Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, yo sólo los uso por diversión y fangirlismo.
Capítulo IV: Orgullo.
Elsa no paraba de dar vueltas de un lado a otro de su habitación, necesitaba algún tipo de plan lo más pronto posible.
Aquella mañana habían desembarcado dos invitados más del rey, un matrimonio llegado de un lejano país del norte, y el monarca había insistido en entretener a sus invitados llevándolos a conocer la segunda isla más importante del reino, en la cual al parecer se encontraban los sitios de reposo a los que acudían los nobles de las Islas del Sur para relajarse. Para Elsa relajación era sinónimo de estar sola, de poder encontrarse consigo misma aislada de personas a las que no conocía, y absteniéndose de tener que responder a preguntas comprometidas o entrar en polémicas.
La idea de marcharse todo un día no le hacía ninguna gracia, llevaba dos años siendo prácticamente una esclava de su despacho en Arendelle, los únicos momentos de libertad eran los precarios descansos que se timaba para pasar el rato con Anna. Y allí, en las Islas del Sur, alejada de todo el papeleo, tampoco podía tomarse un respiro.
Necesitaba un poco de tranquilidad, retirarse a su habitación, leer un poco, tomarse un momento para escribirle a Anna... Cualquier cosa que implicase deleitarse con el placer de estar sola y pensar en lo que a ella realmente le importaba. En un sitio lleno de gente extraña, con un ambiente tan frío y opresivo a Elsa le apetecía quedarse consigo misma. Siempre había tenido a la soledad como compañera, y no le molestaba en absoluto.
Tenía que hallar algún tipo de pretexto para presentárselo al rey y poder librarse de sus compromisos sólo por un día. Luego volvería a ser tan correcta como siempre, se lo había prometido a sí misma.
Se mordió el labio inferior por enésima vez, y se detuvo de pronto ante el brillo de una nueva idea.
Sonrió con malicia, se le acababa de ocurrir algo estupendo.
Hans se había construido muchas corazas a lo largo de su vida, tantas que incluso a él le costaba a veces desprenderse de ellas en la intimidad. Pero la que estaba utilizando para soportar el castigo de su padre era, sin duda, aquella de la que estaba más orgulloso. Aunque la situación a veces se le hiciese insoportable, aunque por dentro el castigo que le habían impuesto fuese tan perfecto como despiadado para alguien como él, exteriormente parecía tan tranquilo y sereno como siempre. Quizás es que su orgullo era lo único que le quedaba, y aferrarse a él la única manera de no perder del todo la cabeza, pero le atribuía a él el éxito de no haberse dejado vencer. Al menos no cara al público.
Ser ignorado por todo el mundo… Sólo al malnacido de Joseff se le podía haber ocurrido aquello, varios de sus hermanos fueron conscientes en su momento de que ese era el castigo ideal, pero tenían un mínimo de escrúpulos para no sugerírselo a su padre. Pero Joseff era un cretino, Hans se reprendía por no haber supuesto que él sacaría los trapos sucios. Aunque ahora ya daba igual, el mal estaba hecho y había caído en una desgracia tan grande que ni los bufones de la corte tenían permitido tratarlo con respeto.
Su situación era absolutamente humillante.
Lo único que agradecía, por llamarlo de alguna forma, era tener su habitación alejada de la zona principal. Estaba recluido en el ala más recóndita del castillo, lo que le dejaba solo consigo mismo habitualmente, y eso era mucho mejor que soportar la presencia de personas que tenían la obligación por ley de girarle la cara si se cruzaban con él.
Sólo en su habitación estaba más o menos a salvo de todo eso, y llevaba dos años construyéndose un muro que lo aislase totalmente del exterior.
Solía tomar prestados unos cuantos libros, se dedicaba a leerlos y pasaba así las horas y los días. Durante varios meses incluso había perdido la noción del tiempo, el mundo corría a una velocidad ajena a la suya, pues él ya no se sentía parte del mismo. Su padre lo había excluido de la sociedad, y si nunca se había sentido totalmente parte de ella, ahora menos.
Pero Hans sabía que su padre se había dado cuenta de ello. El rey era consciente de que su hijo menor había logrado refugiarse de su condena y adaptarse a ella aunque fuese de forma precaria. Por ello lo de Elsa, por eso lo de ser su sirviente.
