Los ojos del alma

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 20 Conviviendo


—Lo siento, mamá, es que pasó algo que... ¿por qué mejor no te sientas?— Le preguntó Terry a su madre con una sonrisa cansina, conciente de que no sería nada fácil lo que vendría a continuación.

—¿Sentarme? No me digas que... ¡Oh por Dios!— Lejos de sentarse, Eleanor seguía preocupada, parloteando y dando vueltas por el humilde salón del apartamento. Candy sentía que le faltaba el aire, estaba paralizada en el mismo pedacito de azulejo del cual sus pies no parecían querer despegarse.

—No sé qué será lo que tu cabeza esté maquilando, mamá, pero puedo asegurarte que aún no vas a ser abuela.

Terry le sonrió de lado por un segundo, Eleanor suspiró aliviada, pero Candy por poco se desmaya con sólo imaginarlo, aunque habían sido lo bastante responsables para evitar un embarazo no deseado.

—Pero... ¿y esa maleta?

—Pues... es de Candy...

—¡Eso ya lo sé! Lo qué quiero saber es por qué...

—Eso te lo explicaré pronto, sólo déjame ayudar a Candy a instalarse en mi habitación...

Con los ojos aguados, al no contar con tan "calurosa" bienvenida, Candy siguió a Terry hasta su habitación. Por algún motivo, sintió que esa decision de irse con él no fue acertada, las lágrimas le quemaban los ojos, sintiéndose de pronto más sola que nunca.

—Puedes usar éstos tres cajones que están vacíos...— Terry la condujo hasta su buró.

—Gracias...— Contestó con un desánimo tan grande que Terry lo notó.

—Cieguita... lo siento mucho, de verdad.— Le acarició la mejilla y con su pulgar se llevó las lágrimas que no se resistieron más.

—Toda una vida de mentiras, Grand...

—Lo sé, sé como te debes sentir... pero pienso que debe de haber una explicación para todo... tal vez...

—¿Qué explicación podría justificarlos?— Su tono fue duro.

—No lo sé, Candy. Te fuiste sin escucharlos...

—Yo sólo me harté de que me manipularan. No dejé que me convencieran nuevamente con alguna historia ridícula... yo... llevo años escuchándolos hablar de una supuesta operación que de seguro ni siquiera existe y que de existir, jamás podrán costearla, sobre todo porque mi padre...

Hizo una pausa repentina para darle espacio al llanto. Terry la escuchaba sin interrumpir, contagiado de su dolor, no le dio importancia a que estaba perdiendo un día de clases en la universidad y que en un par de horas tendría que trabajar.

—¿Qué hay con tu padre, Candy?

—Él... tiene problemas...

—¿Qué clase de problemas?— Terry había aprendido a conocerla lo suficiente como para darse cuenta cuando quería esquivar un asunto.

—Es alcohólico y además... juega con el dinero...

—Apuestas.

—Sí... con todo lo que ha perdido, creo que yo me hubiera operado cinco veces...

El gesto de Candy se endureció, pero más dura se volvió la expresión facial de Terry al enterarse de todo aquello.

—Mejor deja eso ahí, Candy. Descansa un poco, yo te ayudaré más tarde.— Le quitó las prendas de vestir que tenía en las manos y la condujo a la cama. Candy no protestó y Terry regresó al salón para hablar con su madre. Era un apartamento pequeño y parecía que todas las paredes tenían oídos.

"Sabes que éste apartamento se nos está cayendo en pedazos... a penas cabemos nosotros..."

"¿Y qué quieres que haga, mamá? No puedo dejarla a su suerte, ella me necesita..."

"No pretendo que la dejes a su suerte... es sólo que... ¿no creen que se han precipitado?"

"Si pasaras tan sólo un minuto en su casa, con su familia, tú también te la querrías llevar de ahí sin pensarlo."

—Candy...— Terry la llamó, pero ella se hizo la dormida, tenía rastros de llanto seco en sus mejillas. Terry le dio un beso en la frente, tomó su credencial de Big Burgers, se colocó la gorra, agarró las llaves del auto y se marchó a trabajar.

Candy estaba tan aturdida que logró dormirse un rato después de que Terry se hubiera marchado, para cuando abrió los ojos, ya eran las seis y treinta de la tarde, se fue encaminando poco a poco por la casa, el olor de especias y condimentos la invadió.

—¿Señora Eleanor?

—¡Arrg!— Del susto, al no haber sentido a Candy, Eleanor se cortó con el cuchillo con el que picaba unos pimientos.

—¡Lo siento! ¿Se encuentra bien? No quise...— Candy trató de acercársele a tientas, Eleanor tomó un paño y lo apretó contra su dedo para detener el sangrado.

