Los ojos del alma
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 25 Desilusiones
Candy se había imaginado ese primer encuentro de muchas maneras, pero jamás de esa forma tan cruel. Grand, el héroe que ella había idolatrado, a quien le había entregado el corazón y mucho más... la había olvidado cruelmente. A ella y a las promesas que alguna vez le hizo. Era indescriptible todo lo que estaba sintiendo e irónicamente, deseó volverse ciega en ese momento para nunca haber sido testigo de aquello.
—Candy...— Murmuró Archie imaginándose cómo debía sentirse ella. Un sabor tan amargo, uno que él había probado muchas veces.
—Llévame a casa.— Suplicó con una voz tan quebrada, tan falta de vida que Archie por poco se echa a llorar con ella.
—Creo que deberías enfrentarlo. Quisiera ver su cara cuando sepa que lo viste todo.
—No... no ganaría nada humillándome así. Llévame a casa, por favor.
Candy llegó a su casa deshecha, podiendo a penas respirar.
—¡Candy! ¿Qué pasó? ¿A dónde fuiste?— Se le acercó su madre al verla en esas lamentables condiciones.
—Yo... yo... fui a...— El llanto la traicionó, convirtiéndose en un agudo y lastimero quejido.
—Ya, mi niña. ¿Qué fue lo que viste?
—Grand, mamá... se olvidó de mí y... y tiene a otra.
—Oh.. cielo, lo siento tanto... pero no debes derrumbarte por eso. Tú eres muy joven y linda, si ese Grand no te supo apreciar, otro vendrá.
—¡Yo no quiero a otro!— Gritó histérica y luego siguió llorando desgarradoramente.
—Candy, tienes que calmarte. Date un baño y refréscate y luego pensarás con más claridad.
Candy se fue al baño y se encerró. Primero siguió llorando a la vez que se miraba en el espejo. Miraba su rostro y se analizaba. Pensó que tal vez ella no era lo suficientemente bella para él. A pesar de su ropa sucia y desgarrada, de los moratones y rasguños, Terry se veía guapísimo, supo que era el chico que cualquier otra chica le quitaría en la menor oportunidad. Habiendo tantas chicas a su disposición, ¿por qué él se quedaría esperando a una insignificante y torpe ciega? Aunque ella ya no estaba ciega, pero eso él no lo sabía.
Se quitó la ropa, y completamente desnuda, se contempló en el espejo. Miró la figura femenina que el reflejo le devolvía, ella sólo recordaba su cuerpecito infantil de cinco años. Ahora era una chica en la flor de su juventud y lozanía, una chica que Terry había convertido en mujer muchas veces. Tal vez fueron todas esas entregas las que moldearon ese cuerpo delicado, pero magníficamente voluptuoso donde era requerido. Bajo la ducha, recordó su primera vez. Las dulces caricias, las palabras y la paciencia que Terry le tuvo. Todas las veces que se bañaron juntos... Ahora todas esas cosas maravillosas no serían más que un recuerdo.
Salió del baño y se colocó una pijama de pantalón largo, ya había entrado octubre y se comenzaba a sentir el frío que preludiaba el invierno, pero el frío más intenso venía de su corazón, o de los pedazos de él.
—Candy, no debiste mojarte la cabeza a esta hora. El ambiente está muy frío.— Le dijo su madre con una taza de chocolate caliente en la mano y un plato de panecillos con mantequilla.
—No tengo hambre, mamá.
—Por eso te he traído algo ligero. Come algo, por favor, con la mudanza a penas traémos el desayuno.
Resignada y arrellanándose en la alfombra del salón que aún no estaba debidamente amueblado, Candy agarró la taza con poco entusiasmo y dio una minúscula mordida a un panecillo.
—Fue mi culpa.— Expresó Candy de pronto con la vista fija en una pared blanca y sin gracia.
—No digas eso, cariño. ¿Cómo va a ser tu culpa?
—Yo... yo me fui, yo rompí todo contacto con él... yo lo dejé libre y a disposición. Yo lo alejé...— Sorbía de su chocolate a la vez que sus lágrimas caían pasivamente por sus mejillas.
