Digimon no me pertenece y escribo esta historia sin fines de lucro.

Editado 31/07/2015

La guerra de los 1000 años


14― Reunidos


Finalmente, los cuatro grupos se reunieron en dos. Yamato, Osamu, Ken, Hikari y Iori seguían un camino sospechoso, y Takeru, Kenta, Seiya y Hirokazu se preparaban para interrogar a un extraño hombre gigante.

Pero mientras tanto, en otro lado...

Una chica terminaba de escalar una loma. Se apoyaba en el suelo y respiraba entrecortadamente. Sus manos sangraban, y trataba sin caso de sacarse ese líquido rojo con olor a herrumbre que despedían sus manos. La luz del sol desapareció y levantó los ojos asombrada, para toparse con la cara y cuerpo de un hombre. No pudo distinguir bien sus rasgos por la presencia del sol.

―Te esperaba ―dijo él.

La chica se paró y lo observó atentamente. Su rostro le resultaba conocido, especialmente la llamativa forma de sus cabellos.

―Acaso eres adivino… ¿Cómo sabías que vendría? ―preguntó la chica, escondiendo sus manos tras su espalda. Él solo sonrió.

―Vamos.

―¿Que? ¿Crees que seguiré a un desconocido así porque sí? ―el hombre, sin dejar de sonreír, extendió una mano y le pasó un pañuelo.

―Más adelante hay un arroyo... para lavar tus manos —la chica enrojeció.

―No es necesario... puede arreglármelas sola...

―Está bien. ―Retiró el pañuelo y lo guardó―. Vamos ―insistió.

Dubitativamente, la chica lo siguió. Después de un par de pasos, paró en seco.

―Tú eres... Taichi Yagami, ¿no?

El hombre continuó caminando.

.

―Este lugar es muy sospechoso... ―murmuró Osamu. Caminaba hombro a hombro con Hikari, cuidando que no le pasara nada.

―Esta zona siempre fue usada para las personas que fueron encontradas tratando de entrar al castillo... no veo qué podremos encontrar aquí... ―respondió ella.

―Estaba muy resguardada, Hikari ―dijo Yamato―. Aunque no esté lo que buscamos, algo debe haber...

―Y podremos rebanar más cabezas ―lo interrumpió Ken.

Hikari suspiró y siguió su camino en silencio. Ya sabía lo que se venía ahora. Comenzaría a desear encontrarse con varios soldados desparramados por un corredor, para demostrar la fuerza de su Reino, y poder acabar ella con todos, solo para levantar su autoestima y para que los demás la admiren y olvidasen la mala impresión que tenían de todo.

Podría comenzar otra vez a luchar con su interior, pero... ¿para qué? Había cosas que no podía cambiar...

Yamato recordó a Sora. La valiente y terca princesa de ojos y cabellos de fuego que esperaba seguramente en una cama de enfermos en un lugar muy lejano la llegada de su príncipe de ojos de hielo... Yamato sonrió ante lo absurdo de la imagen. Seguramente, en ese momento Sora estaba destruyendo todo lo que había en su camino, buscando desesperada una respuesta acerca de adonde se habían ido... sonrió y sintió lástima de quienes tuvieran que vérselas con ella...

No quería pensar en ella.

Ken miró de reojo a su hermano. Caminaba con una gran sonrisa junto a la princesa Hikari, aparentando tranquilidad. Pero él sabía que no era así. Odiaba a su hermano. Era el preferido de sus padres; Osamu, el chico que manejaba todas las armas a la perfección; Osamu, el chico del piano; Osamu, el que terminó sus estudios con los mejores maestros; Osamu, el que tanto ayudaba a sus padres... 'Bien hecho, Ken!'... Ken se sintió lleno de orgullo, al fin pudo hacer sentir orgulloso a su hermano... lo odiaba, ¿o lo admiraba demasiado?...

Su hombro rozaba el de la princesa. Estaba preparado para defenderla, para saltar en su ayuda en cualquier momento. No podía dejar que le pasara nada. Le resultaba muy simpática, dulce, tierna... linda... ¿enamorado? No, para nada. La persona a la que Osamu amaba estaba muerta... por ese calabozo... muerta. Sabía que nunca podría amar a nadie más, que su Princesa lo esperaría por siempre...

