Me quedan solo tres exámenes más! Y luego saldré del maldito colegio XD! Así podré actualizar un poco más rápido!

VAYAMOS AL CAP!

PD: Tengo pensando escribir un One-Shot de YuGiOh jejejejeje e.e Ojalá que les guste cuando lo suba n.n!

PD2: SONG CHAPTER!

Capítulo 23: Encerrado en la Oscuridad.

—… ¿Cómo?

— ¿Ese es mi nombre? — Volvió a preguntar. — El que recién dijiste. — Aclaró.

—…— Forzó una sonrisa, aunque tenía unas enormes ganas de llorar. —… Así es. Ese es tu nombre.

—…— La miró con cierta melancolía. —… ¿Quiénes son ustedes?

— Yo soy Anzu. — Se rió, tratando de que no notara sus ojos llorosos. — Él es Jonouchi, Mai y Honda…— Señaló a cada uno con sus respectivos nombres y miró el suelo.

—… ¿Y por qué no los recuerdo…? Los conozco, ¿verdad?

—… Pues…— Pensó en qué decir, lo mejor sería no decirle nada por el momento. — Deberíamos preguntarle a Ishizu-san… Vamos al museo.

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— ¿Eh? ¿Pero cómo? — Preguntó sorprendida.

— No lo sabemos. — Contestó el rubio a Ishizu. — Solo… Volvió al rompecabezas como si nada, y además con la cabeza en blanco.

— Sus ojos…— Iba a decir al ver la mirada carmesí de Atem.

— De seguro…— Intervino la castaña. — De seguro… Son Ren y Aoi. — Todos la miraron con suma sorpresa. —… No me pregunten… Es lo que pienso. — Forzó una sonrisa. Todos entristecieron, recordando a los mellizos. — El punto es que… Ren nos contó que a Atem le arrebatarían lo que más anhelaba, además de nosotros… Debió ser su memoria, porque…

-F-l-a-s-h—B-a-c-k-

¿Quieres que olvide, Anzu?... ¿Cuándo apenas recuperé mis recuerdos gracias a ti y a los demás?... Lo que menos quiero en esta vida, es olvidar… No quiero volver a hacerlo… Deberías saberlo… ¿Y me pides que olvide?

—… Lo siento…

¡Ella y su estúpida boca! ¡Diciendo cosas hirientes sin pensar! Debía tener claro lo mucho que le aterraba a Atem perder su memoria de nuevo… Y ella le pedía semejante cosa…

Lo siguiente no se lo esperó… Definitivamente nunca lo esperó…

Había quitado sus manos de sus hombros para luego posarlas en sus mejillas y atraer su rostro al de él. Al sentir sus labios presionados contra los de él de una forma suave, cerró los ojos enseguida, dándose cuenta de la situación en la que estaba…

. . .

-F-l-a-s-h—B-a-c-k—E-n-d-s-

—… ¿Porque…?— Preguntaron los presentes al unísono.

Ella reaccionó y sintió una enorme vergüenza. Solo Mai sabía ese secreto, ella le miraba con una sonrisa. Los demás se veían confundidos por la mirada entre ambas, incluso Atem la miraba con cierta curiosidad en sus orbes carmesí.

—… ¡Nada, nada! — Se rió forzosamente. —… Él me lo dijo una vez. — Dejó de reírse tras pronunciar eso.

Jonouchi miró con tristeza a su amiga. La fuerte, alegre y valiente Anzu Mazaki, por fin… Parecía derrotada, y eso… No era nada saludable. La castaña era una chica fuerte, pero aquello era demasiado para ella, demsiada presión mental, dolor emocional… El estado de Atem no era el mejor, su cuerpo y alma, separados por una penalización del Juego de las Sombras… Sabbía muy bien que cada vez que la castaña sonreía, era lo más falso que podía fingir, aunque nadie quería comentar, pues todos estaban iguales… Bueno… No tan mal como la castaña. Todos sabían que la que estaba peor en esto, era Anzu. Porque… El amor que sentía Anzu por Atem, y este de vuelta, era lo más limpio y puro que había visto. Esa pareja inspiraba una ternura que le conmovía, a él y a todos. Simplemente, fueron hechos el uno para el otro, por eso no permitirían que por algo tan minúsculo, Atem perdiera la vida, y que Anzu sufriera.