—Candy... tú te alejaste para no ser piedra de tropiezo en su camino. Tú sacrificaste tu amor para que en el día de mañana él no te atribuyera sus fracasos. Tú lo dejaste libre para que él lograra sus metas, no para que él te olvidara e hiciera lo que le diera la gana. Al menos debió decirte que ya no le interesaba nada de ti para que no lo siguieras esperando.
—Fui yo la de la idea de alejarnos... tal vez si me hubiera quedado a su lado...
—Estarías embarazada, estancanda y él estaría frustrado y con un futuro incierto. Candy, no cometiste un error, tú, los dos necesitaban ese espacio, tal vez exageraste un poco el régimen de distancia que impusiste, pero... ¿él te sustituyó en unos meses? ¡Vaya amor!
—Mamá, ya basta, no me ayudes...— Aunque llorando, sonrió con ironía.
—Lo que no quiero es que ahora que has recuperado la vista, ahora que tú también tienes metas y sueños vengas a decaer porque ese tarado no te supo valorar. Tienes prohibido deprimirte, Candice White. Quiero que si un día te cruzas al tal Grand ese, sea para para patearle el trasero.
...
—Mamá... ¡ábreme!— Terry tocaba la puerta del apartamento escandalosamente.
—¡Terry! ¿Pretendes derrumbar la puerta? ¿qué pasó con tus llaves?— Le preguntó molesta y un poco avergonzada porque Robert estaba ahí.
—Mis llaves... ¡oops!—Sonrió traviezo, sacándolas de su bolsillo como por arte de magia.
—¡Mírate nada más! Estás... todo golpeado y además...
—¿Sexy?
—¡Borracho!— Le reclamó ella con las mejillas ardiendo de vergüenza y rabia.
—¿Borracho yooo? ¡qué va! Hazme la prueba de aliento...— Le lanzó una bocanada de aire en la cara a Eleanor que casi la deja mareada.
—Lo que te haré es la prueba del agua helada. Acompáñame al baño.
—¿Para qué? Si yo ya sé ir solito... ya no mojo la cama...— Se hacía el gracioso y Eleanor lo arrastraba hacia el baño.
—Robert, no te quedes ahí, ¡ayúdame!
Desvistieron a Terry, dejándolo sólo con el calzoncillo y lo empujaron a la tina.
—¿Me vas a buscar también mi patito de hule? ¡Ahh! ¡Está helada!— Se quejó.
—A ver sin con eso se te quita la borrachera que tienes, ¡sinvergüenza!
—¡Quiero mi patito de hule!— Exigió Terry dando un palmetazo en el agua que salpicó a Eleanor.
Luego del baño frío, Terry salió del baño temblando de frío y con algo de sobriedad. Se puso una pijama y Eleanor lo estaba esperando en el comedor junto a Robert.
—¡Toma!— Eleanor le extendió una taza, se veía que estaba molesta. Más que molesta.
—Oh, lo siento... no puedo beber, eso me hace mal...
—¡Es café! ¡Y te lo vas a tomar!
—Por eso digo que sí me lo tomo... ¡joder! ¿Quién preparó éste café? ¿Lucifer? Está más caliente que el infierno.— Se quejó Terry y disimuladamente Robert y Eleanor rieron.
—¿Ya estás mejor?— Le preguntó Eleanor a Terry luego de que hubiera consumido dos tazas de café cargado y un poco de la cena que había quedado.
—Estoy de mil maravillas, ¡no lo ves!— Se notaba que estaba casi de regreso, habían vuelto su sarcasmo y sus groserías.
—Terry... no creo que esa sea la manera de solucionar las cosas... Estás echándote a morir por algo que... ni siquiera te consta y que es absurdo por demás...
—¡Tú no viste lo que yo vi!
—Y lamento no haberlo hecho porque seguramente estás exagerando todo y sacando especulaciones sin...
—Vaya, vaya. Primero estabas loca por que Candy se largara y ahora la defiendes...
—¡Nunca quise eso! Y no la estoy defendiendo. Es sólo que no me parece lógico que...
—¡Que yo sea un cornudo! Pues sí. La cieguita me puso los cuernos.
—¿La viste? ¿Te consta?
—La vi muy salamera cargando paquetes con el... el patinador de pacotilla ese... Además, nunca me dijo que se iba a mudar, no quiso que lo supiera... porque...
