Los ojos del alma
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 26 No hay peor ciego...
Terry no pensaba quedarse con esa duda. Si era cierto que Candy pensaba casarse, si había estado jugando con él todo ese tiempo, entonces quería enfrentarla cara a cara. Se estacionó de la peor manera jamás y entró a la tienda de novias como si fuera el dueño.
—Yo creo que este vestido de quedaría mejor.— La sorprendió con la voz furiosa y grave, indicándole un vestido.
—¡Grand!— Soltó su nombre sorprendida, mirándolo directo. No se sabía cuál de los dos estaba más sorprendido.
—¿Puedes verme?— Le preguntó con ansiedad, olvidando su coraje y sus dudas por un momento. La miraba desesperado a los ojos, por primera vez, ambos se miraban a los ojos.
—Sí...— Dijo con una voz a penas audible. Tenerlo cerca, cara a cara, escucharlo, la había hecho más vulnerable de lo que deseaba.
—¿Desde cuándo?— Le exigió alzando tanto la voz que la encargada y los demás clientes los miraban con curiosidad.
—Grand... este no es el lugar... estamos llamando la atención...
Terry entonces la arrastró hacia la salida, con brusquedad y de muy mal talante.
—¡Desde cuándo!— Le gritó a la vez que le dedicaba una mirada terrible.
—Hace unos pocos meses...— Respondió nerviosa y temblando.
—¿Pensabas decírmelo?
—¡Sí!
—Seguramente... ¿Antes o después de tu boda?— Le recriminó, dejándola perpleja. De modo que él creía que era ella la que se casaba. Por suerte, Annie estaba en el probador cuando él llegó... así que... tuvo la intención de dejarlo en su error. ¡Se lo merecía!
—No quise contártelo antes porque... quería asegurarme de que había recuperado la vista por completo... que no era algo pasajero... y entonces...
—¿Entonces qué? Decidiste que ya no tenías nada qué hacer conmigo y te casas con el patinador de quinta ese...
—¡Fui a buscarte!— Le gritó con rabia, luchando por no llorar.
—Claro... para entregarme la invitación a tu boda personalmente, ¿no?
—Fui a darte la sorpresa de que... de que te podía ver y entonces... te vi... te vi peleándote y besuqueándote con otra...
Ahora era Terry el que se quedaba perplejo. Ella había ido a buscarlo... ese día precisamente. Recordó a la chica que lo besó, a él ni siquiera le gustaba, pero estaba despechado. Y sólo fue eso... sólo un beso. A Terry nunca le habían gustado las chicas fáciles y mucho menos que lo vincularan con alguna.
—Eso... no es como tú piensas...
—Ni lo intentes, Terruce. Tal vez pudiste engañarme cuando estaba ciega, pero ahora... puedo afirmar muy bien lo que vi, además tengo un testigo.
—He de suponerlo. El patinador. ¿Cómo les va su vida juntos?— Preguntó con sarcasmo, pero Candy no tenía ni idea de lo que Terry quiso decir con eso.
—¿Él sí baja la tapa del inodoro?
—No sé de qué hablas, pero...
—¡Lo sabes! Sabes bien de lo que hablo.— La acorraló y le tomó el rostro, obligándola a mirarlo.
—¡No lo sé! Lo que sí sé es que te vi... con la otra, rompiendo tus promesas mientras yo me preparaba para ti...
—¿Para mí? ¡qué graciosa eres! Tú fuiste la que faltaste a tu palabra. Te veías con el patinador a mis espaldas y ahora... ¡van a casarse!
—Piensa lo que quieras...— Lo desafió, con la cara altiva, viéndolo siempre a los ojos.
—Está bien... cásate con el mequetrefe ese. Pero antes... yo te daré tu luna de miel.— Candy abrió los ojos como platos, confundida y asustada.
Terry le daba un beso violento y ardiente en plena acera. Muchos caminantes y conductores volteaban a mirarlos. Ella lo empujaba, no importaba que su pasión la ahogara. Ella no quería saber nada de él, no quería que la besara. Trató de safar los brazos, pero él se los aprisionó con fuerza contra la pared. Cuando la pasión fue ganando poder, Terry bajó la guardia... ¡Plaf! La bofetada que Candy le dio rompió con todo el encanto y el romance.
—¿Quién te crees?— Le reclamó con llanto y furia mientras él se frotaba la mejilla que ella había agredido, más furioso aún.
—No me creo nada. Tú eres la mentirosa, doble cara. Ahora entiendo tu afán porque no te buscara. Mientras yo me esforzaba como un imbécil tú... estabas planificando una boda...
—¡Mientras tú te peleabas y te besuqueabas con zorras!
Los celos de ambos los estaban cegando. Parecía que ninguno se daba cuenta de lo absurdo e inverosímil que era todo. Que no había nada que les impidiera estar juntos.
—Vete, Grand. Yo no quiero volver a verte...
