos coletas que le hacía su madre todas las mañanas.
—¿Le dirás a mamá?— Le preguntó aterrada.
—No, Candy.
—¿Ya no vas a quererme?
—Te quiero mucho, tonta. Es sólo que no te soporto, pero te quiero.— Le sonrió.
—Tú tampoco me gustas. Pero te quiero, bueno... eso creo.
—Me alegro porque espero que me quieras lo suficiente como para ayudarme a limpiar todo ésto que ¡tú! hiciste.
Candy se puso ayudarla por unos segundos, pero escuchó el intro de su programa y salió disparada hacia el salón, dejando a Annie sola con todo el desastre.
Se quedaba exhorta mirando el televisor. No sabía que ese sería el último día en que disfrutaría de ese privilegio.
—Hola, Ann.
—Hola, chicos, pasen.— Les abrió la puerta a sus amigos, que vivían en el vecindario y asistían a la misma escuela.
—¿De niñera otra vez?
—Sí...— le contestó Annie con una sonrisa nerviosa y echándose un mechón detrás de la oreja a Tom, el chico que le gustaba. Él tenía dieciseis años, era el mayor del grupo.
—Eso no debería ser justo. Digo, ni que fueras su madre, ¿no?— Dijo Stacy, ella tenía catorce años, tenía un jean muy corto de flequillos y algunos agujeros, botas negras con incrustraciones de metal y una playera negra. Era de tez blanca, pelo castaño y recortado de forma extraña.
—Annie, tengo hambre.— La pelinegra resopló mientras sus amigos se lanzaban miradas de compasión.
—Acabas de comer hace un rato.
—Pero tengo más hambre.
—Pues mala suerte.
—¡Quiero comer! ¡Comer! ¡Comer!— Insistía Candy saltando en el sofá.
—Ya deja de brincar. ¿Quieres arruinar la casa también?
Annie estaba desesperada y era normal. A su edad, sólo quería divertirse con sus amigos y no pensar en nada más, no estar cuidando a su fastidiosa hermanita.
—Sabes qué, Ann, mejor venimos otro día, cuando no estés de Cenicienta...
—¡Oh no! No se vayan. Podemos irnos al garaje...
—¡Buena idea!— Convino Stacy sacando una cajetilla de cigarros y todos se fueron a lugar mencionado.
—¿No compartes?— Stacy le dio un cigarro a Tom.—¿Quieres probar?— Él se lo extendió a Annie. Ella nunca había fumado, pero estaba tan loca por Tom que por no quedar como tonta ante él, lo aceptó.
Luego de un ligero ataque de tos que desató la risa de sus amigos, Annie se fue acostumbrando al cigarrillo.
—¿Y éste auto?— Tom admiraba el coche clásico convertible en un color azúl claro.
—Es el talón de Aquiles de mi papá.— Respondió Annie mientras exhalaba el humo de su cigarro.
—¿Y ésta chatarra funciona?— Añadió Stacy.
—¿Chatarra? ¿Llamas chatarra a ésta obra? Es un...
—Un traste...— Volvió a insistir Stacy con indiferencia.
—¿Corre bien?— Volvió a insistir Tom ignorando los comentarios de la chica.
—Como el viento. Papá nos lleva a pasear en él todos los domingos.
Annie sonrió con orgullo. Su padre solía sentarla en su regazo cuando era más pequeña y ella creía estar conduciendo con él.
—Oye... ¿y si damos un paseo en él?— Propuso Tom.
—No... no creo que sea buena idea... si mi padre se entera...— Annie estaba entre la espada y la pared. Le temía a su padre, pero a la vez, quería impresionar a Tom.
—No se enterará. Sólo será una vuelta a la manzana...— Tom le sonrió, era un chico guapo, el típico chico adulador y pedante.
—Está bien...
Con los nervios de punta, Annie accedió.
—Ven, Candy.
—Pero aún no se acaba mi programa...
—No me importa. Además, no puedo dejarte aquí sola, ven.
