Advertencias: Los personajes de One Piece no me pertenecen. Tarde, pero bueno, es una adaptación del inglés, aconsejaría no leerlo porque la trama principal y diálogos son los mismos, pero cada uno que haga lo que quiera, esta es mi humilde opinión u_u

Notas: Las frases que aparecen en cursiva corresponde con el Law del presente respecto al pasado. Bueno pues... Se acabó :)

Quería agradecer el apoyo de Traffi, Bego-Bura-xD, Mukii, Billy Cox, NaraAlex y Rena Hibari Bonnefoy (ayer la página estaba colgada, pero el chap estaba listo, ya sabes lo que espero a cambio *¬*)

¡GRACIAS por todo el apoyo!


3. Cuentas pendientes


Algo ajeno a Law le llevó a actuar sin pensar, a hacer exactamente lo que ella le había dicho que hiciera. Sin más, ni siquiera cuestionárselo en su subconsciente. Sería su maldita voz que siempre parecía regañarle.

Bajó la mirada hacia sus manos sobre la trabajada superficie de la mesa de madera, justo donde ella tenía las suyas, en aquella embriagante caricia que al pasar sobre sus heridas las hacía desaparecer, dejando tras ellas una piel nueva y pálida que poco a poco tomaba el color tostado camuflándose perfectamente en su mano.

—Imposible. —No pudo aguantar el asombro cuando retiró sus manos observándolas.

—Me temo que debo llevarle la contraria, querido capitán. —La sonrisa cansada subió a sus ojos, antes de endurecer la voz de nuevo—. Ya ha comprobado mi magia de primera mano, y yo he cumplido con el código. Estamos en paz, Trafalgar-san. Si es usted tan amable de marcharse en este instante de mi casa y de la isla me haría muy feliz.

Y mientras decía aquello, de alguna manera consiguió levantarle de la silla, todavía ensimismado en lo que acababa de ver, y empujarle hasta el marco de la puerta donde ya no pudo más. Law se detuvo y en un giro brusco cogió ambas muñecas y comenzó a estudiar detenidamente las palmas de sus manos aún incierto de cómo había sucedido el pequeño milagro de la Akuma no Mi.

—Lárguese.

—Por qué me ha curado. —Preguntarle directamente cómo lo había hecho era caer demasiado bajo, incluso en esa situación.

—¿Por qué? —Repitió la pregunta paladeando cada sílaba, despacio, mientras elevaba una ceja, antes de romper en una vibrante carcajada—. Doctor Trafalgar Law, sólo he seguido el código. Nuestro código.

Sería porque ella ya había tentado demasiado su paciencia que esa respuesta le pareció tan vacía e inútil, consumiendo sus últimos resquicios de calma a velocidad vertiginosa. Si no fuera porque todavía le era necesaria, estaría muerta.

Parecía que se estaba despertando del trance en el que se había sumido desde que llegó a la choza, y la gota que colmó el vaso de su aparente serenidad fue justo esa mueca superior de ella que tan solo durante unos segundos escapó de su disfraz de enfado. Ahora ya no le importaba la paciencia, la magia o la Akuma no Mi. Esa Bruja había estado jugando con él todo ese tiempo. Le había, insultado, le había ordenador, es más, él se había dejado ordenar sin oponer resistencia… ¡Y no se había dado cuenta que todo era para su propio entretenimiento! Maldijo a la chica entre dientes, no iba a quedar así. Pero antes tenía que mover carta, cerró un puño serenándose, un brillo metálico relampagueó sus ojos y Bepo bajó las orejas cansado de las locuras de su capitán.

Una vez más, pero porque ya él sí tenía un plan.

—Bepo, sigamos el consejo de Bruja-ya, y volvamos al submarino.

El cambio de idea en el pirata hizo que se relajara, ella suspiró mientras veía como el oso se incorporaba y cogía la espada larga que mantuvo todo el tiempo delante suya; sin embargo, Trafalgar Law no estaba dispuesto a irse sin decir al menos unas últimas palabras. Se sabía pillada con las manos en la masa, así que al menos le daría al pequeño doctor aquella satisfacción.

—Estimada Bruja-ya… Hasta ahora me he comportado como un perfecto caballero a pesar de su actitud, por lo que espero un mejor trato por su parte en mi próxima visita. Estoy seguro que todavía valora su vida.

Ella le dejó marchar con una sonrisa ignorando por completo la amenaza; eso sí, hasta que despareció del camino. Entonces se permitió susurrar divertida un «mocoso insolente».

