"Nunca digas adiós, porque decir adiós significa irse lejos, e irse lejos significa olvidar…"

Era un día importante.

Estaba en casa otra vez. Todo parecía andar en cámara lenta. Recorría el aeropuerto hacia la salida y solo podía encontrar dolor en cada rincón de ese lugar. Se detuvo un momento, con la esperanza de encontrar algún buen recuerdo, tenía la esperanza o más bien la desesperación de encontrar alguna sonrisa o alguna palabra de aliento, pero no había nada. Aquel lugar era más grande y más frío de lo que podía recordar. Él ya no estaba ahí, no estaba en ninguna parte. Solo podía sentirlo en el aire cuando cerraba los ojos y pensaba en él, sentía que le acariciaba, podía sentirlo otra vez, hasta que la magia y la ilusión se iban y debía volver a su realidad.

— ¿Nanase? — le reconoció un sujeto en la salida del aeropuerto. Haru asintió antes de entregarle su bolso. Era parte de los beneficios de estar en casa otra vez. Le abrió la puerta y luego la cerró antes de llegar hasta el volante — ¿Tuvo un buen viaje? — lo miró por el espejo retrovisor.

—Hn. — hizo una mueca y desvió la mirada hacia la ventana.

Debía pasar del medio día y había un sol radiante. El cielo estaba despejado y de un azul profundo con solo en sol en medio, quemando todo a su paso.

Habían pasado dos años desde que había salido de la Universidad, desde que su vida había cambiado para siempre. Hoy estaba de vuelta en Japón porque se celebraban los Juegos Olímpicos. Sí, ya era 2020, y Japón era el país sede. Haru era la estrella de natación en el país y esperaban que pudiera retener las medallas de oro que había ganado en Río el 2016, cuando aún era un crio con sueños y metas por delante. Cuando no era capaz de valorar lo que realmente tenía frente a él y lo que no estaba aprovechando también.

No iba ir a casa, pero sabía de sobra que tendría que ver a toda su familia y a todos los amigos y conocidos de cualquier manera. Todos se enorgullecían tanto de él que no se perderían la oportunidad de alentarlo, aunque para Haru fuera simplemente otra competencia. Sin embargo, en alguna parte de su alma, se sentía agradecido de que fueran a estar ahí. Estaba un poco agotado de tener que trabajar tan duro cada día para mantenerse en pie por si solo, así que iba ser agradable que ellos fueran los responsables de recordarle que la vida continuaba, para variar.

Entro directo al estadio. Su entrenador había llegado hace un par de días para tener todo en orden para su llegada. Aun faltaban unos cuantos días para que comenzaran los juegos, así que suponía que tendría visitas antes de que pudiera poner un pie en el agua.

—Haruka. — dijo con alegría el entrenador en cuanto lo vio —Creí que nunca llegarías. — se apuró a alcanzarlo por uno de los pasillos del estadio — ¿Cómo estás? ¿Cómo estuvo el viaje? —

Haru solo asintió e intentó sonreírle en forma de agradecimiento. El hombre sabía que no era muy expresivo, así que tampoco esperaba mucho más de Haru — ¿Están aquí, verdad? — preguntó ciertamente desconfiado.

—Era inevitable. — admitió —Se están quedando en un hotel. Prometí avisarles en cuanto llegaras, pero podemos esperar. —

—No, está bien. — dijo sosegado —Avísales que ya estoy en Tokio. —

Su entrenador asintió y se detuvo a mitad de camino —La piscina esta al final del pasillo a la derecha. — sacó su teléfono y comenzó el camino de regreso.

Haru ni siquiera se volteó a verlo. Siguió caminando y tomó el camino que le habían indicado. Entró por una de las alas a las piscinas que estaban dispuestas para el calentamiento y la preparación de los atletas. Había bastante gente, pero también había muchas piscinas. Había espacio para todo el mundo.

Se quitó la chaqueta y los pantalones. Su siempre fiel traje de bajo fue lo único que se quedó con él. Tiró todo sobre una banca y se acercó a una de las piscinas que lucía más vacía. Hizo un calentamiento previo y se lanzo al agua sin siquiera mirar a sus compañeros del lugar. No deseaba compartir. No deseaba hablar. No deseaba mirar a nadie, solo quería agua y olvidar. Pero de aquellas dos cosas solo podía tener una.

