Advertencias: Los personajes de One Piece no me pertenecen. Tarde, pero bueno, es una adaptación del inglés, aconsejaría no leerlo porque la trama principal y diálogos son los mismos, pero cada uno que haga lo que quiera, esta es mi humilde opinión u_u
Notas: La primera parte en cursiva corresponde al presente; la letra redonda, los recuerdos pasados de Law. Lamento mi desatención a reviews y demás, pero estoy hasta el cuello de trabajo, cuando vuelva a ser una persona libre (muy pronto, espero), os agradeceré todo el apoyo con más detalle. Después de este, ya sólo queda un capítulo más.
p.d. "familiares" no hace referencia a Ámbar sentido estricto, es un "tema" que quería tratar durante ese fic y al final, por no alargar no pude hacerlo, pero quizá con ello escriba mini-capítulos, es algo que estoy planteando. Siento las desilusiones.
Quería agradecer el apoyo de Traffi, Bego-Bura-xD, Mukii, Rena Hibari Bonnefoy, Billy Cox, NaraAlex. ¡GRACIAS!
2. La Bruja
Tras la cena, Law volvió a la enfermería. En cuanto entró, el pobre diablo que dejó al cargo de la vigilancia de Mugiwara, salió volando de la sala. Suspiró cansado y se sentó en el mismo taburete de siempre. De nuevo retomó su posición de vigilia, dejó la nodachi en la esquina de siempre y sus ojos vagaron cansados hasta las líneas verdes del monitor del pulso, que afortunadamente se mantenía débil pero estable.
Ese eterno ruido de las máquinas que ayudaban al pirata a recobrar fuerzas era el único sonido que le acompañaba, le gustaba estar allí aislado de la gente, de la mar incluso; se frotó los ojos pensando que quizá hubiera sido mejor aceptar que Penguin hiciera la noche y él hubiera podido descansar. Una corta mueca de ironía cruzó rápida sus labios, justo esa noche, justo cuando estaba a punto de batir su propio récord de cordura, nada le hubiera dejado demasiado perdido en sus recuerdos y memoria.
Necesitaba tiempo.
Necesitaba pensar.
Necesitaba enfrentarse de nuevo a aquel pasado.
Quisiera o no, le habían pillado y tendría que enfrentarlo.
Ahora.
Se levantó cambiando el taburete por la silla del escritorio; se quitó el gorro dejándolo sobre una de las montañas de papeles y volúmenes desperdigados por la mesa. Y para ello, lo mejor era estar a solas, o al menos tan solo como compartir la enfermería con un tipo en coma pudiera resultar. Pensar en ella, en aquella bruja, era sentirse vulnerable: algo que nunca permitiría a los demás conocer.
Cerró los ojos para mejorar la visualización de aquellas memorias de algo tan lejano pero nunca ajeno, que sin necesidad de ser llamadas, se agolpaban para reproducirse como si fueran una película.
Como si fueran una tortura.
Nada de lo que se sus imaginaciones hubieran podido crear se asemejaba en lo más mínimo a ese primer bocado del Grand Line que acababan de experimentar en sus propias pieles: La Marina, las islas, el tiempo atmosférico, los animales, los enemigos que acechaban tras cada ola, como ir y venir. Nada era como hubieron supuesto y ahora pagaban el precio de subestimar el inicio de lo que les esperaba recorrer. North Blue quedaba atrás, y olvidado. Al frente, recuperar fuerzas, lamerse las heridas y recobrarse de ese golpe al honor para encarar los desafíos que le esperaban.
Acaban de atracar en el puerto de una isla, ya avisados del carácter que los habitantes de aquellas aguas podían gastarse, tras sobrevivir a una experiencia de vidao muerte. Y la tripulación del submarino necesitaban sin más sentirse vivos y vencedores dentro de su derrota. Festejar que habían salvado el pellejo o simplemente beber hasta que la borrachera les hiciera olvidar hasta su propio nombre, el del capitán y el del mismo demonio.
Pronto se hicieron con el pub local que convertirían, al menos por una noche, en una extensión de su submarino. Quizá porque eran unos desconocidos entre los nuevos carteles de la Marina de Se Busca, o simplemente, porque aquellos lugareños estaban acostumbrados a los piratas, allí, al menos, les recibieron con los brazos abiertos y dispuesto a explotar un tipo singular y creciente de «turismo».
