La Guerra de los 1000 años

-Princesa... que desea que hagamos con él?- preguntaron Lee y Takato, irguiéndose enseguida ante la llegada de la joven Yagami.

-Sólo... déjenme sola con él por unos minutos... hay alguien abajo?- preguntó, indicando el comienzo de las escaleras hacia los calabozos.

-Desde que Ryo lo dejó solo Ruki ha entrado, y ya ha vuelto. Fue a llevarle medicina- contestó Lee. Hikari trataba de parecer seria y serena, pero los jóvenes no podían evitar sentir lástima al verla.

-Está bien. – Pausó antes de continuar.- Que nadie me moleste.- Los jóvenes asintieron y ella comenzó a bajar los escalones.

-Señor Yagami...- susurró dulcemente Mimí. Las puertas enseguida se abrieron para ella.

-Qué sucede, querida? No es muy tarde para que estés despierta?- preguntó, sonriéndole afectuosamente.

-Es que... deseaba tener unas palabras con su persona antes de ir a dormir, si no es mucha molestia.

-Bueno... – el Rey dejó a un lado el libro y los papeles que lo ocupaban unos segundos antes. – Para eso debemos llamar a Yöjiro, ya sabes que no puedo tener conversaciones contigo sin estar él presente.

-Será solo unos minutos, se lo aseguro... y además, es algo que... realmente necesito que solo Usted esté presente- el Rey la observó con una media sonrisa condescendiente.

-Lo siento Mimí, reglas son reglas- y caminó hacia la puerta, dispuesto a llamar a algún guardia.

-Pero no es Usted el Rey? No se supone que Usted hace las reglas?- espetó, elevando levemente la voz. Corrió la vista cuando él giró a verla.

-Voy a mandar a llamar al Senescal ahora mismo. Si espera unos pocos minutos, podremos hablar sobre cualquier cosa que creas necesaria.

-Dónde está Hikari? Estas vacaciones han sido muy largas ya! Exijo verla ahora mismo!- agregó luego de una pausa. No le gustó para nada lo que vio en los ojos del Rey.

-Como manejo la libertad de mi hija y heredera me parece que me incumbe solamente a mi, señorita.

-Y la de Taichi también?!- gritó. Toiki Yagami hizo señas a un guardia para que corriera a buscar al Senescal.- Por qué tiene que venir él?! Quiero tener una conversación PRIVADA con mi antiguo suegro! Usted es el Rey! Por qué tiene él que estar en todo?!- estaba desesperada gritando y observando de reojo una puerta a su derecha. Dónde estaban?!

-Señorita Tachikawa, me temo que está siendo irrespetuosa conmigo. Voy a verme obligado a devolverla a su nueva familia en este instante, o en el peor de los casos, tendré que enviarla a ocupar un lugar en las frías mazmorras..

-Es que no ve a dónde está yendo su Reino?! Todo por escuchar a ese maldito senescal! Y le digo algo: esa es la misma razón por la que Taichi se fue!

-Mimí haz silencio!- tronó el Rey.- Guardias! Dónde está Yöjiro?!

-Yo lo sé! Lo sé por que él siempre confió en mí más que en nadie, más que en Usted y su monarquía compartida! En mí y en su hermana, quién convenientemente está de 'vacaciones' ahora!

-Mimí te lo advierto!- gritó, acercándose a ella con una mano en alto. Tachikawa lo observó desafiante.

-Y 'vacaciones' dónde, me pregunto?! En cuál de todos los Reinos en guerra?!

-Callate!- gritó el Rey, y abalanzándose hacia ella comenzó a ahorcarla. En ese momento las puertas se abrieron y dos guardias ingresaron a tiempo para ver a su Monarca ahorcando a la dulce joven de grandes ojos castaños que tan apreciada era por todos.

-Quiso matarme! Quiso matarme, el Rey quiso matarme!! Lo vieron?! A MÍ!!- exclamó, con una mano acariciando su delgado cuello y abanicándose con la otra.

-Señor Majestad!- exclamó uno de los guardias, formando frente a él, pero en sus ojos se veía una pizca de tal vez decepción. – Me temo que tiene que acompañarnos en este instante a los aposentos de Yöjiro-Sama... algo terrible ha ocurrido!

