Los ojos del alma

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 27 Reencuentro


Tras dos años sin haberse visto, podría decirse que había más que sorpresa en la expresión de ambos.

—No esperaba encontrarte aquí...— Le dijo Terry sorprendido, pero con una sonrisa débil y melancólica, sus ojos querían decir tanto.

—Yo tampoco... toma...— Le entregó a la niña que se lanzó a sus brazos en seguida.

—Veo que eres famosa.— Le sonrió con sinceridad y se quedaba ahí de pie, sin moverse, aún cuando había una fila de personas esperando porque le autografiaran el libro.

—No creo que sea para tanto...— Ella sonrió con timidez. Quería expresar tranquilidad, pero lo cierto era que ella estaba cualquier cosa, menos tranquila.

—De seguro que es todo un éxito tu libro. Como "El vaquerito".

—¡El principito!— Lo corrigió, pero luego soltó una carcajada, ambos rieron. Como si no hubiera rencor, pero luego dejaron de reir, volviendose sus rostros enigmáticos.

—Candy, cariño, tienes a más personas esperando... aunque... pueden esperar más...— Dijo Karen cuando se fijó en el bombón que retenía a Candy.

—Disculpen. No fue mi intención acaparar a la señorita...

—¿No se lleva un libro?— Preguntó Karen con evidente coquetería y Candy deseó ahorcarla.

—No creo que le interese...

—¡Por supuesto!— Se adelantó Terry y le compró el libro al que Candy autografió.

—Gracias...— Murmuró ella y entonces Terry se fue con la niña.

—¡Dios! ¿Quién era ese?— Le preguntó Karen aún babeando.

—Mi ex.— Respondió Candy con fingida indiferencia.

—¿Tu qué?

—Ex.

—¿Y cómo fue que dejaste ir a semejante monumento?

—Algún día haré un libro sobre ello.

Ya había regresado a su casa y aún era temprano. No había podido recuperar la tranquilidad. Su corazón jamás estuvo en paz, taquicardia era su estado permanente. De pronto se vio llorando, con nostalgia. Descubrió muy a su pesar que lo amaba. Aún lo amaba. Y ya era tarde. Ambos tenían una vida y él... él tenía una hija, seguramente una esposa también. Esa revelación acabó con cada partícula de su alma.

Era viernes y estaba sola en casa. Y deprimida. No había helado ni chocolate. Y aún si quisiera concentrarse en un buen libro, era imposible. La única imagen que emitía su mente era Terry. Terry más guapo, más hombre, con la voz más grave y... más irresistible de lo que recordaba.

Decidió ir por antojos. Había perdido a Terry para siempre. Entonces consumiría todas las calorías que fueran necesarias. Eran a penas las seis de la tarde en ese verano. La tienda no quedaba muy lejos, decidió caminar. Compró toda clase de delicias que serían la tumba de un diabético. Salió de la tienda caminando distraída, con Terry en sus pensamientos. El Terry que ya no era suyo. La brisa de la calle hizo que la melena le tapara los ojos mientras cruzaba, entonces un auto daba un fuerte frenazo, deteniéndose a un escaso milímetro de ella.

El conductor se bajó y ella luego del pánico, al fin se descubrió el rostro.

—Grand...— Murmuró su nombre y casi se desmaya.

—¡Candy! ¿Estás bien?

—Yo... no me siento bien...— Dijo bajo un llanto insensato que la atravesó.

Terry la cargó y la montó en su auto. La acomodó en el asiento pasajero y ella se hizo un ovillo. Era como si hubiera perdido todas las fuerzas repentinamente.

—¿A dónde me llevas?— Preguntó luego de un rato, recuperándose poco a poco.

—Ya lo verás.

Ella quiso protestar. Pedirle que se detuviera, que no tenían ningún lugar al que ir juntos. Sobre todo ahora que él tenía una hija... recordó al ver una foto de la nena en el auto. Si tenía una hija, debía también tener una mujer.

—¿Dónde estamos? ¿Qué es este lugar?— Lo cuestionó con recelo mientras miraba a la casa enorme que tenía ante sus ojos... Era hermosa, tenía un patio gigantesco con un imponente roble del cual colgaba un columpio. También se fijó en el porche, tenía unas butacas en mimbre y una mesita.

—Entra.— No se lo pidió, se lo ordenó abriendo la puerta.

—No voy a entrar ahí contigo.— Se puso pesada.

—Candy, entra. Por favor.— Se comenzaba a impacientar.

—¡Dije que no! Y si no quieres llevarme a casa, regresaré caminando.

En ese momento tronó y la casa resplandeció por los relámpagos. Terry la cargó sin miramientos hacia adentro de la casa y cerró la puerta.

