Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, si lo hicieran todo hubiese sido distinto en el canon.
Capítulo V: ¿El odio o la nada?
Elsa no se atrevía a decir nada, era consciente de que se encontraban en aquel embrollo por su culpa y cada vez que hacía ademán de hablar se topaba con los gélidos ojos verdes de Hans, que sin mediar palabra era capaz de expresar a la perfección con un sencillo gesto el odio que sentía en aquellos instantes hacia la joven reina. Y ella, pese a su orgullo y entereza, se encontraba avergonzándose de sí misma porque era incapaz de sostenerle la mirada, y bajaba la vista cada vez que él la observaba con reproche.
Se hallaban en medio de una tormenta horrible; las ramas de los árboles se agitaban con tanta fuerza que casi parecía que fuesen a salir volando, el viento aullaba de forma fantasmal, colándose por los caminos totalmente embarrados por la lluvia, y las gotas caían del cielo con tanta fiereza que casi parecían capaces de atravesar las cortezas de los árboles. Elsa y Hans se habían colocado bajo un inmenso chopo de espesa copa, pero ni la abundancia de ramas y hojas logró salvarlos de terminar calados hasta los huesos. El árbol tenía un montón de goteras y solo Elsa, que se había hecho una especie de paraguas de hielo que flotaba sobre su cabeza, se había salvado de recibir una buena ducha.
A Hans no parecía importarle mucho terminar mojado, o al menos eso le parecía a Elsa, porque el menor de los trece príncipes de las Islas del Sur no se había movido del borde del camino en todo el tiempo que llevaban bajo el árbol. Nada más llegar se había colocado allí, observando cómo el agua encharcaba la tierra, y sin mediar palabra se había quedado mirando a la nada. Elsa no podía dejar de preguntarse en qué estaría pensando, qué le pasaría por la cabeza para guardarse toda la ira que sentía hacia ella y mantener una conducta tan fría e indiferente. Y lo peor de todo era lo mucho que le molestaba saberse interesada por los pensamientos de Hans. ¿Qué más le daba a ella lo que se le pasase por la cabeza a ese cretino? Mientras no fuesen unos renovados instintos sociópatas a ella le tenía que dar igual. Pero aun así, Elsa no dejaba de mirarlo de vez en cuando, esperando que reaccionase. Llevaba mucho tiempo callado y de un momento a otro explotaría, todo el mundo explotaba en momentos así.
Al fin, llegó el momento que la reina llevaba esperando desde el estallido de la tormenta, aunque no de la forma que ella se había imaginado. Hans no explotó, ni siquiera alzó la voz, en cambio emitió un sonoro suspiro de resignación y se volteó hacia Elsa, que yacía sentada sobre una especie de taburete de hielo y todavía se protegía con su paraguas helado. La observó de arriba a abajo, con esa altivez calculadora que lo caracterizaba, y sin dejar a un lado su expresión entre fría y reprobatoria se dispuso a hablar:
-En lugar de hacer figuritas de hielo podrías utilizar tus poderes para algo útil y parar la tormenta.
La voz de Hans sonó tan seca y áspera que Elsa todavía se sintió más ofendida. ¿Pero quién se creía que era para hablarle así? ¿Acaso todavía no se había dado cuenta que si no fuese por su indulgencia ahora mismo estaría muerto? Ella podría haberlo condenado a muerte por lo que hizo años atrás, podría haberle sentenciado a cumplir condena en Arendelle durante toda su vida o someterlo a cualquier tipo de tortura inhumana, pero en cambio había preferido mandarlo a su casa y que sus familiares se encargasen de él. Cualquier otro monarca se hubiese deshecho de Hans en un abrir y cerrar de ojos, pero ella no se consideraba una asesina y no quería tomar parte en una venganza absurda. ¿Cómo podía llegar a ser él tan sumamente desagradecido? Si algo le fastidiaba a Elsa era la gente desagradecida, y Hans además de pertenecer a ese grupo de personas era, para colmo, un completo imbécil.
Elsa frunció el ceño.
—Controlar el hielo no es controlar la meteorología, genio —respondió con ironía—. Si quieres desato una tormenta de nieve, eso sí que se me da bien.
Las comisuras de los labios de Hans se contrajeron en lo que a Elsa le pareció la sonrisa más falsa y forzada que había visto en su vida.
—No gracias, su Majestad, creo que ha sido una muy mala idea sugerirle algo que implique el control sobre sus poderes. Al parecer ese no es precisamente su punto fuerte.
Y dicho aquello se volvió a girar, observando nuevamente el camino.
Elsa estuvo tentada a congelarlo ahí mismo. Total, ¿a quién le importaría que un malnacido como Hans terminase decorando alguna pista de hielo? Elsa estaba segura de que nadie lamentaría su ausencia. Pero no, se contuvo, no podía perder la calma. Si se dejaba guiar por la ira sí que perdería el control sobre sí misma y no podía darse ese lujo. Pero qué idiota, qué imbécil. Es que le sacaba tanto de quicio que no lo podía soportar. Y encima ahora utilizaba aquel tono respetuoso para burlarse de ella. Cómo lo detestaba.