Aún impresionado por lo que acababa de acontecer, Toiki siguió a los guardias, con Mimí aún haciendo berrinche tras de ellos. Su escándalo estaba atrayendo a grandes multitudes de habitantes del castillo.

-No hagas ningún ruido y todo tendrá una explicación lógica y razonable y no habrá heridos que tengas que curar- las palabras fueron dichas en un rápido y helado susurro, que erizó los pelos de la nuca de Jyou Kido, el filo de una espada se adueñó de su cuello y no se atrevió a moverse. Pero esa voz le era conocida, y solo había una persona que podía acercarse a él por la espalda sin que lo notara... pero no podía ser... o sí? – Ahora lentamente vas a darte vuelta, manos en alto. Y al primer ruido, esta espada atraviesa tu pecho.

Jyou hizo lo ordenado, ojos cerrados. Y una vez estuvo en la posición ordenada, lentamente abrió sus grandes ojos oscuros.

-Yamato! Matt!- susurró, sus ojos muy grandes por la sorpresa, y la espada se acercó más a su cuello.

-Te dije que hicieras silencio!- rugió, aunque sin levantar la voz. Más bien era su rostro el que decía todo. Kido obedeció. Pasados unos minutos en que Ishida lo miró amenazante y el peliazul hizo silencio de ultratumba, la espada regresó a su sitio en su vaina.

-Yamato! Casi me das un susto de muerte!- murmuró Jyou, abrazando brevemente al rubio.

-Casi te doy muerte, que no es lo mismo... – Kido palideció, y Yamato esbozó una breve sonrisa.

-Dónde has estado? Que pasó todo este tiempo, por que apareciste acá, que-

-Silencio! No hagas tantas preguntas! No tengo tiempo para eso, escucha estoy en un problema y-

-En más de uno, creo!- dijo Jyou, y su comentario logró que Yamato volviera a desenvainar su espada y apuntarla a su cuello.- Oye que pasa? Yo precisamente no soy uno de tus problemas!

-Lo siento- susurró, nuevamente envainando.- Creo que estoy un poco susceptible últimamente. Escucha!- agregó, antes de que Jyou volviera a interrumpirlo.- No hay tiempo de nada ahora, todas las explicaciones llegaran a su debido momento. Dime, quién está a cargo de esta cruzada o como quieras llamarla?

-De nuestro lado, el Senescal Maneta-

-Manco- interrumpió Yamato, logrando que el joven de anteojos sonriera.

-El senescal... manco, y del Reino del Fuego, el consejero de la antigua Reina, Iwomuro. Su princesa también ha desaparecido y-

-Ya lo sé, lo sé!- exclamó, perdiendo la paciencia.- Escucha Jyou, no vayamos a explicaciones innecesarias ahora por que TE REPITO, no hay TIEMPO! Dime ya, que es esta alianza? Por qué ha sucedido?

-Bueno... lamentablemente no soy la mejor persona para preguntar eso – una mirada de reproche en su rostro.- Debido a mi amistad con su Alteza- hizo una exagerada reverencia- tu querido senescal manco decidió que no soy de confianza y deliberadamente me apartó de las reuniones y toma de decisiones importantes... no pudo sacarme mis tropas por que es un puesto hereditario. Todo lo que puedo decirte proviene de lo que Shin me ha dejado saber.- Yamato lo miró impaciente.- Visto que el Reino del Trueno también ha perdido una hija, se llegó a la conclusión de que aunque hayan raptado a Su Alteza – nueva exagerada reverencia- y a otros nobles de Reinos circundantes, en realidad el único culpable es el Reino del Viento. En realidad es solo que son más débiles y fáciles de combatir.

-Fáciles de combatir para qué? Jyou, que piensan hacer cuando destruyan a este Reino?- Kido sonrió tristemente antes de contestar.

-Quieres saber que va a pasar? Nada más fácil. Nuestras tropas irán en guerra contra las tropas del Reino del Fuego por la posesión de estas tierras... y nos limitaremos a repetir ciclos y ciclos de historia...

-Y por qué no detienes esto? Si es inútil! El Rey Izumi ni siquiera está ahí adentro!