—… ¿Dónde está Marik…?— Preguntó el castaño. Ishizu se tensó.

—… En el juego de las Sombras… Ustedes saben que si alguien que ha sellado a muchas almas en la oscuridad, llega a perder, las almas encerradas, serán liberadas… Y eso implica al… Al otro Marik.

— ¿Cómo…?— Pronunció un poco intimidado el rubio. Y no precisamente porque haya perdido contra él sino por lo que le había hecho a Mai. Sintió a la rubia agarrarse de su brazo con fuerza. La miró y se veía asustada. —… ¿Y cuándo será…-?

Fue interrumpido cuando se escuchó un estruendo afuera. Atem se puso de pie, pues era el único sentado. Todos salieron corriendo y… Ahí estaban Marik y Bakura.

—… Y hablando del demonio…— Maldecía el rubio entre dientes. Definitivamente esas miradas en los ojos de sus amigos no eran de ellos propios…

Eran los otros.

Bakura sonreía burlonamente, traía la Sortija del Milenio. Marik, en cambio, miraba con un profundo odio y desprecio al faraón. Poseía el Cetro del Milenio en sus manos.

— Vaya, vaya… Parece que el faraón al fin perdió. — Habló el albino. — Y esto… Será muy divertido…

— Y que lo digas. — Finalmente Marik sonrió.

Atem no comprendía nada, se sentía inseguro. Detestaba sentirse de esa manera, lo consideraba tan vulnerable. Los dos caminaron hacia él, pero cuando iban a alcanzarlo, Anzu se interpuso.

— No se atrevan a ponerle un dedo encima. — Levantó los brazos también para evitar que siguieran acercándose.

Jonouchi le imitó, hasta finalmente todos hicieron lo mismo. Atem miraba a todos con duda en su mirar. ¿Por qué lo protegían? El perder la memoria no era morirse, ¿verdad? Lo que no sabía, es que su cuerpo estaba lejos de él, conectado a un montón de máquinas. Marik y Bakura se rieron de la acción de todos.

— ¿Qué pasó, muñequita? ¿No te bastó? — Bakura miró a Anzu, quien le miraba desafiante.

Marik, por otro lado, miró a una rubia familiar. Se acercó a ella, quien le miró con cierta advertencia.

— Nunca creí que volvería a ver a esta mujer… Y sobre todo viva, quién lo diría. — Posó el cetro en su cuello. Jonouchi le lanzó una mirada asesina.

— No la toques, porque te juro que…-

Fue interrumpido nuevamente cuando el moreno desprendió un destello del objeto milenario y lo lanzó contra el rubio, quien cayó al suelo, gimiendo de dolor.

— ¡Jonouchi!

— ¡Jonouchi…!— La rubia se arrodilló a verlo. — ¡TÚ…!

— ¡No hay nada que puedan hacer contra nosotros! — Bakura se rió tras jugar con la mente de la pobre castaña. — Y tú, niña. — La ojiazul lo miró con cierto temor. — Con ese estado que estás… Dudo mucho que lo protejas.

—… Podré hacerlo… Porque se trata de ustedes… No son la gran cosa.

— ¡¿QUÉ DIJISTE?!