Los dos piratas desandaron todo el trayecto de esa mañana, primero a través del bosque, de los caminos, de la aldea hasta volver al muelle. Al menos, ahora sí había personas dando vida y alegría que les pasaban sin contagiarse. Bepo llevaba las orejas gachas, después de todo ese tiempo dentro de la casa de la chica joven, el Capitán había salido con los ojos entrecerrados y la boca cosida; no es que fuera un hombre de muchas palabras, se recordaba a menudo, pero siempre que descubría algo interesante o inquietante no podía aguantar para compartirlo con él. Como un niño pequeño mostrando su nuevo juguete.

Y esta vez, tembló ligeramente, puede que el juguete que Law tanto quería le había decepcionado o, peor, no era apto para su edad, en otras palabras no se había salido con la suya cuando estuvo con ella. Del modo que fuera, Bepo no presagiaba nada bueno.

A menos, que hubiera ido demasiado bien, tanto que el capitán todavía tuviera interés en seguir su investigación, y por consiguiente la peor parte se la llevarían ellos.

Una vez llegaron al submarino, Law soltó las dilapidantes palabras que Bepo llevaba tiempo esperando escuchar: «No se iban de la isla, todavía». Los hombres no se lo tomaron tan mal como esperaba, quizá lla última aventura estaba aún presente en sus nucas y querían tomar fuerzas necesarias antes de partir al próximo puerto. Por supuesto, la Log Pose ya estaba cargada con la siguiente ruta, y era por eso por lo que Law no se inventó excusa alguna para ellos. Sin embargo, de entre todos sus hombres, dos, en señal de duelo se quitaron los sobreros y miraron al cielo murmurando consabidas letanías maldiciendo la curiosidad de cierto capitán cirujano con tendencias sádicas que un día, antes o después, les llevaría al infierno.

—¿Puedo saber la razón de ello, Capitán? —Le preguntó el oso una vez a solas en el pequeño despacho-consulta de Law, tan sólo queriendo asegurarse que toda corazonada era correcta y, por consiguiente, que él, Bepo, el segundo al mando del submarino, era quien mejor conocía al capitán.

—Bruja-ya, Bepo, ella es la razón. —Era obvio, Law fue directo a la respuesta sin tan siquiera plantearse decir una mentira ni dejarse tiempo para paladear la pregunta, ya demasiado obvia en su subconsciente—. Puede que tenga la oportunidad de volver a ver su magia muy pronto.

Durante el, corto paseo de vuelta no había dejado de repasar mentalmente todas las opciones de fruta que conocía que tuvieran relación con la medicina, y a simple vista ninguna coincidía, pero estaba seguro que alguna tenía que ser. Tendría que seguir documentándose en su barco; mientras tanto, se sonrió, para él seguiría siendo, ni más ni menos, que magia. Como la de sus ojos, la de su voz y su tacto.

Era una bruja pérfida, se descubrió en algún punto dándole la razón, pero a la par era un misterio en si misma, con agradables y lógicos argumentos para una buena conversación. Lástima que a él no le gustara que le llevaran la contraria, ni que le cuestionaran.

Ni le ordenaran.

Sonrió frío. Si mantuviera la boca cerrada podría considerarla apropiada de muchas maneras, lástima entonces que su mayor virtud se viera oculta…

—Pobre chica. —La frase de Bepo fue automática al leer el rostro del capitán, tanto como la disculpa al sentir que Law le miraba enfadado.

Sin embargo, Trafalgar tenía razón. Esa misma noche, unos ruidos inusuales se levantaban en un revuelo desde el pueblo hacia el muelle despertándole de su sueño ligero. Momentos después, alguien llamaba a la puerta de su camarote con desgana. Sabía que no era Bepo, y tampoco pensaba que algún nuevo se atreviera a ir a visitarle tan a deshora.

—Adelante.

—Capitán. —Abrió la puerta un Penguin restregándose los ojos y voz gangosa—. Unos tipos de la aldea han venido diciendo que una tal Bruna o Bruda te está esperando. ¿Tenía pensado jugar a los médicos, sin decírnoslo? Pues al final no es que sea muy discreta que se diga.

De un movimiento rápido y ágil se levantó, cogió el sombrero, la nodachi y antes del segundo bostezo de Penguin ya había salido del camarote y casi bajado a tierra. Absolutamente nada podía ocultar la sonrisa de satisfacción hasta que vio a los aldeanos que le esperaban en el muelle. Estaban temblando, podía escuchar el latido acelerado de sus corazones como tambores martilleantes a punto de estallar y olían a miedo, congoja y preocupación. Emociones que no demostraron cuando ellos, unos piratas con recompensa sobre sus cabezas y grandes perspectivas de futuro, llegaron a la isla un par de días atrás, ¿sería aquello obra de Bruja-ya?

