Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, yo sólo los uso por diversión y fangirlismo.


Capítulo II: Matices:

Los papeles cayeron al suelo, el bote de tinta se desparramó sobre la mesa, y Anna reprimió un grito histérico que llevaba queriendo dar desde hacía dos horas.

Pero qué desastre, menudo destrozo había hecho en apenas un momento.

Miró el panorama desolador que había a su alrededor y decidió que su cerebro había llegado al límite aquel día. Sin miramiento alguno, dejó caer su cabeza sobre la superficie del escritorio y se la tapó con ambos brazos.

Sólo habían pasado unos días desde la marcha de su hermana y Anna ya comenzaba a entender por qué Elsa solía ir a cenar siempre con pocas ganas de hablar. Anna había pensado que su hermana exageraba un poco cuando le decía que estaba agotada después de estar todo el día metida en el despacho, pero ahora sabía que sus quejas eran totalmente justificadas. De hecho, Anna se sorprendía por el aguante de Elsa, si ella tuviese que estar en su lugar siempre terminaría tirándose por la ventana. Era insoportable.

Anna podía lidiar perfectamente con el trato social. Atender a los súbditos no era un problema, lidiar con los embajadores era coser y cantar, pero cuando se trataba de burocracia la cosa daba un giro bastante penoso.

La princesa de Arendelle no soportaba tener que revisar papeles con un montón de palabrería que podía resumirse fácilmente, pero que sólo estaba ahí para incordiarla y hacer de su vida un infierno. Tampoco se llevaba muy bien con el cálculo, y se exasperaba cuando intentaba calcular los ingresos que recibía la corona y no le salían las cuentas. Anna no se caracterizaba especialmente por ser paciente, la que se había adjudicado una mayor templanza era Elsa, así que suplir a su hermana en sus quehaceres reales estaba suponiendo un gran reto para la menor.

Soltó un bufido, no podía más. Ya era mediodía y todavía le quedaba una pila de papeles por mirar. Y lo peor de todo era que, gracias a su torpeza, ahora tendría que ordenarlos antes de volver a ponerse a ello. Y de limpiar el zafarrancho, eso también.

Todo le resultaba tan deprimente, comenzaba a sentirse una total inútil para esas cosas, aunque tampoco quería dejar que le desanimasen un par de tropezones, ella era una persona optimista por naturaleza. Pero es que no se podía ser optimista cuando te enviaban una tesis de veinte páginas sobre las cosechas de los últimos dos años. Algo así deprimía a cualquiera.

Si no encontraba una forma de organizarse iba a terminar histérica.

—¡Histérica! —gritó contra la mesa, intentando así paliar sin éxito aun poco de su frustración.

—Hombre, pues viendo cómo has dejado el despacho, yo diría que un poco sí.

Anna reconoció de inmediato la voz de Kristoff, pero se negó a alzar la cabeza, no quería enfrentarse cara a cara con el monstruo laboral, ese que llevaba venciéndola desde hacía casi una semana.

Kristoff, por su parte, lo miró todo con cara de circunstancias. El despacho de Elsa, que él había visto siempre impoluto, estaba ahora todo lleno de papeles y la preciosa alfombra del suelo tenía ahora una enorme mancha negra en uno de sus laterales.

El maestro del hielo decidió no hacer comentarios al respecto, sabía de sobra que a Anna le estaba costando mucho soportar un ritmo de trabajo tan duro, y no deseaba presionarla ni hacerla estallar. Decidió sentarse en la silla que había frente a ella.

—Había venido para ver si comíamos juntos, hoy he acabado antes de trabajar —le dijo—, pero ya veo que estás algo ocupada. Si quieres podemos dejarlo para…

Pero Anna alzó su cabeza tan rápido oyó la propuesta de ir a comer, dejando a un lado el bajón que tenía minutos antes. Kristoff quiso decirle que tenía un papel pegado a la frente, pero ella se le adelantó.

—¡Oh Dios mío! —exclamó— ¡No veo nada! ¡La burocracia me ha dejado ciega!

