Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, yo sólo los uso por diversión y fangirlismo.
Capítulo I: El trato:
El viaje en barco fue más ligero de lo que Elsa había esperado, estaba planeado que tardasen al menos cinco días en llegar, pero el buen tiempo y lapropicia disposición del viento hizo que atracasen en la isla principal tan sólo tres días y dos noches después de embarcarse.
Pese a las preocupaciones de su hermana, Elsa decidió disponer de una escolta que no superase los diez hombres. Eran bastantes, y ella tenía poderes, si surgía algún inconveniente podrían apañárselas con facilidad.
El reino estaba conformado por cinco grandes islas, separadas entre ellas por las frías aguas del Atlántico, y la residencia real se situaba en la más grande y céntrica de todas ellas. El castillo era enorme, quizás incluso más grande que el que ella tenía en Arendelle, aunque sus colores eran un tanto más fuerte. La fachada estaba teñida de un cromatismo asalmonado, que le daba un toque ligeramente agresivo. Elsa pensó que tenía un aspecto imponente.
Por lo que sabía a través de su hermana y de las distintas averiguaciones que había estado haciendo antes de partir, Elsa era consciente de que el Rey de las Islas del Sur tenía trece hijos, el menor de todos ellos era Hans. Se sorprendió, pues, al no conocer a ninguno de ellos cuando llegó al castillo, siendo acompañada hasta el Salón Principal por varios criados que no dudaron en llenarla de halagos y de palabrería sacada de puros libros sobre protocolo.
Una vez estuvo delante del trono, Elsa concluyó que aquel lugar era muy distinto a su castillo. Aunque en cuanto a diseño parecía similar, la atmósfera que se respiraba era ligeramente inquietante, no sabía decir exactamente el por qué, pero algo no le terminaba de gustar, quizás la palabra correcta para definir el ambiente sería opresivo.
Uno de los criados anunció la llegada del Rey, y los guardias que acompañaron a Elsa se pusieron en posición para recibirlo. Cuando la máxima autoridad en las Islas del Sur entró en la habitación, todos los subordinados presentes se inclinaron, incluida la escolta personal de la reina de Arendelle. Ella, por su parte, aguardó a tenerlo enfrente para saludarlo como era menester.
Se sorprendió al ver a un hombre ya entrado en años, quizás superaba los sesenta. Su pelo y barba estaban ya totalmente canos, y su cara arrugada, aunque tenía un perfil muy aristocrático. Era alto, Elsa pensó que debía sacarle media cabeza a Hans, y pese a su edad mantenía los hombros bastante anchos y la espalda erguida. La reina observó que el menor se sus trece hijos había heredado de él el color de los ojos, aunque los del Rey se le hicieron bastante fríos, como si hubiese una especie de barrera inexpugnable entre ellos y el resto del mundo.
Al verla, el hombre se inclinó inmediatamente, Elsa lo imitó, y cuando ambos se miraron él sonrió afablemente,
—Mi señora —la saludó de nuevo amablemente—. Es un honor teneros en mi corte.
—El honor es mío, su majestad —respondió Elsa con solemnidad—. Os agradezco enormemente vuestra invitación.
—Oh, por favor —exclamó el rey—, faltaría más. Es lo menos que puedo hacer, no tenéis nada que agradecerme. ¿Deseáis tomar asiento? Debe haber sido un viaje muy largo.
Lo cierto es que sí, Elsa quería sentarse en algún sitio que no se tambalease. Aunque el viaje en barco no había resultado excesivamente largo, su cuerpo agradecería una superficie totalmente sólida en la que aposentarse.
El rey ordenó a sus criados que llevasen a la joven reina hacia una gran mesa, y estos no tardaron en prepararlo todo para que ella se sintiese lo más cómoda posible. Elsa lo agradeció, y luego dejó que su escolta se retirase hasta nuevo aviso.
—Espero que no os moleste el recibimiento tan precario que os hemos hecho —comentó el hombre, sentándose delante de ella—. No pensábamos que llegaríais tan pronto, el resto de los invitados no arribarán hasta dentro de una semana. Algunos seguramente aparecerán pocos días antes del Solsticio.
