Editado 24.04.2015

La guerra de los 1000 años


13─ ¡Atacar!


─¡Silencio! ─dijo Hikari, apoyándose contra una pared. Los demás obedecieron y se apoyaron junto a ella. Después de unos segundos que parecieron interminables, Hikari habló─. Ya estamos bajo el castillo, así que tenemos que ir con cuidado. No sabemos si nos han descubierto. Propongo que esperamos hasta la noche, que se reduce la actividad en el castillo y algunos guardias se duermen─. Los presentes cruzaron miradas de desaprobación y de gracia al mismo tiempo─. Oigan, ¡son cosas que pasan en todos lados! ─se defendió. Yamato y Takeru cruzaron miradas divertidas ante su incomodidad─. ¡Está bien! Lo que propongo es que esperemos unas dos horas, recarguemos energías y nos larguemos al ataque.

─Yo creo que debemos atacar en este momento ─dijo Osamu─. Tenemos que volver a nuestro reino de inmediato, y mientras más esperemos menos posibilidades habrá de encontrar con vida a nuestro príncipe–. Ken y Kenta asintieron.

─Somos 9 contra probablemente todo un ejército –dijo Takeru─. Tenemos que hacerle caso, puesto que ella es quien mejor conoce el castillo y sus costumbres. Mientras menos enemigos haya en el camino, más posibilidades tendremos de regresar con vida y con el príncipe.

─¿Acaso el pequeño príncipe tiene miedo? ─preguntó Kenta, burlándose─. ¿Por primera vez estás fuera de tus paredes de roca y cemento y tus sábanas de seda? ¿Por estar tan resguardado no aprendiste a defenderte y ahora tienes miedo de morir? Pues debes saber, pequeño príncipe, que─ la frase quedó sin completar, porque súbitamente se sintió levantado del suelo y se estrelló contra la otra pared. Sintió el filo de una espada en su cuello, y levantó los ojos asombrado para toparse con los fríos ojos azules de Yamato Ishida, príncipe del Reino del Hielo.

─¿Así que en nuestro reino no nos enseñan a pelear? ─presionó la punta de su espada y unas finas gotas de sangre comenzaron a resbalar–. No se te ocurra meterte jamás con mi hermano, ¿entendiste? ─Kenta asintió y Yamato bajó la espada─. Y, solo para que lo sepas, él ya se recorrió todo este castillo, solo, para salvarme –Hubo un largo silencio.

─Bueno, chicos ─dijo Seiya─, no llegaremos a ningún lugar si nos peleamos entre nosotros. Ahora debemos decidir que hacemos: ¿atacamos, o damos media vuelta y esperamos?

─Atacamos ─dijo Ken, muy convencido.

─Esperamos ─dijo Yamato, tan convencido como el pequeño Ichijouji─. De nada nos servirá escapar con todo el ejército persiguiéndonos. Eso solo dificultará la huida, y hasta podrían atacar al Reino de los Humanos.

─Y todos sabemos que nuestro Reino no cuenta con las fuerzas necesarias para hacerles frente... –terminó Seiya. Nadie dijo nada más─. Supongo que habrá que votar.

Lentamente, todos fueron levantando las manos. Hirokazu, Kenta, Ken y Osamu votaron por atacar enseguida, mientras que Yamato, Takeru, Hikari y Seiya votaron por esperar.

─Hay un empate ─dijo Osamu.

─Hida aún no ha votado ─indicó Hirokazu─. ¡Eh, Cody! De tí depende.

El castaño pasó su vista por todos los presentes.

─Esperamos ─Kenta y Hirokazu comenzaron a protestar, pero nadie les prestó demasiada atención, mientras regresaban el camino hecho.

─Esperaremos aquí. Cuando se haga de noche, entraremos al castillo y saldremos lo más rápido posible ─dijo Hikari─. Tratemos de hacer el menor ruido posible, y de no lastimar a mucha gente.

─¿¡Qué?! ─gritó Kenta─. Propongo que entremos, ataquemos a todo el mundo, busquemos a nuestro príncipe y huyamos.

─Para eso estamos esperando, para salir sin nadie que nos siga. Si hacemos ruido, ¡tendremos a todo el ejército detrás! ─dijo Takeru.

─¿Para qué tenemos armas? Entramos, peleamos, buscamos a nuestro príncipe y volvemos.

─No, ¡claro que no! ¡Entramos, buscamos al príncipe y salimos!