Atem se paralizó al ver lo siguiente. El albino estrelló su puño contra el rostro de la castaña, haciéndola caer desprevenida al suelo. El tricolor miró el rostro de la castaña, quien se cubría el sector golpeado, pero pudo notar un líquido rojo brotar de sus labios. Una increíble ira lo invadió, puede que no la recordara, eso era cierto, pero… ¡Ra! ¡¿Cómo podía hacerle eso a una chica?! Caminó lentamente hacia Bakura, que le miraba con cierto desconcierto. Pues claro, el aura oscura que lo invadía era más que notoria.

— Te atreviste… A golpearla en frente de mí. — Sonrió con cierta malicia. — Ahora veamos a cuánto te atreves.

Anzu se asustó, esa mirada… No le pertenecía al Atem que ella conocía. No solo habían borrado su memoria, estaba… sumido en la oscuridad. Las emociones más oscuras lo rodeaban. Jonouchi se puso de pie dolorosamente.

—… Tenemos que irnos de aquí…

— ¡¿Pero cómo?! — Susurró la rubia para que no la escucharan. Jonouchi miró a Ishizu, que comprendió el mensaje.

Sacó de su bolsillo el collar del Milenio, antes de que robaran el resto de los artículos, ella siempre se había quedado con el collar, pues era por si acaso, aunque ya no funcionaba con ella, podría ser de ayuda. Un poderoso destello se desglosó del collar, cegando a todos. Anzu aprovechó para correr hacia Atem y lo agarró de la mano y lo obligó a salir corriendo para no traer más problemas. El museo ya no era seguro. ¿Adónde podrían ir?

— ¡Vamos a mi casa! — Susurró Jonouchi. Anzu le oyó y asintió y siguió jalando al Espíritu para que no se distrajera en la carrera.

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Apenas cerraron la puerta, todos, excepto Atem, soltaron un sonoro suspiro de alivio. El faraón seguía con ira contenida, eso preocupó a la castaña, pero no era momento de descansar y platicar… Necesitaban saber quién era la persona que poseía el Hechicero, para que terminaran todo de una buena vez…

— Jonouchi, tenemos ropa de repuesto aquí, ¿verdad? — Preguntó la castaña.

— Claro, en mi habitación, ropero, parte derecha. — Indicó.

Honda y Anzu asintieron, iban a irse, pero miraron a Atem, esperando que los siguiera, sin embargo él estaba demasiado distraído. La ojiazul tomó su mano, llamando su atención y posó sus fríos ojos carmesí en ella. Anzu se intimidó un poco con su mirada, pero simplemente le sonrió.

— Anda, vamos. Tienes que cambiarte.

Él la observo detenidamente, le era familiar la muchacha, pero su mente estaba vacía. Sus ojos, tan expresivos… Con solo ver su rostro, sentía algo revolverle el estómago. Lo único que le daba malestar del bonito rostro de la muchachita era el golpe que había recibido, y en la comisura del labio aún tenía sangre. Quiso limpiársela, pero se contuvo. Asintió y se dejó guiar por ambos castaños, pero no soltó a la ojiazul.

Él se puso una camisa roja, pantalones negros. Honda hizo lo mismo, solo que su camisa era verde y sus pantalones grises. Anzu se colocó una blusa sin mangas, con tirantes de color lavanda y unos shorts. Honda se había cambiado primero y se fue. Pero antes de que la castaña se fuera con el faraón, este último la agarró del brazo. Ella se volteó a verle sorprendida, él no quitaba sus ojos de su espalda… O más bien… Entonces comprendió. Era su hombro herido de aquella vez…

-F-l-a-s-h—B-a-c-k-

La ojiazul sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal al sentir un suave roce en su hombro, junto con un susurro.

Gusto en conocerte, Destino.

Lo siguiente que sintió fueron los pasos de los chicos junto con un punzante dolor en su hombro derecho, como si le estuviesen enterrando algo afilado…

¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHH!

¿ANZU?!

¡ANZU! — Escucharon desde lejos.

¡¿Pero qué…?!... ¡NO ESCAPARÁS!

¡Mai! ¿Adónde…?