—Hay un pueblo cerca de aquí —murmuró Hans al cabo, parecía más bien un pensamiento en voz alta.
El príncipe dirigió su vista al cielo.
—Está oscureciendo, habrá que buscar algún sitio para pasar la noche, en unas pocas horas el frío será insoportable.
Hans volteó ligeramente su cabeza para mirar a Elsa, que con una mirada altiva sonrió al príncipe con arrogancia y le dijo:
—El frío nunca ha sido un problema para mí.
Él se volteó rápidamente, pero Elsa supo que acababa de hacer una mueca, ocultándola para que ella no se diese cuenta de lo mucho que le había fastidiado ese comentario. Se sintió muy bien consigo misma, Hans era tan insufrible que dejarlo en su sitio de vez en cuando resultaba no solo divertido, sino también muy gratificante.
—Como quieras, tú puedes quedarte aquí en una cabaña de hielo si eso es lo que deseas, pero yo me voy al pueblo a buscar un sitio en el que dormir.
—Pero no llevamos dinero encima.
—¡No me digas! —exclamó con sarcasmo, mirándola. Se esforzaba por parecer indiferente, pero Elsa pudo ver en sus ojos verdes un brillo de enfado—. ¿De verdad? ¿No tenemos dinero, Reina Elsa? ¿Y por qué será? ¿Quizás porque te has dado a la aventura de incógnito y sin ningún tipo de previsión?
—Tú también podrías haber cogido algo de dinero.
—Yo venía a hacer mi trabajo y llevarte de vuelta al castillo, la que ha salido por ahí dándoselas de exploradora sin tener idea siquiera de cómo pasear por un palacio sin ser vista por media corte eres tú.
—No sabes lo a gusto que me quedaría congelándote ahora mismo el corazón y convirtiéndote en una figura de hielo, Hans —gruñó la reina, que había apretado los puños y notaba como comenzaba a formarse un velo de escarcha alrededor de ellos.
Hans le sonrió de forma ladeada, con esa malicia que a Elsa la incitaba a ponerse en guardia, y le dijo deforma burlona:
—No puedes congelar algo que no existe.
Soltó una risa hueca y se acercó a su caballo, el cual estaba colocado junto al de Elsa a pocos metros. Se subió con un movimiento rápido y miró a la reina.
—¿Te quedas o te vienes conmigo?
Elsa lo miraba con una expresión dura. ¿Qué había querido decir con aquella última frase? ¿De verdad Hans tenía tan asumido que era un ser sin sentimientos? ¿Sería posible eso? Elsa comenzaba a entender que aquel príncipe caído en vergüenza tenía muchas sobras a su alrededor y muchos reflejos distintos de un mismo rostro. Eso la puso en guardia, ella podía ser muy inexperta con las personas, pero sabía que debía cuidarse de Hans. No sabía por dónde podría salir, y si era cierto lo que decía y de verdad se consideraba a sí mismo alguien sin corazón, entonces Elsa debía estar más alerta que nunca.
—¿Cómo piensas pagar el hospedaje? —inquirió ella—. No quisiera que todo el mundo se enterase de quienes somos, prefiero mantener mi anonimato.
—No te preocupes, no soy tan imbécil. ¿De verdad crees que iría alardeando por ahí de haberme quedado atrapado en una tormenta? Tengo un plan, tú no te preocupes.
—¿Un plan? —Elsa cruzó sus brazos y miró a Hans enarcando una ceja—. ¿Qué vas a hacer, amenazar de muerte a una pobre ancianita o algo así?
—Te gustaría eso, ¿cierto? —Hans le sonrió desde encima del caballo, intentando mantenerlo quieto—. Te encantaría que yo hiciese alarde de violencia. Que amenazase a alguien con un sable o que matase a cualquier pobre diablo delante de ti. Así tendrías todavía más excusas para detestarme y no te sentirías tan sucia por querer arrancarme la cabeza. Supéralo, Elsa: me odias. Y me odias mucho, después de todo dejé patente que tu hermana no tiene mucha sesera y que a ti te falta mucha seguridad en ti misma. Pero no te preocupes, no es malo que me odies, aunque no puedas llevar el cartel de santa al sentir por mi algo tan horrible.
La respiración de Elsa era ahora agitada, estaba terriblemente enfadada. Una pequeña lluvia de copos de nieve comenzó a caer sobre ella, y alrededor de sus pies se heló el suelo hasta casi llegar al sitio en el que se hallaba Hans. Elsa estaba muy enfadada, y su enfado no era solo rabia, sino también indignación. Le ponía tan de los nervios que fuese tan descarado, tan ruín, mezquino y desagradable... Y lo pero era que tenía razón, y él se esforzaba en tenerla. Le decía aquellas cosas para que ella lo odiase más y él regocijarse con ello. Era un manipulador de lo más eficiente, y eso la cabreaba y aterraba a partes iguales. Lo único que la consolaba era saber que no sufriría ningún daño estando con Hans, él no era tan tonto de dejar que lo señalasen con el dedo si a ella le ocurría alguna cosa, así que se aseguraría de velar por su protección. Eso implicaba que no le haría nada, al menos no físicamente, pero Elsa se dio cuenta de que debía ir espabilando y aprender a comportarse con él tan fría y duramente como él se comportaba con ella.
