Los ojos del alma

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 22 Otra perspectiva


—¿Hablar conmigo? Pero... yo no hice nada, no he tocado nada, ¡se lo juro! No he roto nada desde...

—Candy, no es de eso que quiero hablarte. Ven, siéntate.— Con el corazón acelarado, Candy volvió a sentarse junto a su suegra.

—Dígame...

—No sé cuál será la razón por la que de pronto han decidido mudarse, pero tienes que entender que para nada estoy de acuerdo con esa locura.

—No fue mi idea. Es que Terry pensó que...

—Puede que la idea haya sido de Terry, pero no podemos negar que ha sido tu influencia en su vida la que ha detonado todos estos impulsos...

Candy bajó la cabeza y suspiró, ya veía todo eso venir, de hecho, podría decirse que estaba más que arrepentida de arrastrar a Terry junto con ella y robarle la paz que antes tenía con su madre.

—Yo quería regresar a casa, pero Terry me convenció para que...

—Es justo lo contrario, Candy.

—No la entiendo, señora...

—Piensas que Terry te ha convencido, pero en el fondo, eres tú la única capaz de convencer a Terry de cualquier cosa.

—Yo nunca quise ocasionarles ningún problema... yo... creo que sólo pensé en mí, pero no se preocupe, yo...

En ese momento, el sonido del timbre interrumpió la conversación de las mujeres. Eleanor se puso de pie para abrir la puerta, pero antes miró por el cristalito de quién se trataba. No la conocía, era sólo una chica joven, tal vez una amiga de Candy o de Terry, decidió abrir luego de que la chica tocara el timbre una vez más.

—Buenas tardes... ¿se encuentra Terruce? Aquí vive Terruce Grandchester... ¿verdad?— La joven parecía desesperada.

—¿Quién es usted?— Preguntó Eleanor con recelo, pero a Candy le resultaba familiar su voz.

—Yo... Soy Susana Grandchester... soy su hermana... ¿Candy?— Pronunció su nombre con alivio al encontrarse con alguien de confianza.

—Hola, Sussy... ¿estás bien?— Candy se le acercó con una sonrisa, pero Susana estaba desesperada.

—No, Candy... no estoy bien...— Rompió en un llanto desgarrador.

—Señorita... ¿se encuentra bien?— Eleanor se apresuró a ofrecerle un asiento y fue por un vaso de agua.

En otras circunstancias, Susana habría mirado con desprecio todo el apartamento, pero en esos momentos, a penas había prestado atención a los detalles, la bañaba la angustia.

—¿Qué te pasa, Sussy? ¿Por qué lloras?

—Es... es Trish... ella tuvo una recaída y está en el hospital...

El mundo de Candy se paralizó. No sólo pensaba en la desdichada niña, sino en lo que afectaría esa noticia a Terry que ya tenía gran parte del peso del mundo sobre sus hombros.

—Lo siento mucho, señorita... Terry... él está trabajando... tan pronto como llegue yo le haré saber que...

—No... no... ¡no! Mi hermana no tiene tiempo... Necesito encontrarlo pronto...

—Yo te acompañaré a buscarlo en su trabajo...— Se ofreció Candy.

Las dos salieron del apartamento rumbo a Big Burgers para buscar a Terry. Eleanor se quedó sola, respirando profundo, analizando en qué momento su pobre hijo se complicó la vida de esa manera.

...

—Buenas tardes, bienvenidas a Big... Candy... ¿Sussy?— Cuando Terry y Susana se miraron a los ojos, no hizo falta que ella hablara, Terry se lo había imaginado.

Consiguió hablar con el señor Hathaway y logró que lo relevaran antes de tiempo. Los tres iban en el carro de Susana, pero conducía él.

—¿En qué hospital está?— Preguntó Terry al encender el motor.

—En el Saint James.

—Mi hermana Annie trabaja en ese hospital.— Agregó Candy luego de que Terry se ubicara en la carretera.