La discusión parecía dispuesta a extenderse, y ninguno tenía humor ni tiempo suficiente para aguantar algo así.

─Silencio ─dijo Seiya, aunque no con demasiado interés. Sin embargo, todos hicieron caso─. Hikari es quien mejor conoce el castillo y sus costumbres. Creo que ella tiene que decirnos que es lo que debemos hacer.

─¿Recibiremos ordenes de una mujer? ─gritó Ken, y comenzó a reírse─. Esto debe ser una broma de mal gusto. ¡Todos saben que las mujeres no saben pelear, y mucho menos pensar!

─Silencio Ken ─dijo Osamu, mirándolo por el rabillo del ojo.

─Perdón ─dijo el menor de los Ichijouji. Hikari no dijo nada, pero descubrió que Ken tenía a su hermano en un pedestal. Ella también tenía un hermano... o en una época lo había tenido...

¡Hermano! Hermano, ¿a dónde vas? ─gritó una pequeña Hikari mientras agarraba la manga de la remera de su hermano. Éste se dio vuelta asombrado y se agachó.

¿Por qué estás despierta? Vuelve a la cama, son más de las 3 de la mañana...

¿Y tú que haces despierto? ─preguntó Hikari. Su hermano llevaba una cuerda en un hombro y una mochila colgada. Vestía ropas oscuras.

Voy a salir a dar un paseo.

¿Un paseo?

Si, con Beren ─Beren era el caballo de su hermano, el cual lo acompañaba desde que había nacido─. Le gusta más cabalgar de noche.

Ah, bueno. ¡Vuelve pronto! ─con estas palabras, Hikari se fue.

Al otro día, su hermano no aparecía por ningún lado. Se enviaron mensajeros a todos los puntos del planeta, ejércitos enteros salieron a buscarlo... pero nunca apareció. Y a cinco años de eso, aún no había noticias. Y Hikari sabía que era su culpa, porque ella no lo había detenido.

─Kari... ¡Kari!

─¿Qué? ─preguntó, sintiéndose el centro de las miradas.

─Parecías dormida ─dijo Osamu─. ¿Segura que vas a poder guiarnos?

─Si, sí. Claro. Escuchen. El calabozo es muy grande. El príncipe podría estar en cuatro lugares diferentes...


Dos horas después, todos estaban parados bajo la entrada al castillo.

─¿Están listos? ¿Hay que repasarlo de nuevo? ─preguntó Hikari.

─No, princesa. Estamos listos ─dijo Ken. Hikari sonrió. En esas dos horas, su relación con todos había mejorado mucho.

─Entonces, voy a levantar la tapa y veré si hay alguien.

─Déjeme que lo haga yo ─pidió Osamu─. No queremos que alguien esté esperando y le corte la cabeza.

Con dificultad, Osamu levantó la tapa y miró a todos lados. No había moros en la costa. Con sorprendente rapidez, los nueve subieron y se observaron por unos segundos.

─¿Listos? ─Asintieron a la pregunta de Hikari─. Perfecto.¡ Rápido!

Yamato y Ken salieron corriendo por el norte, Kenta y Takeru (había habido una discusión muy grande, porque no querían ir juntos) por el este, Hirokazu y Seiya por el oeste, y Hikari, Iori y Osamu por el sur.


─Hirokazu, ve con cuidado ─murmuró Seiya, mientras se movían lentamente apoyándose en las paredes. Pero Hirokazu no iba con demasiado cuidado, y no se cuidaba de hacer ruido─. No queremos que una espada te esté esperando en algún cruce.

─Mi vida ya no tiene demasiado sentido, Seiya. Da lo mismo si muero acá o no, eso no cambiará en nada el desenlace de todo.

─¿Sigues con eso? ─preguntó, compungido, pero en ese momento notó a un guardia frente a una puerta, y decidió que podía dejar el tema para después─. Espérame aquí ─pero Hirokazu ya había disparado una flecha que había dado justo en el corazón del guardia, quien murió sin darse cuenta─. Bien hecho ─susurró Seiya, algo impresionado.

Pasaron delante de la jaula y dentro vieron a un hombre reducido a piel y huesos que vestía lo que en alguna época fueron ropas importantes.

─Ayúdenme por favor ─imploró el hombre. Hirokazu levantó la flecha con que había matado al guardia y se preparó para matar a ese hombre, ya que no querían testigos.

─Espera. Oiga, buen hombre. ¿Sabe que fue de los delegados de los reinos capturados hace algunos días? ¿Los han matado?

