Digimon no me pertenece y esta historia es sin fines de lucro.

La Guerra de los 1000 años

34

─ Sora, esto es absurdo, esta biblioteca es inmensa, ¡nunca lo encontraremos!- rezongó Ryo, dejando de revolver libros como un poseso.

─ ¿Podrías llamar a Yamato y a los demás? ¡pero que no venga Kazuo! – a Ryo no le gustó este último pedido, y pensó en protestar, sin embargo salió a buscar a los demás. Al poco rato regresó con Iori, Yamato, Takeru y Jyou, quienes luego de recibir instrucciones sobre el libro que buscaban, se dispersaron. Salvo Jyou, que se pegó a su amigo, entercado en revisar los libros de la estantería contraria a la que buscaba él, aunque Sora le aclaró que ya los habían revisado.

Si bien había pasado toda la noche, ella aún no se animaba a hablar con Yamato, aunque él la había saludado con un beso en la mejilla, lo que le había parecido muy tierno y un tanto esperanzador. Pero por las dudas, ella también se quedó revisado cerca suyo, mientras le insistía a Jyou para que revisara en donde aún no habían buscado.

Afortunadamente, Takeru acudió en su ayuda y literalmente arrastró al de anteojos a la otra punta del inmenso lugar, dejándolos solos.

─ ¿Ya has buscado por aquí? – preguntó el de ojos azules, cambiando de estantería. Ella negó con la cabeza y se movió a la que estaba detrás de él, tal como hiciera Jyou momentos antes. - ¿Oye estás espiando que no me equivoque? Creo que soy perfectamente capaz de encontrar un libro por mi cuenta – exclamó, divertido, tratando de empujarla a la próxima estantería. Ella sonrió abiertamente ante esa, inusual, muestra de cariño y replicó:

─ Tan solo quiero estar cerca de ti, así en algún momento, te cansarás y deberás hablarme.

─ Seguramente me voy a cansar, pero tal vez no quiera hablarte – y con un rápido movimiento, la aprisionó contra los libros. Creía que no había nadie mirándolos, pero no podía asegurarlo. – Tengo planes más interesantes- le susurró al oído, mordiéndole el lóbulo de la oreja. Ella se estremeció de regocijo y se mantuvo en su sitio, insegura de cómo proceder.- Esto se parece a esa noche en el Viento, contra las enredaderas, ¿recuerdas?

─ Como olvidarlo, Matt, yo… - se turbó.- Pero si es así, en cualquier momento nos interrumpirán otra vez… - y como una premonición, escuchó que alguien entraba a la biblioteca y la llamaba; sin dudas era Kazuo quien se acercaba a zancadas hasta allí. Él la soltó, pero no se alejó demasiado, y cuando Takenouchi mayor llegó al pasillo, los encontró en una sospechosa cercanía.

No la miró a ella, lo miró a él. Yamato leyó muchas emociones encontradas en esos ojos verdes, y supo que él sabía. Sus mejillas se colorearon, no era cosa de todos los días que el prometido de TU pareja te encontrara entre las sombras. Realmente se sintió avergonzado. – Enseguida regreso- le susurró Sora, alejándose. Kazuo le lanzó una mirada larga, pero no hizo amago de acercarse a él.

Yamato no tuvo tiempo de enloquecerse con su mente esperándola, porque ella regresó a los pocos minutos, con una sonrisa triste, pero sonrisa al fin.

─ Ya estás todo hablado.- Entonó, abrazándolo por la cintura.

─ ¿Qué está todo hablado?- inquirió, inseguro.

─ Él… entiende la situación… esta situación – recalcó, acercándolo más.

─ Entonces el que no la entiende soy yo, Sora, todo esto es muy confuso – protestó él, pero no hizo amague por liberarse del abrazo. – Yo creo que él está enamorado de vos, o al menos tiene fuertes sentimientos que exceden el cariño familiar… tiene su destino unido al tuyo desde hace mucho tiempo, y ahora además te necesita para limpiar su nombre, ¡veo muchas aristas como para que sea una situación sencilla de entender!- en su tono no había enojo ni reproches, pero si mucho desconcierto.

─ Yamato… es solo un compromiso, y a él aunque le duele, lo entiende como tal, al menos lo hace ahora… yo no puedo evitar mi destino de reinar y de casarme con él, así como tú no puedes evitar volver a tu reino, pero nadie me puede obligar a sentir lo que no siento y a contentarme con un futuro infeliz, Matt yo quiero amar, ¡y solo tú me haces sentir esto tan fuerte!- él se sorprendió por sus palabras, y la observó con confusión unos momentos.

─ Es solo un compromiso… - repitió, internalizando su reflexión, y notando que sus palabras hacían efecto en él. Luego no pensó más ni buscó paralelismos, porque esa relación parecía crecer en círculos, así que tan solo la besó, apretándola para no dejarla escapar nunca más.

─ ¡Hermano! ¡Sora!- los interrumpió la voz de Takeru, aunque desde lejos; a regañadientes cortaron el vínculo.- ¡Lo hemos encontrado! – ante este anuncio, corrieron en dirección al menor de los Ishida, sin soltarse las manos.

Ryo no se encontraba allí, Sora ignoraba porque. Los demás se amontonaban en torno a un viejísimo ejemplar rojo, que era exactamente el mismo que ella había robado de pequeña.

─ ¿Ahora qué hacemos?- inquirió Iori, observando los caracteres extraños fijamente. Sin embargo, apenas Sora y Yamato se hubieron unido al grupo, Takeru lo cerró apresuradamente. - ¿Qué pasó?

─ Lo puedo leer- contestó Takaishi, tranquilamente.

─ ¿Cómo? – preguntó Jyou, abriendo grandes sus ojos, ya que él solo había visto jeroglíficos.

─ No lo sé, pero lo puedo leer, lo entiendo. Me llevará tiempo descifrarlo entero, pero sin dudas estamos en el camino correcto.

─ ¿Eso es todo? – Yamato estaba confuso, esperaba una explicación más detallada de su parte. - ¿Ya nos podemos marchar, así sin más? – Sora le apretó la mano, ya que no deseaba separarse una vez más, y tan pronto.

─ Yo no puedo irme, tengo que terminar de enderezar las cosas por aquí – dijo Sora, apenada.

─ No Sora, tú te vienes conmigo – insistió Ishida.- Quedamos en encontrarnos en cinco días a lo sumo en mi reino, no puedes faltar.

─ Pero Matt, sin contar el día que hablamos, hoy es el segundo día, yo no puedo marcharme, necesito esperar al menos hasta mañana… podemos esperar todos juntos, o iré yo luego, Iori y Ryo me pueden acompañar, ¿no es cierto?- el pequeño asintió. – Aún mejor, porque con lo mío encaminado, puedes hacer una propuesta de paz en tiempo y forma, ¿no les parece?- consultó, mirando alrededor.

─ Entonces esperaremos nosotros también – dijo Yamato, firme.

─ Matt… creo que tendremos que hablar un poco más sobre esto, analizarlo con la cabeza… fría – interrumpió Jyou, mirando con desconfianza las manos entrelazadas. – Como tu consejero, te solicito unos momentos.