—En absoluto, su majestad, después de todo nos hemos adelantado.
Elsa observó cómo uno de los sirvientes le ofrecía una copa de vino, pero ella la rechazó amablemente; el alcohol no era santo de su devoción.
—Mis hijos no están aquí en estos momentos —explicó—, si hubiese sabido de vuestra llegada les habría dicho que vinieran a prestaros sus respetos.
La joven reina comenzaba a cansarse de tanto halago burocrático, así que prefirió cambiar de tema para hacer la conversación algo más amena. El rey la intimidaba, no sabía bien por qué, pero por alguna razón le daba bastante respeto dirigirse hacia su persona. Ella no tenía unas dotes sociales excesivamente buenas, aunque desde hacía dos años había mejorado notoriamente, así que intentó hacer su mejor esfuerzo para lograr que la tensión se disipase un poco.
—¿Sus hijos viven en palacio con su majestad? —preguntó en tono casual, tampoco le interesaba mucho saberlo, pero era mejor eso que seguir escuchando disculpas absurdas.
—No todos, por supuesto —respondió el rey. A ella le estaba resultando de lo más jovial aquel hombre—. Aquí reside mi heredero, mi segundo hijo y los cuatro últimos. Quiero decir, los seis… Aunque por estas fechas suelen volver todos a casa.
A Elsa no se le escapó aquella autocorrección que acababa de hacerse el monarca, y sus ojos quizás pudieron delatarla, porque de pronto el hombre se puso serio y la miró con una intensidad que a Elsa se le hizo bastante incómoda.
—Reina Elsa, me veo en la obligación de disculparme nuevamente con vos —le dijo, y ella sabía perfectamente lo que venía a continuación, llevaba recibiendo disculpas dos años—. Lo ocurrido en Arendelle fue bochornoso, y ahora que estamos cara a cara debo decíroslo de nuevo.
—Majestad, mi estancia aquí es la prueba de que no os guardo ningún tipo de resentimiento —medió la joven, cuanto antes pasase aquella conversación antes podría olvidarse del asunto—. Vos no sois el culpable delo sucedido, y yo no soy una persona que juzgue a todo un reino por las acciones de una sola persona.
—Os agradezco muchísimo que permitieseis que mi hijo fuese juzgado aquí, fue un acto muy nombre por vuestra parte.
Elsa se limitó a asentir, en realidad no había sido misericordia, pero ni ella ni su hermana deseaban tener nada más que ver con Hans. Él había causado mucho daño, y por aquel entonces ellas acababan de restaurar su relación de hermanas y el reino era al fin un lugar con las puertas abiertas en todos los sentidos, lo último que querían dos años atrás era amargarse poniéndole una sentencia ese tipo.
—Era lo justo, en realidad —mintió. No le gustaba hacerlo, pero era apropiado en ese momento.
—Mi decimotercer hijo ha estado cumpliendo un castigo severo durante estos dos últimos años.
El rey se levantó de su asiento y comenzó a pasearse por su habitación.
—Por supuesto, una persona que comete tal agravio no puede quedar impune, aunque sea miembro de la familia real —prosiguió el hombre—. Sus actos no fueron sólo vergonzosos, sino totalmente deplorables. Por ello le privamos de todos sus privilegios reales, en estos momentos mi decimotercer hijo no tiene más potestad para dar órdenes que cualquier miembro del servicio.
El rey miró a Elsa con cara de circunstancias, ella lo notó afectado
—Puede que os parezca poco —dijo—, muchos me sugirieron el exilio, incluso el encarcelamiento. Pero el castigo que le di me pareció apropiado. Aunque comprendería que os sintieseis ofendida por mi benevolencia.
Elsa tenía unas ganas tremendas de dejar de hablar de aquello, la ponía algo violenta y aunque intentaba encontrar las palabras precisas, le parecía que ninguna frase amable podía sonar certera al salir de sus labios. No obstante, se esforzó por ser lo más educada posible, después de todo, el hombre que tenía frente a ella no era el culpable de la maldad de su hijo. Suficiente peso cargaba ya sobre sus espaldas teniendo que sufrir las consecuencias de aquel acto de maldad por parte del benjamín de su familia.