—¿Es doctora?—Preguntó Susana algo esperanzada.

—No. Ella trabaja en el área de facturación y cobro...

Terry casi voló, transformando un trayecto de una hora y media en cuarenta y cinco minutos.

—Recuérdame no dejarte conducir mi carro nunca más.— Dijo Susana cuando se bajaron.

Apresurados, llegaron a la recepción del hospital y ahí se encontraron al señor Grandchester, abatido y hasta más envejecido, pensó Terry.

—Terruce... gracias por venir...— Con los ojos aguados, Terry asintió y hasta sintió compasión por ese hombre tan derrotado.

—¿Cómo está Trish?

—Está tranquila... con su madre...

—¿Puedo verla?

—Seguro. Ha preguntado mucho por ti...

Terry entró solo al cuarto de Trish. Se notaba que el lugar se esforzaba porque esos niños sonrieran en medio de su desdicha. El cuarto era un irónico paraíso infantil, comenzando por los personajes de caricaturas que adornaban las paredes.

—¡Terruce!

—Hola, princesa. ¿Cómo estás?— Terry se le acercó con un nudo en la garganta.

—Cansada. Siempre cansada... oye... ¿quién te invitó?— Le reclamó la pequeña de pronto.

—¿A caso el hermano de la princesa requiere de invitación para visitar vuestro palacio?— Era mágico la forma en que ambos se metían en su papel real.

—Pues... te invité a mi cumpleaños y nunca llegaste... tampoco me llevaste mi regalo...

—Lo siento... es que... no tuve tiempo. Sabes que tu hermano es un plebeyo, tuve mucho trabajo...

—Pero me prometiste un regalo... ¡Lo prometiste!

—Y te compré tu regalo, es sólo que no he tenido tiempo de entregártelo.— Se sentó junto a su cama y le acarició la cabecita pelona.

—¡Lo compraste! ¿Y qué es?

—Es una sorpresa. Te lo daré cuando nos vayamos de aquí.

—¡Pues vámonos ya!— La niña se ircorporó en la cama como un resorte.

—Hey, hey, hey. Nada de eso. Aún el doctor no ha dicho que te puedes ir. Cuando te recuperes nos vamos.— Le dijo haciéndola acostar nuevamente.

—Yo nunca me recupero, Terruce...— El corazón de Terry se quebró en mil pedazos, luchó contra el llanto.

—No digas eso, seguro que ésta será la última vez...

—Eso dicen y luego me meten aquí otra vez... ¿me ayudas a escapar? Mira, podemos amarrar todas éstas sábanas y escaparnos por la ventana... lo he visto en las películas...

—Me temo que no será así de fácil, Su Majestad...

—Lo que yo creo es que tienes miedo.

—¿Miedo yo?— Levantó la ceja con arrogancia haciéndose el ofendido.

—Sí. Miedo de las alturas... oye... ¿es cierto que eres un luchador?

—¿Quién te dijo eso?— Le preguntó muy serio y la niña apagó su sonrisa, como si se hubiera metido en problemas.

—Eh... no me acuerdo...

Una tos muy aguda la atacó. Fue tan desesperante que Terry llamó a una enfermera.

...

—Terruce... no tienes por qué hacerlo... no es tu obligación...

—Yo quiero hacerlo.— Le contestó a su padre con determinación.

—Primero tendremos que hacerle unas pruebas para saber si es compatible...— Dijo el doctor que llevaba el caso de Trish.

Las siguientes horas serían angustiantes. Estaban en espera de los resultados y decidieron ir la cafetería del hospital por un bocadillo y café para relajarse.

—¿Candy?— Con una bandeja de comestibles en la mano, Annie se encontró con su hermana y compañía.

—¡Annie! Siéntate...— Se hizo a un lado.

—¿Qué hacen aquí?— Preguntó sonriente.

—Hola, Annie. Ella es Susana, hermana de Terry... estamos aquí por su hermana menor...

—Oh... mucho gusto, Susana... ¿Qué le pasó a tu hermana?