Servir a Elsa no era más que una prueba de fuerza. El rey quería ver si Hans era capaz de soportar salir al mundo de nuevo, y enfrentarse con toda la gente que lo ignoraba totalmente. Quería observar sus reacción y llevar al límite su paciencia, pues conocía a su hijo y sabía que lo peor que podía pasarle era saberse ignorado por todo el mundo. Tener que cumplir órdenes, además, de la persona a la que había intentado matar era un aliciente, una humillación adicional.
Hans sabía perfectamente cómo funcionaba la mente del rey, o al menos su parte retorcida, y no estaba dispuesto a caer en su juego. Aguantaría, como lo había hecho los dos últimos años, y le daría en todas las narices.
Además, Elsa se lo estaba poniendo bastante fácil. La pobre no tenía experiencia alguna en política exterior, y resultaba un tanto mojigata y crédula, así que lejos de sentirse humillado, Hans se divertía bastante tentando sus nervios. Debía admitirse a sí mismo que resultaba tan fácil que incluso le estaba pillando el gusto.
La reina de Arendelle era orgullosa, pero su credibilidad hacía aguas por su inexperiencia. A Hans le parecía bastante gracioso ver cómo ella intentaba posicionarse moralmente por encima de él, pero nunca terminaba de lograrlo porque lo que ella le ganaba en buen juicio, él lo superaba en experiencia. Hans había dictaminado que la actitud de Elsa hacia él era de lo más predecible, aunque se cuestionó seriamente sus conclusiones cuando aquella mañana se enteró de algo que puso en alerta todos sus sentidos.
Hans se había escapado de su habitación para dejar algunos libros en la biblioteca y renovar su repertorio. Mientras volvía, escuchó por casualidad a un par de sirvientes decir que la reina Elsa había rechazado una invitación del rey al encontrarse algo resfriada.
El pelirrojo se paró en seco al escuchar eso y frunció el ceño, ahí había algo raro.
Se dirigió a la habitación de Elsa y esperó a que el guardia que se encontraba junto a su puerta hiciese el cambio de turno con el siguiente. Hans había visto un par de veces que los soldados de Elsa solían hacer un descanso de cinco o diez minutos cuando tocaba cambio de turno, y aprovechó ese momento para ir a su habitación, pues tenía muy claro que si lo veían por allí cerca no dudarían en partirle la cara de un puñetazo ante la menor intención de acercarse a la reina.
El príncipe entró casi sin llamar, no deseaba correr riesgos innecesarios, y cuando Elsa lo vio entrar se tapó hasta la garganta de un sobresalto.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con hostilidad.
Elsa estaba dentro de la cama, tapada casi hasta el cuello. Hans pudo apreciar que tenía las mejillas muy coloradas, aunque no era pudor, sino de calor. Ella parecía tener mucho, mucho calor.
—¿Cómo es eso de que estás resfriada? —Hans alzó las cejas.
—No puedes estar en mi habitación —dijo ella con frialdad—. Lárgate de aquí antes de que llame a mis guardias.
Lo único que podía verse de Elsa era su cabeza, el resto de su cuerpo yacía bajo el edredón.
Hans la observó detenidamente, estaba sorprendida y molesta por su presencia, no era difícil deducir eso, pero también parecía un poco cohibida. Lo más probable es que fuese la primera vez que un hombre entraba en su habitación estando ella en un estado como ese, y él no pudo negar que esa idea le hubiese parecido graciosa si la situación no fuese tan sospechosa.
—No me has respondido —insistió.
La reina no parecía con ganas de dar su brazo a torcer.
—No tengo por qué darte explicaciones —contestó ella con dignidad—. Al único que debo rendir cuentas es a tu padre, y él ya está al tanto de todo. No le ha extrañado, este castillo es bastante frío.
—Venga ya, ¿qué diablos me estás contando? —el príncipe apoyó su espalda contra la pared, y miró a Elsa con desconfianza—. Tú no puedes tener frío.
—¿Y eso quién lo dice?
—Una persona que te vio con un vestido de verano en plena tormenta de nieve sin tener ni una pizca de frío —replicó Hans, cruzándose de brazos—. Puede que logres engañar a mi padre, después de todo no te ha visto antes, pero a mí no. ¿Qué estás tramando?