—Vuestro hijo es asunto suyo —concluyó la joven—, vos sois el único que podéis decidir sobre él. Cualquier cosa que hayáis hecho está bien para mí. Como ya os he dicho, prefiero olvidar aquel incidente y comenzar de cero, será lo mejor para ambos reinos.
—Sois encantadora, y una persona realmente humana —sonrió y Elsa le devolvió el gesto—. No obstante, creo que mi decimotercer hijo necesita otro golpe de efecto. Algo que le haga reflexionar definitivamente.
La reina lo miró sin entender, pero algo le decía que lo que el rey iba a decir a continuación no le iba a gustar en absoluto. Y, efectivamente, casi le fue imposible disimular su disgusto al escuchar sus palabras.
—Le he ordenado que os sirva en todo lo que necesitéis durante vuestra estancia en palacio —sentenció—. Creo que será una buena forma de rematar el castigo que le he impuesto durante esos dos años.
A Elsa, por supuesto, la idea le pareció horrible. A ella, sinceramente, la suerte de Hans le era totalmente indiferente, y si ahora estaba pagando sus culpas se lo merecía. Pero tener que verle la cara no era algo por lo que ella quisiese pasar. De hecho, no imaginaba cosa peor.
—Su majestad…
Pero el rey la interrumpió.
—Os ruego que me permitáis hacerlo —habló el rey, y a Elsa re molestó verlo tan afectado, le hizo sentir ligeramente culpable—. Será un último pago para con vos, y una forma de asegurarme de que mi hijo aprenda debidamente la lección. Os lo pido de corazón.
Y ella creyó que era cierto, porque el hombre parecía totalmente sincero y cristalino con su petición. Elsa se sintió un poco mal, en realidad debía ser horrible descubrir que uno de tus hijos es en realidad una especie de maníaco. Imaginaba que el rey se culparía constantemente de los fallos cometidos con Hans –si es que estos existían-, y que se culpabilizaría de algo en lo que él no tenía nada que ver.
Se vio entonces en una encrucijada. ¿Qué Hans le sirviese? En cierto modo la idea era graciosa, una especie de venganza de lo más retorcida, aunque tener que aguantar su presencia era demasiado horrible y no compensaba.
—¿Qué me decís?
La joven reina alzó la vista, y los ojos verdes del monarca vecino le conmovieron tanto que no fue capaz de negarse. Era un padre castigándose por los pecados de su hijo, y ella no podía negarle la redención, y menos cuando no había sido el culpable de nada. Ella tenía que ser justa, además, sólo sería un mes. Unas semanas en realidad.
Suspiró, aquello no terminaría bien.
—Está... está bien. Pero sólo para que os convenzáis de que está todo superado.
Él sonrió, esperanzado, y se giró hacia uno de sus criados.
A los pocos minutos, Elsa abrió los ojos al reconocer a la figura del hombre que intentó acabar con su vida años atrás, que traicionó a su hermana y la dejó tirada a su suerte, y que hizo todo lo posible para apropiarse de un reino que no era de su propiedad.
Elsa no pudo evitar dirigirle una mirada cargada de odio y resentimiento, unos sentimientos que ella creía enterrados, pero que resurgieron nada más verlo. Hans seguía igual que hacía dos años, aunque a la reina no se le pasó por alto que parecía algo más delgado, y que no lucía las ropas elegantes y señoriales de antes, sino unas mucho más sobrias y sencillas. No obstante, no parecía serio o molesto por verla, sino realmente encantado.
—¿Me reclamaba su majestad? —preguntó de muy buen humor.
A Elsa no se le pasó por alto que el rey le dirigió a su hijo una mirada de lo más fría, no tampoco obvió el tono hosco con el que le respondió.
—Todo listo, ya puedes empezar.
Hans, por su parte, no parecía molesto con aquel trato de indiferencia por parte de su padre. Todo lo contrario, se comportaba con naturalidad, y parecía de lo más satisfecho. Elsa no pudo evitar pensar que estaba actuando.
