Digimon no me pertenece y escribo esta historia sin fines de lucro.

Editado 13/04/2015.

La guerra de los 1000 años


11─ Nabuko


En el camino hacia el castillo, Yamato y Takeru tuvieron tiempo de observar la ciudad. En su mayor parte era pobre, pero por aquí y por allá podía verse gente de alto nivel social. Había mercaderes por todos lados, la mayoría parecía dedicarse a las telas. A pesar de la pobreza, Takeru estaba encantado y hacía observaciones sobre la estructura de los edificios. Yamato miraba todo con aire ausente, estaba muy preocupado por Sora y Hikari.

Seto había resultado ser alguien muy conocido y amado en la ciudad, y mientras caminaba iba obsequiando con gruesas monedas de plata a los transeúntes, aunque sus huéspedes ya habían observado que su vivienda, si bien cómoda y acogedora, no se caracterizaba por estar bien provista.

Se enteraron de que Seto y su esposa se encargaban de recibir a los viajeros como ellos, que no tenían lugar para parar o que estaban muy enfermos o lastimados. Su esposa parecía ser una de las mejores médicas del lugar, y el Rey solía usarla para atender a su familia. En cuanto a Seto, era muy querido por el rey; por eso siempre debía darle noticias acerca de quienes habían entrado y quienes habían salido.

Después de aproximadamente unos 15 minutos de camino, llegaron al castillo, el cual estaba hecho de piedras y era inmenso. Takeru observó que las piedras eran exactamente iguales a las del fuerte en la Zona Libre. A pesar de su majestuosidad y hermosura era un lugar muy oscuro, y lo único que refulgía eran los pesados portones de oro macizo bordeados por esmeraldas. Tenía seis torres medianas y una alta en el medio, desde la que una bandera ondeaba. Era extremadamente hermoso.

Seto avanzó y se detuvo junto a los eunucos que protegían los portones. Después de las zalemas habituales, dejaron pasar a Seto, pero como no conocían a los otros dos quisieron revisarlos. Seto se paró frente a ellos y exclamó:

─¡Desgraciados! Todos los días entro y salgo de este castillo, lo recorro a gusto y me siento a la mesa con el rey, quien me trata como a un hermano más, y ahora ¿no me dejáis entrar con mis huéspedes? ¿Qué van a pensar ellos de mí?

─Lo sentimos Señor, pero siendo usted tan amigo del Rey, debe saber que él nos paga por proteger estos portones y no dejar que los atraviese nadie sin previa revisión ─contestó tímidamente uno de los eunucos.

─Oh, ¡perfidia! ─gritó─. Sepáis que estos dos huéspedes míos son amigos del príncipe Daisuke, quien los había mandado llamar antes de partir hacia su posible perdición, y me los había encargado. Ahora han arribado a la ciudad y, aunque el príncipe no esté, yo debo cumplir con mi encargo y entregarlos a su tío, que estoy seguro también los espera con ansiedad. Así que si no los dejáis pasar, ¡preparaos para que toda la furia del monarca caiga sobre ustedes!

Intimidados por la presencia de Seto, ambos retrocedieron y los dejaron pasar.

Recorrieron un largo corredor con columnas a los costados y alfombras rojas hasta que llegaron a una gran puerta de madera, también custodiada por otros dos guardias, que esta vez no tuvieron problema en dejarlos pasar. Accedieron así a una sala circular muy grande, con cortinas de terciopelo negro. Lo único que había en esta sala era una elevado trono en el centro, sobre el que estaba sentado un hombre de largos cabellos marrones, a su costado derecho un hombre alto y rubio, y a su costado izquierdo un hombre cubierto por una capa.

─¡Alabado sea, Majestad! ─gritó Seto mientras se agachaba, acto que se apresuraron a imitar los rubios.

─Seto, ¿A quién me traes contigo?

Seto miró a los dos jóvenes, estos asintieron, y Yamato se adelantó. Después de una profunda reverencia, pidió permiso para hablar con toda seguridad, y se le fue dada. El hombre rubio y alto bajó los escalones, se dirigió a la puerta y despidió a los guardias, volviendo luego a su lugar.

─Majestad, sepa que me llamo Yamato, y este es mi hermano pequeño, Takeru. Somos del reino del Hielo, y hemos escapado del reino del Trueno, donde éramos prisioneros. Con nosotros ha escapado también una mujer del reino del Fuego.