Ahora Hans no supo discernir si Elsa seguía colorada por el calor que le daban las mantas o por la vergüenza de sentirse descubierta, aunque sus ojos desafiantes y su voz vacilante abogaban por la segunda opción.
—No estoy tramando nada —Elsa habló intentando aparentar seguridad—. De todos modos, lo que yo haga o deje de hacer no es de tu incumbencia. ¿Tengo que volver a instarte para que te marches o necesitas un poco de aquella tormenta de nieve para que te convenzas por ti mismo?
Hans chasqueó la lengua.
—Lo que hagas me es indiferente, siempre y cuando no pueda afectarme a mí —respondió, utilizando su tono de indiferencia habitual—. Te recuerdo que mi padre me quiere a tu servicio. Si te pasa algo, la negligencia será mía y yo pagaré los platos rotos. Cuándo me digas lo que estás tramando me marcharé, pero si quieres poner en evidencia tus poderes atacándome y logrando que todo el castillo murmure sobre ti no seré yo quién te lo impida.
Aquel último argumento hizo que Elsa reculase. Su expresión furibunda cambió al instante por una de desconcierto, y Hans pensó que quizás estaba ganando terreno. Pondría la mano en el fuego para asegurar que la reina se llevaba algo entre manos, y aunque fuese difícil él averiguaría de qué se trataba.
Tras unos instantes, Elsa volvió a hablar.
—Ya te he dicho que no tengo nada que ocultar —insistió—. Sólo quería quedarme en mi cuarto, me encuentro un poco cansada para hacer un viaje en barco y era lo único que se me ocurría para librarme. Eso es todo, ahora ya puedes irte.
Hans la miró, y ambos se sostuvieron la mirada durante un rato, desafiantes.
Debía reconocer que la reina tenía carácter, aunque había que sacárselo con espátula.
Elsa estaba habituada —o al menos eso deducía él— a ser complaciente con todo el mundo, a sacrificarse por los demás y a hacer concesiones sin ton ni son. Pero si se le tocaba la fibra sensible saltaba, y tenía mucho genio, y eso le daba a su personalidad un contraste entretenido, aunque a Hans le parecía más interesante cuando él tenía el control de la situación, y no se sentía como un estúpido intentando hacer deducciones sobre los planes de una reina novata que no tenía ni idea de mentir decentemente.
Sabía que en aquella cabeza rubia se estaba cociendo algo, pero también era consciente de que Elsa no le diría ni una palabra. Quizás una retirada a tiempo fuese la mejor opción.
—Si haces alguna tontería que pueda perjudicarme…
—¿Qué? —lo interrumpió ella, enarcando una ceja—. ¿Me cortarás la cabeza?
El príncipe la fulminó con la mirada, algo que le hizo a ella sonreír.
—Eso pensaba yo.
Elsa hizo un movimiento de cabeza señalándole la puerta, y él despegó su espalda de la pared a regañadientes.
Antes de salir de la habitación, Hans echó un vistazo hacia la cama. Elsa lo miraba con un brillo triunfante en sus ojos azules.
Vaya con la santurrona, aprendía rápido después de todo.
Anna le había dicho alguna vez que en ciertas ocasiones va bien ser un tanto impulsivo, y aunque Elsa sabía que hacer las cosas sin pensar podía traer unas consecuencias desastrosas, quería dejarse llevar aunque solo fuera por un momento. Además, ¿qué de malo podía haber en salir un rato del castillo?
Había visitado las mazmorras y sabía que había una salida por allí abajo que daba al exterior. Lo único que debía hacer era fingir que estaba en su habitación, salir cuando nadie la viese y escabullirse. No le llevaría mucho tiempo, tan solo un par de horas para ver lo que había fuera de aquellas paredes de piedra y volver como si nada.
No podía ser tan complejo.
Tras darle permiso a sus guardias para que se ausentasen durante media hora para el almuerzo, Elsa se cubrió con una capa y se escabulló de allí con toda la discreción que le fue posible. El rey, los príncipes y el resto de invitados habían partido, así que la mayoría de los criados tenían el día libre y el castillo estaba bastante vacío.