─Oh, ese fue un problema muy grande en este calabozo... la princesa de este reino, del Reino del Fuego y el príncipe del Reino del Hielo escaparon, nadie sabe por dónde ni como... nos sacaron a todos y nos interrogaron, nos han reducido las comidas y aplicado más castigos desde entonces... también han aumentado el número de guardias, pero ellos no...

─¿Sabe qué pasó con los demás? ─lo interrumpió Hirokazu.

─Oh, por supuesto. Eso lo sabe todo el mundo. Porque sepa que han obligado a los guardias a que nos castiguen, porque nosotros no vimos nada, oh no, claro que ninguno habló, como haríamos eso...

─Por dios Seiya, ¡esto no nos lleva a ningún lado! ─exclamó Hirokazu─. Déjame acabar con esto ya...

─¡No! Señor, no se asuste. Necesitamos que nos conteste si han matado a los demás o no, por favor, estamos en un apuro... le ayudaremos a escapar... –pateó a Hirokazu para que no interrumpiera.

─ Oh, está bien. Aún quedaban algunos príncipes, visires y delegados acá... ─su cara se ensombreció─. Sepa usted, honorable caballero, que ellos... –Seiya tuvo que ahogar un grito.


Kenta y Takeru caminaban sin demasiado cuidado por el piso de rocas. Takeru hubiera estado encantado de poder examinar ese complicado laberinto de roca y madera, pero en este momento tenía cosas más importantes que hacer.

Rebajar a Kenta.

─Así que tú solito entraste a este calabozo para rescatar a tu hermano... –dijo Kenta─. Eso es algo muy noble.

─Gracias ─respondió. Cualquier otra persona lo hubiera tomado como un cumplido, pero Takeru sabía que algo vendría después.

─Y después tuvieron que salir con dos mujeres ─prosiguió─. ¿Los hermanitos Ishida no podían pelear solos? ─comenzó a reír estrepitosamente. Takeru no respondió, pero levantó a Aura y asestó un fuerte golpe a la espalda de Kenta, quien saltó asustado─. ¿Eh, que te pasa? ─gritó. Detrás de él había un guardia sobre un charco de sangre.

─Uno ─fue lo único que dijo el rubio. Limpió su espada y volvió a envainarla─. Ve con cuidado.

Kenta observó como Takeru se alejaba. Tocó su corazón, latía con fuerza. Por un momento había pensado que el príncipe lo iba a atacar...

─¡Vamos! ─dijo Takeru, cuando ya le llevaba diez metros.

Kenta se apresuró a seguirlo, aún temblando.

─¡Doblemos! ─escucharon. Takeru y Kenta se miraron, levantaron los hombros y siguieron caminando.


Hikari, Iori y Osamu caminaban deprisa, Yagami conocía muy bien el lugar y podía guiarlos. A su lado pasaban celdas y más celdas, la mayoría con ocupantes muertos o al borde de ella. Se habían encontrado solo con tres guardias borrachos quienes, a pesar de los ruegos de Hikari, habían encontrado una muerte rápida a manos de Ragnarok. Habían pasado decenas de celdas y ninguno de los ocupantes parecía ser el príncipe o alguien de la realeza.

─Los habrán delegado a otra zona ─había dicho Hikari, pero ni ella misma se lo había creído. Conociendo a quien se encargaba ahora de dirigir ese reino (porque ya no quería considerarlo suyo), el príncipe ya estaría pudriéndose en una horca fuera del castillo. Pero tenía que tener esperanza...

Siguieron caminando, Hikari cada vez más asombrada de la ausencia de guardias. Hubiera estado segura de que iba encontrar al menos dos guardias por celda o algo así, pero en cambio encontraba solo tres, y borrachos.

─Que pocos guardias hay por acá ─dijo Osamu. Hikari asintió.

─Hubiera esperado más... quizás hay alguna clase de reunión o algo así... quien sabe... –las palabras se perdieron en un suave murmullo...

Osamu hubiera esperado más, y ella lo sabía... tanto que había hablado del Reino del Trueno, sus increíbles guerreros y su ejército... para descubrir que la fuerza no eran más que tres guardias borrachos. Trató de alejar los pensamientos de su mente, después de todo, no era su reino... ¿o sí?... ¿y por qué le importaba tanto?... ¿por qué sufría tanto ahora que veía la debilidad que siempre hubo, y nunca quiso notar?... ¿por qué esperaba que Osamu e Iori se fueran con una buena impresión de ese conjunto de piedras, sangre y maldad?... ¿por qué siquiera le importaba?