Kristoff alargó su brazo derecho y le quitó el papel de la cara, dejándolo sobre la mesa. Luego se volvió a colocar bien en su sitio y le sonrió a la princesa con calidez.

—Bueno, no ibas desencaminada—concedió—, la burocracia te ha dejado ciega. Literalmente.

Ella hizo un mohín.

—No tiene gracia. Llevo media mañana haciendo cuentas —se quejó—. Y no sé cómo narices lo hago, pero siempre me equivoco en alguna cifra, y tengo que repetirlo todo. Y es odioso, te lo digo muy en serio. Si tengo que volver a repasar las distintas cantidades de patatas que ha cosechado Arendelle este año creo que no podré volver a ver un tubérculo sin vomitar en lo que queda de década.

Kristoff había decidido que era mucho mejor dejar que Anna se desahogase todo lo que quisiese antes de hablar. Ella necesitaba descargar tensión, y las maldiciones que soltaba eran un método contra el estrés bastante efectivo. En cuanto se cansaba de dar voces, volvía a un estado de calma total y se convertía en la Anna afable de siempre.

—… y por eso creo que la naturaleza hace lo que tiene que hacer, ¿sabes? Porque si yo soy la hermana pequeña y no reino es porque no puedo con el trabajo monárquico.

—Lo que pasa es que no estás habituada a trabajar —tanteó Kristoff—. Has ayudado a tu hermana, pero no es lo mismo que encargarte de todo tú sola. Te dije que podía echarte una mano si lo necesitabas.

Anna se había negado a aceptar ayuda de Kristoff por dos razones: la primera era que no deseaba ver como su novio dejaba aparcado su propio trabajo para ayudarla a ella con el suyo. Y la segunda era que no quería quedar como una inútil. Elsa le había dado su confianza, y no deseaba fallarle a su hermana.

Aunque Anna comenzaba a entender que su orgullo inicial había sido un tanto estúpido. Como el mismo Kristoff decía, ella no estaba habituada a trabajar, y se le estaba yendo todo de las manos.

—Hasta Kai me ha dicho que no le dejas ayudarte —Kristoff enarcó una ceja—. Ya no te lo digo por el destrozo que puedas hacer en el despacho, eso me da igual, pero estas muy nerviosa desde que Elsa se fue, y no creo que pasarte los días al borde de la histeria le vaya muy bien a tu salud. Eso sí que me preocupa.

Anna bajó la vista, Kristoff tenía razón. Odiaba admitirlo, pero la organización no era su mayor fuerte y al querer tenerlo todo bajo control sin nadie que le echase una mano, Anna estaba un poco sumida en el caos. Tanto, que ni siquiera dormía bien por las noches pensando en el trabajo que debería desempeñar al día siguiente. Ella, que adoraba dormir sobre casi cualquier otra cosa.

Kristoff tenía razón, no podía seguir así.

—Me siento muy inútil —murmuró, odiaba aquella sensación.

—Nadie nace sabiendo —la animó Kristoff—. Deja que Kai te ayude y te guíe un poco, ya verás como después de algunos días ya lo controlarás todo perfectamente.

—Creía que habiendo visto a Elsa algunas veces sabría manejarme bien, pero ya veo que no…

Kristoff vio que Anna no estaba con el ánimo demasiado alto, y aunque había pensado en darle la buena noticia durante la comida, decidió que aquel era un buen momento para hacerlo.

—Bueno, creo que puedo arreglar un poco el destrozo que te ha hecho la burocracia —rio el maestro del hielo.

Anna lo miró sin entender, y él le dedicó una sonrisa de complicidad, sacando un sobre del bolsillo y dejándolo sobre el escritorio.

—Me lo acaba de dar un mensajero mientras entraba al palacio —explicó—. Es de Elsa, pensé que te haría ilusión.

Los ojos azules de Anna se iluminaron de repente, y antes de que Kristoff pudiera reaccionar, ella ya se le había tirado encima para abrazarlo, con tanto ímpetu que el joven estuvo a punto de caerse de lasilla.