A pesar de todo ello, uno consiguió repetir el mensaje que ella le enviaba, necesitaba su asistencia.

Ni siquiera se detuvo a paladear la preciosa palabra con la que le había mandado llamar: asistencia; es más, ni siquiera cayó en que aquello no era una orden tal cual, pero escondía ese mandato imperioso de superior refinado tan propio de su lengua venenosa.

Simplemente, Law maldijo entre dientes apretando el agarre de la nodachi. Algo dentro de él, le decía que debía ir, sin pensarlo dos veces. Pero esta vez no se iba a quedar ahí. No iba a acudir ciegamente a su llamada, como cuando fue a su casa con el solo pensamiento de satisfacer su curiosidad, esta vez, Law estaba preparado para no dejarse caer en su red por completo y sacar provecho de la situación. Era el segundo asalto de su juego; en el primero, ella había vencido por el factor sorpresa, pero ahora le tocaba a él llevar las riendas.

Correr hubiera sido pedirle demasiado, así que mientras seguía a los apremiantes aldeanos daba vueltas a la idea de que con aquello, cumplía con su orden, dejándole creer que seguía ejerciendo ese magnetismo curioso sobre él, pero debía aprovechar para otros fines. Al fin y al cabo Bruja-ya era quien iba a quedar en su deuda al pedirle ayuda, y aquello, podía ser muy beneficioso para él.

Si en aquel momento alguien le hubiera preguntado, Law lo habría atribuido fácilmente a su curiosidad por la Bruja. Más adelante, con tiempo y pensamiento de por medio, podría decirse que era su forma de enseñarle el código.

Se paró en seco con un plan bastante aproximado de sus siguientes pasos en mente, cuando la vio esperándole en la puerta de una casa cualquiera del pueblo. Aparentemente estaba tranquila, pero sus ojos no mentían, y el cigarro en sus manos estaba temblando… ¿Desesperación? Law no pudo evitar desconcertarse, aquello no debía ser nada del otro mundo, pero estaba claro que no había pedido su ayuda porque sí.

—¡No te quedes ahí parado, Law! Entra y ayuda, maldito médico insensible —le gritó apremiándole a actuar sin cuestionarla, ni sobre ella, el cigarrillo, por qué temblaba o sobre qué encontraría dentro de la casa, ni por qué ella no la trataba si era su paciente.

Trafalgar tan sólo asintió y entró. Otra vez, su simple voz regañándole había servido para desarmarle y cambiar su frío raciocinio por una rabia ardiente, y así cometer un gran error.


Sin lugar a dudas, tuvieron que ser las siete peores horas de su vida cuando volvió a salir de la casa, incluso peor que lo que acababan de pasar, que cualquier cosa que le hubiera pasado y casi que le fuera a pasar, estaba seguro que iba a necesitar otras buenas vacaciones para superarlo.

Por todo el oro del mundo, él era cirujano y quería destripar cuerpos no aquello.

Necesitaba tomar aire fresco.

Y respuestas, se recordó ahora que ya todo había pasado. La buscó pero no estaba allí. Encima, después de todo, la mujer desaparecía, Law preguntó a un aldeano que le dijo que había bajado a la playa y dejando que la furia absorbiera su paciencia bajó con paso fuerte hasta donde ella se encontraba.

—¿Qué ha sido eso? —Explotó cuando la pilló mirándola directamente a los ojos—. ¿Por qué me has llamado para eso?

—No podía hacer nada —si acaso fue un suave susurro, tras unos segundos aguantando su mirada plateada, dura como el metal, continuó—, y tenía miedo, temía que pudiera manchar al recién nacido con mi maldición.

—¿Pero tú eres tonta? Ni que los poderes de la Akuma se pasaran así porque sí ¡Deja de actuar como una cría, eres una maldita médico! —Law se dejó llevar a la par que la inseguridad de ella le hacía notar como retomaba el control de la situación—. Estaba de parto, joder, no tenías que llamarme. Yo soy cirujano, corto. Destripo. Es más, ¿no crees que hubiera preferido que una mujer la ayudara?

—Mira, lo siento, lo siento muchísimo. Siento haberte molestado por esto, Law, pero no había nada que yo pudiera hacer. No. Estaba. Enferma. —era la segunda vez que le llamaba por su nombre inconscientemente—. Y no estoy tan segura que hubiera preferido mi ayuda a la tuya por muchas tetas que tenga.

Todavía temblaba, quizá por la agitada discusión, o todo lo que había pasado esa noche le estaba pasando factura. Sacó otro cigarrillo del bolsillo de su falda y una caja de cerillas. Se puso el primero entre los labios, abrió la caja de cerillas y con el estremecimiento a penas podía coger una cerilla sin tirar otras. Al sacar una, intentó varias veces pasarla por la banda, pero sólo salían maldiciones de su boca a no lograr encender ninguna.