No le dijo nada, sabía que lo que más molestaba a Hans era que lo ignorasen, así que ella hizo caso omiso a sus últimas palabras y se subió al caballo. Tendría que seguirle, al menos por aquella vez, y esperaba con todo su fuero interno que aquel príncipe del infierno no hiciese ninguna de las suyas.
Era extraño, pero parecía como si Hans lo tuviese todo muy bien planeado. Llegaron al pueblo con cierto retraso, los caminos estaban encharcados y el viento y la lluvia hacían el trayecto casi inviable, pero finalmente y después de varios baches lograron arribar a aquel lugar. En realidad no era un pueblo, o al menos a Elsa no se lo pareció, tenía más bien pinta de aldea. Las casas estaban todas cerradas a cal y canto debido, seguramente, a la tormenta y no había ni un alma por la calle. Pero Hans sabía muy bien hacia dónde se dirigían, y eso no le dio muy buena impresión a Elsa. ¿Qué estarían tramando?
Condujo a la reina hasta la casa más alejada de todo el pueblo y la joven pudo comprobar que se trataba de algo parecido a un hostal. Había un cartel de madera en la puerta que indicaba que la gran casa se trataba de una pensión para viajeros e indicaba el precio que se debía abonar por noche.
—No tenemos ese dinero.
—No vamos a necesitar dinero —aseguró Hans.
Elsa frunció el ceño. ¿Cómo que no iban a necesitar dinero? Claro que lo iban a necesitar. ¿Sería Hans conocido de alguno de los dueños de ese lugar? No, si lo fuese entonces seguro que no se hubiese enfadado tanto cuando había estallado la tormenta, porque tendría el hospedaje asegurado. ¿Entonces qué? ¿Qué plan se le había ocurrido que podía ser tan efectivo? ¿Y por qué en aquel lugar.
Hans se había bajado del caballo, dejándolo anudado a un palo de madera que había justo al lado de la puerta principal de la casa. Elsa hizo lo propio, y se colocó justo al lado de Hans, mirándolo con desconfianza. Los dos iban mojados de arriba a abajo, a Elsa se le había deshecho su minucioso moño y ahora tenía un montón de mechones platinos cayéndole sobre el rostro, se apresuró a retirárselos de la cara pero cualquier tipo de intento con su peinado resultaba inútil, estaba hecho un asco por la lluvia. Hans también tenía el pelo como si le acabase de pasar un tornado por encima de la cabeza, y la joven reina pensó que le favorecía bastante. Acto seguido se reprendió por aquel pensamiento, Hans no solo era peligroso por tener una mente manipuladora y libre de conciencia, sino también por su encanto y el atractivo innegable que tenía. Ella debía mostrarse firme ante cualquier cosa que viniese de él, por el bien de su propia supervivencia.
El príncipe llamó a la puerta y, en ese mismo instante, ocurrió aquello: el rostro de Hans pasó de ser una mueca dura y hierática a un gesto de absoluto dolor. Parecía como si algo dentro de él estuviese roto en mil pedazos, y él se sintiese tan cansado de intentar reconstruirlo que ya no le quedaban fuerzas. Se le humedecieron los ojos y daba la sensación de que fuese una especie de perrillo apaleado pidiendo algo de comida. Elsa no entendía nada, pero había visto aquel cambio el día en que ambos se volvieron a encontrar, cuando él se mostró tan gentil y ella le insistió para que dejase de ser un hipócrita. Hans acababa de cambiar de personaje, había dejado al príncipe amargado y cretino a un lado para adoptar una buena forma, y a la reina le horrorizó la facilidad y el talento con el que realizaba aquella operación. Hans era un actor terroríficamente bueno.
Se oyó movimiento dentro de la casa y Hans le agarró la mano a Elsa de repente. Ella dio un respingo, sorprendida y ofendida por aquello. ¿Cómo se atrevía siquiera a tocarlo?
—¿Pero qué se supone que estás...?
—Shht —chistó el joven, presionando la mano de la reina para que se callase—. Déjame hablar, luego ya podrás quejarte todo lo que quieras.
La puerta la abrió una mujer de mediana edad, iba vestida con ropas de cocinera y llevaba el pelo castaño recogido en un moño muy mal hecho, pero a Elsa le pareció que, pese a todo, era una mujer realmente atractiva, y desprendía un halo de elegancia realmente inusual en la gente que no pertenecía a los círculos aristocráticos. La mujer los miró de arriba a abajo con cierta preocupación, ambos iban empapados y estaban hechos un asco, así que no era de extrañar que aquella señora se mostrase algo preocupada.