No supo cuanto tiempo había pasado, pero cada vez iba quedando menos gente en el lugar, hasta que en algún momento se quedó solo en la piscina. Él simplemente flotaba en el agua y puedo darse cuenta que había oscurecido porque el techo del estadio era completamente de vidrio y el cielo estaba oscuro. No se podían ver las estrellas producto de la luz del lugar, pero sabía que era tarde. Se hundió y nadó hasta la orilla. De seguro ya lo iban a regañar por pasarse tanto tiempo aquí.

Cuando llegó a la orilla, el cabello mojado le cubría parte de su visión, pero pudo ver una mano que le esperaba para ayudarle a salir. La reconoció de inmediato. La agarró con fuerza y salió del agua.

—Makoto. — se corrió el pelo para mirarlo mejor.

—Hola, Haru. — dijo emocionado. Tenía su sonrisa intacta, pero multiplicada por mil.

—No hallaba la hora que llegaras. — le acusó Nagisa desde atrás. Estaba junto a Rei. Tampoco los había visto en este último tiempo. Desde hacía dos años.

Makoto se volteó avergonzado a regañar a Nagisa. Rei le hizo un gesto con su mano. Los tres estaban atentos a no hacer o decir nada descuidado. Podía notar en sus miradas que estaban nerviosos.

Sus padres estaban un poco más atrás. Aguardaban pacientes poder acercarse, pero dejaban que los chicos se tomaran su tiempo.

Makoto le acercó una toalla a Haru y mientras éste se secaba la cara Rei y Nagisa se pusieron a parlotear de cosas incomprensibles para Haru. Algo del trabajo de alguno de ellos. Debía admitir que no sabía a qué se habían dedicado sus amigos. Era una pésima persona.

— ¿Estuvo bien tu viaje? — preguntó Makoto llamando su atención.

Haru lo miró —Mejor que la última vez que vine. — admitió.

—Haru… —

—Lo siento. — bajó la mirada —No quise hacerte sentir mal. — le regresó la toalla —Debo verlos a ellos, ¿luego hablamos, sí? —

Makoto se quedó sin palabras. Solo lo miró mientras se alejaba hacia sus papás.

—Cariño. — su madre de lanzó de inmediato a sus brazos — ¿Cómo estás? — le susurró al oído — ¿Te has alimentado bien? ¿Por qué estás más flaco de lo normal? — comenzó a dispararle con preguntas.

—Estoy bien. Solo he entrenado demasiado, pero me alimento regularmente. — prometió tratando de quitársela de encima.

Su padre le dio unas palmaditas en la espalda y le murmuró —Resígnate. Estará pegada a ti por la próxima media hora. —

Haru suspiró y la abrazó de regreso —Estoy bien. — aseguró queriendo zafarse. Lentamente lo soltó, pero lo agarró por los hombros y lo contempló.

—Ni se te ocurra. — le advirtió antes de que abriera la boca —Ni a ti ni a nadie. Así que adviérteles. — dijo con un tono más golpeado.

Todos seguían alrededor de él y lo escucharon levantar la voz. Haru no quería ser grosero, pero podía ver en su mirada lo que iba a decir y no quería oírlo. No quería que nadie lo dijera.

Makoto lo tomó de un brazo y lo alejo con gentileza de su mamá. Lo obligó a caminar unos cuantos pasos hasta que por fin comenzó a caminar por cuenta propia. Bajó un poco la mano hasta encontrar la de Haru y entrelazarla con suma delicadeza. Observaba de reojo cada movimiento de Haru, pero no parecía incomodo con sus movimientos. Pudo notar que comenzaba a relajarse.

—Gracias. — dijo Haru deteniendo la marcha sin soltar la mano de Makoto —Gracias por eso. — lo atrajo con fuerza y lo abrazó por debajo de los brazos de éste.

Makoto le correspondió y lo envolvió en un suave abrazo. Sintió como Haru se aferraba a su ropa y lo olía profundamente.

—Te extrañé. — le susurró. No esperó ninguna respuesta, y tampoco la obtuvo.

