Los ojos del alma
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 23 Desvío
Eleanor se retiró cuando Terry comenzó a desdoblar la carta, sintiéndose precisamente como ese pedazo de papel, doblándose y desdoblándose, frágil, capaz de romperse.
Mi héroe:
Primero que nada, decidir ésto me ha costado mucho, pero es lo correcto. Te amo, no vayas a pensar que no, yo te amo demasiado, pero no sólo te amo a ti, sino a todo lo que eres, a tus sueños y aspiraciones y aunque me duela, si yo me quedo contigo, si insisto y te obligo a modificar tus planes, sólo me convertiré en testigo de tus fracasos.
Yo estoy en un momento de mi vida muy oscuro, analizando muchos aspectos, aceptando realidades, al igual que tú. Comprendí que la responsable por mis circustancias soy yo y que soy yo quien debe enfrentarlas y afrontar las consecuencias. Fue muy egoísta de mi parte el haber querido dejarte mi carga.
Necesito sanar algunas heridas, necesito y tú también, un tiempo de soledad. Mi vida cambió mucho desde que te conocí, tú me trajiste luz y yo no puedo a cambio conducirte a la oscuridad que sería precipitarnos y retrazar el futuro con el que has soñado y que al final, algo tan bello se nos rompa y tú termines odiándome inevitablemente.
Yo sé que tú me amas, yo he podido sentirlo, pero no se puede tapar el sol con un dedo. Yo soy mucha responsabilidad, aunque suene feo. Yo lejos de darte apoyo, sólo puedo añadirle más peso a tu carga. Por eso, aún con el corazón roto, me estoy yendo, me estoy alejando porque sé que tú jamás lo harías, te echarías todo encima, creyéndote capaz, pero no eres de hierro, estallarás cuando no aguantes más la presión de lo que sería nuestra vida juntos a falta de un futuro sólido.
Por eso, mi amor, mi vida, mi héroe, me fui. Quiero que logres todo eso que te has propuesto y yo por mi parte pondré en orden mi vida y como tú, buscaré superarme. Una verdadera compañera no te deja toda la carga, sino que busca la manera de hacerla más ligera.
Por favor, no me busques. Termina de estudiar, llega a donde quieras llegar y cuando lo hagas, entonces búscame, yo te estaré esperando con los brazos abiertos, pero por favor, no lo hagas antes... porque si lo haces, si te siento, si te escucho, si te me acercas, si me besas o me haces el amor una vez más... yo no seré capaz de alejarme nuevamente y te seguiré, aniquilando tus sueños.
Yo estaré bien, te esperaré lo que haga falta, yo soy y seré sólo tuya, pero en el tiempo correcto, ya sin rencores, sin incertidumbre, más tranquilos, más preparados, listos para comenzar nuestra vida juntos, eternamente.
Te amo,
Candy
Con los ojos aguados y un gesto muy duro, empuñó la carta, apretando los dientes, extrañándola a morir desde ya. Se dirigió a su habitación y cerró la puerta de un trancazo, a la que luego le propinó un puñetazo.
Era cierto que Candy era mucha responsabilidad, era cierto que muchas veces él se sentía cansado, pero se había acostumbrado a ella, se había enamorado de su pureza, de su inocencia, también de su torpeza que lejos de molestarlo le causaban mucha gracia y por otro lado... su curiosidad, su pasión. Ella era todo lo bonito y puro de su vida. Miró hacia su cama y su gesto se suavizó por un instante. El libro que ella le había regalado estaba ahí, el libro y un peluche, pero uno en particular: "El principito". Había otra nota.
Si amas una flor, no la recojas.
Porque si lo haces esta morirá
y dejará de ser lo que amas.
Entonces si amas una flor, déjala ser.
El amor no se trata de posesión.
El amor se trata de apreciación.
-Osho-
Terry comprendió muy bien lo que Candy le quiso decir con esa reflexión y sonrió tristemente por la relación que guardaba esa parábola de "la rosa" con el protagonista del libro y precisamente "la rosa".
...
Candy llegó a su casa, de la misma forma en que se marchó. Llegó con Annie. Su madre corrió hacia ella con los ojos aguados y la abrazó muy fuerte. Hizo lo mismo con su padre.
—Candy... pensé que ya no volverías... pensé que...
—Uno siempre regresa a donde pertenece, mamá. Ustedes son mi familia. Y los amo.