─Mmj... muy bien, muy bien... ─hizo silencio y pareció meditar la cuestión─. Entonces, ¿debo suponer que son criminales?

─No Su Majestad, ¡por supuesto que no! ─se apresuró a aclarar Yamato.

─Entonces, ¿por qué eran prisioneros?

─Porque... –Yamato se calló. ¿Es que el hombre no entendía? ¿Cómo alguien podía ser tan tonto y no darse cuenta de que era lo que le estaba diciendo? Pero, para su salvación, Seto avanzó y sin dar demasiadas vueltas, dijo que los chicos eran príncipes de su reino y que lo mismo ocurría con Sora. Este hecho llamó la atención del rey, quien se apresuró a hablarlo con el hombre a su derecha, y luego bajó corriendo y besó las manos de los chicos, seguidos del hombre rubio que también lo hizo.

─¡Me siento muy honrado! ─exclamó el rey; se presentó como Nabuko y pidió que por favor lo llamaran por su nombre, y nada de Majestad, Señor o todo eso─. Hace años que no recibíamos visitas como las de ustedes, de verdad es un honor para mí que se dignen dirigirme la palabra. Y además ─agregó, sin dejar hablar a los chicos─ el que ustedes hayan escapado es una gran noticia para nosotros, que nos indica que aún hay posibilidades de que se salve nuestro príncipe.

─Los príncipes querían saber si les está permitida la estancia en este reino hasta recuperar energía, sino enseguida cada cual se irá a su reino.

─Oh no no no, por supuesto que no. Su presencia nos honra, serán invitados de honor...

─Señor Nabuko, yo creo que será mejor que la presencia de estos señores no sea conocida en el reino, porque podría traernos... ya sabe... problemas ─dijo el hombre rubio, dedicando una gran sonrisa a Yamato y a Takeru.

─Oh, si si si ─dijo Nabuko─. Seiya tiene razón ─siguió─. Oh por cierto, él es mi mano derecha, Seiya. Y tiene mucha razón. Igualmente su estancia en este reino nos honra mucho...

En ese momento escucharon unos gritos provenientes del salón anterior, y después de golpes y más gritos, las puertas se abrieron, dando paso a unos guardias que sostenían a un cuerpo casi inerte, al que arrojaron al suelo.

─¡Señor, Oh Señor! ─gritaron─. Hemos encontrado a esta mujer vagabundeando por los bosques, y nos ha parecido muy sospechosa.

Seiya se acercó a la mujer y levantó su rostro.

─¡Hikari! ─gritó Takeru, y salió corriendo hacia ella, derribando a Seiya y sacando su espada, con la que enseguida apuntó al visir.

─¡No, Takeru! ─gritó Yamato, mientras corría a ayudar a Seiya y pedía perdón de rodillas ante Nabuko. Hikari se levantó y, dándose cuenta de la situación, le sacó la espada a Takeru y la arrojó lejos, quedando de esa manera los dos desarmados.

─¿Qué es esto? ─preguntó, furioso, Nabuko, articulando cada sílaba y hablando muy lentamente.

Yamato volvió a pedir perdón de rodillas y obligó a su hermano a que también lo haga. Acto seguido, los guardias apresaron a Hikari, quien no hizo nada para defenderse, le arrancaron la medalla de su reino y se la pasaron a Nabuko, quien la observó detenidamente. Luego su mirada se pasó en Yamato.

─¿Conocen a esta jovencita? ─preguntó.

─Sí ─respondió─. Ella también escapó con nosotros, pero la perdimos hace dos días ─mintió.

─Por esta medalla, que tiene el escudo del reino del Trueno grabado, deduzco que no solo pertenece al reino donde nuestro soberano está encerrado, sino que además es de la realeza, y de todo esto deduzco que no es otra que Hikari Yagami, la princesa.

─Sí, soy esa persona ─dijo Hikari, tratando de hacer una reverencia, aunque sin demasiado éxito debido al agarre de los guardias─. Y puedo decirle que conozco a su sobrino, y que al menos el día en que mi padre me encerró en el calabozo, se encontraba con vida.

Nabuko se quedó callado y en silencio. Examinó a Hikari, ella se mostró fría y segura. Después llamó a Seiya y hablaron entre ellos un rato bastante largo.