Estuvieron en silencio un rato, hasta que Haru rompió el silencio —Voy a competir en los relevos. — le contó un poco nervioso.

Makoto no sabía realmente que decirle al respecto. No sabía si era algo bueno o algo malo. Solo deseo ser parte de su equipo, igual que el resto de los chicos, pero sabía que no era posible, así que simplemente lo abrazó con más fuerza —Todo saldrá bien. Van a ganar. Ganaras en todas tus categorías. —

—Gracias, Makoto. — suspiró aliviado al escucharlo.

El día había llegado. Haru estuvo desde temprano haciendo el calentamiento requerido y solo llegó al estadio cuando faltaban un rato para dar inicio a las competencias de natación. El lugar estaba repleto tanto en las gradas como en la zona de la piscina. Había tantos entrenadores paseándose nerviosos mientras que los competidores hacían calentamiento.

Haru sintió una opresión en cuanto vio tanta gente, se dio media vuelta para volver por donde había llegado, pero su entrenador estaba justo tras él.

—No se puede huir. — le sonrió y le hizo girarse otra vez más —Vamos con el equipo japonés. — le animo para que no se sintiera tan solo.

Haru arrastró los pies hasta ahí. Alargando lo más posible los pocos pasos que tenía que dar hasta donde se encontraban todos ellos. Agachó la mirada cuando ya estuvo frente a ellos, pero incluso con la cabeza agacha, no había forma de no escucharlo.

—Hola Nanase. — la voz de Sousuke resonó en su cabeza y aunque no levantó la mirada, pudo imaginar su rostro perfectamente, igual que el de él. Y era exactamente la razón por la que no quería verlo. Y fue entonces cuando se hizo inevitable que los recuerdos vinieran a él.

Hola, Haru. — sonrió.

Hola. — sonrió de regreso. Haru se hizo a un lado para que Makoto pudiera entrar — ¿Cómo llegaste hasta aquí? — preguntó un poco confuso, aunque no tan sorprendido.

Makoto exhaló y entró antes de responder —No fue tan difícil comunicarse con tu entrenador. — le explicó. Su sonrisa y la felicidad en su rostro fueron desapareciendo a medida que Makoto recorría el lugar y el tiempo comenzaba a acabarse.

Yo… iba a llamarte. — trato de explicarle Haru un poco nervioso.

No. — lo detuvo Makoto. Se giró a verlo y pudo ver que estaba triste —No lo hagas, por favor. No digas nada. — imploró —No vine a eso. — sus ojos brillaron de pronto.

Haru se quedó tullido en cuanto vio la expresión de Makoto. Sabía que algo no iba del todo bien como para que Makoto tuviera aquella expresión en su rostro — ¿Qué sucede? ¿Por qué estás aquí? —

Makoto dio un paso hacia Haru —No me atreví a decírtelo por teléfono. Nadie se atrevió. —

Los ojos de Haru comenzaron a brillar también — ¿Qué pasa? ¿Por qué tienes esa cara? — la desesperación lo consumió de inmediato. No sabía que sucedía, ni siquiera tenía alguna sospecha de que podría ser, pero la angustia lo envolvió y lo preparó para cualquiera que fuera la noticia.

Sousuke me llamo… — se calló cuando vio la mirada de Haru. Vio el segundo exacto en que su mirada se quebró.

¿Rin? — quiso saber. Su corazón le decía que ahí estaba la respuesta a su angustia.

Makoto apenas movió su cabeza para asentir —Tuvo un accidente en la piscina. — le explicó con cautela. Haru se quedo pegado viéndolo —Cayó mal a la piscina y se golpeó la cabeza. —

Una lágrima rodo por la cara de Haru y éste ni siquiera se inmutó, la dejó caer hasta que llegó a su mandíbula que estaba tensada y cayó hasta dar con el piso del departamento.

Haru… — quiso detenerse.

Haru apretó los dientes —Dilo. — negó para que no se acercara —Solo dilo. — le pidió.

Fue instantáneo. No sufrió. — intentó sanar un poco su herida.

Haru volvió a negar —Tienes que decir la palabra o no lo creeré. — más lágrimas salían y recorrían sus mejillas. Makoto nunca lo había visto así.