—Entonces estamos a mano. Yo tampoco quiero verte nunca más.
...
Después de que Candy y Terry se rompieran el corazón mutuamente por sus celos y necedad, pasaron dos meses. Era el día de la boda de Annie. Terry estaba en casa de su padre, visitando a Trish que estaba muy recuperada y al menos su cabecita estaba cubierta por una mata de pelo castaño y lacio, como el de Terry.
—Veo que llegué en mal momento. No sabía que iban a salir.— Dijo Terry al ver que todos vestían para una ocasión especial.
—Vamos a una boda. Estás a tiempo de ir...
—¿Yo? Una boda es el último maldito evento al que yo quisiera asistir.— Susana bajó la cabeza, sabía por qué Terry se expresaba así.
—Tampoco es que me gusten mucho las bodas, pero la señorita White le salvó la vida a Trish, así que lo menos que puedo hacer por ella es regalarle la boda de sus sueños.— Terry trataba de asimilar lo que estaba oyendo.
—Disculpa... ¿te refieres a la hermana de Candy? ¿A Annie?
—Claro, ¿es que tú conoces a otra?— Le respondió sarcástico su padre.
—¿De modo que es ella la que se casa y no Candy?
—Pues claro que es ella, ¿de dónde sacas que es Candy la que se casa?— Terry no respondió la pregunta. Comprendió bien la intención de Candy que lo hizo creer todo el tiempo que se casaba ella.
—Ahora sí tengo ganas de ir a esa boda.— Anunció con un gesto malicioso que alertó a Susana. Había aprendido a conocerlo demasiado bien.
—Pero no estarás pensando ir con esas fachas... ¿o sí?— Se aventuró a decir la esposa de Richard.
—Bueno... mirándola a usted... yo no me veo tan mal...
—¿Qué?
—Nada, ¿que si tienen un traje adicional que me puedan prestar?— Susana soltó una risita disimulada.
Llegaron a la boda puntual. Terry vio al novio esperando en el altar. Desde su lugar, Terry lo saludó con un gesto, era el médico de Trish. Iban desfilando las damas y toda la corte, entonces Terry vio a Candy, con un vestido lila, desfilando alegremente, como si la vida le estuviera yendo muy bien sin él.
—Terry, ¿qué piensas hacer?— Le preguntó Susana nerviosa al ver que iba a ponerse de pie.
—Quiero darle mis felicitaciones a la hermana de la novia.
—Por Dios, no vayas a hacer una escena. La hermana de Candy no tiene la culpa de nada, no le arruines la boda.
Resignado, Terry se sentó nuevamente mientras otros invitados los miraban con incomodidad, especialmente los padres de la novia que se habían percatado de su presencia. Entonces llegó el momento en que Annie entraba, del brazo de su padre. Estaba hermosa, radiante, feliz. Terry sintió un dolor muy hondo. Así debía haber sido con Candy. Se la imaginó caminando hacia él, vestida de blanco, sonriendo y él esperándola. La voz del sacerdote lo sacó de su ensoñación, pero no fue sólo eso lo que lo despertó, fue el sentir la mirada de Candy sobre él, sus ojos verdes atónitos mirándolo desde la distancia.
Fue una ceremonia preciosa. La recepción sería en un hotel, así que salieron de la iglesia directos al lugar de la fiesta. No había tenido oportunidad de enfrentar a Candy otra vez. Inició un baile. Muchas parejas bailaban, él invitó a Susana a bailar. Se movían con gracia por la pista, entonces vio a Candy bailando con Archie. Se las ingenió para cambiar de pareja.
—¡Grand!—Exclamó Candy sorprendida al encontrarse de pronto atrapada en los brazos de Terry.
—A última hora creo que decidiste cambiar de lugar con tu hermana, ¿no?
—Yo... no sabía que tú vendrías...— Intentó safarse de él.
—¿Por qué me mentiste?— Le preguntó con ira, haciendo más fuerte su agarre mientras seguían bailando.
—No te mentí. Tú sólo creíste lo que quisiste creer.
—Y tú no hiciste ni un mínimo esfuerzo por aclararlo.
—¿Para qué? Eso no cambiaba el hecho de que me engañaste.
—No te engañé. Si me hubieras dejado expli...
—Terminó la canción.— Le dijo liberándose de él con astucia. Dejándolo frustrado.
Luego de unos bailes, llegó la hora de la comida. Candy se acercó a Annie.
—¿Por qué no me dijiste que él vendría?
—Yo... no sabía que él venía... lo siento...
—¿No lo sabías? Si invitaste a la familia Grandchester era obvio que él vendría.
—Candy, tenía muchas cosas en la cabeza, no tienes idea de lo extenuante y agotador que es planificar una boda, no pensé en eso. Además... ¿por qué no aprovechan el tiempo y se dejan de tonterías?
—¡Porque él me engañó! ¿Es tan difícil de entender?— Le dijo a su hermana casi llorando. Disimuló cuando su ahora esposo se acercó.