Yamato comprendió que era necesario partir, y así se lo comunicó a Sora, quien se mantuvo firme en su plan de permanecer con Iori y Ryo, y prometió estar en el Reino del Hielo lo más pronto posible. Ella sabía que el próximo paso era hablar con el anciano Shiratori y pedir su consejo, tal vez si se mostraba humilde, obtendría de él lo que quería, que era su apoyo. Kazuo decidió no acompañarla, para no enturbiar sus posibilidades de éxito. Ella agradeció el gesto, no solo porque fuera lo correcto, sino porque necesitaba poner cierta distancia y darle tiempo para reflexionar sobre sus últimas novedades. Esperaba que él también pudiera encontrar alguien a quien amar, que no fuera ella, ya que no querría compartir su vida con alguien infeliz, y mucho menos con un marido que le tuviese rencor. Ella lo quería mucho, pero no lo podía corresponder.

Finalmente, su consulta fue un éxito, o así lo sintió al salir de la casa del anciano. Tal como todos consideraban, sus dudas procedían del hecho de que ella hubiera estado desaparecida tantos días; no tenía dudas de que Kazuo había asesinado a Iwomuro, una persona con la que él en los personal no tenía una relación estrecha ni cordial, pero le había inquietado pensar que el Takenouchi podía haber actuado por su cuenta, tal vez incluso con intenciones de perseguir la corona sin ella. Respecto a los hermanos Kuriko, él se encargaría de tenerlos tranquilos.

Aclarados los inconvenientes, el anciano Shiratori había sugerido quedar a cargo del trono hasta que ella regresara de su misión en el Reino del Hielo. Mientras tanto, él iniciaría consultas respecto a la posibilidad de que se le entregara el trono antes, aunque respecto a este tema, no aseguraba nada. Ella respetaba su sinceridad. Y acerca de Kazuo Takenouchi, se iniciarían los preparativos para su boda y se anunciaría enseguida al pueblo que las nupcias eran inminentes, de esta manera los rumores irían disipándose.

Concluidos estos "trámites", Sora, Iori y Ryo estuvieron listos para seguir a Yamato y compañía.


Ken había decidido ir a visitar a sus padres. Ya sabían de la muerte de Osamu, pero él aún no se había acercado a compartir con ellos su dolor. Además, no les había informado de su compromiso con Miyako Inoue, ni de su nuevo puesto en el reino – aunque ese dato ya era de público conocimiento.

─ Ken, de verdad pienso que tienes que ir solo – dijo Miyako, por decimoctava vez y él, también por decimoctava vez, negó.

─ Miyako, estamos comprometidos, necesito que conozcas a mis padres- expresó, con voz calma.

─ Yo también los quiero conocer, pero ellos deben querer hablar contigo sobre tu hermano y temo ponerlos en una situación incómoda si me siento a escuchar ─ dijo ella, apenada. Él le sostuvo las manos.

─ Por favor, necesito que vengas conmigo. Me van a hacer innumerables preguntas si aparezco sin ti, y yo lo que más quiero es darles una buena noticia – suspiró.- Yo creo que nos vamos a casar pronto, no quiero alargar el compromiso más de lo necesario. Mis padres querrán ir conociéndote; lo que más quiero es llevarles algo de alegría, y eso solo se los puedes llevar tú.

Miyako se enterneció un poco, porque él desde hacía algunos días era muy tierno y atento con ella. Y si bien lo que menos quería era separarse durante unas horas, dudaba de que su presencia fuera adecuada en una situación tan delicada como la que afectaba a su prometido.

─ Por favor ─ volvió a pedir él, mientras le acomodaba un mechón de pelo detrás de su oreja. Ella asintió, pero tan solo hasta el decimonoveno ataque de dudas.

Así era como había terminado llegando a una casa señorial a pocas manzanas del castillo. Era inmensa, nada que ver con el lugar en el que ella había convivido con sus hermanas antes de su mudanza a la corte. Y es que los Ichijouji eran importantes en el reino, una familia muy acaudalada con vínculos entre la familia reinante en casi todas sus generaciones. Osamu incluso había llegado a estar comprometido con la princesa, Jun Motomiya, pero claro, ella había sido asesinada en el Reino del Trueno. Y ahora su otro hijo, Consejero del Rey, con todo lo que eso implicaba, estaba comprometido con… ella, la dama de compañía de la Reina del Trueno… realmente, temía ser muy poca cosa para los planes de esa familia importante.

La señora Ichijouji abrió la puerta. Era bajita, de cabellos oscuros, y los llevaba recogidos sobre su cabeza. Sus ojos eran del mismo tono oscuro que los de su hijo. Miyako permaneció detrás, esperando a ser notada.

─ Ken…- susurró su madre, y se lanzó a sus brazos. Estaba sollozando. Ken la abrazó largamente.

Ella se sintió fuera de lugar, estaba observando algo muy privado entre dos personas. Sin embargo, respetuosa, permaneció en su sitio sin interrumpir. Finalmente, el abrazo se disolvió y Ken giró hacia ella.

─ Mamá, tengo que presentarte a alguien ─ dijo, acercándose a Miyako.- Quisiera hacerlo junto a papá.- La señora asintió y los hizo pasar. El lugar era muy grande y oscuro, casi no había iluminación. Eso sin dudas era parte del duelo, pensó, ya que la señora Ichijouji vestía ropas negras. No se cruzó con la servidumbre, de hecho, le sorprendió que ella en persona hubiera abierto la puerta.

El salón donde la recibieron era espacioso y de categoría, aunque también muy pobremente iluminado. La señora se alejó a buscar a su marido, mientras Ken se apresuró a encender más antorchas. Al iluminarse la habitación, Miyako notó el buen gusto con que estaba adornada y su limpieza exquisita. Esa era una familia de muy buenos ingresos, y ella no traía nada que ofrecer, más que muchísimo amor por el hijo menor. Sobre la chimenea había un gran altar con una foto de Osamu niño, con anteojos. Ken la observó largamente, hasta que regresaron sus padres – Sakura la madre- con su marido, el cual era alto y flaco, con porte, como Ken. Sus cabellos eran de un castaño más claro que su mujer, y su rostro era igual al de su prometido. Ahora, de donde había sacado él ese maravilloso color de cabello, era un misterio. Su nombre era Tora.

─ Papá…- murmuró él, fundiéndose en un largo abrazo. – Papá, mamá- prosiguió- tengo que presentarles a alguien…- y ahí fue donde Miyako Inoue entró en escena, intimidada y afectada por la tristeza del ambiente. Hizo una pequeña reverencia.- Sé que esto va a sonar imprevisto, y sorpresivo, pero ella… es mi prometida- dijo, con esa voz suave que ella tanto había aprendido a amar.

La sorpresa inicial había sido fuerte, pero a pesar de sus peores temores, no la habían repudiado, todo lo contrario, inmediatamente la habían invitado a sentarse.

─ Ante todo les quiero pedir disculpas por estos días en que desaparecí, y por no haber venido inmediatamente desde lo de Osamu… estoy muy arrepentido de mis acciones y quisiera solicitar su perdón.- Sakura Ichijouji lagrimeaba suavemente, pero su marido se mostraba firme y estoico, una faceta que ella ya había descubierto en su futuro marido.- Me gustaría relatarles todo lo que sucedió, desde el principio… - Sakura levantó los ojos, sorprendida, y miró a su marido, quien asintió en un lenguaje secreto que solo las parejas viejas podían manejar. Ella quería algún día comunicarse así con él.