¡Yo iré con Mai! ¡USTEDES QUÉDENSE CON ANZU!

Yo también iré.

. . .

Una mano se mantenía fuertemente posada en su hombro, mientras que con la otra se abrazaba tratando de encontrar consuelo consigo misma. Le dolía mucho, podía sentir la sangre de su hombro manchar su blusa blanca de la escuela.

Anzu. — Subió la vista para encontrarse al faraón arrodillado en frente de ella mirándola con preocupación. — ¿Qué sucedió? ¿Dónde te hicieron daño?

Ella, en respuesta, soltando un sollozo, quitó su mano de su hombro para mostrarle su mano ensangrentada por la herida. Atem pareció atónito al ver su mano. Estuvo varios segundos sin decir anda, hasta que la cargó y la llevó a su antigua habitación.

-F-l-a-s-h—B-a-c-k—E-n-d-s-

—… ¿Qué sucede, Atem? — Preguntó nuevamente. Aunque sabía por qué la detuvo, quería que él mismo le preguntara. Sabía que se estaba retorciendo de dolor y rabia por no poder recordar nada.

—… Eso…— Posó suavemente su mano encima del parche donde tenía la herida. —… ¿Duele?

— No. — Sonrió, aunque él no la vio. — Ya cicatrizó… Puede que quede así hasta el resto de mis días, pero no hay nada que hacer.

—… ¿Puedo quitártelo para ver la herida? — Preguntó. — Aunque claro, si no quieres…

— No, no. — Se volteó a verle. — Está bien. Quería revisarla de todos modos, porque puede que se torne peor. — Se encogió de hombros.

Pero antes de que se sentara, el tricolor se acercó lentamente a ella, poniéndola nerviosa. Puede que el color de sus ojos fuera diferente, pero la intensidad de su mirada no se había ido. Ambos rostros, frente a frente. Anzu no pudo evitar recordar aquella vez que Atem le había curado el hombro y luego se estuvieron mirando de esa manera un momento. Cerró los ojos al sentir al faraón acariciar sus labios con sus dedos de una manera muy cuidadosa. El corazón le latía desbocadamente, no sabía qué hacer…

—… Ya está.

Abrió los ojos sorprendida. Atem se había alejado un poco y la mostró sus dedos manchados con su sangre. Se llevó su mano a sus labios. Entonces por eso había sido tan delicado…

—… Te había golpeado. — Se escuchó un deje de odio en su voz. —… Y tenías sangre. — Aclaró apartando sus ojos de ella.

Ella solo asintió. Por un lado… Estaba feliz, pero…

Él era… Un poco frío con ella.

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Y los días van pasando y yo veo que se deshace hacia dónde va llegando este amor…

Ya no somos como antes, las mañanas no son tibias, y no me haces cariño cuando duermo…

Y yo busco tu mirada una señal… Que me muestre que esto no va a cambiar…

Porque, ay, que dolería si tú ya no estuvieras… Al despertar.

— ¡Anzu! — La castaña se giró para ver a Yugi corriendo hacia ella.

— Buenos días, Yugi. — Sonrió.

— Buenos días. — Le devolvió la sonrisa, pero la borró enseguida mirando el suelo. —… Huh… ¿Sabes? ¿Puedo contarte algo? — La castaña se preocupó, así que asintió. — Atem… Está muy desconfiado conmigo. — Le contó algo triste. —… Es que… Traté de compartir con él cuando llegué a casa… Y cuando le preguntaba cosas y lo invitaba a jugar a las cartas, él se negaba o contestaba en tan solo una o dos palabras. — Suspiró. —… Ya no sé qué hacer.

—… No te preocupes, Yugi… Él estará bien.

—… ¿Y cómo lo sabes?

Antes de que la castaña contestara, Yugi sintió al espíritu presenciar la escena, sí, estaba mirando la situación en un semblante serio.