Elsa se sentía muy incómoda con Hans cogiéndole de la mano, aquel contacto había sido tan súbito como inesperado y ella tuvo que admitirse que la había pillado demasiado desprevenida. ¿Qué debía hacer? ¿Seguirle el juego o apartar la mano? No se sentía cómoda con ello, notaba una gran presión sobre su pecho, tenía ganas de congelarle el brazo entero y en lugar de eso debía mantener la compostura y notar el desasosiego que le producía la mano de Hans sobre la suya. El príncipe tenía las manos grandes, fuertes y muy cálidas. Pese al frío tenía la mano cálida, y eso sorprendió a Elsa, que pensaba que todo en Hans sería frío. Pero no, y eso incluso la molestó. Ella siempre estaba helada pese a ser una persona decente, en cambio Hans, que no tenía escrúpulos y quizás no tuviese tampoco alma, resultaba capaz de mantener la calidez de su cuerpo incluso cuando hacía frío. Y lo peor de todo, y algo que Elsa jamás en la vida se admitiría a sí misma, es que lejos de resultarle inquietante que él le diese la mano, le parecía hasta agradable. Pero se deshizo de ese pensamiento rápido, y se encargó, para divertirse un rato vengándose, de helarle un poco la mano a Hans con la esperanza de advertir algún signo de dolor en su rostro, pero el maldito era tan buen actor que en ningún momento abandonó su imagen de animalillo abandonado.
—P-perdone s-señora —tartamudeó. Y parecía tan sincero, de verdad simulaba estar helándose de frío. Aunque quizás eso no fuese mentira, Elsa seguía bajando la temperatura de su mano para hacerle escarmentar por habérsela cogido, y también para dejar de sentir aquella calidez que tanto la fastidiaba y reconfortaba al mismo tiempo—. Verá... verá mi... mi esposa y yo no tenemos donde pasar la noche. Tampoco llevamos dinero, ¿sabe de algún granero en el que podernos refugiar de la lluvia?
La mujer miró a Hans con algo de desconfianza, pero Elsa se dio cuenta de que era una buena persona, porque se había conmovido un poco al escucharlo hablar. Pobre mujer, si ella supiese con quién estaba tratando... Elsa sintió ganas de decirle que no le creyese nada, que solo la estaba manipulando, pero sabía que si lo hacía ambos se quedarían sin lugar en el que dormir y eso sería contraproducente. Pero le indignaba tanto la situación... Odiaba que Hans mintiese de esa forma a la gente, después de haber sufrido en primera persona las consecuencias de sus mentiras se sentía en la obligación de advertir a todo el mundo, y no poder la repateaba. ¡Y encima decía que ambos estaban casados! ¿Pero quién se creía que era? ¿Cómo iba a casarse ella con alguien tan despreciable como él?
Le costó muchísimo no poner mala cara e intentó sonreír, pero le salió un gesto tan penoso que seguramente ayudó a darle credibilidad a Hans.
—Sen.. sentimos importunarla a estas horas —tartamudeó—, pero de-de-de verdad que necesitamos un sitio. Ve-verá mi... mi esposa y yo no... no tenemos adónde ir. Nos... nos hemos casado hoy mismo y debemos marcharnos de la región cuanto antes pero la tormenta...
—Oh, Dios mío —exclamó la mujer, llevándose las manos al pecho—. Pobrecillos, pero si sois solo unos chiquillos. Pasad, pasad, aquí tenemos sitio de sobra.
—No señora —se negó Hans—, no tenemos dinero. Nos sobra con un granero, además debemos partir... sí, debemos partir cuanto antes. Al amanecer, no queremos...
—Este es mi hostal, aquí las decisiones las tomo yo —le informó con insistencia—, así que esta noche la pasaréis aquí. Entrad, ha sobrado algo de sopa de la cena.
La mujer los dirigió a una especie de salón que había nada más traspasar la puerta, y que era mucho más grande de lo normal. En él habían varias sillas y mesas de madera, era el comedor que utilizaban los viajeros que se quedaban allí a pasar la noche. A Elsa le pareció una estancia de lo más acogedora, con las paredes todas revestidas de madera y piedras, una luz tenue y anaranjada que venía de las lámparas de aceite colocadas por todo el lugar y una enorme chimenea que crepitaba al fondo y emitía un calor hogareño de lo más agradable.
La mujer los sentó en una de aquellas mesas y les sirvió un buen plato caliente de sopa. Les contó que se llamaba Marie y que regentaba aquel lugar con su marido, que en ese momento estaba de viaje de negocios en un pueblo cercano. Hans, con su cara de pena y sus dotes manipuladoras, logró contarle a la señora Marie una mentira del tamaño del castillo de Arendelle. Hans se presentó como Klaus y a Emma la presentó como Olga, le dijo a la señora Marie que ambos se amaban desde que eran chiquillos, pero que el padre de Olga no estaba de acuerdo con esa unión. Pero los dos jóvenes se querían tanto que no habían podido aceptar aquella situación, y se habían fugado aquel mismo día para poder vivir libremente su amor. A Elsa le pareció una historia de lo más típica y estúpida, y por eso se sorprendió muchísimo al ver que la señora Marie empatizaba totalmente con ella e incluso parecía a punto de llorar mientras escuchaba el relato de Hans.
