Los ojos del alma
Por: Wendy Grandchester
Epílogo
Eleanor Baker se había prometido a sí misma que la única vez que lloraría por un hombre, sería en la boda de su hijo. Ese día llegó tres meses después de su reencuentro. En la iglesia, Candy iba del brazo de su padre con un vestido de novia único que se realizó en tiempo récord para ella. La cola parecía no tener fin, el velo era delicadísimo, una capa tan fina y transparente, a penas perceptible a simple vista que cubría su rostro feliz, radiante. Su hermosa melena estaba recogida magistralmente, ella era la belleza encarnada. La ilusión plena de una mujer enamorada y ansiosa por gritar sí en el altar, aunque fuera la última palabra que pudiese articular.
Cuando Terry la vio desfilar, todos los presentes desaparecieron, sus ojos miraban a su futura esposa con embeleso, parecía un sueño. Candy lo miraba a los ojos según se acercaba, agradeciendo a Dios poder ver a ese hombre tan hermoso, guapo, maravilloso, que aún si no fuese el novio, destacaría siempre entre todos los hombres.
Su madre lloraba de alegría y dicha, pues su hija no sólo era una exitosa escritora, una chica que había conseguido superarse y llevar una vida normal y admirable, sino que había realizado por fin el amor junto a un hombre que estaba dispuesto a besar el suelo por donde ella caminaba. Agradecía a Dios de ver a sus dos hijas mayores enamoradas, correspondidas y felices.
Annie era su dama de honor, radiante y guapa como siempre, Susana y Patty eran damas, incluso la misma Karen, la publicista que suspiraba por el novio en secreto. El padre de Terry estaba orgullosamente a su lado. El ver a su nuera desfilar, le hizo imaginar cómo habría sido su vida si hubiese hecho lo mismo con Eleanor. Ella se hubiera visto así de bella y feliz y un día como ese, estarían sentados juntos viendo la unión de su hijo y esa pequeña niña también habría sido de los dos, pero ahora se quedaría por siempre con esa espinita por dentro, atrapado en un matrimonio cuyos pilares y cimientos era la resignación, hasta miró con rencor a su regordeta y nada agraciada esposa sentada en su banco y con envidia a Robert, el hombre que tuvo la valentía y el coraje para hacer feliz a una mujer como Eleanor.
—Candice White, desde el primer día que te vi, mi corazón latió muy fuerte y te quedaste por siempre dentro de mí. Te amé con el sentimiento más puro que fui capaz de albergar y desde entonces, cada día y cada minuto he vivido para amarte. Te acepto como esposa, porque te amo y amo tu alma transparente, amo tu fortaleza y amo tus ganas de vivir y mientras yo respire te amaré como si cada día fuera el último.
—Terruce Grandchester, yo te comencé a amar aún antes de verte, mi alma te eligió y fue con ella que aprendí a mirarte. Nunca conocí la felicidad tan grande hasta que tú llegaste a mi vida, amándome con todas mis virtudes y limitaciones, sin cansancio, sin peros. Yo me enamoré de tu grandeza, de tu sensibilidad, de tus brazos fuertes que me protegieron del frío y de la maldad mundana. Te acepto como mi esposo porque jamás podría despertar en otro lecho que no fuera el tuyo y porque aún si mañana mis ojos volvieran a perder la luz, mi alma siempre te reconocería y te amaría hasta el fin de mis días.
Fueron declarados marido y mujer. Terry le retiró el velo y ante todos los presentes y ante Dios, le dio el beso que sellaba su unión eterna.
...
—Candy, cariño... ¿no piensas salir?— Terry le tocaba la puerta del baño del lujoso hotel en que pasarían su luna de miel.
—Ya voy...—Dijo con timidez abriendo la puerta sólo un poco.
—Ven.— La llamó con dulzura. Él ya se había quitado el saco, sólo tenía la camisa con la corbata aflojada.
—Es que... me da pena...— Sacó su carita inocente por la rendija, pero cuidándose de que él no la viera.
—Ven...— Le insistió ofreciéndole su mano y muerta de nervios ella salió.
No se atrevía a mirarlo a los ojos, mientras que Terry tragaba grueso. Candy tenía una lencería que superaba la fantasía de cualquier hombre. Era una babydoll de seda finísima, en rojo y blanco, transparente, era como si a la vez no llevara nada. La parte de arriba era como corsé, de cuyo escote sus pechos perfectos y exactos se desbordaban, estaba pegado al hot pant que dejaba al descubierto su trasero y culminaba con unos sensuales ligueros.