─Nos hemos enterado de que el rey había encerrado a la hija... nos parece una acción indigna de un rey, pero en realidad todo lo que hace ese rey nos parece indigno... supongo que no estarás de acuerdo con sus ideales...

─Por supuesto que no ─dijo Hikari─. Mi padre escuchó a otras personas y me encerró, después de despojarme de mis poderes. ¡Por supuesto que no estoy de acuerdo con él!

─Entonces, supongo... ─comenzó Nabuko, bajando un poco el tono y suavizando la voz.

Pero el otro hombre, el que permanecía junto al trono, bajó las altas escaleras, moviéndose lentamente. Como una víbora, arrastrándose... envuelto en su capa negra, zigzagueando... sin levantar los pies, pero sin hacer ruido de arrastre... Takeru lo miraba atentamente... zigzagueante, oscuro... tenía sueño... mucho sueño... hay que dormir... ¿qué hago acá?... me quiero ir... durmiéndose, durmiéndose...

─¡Takeru! ─dijo Hikari, sacudiéndolo y sonriendo─. Parecías dormido...

─¿Qué? ¿Eh? ─Takeru sacudió la cabeza. El hombre ya estaba junto a Nabuko y Seiya, hablando en voz muy baja... pero Takeru escuchaba las S... arrastraba las palabras... sacudió la cabeza y volvió a Hikari─. Supongo que todavía estoy un poco cansado ─mintió.

Después de lo que pareció una interminable charla, el hombre se dio vuelta y miró fijamente a los chicos.

─El Rrrrrrrrrey ha decccciddddidddo que ─arrastrando las palabras... esos ojos amarillos que brillaban... mirándolo fijamente... tenía que escapar... irse... por qué... Hikari sacudió a Takeru─, al tenerrr a alguien del Rrrrreino del Trrrrrrrrueno entre ustedesssss, aunque sssssu padddddre la haya enccccerrado, no sssssssssson mereccccccceddddores de nuestra confianza. Assssí que, para demossssstrarnos ssssu valía, van a tenerrrrr que irrrr hassssta el calabbbbozo del que essssscaparon y traerrrrr a nuestro prrríncipe.

Hikari, Yamato y Takeru intercambiaron miradas. Ese hombre no les inspiraba confianza.

Continuará...


12─ Otro viaje


Yamato, Hikari y Takeru habían sido relegados a un patio con una fuente mientras esperaban que el rey y sus visires terminaran de decidir sus planes.

─Traté de no dormirme antes de haberme alejado un poco más, pero paré a descansar y el sueño me pudo ─explicó Hikari, algo avergonzada─. Desperté con los gritos de los guardias, no tuve tiempo ni para desenvainar mi espada.

─Está bien Hikari, el rey parece una buena persona... rescataremos a Daisuke, volveremos y estarás libre ─dijo Takeru, sonriendo. Estaba muy feliz de tener a Hikari de nuevo con ellos.

Yamato estaba de espaldas a las puertas, con la mirada perdida en la fuente. Por eso no notó cuando Seiya llegó y se posó detrás de él.

─Ese Shinji, nunca me inspiró confianza... ni a mí ni al Rey anterior... Si ahora es visir es solo porque Nabuko sucumbió a sus poderes...

─¿Poderes? ─preguntó Takeru.

─Sí, poderes... es un brujo muy poderoso, y... bueno, todo lo que dice, el rey lo hace... es por eso que los manda a buscar a Daisuke... seguramente va a sacar algo de provecho...

Yamato giró y observó detenidamente a Seiya, mientras seguía hablando. A la luz del sol pudo observarlo mejor. Era alto, muy alto, su altura lo asombraba. Su cabello amarillo, casi blanco, era muy largo, y terminaba atado en el cinto que tenía en su cintura... sus ojos azules...

─¿Qué vamos a tener que hacer? ─preguntó Takeru, sacando a Yamato de su ensimismamiento. Giró la vista hacia su hermano. Y encontró la misma cara que había estado mirando hace cinco minutos, solo que con el pelo corto. Miró a Seiya y luego a su hermano. Eran idénticos.

─Van a tener q hacer todo el camino hasta el reino del Trueno, acompañados sólo por cinco guardias. Y van a tener que volver con el príncipe Daisuke y con todas las personas de nuestro reino que puedan encontrar.