―Alto ―susurró la suave voz de Iori.

.

Hirokazu y Kenta maniataron al hombre y lo dejaron en un costado del calabozo. Seiya se paró delante de él y lo observó con sus largos ojos azules. Así, atado, no resultaba amenazante. No era más que un hombre de estructura un poco mayor que la normal, alto y grandote, que vestía ropajes de colores tan deprimentes como los del calabozo, y que portaba una máscara que le cubría la mitad de la cara.

―¿Qué sabes? ―preguntó Seiya. Kenta se mantenía a un costado del hombre, para impedir que escapase. Hirokazu montaba guardia y Takeru estaba apoyado contra la pared―. ¿Qué sabes? ―repitió, nuevamente sin recibir respuesta―. No tenemos mucho tiempo. Te estoy dando una oportunidad que no le doy a la mayoría de mis enemigos, así que mejor aprovéchala. ―El hombre continuó en silencio. Seiya lo golpeó, haciéndolo caer de costado y asombrando a todos los presentes―. Yo... yo... lo siento... ―murmuró Seiya― lo siento mucho...

―Síganme ―murmuró el hombre, tal vez tan asombrado como Seiya.

―Hey hey hey, aquí somos nosotros los que mandamos ―exclamó Hirokazu, pero Takeru y Seiya ya habían emprendido la marcha.

.

Los cinco guerreros estaban detenidos en un cruce de caminos. Delante de ellos, el camino se extendía hacia abajo, oscuro y silencioso. A su derecha se encontraba iluminado, y a su izquierda había un guardia dormido custodiando una celda vacía. Después de eso solo veían celdas.

Yamato se acercó hasta el guardia y lo pateó, haciendo que se despertara sobresaltado y agarrara enseguida su ballesta.

―Queremos que nos digas donde está el Príncipe Daisuke ―ordenó Yamato, observándolo desde arriba.

―¿Q. Quien eres? ¡Contra la pared o te mato! ―rugió, temblando.

―Por favor... ―murmuró Yamato, pero en ese momento sintió como algo frío y filoso se posaba en su cuello.

―No te preocupes ―dijo Hikari―, No tienes que tenerle miedo ―le hablaba al guardia―, yo puedo matarlo.

―¡P. princesa! ―exclamó, arrodillándose―. ¿Este es el hombre que la raptó?

―Eh... sí ― dijo Hikari, sorprendida―. Ayúdame a atarlo.

Yamato se dejó atar, esperando que alguno de los demás vinieran a rescatarlo, pero no aparecían por ningún lado. Parecían haber sido borrados del mapa. ¿Qué tendría en mente Hikari?

―Bueno. Ahora que está atado, tengo que llevarlo al calabozo.

―Pero princesa... la creíamos muerta... deje que yo me encargue de esto, Usted corra a ver a su padre... todo el mundo está muy preocupado...

―No, está bien... primero quiero encargarme de este hombre... ¿dónde están las celdas para estas personas?

―Insisto, princesa. Deje que lo haga yo. Enseguida llamaré a alguien para que la escolte hasta arriba... ―el guardia sacó un silbato y lo acercó a sus labios. Hikari, desesperada, le pegó en la mano y el silbato voló―. P. Pero... princesa, que... ―esas fueron sus últimas palabras. Murió atravesado por una lanza.

―¿Esta bien, princesa? ―preguntó Iori. Hikari cayó al piso.

―Yo... sí... estoy bien... ―murmuró. Se sentía mal por el guardia... pero...

―Será mejor que lo desatemos y nos apuremos. Los demás ya se han adelantado.

―Si... sí, tenemos que hacer eso... ―Hikari se levantó a duras penas, cargando con el peso de un guardia inocente que acababa de morir porque ella no supo planear de antemano.

.

―Oye... ¿por qué lo siguen? ―preguntó Hirokazu.