─ Ken querido, por favor- comenzó su madre.- Lo único que queremos saber es acerca de esta hermosa jovencita que nos has traído a casa, ya bastante hemos llorado por tu hermano.- Él se sorprendió, no era lo que esperaba, pero no iba a dejar pasar la oportunidad de hablar de la mujer a la que más quería en el mundo.

─ Lo primero que quiero que sepan, es que estoy muy, pero muy enamorado de ella – comenzó, enrojeciendo a su prometida, que no se esperaba ese inicio. Hubo una leve sonrisa en los rostros de ambos padres. – La conocí gracias a la Reina del Trueno, Miyako viene de allí.

─ ¿Quién es tu familia? Tenemos muchos lazos con grandes familias de por allá – dijo el padre, hablando por primera vez. Miyako se enrojeció aún más, y no atino a contestar hasta que Ken le hizo señas de que hablara.

─ Solo quedan vivas mis hermanas mayores, Señor Ichijouji. Una de ellas está casada con un importante general del Reino. El resto ha rehecho su vida por otras latitudes, como yo.

─ Oh pequeña, lo siento mucho – contestó Sakura, con una mano sobre su corazón. - ¿Creciste criada por ellas?

─ Un poco- admitió. – Pero a una relativa temprana edad fui aceptada dentro de la corte, y terminé mis estudios con la princesa – había omitido, intencionalmente, decir que era su Dama de Compañía, ya que ese era el arreglo que tenía con Ken. Ambos creían que admitir que había sido un matrimonio arreglado, peor aún, que él se había comprometido engañado, no era un cúmulo de información adecuada para la primera visita a sus futuros suegros.

─ Oh, ¡entonces deben ser muy cercanas! – se emocionó su suegra.

─ Hikari Yagami y Miyako Inoue son las mejores amigas – contestó Ken.- Me ha costado mucho trabajo convencer a la Reina de que ella debe permanecer conmigo, en este reino, por mis responsabilidades con el rey Daisuke. – Sakura Ichijouji sonrió complacida.

─ Oh, que ruda he sido, no les he ofrecido nada para comer. Miyako querida, ¿me acompañarías a las cocinas?- preguntó, irguiéndose.

─ Papá, mamá, ¿Qué han hecho con el personal de limpieza? – preguntó Ken, intrigado.

─ Tu madre y yo decidimos pasar una temporada solos, con lo cual solo recibimos a algunos durante el día para la limpieza general. Eventualmente los recontrataremos a todos en forma permanente otra vez, pero este no es el momento.

Miyako y Sakura se alejaron, y ella no pudo terminar de escuchar la conversación. La llenaba de nervios su primer rato a solas con su suegra, pero sabía que Ken y su padre tenían cuestiones estratégicas que discutir. La cocina era inmensa, mucho más grande que la sala donde la habían recibido, pero en estos días de duelo solo ocupaban una sección. Había diversas comidas y panes preparados sobre una mesada, la Señora Ichijouji comenzó a apoyarlas en bandejas, lo cual ella se apresuró a imitar.

Sin embargo, a medio hacer, vio como Sakura dejaba todo sobre la mesada nuevamente y, agarrándose de ella, comenzaba a sollozar. Primero no supo como reaccionar, porque no entendía cual era el protocolo con su futura suegra en un reino extraño – aunque cada vez menos- pero luego desestimó sus dudas y se acercó a abrazarle los hombros, como cualquier ser humano capaz de sentir empatía haría.

─ Lo siento, pequeña- dijo ella, limpiándose las lágrimas. – Estoy tan emocionada por tener a Ken de vuelta, y que aparezca contigo, me hace sentir que hay muchísimas cosas sobre él, y sobre Osamu, que nunca supe, y tal vez ya no tenga tiempo de interiorizarme nunca…

─ No piense así, por favor, nosotros venimos a contarle todo, sobre nuestro compromiso, sobre la última misión de Osamu, y sus últimas horas…

─ Tú… ¿tú lo conociste?- preguntó, asombrada. Ella asintió.

─ Mucho más que eso. Él me salvó la vida. ─ Sakura la observó sorprendida, intrigada, y cuando las lágrimas volvieron a acudir a sus ojos, abrazó a su nuera con fuerza, sintiéndose orgullosa y reconfortada por esas simples palabras de una sencilla joven que había sido lo suficientemente importante para ambos sus hijos como para asegurarle un futuro y casarse con ella. Miyako también la abrazó, enternecida y contenta por haber acudido a esa cita que tantos temores le había ocasionado.

Era sin dudas súbito y apresurado, pero se empezaba a sentir en familia.


El Reino del Hielo era frío. Había una ventisca constante que helaba las gruesas pieles que usaban sus habitantes para subsistir. En la sencilla ciudad capital se mezclaban casas con techo a dos aguas, para resistir la nieve, con sólidas construcciones circulares hechas de puro hielo, pero todas con chimenea. El vapor de las mismas era parte ineludible del paisaje hielino, pero también lo eran los muñecos de nieve y las estatuas de hielo. De hecho, observando ese conjunto casi surrealista de estructuras artísticas a los costados de las calles y en los patios de las casas, los recién llegados pudieron determinar que, a diferencia del clima, el común de sus habitantes tenía poco de fríos, sino más bien mucho de inventiva, alegría e improvisación. No parecía afectarles la llamada tristeza de invierno; o tal vez, lo suyo era la inmovilidad durante el verano.

La reunión en el castillo de Yamato ocurrió al filo de los cinco días de plazo. Este portaba una gruesa capa azul y un báculo con diseño del lobo que representaba a su reino. En forma interina, se lo había declarado rey, faltaba realizar una ceremonia muy sencilla que sería solo la antesala de la real, que tendría lugar años después, al cumplir los 23 años. Claro que en todo ese tiempo, tendría ocasiones de ser un mal gobernante y ser destituido de sus funciones con facilidad, con lo cual sus últimos días los había pasado encerrado con Jyou, su hermano y los demás generales, analizando posibles planes a mediano y largo plazo que podría ofrecer a sus súbditos.

Había recibido a Sora al llegar, pero no había intercambiado con ella más que esos momentos de protocolo frente al resto de la corte. Es que ahora que su investidura era oficial, le costaba trabajo deshacerse de sus responsabilidades y obligaciones para escaparse a verla, y sin dudas, una visita nocturna a sus aposentos, de ser descubierta, habría redundado en futuros problemas de gobernabilidad y debilitaría su imagen frente a sus adversarios (los cuales, por supuesto, los había). Para colmo, ese Ryo Akiyama parecía estar complotado con Jyou para hacerles imposible permanecer cinco minutos juntos, y había solicitado encargarse él mismo de la vigilancia nocturna del cuarto de Takenouchi.

Por lo tanto, esa reunión matutina y privada, el día número seis desde la anterior, sería su primera ocasión de sentarse junto a ella y al menos sostenerle la mano mientras Takeru explicaba todo lo que había descubierto en ese extraño volumen rojo escrito en jeroglíficos (para él, seguía siendo inentendible, pero su hermano parecía tenerlo cien por ciento descifrado).