─Alguien nos siguió ─dijo Hikari. Se levantó de la roca sobre la que estaba apoyada y comenzó a dar vueltas alrededor de ellos─. Cuando estábamos en la zona libre descubrimos que alguien nos había seguido... no podemos volver por el mismo camino... además no podríamos encontrarlo sin recorrernos todo el bosque... ─Takeru asintió. Lo que decía tenía mucha lógica, pero Seiya solo sonrió.

─Nuestro Reino también tiene sus secretos... ─dijo, de manera misteriosa─. Y tenemos nuestro propio pasadizo, q aunque no se usa hace mucho, va a ser habilitado para ustedes... De todas maneras, el rey volverá a explicarles esto en unos minutos...

En ese momento, apareció un guardia que los condujo a una sala privada, donde solo estaban Nabuko y Shinji.

─Bien, señores ─empezó Nabuko─. Hemos estado discutiendo el tema cuidadosamente, y llegamos a la conclusión de que tienen que demostrarnos que son dignos de confianza ─Seiya soltó un bufido que Nabuko hizo como que no escuchó. Hikari y Takeru se rieron por lo bajo─. Habíamos pensado en mandarlos solos ─prosiguió─ pero Seiya nos hizo entender que sería un suicidio no solo para ustedes, sino también para nuestro príncipe. Así que decidimos enviarlos con cinco de nuestros mejores guerreros, aunque Seiya siga insistiendo en que deberíamos mandarles la mitad de nuestro ejército ─otro bufido por parte de Seiya, y más risas por parte de los pequeños.

─¿Cómo llegaremos? ─preguntó Yamato.

─Tomarán un pasadizo que empieza por este castillo que los llevará hasta la entrada del camino que hicieron antes. Tomarán ese y repetirán todo.

─Creemos que ese camino ha sido invadido ─dijo Hikari, haciendo una reverencia antes de hablar.

─Ennntttoncccccccesssssssss debbbbberan pppelllllllllear ccon qqquien lllllllllllllo occcupppe ─dijo Shinji, arrastrando las palabras de esa manera que tanto odiaba Takeru.

─Seiya, por favor ve a buscar a los guerreros que los acompañarán─. Seiya se retiró─. Saldrán mañana en la mañana. Esta anoche dejaremos que la señorita Sora termine de curar sus heridas.

─Yo no creo que la señorita Sora esté bien para mañana ─dijo Yamato. Shinji lo fulminó con la mirada de sus ojos amarillos y brillantes.

─¿Qué le hace pensar eso? ─preguntó Nabuko.

─Bueno... en realidad... ─se sonrojó─. Aún no la he visto, pero conociéndola, sé que si estuviera bien hubiera obligado a Sayo a traerla... por favor, permítanle quedarse acá hasta que regresemos... ─Nabuko miró a Shinji, que ya estaba preparado para negar la petición, pero después giró y dijo:

─Está bien. La señorita Takenouchi puede quedarse... ─aunque no parecía muy convencido.

Momentos después hizo su entrada Seiya, llevando tras sí a cinco jóvenes guerreros. Había dos de cabellos azules, el que parecía mayor tenía anteojos. Había un chico regordete de cabellos verdes y junto a él, un castaño. Pero lo que llamó la atención a Hikari fue un chico más pequeño que los demás, de grandes ojos verdes, quien sin duda no pasaría los 13 años. Se asombró mucho al pensar que en ese reino podían mandar a chicos tan pequeños en misiones tan peligrosas.

─Ellos son Osamu y Ken ─dijo Nabuko, señalando a los peliazul. Takeru observó que eran muy parecidos y supuso que eran hermanos─. Él es Hirokazu ─el castaño─, Kenta ─el chico regordete─, y Iori ─concluyó, señalando al chico de trece años, callado y serio─. Ellos van a acompañarlos en su misión ─Dichas estas palabras, Nabuko se retiró seguido de Shinji.

─Bueno chicos ─suspiró Seiya─. Hice todo lo que pude... pero el rey no quiso escucharme...

─Está bien ─dijo Takeru─. Muchas gracias igual. Ya nos van a ser de bastante ayuda.

