Disclaimer: Los personajes no son míos, darlings. Son de Disney.
Castigo.
—¿Se encuentra bien, joven?
Hans se esforzó por mostrarse lo más humilde posible ante la presencia de su anfitriona. Apenas hacía media hora desde que había amanecido y él, nada más ver el primer rayo de sol asomarse por la ventana de su habitación, decidió bajar a tomarse algo caliente. Se encontraba francamente mal, sentía una presión horrible en sus pulmones y notaba como la garganta le ardía. Ni siquiera un buen tazón de leche caliente con miel había logrado aplacar su molestia.
—La tormenta de ayer fue muy fuerte, me temo —sonrió él con amabilidad.
Había despertado a Elsa justo antes de bajar a desayunar para que fuese despejándose, debían partir lo antes posible. Su padre llegaría cerca del mediodía y Hans pretendía estar en el castillo antes de eso. Además, pronto se despertaría el resto de la clientela de la posada y al príncipe no le apetecía en absoluto tener que interactuar con nadie más. Se sentía bastante débil y en esas condiciones mantener sus fachadas se le hacía mucho más costoso.
—Creo que voy a ver cómo va mi esposa, debemos partir ya.
El pelirrojo pudo ver la aceptación en los ojos de la patrona, y sosteniéndole una mirada radiante se despidió de ella y marchó escaleras arriba.
Mientras se dirigía hacia la habitación, Hans comenzó a toser con brusquedad. Maldita Elsa, si no fuera por ella y su irritante impulsividad ahora él estaría más fresco que una rosa; si el resfriado que había cogido iba a más tendría que apañárselas solo y quizás no se le curase en un mes. Había sido totalmente imprudente salir de esa forma, y más todavía cabalgar bajo la lluvia con el frío que hacía, a Elsa quizás no le afectase pero a él sí, Hans no tenía poderes que lo protegiesen de pillar una pulmonía y algo le decía que estaba cerca de caer gravemente enfermo. Lo único que le parecía positivo en aquellos momentos era que la tormenta ya se había pasado, afuera lucía un sol radiante por lo que la vuelta hacia el castillo sería bastante amena, no pensaba que tardasen mucho en llegar viendo lo bien que se mostraba el día.
La reina le estaba ocasionando más problemas de los necesarios y Hans comenzaba a perder la paciencia. ¿Cómo podía ser tan inconsciente? Y, para colmo de males, en lugar de admitir que se equivocaba la muy estúpida tenía las narices de ponerse tozuda y sacar la vena orgullosa. Si no fuese por ella, él estaría metido en su habitación, resguardado del frío, en plenas condiciones físicas y leyendo un buen libro. Pero no, ahora estaba en una asquerosa posada perdida de la mano de Dios con un incipiente resfriado que amenazaba con darle fiebre más pronto que tarde, pues el príncipe comenzaba a sentirse terriblemente mal, y quizás la graciosa vena aventurera de la joven reina lo hubiese condenado a todo un mes guardando cama.
Debió haberla matado en cuanto tuvo ocasión, y no lo pensaba por el acceso al trono que eso hubiera supuesto, sino por lo desesperante que resultaba tener que aguantarla constantemente. A ella, a su orgullo absurdo y a su mojigatería inexperta.
Bufó mientras avanzaba por el pasillo, sentía la garganta como si le estuviesen clavando un millar de alfileres. Se precipitó hacia la puerta del cuarto en el que habían dormido, pero se paró en seco al contemplar por la ranura que dejaba el pórtico entreabierto la figura de la joven reina de Arendelle. Estaba cambiándose, y Hans ladeó una sonrisa, quizás pudiese sacar algo bueno de aquel fastuoso viaje.
Elsa llevaba puesto el ceñido camisón que precedía a su recatado vestido, ya se había quitado la ropa ofrecida por la posadera y se disponía a colocarse sus ropajes de nuevo. Hans tuvo que admitírselo, por más molesta que fuese y estúpida que la considerase, Elsa era una belleza. Tenía un cuerpo fino y menudo, perfectamente proporcionado, y su delgadez sumada a esa tez marmórea que poseía le daba un aspecto de muñeca de porcelana, parecía que fuese a romperse en cualquier momento. Llevaba el pelo suelto en esos momentos, y le quedaba mucho mejor que cualquiera de sus recogidos, pensó sin vergüenza ninguna que de ser otra persona y estar en circunstancias distintas hubiese sido interesante catarla en la cama. Le resultaba un tanto intrigante averiguar cómo podía ser aquella muchacha bajo las sábanas. Tan inocente en tantos aspectos, tan inexperta en tantos otros... desde luego no era difícil excitarse con la idea, y menos cuando Hans llevaba tanto tiempo sin compartir alcoba con ninguna mujer, pero se recordó a sí mismo de quién se trataba y pudo controlar facilmente sus instintos. Por apetecible que fuese, aquella muchacha conocía la peor cara que el príncipe podía mostrar y eso la situaba directamente en el bando enemigo.