Cuando se dirigió a ella, la reina esperaba algún tipo de mueca de disgusto por su parte, o algo que revelase vergüenza o arrepentimiento, pero no encontró nada de eso. Él sencillamente se limitó a inclinarse, y al alzar la vista le sonrió con toda la gracia del mundo.
—Mi señora —la saludó—. Permitid que os lleve a vuestros aposentos.
Elsa supo entonces que había algo peor que tener que tragar a Hans, y era tener que aguantarlo mientras fingía ser un ángel caído del cielo.
Sí, acababa de meterse en un berenjenal enorme.
Elsa podía comprender perfectamente que la servidumbre de Hans formase parte de su castigo, y hasta cierto punto le parecía correcto. Pero lo que no aguantaba era que él se comportase de una forma tan excesivamente cordial, era como si estuviese insultando a su inteligencia constantemente. Él había intentado matarla, había utilizado a su hermana y había querido hacerse con su reino. Por el amor de Dios, que actuase como un perfecto caballero se le hacía insoportable. Sabía que Hans era un ser cruel y sin sentimientos, capaz de todo por el poder, y que fingiera delante de ella era ridículo.
Quizás la llamasen exagerada, pero no lo era en absoluto. ¿Cómo iba a aguantar cualquier persona normal que un maldito como ese hiciese oídos sordos a todo lo sucedido por mantener su farsa? Es que no se podía, simplemente no.
Pero lo peor no era eso, lo que más le fastidiaba era admitir que aquel hombre actuaba realmente bien. Si Elsa no hubiese vivido todo lo sucedido dos años atrás, de veras creería que Hans era en realidad un pobre príncipe caído en desgracia que intentaba paliar sus culpas de la mejor forma posible. ¿Cómo era posible que alguien fingiese tan bien? ¿Qué una persona llegase a esos niveles de cinismo? Ella sabía guardar las formas y ser amable incluso con la gente que no le agradaba, pero de ahí a meterse tan dentro en un papel que no tenía nada que ver con su personalidad había un trecho enorme.
Cuando el decimotercer príncipe agarró sus maletas y la dirigió a través de un largo pasillol, Elsa no dejaba de pensar en lo violenta que le resultaba la situación.
—Las habitaciones de invitados están dispersas a lo largo del castillo —la voz de Hans era suave y melódica, con aquella simpatía que Elsa recordaba de cuando todavía no se había quitado la máscara de buen chico años antes—, el Rey ha dispuesto una para vos en el último piso, tendréis que subir algunas escaleras. Espero que no os importe.
No había resquicio de ironía en sus palabras, ni de rencor, ni de nada. Era sencillamente un sirviente encantador.
Elsa se consideraba alguien tranquilo, y podía presumir de mucha paciencia, pero de verdad que hubiese preferido toparse con el monstruo que conoció dos años atrás antes que con aquel figurín de falsa perfección. Entendía que él lo hacía para no tener problemas, y esa era una de las pocas cosas que no podía reprocharle, pero aun así no lo soportaba. Si tenía que aguantar un mes con un falso Hans que la colmase de falsas atenciones terminaría asqueada de todo.
Llegaron al final del largo pasillo, y Elsa se dio cuenta de que ni se había fijado, sus pensamientos lo acaparaban todo. Esa fue la señal de que tenía que hacer algo, llegar a cierto acuerdo para que la situación no se le fuese de las manos.
—Espero que no os moleste demasiado tener que subir varios pisos cada vez que debáis ir a vuestros aposentos —le dijo él, mirándola de reojo—. Si lo deseáis, puedo hablar con el rey para que os disponga un cuarto abajo, quizás os parezca más cómodo y…
—Bueno, ya está bien —bufó ella, poniendo los brazos en jarras—. Déjalo de una vez.
Hans levantó las cejas, dándole a entender que no comprendía lo que ella quería decir. Elsa apretó los labios, se le había ocurrido una idea que quizás mermase un poco el suplicio que le había tocado aguantar.
—No voy a pasarme un mes dándote las gracias por servirme —le dijo muy claramente, aunque su voz no estaba en absoluto alterada. Elsa sabía muy bien cómo guardar las formas—. Sinceramente, no puedo soportar que seas así.
Hans actuó con cierta turbación, haciéndose el loco.