Mientras ellos hablaban, Yamato volvió a inspeccionar sus caras y nuevamente notó sus parecidos. Pero, según decía su abuela, todas las personas tenían siete personas parecidas en algún lugar, así que alejó los pensamientos de su mente y volvió a concentrase en otras cosas. En cuanto a Hikari, seguía observando a Iori, el único que permanecía solo en un rincón. Los otros cuatro hablaban en una esquina.

─Hola. Soy Hikari ─dijo sonriendo y extendiéndole una mano. Iori la miró detenidamente y luego hizo una reverencia, sonrojando a Hikari─ No es necesario... ─trató de decir, pero el pequeño ya había agarrado su mano y se la había besado. Antes de que pudiera hacer o decir algo más, Seiya estaba hablando de nuevo.

─Esta noche los ocho permanecerán en el palacio.

─¿Podremos ver a Sora? ─preguntó Hikari.

─No lo creo conveniente ─dijo Yamato─. Enseguida se dará cuenta y querrá venir con nosotros, y no creo que su condición se lo permita. Lo mejor será dejarla descansar y hacer todo lo más rápido posible, para que no tenga tiempo de enterarse y hacer alguna locura─ Hikari y Takeru asintieron y no se volvió a hablar del tema.

Después de eso, Seiya los llevó a sus respectivas habitaciones.


Hikari se sumergió lentamente en el agua tibia, dejando que esta llevara todas las impurezas de su cuerpo. Se acostó y se relajó... hacia tanto que esperaba ese momento...

La puerta se abrió lentamente y entró una sirvienta que debía de rondar su edad. Vestía un sencillo vestido marrón, sus cabellos pelirrojos estaban recogidos en una coleta. Tenía grande ojos marrones.

─Su majestad, yo... yo... ─la timidez le impidió continuar y cerró la puerta. Hikari sonrió y la llamó.

─Ya sé porque estás aquí ─dijo─. No confían lo suficiente en mí así que te mandaron para que me vigiles ─sonrió─. Soy Hikari, pero puedes decirme Kari. ¿Y tú quién eres? ─la sirvienta volvió a sonrojarse y, después de hacer una reverencia muy exagerada, levantó la vista.

─Soy Juri... a sus órdenes, Majestad ─sintiendo que la vergüenza cubría su cara, volvió a retirarse. Hikari sintió que le invadía la risa, pero por respeto y para que no saliera corriendo, evitó reírse.

─¡Juri! ─llamó. Después de unos segundos, volvió a ver los cabellos pelirrojos asomar por la puerta─. Ya te dije que puedes llamarme Kari ─pero antes de que saliera corriendo nuevamente, le pidió que le enjabonara la espalda. Media hora después, ya se comportaban como amigas de toda la vida.

Antes de acostarse a dormir, Hikari miró a Juri. Había solamente una cama en la habitación, así que le ofreció que durmiera con ella. Juri negó exageradamente y se sonrojó; antes de que perdiera la confianza nuevamente, Kari le ofreció un sillón, que también fue declinado.

─Yo debo permanecer despierta, cuidándola ─dijo.

─Pero no es necesario Juri. Anda, ven ─dijo, corriéndose y levantando las frazadas. Juri prácticamente se refugió en la otra punta de la habitación─. Por favor...

─Majestad, usted duerma tranquila.

─Pero no puedo dormir sabiendo que estarás toda la noche despierta. Anda, cuéntame un poco de tu vida... ─Juri solamente sonrió y apagó las velas.

Antes de dormirse, Hikari pensó en Juri. El recuerdo de sus cabellos la dirigió a Sora, quien seguramente estaba en ese momento acostada en una cama muy incómoda, sufriendo incontables dolores... luego su recuerdo se dirigió a Koushiro, el rey del reino del Viento... parecía tan buen chico... quiso seguir reflexionando acerca de esas tres personas, pero el cansancio y la necesidad de una cama cómoda pudieron con ella.

─Señorita Kari... Señorita Kari, despierte por favor ─dijo Juri, mientras la empujaba suavemente. Aún no había abierto las cortinas, pero Hikari pudo distinguir un pequeño haz de luz y pensó que ya era de mañana y debía levantarse y emprender el camino a su Reino... le parecía que había dormido tan poco... deseaba quedarse un rato más envuelta en las sábanas de seda y acostada sobre el colchón de plumas... pero Juri ya abría las ventanas y le pasaba su ropa.