—¡Bájame!— Él hizo lo que ella le pidió y luego se quedó esperando por su próxima reacción.

Candy se quedó observando todo. La casa era grande y preciosa. Tenía una cocina de ensueño, un gran horno en el que ella habría matado por estrenar. El salón era amplio y acogedor, tenía una chimenea. Habían unos elegantes sofás, tenía estilo, pero a la vez un aire acogedor. Se fijó en las paredes, pintadas en tonos crema y verde claro.

—Ésta casa... ¿es tuya?— Preguntó luego con cuidado y timidez.

—No.— Respondió con dolor y rencor.

—Oh...— Fue todo lo que pudo decir.

—¿Quieres que te la muestre completa?— Le extendió la mano y aunque su gesto era terrible, en sus ojos había súplica, una súplica tan grande, que ella aceptó su mano, rendida.

Ambos sintieron el fuego al unirlas. Ese contacto tan dulce. De la mano, Terry la llevó hacia el fondo del pasillo donde había una habitación alejada de las otras tres principales. Era un estudio. Tenía una estantería repleta de libros, una computadora con impresora y todo lo necesario. También había un área con varios lienzos y pinturas. Candy recorrió cada metro cuadrado de esa habitación, las lágrimas la acompañaban.

—¿Te gusta?— Le preguntó Terry con esa voz grave que ella comenzaba a amar, trayéndola de vuelta a la realidad.

—Sí. Realmente es preciosa tu casa.

—Ya te dije que no es mía.

—Oh.. es cierto... ¿pero tú la construíste, verdad?— él asintió.

—Me alegro que te guste. Porque es tuya.

Todos los vellos de la piel de Candy se electrizaron. Un fuerte escalofrío la recorrió. Las lágrimas se habían convertido en sus mejores amigas.

—¿Mía? A... ¿a qué te refieres?

—A la única promesa que te cumplí. Me dijiste que cuando me graduara, te construyera tu casa.

—Yo... no recibí la invitación de tu graduación a tiempo... estaba en Londres...

Se desbordó en llanto y le dio la espalda. Estaba aturdida emocionalmente.

—Candy...— Se le acercó, tocándole suave el hombro.

—¡No! ¿Por qué lo hiciste?

—¿Hacer qué?

—¡Todo esto! ¡Esta casa!— Le dijo histérica.

—Porque te lo prometí. ¡Y porque te amo!

—¡No es cierto! Tú ya tenías a otra cuando yo te fui a buscar.

—Y tú te estabas mudando con el patinador. ¡Se veían a escondidas!

—¿Qué? ¿Con Archie? ¿Estás loco?— Le preguntó sin entender todo lo absurdo que tenía el argumento de Terry.

—No te hagas la inocente. Y además, jamás aclaraste que no estaban juntos... ¡porque sí lo estaban!

—¡Yo nunca he estado con nadie! Nunca más he besado a nadie. ¡No he vuelto a hacer el amor con nadie! ¿Quieres saber cómo he estado todo éste tiempo? ¡Sola!

—¡También yo!— Explotó su rabia contra ella, con esa mirada siempre tan suya, una mirada que podría doblegar una estructura barroca.

—¡Mentira! Tú te la estabas pasando de lo lindo con aquella zorra. Hasta volviste a pelear...

—Eso fue luego de verte con el patinador. Fue un error, un impulso. Y sólo fue eso. ¡Un puto beso! No ha vuelto a suceder jamás.

La discusión estaba bastante acalorada, pero la pasión que había viva e intacta entre los dos impregnaba el aire mientras afuera la lluvia caía sin piedad.

—Jamás... tiene gracia.— Dijo entre amargura y sarcasmo.

—¿Qué es lo que tiene gracia?— Le preguntó intrigado.

—Dices que te has quedado sólo, que jamás has besado a otra chica... ¿Y tu hija? ¿La hiciste por telepatía? ¿Fue obra del espíritu santo?

—¿Mi hija? ¿De dónde sacas que tengo una hija?

—La niña que estaba contigo ésta tarde... tenía tus mismos ojos... y...

Terry se comenzó a reir imprudentemente, desatando la furia de Candy.

—¿De qué te ries?

—¿Te refieres a Angie?

—¿Es que a caso tienes más hijos?

—No...

—¿Entonces?

—Angie es mi hermana.— Los ojos de Candy se abrieron como platos. Sus mejillas se pusieron tan rojas que le quemaban.

—Tu... ¿hermana?— Preguntó entre vergüenza y desconcierto.

—Sí. Mamá se casó con el señor Hathaway... y ahora yo estoy rodeado de mujeres por todas partes. Todas desean un pedazo de mí.

—¡Yo no!— Dijo alzando el mentón con altivez.