—No te gustó, ¿verdad? Yo no quería elegirlo, pero es que Annie insistió y...
—Shhh.— Le puso el dedo índice en los labios para callarla.
—Es perfecto.— Se le acercó y la trajo hacia sí.
La envolvió en su beso candente y asfixiante, acarició su espalda y los costados de su cintura y besándola, sus manos bajaron suavemente para acariciar y apretar su trasero.
—No tienes idea de cuánto te deseo, Candy.— Le dijo al oído, pasando la lengua suavemente por su oreja, sintiendo su extremecimiento. Le rozó los pechos y la pegó tanto a su cuerpo que Candy pudo sentir su erección en el vientre. También notó lo sobresaliente que se abultaba en su pantalón.
—Te deseo tanto que me duele.— Le mordió los labios cuando le dijo eso y ella comenzó a abrirle el cinturón. Eso magnífico que se erguía en su entrepierna merecía ser liberado.
—Yo te deseo ahora mismo, Terry, te deseo mucho.— Su voz era febril, enferma, sofocada.
—¿Qué tanto me deseas?— La apretó aún más fuerte, que sintiera mejor lo duro que estaba.
—Demasiado. Deseo que me tomes ahora.— Sus manos temblorosas terminaron de desabrochar su cinturón e inmediatamente fue a desabotonarle la camisa.
—Yo te deseo aún más. Deseo hundirme en ti hasta que no me queden fuerzas, deseo tomarte aquí mismo, ahora.— Con su voz grave y ardiente, que casi le provocaba orgasmos a Candy, la levantó, recostándola de la pared y ella instintivamente lo rodeó con sus piernas.
—Sí, por favor... tómame ahora...— Suplicó casi a punto de llorar.
—Aún no...
La llevó a la enorme y mullida cama y ahí la depositó. Ella lo miraba ansiosa, con la respiración agitada. Agradecía poderlo ver, así desnudo, con ese cuerpo pecaminoso, la fuerza viril y agonizante que emanaba de él, lo enorme que era, agradeció poder ver esa deliciosa dureza erguida que le provocaba placer con sólo mirarlo.
—Primero necesito saborear cada parte de ti.— Complació a su boca carnosa y sedienta con un beso largo e intenso. Besó todo su rostro, su cuello y se detuvo infinitamente en sus pechos. Los sacó del escote y los moldeó en sus grandes manos, ella llena de deseó le empujó la cabeza hacia ella, invitándolo a alimentarse de ellos.
—Oh... por favor...— Estaba muriendo por sentirlo ya.
Para alargar más su agonía, Terry le sacó la parte de arriba del atuendo y comenzó a repartir besos por su vientre, a lamerla desde el ombligo hasta los pechos, después se deshizo de la fina prenda, dejándola gloriosamente desnuda. Estaba tan ardiente y excitada, que el olor de su deseo comenzó a impregnar la habitación.
—Ya, Terry, ¡por Dios! Tómame ya...
—Primero tengo que saborearte y aún no termino.
Le separó las piernas y enterró la cara en su intimidad. Fue mucho más de lo que Candy pudo soportar.
—¡Ahh! Terry... ¡Dios!— Ni siquiera tenía coherencia.
—Quiero oirte, Candy. Quiero que grites mi mientras te corres en mí.— Ya eso fue demasiado. Fue como si su cuerpo y su cerebro sólo respondieran a las demandas de Terry.
—¡Ohh! Terryyy... ¡Ah!— Efectivamente, terminó en él, con un orgasmo estrepitoso que la dejó sin aire.
—Ahora te necesito, Candy.— Así mismo acostada, aún temblando y convulsando, Terry le colocó los brazos hacia arriba y se los mantuvo inmóviles, aprovechando los efectos de su orgasmo para penetrarla. Lo hacía salvajemente, embestidas firmes, fuertes, violentas que la hacían gritar al mezclarse con las secuelas del climax alcanzado.
—Terry... por favor... no puedo...— No le quedaban fuerzas, el placer la tenía doblegada.
—¡Sí puedes!— Se giró, quedando entonces ella encima y las fuertes manos de Terry agarrando sus caderas para impulsarla de alante hacia atrás.
—¡Ohh! No puedo... de verdad no puedo...