─¡Cuidado! ─la suave voz de Iori llegó a sus oídos. Levantó la vista y vio como un guardia caía azotado por una lanza. Lanzó un suspiro... todo por estar pensando en trivialidades.

─¡Doblemos! ─el gritó resonó en todos lados. Los tres se miraron extrañados.


Yamato y Ken corrían tranquilamente, no les importaba si había o no guardias. No había celdas por esa parte, así que no encontraban nada interesante que hacer. Corrían.

─¡Doblemos! ─gritó Ken. Tal vez su grito se escuchó en todo el castillo; no les importó. Estaban dispuestos a pelear.

Como respuesta les llegó el rumor de gritos y armas moviéndose. Una docena de guardias armados se interpusieron en su camino.

─¿Por qué estará tan resguardada esta área? ─preguntó Yamato, sonriendo. Miró a Ken y, entre carcajadas, se lanzaron a la lucha.


Kenta y Takeru seguían caminando, el primero unos pasos atrás. Un rumor de armas, casi imperceptible, les llegaba a los oídos. Pero era problema de quienes se habían metido en la pelea, ¿no? A ellos no les competía.

─No parece haber nada por aquí ─murmuró Kenta─. ¿Y si nos vamos a otro lado?

Takeru giró y observó molesto a Kenta.

─¿Qué ordenes nos dio Hikari? Seguir por esta zona. Así que nosotros─Kenta levantó el látigo en actitud amenazadora y lo lanzó contra Takeru, quien fue más rápido y se agachó y rodó para un costado. Acto seguido, Kenta tiró su daga contra el cuerpo que yacía en el suelo.

─¿Ves? Tal vez si hay cosas interesantes por acá ─sonrió Takeru, para girar y seguir caminando.

Kenta lo miró asombrado. Había subestimado al pequeño príncipe... no tenía aspecto de luchador, pero sus reflejos y su velocidad eran buenos.

Tal vez esa misión sería más divertida de lo que había esperado...


─¡Doblemos! ─Hirokazu y Seiya escucharon el grito, pero ninguno lo registró. Lo único que Seiya notó fue el cuerpo sin vida que caía delante de él. Con una flecha atravesada en la sien. Giró para maldecir a Hirokazu. Que estaba flotando en el aire, su cuello siendo sujetado por el hombre más gigante que hubiera visto.

─¿Querían saber acerca de los prisioneros del concejo? ─preguntó, su voz gruesa y amenazadora─. Les conviene seguirme.


Hikari, Osamu y Iori corrían en la dirección de la que provenía el grito. Tal vez no sería nada, pero sin duda su zona estaba vacía. Así que era mejor correr y ayudar a quien necesitara ayuda... y si no necesitaban ayuda, por lo menos Hikari tendría la oportunidad de recorrer más zonas de su castillo, y encontrar algo con qué impresionar a sus acompañantes... no, ¡no tenía que importarle! Trataba con todas sus fuerzas de sacarse la idea de la cabeza, pero le resultaba imposible... ese castillo le importaba demasiado... ¡pero se suponía que debía odiarlo!... ¿o no?

Un gesto de Iori hizo que los tres se detuvieran. La imagen que tenían adelante era impactante.


Yamato clavó su espada en el pecho del primer guardia, al tiempo que Ken derribaba a dos con su nunchaku y lanzaba a Glittering contra un tercero, aunque sin demasiada puntería.

─¡Lo siento! ─se excusó.

─No hay problema. ¿Quieres que te la recupere? ─antes de que Ken contestara, Yamato ya se abría paso entre los guardias, caminando tranquilamente y girando su espada de un lado a otro. Ichijouji le cubría la espalda, matando con su nunchaku a los que zafaban de la espada de Ishida, Karma. En pocos segundos, el rubio llegó a Glittering y se la pasó a Ken, quien con mucha habilidad la agarró en el aire y la clavó en el estómago del último guardia, que se acercaba por su espalda.

─Doce en menos de dos minutos ─dijo Ken. Arrancó un pedazo de tela de uno de los cadáveres y limpió su espada, luego la envainó.

─Me gusta tu estilo ─lo cumplimentó Yamato─. Te felicito.

─Ey, ¡no fui yo el que acabó con ocho de ellos!