Llegó rápidamente hacia las escaleras que conducían a las mazmorras y las bajó con avidez. Cuando sintió la humedad que desprendía el ambiente subterráneo del castillo respiró tranquila, lo había conseguido. Ahora sólo tendría que buscar aquella salida que había visto en uno de sus tours de visita por el castillo y salir de allí.
Elsa miró a su alrededor, localizando el lugar al que debía dirigirse, y fue hacia allí sin pensárselo dos veces. Sólo el ruido de unas manos dando palmas logró sobresaltarla, hasta el punto de ponerse en guardia, con las manos preparadas para atacar.
La reina contempló una figura emerger de entre las sombras, y abrió los ojos con horror y fastidio a partes iguales al darse cuenta de quién se trataba.
—Tiene usted un proceso de curación prodigioso, su Majestad —canturreó Hans, caminando con lentitud hacia ella.
Elsa no se movió de dónde estaba, y lo recibió cruzándose de brazos y alzando el mentón con orgullo.
—¿A qué has venido?
—Eso también podría preguntártelo yo, ¿no te parece? —contraatacó el pelirrojo, utilizaba aquel tono burlón que a Elsa le parecía tan molesto—. ¿Es un remedio popular en Arendelle o algo así? ¿Para curar resfriados paseáis por lugares repletos de moho?
La reina tragó saliva y se acercó a Hans, para mirarlo tan duramente como le fue posible.
—No tengo por qué darte ninguna explicación —sentenció, dejando un espacio de varios segundos entre cada palabra para enfatizar la frase—. Y ahora si me disculpas…
—No, no te disculpo.
Hans se colocó delante de ella para cerrarle el paso, adquiriendo una expresión severa. Parecía enfadado.
—Ya te lo he dicho antes, si te pasa algo me culparán a mí.
Elsa estuvo a punto de soltarle algún comentario cortante, pero entonces se dio cuenta de que podía hacer que la situación se volviese en su favor. De hecho, tenía todas las papeletas para salir ganando aquella vez.
Intentó ocultar una sonrisa y alzó las cejas, haciéndose la inocente.
—No haber intentado matarme —resolvió ella con sencillez, ladeando la cabeza—. ¿Qué quieres que te diga, Hans? La gente debe asumir las consecuencias de sus actos.
La reina pudo apreciar en los ojos de Hans una mirada de absoluto odio, aunque intentase ocultarlo estaba muy enfadado, ella incluso dedujo que debía rozar el límite de lo iracundo. Bien, era justo lo que quería.
Hans desvió la vista, tenía los dientes apretados y Elsa pudo darse cuenta por la presión de sus mandíbulas.
—¿Adónde vas? —preguntó, y su voz disipó cualquier duda que pudiese haber con sus sentimientos.
—A dar una vuelta —resolvió ella con sencillez—. Quiero pasear un poco por mi cuenta. Uno de tus criados me habló de los primeros hombres de las Islas del Sur, me dijo que había distintos monumentos construidos por ellos a lo largo de la isla, y me apetecía ver alguno. Debe ser interesante.
Hans la miró como si estuviese loca.
—Eso no es ir a pasear —le dijo—. El monolito más cercano está casi a cinco horas a caballo.
Elsa lo miró, sorprendida. Eso sí que la había pillado de improvisto.
A ella le hacía ilusión hacer una escapada y ver algunas de las cosas que le podía ofrecer la Isla, y eso le había parecido interesante. Desde luego seguro que lo disfrutaba más que un viaje puramente burocrático a la isla de al lado. Pero ella tampoco conocía las dimensiones de la isla en la que se encontraba, y había supuesto que eran mucho menores.
Se mordió el labio inferior, pensativa.
—Da igual —se encogió de hombros—. Iré igualmente, de todas formas tu padre no vuelve hasta mañana, si llego un poco más tarde no se enterará.
—No voy a permitir que te vayas a la aventura por ahí, que termines muerta y que todo el mundo me señale a mí con el dedo —le espetó Hans de mala gana—. Vas a quedarte aquí o…
—¿Le dirás algo a esos sirvientes de palacio que tienen totalmente prohibido dirigirte la palabra? –ironizó la reina, sonriendo con arrogancia—. ¿O le confesarás a tu padre que no eres capaz de retener a una joven reina inexperta? ¿Qué harás, Hans?