—Es... es paciente de cáncer... tuvo una recaída...

—¡Oh! Lo siento... lo siento mucho, de verdad.

Annie sintió algo muy extraño, muchos sentimientos que no comprendía. Terminaron la comida en silencio. Ella había terminado su turno, pero decidió acompañar a Candy y a Susana hasta la sala de espera.

—¡Terry! ¿Qué te dijeron?— Susana se aproximó a él. Terry negó con la cabeza, sintiendo un dolor profundo.

—Yo tampoco soy compatible con Trish... lo siento...

No luchó más con su llanto y él y Susana se abrazaron, la impotencia era muy grande. Richard y su esposa se sentían totalmente derrotados.

—¡Háganme la prueba a mí!— Exclamó Annie de pronto. Todos los ojos se clavaron en ella, incluso los de Candy la buscaron intensamente.

—Disculpe... ¿quién es usted?— Le preguntó la señora desconcertada.

—Yo... soy hermana de Candy... trabajo aquí...

—Oh... pero... no creo que usted pueda ser compatible... y yo ya no sé...

—Existe al menos un veinticinco por ciento de posibilidad... déjeme intentarlo, por favor...

Fue casi una súplica por parte de Annie. Tratándose de la última esperanza de Trish, sus padres aceptaron.

Fue otro buen rato de incertidumbre mientras se le hacía la prueba de compatibilidad a Annie. Los demás esperaban, Terry, Candy y Susana se habían vuelto un trío inseparable. De lejos, Richard miraba a sus hijos y un remordimiento agudo lo invadió. Vio que Susana tenía la cabeza recostada en el hombro protector de Terry, el apoyo incodicional de dos hermanos, a pesar de las circunstancias.

—Buenas noches...— Con la voz del doctor, los adormilados que esperaban abrieron sus ojos enormes, esperando alguna noticia positiva.

—Doctor...— Lo abordó la esposa de Richard, esperando ansiosa una respuesta.

—La señorita White es compatible en un milagroso porcentaje.

—¡Bendito sea Dios!— Exclamó la señora con júbilo y lágrimas.

...

Candy y Terry se marcharon más tranquilos, agradecidos con Dios, pero agotados. Se dieron un baño y se acostaron inmediatamente. Despertaron a la mañana siguiente, ya Candy estaba en vacaciones de verano, pero Terry no terminaría hasta finales de Junio, por lo que aún tendría que asistir a la universidad por dos semanas más. Se tomó el desayuno apresurado y se fue.

Candy recordó la plática con Eleanor que se había quedado pendiente, pero sabía que no podría escaparse una vez más.

—Candy... antes de decirte todo lo que te voy a decir, quiero que tengas presente algunas cosas... tranquila, querida, ésto no es el fin del mundo, no te asustes.— Eleanor le sonrió al verla tan tensa.

—Ya le dije que no se tiene que preocupar, yo no he hablado aún con Terry porque...

—Candy, que manía tienes de interrumpir. Tú no sabes lo que te voy a decir, no te adelantes.

—Lo siento... es que no puedo evitarlo cuando estoy nerviosa...

—No tienes por qué estarlo, ésto no es lo que imaginas...

Respiró profundo. Quería elegir las palabras correctas, de modo que Candy no la malinterpretara.

—Lo primero, Candy, es que sí te quiero y no es cierto eso de que yo prefiero que Terry esté con Eliza...

—Yo... es que...

—Sí, se que no he sido muy afectuosa contigo y que tengo una relación estrecha con Eliza, pero no tiene que ver una cosa con la otra. Mira, Candy, yo no estoy en contra de que estés con Terry, de su relación... te confieso que tú no eres lo que yo imaginaba para él, te soy sincera, pero eso no quiere decir que no te haya aceptado. Tú eres muy dulce, linda y mi hijo te ama, pero es la forma en que están haciendo las cosas en lo que no estoy de acuerdo.