No te hagas esto, Haru. — Makoto también tenía lágrimas en sus ojos, pero él ya había llorado durante el viaje. Ahora necesitaba ser fuerte para Haru.

Haru cerró los ojos y los apretó con fuerza. Sollozó por un momento antes de volver abrir los ojos —Dilo. — dijo en un susurró. Antes que el llanto consumiera el resto del aire en sus pulmones.

Haru, Rin murió. — dijo con todo el pesar que había en su interior.

A Haru le tiritaron las piernas y se dejó caer en el suelo. No tenía fuerzas para mantenerse en pie. No tenía fuerzas ni siquiera para respirar. Comenzó a faltarle el aire.

Makoto se apresuró en llegar a su lado y lo abrazó protectoramente, queriendo alejar el sufrimiento de Haru, pero sabía que eso no era posible, porque la pena estaba dentro de él y era imposible quitarla de ahí.

Di que no es cierto. — le rogó entre sollozos —Dime que no es cierto. — le rogó.

Lo siento tanto, Haru. — lo apretó y acarició su cabello con ternura. Haru se aferró con fuerza a Makoto.

Hace unos días hable con él. — Negó la cabeza en el pecho de Makoto —Solo hace un par de días. — repitió intentando convencerse que no podía ser posible —Prometió venir. Él va a venir. — dijo desesperado —Él lo prometió, Makoto. —

Lo sé, Haru, Lo sé. — dijo con suavidad —Pero él ya no puede venir. — trataba de ser sincero ante todo. Nada ganaba con dejarle que se empecinara en que todo era una mentira.

No puede estar muerto. — gritó a todo pulmón. Se soltó de Makoto y se levantó del suelo. Miró a todos lados buscando como solucionar la situación, pero los ojos tristes de Makoto le recordaron que ya no había nada que hacer —Ni siquiera pude despedirme de él. — ladeó un poco la cabeza y las lágrimas comenzaron a caer otra vez.

Makoto se levantó y llegó junto a Haru, pero éste no dejo que lo abrazara.

Yo lo elegí a él. — dijo con la mirada perdida, como si estuviera deduciendo algo —Y en cambio estás tú aquí. — le dio una mirada de reojo —No merezco que estés aquí. —

Eres mi amigo antes que nada y Rin también lo era. — negó restándole importancia.

No le pude decir que lo amaba. — sonrió nervioso —Se lo iba a decir aquí. — sus ojos estaban vidriosos. No podía ver nada con claridad.

Él lo sabía. — le intentó calmar pese a todo el dolor que le estaba produciendo todo eso —Él iba a venir por ti. — sonrió con melancolía también.

Murió… — repitió un par de veces, cerrando los ojos. Había una parte de él que aún no lo procesaba —Ha sido relegado a un tiempo pasado… — hablaba consigo mismo.

Makoto lo observó mientras caminaba por el lugar. No se atrevía a decirle que debían tomar un vuelo esa misma noche para llegar al funeral. No quería que toda aquella noticia siguiera haciéndose real con más acciones. Deseaba poder encerrarlo en una burbuja y permitirle sanar sus heridas, pero no era posible. Debían enfrentarse al mundo tal y como estaba. Nada había cambiado a su alrededor. Todo seguía igual que siempre. Eran solo ellos los que habían cambiado. Era solo Rin quien se había ido y a nadie más parecía importarle. Aquello dolía. Dolía seguir viviendo en un mundo en el que faltaba alguien, alguien a quien querías y amabas con todo tu corazón.

Pasaron unas cuantas horas antes de que Haru se sosegara por completo. Makoto había decidido prepararle un té para calmarlo antes de decirle que debían partir.

Haru se giró a ver a Makoto junto a la ventana — ¿Viniste a buscarme, cierto? — tenía su té entre las manos.

Makoto miró la hora —Si, pero aun nos queda tiempo. —

¿A dónde iremos? — volvió a mirar por la ventana.

Su familia lo trajo de regreso a Japón. —

Lo único que vino a su cabeza fue la tristeza que debía de estar sintiendo Gou. Su sufrimiento debía de ser lejos mucho peor que el suyo y aún así a él le costaba trabajo respirar. No quería nunca llegar a experimentar el dolor que debía sentir ella. Aunque no estaba seguro si no lo estaba sintiendo ya. En algún momento de su silencio había dejado de sentir, de percibir cosas a su alrededor. Era como si hubiera dejado de existir también.