—El caballero podría ayudarme, ¿no cree? —Law le quitó la caja de cerillas de sus manos heladas y le encendió una llevándosela hasta la boca del cigarrillo.

—Qué narices hago. Fumar te va a matar y por supuesto no ayuda con... —Reaccionó cuando ella ya hubo dado algunas caladas para prender bien el pitillo entre sus labios con una sonrisa.

—Me tranquilizará. Y todos vamos a morir tarde o temprano —le respondió en una sonrisa a través del humo de sus labios, ciertamente más calmada, pero por la abrupta regañina del pirata sobre su salud—. Además, es la mejor forma de ensuciar este aire tan puro.

—¿Aire puro? —Repitió con sorna dándose por vencido en el juego de controlar aquella conversación, ¿a quién quería engañar, cuando ella seguía realizando su magia?

—El aire del océano, o de la mar, es lo mismo. Después de comer la maldita Akuma no Mi, lo odio con toda mi alma, o al menos, tanto como la mar nos odia a nosotros. Ya no puedo aguantar su pureza más. Es como si pudiera matarme en cualquier momento, lo que irónicamente, es la realidad.

Law la miró, dejando que aquellas palabras pasaran la lógica de su cerebro y calaran en la memoria analítica lentamente. Era razonable, pero como todo poder, tenía su precio; ellos repudiaban al mar para conseguir algo que les haría singulares y casi imbatibles en la búsqueda del gran tesoro, el One Piece.

—De todas formas, muchas gracias Capitán Law por venir. No me hace gracia estar en deuda con nadie, así que… ¿Qué puedo hacer por ti? —Trafalgar arqueó una ceja cuestionándola, ahora que estaba más tranquila, acercándose a él, olvidando que esa era la situación en la que quería tenerla—. Ya sé. Cierra los ojos.

—Te he dicho que no me—

—Corta el rollo, mocoso. —Sería la presencia de ella, simplemente ello, lo que le obligaba a seguir absolutamente todas sus órdenes.

Así que los cerró y respiró el tóxico aroma que desprendían las yemas de sus dedos a medida que se acercaban a su cara.

Una vez más, pudo sentir aquella suave caricia reconfortante bajo sus ojos, podía ver como aligeraba la piel y se llevaba las marcas del insomnio y el cansancio dejando una extraña sensación ligera, fresca, quizá más pura que el aire.

—Ahora estamos en paz de nuevo, Law. —Un silencio reconfortante se instaló entre ellos durante unos minutos en los que el sol comenzaba a romper el cielo oscuro.

Estaba interesado en las teorías de la Bruja, y era una buena compañera de conversación con su singular patrón de razonamiento. De ningún modo permitiría ese día que se adelantara en el camino, que saliera de su alcance, algo que sin pensar le hacía sentirse muy enfadado. Quería sus malditas respuestas lo antes posible, y sin más rodeos.

—Nunca pensé en los usuarios de Akuma no Mi como odiados por el mar. —Trafalgar quería deshacer la sensación que cada una de sus palabras dejaba, como si se alejara más y más de él.

La chica dio otra calada y expulsó todo el humo en una incontrolada carcajada.

—Un pirata que no puede nadar, y mira que estaba pensando en dejar de llamarte estúpido —aquella sonrisa le quedaba mejor, y entonces lo supo, la Bruja le tenía atrapado en la palma de su mano—. ¿Y a qué precio vendió usted su alma al demonio, querido Trafalgar Law?

Él le devolvió la sonrisa fría irónica, a ese juego sí que podían jugar los dos.

—Puedo llevarme tu corazón —el dulce rubor que cubrió sus mejillas era el último recuerdo que Law tendría de ella.

—Como si un chico tan agradable como tú, necesitara esa ayuda —le respondió tras unos segundos más incómodos—. De todas formas no creo que te interese un producto defectuoso.

¿Y ahora? ¿Importaba qué escondía la Bruja? No. Quizá, Bruja y magia eran las únicas palabras que podían describir lo que la rodeaba.

Al atardecer de ese mismo día, los Heart Pirates partieron a la siguiente isla sin despedidas.

Quizá, si me hubiera llevado tu corazón lo hubiera podido arreglar y estarías con nosotros, Bruja-ya.

Pensando sobre el pasado ya no tenía sentido, ahora debía concentrar toda su atención en curar a Mugiwara.

Y tenerlo en deuda con él.


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También acepto amenazas, pero sólo si están recubiertas de chocolate :3

¡Muchísimas gracias por leer!

PL.