Después de haberse vestido, peinado y desayunado (Juri se lo llevó a la cama), el sol dio las 6:30. Hora de partir. Antes de abandonar, seguramente para siempre, la habitación, Kari paró a observarse frente al espejo. Le devolvió una imagen totalmente diferente a la que estaba acostumbrada, la princesa de largos vestidos almidonados y adornada con joyas. Veía a una chica de pantalones marrones, muy sueltos, y remera de mangas largas de la misma tela y color. Vestía alpargatas que parecían frágiles, pero eran ideales para la lucha. Se ató el pelo en una coleta y salió, pero Juri se aferró a su brazo y no la dejó partir. Era el gesto más abierto que había tenido en toda la noche.

─No se vaya ─dijo, en voz muy baja.

─¿Por qué? ─preguntó.

─Por que... eh... ─Juri se dio cuenta de lo que estaba haciendo y corrió al otro extremo de la habitación.

─No, Juri. Basta ─dijo Hikari─. ¿Por qué?

─Porque... eh... es muy peligroso y... yo... ─Hikari sonrió y le extendió una mano.

─Todo va a estar bien. Voy a volver sana y salva junto a mis amigos, y terminada la guerra, vamos a ir a mi reino y vas a conocer a mi dama de compañía ─sonrió─. Su nombre es Miyako Inoue, pero le decimos Yolei. Tiene grandes ojos marrones y largos cabellos violetas. Es muy linda y amigable, y la extraño mucho ─Juri se sonrojó y no dijo nada más.

Hikari se levantó y le pidió que la acompañara al lugar de donde debía partir. Sin decir nada, la guio hasta una habitación situada en los pisos más bajos. Antes de dejarla entrar en la habitación predestinada, sacó un sobre y se lo pasó.

─Es para Hirokazu... ─dijo, sonrojándose─. Por favor princesa... entrégueselo... ─Nuevamente había vuelto al "princesa", pensó Hikari... pero igual agarró la carta y se la guardó entre sus ropas.

─Va a ser lo primero que haré cuando lo vea ─Se miraron unos segundos y al final se abrazaron; Juri se fue. Hikari la observó hasta que la perdió de vista, y deseó poder estar nuevamente con ella en menos de tres días. Suspirando, entró en el salón.

Yamato, Takeru y Seiya ya se encontraban allí. Era un gran salón alto hecho de piedra como el resto del castillo, y muy oscuro. No tenía ventanas y estaba iluminado débilmente por antorchas, por lo que Hikari pensó que debía estar bajo tierra. Lo único que había a la vista era un gran tapiz con el escudo real frente a la puerta, unas sillas de roble y una puerta en el costado.

─¿Cómo dormiste? ─preguntó Seiya, desprendiendo una llave de su cinto─. Esta llave es de esa puerta ─indicó la puerta que Hikari ya había notado─. Adentro están las mejores armas con las que contamos. Deberías darle una ojeada y elegir las que te parezcan mejores.

Hikari así lo hizo, y demoró mucho eligiendo entre lanzas, arcos, espadas, látigos y otras armas que nunca había visto. Al final se decidió por una pequeña daga con mango de rubíes y hoja de mhytrill, muy fina, y un arco muy liviano con sus respectivas flechas. Ya equipada así, salió y cerró la puerta. En su ausencia habían llegado Ken y Osamu, quienes ya estaban equipados y vestidos de manera muy parecida a la de ella. Ambos cargaban espadas, pero Ken tenía además un nunchaku.

─Te tomaste tu tiempo ─dijo Takeru, sonriéndole y saliendo de las sombras. Estaba vestido igual que ella.

─Es que había tanto que elegir... una se vuelve loca ─Takeru y Yamato sonrieron─. Bueno... creo que todavía faltan tres personas.

─Yo estoy acá ─dijo una voz grave. De las sombras salió Iori. Llevaba una lanza y un casco. Hikari le sonrió, pero él apenas la miró y volvió a las sombras.

─Kenta y Hirokazu siempre hacen lo mismo ─dijo Osamu, tomando asiento con ellos─. Son muy impuntuales ─No había terminado esa frase cuando se escuchó un ruido muy fuerte, como de algo rompiéndose, que provenía del pasillo.