En el aeropuerto nadie los esperaba. Haru se quedó de pie en medio del lugar mientras Makoto iba por un pequeño bolso que le había armado a Haru para pasar unos cuantos días en casa, acompañado de su familia y amigos. Éste solo miraba el lugar y recordaba la última vez que había llegado a Japón. Había llegado con Rin y recordaba perfectamente su desesperación cuando lo había perdido de vista, pero también recordaba la paz que sintió en cuanto lo encontró. Ahora lo buscaba y esperaba que apareciera. Miraba en todas direcciones buscando la cabellera rojiza, pero no estaba y sabía que no llegaría.

Makoto no quiso que Haru se fuera a casa. Sus padres no estaban y llegarían directo a la casa de Makoto, así que se lo llevó con él. Cuando entraron, su familia no supo realmente como reaccionar. Los hermanos de Makoto no pudieron hacer nada más que abrazar a Haru, pero éste se veía distante de todo aquello que lo rodeaba. Oía lo que decían, pero no los escuchaba. Solo asentía de vez en cuando y las únicas veces que su mirada pareció detenerse en alguno de ellos fue cuando nombraron a Rin.

No supo muy bien como ni cuando se durmió. Su cuerpo cansado se rindió ante tanto dolor y en algún momento simplemente se durmió. Unos rayos de luz le iluminaron la cara y lo despertaron en el cuarto de Makoto. Estaba solo y sin contar la pequeña rendija de luz, estaba todo a oscuras. Se sentó en la cama y se frotó los ojos. Podía sentir como sus parpados estaban a punto de reventar producto de la hinchazón. Se levantó y arrastró los pies. Tenía la misma ropa que traía ayer. Puso la mano en la puerta, pero sabía lo que le esperaba. Recorrió la pieza y encontró un traje negro colgado en la pared. Era pequeño, así que debía suponer que era suyo. La camisa era blanca y había una corbata negra. Se vistió con lentitud. No quería más miradas de pena. No quería que sintieran pena por él. No deseaba volver a escuchar un "lo siento". Si no podían arreglar lo que había sucedido, entonces no deseaba escucharlos.

¿Haru? — Makoto golpeó con suavidad antes de abrir la puerta. Haru se estaba abotonando la camisa cuando entró —Tus padres ya llegaron. —

Haru asintió — ¿Todos irán? —

Todos quieren presentar sus respetos. — le informó —Además supe que su cuerpo llegó esta mañana. —

Haru levantó la cabeza y miró con altivez para no dejar que las lágrimas se derramaran por sus mejillas. Sin embargo, el saber que estaba más cerca de lo que no habían estado durante meses lo destrozaba. Habían tenido que llegar a algo así para poder volver a encontrarse.

Tuvo que recibir abrazos de muchas más personas antes de poder salir hacia el velorio de Rin. Makoto siempre se mantuvo a su lado y el resto le dio el espacio que necesitaba. Al llegar, Makoto sacó un sobre de su chaqueta y se la dio a Rin. Éste era blanco, con decoraciones en blanco y negro.

Tus papás quisieron que tú lo entregaras. — le sonrió de lado para darle ánimos al entrar.

Adentro, estaba Gou con su mamá. Ésta se volteó a verlo cuando lo vio entrar y se tocó el pecho antes de encogerse de hombros. Su mirada se quebró en cosa de segundos y se tuvo que voltear hacia adelante otra vez. La escuchó gimotear hasta que su mamá la abrazó. Rin estaba un poco más delante de ellos. No podía ver su rostro, pero podría ver todo su cuerpo recostado frente a la multitud.

Un sacerdote budista estaba cantando un Sutra y algunos familiares de Rin que jamás había conocido estaban ofreciendo inciensos a la urna donde estaba Rin. Haru se levantó en cuanto comprendió y se metió sin siquiera preguntar. Ellos no eran familiares, tenían que hacerlo dentro de su propio espacio, pero nadie dijo nada cuando vieron a Haru acercarse con el incienso.