—¡Porque eres igual a tu padre! Es el defecto que tienen todos los Grandchester. Son celosos, posesivos y... ¡absurdos!
—¡Y entonces por qué te buscaste uno! ¿Qué tenemos que les gusta tanto, eh?
—Eleanor, Terruce... creo que deberían ir a descansar... yo me voy...
—¿Y por qué no se van los dos juntos de una vez? Déjenme solo con mis cuernos y ustedes... ustedes vayan a celebrar su amor...
Eleanor se llevó las manos a las sienes. Hasta dolor de cabeza sentía. Ella y Robert compartieron unas palabras en el umbral de la puerta y luego Robert se fue.
Terry se dirigió a su cuarto. Ahí tomó una fotografía que tenía de Candy en su buró y la rompió en todos los pedazos que pudo. Comenzó a patear todo y a maldecir hasta el día en que había nacido. Encontró la carta que ella le había dejado y la volvió a leer.
Yo estaré bien, te esperaré lo que haga falta, yo soy y seré sólo tuya...
Sólo suya. Cuantas mentiras encerraba ese solo renglón, pensó él. Arrugó el papel, pero no tuvo el valor de romper la carta como había hecho con la foto. Sintió algo de remordimientos y tomó su billetera. Ahí tenía otra foto de ella y se quedó contemplándola con una sonrisa de la que no fue conciente. Miraba la fotografía, la expresión alegre e inocente en el rostro de Candy y esos ojitos siempre perdidos... ¿Era posible que estuviera equivocado? Que había malinterpretado lo que vio y que Candy sí lo amaba y lo estaba esperando... que lo amaba. Sólo había una forma de averiguarlo...
...
Terry se levantó muy temprano a la mañana siguiente. Ya sobrio y con la cabeza fría. Estaba decidido a buscar a Candy. Quería asegurarse que estaba equivocado y si era así, iba a pedirle que... se fuera con él. Aún no se había graduado, pero el puesto de gerencia le hacía gozar de un sueldo cómodo y beneficios. No es que fuera la mejor decisión, pero quería alejar a Candy de cualquier posible pretendiente, sobre todo el tal Archie ese.
Sólo había un problema... Terry no sabía la nueva dirección de Candy... ¡Maldición! Pero... ¿por qué ahogarse en un vaso de agua? Seguro que algún vecino debe saber a dónde se fueron... Rogó porque fuera así y se puso en marcha hacia la antigua casa de Candy.
Cuando llegó a la vecindad, vio a una anciana barriendo hojas secas afuera. Vivía justo al lado de la vieja casa White.
—Disculpe, señora... ¿usted sabe a dónde se mudó la familia que vivía en ésta casa?
—¡Oh por supuesto! Los White ahora viven a quince minutos más de aquí. En las viviendas nuevas que hicieron... sabe, tuvieron suerte en las subastas... la vecindad se llama... Green Hope Village...
—Gracias.— Dijo casi dispuesto a irse.
—¿Usted también irá a la boda?
—¿A la boda?
—Sí. Una de las chicas White se casa... ¿no lo sabía?
—No...— Dijo Terry poniéndose mudo y pálido de pronto.
—¿Sabe cuál es la que se casa?— Preguntó Terry casi al borde del pánico.
—Eh... ¡rayos! ¿cómo era que se llamaba?— Expresó la vieja rascándose la mollera.
Terry perdió la paciencia, le agradeció y se subió al auto.
—¡Espere! Ya me acordé... —Gritó la señora, pero ya Terry había arrancado y no alcanzó a oirla.
Decidió ir él mismo a enfrentar a Candy. Antes de llegar a la dirección que le había proporcionado la anciana, detuvo la mirada en una tienda, una tienda de novias precisamente. Miró a través de los cristales y entonces la vio. A Candy... eligiendo vestidos... ¡de novia! Los elegía con tanta admiración que Terry juró que podía ver, pero eso no era posible... ¿o sí?
Continuará...
Creo que ahora las dejé peor que antes... Jajajajaja. Bueno, ustedes querían otro capi y pues ahí está... Jajaja mi esposo me acaba de mandar al diablo cuando se lo leí!
¿Otro? ¿Se arriesgan?
Nos vemos pronto,
Wendy