El capitán, dio de lado a esas divagaciones sentándose a la barra y cambiándolas por un plato de sake. Desde allí podía observar a sus marineros sin mezclarse con ellos y al mismo tiempo controlar a los lugareños para escuchar qué decían de aquel lado del océano, todo detalle del Nuevo Mundo sería más que bienvenido.
Tardó bastante en captar una conversación que le interesara, no tanto sobre las islas, sino sobre aquel pueblecito en concreto. Justo en ese instante fue cuando Law tuvo la primera noticia de aquel singular fenómeno que hasta tiempo después no llegaría a comprender.
Entre muchas noticias que llegaban desperdigadas y costadas a su oído sobre inundaciones y sequías, islas qeu aparecían y desaparecían, tesoros imaginarios y mapas falsos, entre todo ello una sola palabra relucía por la irrealidad que reflejaba. Una sola palabra que le obligó a inmiscuirse en la conversación: «bruja».
—¿Una bruja? —repitió aguantando una sonrisa irónica sin importarle ser escuchado por nadie.
—¡Una Bruja! —exclamó el borracho golpeando su jarra de cerveza contra la barra—. Y si el intento de pirata no se lo cree, que vaya a comprobarlo. Eso si no tiene miedo de volver convertido en Rey Marino en vez de Rey de los Piratas.
Las carcajadas conjuntas de los aldeanos cercanos no llegaron a Law cuya mente ya urdía explicaciones para esa palabra tan imposible, pero todas sus suposiciones, como eran de esperar perecían a la par que se creaban. Necesitaba más datos.
—No se puede explicar —continuó la historia otra voz sin necesidad de escuchar una pregunta del extranjero—. Te toca y por arte de magia desaparece la sangre, las heridas, enfermedad o lo que quiera que te pase. Magia, no hay más explicaciones. Magia.
La opción de que esa magia fueran potingues y cremas naturales que ayudaban en la curación quedó eliminada de un plumazo, nada curaba tan rápido. Y así otra teoría se abría paso en la mente del capitán. Sin una base médica real en los chismes que contaban, sólo quedaba una salida posible.
Solo una explicación, con sus más y sus menos.
Y si eso era tal y como pensaba, la famosa bruja, no era más que una usuaria de Akuma no Mi a la que él desearía conocer. Porque, ¿Cómo iba a haber otra fruta con un poder tan similar al suyo?
—¿Y cómo podría conocer a tan peculiar… «bruja»?
—En realidad, no sale de su choza a menos que haya una urgencia grave, y no le gustan los visitantes. Cuentan que al hijo del lechero le tiró piedras desde la ventana mientras se reía cuando fue a preguntarle si quería leche, y al cartero se la tiene jurada, …
—Sí, bueno, pero el otro día me acerqué a su casa, allá al final del camino que sale de la aldea hacia los acantilados...
Premio, esa era la información que Law deseaba, entonces desconecto de la conversación de borrachos devolviendo toda su atención al plato de sake que agitaba levemente en su mano antes de beberlo de un trago, a la salud de la misteriosa «bruja».
Ensimismado en cómo debía funcionar aquel poder «mágico», solo Bepo y los más cercanos al capitán conocían y podían identificar aquella distintiva marca en el ceño que pregonaba el nuevo rompecabezas en el que se había sumergido. Al menos, se aseguró el oso segundo de abordo, intuyendo dónde acabaría todo aquello, los chicos obtendrían un merecido descanso durante algunos días antes de enfrentarse de nuevo al salvaje océano que les esperaba.
Exactamente el tiempo que Law tardara en resolver el enigma o se aburriera de él.
Comenzaba a despuntar el sol por el horizonte entre las aguas de levante, cuando Law, Bepo y su querida nodachi —porque nunca se sabe con qué o quién te puedes cruzar en territorio desconocido— recorrían la calle principal del pueblo buscando la salida más cercana a los acantilados, al final de la cuál encontrarían el «tesoro».
Unos pasos por detrás de Law, Bepo suspiró moviendo la mirada de la conocida silueta del hombre con la espada larga hacia sus pies. Se apostaba la piel, y estaba seguro que al final conservaría el pellejo, a que el Capitán se había pasado toda la noche en vela pensando en la famosa «bruja».
Porque a esa altura todos sabían qué carcomía la mente del pirata al mando del barco. Incluso algunos habían comenzado a apostar cuánto tiempo tardaría en desenmascararla.
