Estocolmo

Para cuando se levantó de su asiento y se estiró los brazos y piernas, Lisbeth Salander se percató de que había pasado varios días encerrada en su piso de Fiskargatan, y aunque no recordaba los días exactos que permaneció aislada del mundo real, aquello no le afligió para nada porque la comida chatarra fue su salvación. Una vez que se estiró, se sentó en su ventana a contemplar el mundanal ruido de la ciudad en la noche. Desde allí, todos se veían pequeños, de la misma forma en que el sistema corrupto la hizo ver por años, sin haber hecho realmente nada para merecerlo, salvo ser la hija de un bastardo que se divertía agrediendo a su madre y engañándola todo el tiempo. Sí, ya no tendría que lidiar con esos personajes turbulentos, pero cada cierto tiempo esa pizca de rencor regresaba.

Una vez que regresó a su ordenador, Lisbeth se vio obligada a admitir que el caso de Harald Nielssen se estaba volviendo un poco más interesante de lo que aparentaba a simple vista, pues al iniciar la investigación, se encontró con que este hombre era alguien difícil de encontrar, cuando normalmente Lisbeth no tenía ni la más remota dificultad en encontrar a la gente, ella era hacker, eso era pan comido, pero por alguna razón lo que encontró de Nielssen era muy poco, y toda la información se daba vueltas en lo mismo: en que el sujeto era oriundo de Uppsala y que se ganaba la vida en oficios pasajeros como plomero, jardinero, carpintero, etc etc, y además, notó otras cosas que la desconcertaban, pues a Lisbeth no le gustaba no entender cuando se trataba de una investigación, algo en lo que concordaba con un detective extranjero del que no estaba segura si era real o ficticio, pero sí se entretenía leyendo sus múltilples casos. En cuanto a su caso, lo pensó una y otra vez, y solo cuando no se vio con más opciones, todo lo que fue capaz de concluir fue:

-Plague.


Londres

Mientras Sherlock trabajaba con sus acostumbrados tubos de ensayo, John guardaba en el borrador de su blog los puntos de la investigación de los Napoleones, y aunque por aquellos días no habían tenido mayores novedades, a John le daba gusto ver a su amigo tan tranquilo, o al menos con que no le disparara a las murallas era más que suficiente para él y la señora Hudson.

Por fin John se estaba concentrando como quería, las palabras le fluían como querían y todo parecía ir normal, hasta que...

-¡Señor Holmes, señor Watson!

-Detective Halloway-dijo John desconcertado.

-Para irrumpir sin siquiera un anuncio previo, es porque ocurrió algo inesperado con los Napoleones-contempló Sherlock sin perturbarse.

-¿Cómo lo supo?-preguntó Halloway sorprendido, para luego retomar el control sobre sí mismo-¡Como sea, algo nuevo surgió, y es necesario que me acompañen ahora mismo!

-¿Dónde es el asunto?-preguntó Sherlock.

-131, Pitt Street, Kensington-respondió Halloway.

-Iremos después de usted-dijo Sherlock dejando los tubos de ensayo-Puede esperarnos allá.

El detective Halloway se fue, y mientras Sherlock y John se ponían sus abrigos, John preguntaba:

-¿Algo inesperado? ¿En un caso como el de los Napoleones?

-Por supuesto que sí, por eso el detective se tomó la molestia de venir en vez de llamar-respondió Sherlock.

-¿Y de qué crees que se trate?-preguntó John.

-De lo más obvio, John-respondió Sherlock con la mirada iluminada-¡Es Navidad!

Sherlock fue el primero en salir, mientras John lo seguía al tiempo que notaba, una vez más, que sin importar cuánto tiempo llevara de conocer a Sherlock, nunca dejaba de sorprenderse del todo con su peculiar comportamiento, lo cual, en su opinión, era bueno y malo al mismo tiempo.

Unos cuantos minutos después de Halloway, Sherlock y John llegaron a Pitt Street, un sitio pequeño y tranquilo situado junto a una de las zonas más animadas de Londres. El 131 era parte de una hilera de casas que se veían todas iguales, de fachada lisa e incluso respetable, y al acercarse, vieron a la policía intentando alejar a la cantidad cada vez más de creciente de curiosos que se agolpaban a las afueras.

-¡No hay nada que presenciar, regresen a sus casas!-reprendió uno de los policías a la gente.

Sherlock y John se hicieron a un lado sin ser vistos, y encontraron a un hombre con un enorme tajo en el cuello y tumbado de espaldas en medio de un charco de sangre, con las rodillas dobladas y con la boca abierta de un modo horrible. John, pese a su pasado de soldado, no podía dejar de sentirse un tanto perturbado por lo que estaba viendo, y Sherlock, con una sonrisa triunfante, dijo:

-Te lo dije John. ¡Es Navidad!


Uuuuff, por fin vuelvo a actualizar, después de... ¿Un mes? ¿Mes y medio? Sí, lo sé, me demoré y me disculpo, pero ahora que ya tengo mi notebook de vuelta funcionando como antes, ya estoy en más posición de no dejar pasar tanto tiempo entre un capítulo y otro u.u

Saludos y espero sus reviews :)