— Porque yo confío en él. — Sonrió. — Sé que cuando alguien pierde la memoria, uno se siente inseguro de confiar en la gente que le rodea… Pero… Yo sé… Que Atem volverá a ser el mismo. Y volverá a despertar del hospital y…— Bajó la cabeza.

Yugi apretó los puños, le dolía ver a la castaña así. El dolor que ella sentía era grande, y no podía hacer nada. Se acercó a ella y la abrazó. Ella correspondió el abrazo comenzando a llorar.

El pequeño se arrepintió un poco de haber hecho eso, pues sentía la profunda mirada del faraón posada en él, sentía como si él quisiese lanzarle dagas con los ojos. Pero, ¿qué más hacer? Anzu sufría, y el solo quería confortarla. Por otro lado, el Espíritu frunció el ceño al presenciar aquello, luego sintió que alguien más los miraba, bueno, a él no, pero a Yugi y a Anzu sí, fijó sus ojos carmesí en una muchachita rubia, de ojos verde agua. Veía la escena sorprendida y los ojos llorosos. Qué curioso… Es lo único que pensó el tricolor mayor al verla salir corriendo de allí.

Y que sería un día sin alguien que

Te hiciera buena compañía… No quiero saber.

Mi cuerpo tiembla, esto va a pasar

Mejor otro que no me haga sufrir más

Pero contigo me siento bien casi siempre… Aunque hoy no me halle.

Luego de secar las lágrimas de la joven, fueron ambos a la escuela. En el camino a su salón, se encontraron con el profesor de matemáticas.

—… ¿Cómo está el muchacho? — Preguntó preocupado.

Anzu y Yugi lo miraron con tristeza.

— Sigue igual…— Contestó la castaña. — Por cierto… No pude preguntarle cómo lo descubrieron.

Sí, el profesor se había escondido en la casa de la castaña, pero solo fue por un día, y cuando ocurrió el accidente de Atem, al enterarse, quiso saber de él, así que fue descubierto y volvió a la escuela, pero sin noticias de Akira.

—… Es una larga historia. — Suspiró el mayor. — Vayan a clases.

Ellos asintieron.

— Ah… Buenos días, chicos. — Saludaron al unísono Honda y Jonouchi.

Anzu hizo un gesto y se sentó al lado de Yugi, quien saludó con la mano a sus amigos. Los cuatro estaban muy deprimidos. ¿Cómo no? Todo por lo que habían luchado, con Marik, Bakura, Zorc… Todo se había ido a la basura. Todo el esfuerzo para salvar al mundo, se había hecho cenizas con la pérdida de Atem.

Que sería un día sin alguien que,

Te hiciera buena compañía no quiero saber,

Y estamos tan cerca,

No sé qué hacer,

Estamos tan cerca y ya me duele.

Yugi ni siquiera prestaba atención en clases, solo trazaba rayas en su cuaderno. Su cuerpo, nuevamente con dos almas. Y lo peor era que a veces recibía esas descargas que Atem sentía y lo hacían sentir horrible, ahora comprendía el dolor de su hermano…

"Oye."

Dio un respingo al oír la voz del faraón. Él nunca, cuando estuvo en su cuerpo, lo interrumpió en clases. Lo miró con cierta sorpresa.

— "¿Qué sucede?"

"Nada. Es solo que… Bueno, cuando estuviste con ella…"

Vio al espíritu hacer un gesto a Anzu, quien se acariciaba la comisura de los labios, pues, se había colocado un parche por el golpe de Bakura.

— "¿Te refieres a Anzu?"

"Sí. Huh… Pues… Había alguien más allí, y quería preguntarte si la conoces."

—… "¿Alguien más ahí? ¿Y cómo era?"

"Era una muchachita. De anteojos, rubia… ¿La conoces?"

.

.

.