Y para mayores males, Bepo fue incapaz de decirle que no lo acompañaba cuando Law le despertó antes del amanecer, con los ojos brillantes de expectación. Alguien tendría que vigilarlo, porque Trafalgar Law podría engañar a la mayoría con su actitud fría, serena, compuesta tan propia de médicos, pero no a ellos, sus viejos camaradas. De un modo u otro, Bepo comenzaba a apiadarse de la pobre señora, seguramente anciana con sus achaques, que había llamado la atención del capitán y que no tenía culpa de nada, es más, ni siquiera sabía de él, porque todo era culpa de los aldeanos que no se callaban. Y a pesar de eso, la mujer estaba a punto de convertirse en el nuevo juguete de Law hasta que consiguiera satisfacer por completo toda su curiosidad, o cómo él diría «hasta concluir la investigación».
Por otro lado y con la misma inquietud, Bepo esperaba que no hubieran sido simples conversaciones de borrachos, porque entonces Law regaría la tierra de aquella isla con sangre antes de partir. No era un tipo que llevara bien las mentiras, ni las órdenes. Y mucho menos las tomaduras de pelo.
—Capitán, un día de estos, conseguirás que nos maten.
—Puede, pero no hoy, Bepo. Y por supuesto, no a manos de una «bruja». —Ante tales palabras, el horror de Bepo aumentó, pobre anciana, Law parecía un niño ante una montaña de regalos por desenvolver.
Demasiado ensimismado en buscar dioses a los que rezar para que aquello terminara pronto y con los mínimos daños posibles, Bepo seguía los pasos de Law sin prestar atención al camino, que pronto dejó de estar pavimentado y regular para convertirse en una senda amplia de barro a través de arbustos que les alejaban de las casitas del pueblo. La vegetación crecía en un fuerte verde, hasta que sus orejas se movieron instintivamente por un ruido conocido. Bepo sonrió, al menos estaban en el camino correcto, podía escuchar perfectamente el chocar de las olas contra algo; el acantilado.
Unos pasos más adelante, la espesura del camino se abría dejando entrever el cielo celeste, y con la sonrisa de satisfacción de Law, intuyó que habían dado con el lugar indicado. Allí, el camino descendía en una curva hasta una cabaña de madera totalmente protegida por ese saliente de tierra. Bepo se detuvo un segundo, acostumbrando de nuevo sus ojos a la luz directa del día, escuchando como el salvaje mar rugía a sus pies cuando se asomó al borde del precipicio. Enfrente, la mismísima cabaña, que si bien tenía el techo de choza, las paredes, pudo comprobar entonces, eran de piedra. Una ventana y una puerta, todo absolutamente cerrado y con aspecto de abandonado. La única señal de vida era el humo que escapaba de la chimenea.
Allí, tan alejado de todo signo de humanidad y tan camuflado con la naturaleza, parecía más el lugar idóneo para encontrarse con un ermitaño, no con una bruja.
—A nuestra misteriosa bruja le gusta demasiado la luz, ¿no crees, Bepo?
—Aye, Capitán.
Sin muchas más florituras se acercó a la puerta destartalada de la cabaña y llamó con los nudillos.
No hubo respuestas en un principio y Law insistió una segunda vez más fuerte sin perder el brillo de los ojos.
—Los sanos no son bienvenidos —salió una voz atronante al fin del interior, Law frunció las cejas estudiándola.
Aquella voz, irreverente, sin lugar a dudas, no podía pertenecer a alguien mucho más mayor que él, el tono aún era agudo y joven, vibrante, con buenos pulmones, como máximo estaría en la veintena.
Sin lugar a dudas, pensó Trafalgar, que aquello era una invitación a volver a llamar y seguir investigando. Como la vez anterior, tuvo que repetir la acción antes de que esa voz le respondiera en el mismo tono cansado y hastiado, que solo conseguía despertar más la curiosidad del Capitán.
—¿Eres un pesado, no? Quién sois y para qué narices habéis venido, porque sé muy bien que no me necesitáis. —No le gustaba el trato que le estaba dando aquella voz.
Eran estos casos los que más le enfurecían, como investigador al menos, porque si quería conseguir alguna información iba a tener que tragarse parte de su orgullo, y hacer lo que le decían, al fin y al cabo era él, y nada más que él, como le había quedado claro, el interesado en saber sobre la «Bruja». Pero sólo por esa vez, y hasta que encontrara cómo devolvérsela.
Y no pensaba irse de allí sin respuestas y con el rabo entre las piernas.
—Trafagal Law, soy médico y estoy interesado en realizarle algunas preguntas sobre sus interesantes… Métodos curativos. —Se felicitó mentalmente por mantener la calma.