─ Muy bien – inició el noble rubio menor, apoyando con énfasis el libro sobre la mesa. Se habían ubicado en uno de los vastos aposentos de Yamato, en una mesa redonda, lo cual había hecho alucinar a Takeru con que en realidad, más que elegidos, eran caballeros (y damas) de la Mesa Redonda, y tal vez la solución a todo ese embrollo estuviera en encontrar a Excalibur en una piedra. Lamentablemente, nadie se había prendido con su imaginación, ya que nada de eso estaba escrito en el bendito libro. ─ Por un lado tengo muy buenas noticias, y por otro muy malas ─ prosiguió. Hikari sonreía a su lado; algunos de los elegidos ya estaban al tanto de lo que vendría. ─ Lo primero y principal es aclararles que este librito tiene descripciones, algo anticuadas, de las características que deben tener los doce destinados a poner fin a todo este embrollo. Así, podemos leer que uno de ellos será un "valiente noble perdido", quien abandonará todo para perseguir un objetivo sin especificar; el mismo deberá provenir de "donde rugen el cielo y el agua es constante"… hay otras características, pero todo nos hace entender que esta persona es…

─ Taichi, mi hermano ─ concluyó Hikari, impávida.

─ Exacto. Luego tenemos a alguien dotado de una poderosa inteligencia, quien será el encargado de descifrar todo esto, con tendencias a la pérdida del control… el cual provendrá, como ya se imaginan, "de donde el aire choca las montañas y deforma la naturaleza", es decir, el Reino del Viento, lo que convierte a este particular personaje en Koushiro Izumi…

─ ¿Y el resto? ¿Acaso somos nosotos? ─ inquirió Daisuke. En ningún momento había retirado sus ojos de Hikari Yagami, quien los tenía fijos en Takeru, y sonreía embelesada. Sentía que había perdido la carrera antes de salir de la línea de largada.

─ En algunos fragmentos se vuelve un poco confuso, tengan en cuenta que fue escrito hace siglos… además, parece ser circular, es decir, nosotros podemos ser hoy los elegidos, pero estas personas podrían reaparecer en otros cientos de años…

─ ¿Entonces…? ─ inquirió Ken.

─ No entraré en detalles, pero por las descripciones de los lugares de procedencia, deberíamos tener tres hielinos – seríamos mi hermano, yo y Jyou -, cuatro truenenses, es decir, Hikari, su hermano, Mimí y Miyako; dos humanos, Ken y Daisuke, alguien del viento, Koushiro y… dos fueguinos…

─ Pero somos tres ─ dijo Sora, contando alrededor de la mesa. ─ Iori, Ryo y yo… ¿es que alguno de nosotros está de más? – su tono de preocupación era evidente; Yamato, a su lado, le corrió un cabello de la frente y le apretó la mejilla reconfortándola.

─ No eres tu quien está de más, en todo caso… creemos que es Ryo ─ opinó Yamato con seriedad absoluta, pero lo estaba disfrutando; lo que más quería era sacarlo de en medio, ahora solo él permanecería junto a ella en el resto de la aventura… y Jyou, claro, pero de eso se encargaría a futuro…

─ ¿Esto es seguro, principito? ¿Lo puedes confirmar de alguna manera?

─ Más o menos, como dije, todo esto es algo subjetivo, pero hay otra categorización que podría ayudar… según este libro, dos de estos elegidos habrán sido despojados de su lugar legítimo, lo que podría corresponder a Sora y Yamato… dos por el contrario, habrían sido impuestos en el lugar legítimo de otra persona, es decir, Hikari y Daisuke… dos habrían sido despojados de su tierra, Iori y Taichi… dos habrían perdido una parte fundamental de su entorno, Miyako y Ken, si consideramos que "su entorno" significa sus familias… dos lucharían por devolver a alguien a su legítimo lugar, y siendo ambos hielinos, deberíamos ser Jyou y yo… por último, dos estarían "unidos por un lazo artificial", lo que me hace pensar en Koushiro y Mimí y su compromiso… ─ Ryo permaneció en silencio unos momentos antes de contestar.

─ Está bien, todo parece bastante sólido… ─ susurró, mirando de reojo el firme agarre que Yamato ejercía sobre la cintura de Sora. ─ Entiendo que estoy de más, debería por ende retirarme de esta reunión y dejarlos proseguir con su estrategia… damas y caballeros de la Mesa Redonda – estas últimas palabras las pronunció con un dejo de arrogancia, Yamato estuvo a punto de saltar de su asiento, pero Sora lo retuvo en el mismo.

─ No por ello debes retirarte Ryo, tu opinión aún puede sernos de utilidad ─ dijo ella con firmeza, enfocando sus rojos ojos en los azules de él.

─ Si eso no es una orden, creo que prefiero retirarme a descansar, ya que he pasado la noche en vela frente a tu puerta… ─ el resto intercambió miradas cómplices, ya que a nadie había pasado desapercibido el hecho de que esta "guardia" tan inusual estuviera plantada con el objetivo de evitar que un solo depredador, Yamato Ishida, ingresara a la guarida de la "víctima" heredera fueguina…

Sora asintió y él se retiró, dejando ahora sí dos sillas vacías en la mesa, lo cual enseguida fue notado por Miyako.

─ Estando estas dos personas fuera del panorama, ─ preguntó, indicando los lugares vacíos ─ ¿qué posibilidades tenemos de que esta paz sea duradera?

─ Esas son las malas noticias… no tenemos ninguna posibilidad de asegurar que todo esto no vuelva a repetirse, aunque tengamos unas décadas de paz mientras nosotros llevemos las riendas de los reinos…

─ ¿Es que esa profecía no tiene un plan B? ¿Todo tiene que resolverse luchando por toda la eternidad? ¡Yo ya estoy cansada de que todos peleen con todos! ─ protestó Mimí, con actitud derrotada. Muchos asintieron junto a ella. Takeru negó, resignado.

─ ¿Acaso este libro no habla sobre los inicios de este conflicto? Tal vez si volvemos a las bases, podremos partir desde ahí una vez más ─ opinó Iori.

─ Efectivamente, lo que aquí dice es que la historia de los jóvenes enamorados nunca fue la razón, aunque aparentemente esto sucedió… lo que puedo deducir es que estos poderes que tenemos ─ mientras hablaba, Takeru había generado una leve ventisca alrededor de la mesa ─ no son de nacimiento sino adquiridos, y esto sucedió antes de la guerra… por qué en el reino de Daisuke quedaron exentos, lo ignoro, pero sé que se desató una lucha de influencias por dominarlos, se rompió el equilibrio de poder entre los demás reinos, y desde entonces se guerrea, bajo el pretexto de castigarlos por su insolencia al dar asilo a ambos jóvenes…

─ Principito, ante todo, ¿podrías detener esta ventisca helada? ─ preguntó Daisuke, haciendo reír a sus camaradas. El nombrado así lo hizo. ─ Si el objetivo era dominarlos por no tener un elemento, entonces para evitarlo deberíamos tenerlo, ¿no les parece? ¿Cómo consigo un elemento para mi reino?

─ Rey Daisuke, que cosas dice, ¡nadie sabe porque tenemos estos poderes, mucho menos sabremos como crear uno de la nada! ─ protestó Jyou, exasperado.