─No, Kenta, ¡otra vez! ─se escuchó otra voz que gritaba. Osamu, Ken y Seiya comenzaron a reír estrepitosamente; luego entraron Kenta y Hirokazu, el segundo con un chichón en la frente.

─Esos jarrones, siempre pasa lo mismo... ¿a quién se le ocurre poner mesas con jarroncitos de adorno en un lugar sin ninguna luz? Estos castillos, es increíble... ─decía Kenta, mientras se sentaba junto a Ken.

─Supongo que el rey te lo descontará de tu salario ─dijo Seiya, riendo.

─Oh, por supuesto que lo haré ─era el rey quien entraba en ese momento, seguido de Shinji. Enseguida Osamu, Ken, Hirokazu y Kenta saltaron de sus asientos e hicieron una apurada reverencia, que fue imitada por Hikari, Takeru y Yamato.

─¿Vino a despedirlos? ─preguntó Seiya.

─ Sí, pero me parece que todavía falta alguien ─sus ojos recorrieron todo el salón, y Takeru notó que no parecía el mismo rey bondadoso del día anterior. Evitó mirar a Shinji.

─Acá estoy ─Iori volvió a salir de las sombras, sin hacer reverencia ni nada que demostrara respeto. El rey lo miró fijamente y mantuvieron una pelea de miradas, hasta que Nabuko bajó la cabeza.

─Bueno, si ya están todos preparados, podemos partir ─dijo Seiya.

─¿Podemos? ─preguntó Takeru.

─Oh, sí. Creo que olvidé decirles que yo también voy... ─sonrió, Takeru hizo lo mismo.

─Quiero ver si van bien equipados ─dijo Nabuko, haciéndolos alinearse frente a él. Salvo Seiya que llevaba ropajes rojos, el resto estaba vestido casi igual, de marrón. Yamato solamente portaba una espada magnífica, de empuñadura de plata y zafiros y hoja larga y finita. Tenía su nombre grabado en el comienzo de la hoja: Karma.

Takeru llevaba su anillo y una espada un poco menos ostentosa que la de su hermano, llamada Aura. Hirokazu tenía un arco y flechas, y una espada muy parecida a la de Takeru, que luego explicaría era su hermana, llamada Mana.

Kenta portaba un látigo y una daga, Iori un casco y una lanza, Seiya una espada llamada Kusanagi, Hikari el arco y la daga (Maia), Ken el nunchaku y una espada llamada Glittering y Osamu a Ragnarok.

─Karma... ─murmuró, sosteniéndola─. Buena elección. Creo que ya están listos para partir. Así que... adiós y buena suerte.

Seiya y Shinji levantaron el tapiz y encontraron un túnel, iluminado por antorchas.

─Vamos ─dijo Seiya.


Llevaban más de dos horas caminando cuando comenzaron a sentir algunos vestigios de aire puro. Poco después el sol comenzó a iluminar el oscuro y putrefacto túnel. El camino empezó a ascender y llegaron al final. Una pared.

─¡Genial! ─gritó Kenta─, ¡nos metieron en un túnel sin salida!

─Silencio, silencio ─susurró Seiya─. Voy a necesitar ayuda por acá.

Osamu y Yamato se colocaron junto a él y comenzaron a empujar el techo, que después de muchos esfuerzos cedió. El sol y el aire entraron a caudales. Con un poco de trabajo comenzaron a ascender, y cuando estuvieron todos arriba, Yamato, Hikari y Takeru reconocieron el terreno como la zona por la que habían pasado anteriormente.

─¡Miren eso! ─gritó Takeru, indicando al lugar por el que acababan de salir. Era la piedra lisa y cuadrada que tanto les había llamado la atención.

─Entonces era una entrada... ─murmuró Hikari.

─Esta es una entrada que cavó nuestro reino poco después de la construcción de esas murallas ─explicó Seiya─. Estaba pensado para que nuestras tropas pudieran atacar o escapar, pero las dimensiones terminaron siendo muy pequeñas y quedó sin uso. La piedra fue puesta para que nuestros soldados se guiaran y para que no llame la atención a los demás.

Takeru pensó que en eso de llamar la atención se habían equivocado, ya que a ellos les había llamado demasiado la atención, pero Yamato pensaba en otras cosas. ¿Cómo habían hecho en un reino casi sin recursos, hacía más de mil años, para pulir una piedra de esa manera?