-Eh? Cómo sabes eso?- hizo silencio.- Yama, de dónde vienes?

-Te dije que te contaré todo en otra oportunidad. Lo sé por que nosotros lo matamos.

-Nosotros? Quienes nosotros? Yamato no te entiendo!

-No hay nada que entender! Escucha- miró hacia todos lados, temiendo que alguien pudiera estar escuchando desde el otro lado de la carpa.- No voy a permitir que mi Reino vaya en una batalla absurda contra el Reino del fuego, por que pueden perder- unos ojoz rojizos aparecieron en su cabeza, y Yamato sabía que no estaba diciendo esto actuando por preocupación hacia su gente justamente. – Después de eso van a desbandarse y la guerra no habrá servido para nada. Así que lo que vamos a hacer, querido amigo Jyou, es matar a Maneta.

-Está bien – respondió tranquilamente Kido, y para asombro de Ishida, desenvainó su espada y la observó a la luz de las velas que iluminaban la carpa. – Qué quieres que haga? Que la lance desde acá y llegue hasta su cuello, su corazón, su rodilla, su-

-Joe no estoy para bromas!- gritó exasperado, levantando la voz.

-Silencio!- murmuró él, sorprendido ante el abrupto cambio de papeles. – Matt, no podés aparecer después de todo este tiempo y decidir matar a quien está a cargo del Reino! Que piensas hacer después?

-Tomar cargo de mi Reino.

-Yamato... no tenés 23 años!!- protestó, incómodo mirando hacia los costados, temiendo que alguien anduviera cerca de su carpa. Sólo las sombras de árboles se apreciaban.

-Pero soy el heredero, y en estas desesperadas circunstancias, no creo que haya mucho tiempo de quejas... Jyou, ya lo tengo todo planeado!- agregó, antes de que el mayor volviera a protestar.- Pasaron muchas cosas mientras no estuve, y no voy a aparecer repentinamente si no tengo un plan. Escucha atentamente!!

Al llegar a la celda, pudo ver a su 'hermano' acurrucado en una manta en un rincón, tratando de aplicarse una venda con su mano lastimada. Suspiró.

-Déjame ayudarte- recién en ese momento Taichi levantó la vista y notó su presencia, tan concentrado había estado en lograr un vendaje correcto. Hikari amagó con abrir el portón, pero Taichi la detuvo.

-Yo no lo haría si fuera tu, Princesa. Quien sabe que puedo hacerte en estas profundidades...- haciendo caso omiso, Yagami menor entró y comenzó a desvendarlo.

-Que... hiciste todo estos años?- preguntó, luego de largos minutos de incómodo silencio. Taichi demoró en contestar.

-La vida en palacio era... imposible para alguien como yo...

-Alguien como vos? Qué es 'alguien como vos'?- preguntó, con desagrado.

-Llevar adelante un imperio... contraer matrimonio con una caprichosa y retardada castaña... ser responsable de las vidas de millones de ciudadanos... dirigir!- las últimas palabras las gritó, y Hikari lo golpeó, haciéndolo caer sobre la manta. Abandonó la celda, para apoyarse sobre las frías paredes de piedras y observarlo desde allí.

-Creí que la amabas... o que te gustaba, al menos... parecías tan feliz al lado de ella... disfrutaste viéndola desfilar cada día junto a ti, de la mano del Rey Izumi?- preguntó, irónica. La sangre hervía en su interior.

-Ella era el menor de mis problemas- contestó, con indiferencia. Se irguieron en silencio largamente.

-Siempre hablabas de conducir imperios... de llevar a tus tropas a la guerra, de mostrarles el camino hacia la victoria... erguir estatuas en tu nombre, en el de ella, en el mío... eregir nuestro emblema hacia lo alto...

-Pensé que ya lo habías entendido, Hikari- dijo, con pesar y algo de decepción.- Ahora vos eres la heredera... y cuando se espera tanto de vos, que se puede hacer, más que hablar, inventar historias, reflejar la imagen que se espera de nosotros y...- se calló, observándola seriamente. – No lo has hecho ya, Princesa?