—¡Es fantástico! —exclamó la princesa, dándole un beso a Kristoff—. ¡Muchísimas gracias!

—Tampoco he hecho nada —respondió él, ligeramente avergonzado—, no la he escrito yo.

—Da igual —sonrió la muchacha—, lo importante es que sepas cómo animarme.

Kristoff sonrió mientras Anna se incorporaba y agarraba el sobre, abriéndolo sin ningún tipo de cuidado. El joven siempre se sorprendía al ver los cambios de humor de su novia, podía pasar de estar depresiva a pletórica en una fracción de segundo.

Anna leyó la carta con avidez, y al terminarla frunció un poco el ceño.

—Pero qué sosa, ya le vale —comentó, y alzó la vista para mirar a Kristoff—. Solo dice que ha llegado bien, que lo han hecho en menos tiempo de lo previsto, que el rey es una persona muy amable y que tiene una cama muy grande. ¿Te lo puedes creer?

—¿No dice nada más?

—Me manda besos, a ti un abrazo y recuerdos para Olaf y Sven —apostilló la princesa—. Pero nada más.

—¿Y qué quieres que te cuente? —Kristoff sonrió divertido al ver la cara de frustración que acababa de poner Anna—. Le dijiste que te escribiese una carta por día, la pobre no tendrá nada más que decirte. Esa será del primero.

Aquella idea se le hizo comprensible. Anna guardó la carta en uno de los cajones del escritorio para que estuviese a buen recaudo, y luego miró a su novio de nuevo.

—Kristoff, tienes que secuestrarme —le ordenó, poniendo los brazos sobre sus caderas.

El maestro del hielo dio un respingo sobre la silla, y miró a la princesa sin entender nada.

—¡¿Qué?!

—Que tienes que secuestrarme —repitió ella con solemnidad—. Si no me secuestras no podré parar a comer. Tienes que raptarme o algo así para que podamos comer juntos. Arrancarme de las garras de la burocracia.

Él enarcó una ceja con escepticismo.

—Sabes que aunque diga que te estoy raptando, eso seguirá siendo una excusa para eludir tus responsabilidades, ¿no?

Anna lo miró muy seria.

—Bah, matices —replicó ella—, los matices no son relevantes.

Anna apretó los labios y no pudo evitar sonreír de satisfacción cuando vio a Kristoff levantarse de la silla.

Él tenía razón, debía comenzar a tomarse las cosas con más calma y a pedir la ayuda que necesitase. Era mejor que todo el mundo supiera que no era ningún prodigio si así evitaba que le explotase la cabeza.


La vida en el castillo era terriblemente aburrida. Elsa comenzaba a arrepentirse de no haber salido de Arendelle unos días más tarde, ser todavía la única invitada en el castillo era una situación algo violenta y quizás demasiado ociosa para el ritmo de vida al que se había acostumbrado durante los últimos dos años, en el que sus días se regían por el trabajo y los deberes reales.

Tras cuatro días desde su llegada, la reina comenzaba a impacientarse. Era época de tormentas, y algunos de los barcos llevaban cierto retraso por ese mismo motivo, pero Elsa tenía ganas de que llegase más gente. No porque le hiciese ilusión conocer a nadie –de hecho, ella era una persona más bien solitaria- sino para romper un poco con toda aquella horrible monotonía.

Al hacer mal tiempo fuera, ella no podía salir, así que el rey se había empeñado en pedirle a varios de sus asistentes personales que le enseñasen el castillo a la joven monarca de Arendelle, y eso significaba horas y horas de cansinas explicaciones históricas que a ella terminaban por producirle jaqueca o un sueño horrible.

La parte buena, y de eso no podía quejarse, era que no había requerido para nada a Hans. El rey lo quería sirviendo a Elsa, no dándole conversación ni interactuando con ella, así que se había librado de él. De hecho no lo veía desde su horrible encontronazo días antes, y ella estaba agradecida de no tener que fingir cordialidad delante de nadie, porque no sabía si podría soportarlo.