—¡Candy!— Patty bajó las escaleras tan de prisa, que se cayó en el último escalón, pertiendo sus lentes, pero se incorporó en seguida y corrió a abrazar a su hermana.
Por primera vez, esa tarde, hubo una paz en esa familia que no hubo en años. El padre de Candy estaba sobrio, su madre estaba relajada, risueña, en pleno verano, en la mesa del comedor de la familia White parecía navidad.
—¿Qué haces, Annie?— Le preguntó Candy al sentirla caminar de un lado a otro en su habitación.
—Me voy, Candy.
—¿Te vas? Pero... ¿por qué? ¿Es porque yo regresé?— Le preguntó con angustia y en ese momento entró también Patty a la habitación de la hermana mayor.
—¿Qué? ¿Ahora te vas tú también?— Le reclamó Patty.
—Chicas, chicas... yo ya soy mayor, no puedo quedarme en casa de mamá y papá por siempre. Debo encontrar mi camino, ya es hora...— Respondió Annie mirando a sus dos hermanas con mucha melancolía.
—Pero... ¿a dónde vas?— Preguntó Candy.
—Conseguí un apartamento. Modesto, pero lindo.
—¿Es muy lejos de aquí?
—No. Una media hora en auto...
—¡Pues que te vaya bien!— Dijo Patty molesta y salió de la habitación. Annie sólo sonrió y puso los ojos en blanco.
—¿Qué le pasa a Patty?— Preguntó Candy extrañada de esa reacción.
—Desde que te fuiste, de algún modo ella se sintió abandonada... y pues ahora me voy yo... pero ya se le pasará...
Annie siguió acomodando sus cosas en varias maletas.
—Oye, Annie, quería agradecerte por lo que hiciste por la hermanita de Terry... de verdad fue un gesto muy noble...
—No tienes que agradecerme. Lo haría todas las veces que fueran necesarias...
—Es que... nunca esperé algo así de ti...
—Lo sé. Yo... hice algo muy malo... algo por lo que siempre estaré arrepentida...
—Annie... fue un accidente, yo ya...
—No me refiero a eso, Candy. Hablo de algo aún peor, algo que nunca podría confesarle a nadie. El caso es... que quiero que esa niña viva... que tenga la oportunidad que otros no tuvieron...
Unas lágrimas gruesas rodaron por el hermoso rostro de Annie. Un dolor y un remordimiento horrible que siempre la acompañaba, un secreto demasiado oscuro que jamás tendría el valor para revelar. Un rato después, ya con sus maletas hechas, fue junto con Candy a buscar a Patty.
—¿Se puede?— Preguntó tocando la puerta, aunque estaba abierta.
—Ya estás adentro.— Respondió Patty con fastidio e indiferencia, sin quitar la vista de la revista juvenil que leía.
—¿De verdad quieres que nuestra despedida sea así?— Annie le quitó la revista y la lanzó lejos. Patty puso los ojos en blanco, se cruzó de brazos y la miró desafiante.
—Vete. Váyanse las dos y déjenme sola.
—Hablas como si estuviera abandonando el planeta. Sólo voy a cambiar de casa, no de ciudad, ni de familia. Les propongo algo a las dos... ¿Por qué no vienen conmigo éste fin de semana?
—¿Nosotras? ¿Para qué?— Patty seguía empleando el mismo tono odioso.
—Bueno... podrían ayudarme a arreglar el apartamento, decorarlo... y pasar una increíble pijamada entre hermanas... ¿Qué dicen?
...
A pesar de que Terry había respetado los deseos de Candy, de no buscarla, se la estaba pasando fatal. La extrañaba demasiado, vivía con el miedo de perderla, aunque entendía muy bien sus razones y sabía que necesitaban de ese espacio, sin distracciones, tener la cabeza fría. A Terry le faltaba poco para terminar sus estudios, poco más de un año, pero era precisamente ese año el más importante. Su frustración era muy grande, lo reflejaba en su carácter gruñón y en su últimamente, poco desempeño en el trabajo.
Eleanor también había sufrido el cambio de actitud de Terry. Sus grocerías y su mal genio, sufría en silencio, pero sabía que había hecho lo correcto. El sonido del timbre la sacó de sus pensamientos. Miró antes de abrir, como de costumbre. Era un hombre, no lo conocía ni lo había visto antes por el edificio. Lo pensó muchas veces antes de abrir. Al final terminó abriendo la puerta, rezando, desde la amargura de Terry se había vuelto paranóica.