El príncipe parecía muy frustrado, Elsa podía notar cómo la antipatía que sentía hacia ella acababa de crecer considerablemente, pero no le importó en absoluto. Él no sólo se la había jugado dos años atrás, sino que llevaba mofándose de su persona desde que había llegado a las Islas del Sur, era hora de tomarse una revancha. Además, no le tenía ningún miedo, si intentaba algo lo dejaría como un cubito de hielo y se quedaría tan ancha.
—¿Qué vas a hacer, Hans? —Elsa sonrió con satisfacción—. ¿Qué harás si decido salir por esa puerta?
Él le dirigió una mirada asesina, y Elsa supo que acababa de ganar la partida.
La mojigata aprendía rápido, demasiado para su gusto incluso.
Hans estaba de muy mal humor, no quería dejarlo ver del todo porque eso sería darle una satisfacción a Elsa que no se merecía, pero no lograba terminar de ocultar su disgusto. Tampoco quería, estaba tan histérico que tenía ganas de ir a una inmunda taberna sólo para poder descargar tensión liándose a puñetazos con cualquier borracho que estuviese por allí. Tenía que calmarse, aquellas ideas eran de lo más vulgares, y él tenía demasiada clase para perderla por una tontería como esa.
Pero es que era tan humillante, tan vergonzoso… Elsa le había engañado como a un principiante, y él no sabía del todo si su enfado iba enfocado a ella o a sí mismo por caer como un idiota.
Hans no podía dejar que Elsa se fuese sola por ahí, si desaparecía o terminaba mal todos le echarían la culpa a él. Su padre estaba expectante para ver en qué momento su hijo fallaba o cometía un error, seguramente para agravar el castigo o deshacerse de la vergüenza de la familia, y él no iba a permitir eso. En otra ocasión nunca hubiese accedido a prestarse a semejante estupidez de idea, pero dadas sus circunstancias personales no tenía otra opción.
Así que ahí estaba, subido a un caballo dispuesto a cumplir el capricho de la reina.
Le había costado media vida poder sacar a los caballos de los establos, aunque nadie podía hablarle ni hacerle preguntas el que se atribuyese dos corceles porque sí era algo sospechoso, y podía notar las miradas de los guardias encima suyo. Había tenido que recurrir a hablarles como si fuesen personas o algo parecido, de modo que todos los que se encontraban por allí pensasen que el desdichado príncipe se estaba volviendo tan loco que debía recurrir desesperadamente a hablarles a unos caballos.
Lo de bajarlos por las mazmorras todavía tenía más intríngulis. Hans había tenido que buscar varios accesos escondidos que conocía de memoria y rezar para que no hubiese ningún criado por allí, aunque el hecho de que la mayoría estuviesen descansando ante la ausencia del rey y los príncipes ayudó bastante.
Una hora más tarde, él y Elsa se encontraban de camino a los monolitos.
—No llevamos dinero —le recordó él, a regañadientes—. Si quieres comer tendrás que decir que eres Elsa de Arendelle, porque si no tendremos que pasar hambre.
—He desayunado fuerte esta mañana —respondió ella, que se encontraba justo detrás—, y volveremos antes de la hora de cenar. No habrá problema.
Esa era otra, Elsa quería ir de incógnito. Le había dicho muy seriamente que deseaba pasar desapercibida, y que no utilizaría su nombre para nada. Eso estaría genial si hubiesen cogido algo con lo que subsistir en caso de tener problemas, pero iban sin una moneda, y podía resultar peligroso si la cosa se torcía.
Hans se volteó y miró el cielo con preocupación.
—Creo que no deberíamos irnos tan lejos —comentó.
Elsa lo miró con el ceño fruncido.
—¿Y eso por qué?
El pelirrojo le devolvió un gesto de frialdad.
—Porque esas nubes son de tormenta, y como estalle antes de que volvamos estaremos en un aprieto interesante.
Ella dirigió su mirada hacia el cielo y se quedó pensativa durante un rato, finalmente se volteó y encogió sus hombros.
—Volveremos antes de que estalle la tormenta –aseguró, cómo si tuviese algún tipo de idea sobre meteorología o geografía de las islas—. No pasará nada, sigamos.