El resto se sumió en meditaciones inquietas, ya que parecían haber llegado a un callejón sin salida. Yamato aprovechó la ocasión para hablarle en el oído a Sora, nadie supo que le decía, pero ella se sonrojaba y sonreía. Hikari por su parte, hojeaba el libro junto a Takeru, y este le explicaba diversos pasajes del mismo. Ken, Daisuke y Jyou murmuraban juntos y hacían extrañas anotaciones en una hoja de papel, mientras que Mimí y Miyako sonreían observando a Sora y Yamato, quienes a falta de un lugar privado para encontrarse, habían hecho de una reunión multitudinaria, otra vez, un rinconcito secreto.

Quien rompió el hielo fue Iori.

─ Hay un dicho que dice que, "si Mahoma no va a la montaña, que la montaña venga a Mahoma…". ¿Lo conocen? ─ el resto asintió. Hida hizo un largo silencio antes de decidirse a continuar. ─ Esto va a sonar extremo. Extremo y una locura, y sé que van a rechazarlo, en primera instancia. Pero me gustaría que nos tomáramos un momento entre todos para reflexionarlo, antes de desecharlo. ─ Los jóvenes lo miraban impacientes y expectantes; no era propio del pequeño no ir directo al grano. ─ Pienso que el Rey Daisuke tiene razón en pretender conseguir un poder para su reino. Es lo justo, y sin dudas va a impedir que los demás reinos se dispongan a atacarlo una vez más.

─ ¿Y cómo lo consigo? ─ preguntó el Rey, impacientándose. Le parecía vital hallar una manera de defender a su reino de las huestes enemigas, que ahora sabía, siempre lo habían visto como una presa fácil.

─ No lo sé. No creo que se pueda conseguir ─ admitió Iori; Daisuke se veía desalentado. ─ Por eso es que pienso que la montaña debe venir a nosotros…

─ No puedes estar pretendiendo que hagamos lo que imagino ─ dijo Ken, asombrado. ─ De ninguna manera, nadie lo aceptaría. Y además, ¿cómo podremos hacerlo? Tendríamos que movilizar ejércitos, acosar a la población, crear normativas reaccionarias y fáciles de burlar… a mi reino no le afectaría, pero para los soberanos será un punto sin retorno, perderán toda credibilidad y confianza…

─ ¿De qué hablan? ─ preguntó Hikari, muy preocupada. ─ El resto no estamos siguiendo tu razonamiento, Ken.

El peliazul suspiró y miró a Iori. Supo, por su mirada, que su intuición había sido correcta.

─ Lo que Iori pretende que hagamos… que hagan ─ corrigió ─ es que, ya que no podemos obtener un poder… todos resignen a ellos… ─ esto último lo dijo en voz baja, casi en un susurro; evidentemente era una idea que no lo convencía.

─ ¿Resignar nuestros poderes? ─ preguntó Yamato, confundido. ─ ¿Dejar de controlar el hielo? ─ preguntó, creando unos cubitos que se depositaron en los vasos de los presentes. ─ Aún si eso fuera posible… de ninguna manera, no lo haré. ─ Ken miró a Iori, como diciendo, "te lo dije", pero el pequeño aún no estaba dispuesto a abandonar su idea.

─ Tal vez solo tenemos que pensarlo y discutirlo un poco más. Takeru, ¿tu libro dice algo acerca de cómo librarnos de ellos? ─ el rubio negó con la cabeza.

─ Sin embargo… ─ musitó ─ creo que salvo Sora, el resto de nosotros somos inútiles sin nuestros anillos… tal vez, con tan solo librarnos de ellos, podríamos perder nuestros poderes… piensen sino en el Reino del Viento. Ahora que el último descendiente de la dinastía ha muerto, no hay nadie que pueda crear viento, tan solo pueden manejarlo si se hayan en su presencia… y así y todo, pensándolo bien, yo no he hablado con ellos para preguntarles como se manejan al respecto, ahora que Koushiro Izumi ya no está… Yamato, ¿estamos esperando una embajada?

─ Si, de hecho Henry y Ruki deberían venir a presentar sus respetos y discutir un tratado completo de cese de hostilidades; estimo que a más tardar, mañana los tendremos aquí.

─ Entonces, esa será nuestra respuesta ─ dijo Miyako, confiada. ─ Si ellos ya no pueden usar magia, es porque la dinastía originaria desapareció… así que solo tendríamos que deshacernos de los demás anillos para lograrlo, ¿correcto?

─ Aún si aceptáramos hacerlo ─ dijo Jyou ─, y quiero aclarar que no estoy aceptándolo, eso aún no solucionaría el problema de Sora Takenouchi; si ella sigue manejando su poder, su reino estaría en mejores condiciones que los nuestros, no podríamos asegurar la paz.

─ Oye Joe, ¡Sora no va a atacarnos! ─ exclamó Yamato, molesto con su mejor amigo. ─ Si ella no transfiere su anillo, será el último en existencia… tan solo deberíamos reunir todos los anillos antiguos, de nuestros antepasados, y destruirlos también.

─ ¿No estarás pensando seriamente en emprender esta locura, Yamato? ─ protestó Jyou.

─ Como dijo Iori, tan solo tenemos que discutirlo ─ dijo Sora. ─ Pensarlo un poco. Yo por mi parte soy la única persona de mi dinastía viva; no quedan muchos anillos más, porque se van pasando dentro de la familia, como imagino todos ustedes harán…

─ Realmente, si es la única opción ─ la interrumpió Hikari ─, yo creo que debemos hacerlo… deberé recuperar el anillo de mi hermano y quedarme con el de mi padre, que actualmente está guardado en mis aposentos… así como el de mi madre. Con eso acabaríamos con todos los de mi reino, pero no solucionaríamos el hecho de que toda la población puede manejar los truenos cada vez que hay una tormenta…

─ A no ser que estos anillos sean la fuente de ese poder… esta es una idea que no he pensado a fondo, pero tal vez si los eliminamos, ya nadie pueda ocupar sus poderes… y de todas maneras, siempre nos queda la opción de estimular los matrimonios entre reinos, así lograremos que las próximas generaciones vayan perdiendo el uso, ¿cierto? Eso ya está sucediendo en el presente, aunque claro que pasará un tiempo antes de que sea total… ─ reflexionó Ken.

─ Otros 994 años, seguramente ─ dijo Mimí.

─ Si lo hacemos ─ comenzó Takeru ─, debe ser general y secreto. Tenemos que hacerlo todos, eso incluye conseguir los anillos del Reino del Viento. Nadie puede negarse. Yo por mi parte ─ dijo, sacándose su anillo y depositándolo en la mesa ─ pienso que es una gran idea, y tengo la esperanza de que funcionará. ¿El resto?

Hikari se apresuró a imitar a su novio; depositó su anillo junto a este, casi sin mirarlo. Solo momentos pasaron hasta que Sora la imitó, sonriente y fija su mirada en Yamato Ishida.

─ ¿Y bien, Matt? ─ preguntó. Todos estaban a la expectativa.

─ Matt, a esto tenemos que hablarlo seriamente, no puedes tomar esta decisión en forma tan imprudente ─ dijo Jyou, con mucha preocupación en su rostro.

─ Nadie está tomando una decisión aún, tan solo estamos viendo si estamos o no de acuerdo ─ opinó Hikari.