Hans se lamentó profundamente por no poder ver más allá de lo que aquel camisón del demonio podía ofrecerle a su mirada, pese a todo la desnudez de Elsa hubiese sido una buena visión que conservar para sí. Concedió, pues, que si ya no pensaba quitarse más ropa no había ningún inconveniente en entrar. Por descontado, cuando Elsa lo vio adentrándose en la habitación antes de que ella pudiese colocarse la última capa de ropa soltó un enorme grito y acto seguido le lanzó una ráfaga de nieve que él logró esquivar casi de milagro.
—¡Pervertido! —exclamó— ¡Largo de aquí!
Hans se incorporó, había tenido que inclinarse para no ser alcanzado por el ataque de Elsa. Miró a la reina con reproche.
—Oye, se supone que somos marido y mujer —le recordó—, no me trates como si fuese a violarte o algo semejante.
Elsa se había tapado con su ropa y a Hans le resultó curioso aquel gesto, realmente el camisón no dejaba que se le viese nada. Además, ¿qué le importaba? Ese vestido azul que había llevado cuando sucedió todo aquello en Arendelle era de lejos mucho más sugerente que la ropa interior que lucía en esos momentos.
—Fuera de la habitación —repitió ella a la defensiva, aunque bajando el tono—. Ahora. Cuando me cambie podrás entrar.
Hans había notado el nerviosismo de la reina la noche anterior, cuando él decidió torturarla un poco cambiándose frente a ella y más tarde, al insinuar que quizás durmiesen en la misma cama. Era satisfactorio comprobar que tras toda esa capa de altanería y orgullo, se escondía una muchacha sin ningún tipo de experiencia en relaciones sociales que, por consiguiente, se sentía altamente incómoda cuando tocaba temas de índole más... íntima. No le extrañó tampoco, teniendo en cuenta lo negada que era Elsa para la gente, y el remilgo social que todavía demostraba, su inseguridad en temas más calientes era una reacción lógica. Y a Hans le gustaba esa reacción, era una buena estrategia para sacarla de quicio. Él no tenía ningún miedo de hablar sin tapujos sobre aquellas cosas, podía presumir de tener experiencia de sobra con las mujeres ya fuese por su físico o por su capacidad de manipulación, y había conocido a muchas almas cándidas como Elsa, sabiendo perfectamente por dónde atacar para dejarla desarmada en ese tipo de situaciones.
—Algún día, su Majestad, tendréis que quedaros desnuda ante el hombre que os despose —le soltó él con condescendencia, satisfecho al ver como las mejillas de la reina se tornaban de un color carmesí—, y entonces no podréis congelarlo. Sería una lástima que dejaseis reducido a vuestro futuro esposo a un montón de hielo, ¿no os parece?
—Fuera —volvió a decir, intentando mantener la compostura.
—A mí no me molesta veros en paños menores, puedo serviros de práctica para perder la vergüenza y que ese futuro gran día no os resulte tan violento.
—¡Fuera!
Hans se relamió por dentro, pero qué fácil era destrozarle las barreras, qué poco sabía del mundo todavía aquella joven reina y qué desprotegida estaba por ello. Elsa nadaba entre pirañas, expuesta a un mundo despiadado que le arrancaría la inocencia tanto si como si no, y ella todavía no era plenamente consciente de los peligros que la acechaban, pero él tampoco iba a decírselo. Mientras salía del cuarto, el decimotercer príncipe de las Islas del Sur pensó que el futuro de la reina Elsa no era asunto suyo, ni tampoco le interesaba en lo más mínimo.
—Dejaste que se te escapara.
La voz de su padre era tan fría e impersonal como de costumbre, ni siquiera se dignó a mirarlo. Estaba sentado en su escritorio, ojeando algunos papeles que debía revisar, cuestiones políticas o económicas, cosas a las que Hans no tenía ningún tipo de acceso. Su presencia allí no era bienvenida, el Rey tenía cosas importantes que hacer y el menor de sus hijos, como de costumbre, no hacía más que entorpecer sus planes.