-O sea que mi hermano me mintió todos estos años?- preguntó, sus ojos brillando con futuras lágrimas.- Las historias de tus hazañas que me contabas antes de dormir... el Valor que querías demostrar... hasta tenías nombradas las batallas...! – hizo silencio.- Fueron simplemente imágenes que no pensabas cumplir?... era necesario representar una obra de teatro frente a tu hermana menor, también?- una lágrima comenzó a caer.

-Aún recuerdas todo eso?- preguntó, inmune a su dolor.- Deberías crecer, Hikari...

-Cuéntame una- soltó, deslizándose hasta quedar sentada frente a él, barras de por medio. Las lágrimas habían desaparecido y ni rastros quedaban de ellas.- Una de esas historias... de que trataban?- Taichi no contestó enseguida. La observaba con una sonrisa irónica, y antes de comenzar a hablar elevó la vista hacia el techo.

-De caballos... cabalgaba con mi veloz amigo al frente de menguados números... y aún así, los llevaba a la victoria... alababan mi valor, mi coraje... me seguían ciegamente. Y estatuas erguía para vos, para tu delicada Luz que sabía me había seguido todo el tiempo... y básicamente variaba de Reino o nación... pero Hikari- tosió salvajemente. La joven ni se inmutó.- ¿Para qué quieres saber todo esto? ¿No estás más interesada en saber que fue lo que me obligó a terminar sirviendo acá?

-Creí que ya lo habías dicho.- Sus ojos seguían fijos y serios en él. No más signos de dolor o ingenua inocencia. – Te cansaste de la obra de teatro que tenías que representar ante mi. Tu pequeña hermana.

-Ante todos Hikari. No solo ante mi pequeña y dulce hermana. Y luego – siguió, al no recibir respuesta de ella.-, perdido en las inmensidades de la Zona Libre

-Creí que la conocías como la palma de tu mano- lo interrumpió.- Eso es lo que solías decirme.

-Historias... imágenes... Hikari... como decía... perdido en las inmensidades de la Zona Libre, encontré a este joven pelirrojo siendo perseguido por una serpiente.. y podés creer que a pesar de poseer capacidades incontables de Poder del Viento, el pequeño príncipe no podía matarla? Lo único que podía hacer era elevarla altamente por los aires, alejarla, acercarla, pareciera que jugara! pero no podía matarla... así que yo, haciéndole el favor, la acabé de un certero rayo... y ahora vamos al final feliz, encontré un lugar donde no era una imagen... donde podía andar a mis anchas, protegido por altos muros inquebrantables que no dejarían pasar mi identidad. Y los reyes fueron tan gentiles, jamás obligándome a filtrar información sobre mi querido Reino. Y después pasaron los años, Koushirou asumió y... bueno. Él...

-Él qué?- preguntó, tratando de apurarlo.

-Él... era una persona muy inteligente, Hikari... muy inteligente... su Conocimiento sobre amplias cuestiones era... no encuentro palabras para describirlo. Era sabio.- Silencio.- Pero la sabiduría mal empleada lleva a cometer imprudencias, y Koushirou se encontró solo y desesperado sentado en un trono, empujado a una Guerra sin sentido ni posible final, y tantas dudas tenía... detestaba tener dudas, sabés?- silencio.- Quería saberlo todo... y empezó a atacar. Perdió el control. Y yo, Hikari, hermanita... lo seguí, por que él era mi mejor amigo, por que me estaba dando la posibilidad de dirigir tropas, de que mi voz sea escuchada y yo alabado. No busques más verdad que esa. – La joven Yagami siguió observándolo, inmóvil en su sitio. Finalmente, se levantó y comenzó a alejarse. – Hikari!- gritó, levantándose y apoyándose en las rejas. Ella se detuvo en su sitio, pero no giró para observarlo.- Qué vas a hacer conmigo?- ahora sí, la castaña giró.

-Nunca antes me habías llamado Hikari- dijo. Taichi demoró en contestar, seguramente asombrado ante la inesperada frase.