Yamato se había sacado su anillo y lo hacía girar entre sus manos. Sentía que nunca lo había extrañado tanto como en ese momento, y eso que durante varios días de ese mismo año no lo había tenido con él, imposibilitándolo completamente de realizar hielo. No se imaginaba sin él: desde crear pequeños cubos de hielo hasta grandes muñecos con los que jugaba de pequeño, toda su vida de alguna u otra manera había estado unida a ese elemento de la naturaleza. No temía lo que opinaran a posteridad los libros de historia sobre él, ya que sin dudas el propósito era noble. Tampoco tenía miedo de la reacción actual de su pueblo, porque sentía que su posición en el trono era firme. Pero si había alguna posibilidad de que nada de eso funcionara, y la había, él perdería para siempre la posibilidad de crear hielo, y debería contentarse con utilizarlo como un simple plebeyo…

Por otro lado, ahí estaban los otros tres, Sora, Hikari y su hermano Takeru, dispuestos a entregar hasta ¡eso mismo! por ponerle un fin a esa locura guerrera en la que estaban sumidos hacía tanto tiempo… se sentía atrapado entre el gesto noble de dudosa funcionalidad, y el gesto tradicionalista y apegado a sus costumbres que sin dudas era lo que esperaba su pueblo…

─ ¡Hermano! ─ protestó Takeru. ─ Si nosotros tres lo hacemos, si conseguimos que el Reino del Viento lo haga, ¿así y todo te negarás a acompañarnos? Ya hemos vivido muchas aventuras todos juntos, y esta puede muy bien ser la última de todas. ¿Acaso no vale la pena sentir que no solo hicimos todo lo posible por detener esto en el presente, sino que dimos un paso más allá para evitar la guerra en el futuro? Lo podemos mantener en secreto, no tengo inconvenientes con eso… pero creo que toda persona pacifista, que se precie, sabrá reconocer nuestro gesto. ─ Takeru hablaba con mucha decisión y pasión, eso gustó a Yamato, quien nunca se había sentido tan buen orador como su hermano.

─ Esto es hipotético ─ contestó─, pero supongamos que acepto… ¿alguien sabe cómo destruirlos?

El silencio se extendió alrededor de la mesa redonda.

─ Yo no sé como destruirlos, pero… tengo un recuerdo que me ha estado persiguiendo sin cansancio estos últimos tiempos, y tal vez, es hipotético también… podría ayudarnos.

─ ¿De qué lugar hablas, Takeru? ─ Daisuke había vuelvo al tono respetuoso, ya que era sin dudas el más interesado en que esa fuera la solución definitiva.

Takeru Takaishi se tomó su tiempo antes de contestar. Él era un chico afable, simpático, que se caracterizaba por su buen humor y por ver siempre el lado positivo en todo, sobre todo en el futuro. A él lo tranquilizaba saber que si algo iba mal hoy, era porque mañana iba a ir mejor. Tenía que creer en eso; lo llamaba "esperanza", aunque a veces se sentía infantil teniendo esos pensamientos.

Sin embargo, estas últimas aventuras habían afectado su raciocinio y su manera de ver el futuro, puntualmente ─ y casi se diría, exclusivamente ─ todo el rollo con "Seiya" Takaishi, quien no era más que un tío perdido que, en una lejana ocasión, había deseado acabar con su vida. Si bien oficialmente los motivos nunca salieron a la luz, extraoficialmente se rumoreaba que quería despejar de descendientes el trono ─ una medida un poco apresurada, ya que sus padres en ese momento eran jóvenes y podían seguir procreando. Probablemente lo hubiera envalentonado el hecho de que su hermana, Natsuko, se llevara abiertamente mal con su esposo y padre de Takeru y Yamato, aunque el joven Takaishi pensaba que eso no habría sido suficiente como para dejar al trono sin herederos… en fin, se estaba dispersando, lo cual podía ser un buen indicio de que ya no lo petrificaba pensar en lo que tenía que pensar.

"Seiya" había escapado de la prisión real, pero había dejado su anillo detrás. Al conocer a Sora, a Takeru le cuadró la idea de que podía controlar el hielo a su voluntad y así había hecho para escapar, pero eso no explicaba que no hubiera huido de la prisión impuesta por Motomiya. Tal vez aún estaba esperando que todo se resolviera, y eso hacía más imperante la necesidad de librarse de esos poderes malditos cuanto antes.

Todo esto lo llevaba a ese lugar, una cabaña rodeada de abetos al viento, donde su tío lo había arrojado en un pozo: él era pequeño y no había podido conjurar sus poderes para salvarse. Pero hasta ese momento nunca había tenido inconvenientes con ello. Por ello, deducía que en ese lugar la magia no funcionaba.

Carraspeó antes de hablar.

─ Hay una cabaña con un pozo de agua, en el bosque previo a los glaciares. No es lejos de aquí, pero tendríamos que buscarla ya que no sé con precisión como llegar hasta allí. Tengo la idea de que en ese lugar nuestra magia no funciona. No podría explicar porque.

Hikari y Yamato, conocedores de primera mano del relato de Takeru, entendieron inmediatamente cual era el lugar al que el joven se refería. Dejaron entrever su sorpresa, porque sabían que no le era sencillo traer a colación esos recuerdos. Takeru se estaba haciendo más fuerte ante sus ojos.

─ ¡Tenemos que ir a ese lugar! ─ exclamó Motomiya, visiblemente emocionado.

─ ¡Insisto en que quiero hablar de esto más profundamente con Yamato! ─ gritó Jyou, y así, todos comenzaron a expresar sus opiniones a viva voz y al mismo tiempo. Fue Sora la encargada de poner orden en la reunión.

─ Creo que todos tenemos mucho que pensar. Tk, ¿en cuánto tiempo puedes encontrar ese lugar?

─ Honestamente no podría precisarlo, pero podemos enviar a algunos soldados en su busca en este mismo momento.

─ Mi propuesta es que esperemos a tener novedades de Takeru, pero que no nos confiemos con el tiempo y vayamos tomando una decisión cuanto antes. En lo que a mi refiere, apenas encuentre ese lugar buscaré la manera de destruir mi anillo. Si funciona, volveré con los de mi familia. Esa es mi última palabra. ─ Agregó, ante la mirada impaciente que le dirigió Yamato.

Poco a poco, la reunión se desbandó. Hikari y Takeru se alejaron de la mano, a ellos realmente no les importaba mostrarse abiertamente en ese castillo. De hecho, consideraban que era producente para el futuro de los planes de Yamato, quien quería verse como un unificador de reinos. A ellos mismos los beneficiaba; si todos se iban haciendo a la idea de un noviazgo real, habría más entusiasmo respecto a la boda y Takeru podría mudarse cuanto antes.

─ Jyou, ¿puedes traer de mi habitación una caja plateada que hay sobre una mesa? Aquí tienes la llave ─ dijo Yamato, aventándole la misma. Jyou lo observó receloso, porque si partía iba a dejar solo a su Rey con la Princesa Takenouchi. ─ Joe, si no lo haces tú, llamaré a Akira o a alguien más. Como sea, me van a traer esa caja. ─ Luego de esto, el de anteojos se alejó, aunque por supuesto volvió a lanzar una mirada desconfiada a los dos. ─ A Jyou no le gusta nada que nos quedemos solos ─ continuó, una vez que él se hubo marchado, mientras agarraba las manos de Sora y la sentaba frente a él. ─ Ya verás que regresa en dos minutos.