Después de entrar en calor con la sopa, la mujer fue tan amable de darles mudas secas y los dirigió a una habitación situada al fondo del segundo piso. Hans le agradeció veinte veces mínimo todas aquellas atenciones, la colmó en halagos y la señora Marie se fue muy contenta y agradecida. A Elsa toda esa situación le repugnó bastante, se sentía de lo más sucia mintiendo de esa manera a una mujer que había resultado ser tan buena, y cuando ambos entraron en la habitación y Hans comenzó a reírse y a jactarse de su hazaña, ella no pudo soportarlo más.
—¿Cómo puedes tener tan pocos escrúpulos? —lo atacó— ¡Todo lo que le has dicho es mentira!
—Pero ahora podemos cambiarnos y pasar la noche en un sitio caliente, ¿no?
Elsa refunfuñó, en eso tenía razón, pero seguía sin parecerle correcto lo que habían hecho.
—De todas formas... —se quedó pensativa—. ¿Cómo has sabido que iba a colar? El cuento de la pareja de amantes que se han escapado me parece de lo más ridículo.
Hans dejó la ropa que le había dejado la señora Marie sobre la cama y comenzó a desdoblarla para mirarla bien, al tiempo en que chasqueaba la lengua, parecía satisfecho de que Elsa le hubiese hecho aquella pregunta, lo que no gustó demasiado a la reina.
—En realidad no se llama Marie —respondió Hans con altivez—. Su nombre real es Katherina Polienko, y es la duquesa de una región situada en la isla más cercana a esta. O bueno, al menos lo era, hasta que tiró toda su educación a la basura y se fugó con un leñador. Hace unos cuantos años, mi padre, algunos hermanos míos y yo pasamos por aquí cuando íbamos de caza, y uno de mis hermanos lo comentó. Al parecer él había sido compañero de juegos de Katherina, y le resultaba bochornoso que la tipa se hubiese rebajado tanto. A mí no me interesa demasiado lo que haga la gente con su vida, pero he de admitir que es terriblemente ridículo que empatice tan pronto con la gente que parece estar en su misma situación. Le pueden los sentimientos, y la gente que se deja llevar tan rápido por sus emociones siempre termina muy mal. Pero bueno, a nosotros nos da igual, gracias a su debilidad hemos conseguido una cena y una estancia gratuita.
Hans miró a Elsa sonriente, estaba realmente satisfecho.
—¿No te parece genial? —su expresión rezumaba prepotencia—. La gente es tan simple, Elsa. Solo tienes que hacer que se sientan reflejados en ti y con eso y un par de palabras bien utilizadas consigues de ellos todo lo que quieres. A veces es repetitivo que todos resulten ser tan crédulos, pero en el fondo me divierte.
—Eres despreciable —ella lo miró con auténtico desdén—. Utilizas los traumas de la gente y te aprovechas de ellos, es monstruoso.
—No, sencillamente los reflejo de forma positiva. La gente tiende a odiar sus reflejos negativos así que yo me encargo de que mi actuación les deje muy bien, de esa forma se identifican conmigo, me cogen un cariño inexplicable desde un primer momento y yo puedo hacer con ellos lo que quieran. No me mires así, Elsa, que la gente sea débil no es mi culpa.
—Y que tú seas un cretino sin corazón tampoco es culpa del resto de la humanidad.
—Veo que ya lo vas entendiendo —comentó él, alzando las cejas.
Ella lo miró sin entender, aunque no bajó la guardia.
—¿A qué te refieres?
—A que la conciencia no es algo con lo que se nace, es algo que a uno le enseñan. A mí nadie me ha enseñado a tenerla, así que no me preocupo por ella. Con el corazón pasa lo mismo, y con los sentimientos casi que igual. No busques condenar o justificar mis acciones, solo conseguirás ponerte de mal humor. Y es cierto, ponerte de mal humor resulta francamente divertido, pero cuando te excedes en tu moralina innecesaria cansa.
No era victimismo lo que había en Hans cuando hablaba de que no tenía sentimientos, o que carecía de escrúpulos, sino simple aceptación de los hechos. Como si estuviese comentando qué tiempo hacía o hablando de cualquier otro hecho objetivo, Hans se refería a sí mismo con total neutralidad, parecía tener muy claro lo que le sucedía y eso no le turbaba en absoluto. A Elsa le pareció de lo más extraño, era imposible que a Hans le diese igual ser tan mala persona. O quizás es que disfrutaba con ello, y si era así entonces ella prefería no indagar más en el asunto, era mucho más feliz pensando que no existía gente tan demoníaca en el mundo.
Cuando apartó la vista del príncipe, se percató por primera vez de un hecho que la dejó realmente extrañada.
—Solo hay una cama —comentó, juntando sus cejas.
Hans, que se había sentado en el borde de la cama, estaba quitándose las botas repletas de barro cuando miró a Elsa alzando un poco la vista.
—Somos unos recién casados, querida —sonrió ladino—, esta noche es nuestra luna de miel.
Elsa hizo un gesto de náusea, asegurándose de que Hans captase a la perfección que imaginarse con él de cualquier forma que no fuese en medio de una pelea le resultaba asqueroso, pero solo consiguió que él soltase un par de carcajadas huecas.