—Por eso, nuestra biblioteca es una de las más importantes que pueden encontrarse dentro de las cortes reales de Europa, y…

Elsa volvió a la realidad, le parecía increíble tener que estar escuchando un sermón tan soporífero. Ella podía quedarse en su habitación sin problemas, disfrutaba de la soledad y sabía divertirse con ella, no necesitaba que le estuviesen describiendo los cuadros del castillo óleo a óleo constantemente o le hiciesen un inventario verbal de los libros de la biblioteca. Tampoco podía ser descortés, debía mantener la compostura aunque se aburriese hasta el extremo, pero eso no impedía que se quejase mentalmente.

La biblioteca era enorme, casi tanto como un salón de baile, y estaba ordenada alfabéticamente. Elsa se preguntó cómo diablos se podían ordenar tantísimos libros, debía ser el trabajo de toda una vida.

Tras encontrarse pasmada por algo tan absurdo, Elsa se percató de que necesitaba encontrar alguna excusa para irse a su habitación, su mente ya había comenzado a salirse de madre. Pero el sirviente no dejaba de hablar, de narrar la importancia que tenían unos manuscritos originales del siglo XII o de lo orgullosos que estaban de sus cartas datadas de la época romana.

Como si sus plegarias hubiesen sido escuchadas por algún ser superior, al cabo de unos minutos tanto la reina como el encargado de hacerle un tur turístico por el castillo escucharon unos golpes provenir de la enorme puerta doble que separaba la biblioteca del resto del castillo, la cual se abrió al instante.

Elsa fue incapaz de reprimir su gesto de disgusto al ver a Hans entrar por ella. Bueno, se dijo a sí misma mentalmente, eso tenía que pasar tarde o temprano, a fin de cuentas ambos se encontraban en el mismo castillo y él debía trabajar para ella. Habían sido cuatro días sin verle la cara muy amenos, lástima que la tranquilidad acabase de turbarse por completo.

A la reina no se le escapó el detalle de que el criado del rey no se inclinó ante Hans. De hecho, ni siquiera lo saludó formalmente, siguiendo el protocolo pertinente al ser el pelirrojo un miembro de la familia real. Por el contrario, aquel hombrecillo de mediana edad se limitó a callarse, despedirse con una reverencia de la reina, y pasar por el lado del príncipe como alma que lleva el diablo, sin dignarse a mirarlo. Elsa se quedó realmente intrigada por aquella reacción, aunque dadas las circunstancias no podía indagar acerca de ello. Se recordó inmediatamente que no era asunto suyo, lo que pasara o dejase de pasar con Hans era algo que no le atañía.

Dirigió su atención al pelirrojo, que cuando vio salir al tipo cambió su expresión y rodó los ojos, soltando un suspiro. Miró a Elsa de arriba abajo, como si estuviese midiéndola, para finalmente dirigirle una mueca de indiferencia. Aquel gesto tan condescendiente la ofendió bastante, todavía no entendía cómo una persona podía tener tan poca vergüenza de cometer un delito tan grave como el suyo y luego ir de arrogante por la vida, sencillamente no le entraba en la cabeza.

El decimotercer príncipe obvió el hecho de saludarla y se dirigió hacia una de las estanterías plagadas de libros. Elsa, por su parte, respiró profundamente para mantenerse en calma y decidió romper aquel silencio tan tenso que se había formado en la estancia.

—No pasa nada si saludas con un poco de educación —observó, alzando las cejas.

Hans no se esforzó en voltearse, parecía muy concentrado buscando libros.

—Tienes razón, no pasa absolutamente nada —contestó con tono desganado—, por eso mismo no tengo por qué hacerlo.

Un tipo intenta matarte y en lugar de arrepentirse por lo que ha hecho decide comportarse como un energúmeno delante de ti. Elsa no daba crédito, en serio que no. Tampoco es que esperase una redención por parte del joven, ni un perdón, pero le parecía increíble que una persona además de ser mala, pudiese alardear de sus defectos tan a la ligera. Sí, habían hecho un trato y todo eso, pero uno puede ser natural sin perder del todo las formas, ¿no?