—Muévete, Candy. Yo aún no termino.— La levantó un segundo para luego clavarla en él con más fuerza. Ella obedeció y comenzó a moverse.
—Terry... no creo que pueda soportar otro...
—Sigue moviéndote así...— Ella puso los brazos hacia atrás, sujetándose de sus rodillas y se movía más rápido y más fuerte, con otro orgasmo a la puerta.
—Terry...— Murmuró con los ojos perdidos, yéndose nuevamente en el viaje sin regreso del orgasmo.
—No te muevas...— Dijo Terry a penas, sujetándola fuerte mientras se derramaba. Nunca lo había logrado de manera tan abundante.
...
La vida siempre será impredecible, lo único seguro es la muerte y lo más difícil de la vida es vivirla, porque desde que nacemos, cada segundo que pasa, ya estamos muriendo, pero cada segundo vale la pena vivirlo, pues los malos ratos sólo son momentos y los buenos momentos siempre serán eternos en nuestra memoria.
Tomó tres años que la vida de todos éstos seres se realizara. A pesar de los tropiezos, de los errores y de las trabas, Terry y Candy consiguieron la vida que siempre quisieron y no sólo ellos. Annie había encontrado el amor, lo estaba viviendo y lo estaba sintiendo. Enfrentarse a la verdad la hizo conocer el perdón y descubrir que a veces, el primer paso en la línea del perdón es perdonarse a uno mismo. No podría olvidarse de aquél niño al que su desesperación no le dio oportunidad de vivir, pero agradeció a Dios la oportunidad de conocer lo bello del amor, de un hombre maravilloso que la ama y la respeta y el haberse convertido en madre de un niño hermoso por el que agradecía todos los días. Patty celebró hace poco sus dulces dieciseis, sigue siendo muy aplicada en los estudios y vive enamorada de su tierno novio Stear, sólo que ahora que está tratando de enseñarla a conducir pierde la paciencia algunas veces.
Eleanor consiguió lo que merecía, un hombre íntegro que llenara sus días de amor y que le diera lo más valioso que tenía, una familia y un hogar estable. Robert tuvo la oportunidad de ser padre, Angie a sus tres añitos era un tornado que llevaba alegría a la casa y que llenaba de energía a sus ya no tan jóvenes padres.
Susana era una mujer joven y hermosa, aún estudiaba en la universidad, eligió medicina y aunque no le faltan pretendientes, aún no encuentra lo que busca. La pícara y bella Trish es una nena sana de nueve añitos, tan energética como cualquier chica de su edad. Ahora goza de una melena hasta la cintura y sigue derritiendo corazones con sus ocurrencias. Richie es el ícono de las campañas de olimpiadas especiales, no hay quien no haya visto su rostro en algún comercial. Richard Grandchester sigue siendo un exitoso contable que cada vez se hace mayor añorando el amor que dejó ir y resignado sólo a desearle a la madre de su hijo que sea feliz. La esposa de Richard sigue intentando todas las dietas habidas y por haber, pero ninguna resulta, pues lo único que reduce es la despensa.
Los padres de Candy han mantenido la paz y la integridad de su hogar, hacen lo mejor que pueden y se han consagrado a dar el mejor ejemplo a la única hija que les queda en casa, aunque como van las cosas... no será por mucho tiempo.
Archie se mudó a Chicago con una extrovertida chica que conoció en internet y a penas ha mantenido comunicación con la familia White. Eliza, según lo último que Eleanor supo, se mudó a Puerto Rico, su país de origen para empezar una nueva vida, lejos de todos los recuerdos tristes.
...
—¿Te falta mucho?— Terry se paró en el umbral del estudio de Candy.
—No más quiero perfeccionar los últimos detalles de este trompudo.— Le contestó ella sonriendo con el pincel en la mano, pintando uno de los cuadros que decorarían la habitación de su primer hijo que llegaría en pocos meses.
—¿Sabías que los elefantes no son azules? Son grisáceos.
—Lo sé. Pero el color azúl los hace más tiernos.— Le pintó la cara con el pincel luego de voltearse hacia él que le sonreía travieso y burlón.
—¿Te ha pateado mucho hoy?
—Más bien me ha dado una paliza.— Suspiró Candy sonriendo, Terry le acariciaba la panza.
—Me olvidé decirte... te llamó Karen... dijo algo sobre una entrevista para el canal Bio...