Hans chasqueó la lengua, claro que iba a pasar. Elsa no tenía ni la más remota idea de lo que estaba diciendo. Él se había pasado varios años en alta mar, sabía cuándo se acercaba una tormenta y lo peligrosa que podía llegar a ser. Era consciente de la furia con la que estallaban según la pinta de las nubes, y las nubes que se acercaban no tenían buena pinta. Hacía tiempo que estaban esperando recibir una temporada de lluvias, y al parecer había decidido hacer su aparición en el peor de los momentos.
El viento ya comenzaba a soplar advirtiendo del peligro, aunque Elsa quisiese hacer caso omiso, y Hans se decía a sí mismo constantemente que debía permanecer allí por su propio bien, porque el cerebro no paraba de decirle que se largase y dejase allí a Elsa a su suerte, que cargase ella con el resultado de la tontería en la que se habían embarcado.
—¿Cuánto vamos a tardar aproximadamente? —preguntó la reina, que cabalgaba tras él.
—Unas tres horas.
Hans tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano por sonar seguro y no refunfuñar.
Cabalgar con Elsa no resultó nada fácil. Ella no tenía mucha experiencia con aquella práctica, y necesitaba parar a descansar cada cierto tiempo o parar para retomar el control del caballo. Al final, pese a que estaba intentando evitar el momento, la reina terminó confesándole que sólo había montado a caballo tres veces en su vida, y dos de ellas el año anterior, por lo que estaba bastante oxidada en lo que a cabalgar se refería, algo que era apreciable a simple vista.
Cuando Hans oyó aquello, sintió que ya nada podía ir peor. Encima de tener que seguir obligatoriamente a Elsa en su cruzada y no poder largarse de allí para no tener problemas con su padre, ahora resultaba que debía ralentizar la marcha porque la aventurera del hielo era una negada a la hora de montar. Hans comenzaba a pensar que no sólo su padre y sus hermanos lo estaban castigando, sino que alguna fuerza superior estaba tomándose la revancha con él.
Frunció el ceño y se giró para mirar a Elsa.
—Entonces, su Majestad, me temo que tardaremos más tiempo en llegar.
Hans no era dado a la autocompasión, pero en aquel momento no dejaba de pensar lo bien que estaría él si no hubiese hecho aquello dos años atrás. Seguramente seguiría siendo el blanco de las bromas de sus hermanos, y su padre continuaría sin tenerle ningún tipo de respeto, pero podría moverse libremente y no tener que esclavizarse de aquella manera. Seguiría recibiendo atenciones, seguiría con su antigua habitación, y tendría una vida medianamente normal.
No, debía que parar, no podía dejar que le invadiesen aquel tipo de pensamientos. Compadecerse de sí mismo era un acto bajo, sentir pena era una muestra de debilidad. Él había hecho algo a conciencia, no podía arrepentirse de ello. Por más que le molestase su situación actual, por mucho que en el fondo le estuviese consumiendo, tenía que mantenerse firme. Tenía que preservar el papel que estaba interpretando, quizás al final se lo acabase creyendo y sus problemas se disipasen por completo.
El pelirrojo miraba al cielo de vez en cuando, comprobando que sus predicciones se estaban cumpliendo. El viento azotaba cada vez con más violencia, y el olor a tormenta era palpable en el aire.
En menudo lío se había metido. ¿Y si les caía el chaparrón encima? No podrían volver al castillo. Estaban ya a mitad de camino, que suponía dos horas y media de viaje en circunstancias normales. Si llovía, esas dos horas se convertirían en cuatro, y si se le sumaba a eso lo verde que estaba Elsa cabalgando el tiempo sería mucho mayor.
Hans dedujo que ya debían ser cerca de las cinco de la tarde, si anochecía estaban perdidos.
—Tenemos que volver —sentenció finalmente, mirando a Elsa con severidad—. Va a llover, y no podremos regresar con una tormenta en plena noche.
Elsa vaciló algunos instantes, seguramente por no dejar su orgullo a un lado tan pronto.
Hans estuvo a punto de decirle que aquella vez no era por fastidiar, la tormenta realmente estaba al caer, pero dedujo que de poco serviría que le dijese nada. Él no era la persona con más credibilidad para la reina, precisamente. Se limitó a esperar que Elsa tuviese algo de sentido común y aceptase su propuesta, el cielo ya estaba oscureciéndose, tanto por la partida del sol como por la negritud de las nubes que se cernían sobre ellos, quizás fuese eso lo que hizo que Elsa recapacitase.