El pelirrojo se puso en pie y la miró con un brillo malicioso en sus ojos verdes, algo que no le gustó nada a la reina.
—Tendrás que elegir lado —le comentó con mucha naturalidad—. Yo prefiero dormir en el derecho, pero si lo quieres tú...
—¿Qué? —ella lo miró estupefacta.
—Bueno —Hans se encogió de hombros, al parecer le parecía de lo más natural lo que estaba diciendo—. Puedes quedarte con el izquierdo, no sé. Como quieras, las damas eligen primero.
—¡¿Piensas que vamos a dormir en la misma cama?! —exclamó ella, indignada.
Hans la miraba sin entender, pero Elsa era muy consciente de que estaba haciendo todo aquello para reírse a su costa.
—No te preocupes, no quiero exponerme a una muerte por hipotermia —respondió, intentando tranquilizarla—. Prometo no tocarte. Aunque, modestia aparte, no conozco a ninguna mujer que se haya quejado porque lo haga.
—Serás...
—Pero bueno, bueno -él alzó las manos en señal de paz-, yo voy a respetarte, después de todo eres una reina. Prometo no rozarte siquiera, te doy mi palabra de honor.
—No se trata de eso, se trata de que te hayas planteado que yo pueda llegar a aceptar compartir colchón contigo.
—Mujer, ni que quisiese desflorarte.
—¡No te atrevas ni a mencionar algo así! —estalló, furiosa, aunque se podía apreciar que sus mejillas se habían puesto rojas. Detalle que, por supuesto, no pasó desapercibido para el joven príncipe, que se relamió por dentro satisfecho al ver lo cohibida que estaba Elsa con aquel tema—. ¡No voy a dormir contigo!
—Perfecto, entonces podré tener toda la cama para mí.
—¿Qué? —Elsa estaba cada vez más irritada—. ¿Cómo que la cama es para ti?
—Por supuesto, eres tú la que tiene el problema, ¿no? —la miró con calma, alzando ligeramente ambas cejas—. Yo no tengo ningún inconveniente en que duermas conmigo, cada cual a un lado sin rozarnos. Y créeme, que arriesgo mucho, tú podrías congelarme mientras duermo pero yo he decidido darte un voto de confianza. Tú, en cambio, estás armando todo el drama, así que debes ser tú la que duerma en el suelo. Si hay un problema y una de las dos partes no está dispuesta a colaborar para resolverlo entonces esa parte pierde, es ley de vida.
—Soy la reina de Arendelle, no pienso dormir en el suelo solo porque tú...
—¿Sólo porque yo te haya ofrecido una alternativa equitativa para ambos? —Hans fingió sorpresa—. Su majestad, ¿me está diciendo la maravillosa reina de Arendelle, que vela por su pueblo y por los desfavorecidos, que va a utilizar su estatus monárquico para echar al suelo a alguien que le ha ofrecido una solución justa para los dos?
Elsa detestó reconocerlo, pero Hans era terriblemente bueno. Oh, sí, era muy bueno. Él sabía desde el principio que ella jamás en la vida aceptaría dormir a su lado, y sabía también quitarse cualquier tipo de responsabilidad, así que le había hecho esa propuesta para quedar él como un caballero de lo más correcto y hacerla quedar a ella como una energúmena orgullosa. Pero le daban igual las apariencias, Elsa jamás se acostaría en la misma cama que él, la sola idea le producía escalofríos. ¿Quién se había creído que era? Insinuando que ella... que ambos... Dios, qué horror. Y qué vergüenza, a Elsa le resultaba de lo más violento abarcar aquel tipo de temas. Había mantenido varias conversaciones con Anna sobre el tema de los hombres y las relaciones con ellos, y así como su hermana no tenía vergüenza alguna en hablar de esas cosas en la intimidad, a Elsa le gustaba horrores. Le resultaba algo violento y Hans, valiéndose de sus suposiciones, había dado justo en la yaga.
Pero Elsa no le iba a dar la satisfacción de seguir discutiendo, ni tampoco iba a dormir con él. Si tenía que dormir en el suelo lo haría. Después de todo, ella era una reina, sí, pero también alguien capaz de apañárselas sola. ¿Dormir en el suelo? Eso no era nada para alguien capaz de recostarse en sillones de hielo sin inmutarse siquiera.
—Dame un par de almohadas.
Hans sonrió, satisfecho, aunque Elsa notó en sus ojos que no estaba todo lo contento que le gustaría.
—Tenéis muchos complejos, mi señora.
—Y tú vas a tener unas mantas congeladas como sigas por ahí.
Hans no dijo nada más, le pasó un par de almohadas a Elsa y con ellas y una manta que colocó en el suelo se hizo una cama improvisada. Se levantó de nuevo para coger las mudas limpias que la señora Marie le había dado, debía ir al baño a cambiarse porque se sentía realmente incómoda con su traje todo mojado. Cuando alzó la vista se encontró con que su compañero de aventuras se estaba desvistiendo justo delante de ella, y en aquel momento se encontraba quitándose la camisa.