─Deberíamos descansar un rato antes de emprender el camino por el otro túnel ─dijo Seiya. Todos asintieron.

Takeru los llevó a la cascada Blind y se sentaron a comer frutas y a tomar agua dulce, transparente y limpia.

─¡Mmh, esto es riquísimo! ─exclamó Osamu, atragantándose con el agua. Estaba apoyado en una roca y bebía desde la cascada.

─¿Te gusta mucho? ─preguntó Ken, sentándose junto a él.

─¡Si, me encanta! ─gritó.

─Bueno... ─murmuró Ken, empujando a su hermano, quien se hundió en el agua.

─¡Keeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeen! ─gritó, cuando salió del agua. Pero el resto estaba riéndose y no le hicieron caso─. No, ¡ahora vamos a tener que esperar a que se me sequen las ropas! ─se levantó la remera, pero vio a Hikari que lo miraba muy avergonzada.

─Eh... yo... mejor... me voy para allá ─dijo, señalando una zona cualquiera.

─Yo también voy ─dijo Takeru─. No es seguro ─aclaró, al sentirse observado.

─¡En una hora nos vamos! ─les gritó Seiya mientras se alejaban. Takeru levantó una mano en señal de que había entendido.

Hikari y Takeru caminaron hasta el lugar donde habían dormido y se sentaron.

─¿Cómo se siente volver a tu reino? ─preguntó el rubio.

─En realidad... ─respondió Hikari, pensativa─. En realidad... no se siente... ─murmuró.

─¿Cómo?

─No se siente... como mi reino ─Calló unos segundos─. Es que... cuando pienso en mi reino, recuerdo al pueblo trabajador de antes, a mi padre como un hombre bondadoso y amante de su ciudad... pienso en las calles de tierra, con sus carretas y mercaderes felices... ahora, cuando pienso en el reino del Trueno, siento... odio ─hizo silencio─. Si... siento odio, bronca... veo maldad y muerte... no es lo mismo... ¿me entiendes? ─miró a su compañero.

─Sí... claro que te entiendo... pero no creo que sea tan así...

─¿Por qué?

─Bueno, primero que nada, porque no creo que la gente haya cambiado su forma de pensar o ser por este problema... y en cuanto a tu padre... te quejabas del consejero de tu padre...

─Sí... él es quien le mete ideas extrañas en la cabeza a mi padre... creo...

─Entonces no es tu padre... tal vez, por ser tan bondadoso como lo recuerdas, no pudo darse cuenta de las verdaderas intenciones de una persona en la que confiaba mucho, y ya no responde por sí mismo...

─Pero... es que... ¡mi padre no es así! ─gritó Hikari, abrazándose a sí misma. Takeru pudo ver como las lágrimas resbalaban por su mejilla y la abrazó─. Él nunca fue así... nunca se dejó influenciar por nadie... es una persona muy inteligente... no caería de esa manera... ─Takeru simplemente la abrazaba─. Cuando era pequeña, solía ir de noche a mi habitación y... me contaba historias acerca de la guerra, y me decía cuales eran las decisiones que él hubiera tomado si hubiera vivido en esa época... ¡y sus decisiones no se comparan en nada con lo que está haciendo ahora! ─gritó.

Y así pasó la hora, desahogándose con Takeru. Él solo la abrazó y estuvo con ella, ayudándola a ver las cosas desde otro punto de vista.

─Eh... nos vamos ─murmuró Iori, apareciendo de detrás de una pared. Enseguida desapareció.

─Vamos ─dijo Takeru, ayudándola a levantarse. Le limpió las lágrimas y sonrió─. Tu padre es el que vive en tus recuerdos, y tu reino también ─Hikari no dijo nada, solo lo observó y sonrió muy débilmente.

Y ahí estaban los nueve, parados frente a la puerta abierta del túnel ya recorrido hacía poco por tres de ellos. Seiya sonreía, Hikari aún tenía lágrimas marcadas, Iori estaba serio como siempre, Kenta se quejaba de hambre, Osamu aún chorreaba agua, Yamato miraba todo con su aire despreocupado, Takeru estaba tranquilo, Ken afilaba su espada y Hirokazu parecía un poco preocupado. Pero todos estaban listos para cumplir su misión.

Continuará...