Le apagó el televisor y la montó en la parte trasera del auto junto a Stacy. Conduciría Tom y ella iría en el asiento pasajero. Annie había sido la chica tímida, aplicada y obediente, pero hace unos meses, cuando se mudaron a ese nuevo vecindario y conoció a esos amigos, había cambiado bastante.
—Tom, dijiste que sólo era una vuelta a la manzana... ¿por qué estás tomando la autopista?
—Es que la manzana es muy grande...—Sonrió con idulgencia y aunque ella sonrió de vuelta, estaba muy nerviosa.
—Tom... detente, no vayas tan rápido.— Ya no se estaba divirtiendo, más bien estaba aterrada y Stacy sólo se reía como una imbécil en vez de ayudar.
—¡Ay! Dile que se detenga, Annie. Tengo miedo.
—Tom, por favor... detente...— Ya estaba al borde del llanto.
—No puedo detenerme en plena autopista.
Como si le valiera madre la preocupación de Annie, Tom aceleró más el auto. Annie nunca se había arrepentido tanto. Sólo deseaba estar de vuelta en casa.
—Ya, Tom, deja de mortificarla. Ve más despacio.— Por fin la Stacy dijo algo con sentido.
—Vale, vale, lo que las señoritas digan.
Tom era un inmaduro y un inconciente. Siguió acelarando, a tal punto que Candy se abrazó a Stacy del miedo. Con lo que Tom no contó fue con que un camión se había volcado en medio de la carretera, iba tan rápido...
Se estrelló contra el camión, fue tan fuerte el impacto, el auto quedó prácticamente enterrado en el camión. Cuando llegó la policía y la unidad de rescate, tuvieron que romper partes del auto para poderlos sacar.
Tom esta grave, pero vivo. A Stacy la declararon muerta, Annie también tenía heridas de gravedad y Candy...
Tres días después, la señora White escuchaba al doctor.
—Annie estará bien dentro de poco, tiene múltiples fracturas y estará en cama un tiempo, pero...
—¿Y Candice?— Preguntó la señora desesperada...
—Ella... también tiene algunas fracturas, pero... no recuerda nada... no sabe quién es...
—¿Amnesia?
—Podría ser, aunque pienso que es algo más complejo aún...
—¿A qué se refiere?
—A veces, en el caso de los niños, en sucesos traumáticos, se crea una barrera de protección, la mente bloquea recuerdos, algunos dejan de hablar, otros creen no poder caminar...
—¡Dios!
—En el caso de su hija... no puede ver...
—¿Está ciega?— Preguntó con horror.
—Hemos examinado sus ojos y concluí una ceguera temporal, uno de los golpes pudo haber afectado el nervio óptico.
—¿Volverá a ver?
—Es probable que sí, como le dije, examinamos sus ojos y descartamos daño permanente, ella recuperará la vista en cualquier momento...
—¿Y si no lo hace...?
—La ciencia tiene sus límites, señora. Puede que si la ceguera se extiende más de lo normal, se deba al trauma... he recomendado a varios especialistas para Candice...
La vida de Candy y la de todos cambió para siempre a partir de ese momento.
—Ya no me digan más mentiras. ¡No quiero más mentiras! Estoy harta de que jueguen conmigo, de que me quieran manipular.
—Candice, cálmate y escúchame...— Su madre se dirigió a ella con autoridad, pero nada podría frenar el ímpetu de Candy en ese momento.
—¿Vas a decirme la verdad? Porque es lo único que me interesa escuchar, ¡la verdad!
—No estás preparada para escuchar la verdad. Lo que tienes que hacer es empezar a explicarme por qué amaneciste...
—¡Ya deja eso! No soy una niña, amanecí con él...
—¡Porque no es una niña y porque se aman!— Estalló Annie.
—¿Tú qué sabes?— Reviró su madre.
—Sé que tiene la capacidad para afrontar la verdad, la que no está lista eres tú.
Señaló a su madre y en sus ojos azules había un rencor añejo.
—Candy... fue un accidente, te lo juro...— Se acercó a ella llorando, pero Candy la rechazó.
—No quiero escuchar nada más de ustedes. Déjenme sola...— Pidió llorando.