Elsa lo observó perpleja, ¿pero qué se suponía que estaba haciendo? Seguro que era un truco más para molestarla. Él se giró ligeramente hacia ella, y por su expresión burlona ella supo que estaba en lo cierto: solo quería atormentarla.
—¿Podrías hacer eso en el aseo? —preguntó ella, intentando que no se notase lo alterada que estaba.
Hans terminó de quitarse la camisa, se lo estaba pasando de maravilla con aquella situación y no se molestaba en absoluto por disimularlo. Elsa apartó la vista casi por inercia, nunca había visto a un hombre... bueno, en ese estado y se sentía realmente incómoda con ello. Sentía que le invadía un sentimiento de vergüenza que amenazaba con ganarle al de irritación, pero lo que más la asustó fue sentirse terriblemente tentada a mirar. Había algo que la empujaba a desviar su vista hacia Hans, una curiosidad imperiosa que había salido de la nada y luchaba contra su razón ganando cada vez más terreno. No podía hacerlo, eso no sería propio de una reina, ni de una dama, ni mucho menos de ella. Pero lo hizo, o mejor dicho lo hicieron sus ojos. No pudo evitarlo, y con el disimulo que tienen los niños cuando quieren ver algo que les está prohibido, Elsa dirigió sus enormes ojos azules hacia Hans, y recorrió su figura de arriba a abajo por instinto. Tenía un torso bien formado y fibrado, propio del que hace ejercicio, aunque se apreciaba en él cierta delgadez que ella atribuyó al tiempo que llevaba cumpliendo penitencia.
Elsa se encontró a sí misma sin poder apartar los ojos de él, y se sintió realmente furiosa por no poder tener el autocontrol suficiente. Era Hans, sí, pero hans era un hombre joven, y bastante atractivo. Y Elsa nunca había estado tan cerca de un hombre -sin contar a Kristoff, claro, pero él no contaba-, y mucho menos en aquella situación.
—¿Quieres hacer el favor de taparte? —le pidió, intentando esconder la vergüenza que sentía en esos momentos.
Hans no dijo nada, dejó la camisa mojada a un lado y cogió la seca, colocándosela justo delante de Elsa, regocijándose con lo remilgada e inexperta que demostraba ser la reina. Una vez hubo terminado, Elsa recobró la compostura y le dirigió una mirada asesina, agarró sus ropas secas y le anunció con frialdad:
—Voy a cambiarme.
Se volteó para marcharse hacia el aseo y no pudo ver la enorme sonrisa que Hans acababa de esbozar.
Elsa no paraba de dar vueltas de un lado a otro. No era la superficie plana del suelo lo que le impedía dormir, tampoco la presencia del que una vez intentó matarla a ella en esa habitación perturbaba su sueño. No, sencillamente estaba nerviosa. No sabía muy bien lo que le ocurría, pero no era capaz de tranquilizarse y echarse una cabezadita. Le ponía furiosa no poder descansar como era debido, después de un día tan movidito lo suyo sería poder dormir aunque solo fuesen unas cuantas horas, pero su cerebro se había confabulado en su contra no dejándole pegar ojo.
Refunfuñó, quizás si salía del cuarto y daba una vuelta por el pasillo pudiese calmarse un poco. Decidió levantarse y procuró tener el mayor cuidado posible, no quería despertar a Hans y tener que dar explicaciones o enzarzarse en una nueva pelea verbal. Aunque no hizo falta que tuviese cuidado, porque cuando se incorporó se percató de que el príncipe estaba despierto, sentado sobre la cama con la mirada perdida en la ventana de la habitación. Había dejado de llover hacía un buen rato, y el cielo nocturno comenzaba a clarear abriendo paso a una blanquecina luz lunar.
La reina se quedó sentada, observando a Hans desde la penumbra, aprovechando de alguna forma aquella posición de ventaja para analizarlo bien sin que él pudiese adoptar uno de sus personajes delante de ella.
Era extraño verlo de esa forma, pensativo y calmado, con un aire casi melancólico. Se le hacía una actitud tan impropia de él. Nuevamente, la reina se sorprendió preguntándose a sí misma qué podría estar pensando. ¿Por qué no dormía? ¿Le perturbaría algo la mente? ¿A él? Imposible, Hans no tenía conciencia alguna, no tendría sentido que algo le reconcomiese el pensamiento. ¿En qué estaría pensando?
—Sé que soy guapo, pero si me miras tanto me vas a desgastar —dijo sin dejar de mirar a través de la ventana.
Elsa dio un respingo por la impresión, y Hans se volteó lentamente hasta posar sus orbes verdes en las azules de la reina. Recostó su cabeza contra la pared y la miró desde su posición de más altura. No parecía enfadado, ni tenía su expresión de malicia burlona. Tampoco tenía aquel gesto frío e impersonal, sino que la miraba con cansancio. De hecho, a Elsa le dio la impresión de que Hans estaba profundamente agotado.
—Estarías pletórico si así fuese —Elsa le respondió con cierto veneno—. Si te mirase de esa forma, quiero decir. Estarías pletórico al ver que realmente tienes acceso a un trono, ¿cierto?
—No juegues con las serpientes, culebrilla, puedes terminar envenenada —le espetó él sin alterarse.