—Esto no es un circo, Trafalgar-san, vuelva a su submarino, lárguese de esta isla y deje de meter las narices en los asuntos de los demás, maldito pirata maleducado y egoísta.
El hecho de que supiera que navegaban en un submarino le pilló desprevenido, como toda la información que ella sí tenía sobre él; pero en ese instante debía pasarlo por alto, quizá cuando la tuviera a su merced, cuando ya hubiera satisfecho toda su curiosidad… Aunque antes había algo que le estaba haciendo hervir la sangre y que ya no podía tolerar más en el trato con aquella bruja.
—No me gusta que me digan qué hacer; por lo que le agradecería que abriera la puerta antes de que lo haga yo por la fuerza.
—¿No cree que ha olvidado pedirlo por favor? —Luego se escuchó una estridente carcajada.
—Le recomiendo que no me moleste demasiado, o tendrá una razón real para odiar a los piratas.
—Váyase a la mierda. Los piratas no son bienvenidos en esta casa.
Bepo tragó con dificultad, rezando a todo dios o demonio que recordara para que el capitán no perdiera la cabeza después de aquello. Aunque sabía que era un imposible, pero quizá, ante una mujer, al menos, una desconocida, alguien que tenía algo que él quería saber, al menos en esa situación Law se contendría. Como supuso eso era pedir demasiado. Ahí estaba, quieto delante de la puerta con los ojos entornados y furiosos, clavando la mirada en la puerta, con los labios rectos, y fríos. Los puños apretados en un silencio sepulcral que decía que todavía no se había dado por vencido.
De pronto, Bepo estiró el hocico olisqueando el aire: sangre. Es más, era el olor de la sangre de Law. Bajó la mirada para comprobar que sí, él mismo se habían clavado las uñas de la tensión. El oso negó con la cabeza a la par que pensaba que aquello era demasiado para Trafalgar Law.
—Capitán, deberíamos volver cuanto antes.
—Todavía no, Bepo. —Horror, era como si aquello también formara parte de un retorcido plan, retorcido como la sonrisa que se formaba y alcanzaba sus ojos grises.
Trafalgar Law seguía jugando aquel juego de voluntad y, por desgracia, disfrutaba. Una vez más, al oso no le quedó más remedio que rezar por el alma de la pobre señora, porque es como si hubiera cavado su propia tumba al tocar la fibra sensible del capitán.
—Menudo mocoso más cansino —volvió el susurro desde el interior—. Y encima dice que es médico ¡Ja! Un médico autolesionándose, nunca creí posible ver semejante estupidez. Pero qué esperar de un maldito pirata mocoso...
La puerta comenzó a abrirse al mismo ritmo que la sonrisa de Law se ensanchaba. Tal y como pensaba, no era una mujer la que se escondía tras el humo de la «Bruja», sino una chica joven; justo lo que él suponía. Punto para él, seguía por encima en el juego.
—Y también noto insomnio en sus ojos… —masculló para ella—. Odio esto, pero mueva su maldito culo y entre de una puñetera vez.
Los dos piratas estaban seguros que la chica estaba muy molesta con aquella situación, sin embargo, la puerta estaba lo suficientemente abierta como para parecer una invitación más cordial de lo que sus palabras decían.
—Espérame aquí, Bepo —el hombre le entregó la nodachi, luego volvió la vista hacia el gran misterio.
Tenía un gesto torcido, aburrido e indiferente a la vez, que le parecía cómico. Evitaba mirarle pero comprobó el tono verdoso oscuro de sus ojos que bien podrían camuflarse con el ambiente en el que vivía. Con aquellas vestimentas era complicado estar segundo de su complexión, aunque apenas le llegaba a los hombros y se movía en gestos lentos, a veces torpes no propios de su juventud.
—Dese prisa, mocoso, no tengo todo el día como otros vagos.
—Le agradecería que dejara de llamarme «mocoso» —se inclinó hacia ella en el umbral de la puerta notando como la pelota volvía a su parte del campo—, ¿acaso no le parezco un hombre hecho y derecho, Bruja-ya?
—Yo tengo poco de bruja, y no me quejo —respondió encogiéndose de hombros sin apenas mostrar sentimientos.
—Lo pondría en duda. —Se inclinó un milímetro más hacia ella, eso tampoco parecía alterarla—. Al menos, le he dado mi nombre, y me satisfaría mucho que lo usara; sin embargo, no tengo el placer de conocer el suyo, Bruja-ya.