-Bueno, Hi... Kari- armó, nervioso.- Las cosas... cambian... ya no tenés 7 años... – silencio.- Eh... no voy a pedirte que me liberes alegando viejas memorias, por que sé todo lo que hice y sé que me merezco estar acá... pero tenés alguna idea de si...?- para su sorpresa, Hikari se acercó, abrió nuevamente las barras y acercándose a él, lo abrazó. Torpemente, el joven devolvió el abrazo. Luego de unos minutos de silencio, ella lo soltó y abandonó el lugar. Taichi sonrió en su sitio.

-Nadie sabe como ha ocurrido- exclamó el guardia frente a los aposentos del senescal aún antes de que el Rey llegara, y sin detenerse a hacer las reverencias indicadas.- No ha habido movimientos ni cambios por esta puerta, y no hemos escuchado ningún ruido extraño.- Toiki lo corrió a un lado y abrió ambas puertas.

La habitación se encontraba potentemente iluminada por lámparas recientemente agregadas. Todo estaba en perfecto orden: armas, libros, hasta la colección de cabezas de animales asesinados por Yöjiro estaban igual que siempre. Precavidamente, el Rey se internó con una lámpara de mano, tras él cuatro guardias y Mimí, aún sosteniendo su cuello y gritando lo que el Rey acababa de intentar hacer con ella.

Al fondo se encontraba la cama del senescal, perfectamente ordenada como siempre. Pero sentado sobre él, su misma seria y malvada expresión de siempre en su rostro, el senescal yacía con una daga incrustada en lo más hondo de su pecho. Un débil hilo de sangre caía por su boca. Toiki se acercó hasta quedar cara a cara con el cadáver, y de un solo tirón la arrancó.

Cubierto en sangre, el escudo de su propio Reino brillaba. El escudo real.

Con un potente grito arrojó el arma a un costado, y desesperado empezó a revolver entre cajas y libros hasta llegar a un pequeño recipiente de madera cerrado con candado. El candado roto colgaba de sus goznes.

-El anillo de Hikari!- gritó- Esa niña del demonio!

-El Rey quiso matarme!- gritó Mimí con toda la fuerza de sus pulmones.

Y el Rey abrió los ojos y recordó que un gran número de su guardia estaban ahí. Y habían escuchado todo.

-Princesa...- murmuró interrogativamente Lee al verla regresar. Ella demoró en emitir sonido.

-Mátenlo- fue su sentencia.

A duras penas Mimí logró escabullir los cientos de manos que deseaban escortarla hacia sus habitaciones y buscar un médico para que revisara su precioso cuello. Una vez allí, juntó un par de vestidos y joyas y cosméticos en un pequeño baúl de mano, y se alejó hacia los calabozos. Había habido un cambio en los planes que no terminaba de entender, pero no iba a quedarse ahí a esperar que alguien fuera a interrogarla. Ella había cumplido con su parte y había armado pequeño escándalo. Todo el castillo sabía que el Rey había querido 'asesinarme, matarme! Me ahorcó, a mí! Yo solo trataba de ayudar!', y de paso y sin que ella lo previera, lo habían escuchado maldecir a su pequeña y adorada hija. La voz empezaría a correr y... bueno, multitudes en contra de un monarca quien, sin su por todos odiada mano derecha, tendría que tratar de llevar adelante un Reino descarriado... había que encontrar a Hikari rápidamente para que ocupara su trono!

-Mimí, por acá!- tan concentrada iba en sus cavilaciones que olvidó hacia donde se dirigía, y de no haberla encontrado Miyako en ese segundo, se hubiera perdido en los calabozos.- Tendrás que dejarte caer, Takeru y Ken están abajo para agarrarte.

-Yolei, por qué no aparecieron?! Y por qué está muerto el senescal?! Explícate!- exclamó, abrazando su maleta y mirando con desconfianza al pozo al que quería que saltara.

-Por qué demoran tanto?! Salten!- exclamó Ichijouji desde abajo.

-Te explicaremos todo luego, -susurró Miyako- ahora

-Qué hacen ahí?! CONGÉLENSE!- gritó una voz, y una luz las cegó por unos momentos. Guardias armados se acercaban corriendo, armas en mano.