Rin lucía dormido. Tenía un traje negro y su rostro estaba pálido. Haru no podía dejar de verlo. Sabía que sería la última vez y no quería olvidar ningún detalle de su rostro. No quería olvidarse de él jamás.

Despierta, por favor. — susurró. Una lágrima se escapo —Vamos Rin, despierta, — rogó. Se arrodilló junto a la urna y lo miró más de cerca —Siempre te voy a estar esperando, porque prometiste volver. — sintió la mano de Makoto en su hombro que lo ayudaba a levantarse.

Es hora de que los demás se acerquen. — le pidió con cautela. Haru asintió.

Hasta pronto. — dejo el incienso en su lugar y dejo que Makoto le tomara la mano para que lo guiara a la salida.

Makoto lo sacó de ahí para que tomara un poco de aire afuera. Adentro ya había comenzado a llegar mucha gente.

Rei y Nagisa no tardaron en alcanzarlos. Haru se sentó bajo un pequeño techo del edificio para que les diera un poco de sombra. Nadie le decía nada y Haru lo agradecía. No quería estar solo, pero tampoco quería hablar. Solo necesitaba tiempo. Miraba la gente pasar. Todos se veían terriblemente afectados. Aunque algunos más que otros. Gente entraba y gente salía. Todos vestidos de negro. Nadie que ellos conocieran realmente.

Aunque las miradas de todos se centraron en Haru cuando divisaron a Sousuke entre la multitud. Acababa de salir también del velatorio, pero ninguno pudo verle la cara.

Ya regreso. — prometió Makoto y se perdió entre la multitud hacia él.

Haru se levantó después de un rato y caminó en la misma dirección. Al otro lado del edificio los pudo encontrar charlando. Pudo ver al fin el rostro de Sousuke. Estaba igual o peor que el suyo. Se notaba que había llorado mucho y aunque trataba de sonreír, alguien había robado su sonrisa, igual que la suya. Cuando lo diviso, su cuerpo se tenso y Makoto se volteó enseguida sabiendo que sucedía.

Haru… —

Está bien, Makoto. — dijo Sousuke tocando su hombro —Esta demás que diga que siento tú perdida. —

Es mutua. — agachó la cabeza —Lamento mucho que perdieras a Rin. — su voz se quebró al nombrarlo. ¿Lo perdían? ¿Para siempre? ¿Cuánto duraba un para siempre?

Nuestra situación se arregló los últimos meses. — le contó —Rin y yo estábamos intentado ser buenos amigos. — sonrió con amargura —Y para desgracia mía, con mucho éxito debo decir. —

Haru se inclinó ante Sousuke —Lamento lo que hice, lo que te hice a ti y a Rin. Fui egoísta y lamento profundamente haberte causado tanto daño. —

Sousuke se encogió de hombros —Él ya no está. No hay necesidad de guardar rencor. — lo perdonó — ¿Lo amabas, cierto? Después de todo si lo amabas. — lo miró expectante —Al menos dime que lo amabas. Que todo lo que vivió estos últimos años valió la pena. —

Haru miró a Makoto, pero éste apartó la mirada —Si, Sousuke. Amaba a Rin. — decir su nombre dolía mucho. Tenía que dejar de nombrarlo. Debía dejarlo ir.

La gente comenzó a salir del lugar. Había terminado por hoy. Gou pasó junto a unos familiares, pero solo le hizo unas cuantas señas para saludarlos. Aun no estaba lista para hablar con ellos. Eran lo único que siempre le recordaría a ella la pasión de Rin, lo que más amo en la vida, y también aquello que se la llevo.

Al siguiente día fue el funeral. El comienzo de la ceremonia es igual como el día anterior. El mismo sacerdote cantaba un Sutra y la gente ofrecía inciensos. Haru observó todo en un silencio sepulcral. Incluso la parte en que elegían un nuevo nombre para Rin. Uno budista. No quiso saberlo. Para él siempre iba a ser Rin Matsuoka.