—Buenas tardes, disculpe la molestia...— El hombre no terminó la frase, se quedó algo idiota mirando a Eleanor, eso la puso más nerviosa.
—¿Qué se le ofrece?— Preguntó con la puerta a medio abrir, en caso de que tuviera que cerrársela en las narices.
—Yo... vine por Terruce... ¿vive aquí?— Eleanor no contestaría inmediatamente. Se asustó. No sabía quién era ese hombre y por qué estaba buscando a su hijo, se imaginó lo peor.
—No... no vive aquí... ¿para qué lo busca?— Era evidente su recelo.
—Disculpe, creo que debí comenzar por ahí... Yo soy Robert Hathaway... soy su supervisor inmediato...
—¡Oh! El señor Hathaway... mi hijo me hablado de usted... pase y disculpe... es que pensé que... bueno, entre.— Lo invitó avergonzada.
—Gracias... no sabía que la madre de Terruce fuera tan joven...— Parpadeó algo nervioso. No sólo era el hecho de que era una mujer joven de treinta y ocho años, sino que era hermosa y esbelta, aparentando mucho menos edad.
—Ya estoy acostumbrada...— Las mejillas de Eleanor se ruborizaron luego de tanto tiempo. Fue inevitable, que ahora que estaba más tranquila al saber que no corría peligro con ese hombre, se fijara en él. No debía de pasar de los cuarenta. Era un hombre relativamente alto, de pelo castaño claro y ojos verdes. Era guapo, sin embargo, parecía no estar muy conciente de ello, pues no hacía nada para impresionarla ni se mostraba engreído, por el contrario, su expresión mostraba calidez, confianza.
—Perdone mi atrevimiento de haber llegado sin aviso, es que... sinceramente estoy preocupado por Terruce...
—¿Le pasó algo?— Preguntó alarmada.
—No lo sé, eso es precisamente lo que vine a averiguar aquí... Verá, yo siento mucho cariño por su hijo, es un buen muchacho, además de un excelente empleado, pero... desde hace unos días... no sé, ha cambiado, he recibido quejas de otros empleados, los clientes y él... él no ha querido hablar...
—Oh... ya entiendo... ¿Desea un café... un té?— Ofreció Eleanor, sabiendo que la conversación se alargaría si tocaban ese tema.
—Un café estaría bien.
En unos minutos Eleanor regresó con el café. Robert Hathaway la seguía con la mirada cada vez que se movía, ella lo había impresionado con su belleza.
—Lo que le pasa a Terry es sencillo.
—¿Perdón?— Parpadeó Robert, se había distraído.
—Hace unos días... él y su novia... decidieron darse un tiempo...
—Oh... ahora entiendo. La cieguita... esa chica caló hondo en él...
—Así es. Creo que yo tuve la culpa de alguna manera...
—¿Usted?
—No directamente... Es sólo que... ellos se estaban apresurando demasiado y Terry... él tiene planes, metas... no era conveniente la forma en que estaban llevando las cosas y yo... yo soy su madre, lo vi desviándose e intervine... porque... ésta no es la vida que quiero para mi hijo...— Se puso a llorar sin quererlo. Siempre había sido solitaria, especialmente desde que la madre de Eliza, su única amiga había regresado a Puerto Rico.
—No llore, señora. Usted hizo lo que creyó conveniente.— Le ofreció un pañuelo.
—Disculpe. Usted debe pensar que soy una histérica...
—No, no, no se preocupe. Usted hizo lo que cualquier padre haría para evitar que su hijo se descarrile...
—¿Usted tiene hijos, señor Hathaway?— Le preguntó de pronto.
—No... pero tengo padres, padres que evitaron a todas costa que yo fracasara, aunque yo los odié en algún determinado momento, pero hoy, les agradezco que hayan intervenido.
Poco a poco, Eleanor se fue sintiendo cómoda, ahora entendía por qué su hijo lo admiraba tanto. Robert Hathaway era un hombre cálido y comprensivo, con el que podías hablar de cualquier cosa y jamás se mostraba impresionado, sabía escuchar. No supo cómo fue que había pasado más de una hora conversando hasta que escucharon la puerta abrirse de pronto.