—Te lo contaré todo, Candy, luego me juzgas, pero por favor...
—¡No quiero! Quiero irme lejos de aquí. Lejos de ustedes. ¡Mentirosas!
Salió corriendo hacia las escaleras, empujando a Patty que estaba en medio y acorralada en medio de la discusión al igual que Terry.
—Disculpen, iré hablar con ella si me lo permiten...— Propuso Terry.
—¿Usted? Lo que quiere es seguir envenenándola en nuestra contra. Todo era perfecto hasta que apareció usted.
—¡Mamá! Ya ha sido suficiente... ¿por qué no te rindes ya?
Annie estaba tan derrotada y su madre comenzaba aceptar su propia derrota.
Terry subió a la habitación de Candy y la encontró metiendo prendas de vestir desorganizadas en una valija, las metía con llanto y rabia.
—Candy, ¿qué haces?
—¿Qué crees que hago? ¡Me largo!— Su tono fue ácido mientras metía en la valija toda clase de cosas.
—A ver, ven aquí...— Se sentó en su cama y la llamó para que se sentara junto a él.
—No quiero. Me voy, Grand.
—De eso precisamente vamos hablar. Ven aquí...— Palmeó el colchón para indicarle donde estaba. Ella caminó hacia él con pesadez y él la acomodó en su regrazo.
—¿Así que te vas?
—¡Sí!
—¿Se puede saber a dónde?
—Pues... contigo...
A Terry se le abrieron los ojos como bolas de billar. No pudo ni hablar y de pronto una presión gigante se apoderó de él.
—Con... ¿conmigo?
—Sí...
—A ver... cieguita... no puedes irte conmigo.
—¿Por qué?— Le preguntó con los ojos cargados de rabia y llanto, poniéndose de pie.
—Primero porque hay muchas cosas que tienes que hablar con tu familia... y segundo... eres menor de edad... ¿sabes en el lío que me meterías?
—Pero ya pronto seré mayor. Además, tú y yo ya...
—Candy, no puedes salir huyendo así como así... y yo no tengo nada que ofrecerte ahora... no puedo sacarte de la comodidad de tu casa para llevarte a...
—Esta casa ha sido un gran infierno para mí, Grand... Aquí sólo hay mentiras y abuso... ya me habían dejado en manos de un depravado, me dejaron ciega... ¿qué será lo próximo?
—Está bien. Te llevaré conmigo...
—¡Gracias!
—Eh, eh, aún no termino de hablar. Te llevaré conmigo si tus padres están de acuerdo...
Bajaron juntos las escaleras y abajo estaban su madre y sus hermanas.
—¿Y esa maleta? ¿A dónde vas?— Preguntó su madre con amenaza.
—Me voy, mamá, ya te lo dije.
—¿Cómo que te vas? ¿Te volviste loca?
—¡Déjala que se vaya!— Su padre regresó borracho, arrastrando las palabras. Terry entendió más claro las ganas de Candy por huir de ahí.
—¡Papá! No puedes dejar que se vaya...— Deseperada, Patty por fin habló, aunque como siempre, no la tomaban en cuenta.
—Vete, Candy. Escapa... aléjate de éste maldito infierno y ven por mí cuando puedas...— Sonrió con los ojos aguados, botella en mano.
Terry sintió vergüenza ajena y se fue con Candy. Ahora sólo había un problema...
—¡Terry! Estaba preocupada, ¿por qué no contestaste mis llamad...?— Eleanor se quedó a media frase cuando vio a Candy junto a él, a Candy a su maleta...
Continuará...
¡Hola! Ahora ya saben por qué está ciega Candy... Espero que les haya gustado.
Gracias por comentar: Erika L, norma Rodriguez, Maride de Grand, thay, Dyta Drangon, Mazy Vampire, Soadora, Luisa, elisablue85, catchi90, dulce lu, Olga Parada, Dali, skarllet northman, Oh Ha Ni, gatita, LizCarter, nerckka, Michiru, luz rico, Amparo de Grand, GRANDCHESTER LUCY
Les mando un beso
Wendy