―No importa, camina ―le dijo Kenta, empujándolo―. Es mejor no hacerlos enojar.

Continuaron en silencio. El hombre caminaba delante, Takeru y Seiya pegados a él. Kenta y Hirokazu se mantenían a prudente distancia. Sentían la tensión que se había formado en el ambiente, parecía provenir de todos y de ningún lado. Takeru caminaba con su sonrisa de siempre, aparentando que todo estaba perfecto... Solo Kenta y Hirokazu eran conscientes de que estaban en el calabozo del castillo del Reino del Trueno, siguiendo a un total desconocido que debía llevarlos con su príncipe. Ambos suspiraron al mismo tiempo. Se miraron de reojo y Kenta dejó escapar una risa, a la que Hirokazu no contestó.

No entendieron bien lo que pasó, pero de repente había una flecha clavada en el hombro del pequeño príncipe y a sus espaldas algo cayó. Giraron asombrados. Había tres guardias al borde de la muerte; todos portaban arcos y cada uno tenía una daga en su cuello. Creían que el hombre iba desarmado, pero al parecer tenía algo escondido.

Takeru estaba en el piso, la sangre caía a chorros. Miró la flecha, cerró los ojos y la arrancó. A duras penas se pudo parar.

―Estamos acercándonos, ¿no? Este lugar parece peligroso, lleno de guardias... ―dijo, con su habitual sonrisa.

La sangre seguía corriendo, pero no le hizo caso y siguió caminando, encabezando la marcha. El hombre se acercó, lo agarró del hombre sano, lo tiró al suelo y aferró sus brazos. Luego le pasó una serie de vendas a Seiya, quien rápidamente comenzó a aplicar un rápido vendaje.

―Estoy bien, no es necesario ―protestó Takeru, pero no le hicieron caso.

―Caminen con cuidado ―fue lo único que dijo el hombre. Todos lo siguieron.

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―¿Qué acaso esto no termina nunca? ―protestó Ken―. Princesa, ¿sabe hacia dónde nos dirigimos?

―Bueno, en realidad, yo... nunca estuve por aquí. Nadie permitiría que la dulce y tierna princesita se acercara ―se excusó. Los demás rieron ante la idea de Hikari como una "dulce y tierna princesita".

―Supongo que debemos seguir derecho, entonces ―opinó Yamato.

―Sí... pero...

―Escucho voces ―murmuró Iori. El resto se detuvo y agudizó los oídos. De algún lugar llegaba el suave rumor de gente hablando, quizá... ¿festejando?

En silencio continuaron avanzando, agazapados contra las paredes y conteniendo la respiración. Hikari iba primera, y sin darse cuenta llegó a un cruce de caminos. Sintió una mano en su hombro, pero no gritó. Estaba dispuesta a defenderse sola. Movió su mano hasta su daga.

―Está bien, princesa ―murmuró una voz en su oído. Giró sobresaltada.

Seiya, Takeru, Kenta, Hirokazu y un hombre extraño estaban tras ella.

―¿Está bien, princesa? ―repitió Seiya, sonriendo, esta vez como pregunta.

―Silencio ―murmuró Iori. El rumor de voces se iba acrecentando.

―Este hombre es de confianza ―dijo rápidamente Seiya ante la mirada desconfiada que lanzaba Yamato al hombre que en ese momento besaba la mano de Hikari―. Nos salvó la vida, especialmente a tu hermano.

Recién en ese momento notaron las vendas en el hombro de Takeru, ligeramente manchadas de sangre.

―¿Estás bien? ―preguntaron Hikari y Yamato, pero él contestó con un movimiento de mano.

―Es mejor no hablar ahora ―siguió Seiya―. Después nos ponemos al tanto, preparémonos para la batalla y avancemos. Creo que este viaje está llegando a su fin...

Todos se miraron y de a uno fueron asintiendo, Hikari la última. No era esa la manera en que hubiera deseado terminaran las cosas, pero ya no le quedaba otra. Tenía que elegir, y había elegido. Iba a salir de ese calabozo con el príncipe Daisuke tras ella.

Continuara…