─Te doy el crédito ─exclamó Yamato─. Y a ustedes, ¿qué les pareció? ─su mirada se posó en Osamu, Iori y Hikari, quienes observaban la escena bastante asombrados.

─¿Ese fue mi hermanito? ¡Bien hecho, Ken! ─gritó Osamu, acercándose a su hermano y palmeándolo en la espalda. Ken se ruborizó levemente.

─¿Encontraron algo por allá? ─preguntó Yamato, mientras guardaba su espada.

─No, ni siquiera guardias ─dijo Hikari─. Apenas unos pocos... parece que ustedes están mucho más cerca.

─Sigamos por aquí ─dijo Iori, y encabezó la marcha sin consultarlo. Los demás se miraron, se encogieron de hombros y siguieron al pequeño Hida.


Seiya caminaba detrás del hombre gigante, quien no había vuelto a abrir la boca. Llevaba a Hirokazu fuertemente sostenido del cuello, aunque sin apretarlo demasiado. Sus armas descansaban en el hombro del hombre. Seiya podía matarlo en cualquier momento, pero tenía miedo de que eso pusiera en peligro a Hirokazu. A él no le importaba demasiado su vida, pero Seiya sabía que había personas, sobre todo una, que no se lo hubieran perdonado jamás. Y Hirokazu no quería morir, era la imagen que mostraba para no tener que luchar con la verdad... pero claro, nunca lo admitiría.

Estaban cruzando muchas celdas vacías, y Seiya moría por saber hacia donde iban. Estaba seguro que era una trampa, pero no podía hacer nada al respecto... solo prepararse y estar alerta.

─Oye, ¿a dónde nos llevas? ─preguntó Hirokazu, interrumpiendo un silencio sepulcral, apenas roto por los pasos de los caminantes. El gigante no contest─. ¿Qué, no piensas contestarme? ─silencio─. ¿Sabes qué? me tienes cansado.

─No, ¡Hirokazu! ─llegó a gritar Seiya, pero ya era tarde. Hirokazu había asestado un fuerte golpe con su cabeza en la cabeza del otro, recuperado su arco y ya estaba en posición delante de Seiya, preparado para atacar.

─Tengo que agradecerte por el paseo, la verdad es que no tenía demasiadas ganas de caminar... –dijo Hirokazu─. Pero ya descansé demasiado.

─Hirokazu, ¡espera! ─gritó Seiya─- No sabemos qué es lo que quería... ¿por qué no lo interrogamos primero?

─¡Siempre lo mismo! ─Hirokazu se había dado vuelta y había bajado la guardia, quedando de espaldas al gigante.

─¡CUIDADO! ─la daga de Kenta pasó por sobre sus cabezas y se incrustó en el hombro derecho del gigante, quien hizo esfuerzos sobrehumanos por no gritar–. ¿Están bien? ─Kenta y Takeru llegaron corriendo.

─Nunca hay que bajar la guardia ─murmuró Takeru─. Ahora, ¿quién termina con este hombrecito?

─¡Esperen! ─dijo Seiya─. Interroguémoslo.


Kenta y Takeru caminaban hombro con hombro, sin hablar. Ambos querían rebajar al otro, pero no era el momento. Y aún estaban algo impresionados por las acciones anteriores del otro, aunque Takeru llevaba las de ganar. Habían llegado a un cruce de caminos.

─¿Quiénes son ustedes? ─dos guardias les estaban cortando el paso, armados con sendas lanzas.

─Son míos ─dijo Takeru, lanzándose al ataque, pero Kenta lo detuvo agarrándolo del hombro.

─Vamos a necesitarte más tarde. Mejor descansa.

─¡Ey, claro que no! ─gritó Takeru, y comenzó a discutir con Kenta, ante la mirada asombrada de los guardias, los cuales después de unos segundos se decidieron a atacar y avanzaron con las lanzas en alto.

Takeru levantó su espada y cortó una lanza, cuya punta aterrizó en las manos de Kenta, quien se apresuró a clavarla en el corazón de su dueño, al tiempo que Takeru hacía lo mismo con el otro guardia.

─Dos ─dijo Takeru, de espaldas a Kenta.

─Tres ─murmuró Kenta. Takeru se dio vuelta asombrado─. ¡CUIDADO! ─gritó Kenta, antes de que Takeru terminara de girar. Su daga salió disparada y se clavó en el hombro de un hombre, que tenía la espada levantada a punto de matar a Hirokazu.


Continuará...