Candy volvió a suspirar largamente y Eleanor podía sentir que en ella había angustia, pero antes que todo, ella era la madre de Terry y no iba a permitir que un impulso pudiera estancar el futuro por el que tanto su hijo se había esforzado.

—Yo sé que las cosas en tu casa no están bien, entiendo tus ganas de escapar, yo también tuve tu edad y sé lo que es sentirse atrapado, sé lo que es estar enamorada hasta los huesos y pensar que si estás junto a la persona que amas, ya nada más importa, suena muy lindo, Candy, pero no es así.

—Pero yo amo a su hijo, señora, él ha sido lo mejor que me ha pasado, soy muy feliz.— Sus ojos estaban tan aguados que contagiaron a los de Eleanor.

—Lo sé, Candy. Ambos están flotando ahora, pero no se han puesto a pensar en toda la responsabilidad que se están adjudicando innecesariamente.

—Si lo dice por mi discapacidad...

—No, no, Candy... no es eso, bueno quizás eso también influya un poco, pero no es lo que me preocupa.

—Entonces no la entiendo... ¿por qué no podemos hacer nuestra vida a parte?

Eleanor volvió a suspirar. Ella trataba de explicarse, pero no encontraba las palabras precisas, sobre todo cuando se trataba de un corazón obstinado y enamorado.

—Porque no están preparados, Candy. Ahora les parece muy fácil, idílico. Vivir solos... que nadie los moleste en su nidito de amor y esa es sólo la parte hermosa, pero no se han puesto a pensar mucho más de ahí. Candy, Terry está trabajando, está estudiando, ambas cosas lo absorven demasiado. Él tiene metas, sueños que necesitan dedicación y tiempo. Tiene ya mucha responsabilidad y tú, aunque no intencional, le estás añadiendo más carga a sus hombros. Terry es el tipo de personas que se echa todo encima. El tenerte aquí, aunque él jamás te lo dirá le ha dado un sinfín de obligaciones, él se siente responsable por ti.

—Pero yo trato de molestarlo lo menos posible.

—Te lo explicaré de un modo más claro, Candy. Ahora se mudarán solos, por lo que Terry, no tú, tendrá que ser responsable de un alquiler, de una despensa y de que no te falte nada. Al principio no notarán los cambios, pero con el tiempo, cuando se presenten las situaciones, reducción en jornada de trabajo, las deudas acumulándose, vendrá la desesperación, tú te sentirás atada y culpable por no poder ayudarlo y lo más triste, termines pagando sus frustraciones, aunque no sea su intención. Descubrirán de la peor manera que de no sólo de amor se vive y que incluso, esa frustración les puede destruir su relación. Sus estudios pasarían a un segundo plano, inevitablemente, porque mientras, no pueden quedarse en la calle y Terry conseguiría un segundo empleo o tal vez regrese a las peleas cuando se vea desesperado.

—¡No! Él me prometió que jamás volvería a las peleas...

Fue tanto el pánico que Candy sintió que se puso a llorar. Eleanor se conmovió tanto que por primera vez la abrazó, como una madre y le acarició el cabello.

—No llores, Candy. No te estoy diciendo ésto para desalentarte o para que te alejes de él. Ustedes tienen una relación muy bonita y Terry te adora, no tienen por qué terminar. Sólo no apresuren las cosas, se los digo por experiencia. Los planes no siempre nos salen como queremos, siempre hay algo con lo que no contamos, como por ejemplo... si te embarazaras...

—No, nada de eso. Hemos sido muy responsables... de hecho... tengo mi periodo en éstos momentos...

Eleanor no pudo evitar reir, ella era especial.