—Si hay algo que he hecho mal, mi señora…
—Intentar matarme, jugar con mi hermana, querer arrebatarme el trono… —enumeró de forma irónica—, sí, eso está algo mal. No voy a andarme con rodeos, Hans; está muy claro que no me gustas, y por muy buen actor que seas, yo sé que no te gusto a ti. Puede que me parezcas de lo peor, pero prefiero que seas un cretino a que seas un cretino encubierto. No soporto la hipocresía, y no voy a pasarme toda mi estancia aquí haciendo como si nada mientras tú me sirves amablemente como si todo estuviese bien.
Él no dijo nada, ni siquiera parecía ofendido, su rostro estaba tan tranquilo como antes. Hans daba la impresión de no querer dejar su interpretación a un lado, ni un ataque directo podía deshacer toda aquella muralla de sonrisas y gestos amables que se había construido para tratar con ella, por lo que Elsa interpretó que debía continuar si quería sacar algo de aquella conversación.
—Te propongo un trato —finalizó, y se mordió el labio inferior con indecisión. No sabía si aquello era lo mejor, pero era lo único que se le ocurría para que todo resultase más placentero y menos cínico—. Tú me haces el favor de no actuar como si fueses una especie de caballero andante que, obviamente, ambos sabemos que jamás serás, y yo te absuelvo de tener que servirme exceptuando los actos públicos.
Algo en la mirada de Hans cambió entonces, pues él arrugó un poco la frente.
—¿A qué os referís? —preguntó con la misma voz inocentona.
—Está claro —respondió ella—. Tu padre quiere que me sirvas como parte de tu castigo, pues lo harás cuando él o tus hermanos puedan vernos. El resto del tiempo puedes hacer lo que te venga en gana, tu vida no es de mi incumbencia ni tampoco me interesa. A cambio, cuando estés conmigo deberás comportarte como realmente eres. Como ya te he dicho, no soporto tener que aguantarte así. Tú y yo sabemos lo que hiciste, y no fue nada bueno. No puedo soportar que actúes como un santo delante de mí.
Elsa notó chispa de malicia en los ojos de Hans, y tuvo un mal presentimiento.
—¿Me está diciendo su majestad que si servidor deja de actuar, ella lo librará de perseguirla por todo el castillo para satisfacer sus deseos?
La reina asintió.
—Excepto cuando sea necesario, sí. Sinceramente, no necesito ningún sirviente, he venido con toda mi guardia y ellos me bastan y me sobran, además son de mi entera confianza. Esto lo hago como favor hacia tu padre, pero no voy a dejarme los nervios en el intento.
—Está bien —respondió secamente.
Ella abrió los ojos, sorprendida.
—¿Aceptas? —preguntó, esperanzada.
De esa forma mataría dos pájaros de un tiro: por un lado ella dejaría de pensar que la estaba tomando por idiota, y además podría deshacerse de él una buena parte del tiempo, no había opción mejor.
—Sí, me parece bien.
Y dicho aquello, Elsa escuchó un sonido sordo proveniente del suelo.
Cuando la reina quiso darse cuenta, observó cómo sus maletas yacían desperdigadas por la cruda piedra. Miró los bultos y luego alzó la vista hacia Hans, pero él ya no parecía el mismo. Su mirada inocente se había transformado y vuelto más afilada, la sonrisa que lucía anteriormente brillaba ahora por su ausencia. También era perceptible un cambio en su expresión facial, si antes transmitía jovialidad, ahora la indiferencia era lo único que se observaba en su cara. E incluso la posición de su cuerpo, antes erguida y rígida, en esos momentos lucía más relajada y con una languidez que le daba un aura ligeramente prepotente.
Aquel Hans que veía ahora no tenía nada que ver con el que tenía delante segundos antes, y a Elsa le aterró la idea de que aquel hombre fuese capaz de cambiar tan descaradamente sin el menor esfuerzo. ¿Sería esa su verdadera forma o sólo una de las mil caras que era capaz de utilizar según la situación?