¿Por qué a él? Eso se preguntaba el pobre tricolor, ¿por qué cuando le daban una segunda oportunidad todo se estropeaba? Primero Anzu, que desde que la conoció, ella, que lo había acogido, pues nadie quiso ser su amigo, siempre lo apoyó, lloró con él, lo protegió, veló por su salud… Se había enamorado de Atem, para su gran desgracia… Y ahora, que se había enamorado de Rebecca, que le había entregado su apoyo incondicional, su dulzura, y amor, era testigo de una malinterpretación. Definitivamente la vida era muy cruel con él.

Luego de que el timbre sonara, se acercó a Anzu que caminaba por los pasillos.

— ¡Anzu!

— ¿Qué sucede, Yugi? — Se volteó a verle.

Y los días van pasando,

Y yo veo que se deshace,

Hacia dónde va llegando,

Ya no somos los de antes,

Los de antes…

—… ¿Tienes tu celular aquí? — Ella asintió. — ¿Puedes prestármelo? Quiero llamar a Rebecca. — Ante la confusión de la ojiazul, tuvo que explicar. —… Nos vio esta mañana cuando estabas llorando…— Suspiró. — Y creó que lo malinterpretó…

—… ¿Cómo? — Miró un segundo el suelo, para luego volver a mirarlo. — ¿Pero cómo te diste cuenta? Hubieras ido tras ella enseguida…

— Atem me lo contó, me dijo que una niña rubia nos había visto.

—… ¿Atem nos vio?

Otro pesar más a la lista, eso fue lo que pensaron ambos.

Que sería un día sin alguien que,

Te hiciera buena compañía no quiero saber,

Y estamos tan cerca… Y ya me duele…

Anzu le entregó su teléfono y el tricolor marcó rápidamente.

—… ¿Hola? — Al escuchar la voz cansada de la rubia, Yugi supo enseguida que estaba exhausta… Pero de llorar.

—… Soy yo, Rebecca.

Yugi… ¿Qué sucede?

—… Lo que pasó en la mañana, eso…-

No te preocupes… Yo… Entiendo. — En vez de sentirse aliviado, el pequeño se sintió aún más preocupado. — Fue mi culpa por… Estar contigo mientras sufrías por Anzu.

— ¡Te-Te equivocas! — Ra, esto no podía pasarle a él…

Ya no me lo niegues, Yugi… Fuiste tras ella cuando estábamos en el hospital… Y ahora esto… Yo comprendo que sigas sufriendo, pues comprendo ese sufrimiento, no te preocupes… Adiós.

.

.

.

— ¿Yugi?

El tricolor agachó la mirada mientras le entregaba el teléfono a la joven de orbes zafiros. Se quitó el rompecabezas y se lo entregó a ella, quien le dirigió una mirada confundida.

— Estoy demasiado deprimido… Como para poder seguir así. Terminaré fastidiando a Atem, y eso ya sería la gota que derramaría el vaso. — Mencionó tras caminar lentamente a la salida.

—… ¿Adónde…?

— A casa.

Anzu no pudo evitar sentirse culpable por la situación de su amigo de la infancia. Se apoyó en la pared observando el objeto milenario en sus manos.

"¿Te sientes culpable?"

Alzo rápidamente la vista para ver al faraón, mirándole con cierta curiosidad. Claro, su cuerpo se veía un transparente. Entonces algo le hizo pensar.

—… ¿Entonces tú eras quien se metía en mi mente esos días?

Lo vio encogerse de hombros. Lo tomó como una respuesta positiva.

—… Justo cuando las cosas iban bien… Pasa esto. — Susurró más para sí misma que para él.

"¿Por qué lo dices?"

—… Porque cuando creí que todo iría a salir bien… El Destino es tan cruel…

Atem recordó la noche que había revisado la cicatriz de Anzu. Decía exactamente lo mismo. Destino.

—… ¿Solo yo puedo verte?

"Mientras tengas el rompecabezas, sí".

—… Ya veo.

"… Oye… ¿Puedo…? ¿Ver mi cuerpo?"