—¡Terry!— Se puso de pie de golpe, nerviosa. Terry se quedó mirándolos a ambos con ojos inquisitivos.
—Buenas tardes, mamá, señor Hathaway... ¿A qué debo su visita?— El tono de Terry dejaba ver que no le hacía ninguna gracia verlo tan relajadamente con su madre, Robert se dio cuenta y se puso de pie, igualmente nervioso como Eleanor.
—Buenas tardes, Terruce. Yo había venido por ti...
—Ah. ¿Para qué soy bueno?
—¡Terry! ¿Qué modales son esos?
—Lo siento... es que estoy cansado y... además... ando apurado, tengo que ir a trabajar.— Miró con intención al señor Hathaway.
—Justo de eso quería hablarte, Terruce...
—¿Ahora? Disculpe, señor, pero no creo que sea un buen momento...
—Te va a interesar lo que tengo que decirte, sobre todo, porque no quiero que me hagas quedar como un idiota.— Terry pasó de serio a intrigado y Eleanor se quedó mirando a Robert por un momento, notando también, que a parte de su nobleza notoria, Robert además tenía dominio y carácter cuando era necesario, cualidades de un buen líder.
—Lo escucho...— Terry hizo un gesto torcido con la boca, como si nada fuera capaz de sorprenderlo.
—Te había comentado hace un tiempo que comenzó la campaña para nuevos gerenciales y te recomendé a ti con el supervisor, pero... tu desempeño en los últimos días me está haciendo pensármelo mejor y... si no estás preparado...
—¡Estoy preparado!— Se impulsó de momento.
—¿Estás seguro? No me lo parece...— Lo pinchó él con toda la intención.
—Mire, sé que no he hecho las cosas bien últimamente, pero eso ha sido por... por una situación personal que tengo, pero... confíe en mí, no voy a defraudarlo, sabe que eso es importante para mí.
—Eso pensé. He dado buenas referencias de ti, pero estarás compitiendo con otros cinco candidatos, Terruce, necesito tu mente puesta en ésto. Estamos hablando de jornada fija a tiempo completo, beneficios y aumento por hora, seguro médico, en fin... no sé qué sea lo que te esté pasando, pero si yo fuera tú, no desperdiciaría ésta oportunidad.
—No lo haré, señor, gracias.
Terry se fue a prepararse para trabajar. Eleanor y Robert se miraron con complicidad, concientes de haber logrado su objetivo y admirando la forma en que Robert influyó en Terry para que despertara, agradecida de que no le revelara los detalles que ella le había dado sobre la causa de su compartamiento. Entonces supo además, que ese hombre era leal.
—Bueno, señora Baker...
—Eleanor.
—Eleanor, ha sido un placer conocerla, pero creo que será mejor que me vaya.
—El placer es mío y gracias por preocuparse por mi hijo, eso... significa mucho para mí...— A pesar de que ya estaban en el umbral de la puerta y de que se habían despedido varias veces, la conversación se seguía alargando, tanto que Terry ya estaba listo y el señor Hathaway aún no se iba.
—¿Necesita un aventón, señor?— Preguntó Terry detrás de Eleanor, haciendo que ella brincara del susto.
—No, gracias. Yo vine en mi auto...
—Entonces... ¿Nos vamos?
—Eh sí... claro.
...
El verano estaba llegando a su fin. Terry había aprobado satisfactoriamente las pruebas requeridas para el puesto de gerencial. Dedicó ese pequeño triunfo a Candy. Ahora, con ese nuevo ingreso, su madre pudo trabajar sólo a medio tiempo y aunque su corazón extrañaba a Candy con intensidad, él estaba construyendo su futuro, la vida que quería tener para compartirla con ella.
—Hola, Richard. ¿Cómo está Trish?— Llegó al hospital.
—Está dormida, pero está bien. Se está recuperando.
—Iré a verla.— Dijo y dio la espalda para dirigirse al elevador, pero su padre lo retuvo al tocarle el hombro.
—Terruce, antes me gustaría hablar contigo... si tienes tiempo, claro...
—Dígame.— Respondió incómodo.
—Quería agradecerte por todo lo que has hecho y por... relacionarte con tus hermanas, lo aprecio mucho...
—No tiene que agradecerme, para eso está la familia.— Volvió a dar la espalda para irse.