Aunque claro, Hans ya había perdido las formas hacía dos años, tampoco tenía que esforzarse en mantener unos mínimos.

Elsa suspiró, sería mejor que se marchase, quedándose allí con él sólo conseguiría acabar de mal humor, y prefería seguir aburrida escuchando tonterías sobre los cuadros importados desde Italia durante el Renacimiento antes que seguir soportando a Hans.

La reina hizo ademán de avanzar hacia la puerta, pero la voz del príncipe la detuvo.

—Está previsto que mañana lleguen unos condes desde Inglaterra.

Elsa se volteó al escuchar aquello, encontrándose a Hans sentado sobre uno de los sillones esparcidos por la sala. Había puesto una de sus piernas encima del reposabrazos y su cara estaba tapada por el libro que acababa de coger.

—Dos de mis hermanos también llegarán mañana —apostilló con el mismo tono desinteresado—. Mi padre quiere que te avise, habrá una exhibición de esgrima para celebrarlo.

—¿De esgrima? —preguntó ella, nunca había estado en una cosa parecida.

—De inútiles creyendo que saben blandir una espada, mejor dicho —respondió el pelirrojo con desprecio—. Así que puedes estar contenta, ya no tendrás que aguantar a los subordinados del rey dándote lecciones de historia de las Islas del Sur.

Elsa se quedó un poco descolocada tras aquella última afirmación.

—¿Tú cómo has sabido que…?

—Yo sé todo lo que pasa en este castillo —Hans cerró el libro y lo dejó a un lado en el sillón, se sentó erguido y miró a Elsa con un gesto tan arrogante que a ella le entraron ganas de crear una enorme bola de nieve y estampársela en la cara—. La primera regla para sobrevivir en la corte es saber todo lo que ocurre en la corte. ¿Nunca te lo han dicho?

Elsa se dijo a sí misma que no le llevaría a nada seguir sus provocaciones, lo único que quería aquel tipo era burlarse de ella abiertamente y aprovechar que no podía hacerle nada para dar rienda suelta a sus comentarios salidos de tono. Pero ella no era ninguna niña susceptible, y no la enfadaría tan rápidamente.

—Puedes hablarme como si fuese estúpida si quieres, pero no te va a servir de nada —le advirtió con frialdad—. Estoy muy por encima de ti.

Hans levantó las cejas y luego frunció los labios, Elsa tuvo la sensación de que estaba reprimiendo una carcajada. Sólo quería provocarla, era lo único que buscaba. Menudo cerdo rastrero, debería estarle agradecido por haber consentido que fuese su padre el que le impusiese el castigo, ella podría haberlo juzgado en Arendelle y haberlo condenado a una vida entera tirado en una mazmorra. Pero claro, no podía esperar consideración por parte de un tipo como ese, no era más que un loco homicida. Una persona horrible. No valía la pena ni enfadarse por alguien tan ruin.

—Estás por encima de mí —asintió Hans, repitiéndose las palabras con un gesto burlón—. Una afirmación curiosa, francamente.

Elsa soltó un bufido y se cruzó de brazos, a Hans pareció gustarle aquella reacción, seguramente la había interpretado como un gesto de exasperación por parte de la reina, viendo así sus objetivos de molestarla cumplidos.

El príncipe abrió de nuevo el libro y comenzó a leerlo con atención, ignorando a Elsa deliberadamente. La joven reina concluyó que la conversación ya se había terminado, y no dudó en tomar la decisión de marcharse. Si se quedaba más tiempo en la misma habitación que Hans no podía asegurar el control de sus poderes, y no quería congelar a un príncipe durante la primera semana de su estancia en el reino. Bueno, en realidad le daba un poco igual el provenir de aquel imbécil, pero debía quedar bien con sus anfitriones.

Abrió una de las grandes puertas y se dispuso a salir por ella, pero antes decidió hacerle una última cuestión a Hans.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —inquirió, llamando la atención del pelirrojo.