-MIMÍ SALTA!- exclamó Yolei, y la empujó hacia lo hondo. En segundos tuvo su espada desenvainada y se preparó para recibir el ataque. – 'Soy fuerte. Soy fuerte. Sé pelear. Le demostraré a Ken que las mujeres sirven para algo además de cocinar!'- pensó, antes de asestar la primera estocada y sentir como era arrojada salvajemente hacia atrás. Observó la hoja de su espada y al tiempo que veía la sangre se levantaba para seguir luchando. Ken y Daisuke habían salido del túnel y también comenzaban a luchar.

Apoyada contra una pared para no perder el balance, luchaba mientras repasaba las lecciones aprendidas con Iori. 'Estocada derecha, pie izquierdo delante, abajo, defensa y...'

-MIYAKO ENTRA AL TÚNEL!- exclamó Ken, majestuosamente luchando cerca de ella.

-No lo haré! Yo también puedo luchar!- contestó. No sabía que tan certeros sus golpes estaban siendo, pero había sangre por todos lados y no la estaban lastimando demasiado.

-Yolei no puedo concentrarme en la pelea y en cuidar de ti también!

-Entonces no lo hagas!- gritó, certeramente bloqueando un ataque y logrando que su oponente cayera y perdiera su espada. Ken suspiró.

-Las mujeres no sirven para pelear

-Lo estoy haciendo mejor que tú!- gritó, golpeando a alguien pero a la vez cayendo ella al piso. En menos de un segundo estuvo de pie de vuelta.

-Seguro- murmuró Ichijouji, y derribó a dos oponentes de un solo golpe.

Daisuke a su vez peleaba con maestría, y Takeru e Iori defendían la entrada al túnel para que nadie se acercara.

-Esto no funciona, son demasiados y van a seguir llegando!- dijo el rubio.

-Qué propones que hagamos?- preguntó Daisuke. Pero al mirar hacia él tropezó con un cadáver y cayó hacia atrás, perdiendo su espada en el camino. Su oponente ya estaba sobre él, espada en mano.

-Príncipe!- gritó Ken, soltando al guardia con el que estaba luchando y corriendo hacia donde Motomiya estaba. Pero la distancia era demasiada y ya una espada estaba interponiéndose en el camino, y antes de que pudiera reaccionar, súbitamente quien estaba a punto de matar al príncipe cayó hacia delante, la punta de una espada asomando por su abdomen. Con un certero tirón, Miyako arrancó su espada y ayudó a Daisuke a levantarse. Inmune a la pelea, Ichijouji observaba la escena, como detenido en el tiempo.

-Están llegando más!- gritó Takeru, quitando a todos de su hechizo. Y truenos comenzaron a llenar el lugar, golpeando a guardias que inútilmente trataban controlarlos.

-Vamos!- gritó Iori, empujando a Daisuke y Miyako dentro del túnel, para luego deslizarse él.

-Hikari! Es Hikari!- gritó Takeru, al sentir como Ken tironeaba de él.

-Ella sabe por donde ir- musitó Ken, empujándolo al pozo.

-Pero es Hikari! KARI! Dónde estás?!- gritó, soltándose desesperado.

-VAMOS!- y con esto, lo empujó dentro.

La baldosa secreta se cerró.

-Hikari!!- gritó Sora sorprendida, corriendo hacia la pequeña castaña. Yagami la observó sin emitir sonido. 10, 15, 20 segundos... y luego, con un ensordecedor grito, se dejó caer en sus brazos, llorando amargamente. La Princesa del Fuego agarró la delicada cabeza de la joven y la apretó contra su pecho, dejando que la pequeña se descargara, sintiendo en carne propia el dolor que la traspasaba en esos momentos. Ella también había perdido gente, y ella también había tenido una vez que elegir entre la vida y la muerte de otro ser humano...

-Tenemos que irnos Sora... tenemos que irnos... por favor...- susurró, entre llantos y gemidos.

-Nos iremos Kari, tranquila... Yamato volverá pronto y nos iremos... – trató de tranquilizarla, acariciando sus suaves cabellos.

-No Sora, no entiendes!- gritó, soltándose de ella.- Yo... yo tengo que ir a mi Reino! Tengo que ir ya y hablar con Mimí, ella tiene que saber que es lo que pasó! Ella... Yamato no puede ir con nosotros, no podemos ser muchos y... tengo que ir ya! Me voy ya!- dicho esto se separó y comenzó a caminar en dirección contraria. Takenouchi agarró su mano delicadamente y la obligó a voltearse.