—No te preocupes, Candy... es que soy muy descuidada, olvidé que estabas aquí...

—Me quedé dormida demasiado rato... ¿puedo ayudarla en algo?— Se ofreció con amabilidad.

—Eh... no... yo me encargaré, tú eres la visita.

—Oh, nada de eso, yo ya soy de confianza. Déjeme ayudarla, por favor...

—Pero Candy... ¿tú sabes...?

—¡Oh por supuesto! Sé cocinar de todo... sólo dígame cuál será el menú y dónde están todas las cosas...

Con el corazón en un puño y algo incrédula, Eleanor dejó que Candy obrara en la cocina. Aunque tenía bastante habilidad dadas las circunstancias de su condición, Eleanor iba detrás de ella recogiendo y limpiando lo que Candy dejaba caer, limpiando restos de los condimentos que se escapaban de la puntería de Candy, pero en fin, la cena quedó lista. Y la cocina hecha un desastre.

—Buenas noches.— Llegó Terry a eso de las ocho de la noche.

—¡Grand!— Candy voló a sus brazos que la recibieron con amor y energía a pesar de su cansancio. Parecía que ambos se habían olvidado de Eleanor.

—Ejem...—Les rompió el encanto al aclararse la garganta.

—Buenas noches, mamá. Mmm... sea lo que sea huele rico...

—Pues esperemos que sepa así mismo como huele...— Respondió ella.

Se fueron al comedor en el que Eleanor disponía de los platos y utencilios. Colocó la cacerola con el estofado y dispuso jugo de arándanos.

—Mamá... ésta vez se te fue la mano con los condimentos...

Eleanor trataba de hacerle una señal con las manos y el rostro, pero Terry no la veía...

—Está un poco salado...— Remató Terry y Eleanor, como mujer al fin, supo que su hijo acababa de firmar su acta de defunsión.

—Lo siento... es la primera vez que me pasa...— Dijo Candy al borde del llanto y a Terry se le paralizaron todos los sentidos por su metida de pata.

—Lo siento, Candy... no sabía que... bueno, no es que esté mal...

—No te preocupes, me aseguraré de que no pase la próxima vez...— Porque no habrá próxima vez, pensó para sí misma.

—Cieguita... de verdad lo siento...

—Si ya terminaron, recogeré la mesa.

Se puso de pie y recogiendo primero sus propios platos y utencilios se dirigió a la cocina. Terry que no encontraba que más hacer para reponer su desacierto, sólo miró a su madre, con una señal de auxilio en la mirada, pero Eleanor sólo se encogió de hombros.

—Ya se le pasará.— Le dijo sonriendo, luego su mirada se perdió por un instante, recordando los primeros meses de convivencia con Richard, en ese mismo apartamento... y las aventuras de sus limitadas habilidades culinarias para aquél entonces.

¡Clan!

El sonido de algo de vidrio que había caído al suelo la sacó del limbo del pasado en que se encontraba. Ella y Terry fueron a la cocina corriendo. Candy estaba aterrada y con pánico. Eleanor miró los pedazos de su cacerola favorita en el suelo a punto de llorar, era uno de los grandes tesoros que había tenido su difunta madre. Bueno, era sólo un cacharro de cocina, pero tenía mucho valor sentimental.

—Lo siento, señora... Yo me tropecé y...

—Está bien, Candy... Creo que has hecho mucho por hoy... ¿por qué no se van a descansar?— Los señaló a ambos y Candy se retiró cabizbaja junto con Terry.

—No he pegado una con tu madre...

—No te frustres, cieguita. Eleanor ya está chochando...

—¡Grand!

—¿Qué? Es cierto.— Respondió con total indiferencia tras su diablura.

—No lo es.

—Lo sé.— Le dio un beso y se sentó en la cama, con ella en su regazo.

—Creo que tu madre no está contenta con que yo esté aquí...

—¡Tonterías! Seguro que sólo se hace la interesante.— Dijo él sin prestar mucha importancia al asunto, estaba muy ocupado con los botones de la blusa de Candy y besándola.

—Lo digo en serio, Grand... yo no le agrado del todo a tu madre...

—Eso no es así. Sólo dale tiempo, todas las suegras suelen ser un dolor de cabeza.

—Pero es que...

—Shhh. ¿Podemos hablarlo luego de que terminemos?

La blusa de Candy acababa de pasar a mejor vida. Terry estaba ansioso, pero trataba de mantener la calma, era conciente de que Candy a penas se iniciaba y no quería lastimarla.

—Te amo, cieguita. Eso es todo lo que debe importarte.

Fue hermosa esa segunda vez que hicieron el amor. Terry frenó su anciedad y empleó la misma delicadeza de la vez primera. Su cama estrenó a Candy. Le gustaba que al terminar, el cuerpecito pequeño y cálido de ella descansara sobre el suyo, que esa melena rubia lo arropara. La amaba y amaba todo de ella.