Cuando el sacerdote termino, la gente comenzó acercarse en silencio a la urna para decirle por última vez adiós a Rin. La mayoría estaba sosegada. Increíblemente deprimida, pero tranquila. La madre de Rin se vino abajo cuando tuvo que despedirse y tuvieron que ayudarla a salir del lugar. Por su parte, Gou se quedó junto a su hermano un momento y besó su frente antes de salir echa un mar de lágrimas.

Cuando le tocó el turno a Haru, Rin ya estaba lleno de pequeños recuerdos alrededor de su cabeza y sobre sus hombros. Eran recuerdos de todo lo que había sido él alguna vez y las diferentes formas en como lo iban a recordar todo. Para todas esas personas, Rin era alguien diferente. Haru se sacó del bolsillo una pequeña cadenita que tenía dos figuritas de plata. Una era un delfín y la otra era un tiburón. Lo que siempre lo represento y ahora podría irse de alguna forma con él.

También quiso acercarse y besarlo una última vez, pero prefería recordarlo por la última vez que lo había acariciado. Cuando la sangre aún corría por su cuerpo y era tan cálido como lo era su corazón. Si hubiera podido pedir una cosa en la vida hubiera sido haber podido besarlo una última vez en aquellos labios tibios que siempre estuvieron para ofrecerle una sonrisa en sus peores momentos.

Lo estaba perdiendo, para siempre y sabía que cada día pesaría más su ausencia. Cuando todo su interior terminara por comprender que no se había ido de viaje, ni a vivir a otra parte del mundo y que pronto volvería. Él simplemente se había ido para siempre.

No asistió a la ceremonia de la cremación. Ya no volvió a vestir el negro. Volvió a casa con sus padres, pero se encerró en su cuarto por varios días. Apenas comió y apenas durmió. Pero el día que se sintió con un poco más de fuerzas, se marchó de regreso a Australia. Las únicas personas de las que se despidió fueron sus padres, y por supuesto Makoto. Él lo acompañó hasta el aeropuerto. Haru odio no poder haberlo amado a él. Ahora tendría que vivir con su corazón roto y con la conciencia de que había roto el de Makoto. Y él solo pudo portarse bien con él. Se odiaba por ser un cretino, por haberlo necesitado tanto, por necesitarlo tanto aún. Por quererlo de la forma en que lo hacía, como su amigo, como su mejor amigo. Pero ya no pudo volver a quererlo de otra forma.

No había vuelto a ver a Sousuke desde aquella vez. Al menos todo había quedado en paz. Pero de alguna forma ambos entendieron que era un acuerdo para no volver a verse las caras nunca más.

—Sousuke. — lo saludo —Me alegra verte en el equipo. —

Sousuke hizo un movimiento con su hombro —Hice mi mayor esfuerzo. — admitió.

—Es hora, Haru. — le tocó el hombro su entrenador y le entregó sus goggles y lo envió a la piscina que correspondía.

— ¿No vas en esta? — preguntó Haru caminando a paso lento.

Sousuke negó —Rin era el del estilo libre… — dijo sin pensarlo.

Ambos se detuvieron cuando escucharon el nombre. Nadie lo había vuelto a nombrar desde aquel día. Solo vagaba en su mente, pero nadie se había atrevido a pronunciarlo otra vez.

Haru siguió caminando un poco inquieto. Se giró un par de veces a mirar a Sousuke, pero él no parecía inmutado por lo que acababa de decir.

—Vamos chico, concéntrate. — le rogó.

Terminó de hacer el recorrido el solo y en cuanto le dieron el permiso, se subió junto con todo los demás a la plataforma. Haru cerró los ojos y pensó en Rin.

—Esto es por ti y para ti. — susurró. Miró a sus contrincantes y luego volteó su mirada a la piscina —Todo esto es para ti, Rin. — lo nombro y dejo que algo recorriera su estomago. Un pequeño escalofrió. Sabía que su familia lo observaba. Sabía que sus amigos lo observaban, pero él quería que vieran a Rin en todo eso también.

Un poco antes de que sonara el silbato que les daba la salida. Haru se llevó la mano a la cabeza y levantó la correa de los goggles tal y como lo hacía Rin antes de cada carrera. Levantó la correa a la altura de la nuca y lo soltó segundos antes de lanzarse al agua.

Todo era en honor a él. Porque siempre lo iba amar y jamás lo iba a olvidar.