-Está bien, Hikari. Vamos a irnos. Vamos a irnos ya.

Jyou caminaba inseguro de una punta de la tenuemente iluminada carpa a la otra. Era conciente de que sus manos temblaban, del sudor apareciendo en su frente, y de su inconfundible costumbre cada vez que estaba nervioso: sus anteojos en su mano, limpiándolos suavemente. Miró a su alrededor: vacío. Iban a estar totalmente solos, tal como el arriesgado plan de Yamato requería. Suspiró y cerró los ojos, preparándose para la acción.

Recordaba a Yamato cuando era un crío, escasos 5 años, y él el hijo del prominente médico real. Cuándo se habían conocido, imposible recordarlo... pero con escasos 6 años, un pequeño Jyou empezó a notar que su amigo rubio no era un niño normal: más allá del decoro con el que era tratado y de los cuidados que se tenían con él, aunque no era para nada un niño enfermizo, Matt tenía la increíble habilidad de generar Hielo solo con desearlo y transmitir sus ansias al anillo que residía en su mano: un solitario lobo azul, respaldado por potente y poderoso hielo, gris como la mirada de Ishida, cada vez que alguien mostraba excesiva confianza hacia él. Jyou también podía utilizar Hielo, pero podía controlarlo, tal como todo ser humano con ancestros puros, pero no podía crearlo, de la manera que Matt hacía.

Sí, el pequeño Matt era un Príncipe de líneas puras, y tenía el poder que solo corría en las venas de los descendientes directos del Rey: por qué, nadie podía saberlo, lo único claro era que si podías controlar algo de Hielo, eras bienvenido en el Reino y podías habitar en él, y si te unías en matrimonio a alguien de otro Reino, entonces tus descendientes no tendrían poder para controlar nada, más que tal vez unos delicados copos de nieve, una suave brisa jugueteando entre los árboles, la llama de una vela o el sonido de un trueno... y si no podías con ninguno de los cuatro elementos, entonces mejor era dirigir tus pasos hacia el Reino de los Humanos, donde todos eran bienvenidos y residían en su tranquila ausencia.

Y Jyou sabía que hoy Yamato era su compañero de juegos, pero en unos años iba a ser Grande, y Grande en todo sentido, y él iba a tener que hacerse cargo de su salud, tal como su familia venía haciendo hacía generaciones. Por razones del destino, su tío terminó muriendo y aparte del rol de Médico Real le tocó el de Capitán de una de las mayores tropas que el Reino poseía, pero eso era historia diferente.

La lona que recubría su carpa fue corrida abruptamente y el General Maneta ingresó antecedido por dos guardias. Era un hombre rechoncho y bajito, su cabeza siempre había hecho pensar a Jyou en una calabaza. Con Yamato solían reír acerca de eso, pero esos días parecían tan lejanos ya... su brazo derecho estaba cortado en la mitad, arriba del codo: Jyou mismo había tenido que hacer la amputación.

-Capitán Kido, puede decirme que necesidad tiene de mis servicios a esta hora, cuando nuestras tropas están en medio de una cruenta batalla de la que no lo veo formando parte?- Jyou omitió en su cabeza las últimas palabras.

-Lamento que no sea momento propicio, pero estuve haciendo unos estudios en su problema y... – con la vista indicó a los Guardias, y notó como Maneta se ponía ligeramente nervioso.

-Retírense por favor. El Doctor y yo tenemos algo importante sobre lo que hablar. Puedo escoltarme solo hasta mi carpa, gracias- dijo, escuetamente. Sendos guardias se apresuraron en obedecer. – Qué es lo que has descubierto?- preguntó, inquieto.

-Primero quiero asegurarme que no hay nadie cerca. Es... conveniente para Usted mismo que nadie escuche la información que estoy por darle.- Maneta tragó saliva, y Jyou salió por unos segundos. En seguida entró nuevamente, sus gafas en sus ojos nuevamente.- Está vacío. – Pausa-. Estuve investigando las células extraídas de su brazo, y me temo decirle que-

Un ruido en la propia carpa sobresaltó al Senescal, quien se apresuró a girar, y cuál fue su sorpresa al encontrarse frente a frente con un par de jamás olvidados ojos azules y rasgados.