Elsa se sintió un tanto extraña, la situación en general era rara. La habitación estaba sumida en la total oscuridad, tan solo iluminada por la luz de la luna, que formaba enormes sombras dentro de la estancia. Hans se encontraba en un lado, apoyado sobre la pared encima de la cama, y ella se encontraba en el otro, y acababa de recostar su espalda también en la pared paralela. Los dos se estaban mirando fijamente, cara a cara y sin ningún tipo de máscara por el medio. Podía notarse la tensión en el ambiente, aunque Elsa se sintió extrañamente cómoda por alguna razón que no lograba entender.
—Sé muy bien lo que hago, no te preocupes por mí.
—No, no sabes lo que haces en realidad —comentó él muy serio. No parecía querer fastidiarla, de hecho sonaba inusualmente sincero—. No tienes ni idea de política exterior, eres una inconsciente, tienes muy poca confianza en ti misma y cedes a la más mínima provocación. Así no vas a llegar muy lejos.
—Seguramente llegue más lejos que tú, ¿no crees?
—No te estoy agrediendo —la cortó él, al ver que Elsa se ponía a la defensiva—. Estoy constatando un hecho objetivo. No tienes experiencia en relaciones sociales y eso puede pasarte mucha factura.
—¿Vas a darme consejos? —Elsa enarcó una ceja.
—No, solo pretendo que seas consciente. Es muy probable que intenten embaucarte, y no me refiero en genera, que también, sino aquí, En las Isalas del Sur. Seguramente intentarán sacarte algo. Ten cuidad con eso y no seas crédula, estás en un nido de víboras, que no se te olvide.
—¿Y por qué debería hacerte caso? ¿Qué motivos me has dado para que confíe en ti?
—Ninguno —Hans suspiró, apartando la vista de nuevo y mirando otra vez hacia la ventana—. Pero cuando uno tiene muchos enemigos prefiere ver caer a los que más molestias le causan, eso es todo.
Elsa supo de inmediato que Hans se refería a su familia, y sintió una sensación amarga por dentro, algo parecido a la compasión. Lo más extraño de todo fue que Hans pareció notarlo.
—No me mires así —la enfrentó, ahora su voz estaba algo más alterada—. No te atrevas a tener compasión de mí.
—Yo no...
—Tú nada -la interrumpió con brusquedad-. No necesito que nadie sienta lástima. Ni por cómo soy ni por cómo lo he pasado. No necesito compasión, eso es para los débiles.
—La compasión no solo es para los débiles, también...
—Es insultante —sentenció—. No me compadezcas nunca, Elsa, porque compadecer a la gente podría traerte muy malas consecuencias.
Elsa no pudo contener más una pregunta que llevaba rondándole la cabeza desde que estaba en aquella isla.
—¿Es que no te cansas de hacer que la gente te odie? —y al no obtener respuesta insistió—. ¿No te agota ser tan desagradable?
Hans se tranquilizó y volvió a su posición inicial, respiró hondo y miró a Elsa muy fijamente, a ella le dio la impresión de que sus ojos verdes la estaban atravesando, intentando ver dentro de ella, y por un momento se sintió desnuda frente a él, sensación que le disgustó bastante.
El príncipe habló entonces por última vez aquella noche:
—A veces el odio es mejor que la nada.
Y Elsa supo que nunca se le olvidarían aquellas palabras.
Hola, ya sé que llevo muchísimos meses sin actualizar pero tampoco tengo una buena excusa, sencillamente que se me fue la inspiración y me ha vuelto hoy, qué le vamos a hacer. Espero que nadie me mate, y entenderé que mucha gente haya dejado de leer este fanfic porque lo he dejado por ahí abandonado, pero ahora vuelvo con bastantes ideas y ganas de seguirlo, así que si alguien sigue por aquí yo agradecería muchísimo los reviews porque animan un montón y me gusta saber qué opinais de las cosas y eso.
Bueno, yo sé que Hans es muy cruel y todo eso, pero es que el chico bueno desde el principio no puede ser, ¿no? Sino sería todo como muy OoC y yo no me sentiría muy bien así. Pero no pasa nada, que esto es solo el inicio de la historia xD
¿Qué os ha parecido el capítulo? Ha sido de muchísima interacción entre los dos, y el siguiente seguramente también. ¡Espero que os haya gustado!
Contestando reviews (los que no contesto aquí es porque tenéis cuenta, y por tanto os respondo por privado):
Ana ivet: no, no he sido cruel. No tendría sentido que Hans y Elsa se besasen ahora, solo llevo 6 capítulos de fic y ellos interactúan desde hace 5, sería absurdo que llevándose tan mal como lo hacen de repente se besasen. Para eso todavía queda lo suyo, el desarrollo de los personajes lleva tiempo. Gracias por leer el fic, me alegra mucho que te guste :)
fic: gracias por leer :)
Cris: pues muchas gracias, en la historia se irán alternando ambos puntos de vista según convenga. :)
En fin, ya sabéis, cualquier cosa, queja, halago, lo que sea en modo de review que se agradece A LOT