—Trafalgar-san —un susurro en un dulce tono que le tomó por sorpresa, era una enemiga muy peligrosa—, está completamente equivocado si piensa que debo satisfacerle en algo. Y temo que después de tanto tiempo me he olvidado de mi propio nombre, por lo que tampoco podrá tener el placer de conocerlo. En caso de que tenga la necesidad absoluta de dirigirse a mí, hágalo como todo el mundo en esta isla.
—En realidad te gusta lo de Bruja y por eso te disfrazas de médico, ¿no es así? —Logró decir tras una silenciosa carcajada, olvidando por un segundo la formalidad.
En un gesto rápido desairado de sus esqueléticas manos buscando apartarlo de su lado, ella dejó que por un instante sus miradas se cruzaran y le regaló una sonrisa que le heló la sangre. A Law no le quedó más remedio que maldecirse por olvidar un gran detalle, absolutamente todos los médicos tenían una vena sádica. Pero, si ella no lo era, entonces…
—Puede que sí. O puede que no —interrumpió sus pensamientos ya cansada de esperar en el marco a que entrara—. De todas formas, le recomiendo que entre antes de que cambie de opinión. Aunque, ahora que lo pienso, puede que al final salgamos ganando los dos, si es que se decide a entrar.
Aquella última frase, extraña en su conexión de ideas, le llamó la atención al capitán pirata; a pesar de todo, había algo que ella, la Bruja, quería de él. Sin lugar a dudas que lo averiguaría y lo usaría para su beneficio. Una última mirada a Bepo y entró por fin en el interior de la cabaña.
De un vistazo se podía abarcar todo el interior, era una única sala dividida principalmente en tres espacios vitales sin separación física alguna entre ellos. Del techo colgaban manojos y ramos de hierbas medicinales, algunas muy conocidas para él, otras totalmente desconocidas; las paredes estaban repletas de estanterías con curiosas botellas, de todos los tamaños y formas, de cristal, algunas llenas, otras vacías, en diversos colores, etiquetadas, … Bajo la única ventana había un hornillo y un fregadero lleno de trastos sucios acumulados a lo largo de bastante tiempo, ni siquiera la cocina del submarino solía estar tan desatendida; en el otro extremo de la habitación una cama deshecha, varios jirones de ropa, un biombo y un escritorio, seguramente su espacio más personal, cubierto de libros, cuadernos, notas y jarros de flores muertas. Justo delante de la chimenea encendida, entre ambos espacios, había una mesa con un par de sillas tan perfectamente colocadas y limpias que resaltaban indiscutiblemente en aquel caos de habitación. Sin pedir permiso, ni esperarlo, Law se acercó a una de las sillas y se sentó; parecía que la Bruja sí tenía algo de médico, como los quirófanos para los cirujanos, aquel espacio debía ser la zona «desinfectada» de su casa donde ella operaba.
La chica cerró la puerta y con un paso lento, a veces trabajoso, llegó hasta la otra silla sentándose con ayuda de la mesa, como cualquier persona mayor haría, demasiadas contradicciones en ella.
—Como habrás observado, no soy médico; sino una bruja. Una bruja malvada, además. Y ahora, Trafalgar-san, ponga las manos sobre la mesa.
Reticente notaba como las uñas se hundían un poco más en su piel, cómo le costaba tragarse su orgullo y aceptar que él mismo se lo había buscado.
—Trafalgar-san, creía que no era un mocoso. —Al menos uno de los dos disfrutaba con la situación.
Todo por la investigación, se mintió a si mismo, al tiempo que se recordaba que quería ver su «magia». Levantó las manos y las colocó con las palmas hacia arriba sobre la mesa, como le había indicado. Ella, le miró a los ojos directa, despertando un extraño calor en algún lugar oscuro que le ataba a esos ojos, tan perdido en ellos no notó como tomó su mano herida entre las suyas en una suave caricia de las yemas de sus dedos sobre las frescas llagas.
—Si no está atento, se va a perder mi magia, querido Law. Y no sería conveniente que dejara que se volviera a herir para venir a verme, ¿no cree?
Ahí estaba otra vez esa maldita sonrisa que tanto le crispaba, a medias cálida e irónica, una sonrisa odiosa que se quedó grabada en la memoria del capitán.
N/A: Si os apetece, no os olvidéis que podéis comentar, poner en favoritos/alert y visitarme en la Loquería... En fin todas esas cosas que me hacen sonrojar y que agradeceré hasta la eternidad ^^
También acepto amenazas, pero sólo si están recubiertas de chocolate :3
¡Muchísimas gracias por leer!
PL.