Anzu lo miró con suma sorpresa. No esperaba que él pidiera semejante cosa… ¿De verdad quería…?

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Estaba ahí, sus ojos carmesí no quitaban la vista de ese cuerpo conectado a una gran variedad de aparatos que lo ataban a la vida. Ese joven, dormido, malherido, era él. No podía opinar nada, estaba sorprendido, tenía que admitirlo, pero aun así… Le era familiar, la situación era bastante irónica.

"¿Qué me sucedió?"

Anzu miró al Espíritu mirar su propio cuerpo en un estado ausente.

—… Tuviste un accidente. Más bien… No lo sabemos, solo te encontramos ahí, sangrando.

"… ¿Por un Juego de las Sombras?"

A la ojiazul le resultó un poco triste que no recordara nada acerca de ellos, pero perfectamente ese juego.

—… Así es.

"¿Por qué estoy en el rompecabezas?"

—… La primera vez que te conocimos, ya estabas encerrado ahí. Yugi es tu descendiente, así que por eso… El Destino te hizo caer en sus manos.

Atem seguía mirando su cuerpo, hasta que trató de tocarlo, sin embargo al tratar de hacerlo, sintió una descarga recorrerlo, que lo hizo retroceder sorprendido. Además, se giró sorprendido al escuchar un quejido por parte de la castaña. Anzu tenía el rompecabezas en sus manos… Ella también había recibido el impacto.

—… ¿Qué…?

"Lo siento".

—… ¿Qué fue eso?

"Quería tocar mi cuerpo, pero al parecer es imposible"

Anzu recordó la ocasión en la que habían ido a Okinawa, y él, nuevamente, arriesgándolo todo. No pudo evitar suspirar pesadamente. Entonces lo notó, vio cierto dolor en la mirada del faraón. Esa mirada le era muy familiar… Era desde hace mucho tiempo… Cuando él no sabía quién era y estaba sumido en sus pensamientos…

—… Huh…Yo…-

"No quiero la lástima de nadie"

El espíritu se giró a verla con el ceño fruncido. Anzu le miró sorprendida.

— ¿Cómo?

"No quiero tu lástima. Yo resolveré esto."

— Pero, yo…-

No pudo decir nada más. El espíritu despareció, de seguro había vuelto al rompecabezas que traía puesto en su cuello. Presionó el objeto con fuerza.

—… No es lástima lo que siento. — Susurró tras fijar sus ojos en el joven que seguía inconsciente.

Salió del hospital y comenzó a caminar por las oscuras calles. Ya no sabía que pensar de Atem. Era más que obvio que no quería confiar en ella, era entendible. Tampoco socializar con el resto de sus amigos, también lo comprendía. No le gustaba que él hiciera las cosas por sus medios cuando había veces que era incapaz de hacerlo…

Ella no lo sabía, no se había percatado que el alma del faraón se había desprendido nuevamente y la observaba desde atrás. Era obvio que le era muy familiar, la tenía muy dentro de él, le gustaría preguntarle, pero no estaba seguro de confiar. Aunque ella se veía honesta, había cierta oscuridad en su mirada, no precisamente de malos sentimientos, no. Era dolor, un recóndito sufrimiento invadían su alma y corazón. Lo percibía con su tacto. No podía tocarla, pero ella tocó el rompecabezas, y pudo sentir enseguida qué tipo de corazón poseía. Ella tenía un gran corazón, tan grande que no le cabía en el pecho, sin embargo… El dolor se había apoderado de ella, pretendía estar bien… Él lo sabía. Y lo que más lo sorprendía de toda esa situación… Es que ella sufría por él…

¿Sería que ambos estaban encerrados en la oscuridad?

Continuará…

Muy triste, un Atem frío y distante que no recuerda nada nadita u.u Pero ya pasarán las cosas!

Rossana's Mind CAMBIO Y FUERA!

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