Hans alzó la vista y la miró de arriba abajo, con la misma condescendencia del principio, esa que a Elsa le parecía tan sumamente desagradable.

Hizo un movimiento de hombros.

—Sí, claro —respondió él con frialdad.

—¿De verdad eres un cretino integral de forma natural o sólo estás intentando provocarme? —soltó muy seria, sin ser demasiado agresiva pero con toda la firmeza con la que pudo hablar.

Hans no le contestó, de hecho ignoró su pregunta totalmente. Siguió ojeando el libro, pasando algunas páginas, absorto en su cometido. Elsa lo miró con una mezcla de enfado y extrañeza.

—¿Se puede saber por qué no me contestas? —preguntó, sin poder ocultar entonces su irritación. Aquel tipo era un imbécil.

El príncipe alzó la vista y la miró con aquel aire malévolo que había observado en él días atrás, al proponerle su extraño trato.

—Te he dicho que podías hacerme una pregunta —respondió—, pero no te he dicho que fuese a contestarla.

Elsa mantuvo el control, no podía perder el control. Si lo hacía perdería, aquella era una batalla psicológica, y si no la ganaba sus poderes podrían cometer alguna estupidez en el nombre de su inconsciente, y eso no le convenía. No, debía ser más fuerte, más madura y más cabal. Podía tomarlo como un entrenamiento, sí, una forma de controlar mejor sus emociones para que no se apoderasen de ella.

Pensar en eso la apaciguó un poco, aunque seguía teniendo ganas de romperle la nariz a semejante energúmeno. Dios, era un imbécil, un auténtico narcisista arrogante y ególatra. Era odioso, muy odioso, en todos los aspectos posibles de la odiosidad.

—Los matices son cruciales ¿nunca te lo han dicho? —aquella pregunta de nuevo, con ese tono que cuestionaba tanto su inteligencia como su educación— Imagina que firmas un contrato con algún reino aliado y no reparas en los matices. ¿Sabes lo que podría pasar? Hay que definirlo todo muy claramente, sino podrían clavarte una puñalada muy trapera.

Hans chasqueó la lengua y agitó la cabeza.

—Deberías haber hecho tus deberes cuando explicaron aquella lección, es crucial para los negocios.

—No vas a conseguir que pierda los nervios —le advirtió ella, mientras se mordía el interior del carrillo para canalizar un poco su enfado—. Como ya te he dicho, estoy muy por encima de ti. Moralmente hablando, por supuesto, pero también en lo que respecta a la madurez. No voy a caer en un juego para chiquillos, alguien como tú no merece más atención que la estrictamente necesaria.

Por un momento, Elsa creyó ver algo de ira en los ojos de Hans, pero pronto aquella sensación se desvaneció cuando su aura de fría indiferencia volvió a flotar por la estancia. La reina se cuestionó si realmente sus palabras habían lograrlo herirlo o tan solo era una impresión suya causada por sus propios deseos de devolverle el desplante.

—No he sido yo el que ha iniciado la conversación —le soltó desdeñoso—. De hecho no tenía ni pensado dirigirte la palabra, ahora no te quejes.

—¿Y lo de la exhibición de mañana, qué?

Hans la observó con los párpados caídos.

—Eso te lo iba a decir más tarde, encontrarte aquí ha sido pura coincidencia —respondió—. Permíteme que te diga una cosa, para que quede clara entre nosotros: que haya intentado matarte no significa que seas el centro del universo. Deja de ponerte a la defensiva, no puedo tocarte ni un pelo aquí, porque si lo hiciera me buscaría la ruina. Y no me apetece hablar contigo porque me detestas, y eso significa que no puedo sacar ningún beneficio de ti. Con lo cual, ni tengo intención de atacarte ni de que nos relacionemos más de lo estrictamente necesario. Si te lo metes en la cabeza lo mismo disfrutas más del viaje.