-Sorprendido?- preguntó con dulce ironía Yamato, su espada desenvainada y en alto.

-Q.que?- preguntó desesperado, mirando alrededor. Jyou bloqueaba la salida.- Q. Que es esto? Príncipe Usted- hizo silencio al saber que no tenía nada que agregar.

-Confiabas en que estaba muerto, no es así? Y seguramente fuiste tú mismo quien ayudó a los Rebeldes a ubicarnos ahí adentro.

-Príncipe, que está diciendo?- exclamó ofendido, su decoro súbitamente volviendo a él, luego de un primer momento de incertidumbre. – Yo jamás...- se apresuró a arrodillarse a sus pies.- Kido, apresúrate a hacer una reverencia!- murmuró.

-En pie- susurró fríamente el rubio, sus palabras cortando como cuchillos. El Senescal no hizo movimiento alguno. – En pie!- repitió, levantando la voz pero sin gritar. Esta vez el rechoncho hombrecito se apresuró a obedecer. Al levantar la vista, vio el refulgente fulgor de la espada de Yamato en el aire.- Muere como un hombre!- gritó, sin importar que su grito llegara hasta las mismas puertas del castillo.

Y eso fue todo. Ahí yacía lo que quedaba del Senescal Manco, no más que un montón de grasa y sangre. Yamato no sonrió, por que matar nunca lo hacía feliz. Pero ni siquiera tuvo tiempo de limpiar su espada antes de que guardias empezaran a llegar, y pasados los primeros segundos de estupor, uno a uno, todos fueron cayendo a sus pies. Y la voz corrió, y más rápido y fácilmente de lo que esperaba, Yamato se encontró de repente frente a frente con todos los demás Capitanes y Generales que estaban dirigiendo esas tropas y decidiendo el futuro de un Reino que solo él tenía el poder de decidir. Y si bien era una de las pocas cosas buenas que le habían pasado en los últimos días (no lo único, se apresuró a pensar con orgullo), algo le decía que no todo estaba bien y que tendría que esperar antes de alegrarse...

-Dónde estabas?- preguntó Iwomuro, al ver a Ryo aparecer cabalgando tranquilamente.- Te he estado buscando. Algo ha pasado entre las tropas del Reino del Fuego. He visto mucho movimiento por ahí.- Ryo sonrió para sus adentros, sorprendido por la rapidez del Príncipe Cara Linda. Tal vez lo había subestimado...

-Si. Debes venir ahora mismo conmigo, y hay que buscar a todos los demás Generales. Hay algo que hablar.

Continuará...

Notas: Ya sé que me demoré, pero tienen que admitir que menos que de costumbre!!! Y lo hubiera terminado antes ya que lo empecé apenas después de publicar el anterior, pero lamentablemente no dispongo de todo el tiempo libre que desearía. Pero acá finalmente está! Gracias Isfryd Beloved (claro que sigo con mi música!!), Puchiko Tsukino, Kyoko-4ever, Antotis, Kauru-Chan, Cielo Criss, Estefi, L.I.T., Chikage-Sp, Hikari Yagami de Takaishi (el Takari me tiene recontra asqueada... eso no significa que no haya algo más en este), y Utenarose!!! Y sé que hay gente que lo leyó pero simplemente no dejó review (fea la actitud!! Jaja).

En el próx cap va a haber más sobre Miyako y cia. Y sobre Yamato y su reunión con todos los Generales... no prometo que va a ser un cap feliz! No prometo que va a ser un cap triste! No prometo que va a estar listo pronto! Ya sé que mucha gente quiere caps más largos pero honestamente, detesto los caps largos, y si quiero publicar algo no puedo alargarme mucho x q no lo termino jamás y al final ando asqueada del cap y no quiero escribir nada... sepan entender!!!

Ahora igual este es el único fic por el que tengo que realmente preocuparme, así que tal vez pueda hacer un esfuerzo por apurarme un poco... tal vez!!

Gracias!!

SkuAg

22-03-07

New York