—Creo que debemos bañarnos, Grand. Apestamos.

—¿Disculpa? Tú eres la apestosa. Hueles a estofado salado.

—Y tú a hamburguesas grasientas.

—¿Ah sí? Vas a ver hamburguesas grasientas ahora.

—¡No! Jajajaja. ¡Ya!

Con las cosquillas de Terry, retosaban como dos niños y parecía que la vida reía con ellos, al menos por ese momento. Minutos después, fueron a ducharse juntos, agradeciendo que ya Eleanor se había retirado a dormir.

Luego de haberse aseado, Terry se quedó en bóxers, el verano estaba cerca y el calor no tenía piedad de nadie. Candy también eligió una pijama ligera, short y franela. Estaban agotados y se acostaron, uno en brazos del otro.

—Se siente diferente ésta vez, Grand...

—¿El qué, linda?— Bostezó.

—Estar en tus brazos. Saber que por la mañana nadie nos sorprenderá...

—Tienes razón. Pero sí nos sorprenderán en la mañana...

—¿Quién? ¿Tu madre?

—No.

—¿Y quién?— Preguntó ya molesta.

—La alarma. Si no lo recuerdas, mañana tienes escuela, ¡floja!

Al día siguiente, Terry dejaba a Candy en su escuela y volaba hacia su universidad. Ahora tenía que modificar más su tiempo, pues estaba a cargo de todas las actividades de Candy.

—Candy... ¿te encuentras bien?— Le preguntó su maestra, la señorita Pony al terminar su clase.

—¿Yo? Sí... ¿por qué lo pregunta?

—Tú eres una chispa, Candy, cuando estás apagada se nota.

—Es complicado.— No dio más detalles y bajó la cabeza.

—Supongo. Sabes que puedes hablar con la trabajadora social si lo necesitas...

—Gracias, pero no. Ya me las arreglaré.

—Candy, no sé lo que te esté pasando, pero sí sé que una de tus virtudes es creerte la chica maravillas. No hay nada malo en pedir ayuda de vez en cuando.

—Estaré bien, señorita Pony. La veré mañana.

Antes de que su maestra siguiera insistiendo, Candy fue hacia la salida a esperar a Terry como de costumbre. El rostro se le iluminó cuando él la llamó por su nombre y se le acercó.

—¿Cómo te fue hoy, cieguita?

—Más o menos... ¿y a ti?

—Igual...— Respondió besando su mano un momento cuando ya estaban sentados en el auto.

—Lamento haberte puesto en ésta situación, Grand... es que no tengo a nadie más a quien...

—Tranquila, Candy. Yo estoy feliz de que estés conmigo.— Pero tu madre no... pensó ella, pero se lo calló.

—Te acompañaré hasta el elevador... mi turno comienza en media hora.

Así hizo Terry, cuando la dejó en la puerta y le entregó la llave que era suya, se marchó a toda prisa a trabajar. Candy entró en el apartamento y escuchó a Eleanor conversar y reir muy animadamente con otra mujer. Reconoció esa voz, no la olvidaría jamás.

—¡Candy!— Exclamó Eleanor sorprendida y algo avergonzada, de hecho.

—Buenas tardes...— A pesar del nudo que se le formó en la garganta y el coraje que la comenzaba a corroer, tuvo buena educación.

—Buenas tardes, Candy. Yo ya me iba...

Eliza se puso de pie para dirigirse a la puerta, sorprendida también de ver llegar a Candy de pronto y sin Terry...

Continuará...


Hola, amigas! Disculpen la tardanza, me encontraba resolviendo asuntos muy personales de mi vida que acapararon toda mi parte física y emocional, pero ya estoy de vuelta, no estaré con la misma frecuencia de antes ya que mañana comienzo la Universidad y estoy en búsqueda de un empleo de medio tiempo mientras tanto, así que mi tiempo estará realmente limitado, pero tranquilas, no abandonaré la historia. Tengo interés de terminarla lo antes posible, ya que hasta que no lo haga, no actualizaré "Novia de mi profesor". Ambas historias están programadas en mi mente, todo el desenlace, lo que me afecta es el factor tiempo, pero las terminaré. Luego de que las finalice, no me verán aquí por un tiempo, pues el conseguir un trabajo nuevo y adaptarme nuevamente a la vida de estudiante, además de mi familia ha hecho que tenga que dividirme en cien mil pedazos. Espero su comprensión.

Pasando a ésta historia... bueno... ahora se pondrá interesante, Candy descubrirá que no todo es color de rosas...

Es todo por hoy, chicas, voy contra el reloj. Las quiero y gracias a todas por comentar.

Wendy