—Candy... no digo que suceda ahora, pero conviviendo todo el tiempo... a menos que vayas a una clínica y te planifiques con un método más seguro, podría suceder... un descuido, en fin... son situaciones que les cambian la jugada por completo y entonces... Terry, bueno, ambos tendrían que dejar en espera los planes y sueños que tenían porque se llenaron de responsabilidades, jugaron a ser adultos y se estrellaron en el intento. Es eso lo que quiero evitar a toda costa, Candy. Yo quiero que Terry logre sus metas, quiero verlo salir de éste barrio, quiero verlo graduarse, y entonces, cuando él haga eso... yo estaré encantada de ayudarte a planificar la boda y me dedicaré a malcriar a mis nietos

Se le aguaron los ojos cuando terminó de hablar, en la mente de Candy se formó toda una película, imaginando su vida juntos, su futuro y en una medida se sintió fatal al reconocer que sin querer, ella podría truncar todo eso.

—No quiero ser la responsable del fracaso de Terry, pero... se me hace tan odioso tener que volver a mi casa...

—Lo sé. Sin embargo, tú ya eres casi una mujer y huir de las situaciones no es madurez. La familia, es la familia y créeme que ninguna es perfecta, ya has visto como es el caso de Terry... Tienes que enfrentarlos, Candy y aunque sea duro, aceptar lo que ya pasó y que no puedes cambiar, sólo puedes brindarte un nuevo comienzo.

—No es tan fácil...

—Lo sé, pero tampoco es imposible. No conozco a nadie más orgulloso que mi hijo, e incluso él ha tenido que doblar el brazo y tratar de alguna manera de convivir con su padre, no creo que se le haga fácil, pero lo intenta, a pesar del rencor, entonces, toma su ejemplo, inténtalo.

—Tiene razón. Éste mismo fin de semana me pondré en contacto con mi familia...

...

Ese día, Terry llegó tan tarde de trabajar, que Candy ya se había quedado dormida y no pudo hablar con él. Se prometió hacerlo en la mañana.

—Grand...

—Dime, cieguita.— Le preguntó sin despegar la vista de su cuaderno.

—Necesito hablar contigo...

—¿Es importante? Tengo dos exámenes hoy...— Respondió aún sin mirarla y repitiendo unas definiciones de memoria sobre lo que estaba estudiando.

—No... no es importante.

Le mintió. Comprendiendo lo que ella podría quitarle si insistiera en quedarse con él, truncarle su pasión, su futuro.

—Te veo en la tarde, cieguita. No olvides empacar, mañana nos mudamos.— Le dio un beso y se fue.

Por la tarde, cuando Terry regresó de la universidad para comerse algo ligero y luego irse a trabajar no encontró a Candy por ninguna parte.

—Mamá... ¿dónde está Candy?— Preguntó sin mucha preocupación mientras se ponía el uniforme de Big Burgers, pero el prolongado silencio de Eleanor lo comenzó a alertar.

—¿Mamá?— Insistió levantando la ceja.

—Terry... Candy... se fue...

Los ojos azules de Terry se quedaron fijos y en pánico por casi un minuto.

—¿Se fue? ¿Con quién? No me digas que tú...

—No... Yo no le dije que se fuera, yo sólo...— Eleanor estaba nerviosa.

—¿Qué le hiciste?— Le reclamó mirándola con rabia a los ojos, los mismos ojos que había heredado de ella.

—¡No le hice nada!— Se safó de su agarre.

—¿Entonces cómo es que se fue así?

—Tal vez te lo diga aquí.— Le entregó una carta.

Terry tomó la carta, pero una sensación terrible le aceleró los latidos. El miedo.

Continuará...


¡Hola!

Estoy actualizando rápido, ya saben, aprovechando al máximo las vacaciones, espero poder terminar éste fic antes del 7 de enero que es cuando regreso a la uni. Ya falta poco para terminar la historia. Tengo todo fríamente calculado, mientras, sufran un ratito, buajajajajaja (risa malvada).

Gracias por comentar:

Guest, Maride de Grand, elisablue85, dulce lu, anaalondra28, Iris Adriana, mimeli, Dali, skarllet northman, LizCarter, gatita, norma Rodriguez, Zafiro Azul Cielo 1313, GRANDCHESTER LUCY