─ Ya lo he notado, está así desde antes de llegar a mi Reino… Yamato, ¿acaso él también tiene una pretendiente en mente para ti? ─ la pregunta tomó por sorpresa al rubio, quien se tomó unos minutos para responder.

─ Vaya que eres directa con las preguntas… ─ la joven sonrió. ─ No realmente, aunque creo que si todo esto funciona, deberé buscar a alguien de otro reino… de todas maneras, si a ti te aparece un hermano perdido que quiere ocupar tu trono, pues yo no tendré problema en ayudarlo, así luego podrás venir a vivir conmigo en este lugar tan grande ─ bromeó, haciéndola reír.

─ ¡Oye! ¿y por qué no al revés? Si aparece un hermano entre ustedes dos, podemos enseñarle a reinar y luego te mudas a mi gran gran castillo.

─ Imposible Sora… allá hace mucho calor. ─ Sora rio de buena gana por la ocurrencia de su rubio. Tímidamente, le dio un beso en los labios. Fue muy corto, porque aparentemente invocado, apareció Jyou cargando la caja, y por supuesto, cortando el contacto "indebido" entre ambos jóvenes. Su mirada reprobatoria no se hizo esperar. ─ Por favor, no te retires del salón, no quiero que los guardias sospechen ─ pidió. Encantado por haber obtenido permiso en su función de impedidor de parejas, el joven permaneció ahí mismo, junto a un Yamato enojado con una caja, y una Sora confundida pero divertida. ─ ¡Pero no tan cerca! ─ protestó el monarca, y sin responder a las críticas de su amigo, lo obligó a marcharse. ─ Esto es para ti ─ dijo finalmente, pasándole la caja a Sora. ─ Quiero que lo vistas parada junto a mí cuando reciba la corona.

Él mismo le quitó la tapa, para revelar en su interior un vestido de un celeste color cielo, igual que los ojos de Takeru. Sora lo levantó lentamente, y pudo observar como la entallada prenda, con corset ajustado y pollera armada, estaba finamente bordada de flores plateadas.

─ Y esto es para que no desfallezcas del frío. ─ El rubio extrajo entonces una pesada capa gris, con un cuello acolchado. Sora pensó que le haría simpáticas cosquillas en el cuello.

─ Yamato, ¡gracias! Pero no tenías porque, yo he traído todo un equipo para ese momento… el tuyo es muchísimo más lindo, ¿cuándo pensaste en todo esto?

─ Hace tiempo que lo pienso Sora. Si no puedes estar conmigo para siempre, al menos te quiero junto a mí en el momento más importante de mi vida. ─ Sora se emocionó por la ternura y la decisión con que pronunció sus palabras, y lo abrazó fuerte. Y en el oído, para escapar a la escucha inquisidora de Kido, le susurró "yo tengo un plan para que estemos juntos para siempre".

Se separó para no inquietar a su único observador, y en justo momento, porque la puerta se abrió revelando a Takeru, Daisuke y Hikari; detrás de ellos venían nada más y nada menos que Ruki y Henry, del Reino del Viento.

─ ¡Excelentes noticias! ─ gritó el positivismo del rubio. ─ ¡Nadie en su reino puede seguir controlando el viento! Eso tiene que ser porque la dinastía que obtuvo el beneficio se ha extinto. ¡Seguro nosotros también podemos lograrlo! ─ evidentemente, Takeru no había recaído en que su comentario implicaba eliminar a las personas que aún tenían anillos.

─ Aun no entiendo por qué es tan relevante esa información, con todas las buenas noticias que traemos… ─ dijo en voz alta Ruki, a quien seguro la ponía de mal humor toda esa demostración de energía y alegría.

El relato de los jóvenes era prometedor. Ya estaba todo marchando en su naciente República Democrática, a la que incluso iban a dejar de llamar "Del Viento" (el nuevo nombre estaba en discusión), visto que ese atributo ya no les significaba nada. Al haberse retirado las tropas invasoras de los márgenes del territorio, la población había vuelto a salir a raudales a las calles, a exigir noticias y a proponer soluciones. Si bien era todo reciente, se veía esperanzador.

Sorpresivo había sido descubrir una mañana que ya nadie podía manejar al viento. En un principio había sido tema de charlas familiares y entre amigos; la mayoría había pensado que era un problema propio. Sin embargo, el rumor se había extendido y se había hecho verdad. La primera explicación coherente al respecto la había aportado Takeru Takaishi.

─ Rey Yamato, hemos venido con una embajada para asistir a su coronación. Luego esperamos poder rubricar juntos un tratado bilateral de no agresión ─ explicó Henry, con su porte serio.

─ Y yo espero mucho más, les aseguro que podremos firmar un tratado multilateral de paz, con todos los requisitos que tengan en mente ─ sonrió Ishida.

─ ¡Esto es más que excelente! ─ exclamó, estrechándole la mano. ─ Sin duda, creo que tenemos en frente a alguien que pasará a la historia.

─ Y no lo haré solo. Me acompañaran Daisuke, Hikari, Sora y tantas personas más que aún deben conocer. ¿Jyou, porque no te fijas que nuestros huéspedes estén bien ubicados? Quiero que se haga un comunicado oficial avisando quienes nos visitan.

─ Antes de retirarnos, Rey Yamato, nos urge ubicar a Mimí Tachikawa. Nos han dicho que está en este castillo.

─ Jyou les indicará el camino a sus aposentos.

Una vez retirados los invitados, Yamato giró sorprendido a ver a sus amigos.

─ ¿Por qué querrán hablar con Mimí con tanta urgencia?

─ Porque no han ejecutado a mi hermano. Tan solo le han dado cadena perpetua ─ expresó Hikari, retirándose del salón. Takeru alzó los hombros, indicando así que eso era todo lo que sabía, y persiguió a su novia.


No tardó en alcanzarla y abrazarla de la cintura.

─ ¿Ahora sí podemos seguir donde nos habíamos quedado? ─ preguntó, coqueto, empujándola por un pasillo solitario. Sin embargo, ella no respondió a sus caricias, tan solo se dejó estar. ─ Kari, ¿es que quieres hablar de lo que acabamos de enterarnos? ─ le acarició la mejilla y observó atentamente sus ojos marrones.

─ No quiero hablar de mi hermano, si a eso te refieres con tus evasivas. Si le otorgan cadena perpetua no podrá regresar a vivir conmigo. Así que mis planes siguen tal cual estaban. ─ Takeru no quiso insistir con el tema, porque era evidente que ella no quería hablar de eso. Usualmente, no era cortante con él.

─ A mi me gustaría hablar de esos planes, Kari… ─ le dijo al oído, ahora guiándola a su habitación. Esto pareció alegrar un poco más a la joven.

─ ¿Qué quieres saber de mis planes, Tk?

─ Bueno, ante todo, quiero saber si estoy incluido en tu futuro… y si es así, me gustaría saber cuanto tiempo me vas a hacer sufrir hasta entonces… ─ el sonrojo en sus mejillas le hizo entender que ella ya estaba más animada e interesada con la conversación.