—Sí, puede que tengas razón —admitió, podía verse la poca gracia que le hacía darle la razón—. Volvamos.
Hans sintió un gran alivio por dentro, al fin algo de coherencia en aquella cabeza. Se apresuró a tirar de las riendas y a ponerse en marcha hacia el sentido contrario, rumbo al castillo.
Si se daban prisa quizás llegasen sin mojarse, aunque él calculaba que comenzaría a lloverles una media hora antes de arribar al castillo. De todas formas, eso era mejor que pasar la noche a la intemperie.
Sin embargo, cuando Hans escuchó el primer trueno, supo que sus predicciones habían sido erróneas.
—Maldita sea —gruñó, y se volvió hacia Elsa—. ¿No puedes ir más rápido?
Ella lo miró con hostilidad.
—Hago todo lo que puedo —gritó.
La tormenta estaba cerca, y si no iban más rápido se quedarían varados en medio de la nada. Él se lo había dicho, le había advertido a la reina que no era un buen momento para salir. Sabía que era una mala idea, pero Elsa no lo había escuchado. Si se veían obligados a pasar la noche fuera, todo el mundo se llevaría las manos a la cabeza y no dudarían en organizar un linchamiento para él. No sería Elsa la que recibiese una reprimenda por su poca cabeza, sería él la persona encargada de cargar con todas las culpas.
—Pues esfuérzate más —le contestó a la reina.
Otro trueno, y aquel más corto. La tormenta se les echaba encima y estaban a más de dos horas y media de camino, no iban a lograrlo y él lo sabía.
Cuando notó las primeras gotas caerle sobre la cabeza, Hans se paró en seco. Elsa tuvo que hacer un freno de emergencia y lo miró con desconcierto.
—¿Por qué te detienes? —preguntó confusa.
Hans le dirigió una mirada capaz de helarle la sangre incluso a ella.
—Porque no vamos a llegar.
Sonó otro trueno, el más fuerte de los tres, y el pequeño goteo aumentó su intensidad en cuestión de segundos.
Hans detuvo entonces el caballo y se giró hacia Elsa, el gesto del príncipe estaba totalmente contrariado por la ira.
—Enhorabuena, su Majestad, estamos a poco menos de tres horas del castillo, sin dinero, sin provisiones y con una tempestad cargando su repertorio. Anochecerá en media hora, ¿tiene alguna idea de lo que podemos hacer?
Los ojos de Elsa pasaron del cielo a Hans, y de Hans nuevamente al cielo. Estaban muy abiertos, se habían percatado de su fallo y de lo mala que había sido su tozudez. Comenzaban a ser conscientes de la situación, y se acababan de dar cuenta de que no era precisamente halagüeña.
Estaban metidos en un lío enorme.
Todavía no le había dado un punto de vista a Hans, en este capítulo ya lo he hecho, tenía ganas de sacarlo ya porque creo que es necesario. La historia a partir de ahora irá alternando ambos puntos de vista según me convenga a mí xD
Bueno, una semana más daros las gracias, pero las gracias ultra infinitas por todos los reviews que me vais dejando. En serio, me animan un montón y me alegra muchísimo que os esté gustando el fic *_*
Aquí dejo la respuesta a los reviews que me han dejado los usuarios sin cuenta en FF. net:
Clo: Gracias!
Cris: Bueno, me apetecía darle a Hans un castigo que fuese muy para él. Cuando dijo aquello de que sus hermanos lo ignoraban, pensé que en cierto modo tenía un déficit de atención muy fuerte y e alguna manera buscaba ser reconocido por su familia. ¿Qué castigo peor puede darle esta que, precisamente, ignorarlo completamente? Cruel, pero muy a su medida. Gracias por leer y comentar ^^
Bueno, espero que os haya gustado el capítulo de hoy, era una especie de preludio para lo que será el siguiente, que espero poder sacar pronto. Aunque si me retraso lo siento, pero la universidad me tiene absorbida :/
En fin, gracias de nuevo por seguirme en esto, y ya sabéis: cualquier review es bien recibido, aunque sea para tirarme tomates o declararme la guerra xD