Bueno, daba igual, no tenía por qué preocuparse por ello, con tal de deshacerse de él estaba todo bien. La cuestión era tratarlo lo menos posible y punto. Su verdadera naturaleza le importaba bien poco, lo quería bien lejos siempre que fuera posible, ese era el objetivo.
Elsa lo vio moverse para marcharse y reaccionó al instante.
—¿Qué haces? —preguntó desconcertada, mirando las maletas.
—Cumplir el trato —respondió él con frialdad, su tono antes cálido era ahora más gélido que los bloques de hielo que era capaz de crear la reina—. Me has dicho que me comporte con naturalidad, ¿no?
—Espera un momento…
—Las maletas las puedes llevar tú, que tienes dos manos. A mí no me apetece para nada tener que subir las escaleras con tanto peso —le espetó de mala gana—. Además, ahora no hay nadie que nos esté viendo, no tengo por qué ser tu mula de carga. Utiliza tus poderes o lo que sea, yo me voy. Mañana, cuando mi padre te reclame, avísame.
—Que seas tú mismo no implica…
—¿Qué? —la volvió a interrumpir, y curvó sus labios en una sonrisa maliciosa—. ¿Qué me comporte como un cretino? Bueno, yo no me considero un cretino, pero tampoco soy ninguna hermanita de la caridad, y me importa bastante poco cómo te las apañes para subir todo eso, ciertamente. Supongo que tampoco te molestará que te tutee, uno sólo debe tratar con respeto a quién cree que lo merece, y dadas las circunstancias, no pienso que haga falta explicarte cual es la consideración que te profeso.
Hans ensanchó su sonrisa, con un divertimento que a Elsa le resultó algo macabro.
—Creo que estás comenzando a arrepentirte de hacer tratos conmigo.
Elsa le envió una mirada fulminante, no iba a caer tan bajo como él. Tampoco debía sorprenderse por su falta de consideración, un maldito homicida no tiene por qué comportarse como un hombre educado cuando no obtiene beneficio alguno de ello. Se reprendió un poco a sí misma por no haber supuesto que su primera reacción tras aceptar el pacto sería así de mala, pero luego se dijo que incluso resultaba coherente. Era un imbécil y se comportaba como tal, punto.
Fuera como fuese, Elsa no estaba dispuesta a perder los nervios, y menos por una basura como aquel hombre. Además, prefería que dejase ver al monstruo que realmente era antes que aguantarlo comportándose como un santurrón.
Orgullosa y digna como era ella, Elsa agarró las maletas y las levantó delante de él. Pesaban un quintal, y sus brazos terminarían resentidos, pero no iba a amedrentarse ni un poco.
—En absoluto —respondió, con la misma frialdad que Hans utilizaba para hablar—. Nos veremos mañana.
—Qué remedio —musitó Hans, más para su cuello que para Elsa.
Ni siquiera le hizo una reverencia al marcharse, Elsa tampoco lo esperaba. Lo observó caminar en la dirección contraria, y cuando se aseguró de que él no podía verla, descargó las maletas, se sentó sobre una de ellas y dejó escapar el aire de su boca en un pesado suspiro.
Aquello iba a ser más complicado de lo que ella había creído en un primer momento. Pero bueno, al menos se había librado de tener a Hans cerca de ella el noventa por ciento del tiempo, ahora solo tendría que soportarlo un veinticinco.
Definitivamente, esa era una de las cosas que no debía contarle a su hermana cuando le escribiera la próxima carta.
Me ha quedado un poco largo esto, ¿no? Pero tenía que ser así de largo, me temo. Siempre me salen cosas largas T_T
Muuuuchas gracias por los reviews del capítulo anterior, la verdad es que es algo que anima muchísimo y me hace unmontón de ilusión. Espero que este capítulo no os haya decepcionado.
Los reviews los respondopor mensaje privado a la gente que tiene cuenta, y a la que no le responderé por aquí :)
Darle, pues, las gracias a Cris por su comentario y decirte que me alegro de que te haya gustado el primer capítulo.
En fin, me despido dandoos de nuevo las graaaacias :) . Y lo dicho anteriomente: tomates, patatas, jarras de agua fría y demás cosas así un poco nazis serán bien recibidas vía review.
(pido disculpas por el humor negro, es una manía personal)