—¡Espera!
—Richard, de verdad estoy apurado.— A su padre le dolió que él lo llamara por su nombre, pero sabía que no merecía mucho más de ahí.
—Yo... quería sugerirte, si así lo deseas... las chicas te quieren mucho y parecen haberse encariñado mucho contigo... el verano está por terminar y me preguntaba si... ¿te gustaría pasarte unas semanas en casa?
—No lo sé... tal vez... tengo que pensarlo...
—Vamos, Terry. Inténtalo al menos, no por mí, por tus hermanas... además no creo que a tu madre le moleste quedarse sola unas semanas...
—Ya lo pensaré y le diré luego.
Richard asintió y Terry se dirigió nuevamente hacia el elevador.
—¡Ah! Lo olvidaba, no creo que a mamá le moleste quedarse sola... es más, creo que me agradecería si la dejo sola... porque... no estará sola...— Le dijo con pura malicia.
—No te entiendo... ¿Cómo que no estará sola?— La curiosidad mató al gato porque la puerta del elevador se abrió en ese momento y Terry entró, dejándolo con la incógnita.
...
—Se está recuperando muy bien. Lo que usted hizo por esta niña no tiene precio, señorita. Usted es un ángel.— Expresó el doctor a Annie, que seguía pendiente de la recuperación de Trish.
—No soy ningún ángel, doctor. Sólo lavé una pequeña parte de todo lo malo que hay en mí.— El doctor, de unos treinta dos años la miró con curiosidad.
—Todos tenemos nuestros demonios, pero sin duda, en la vida de ésta niña y de su familia, usted es un ángel, sólo recuerde eso.— El doctor le sonrió con sus dientes blanquísimos y perfectos, deslumbrándola.
—Intentaré verlo desde ese punto.
—Agradecería si lo hace... yo no sé cuántos demonios tiene usted, yo sólo sé que cuando la miro... veo a un ángel...
—Yo le aseguro que no lo soy...— Dijo con un tono molesto, pero que contrastaba con las lágrimas profundas que brotaron de sus ojos.
—Tal vez no lo sea, pero eso es lo que usted proyecta...
—Gracias... bueno, me voy...— Le dio un besito a la niña dormida y se marchaba...
—¿Señorita White?
—¿Sí?
—¿Sería muy atrevido invitarla a cenar? Es decir... ¿tiene planes?— Annie esbozó una sonrisa, estaba sorprendida, ese no era el tipo de hombres que la invitaba a salir.
—Tengo planes para hoy, pero seguro otro día, gracias, doctor.
Se despidió y se fue, dejando al doctor con una sonrisa tonta y suspirando. Ella también se había quedado flotando, pero ya no se lanzaba a ciegas, se daba a desear y se ponía primero ella, antes de volver a cometer un error.
Salió en el auto que había adquirido por un precio módico, su vida comenzaba a tomar orden y como cada viernes, fue a recoger a sus hermanas.
—¿Están listas?— Les tocó bocina y Patty corrió hacia el auto.
—Yo sí.
—¿Y Candy?
—Ella... viene por ahí... es que no está muy bien.— En unos minutos apareció Candy, muy linda, pero con el rostro totalmente apagado.
Se montaron en el carro en silencio. Candy extrañaba a Terry demasiado, pero sabía que él estaba haciendo justo lo que ella le pidió y muchas veces... había sentido el impulso de correr hacia él, pero ella sabía lo que eso traería. Volver a estar en sus brazos significaría no querer alejarse jamás.
De pronto, el estar montada en el auto de Annie... en la parte trasera, porque Patty ocupaba el asiento del pasajero, su mente comenzó a navegar muy lejos de su dominio...
—¡Detente! ¡Qué se detenga!
—¿Candy?— Le preguntó Annie preocupada, volteando la cabeza hacia ella un momento.
—¡Dile que se detenga!— Gritaba Candy desesperada y se cubría el rostro.
—Candy... me estás asustando...— Annie estaba perdiendo la concentración, cuando volvió a poner los ojos en la carretera... era tarde...
—¡Annie!— Gritó Patty con pánico al ver con horror lo que se avecinaba.
Continuará...
¡Hola!
Les dije que publicaría tanto como me sea posible. La historia ya se está acabando, falta muy poco. Espero que les haya gustado y gracias a todas por comentar.
Un beso,
Wendy