—¡Oh Dios! ¿Qué hora es?— Soltó la paleta y el pincel y se apartó de Terry que se quedó desconcertado.
—Son las cinco, ¿por qué?
—¡La entrevista es a las siete! Y lo olvidé... ¡ay Dios!— Comenzó a caminar como loca por el estudio.
—A ver, ex cieguita, cálmate, respira...— Ella lo miraba y hacía los ejercicios de respiración que él le pedía para serenarse.
—Ya... estoy calmada...
—Bien. Ahora, tranquila, te das un baño, te vistes y esperamos a Karen, ¿está bien?
—Sí. Pero... ¿qué me pongo? ¿Qué debo usar para aparecer en televisión?— Se puso histérica nuevamente.
—Lo que se pondría una mujer preciosa y embarazada. Mi amor, tú no te tienes que esforzar para echarte a todo el mundo en un bolsillo.
—Por eso te amo.— Lo besó.
—¡No corras!
—Lo siento...
...
—Entonces éste es tu segundo libro... otro Best Seller... ¿Por qué decidiste llamarlo "Los ojos del alma"?
—Porque no tuve que usar mis ojos para reconocer el amor más puro, fue mi alma la que se enamoró de ese chico maravilloso... y él me amó, aún cuando yo no podía si quiera verlo...
—He de suponer que el afortunado es el personaje "Grand", el peleador callejero, ¿no?
—El mismo. Sólo que yo no lo llamaría peleador callejero. Él es mi héroe. Es un ejemplo de superación, de hecho, éste edificio en el cual tienes tu estudio, lo diseñó él.— La conductora del programa de pronto se quedó sin palabras.
—¡Vaya! ¿En serio?
—Así es. Ese chico bravucón que me robó el corazón es ahora un respetable arquitecto y estoy segura de que será un excelente papá.
—Bueno, Candy, no me queda más que felicitarte y admirarte, eres una chica que vale oro y espero que sigas deleitándonos con tu maravillosa forma de escribir y felicidades por tu bebé, tal vez tengamos otro futuro escritor o un arquitecto.
—Por la forma en que patea yo diría que será un futbolista.— Con una carcajada culminó la entrevista.
...
Tres meses después nació Derrick. Un niño hermoso, era muy parecido a Terry, tenía su gesto arrogante y su pelo lacio oscuro, se le hacía el simpático hoyuelo que tenía Candy en la mejilla, pero lo más hermoso que había heredado de Candy eran esos traviezos y vivos ojos verdes.
—Candy, ya se durmió, ponlo en su cuna.
—Pero es que... me gusta cargarlo...— Ni siquiera apartó la vista de su niño envuelto en su cobijita y siguió meciéndolo.
—Lo vas a engreir.— Le advirtió sonriendo.
—Lo sé, pero no lo puedo evitar.
Finalmente lo puso en su cunita, lo acomodó unas diez veces más y Terry sólo sonreía porque ella seguía mirando a su hijo dormido.
—Cielo, no tienes por qué velarle el sueño, aprovecha ese tiempo para descansar.
—Pero... ¿y si no lo escucho cuando llore? ¿Y sí...?
—Para eso compramos éstos radios... y con esos pulmones que tiene dudo mucho que no lo escuchemos.
—Bueno... pero...
—Vamos, ex cieguita... a descansar.— La fue sacando de la habitación del niño.
—No me llames así, no es nada atractivo.
—Claro que lo es...
—¡Claro que no!
—¿Sabes que eras más divertida cuando estabas cieguita?
—¿Ah sí?
—Sí.— Él fue a besarla, pero ella se las ingeniaba para esquivarlo
—Lo siento, Terry... es que... no te veo...— Comenzó a mirar hacia todas partes, menos en su dirección, evitando a propósito que la besara.
—¿No me ves?
—No... ahora estoy divertidamente ciega...
—¡Ah qué bien! Porque así sólo te concentras en sentirme...
La cargó de pronto, sorprendiéndola y aprovechando el sueño del pequeño disfrutaron de un momento de apasionante intimidad.
Fin
¡Feliz navidad!
Gracias a todas por haberme acompañado en ésta historia que ni siquiera había planificado, sólo surgió... y se quedó en nuestros corazones. Las despedidas siempre son tristes, yo mismo voy añorar esta historia, pero en su momento otras vendrán.
Gracias por todo y que pasen unas felices fiestas, mucha paz, amor y armonía.
Su amiga,
Wendy Grandchester