─ Me pregunto cual es el protocolo para la Reina que pide la mano del Príncipe… ya que por lo general es al revés, ¿no? Mmh… pienso que tal vez tenga que pedir la mano de Yamato, y él me rechazará y me ofrecerá la tuya en cambio, para arreglar el problema diplomático de haber rechazado a una Reina… ¿no te parece? Sí, estoy casi segura de que ese es el protocolo…

─ Oye, ¡no bromees con esto, que es lo más importante de mi vida! ─ exclamó, empujándola suavemente del hombro. Ella rio mucho. ─ Lo que más quiero es poder vivir con vos, casarnos cuanto antes, y ser tu mano derecha cada vez que necesites un consejero, guerrero, amigo o esposo…

─ La verdad es que sin Miyako, voy a estar un poco solitaria… espero que mi padre se componga, ya ha dado muestras de ello otorgándome su anillo y ayudándome a recuperar los demás. Así que más que un esposo que quiera usurpar mi reino, lo que voy a necesitar va a ser un chico de los mandados, un caballero de compañía… ¿le apetecería ocupar ese puesto tan noble, Su Majestad Príncipe Takaishi? ─ Hizo una reverencia junto a sus palabras, esto pareció divertir al joven, que manoteó para frenarla. Sin embargo, rápida de reflejos, ella lo esquivó y salió corriendo y riendo, mirando para atrás para asegurarse de que él la siguiera.

Y él, como siempre de ahí en adelante, salió en su persecución, dispuesto a no volver a dejarla partir sola en una aventura ni a ser dejado abandonado por la castaña.


Ryo Akiyama, enfundado en dos capas, encontró la cabaña. Partió con un equipo de soldados especiales del Reino del Hielo y regresó al cabo de dos días con buenas noticias. El lugar no estaba lejos, era una corta cabalgata. No había posibilidad de ir en carruaje. El que estuviera bastante escondida justificó la percepción de que a Takeru lo habían querido asesinar en ese lugar, y que su rescate había sido producto de la suerte.

Yamato Ishida pospuso el traspaso de la corona hasta que estuvieran de regreso, pero no dio precisiones sobre el motivo de su partida. Llevó consigo otros tres anillos de los que quedaban en su castillo. Seis era lo único que siempre habían tenido; de esta manera, guardaba uno en garantía hasta que los demás reinos reunieran los faltantes. Estos eran pasados de generación en generación desde hacía ─ presuntamente ─ 994 años. Y ahora, él y su hermano intentarían finalizar con casi diez siglos de exclusión y preeminencia de unos grupos sobre otros.

Estaban en un claro en el bosque, rodeado de álamos. En el fondo se veían montañas con glaciares colgantes. La cabaña era pequeña y no muy antigua, aunque el ojo entrenado de Takeru confirmó que los cimientos eran antiguos. En el centro se hallaba un antiguo pozo de agua hecho de piedras.

La ventisca helada se había detenido y tampoco nevaba. Había un silencio casi absoluto. Las hojas de los árboles no susurraban con la brisa y las pisadas eran amortiguadas por nieve reciente. De aquí y allá, surgían retazos de conversaciones. Leves rayos de sol calentaban a los diez elegidos que se habían dirigido, algunos más presurosos que otros, a efectuar y ser testigos de esa breve ceremonia. Ruki y Henry, enterados del plan, los habían acompañado para verificar la cumplimentación de lo acordado. Más adelante, acercarían los anillos que pudieran recuperar a ese mismo lugar.

Hikari rompió el hielo.

─ El pedazo de profecía que yo leí, hablaba de sacrificios. ¿Será esto sacrificio suficiente?

─ No hay manera de asegurarlo. Quedará para la posteridad definirlo─ respondió Ken. Iori y él habían pasado los últimos días estudiando el libro junto a Takeru. El principito pensaba realizar una traducción oficial para ofrecer una nueva versión a los historiadores.

─ ¿Y cómo sabemos que esto va a funcionar? ─ Jyou, en lo personal, seguía disconforme con la resolución tomada por su Rey. Esto, sabía, se derivaba en gran parte de la enorme desconfianza que le tenía a Sora Takenouchi, más el temor a que Hiroshi Takaishi fuera capaz de manejar el hielo igual que ella. Sin embargo, había acudido de buena gana junto a Yamato, ya que confiaba en él.

─ Creo que va a funcionar ─ Sora se quitó su anillo y se lo pasó a Yamato. Luego levantó ambas manos para generar una llama de fuego.

Nada sucedió.

─ No puedo hacerlo más. Hay algo extraño en este lugar. Es como dijo Takeru, él no pudo crear hielo incluso con su anillo. Yo, sin él y aquí, tampoco puedo hacerlo.

─ Pero eso no implica que de vuelta en tu reino, cuando te alejes de este lugar, no puedas hacerlo ─ insistió.

─ Jyou, ya basta. Es ahora o nunca. ─ Yamato se acercó al pozo y miró a su interior. ─ ¿Y qué hacemos, los tiramos?

Todos se miraron entre confundidos y divertidos, ya que hasta ese momento y luego de un extenuante viaje por la nieve, no se lo habían preguntado.

─ Quiero hacerlo ─ dijo Takeru. ─ Nadie va a poder bajar a buscarlos allí. ¡Esto tiene que funcionar!

─ Siempre tan esperanzador, ¡yo digo que lo hagamos! ─ Daisuke era el más emocionado en que eso sucediera, pero claro, él no debía hacer nada más que observar. A Ken y a Miyako les divirtió la escena.

─ Su Majestad Sora, ¿está segura de tomar esta decisión? ─ preguntó con respeto Iori Hida.

─ Solo si comienzas a tutearme, compañero de aventuras ─ sonrió ella. ─ Y espero que después de esto regresarás a vivir en tu reino.

─ ¡Eso no! Iori permanecerá conmigo y con Ken, mi entrenamiento no ha finalizado ─ protestó Miyako.

─ ¡Ya basta de dar vueltas, no quiero más peleas, tenemos que hacer esto de una vez! ─ impulsivamente, Mimí se acercó a Hikari y le quitó su anillo. En pocos segundos lo vieron desaparecer en el fondo del pozo. Asombrada, Yagami no supo que contestar, así que le quitó a Takeru el suyo y lo arrojó a su vez. Sora le sonrió a Yamato y él se deshizo del de ella. Luego, cediéndole el honor al reticente de Jyou, Ishida le hizo entrega de los cuatro anillos que portaba y, luego de lanzar una mirada hacia atrás y arreglarse los anteojos… los hundió en el agua.

Se escuchó tan solo un grito.

─ ¡BINGO!

¿Una nueva era?

FIN

NOTAS: ¡Gracias! ¡Gracias! Empecé esta historia hace doce años y una semana. Es increíble todo el tiempo que me siguieron. Les estoy agradecida de corazón. Todos los reviews que me mandaron en estos últimos días son la razón de que haya logrado esta hazaña personal. Es muy importante para mi haber terminado.

¡Va a haber epílogo! Ahí explicaré el futuro del Sorato y otras cosas que quedaron sueltas. Espero que este final no haya parecido apresurado. La verdad que con el paso de los años me fui arrepintiendo de todo el tema de la profecía y mucho más de lo de los poderes (y de hacer un UA, en fin…), por eso quise eliminar todo.

¿Puede ser que las escenas de Kenyako y Takari de este capítulo sean un poco forzadas? No las iba a poner, pero sentí que se merecían un cierre.

Gracias. No sé como más decirlo.

¡Hasta el epílogo!