—Pero cómo te atreves —gruñó ella, indignada—-. No he malgastado ni un minuto de mi tiempo pensando en lo que podrías o no querer hacerm…

—Que sí, que me da igual —la cortó, levantándose del sillón y aproximándose hacia el lugar en el que se encontraba Elsa—. Que no tenemos por qué hablar. Yo no te gusto y tú no me sirves para nada ahora mismo, así que no veo por qué tenemos que alargar esto. Si me disculpas…

Hans la apartó con cierta brusquedad y abrió la puerta, saliendo por ella y dejando a Elsa totalmente estupefacta.

La reina sintió cómo sus mejillas se coloreaban, estaba realmente furiosa. Hablarle así, con esa desfachatez, con esa guasa, después de todo lo que les había hecho a ella y a Anna. Tendría que haberlo dejado en Arendelle pudriéndose en una celda, o tendría que haberlo congelado para que supiese lo que había sufrido Anna. Tendría, tendría…

No, no, nada de eso. Elsa no podía perder los cabales por ese tipo, no. Tenía que calmarse. Ella pasaba de los problemas, no eran asunto suyo. Si alguna persona deseaba fastidiarla, directamente la ignoraba. Elsa se jactaba de ser una persona bastante práctica, y no había nada más lógico al toparse con un cretino como Hans que hacer caso omiso a cualquiera de sus comentarios, o al menos intentarlo.

Ella tenía que ser fría, como sus poderes. Firme, fría e imperturbable como el mismo hielo.

Elsa se calmó, ya no notaba la rabia hormigueando sus pies, ni el candor de la ira en sus mejillas, ahora estaba nuevamente relajada y serena.

La puerta volvió a abrirse, y Hans entró de nuevo, dirigiéndose al sillón en el que había estado sentado. Agarró el libro y luego se dirigió hacia la salida de nuevo, no sin antes dedicarle una última frase a la estupefacta Elsa, que lo observaba con la incertidumbre de si dedicarle un gesto hostil o permanecer indiferente ante su presencia.

—Ah, y contestando a tu pregunta —comentó con burla, mientras salía nuevamente de la biblioteca—. Soy bastante desagradable por norma general si la persona con la que hablo no puede darme beneficio alguno. Pero también me resulta realmente entretenido ver como tu moral de santa lucha con las ganas enfermizas que tienes de partirme la cabeza.

Hans cerró la puerta de nuevo tras de sí, y cuando Elsa quiso darse cuenta, sus poderes la habían congelado por completo. En cuanto se percató de ello, hizo desaparecer el hielo tan rápido como pudo.

Cabreada, Elsa se dijo a sí misma que debía dejarse las buenas formas con ese idiota y comenzar a darle de su propia medicina. O eso, o terminaría helándole la lengua o tapiándole la boca con una placa helada. Seguro que más de uno se lo agradecería. Quizás incluso le diesen reconocimiento por hacer tal favor a la sociedad.

Aquel tipo era un desgraciado.


Quería poner algo de Anna y Kristoff ya porque son muy cuquis y me encantan. Además, mi intención es incluir también lo que va sucediendo en Arendelle, así que esto me sirve de introducción.

Y que no sé, sólo puedo agradeceros de corazón los comentarios que me estáis dejando, me ponen muy feliz, en serio. Me gusta ver que el fic tiene tanta aceptación, espero que siga siendo así ^^

Contestando a los reviews de la gente que no tiene cuenta (a los que tenéis cuenta en FF, recuerdo que los contesto por mensaje privado):

Guest: Mi headcanon de Hans es precisamente lo que has dicho tú, porque es la impresión que me dio al ver la película, y lo único que veo coherente. A mí de esta pareja también me encanta la dificultad que tiene, porque es como muy angst todo y yo adoro el angst. Es como una droga xD En fin, muchísimas gracias por leer y comentar ^^

Cris: Pues muchísimas gracias. Un saludo :)

Como siempre, los comentarios son bien recibidos/agradecidos de todo corazón, incluso si me escribís para tirarme tomates a la cabeza.

Un saludo a todo el mundo, y gracias de nuevo ^^