—Estoy seguro de que no. Tú jamás te conformarías con un pedazo, ¿verdad?— Se le fue acercando peligrosamente, ahora la miraba con deseo y maldad y por cada paso que él avanzaba, ella retrocedía otro con temor.

—No te me acerques...

—¿Por qué? ¿A qué le tienes miedo, Candy?— Seguía avanzando hacia ella.

—No tengo miedo...

—¿No? ¿Y por qué estás temblando?— Le habló muy cerca y le rozó los brazos desnudos.

—Ha... hace frío...— Hasta la voz le tembló.

—¿Y quieres que te de un poco de calor?— Se lo dijo en el oído, acariciándole el cuello con su aliento.

—¡Basta!— Le suplicó llorando, pero en alta voz, con cierto rencor.

—¿Por qué?— Le gritó él haciendo que ella diera un salto por el susto.

—Porque...

—Porque me has extrañado también. Me deseas, Candy. Deseas, tanto como yo que te haga en el amor ahora. Aquí, en esta casa.

—No... yo...

—¡No mientas!— La volvió a empequeñecer con su voz. La acorraló como un león a un indefenso animalillo.

El deseo y la necesidad eran apabuyantes. En seguida sus labios conectaron y se comenzaron a besar con avidez. Antes de reaccionar, Terry le había quitado la blusa y le había levantado la falda hasta la cintura. No la dejaba de besar y ella ya no tenía fuerzas para luchar.

—Si no me amas, pídime que me detenga...— Le dijo con la voz ronca, sin dejarla de tocar como un desesperado.

—Yo...

—Dime que no me amas y que no quieres que te haga el amor. Dímelo y me detengo.

—¡Te amo! Y sí quiero que me hagas el amor.— Entonces era ella la que suplicaba. Terry la sacó del escritorio sobre el que la tenía sentada, la levantó y ella se colgó a su cintura. Él la fue condujendo hasta la habitación principal y ella no pudo apreciar los detalles y la hermosura con que había sido amueblada y decorada.

—Te amo, Candy. Yo nunca te olvidé, nunca te cambié por otra.

—¿Me lo juras?—Le pidió entre jadeos, besando cada parte de ese pecho duro, ya en la cama.

—Te lo juro.

Le quitó toda la ropa, desnudándolo ella también y al mismo tiempo en que hacía su juramento, se enterró en ella.

—¡Oh!— Exclamó Candy porque lo había esperado demasiado.

—Júrame que sólo has sido mía. ¡Júramelo!— Le exigió sobre ella, con su glorioso peso, con sus brutales embestidas, con profundo éxtasis.

—¡Te lo juro!—Gritó ahogada. Las embestidas de Terry se habían vuelto más pasivas, concentrándose en la expresión extasiada de Candy.

Ella gemía, se movía aún estando bajo él. Gritaba, lloraba, todo junto. Era demasiado el gozo. Muchos rencores despidiéndose, mucha pasión y amor desbordándose. Terry se estaba desesperando. Esa era la Candy que él había soñado por tres años. Esa mujer preciosa y apasionada que movía su cuerpo exacto bajo el suyo. Esa cuya melena cubría todas las sábanas blancas, la que era pasión e inocencia a la vez. Esa que ahora lo miraba a los ojos, con ese verde tan vivo en los suyos.

Fue maravilloso terminar juntos. Correrse en ella por primera vez, sin miedo a nada.

—¿Qué me ves?— Le preguntó Candy sonriendo y acariciándole el pelo, Terry aún estaba sobre ella.

—Tengo miedo de que si volteo tú ya no estarás aquí.

—No puedo irme nunca de aquí. Ésta es mi casa.

Se besaron e hicieron el amor incontables veces. Se esfumaron las adversidades, los rencores, los resentimientos, todo orgullo y necedad. Volvieron a mirarse como antes, con el alma.

Fin


¡Hola!

Así es, ya se acabó, llegó el fin. Los detalles estarán más adelante en el epílogo. Gracias a todas las que siguieron la historia y suspiraron conmigo.

Agradecimientos:

zucastillo, arely andley, Betk Grandchester, Dali, dulce lu, LizCarter, GRANDCHESTER LUCY, Soadora, norma Rodriguez, Luisa, elisablue85, mimeli, clauseri, anaalondra28, maria 1972, fati, Gisela, Guest, vero, Zafiro Azul Cielo 1313, skarllet northman, Carito Andrew, Mary Andrew, griseldacarolina. regial, Azukrita, flor. g. 8402, Mayuel, bettysuazo, lis69, Iris Adriana, gatita, Maride de Grand, Erika L, Mirna, CONNY DE G, Oh Ha Ni, luz rico

Les mando un beso y un abrazo,

Wendy Grandchester