—¿Me permites robarme a mi esposa un momento?
—Claro, Tom. Es toda tuya.
Candy aprovechó el momento en que todos estaban entretenidos para escabullirse. Tenía que escapar de ahí lo antes posible. No soportaba seguir viendo a Terry, sentir su mirada penetrante en ella. Tenía miedo de ceder. Él la engañó y faltó a su promesa y ella no podía olvidar eso jamás.
Llegó hasta la salida, iba hacia el elevador, no se dio cuenta de que Terry iba detrás, se había percatado de todo. Corrió hacia ella, pero en ese momento, Candy entró al elevador y se le cerró en las narices. Apretó en seguida los botones de otro elevador, pero no abría, así que se dirigió a las escaleras. Iba bajándolas tan de prisa, tan desesperado que por poco se cae. Llegó por fin a fuera, miró a todas partes, pero no veía a Candy. Rendido, pidió un taxi y se marchó a su casa, comprendiendo que Candy de verdad no lo quería en su vida. Cuando Candy, que salía del rincón en que se había escondido lo vio irse, detuvo a otro taxi que la llevara a ella a su casa.
...
—Estoy muy orgulloso de ti, Terruce.—Le dijo su padre con los ojos aguados. Había pasado un año y medio desde la última vez que vio a Candy. Ahora se estaba graduando. Había cumplido con esa meta, pero no era lo mismo. Candy no estaba ahí para felicitarlo con un abrazo, a pesar de que él le había enviado una invitación a su graduación.
—¡Felicidades, mi amor!— Eleanor lo abrazó llorando.
—Bueno... ¡Pues a celebrar!— Dijo Robert realmente contento, pero Richard lo miró como si pudiera matarlo con los ojos.
—Disculpen, pero yo de verdad... no tengo ánimos para celebrar nada...
Terry no era feliz. Había cumplido responsablemente con todo lo que se había propuesto. Era oficialmente un arquitecto. Tenía un buen trabajo en Big Burgers y ahora graduado, un futuro brillante por delante. Su padre le había regalado un terreno, en ese, Terry construiría él mismo su casa, la casa que se suponía que era para él y para Candy. Ahora era un hombre con trabajo, profesional y solo... Su madre se había casado con Robert en una ceremonia sencilla, pero bonita y vivía en la hermosa y acogedora casa que Robert había heredado de sus padres y Terry se había mudado a otro apartamento desocupado, el que se suponía que era para él y Candy hace dos años.
Terry comenzó a trabajar de sol a sol en su casa. Él mismo la había diseñado. Trabajaba junto a otros trabajadores más que Richard había contratado. Sabía que Terry nunca querría convivir con él y su esposa, así que derrotado, lo ayudó a que él tuviera lo que siempre había querido, su propia casa.
...
No fue sólo la vida de Terry la que había cambiado. También Candy comenzaba a darle forma a la suya luego de otro año más transcurrido. Comenzó a estudiar arte y literatura inglesa. Había conseguido su sueño, publicar un libro.
—No puedo creer que se esté vendiendo tanto...— Le dijo a su publicista.
—Es que no sólo es una historia increíble, sino que es además real. A la gente le gusta el chisme, querida. El chisme vende.— Le dijo jovial Karen, su extrovertida publicista.
—Pero no es un chisme, es mi vida...
—Exacto. Pero cuando tu vida se vuelve interés social, entonces es un chisme. Sonríe a la cámara, querida.
Parecía que le futuro de Candy brillaba. Había recuperado la vista, estaba en la universidad, podía llevar una vida normal. Su relación con sus padres era envidiable, tenía un sobrino precioso, el hijo de Annie y su hermanita era una estudiante excelente... a sus quince años, Patty vivía su primer amor con un compañero de clases, Stear, al que graciosamente habían apodado el inventor. Tenía también una perrita que recientemente había dado a luz seis cachorritos... hasta su mascota tenía pareja y ella estaba sola...
Si tenía tanto, ¿por qué no estaba feliz? Eso contrastaba con la sonrisa amplia que brindaba a todos los que se le acercaban para que le autografiara el libro. Jamás imaginó que un día ella estaría firmando autógrafos en el Lincoln Plaza, el centro comercial más grande y prestigioso de Nueva York.
—¡Angie! Angie, ¡ven para acá!— Una niña de dos años aproximadamente se había adentrado en el pequeño cubículo donde Candy firmaba autógrafos.
—¡Hola!— Saludó Candy a la pequeña muy alegre y comprensiva. Era una rubia preciosa de ojos azules.
—Disculpe, es que...— Cuando Candy levantó la vista con la niña en brazos para entregarla al que parecía ser su padre... dejó muda la disculpa del mismo y ella también se quedó sin habla.
—¿Candy?
—¡Grand!
Continuará...
¡Hola! Aquí está otro capi... y yo sigo viva jajajajaja. Nos vemos prontooo gracias por comentar.
Wendy