Hans y Elsa habían llegado al castillo antes que el Rey y sus invitados. El viaje, tal y como el príncipe había vaticinado aquella misma mañana, fue relativamente corto y ameno. Los campos se habían secado gracias al sol, que lucía más alto y fuerte que nunca esa mañana, lo que propició la rapidez de los caballos. Ni el príncipe ni la reina hablaron demasiado durante el trayecto de vuelta, él sentía su garganta terriblemente hinchada y el malestar lo había dejado sin ganas de nada, y Elsa estaba demasiado enfadada como para iniciar una plática que terminase nuevamente en discusión.
Al llegar al castillo, ambos comprobaron satisfechos que ni el Rey ni sus invitados habían vuelto todavía, y se separaron sin apenas mirarse con un poco de desdén el uno al otro. Pese a todo, Hans sabía que su padre no tardaría en percatarse de que ni su decimotercer hijo ni la reina de Arendelle habían dormido allí aquella noche, y al poco de regresar hizo llamar al príncipe a sus aposentos. Hans sabía lo que le esperaba, su padre nunca se dirigía hacia él si no tenía algo malo que decirle, así que se esperó lo peor cuando accedió a la cámara de su padre, un sentimiento que no causó especial mella en él, pues estaba demasiado ocupado sintiéndose terriblemente enfermo.
—Se marchó, no... no me hizo caso cuando le advertí de que no era seguro continuar con la tormenta aproximándose —Hans apenas podía hablar, sus cuerdas vocales parecían rasgadas porque de su boca solo emergía un sonido roto y algo pusilánime. Se sentía patético en aquel estado, odiaba notarse débil.
—Entonces no la advertiste lo suficientemente bien —zanjó su padre, seguía sin mirarlo.
El príncipe sintió como le llegaba un ataque de tos, de esos incontrolables, pero hizo un esfuerzo por reprimirse lo mejor posible. Su padre no soportaba a la gente que era incapaz de mantener la compostura, incluso estando al borde de la muerte, y no toleraría que su hijo además de ser incapaz de seguir las órdenes correctamente fuese un saco de huesos enfermizo y patético.
Se irguió sobre sí mismo, sentía el cuello hinchado. Estaba fatal.
—Esa muchacha está bajo tu supervisión, cualquier cosa que haga, cualquier cosa que le suceda será tu responsabilidad —y, en ese momento, el Rey alzó una mirada gélida muy similar a la de su hijo para clavársela a este directamente—. ¿No eras tan bueno manipulando a la gente, Hans? ¿No has sido siempre tan listo? Pues no permitas que una jovencita te haga quedar delante de todo el mundo como el imbécil que siempre has sido. Ya tuvimos suficiente la última vez, espero que en esta ocasión sepas dominarla como es debido.
Hans apretó los puños, una oleada de odio lo invadió de punta a punta de su cuerpo. Tenía una rabia feroz acumulada en lo más profundo de su ser, y no iba dirigida solo a Elsa o a su padre, sino al mundo en general. Todo aquel atajo de estúpidos, incluido el Rey, no tenían ni medio cerebro. Él era mucho más inteligente y astuto que su padre, les daba mil vueltas a sus estúpidos hermanos y por supuesto, Elsa podía tener unos poderes monstruosos pero no era ni por asomo la mitad de capaz intelectualmente que él. Y, sin embargo, tenía que asentir, obedecer y mostrarse sumiso ante aquella prole de ineptos que se creían con el derecho a juzgarlo y a manejar su vida como les diese la gana.
Se sentía tan impotente, y eso le enfurecía tanto... Hubiese estrangulado a su padre ahí mismo, sin remordimiento alguno. Habría disfrutado contemplando su cara de espanto mientras se le escapaba el último aliento por la boca, podría haberlo hecho para aceptar más tarde ser juzgado y ejecutado. Pero no lo hizo, Hans sabía que el regicidio no era la solución a los problemas. Él no quería matar a su padre, al menos no de forma literal, deseaba vencerlo de una manera más metafórica, y para eso utilizaría las dotes que el Rey había cuestionado hacía apenas unos instantes.
—¿Me impondréis un castigo? —preguntó haciendo un gran esfuerzo, cada vez que hablaba la garganta le ardía. Se notaba terriblemente caliente, debía tener la fiebre bastante alta.
El rey bajó la mirada, testándole importancia nuevamente a la presencia de su hijo.
—Vas a ahorrarme una semana de comida —respondió—. Y espero que no tengas reproche alguno, suficiente hago con mantenerte en mi castillo. Debería haberte echado cuando tuve ocasión, solo sabes dejarme en evidencia. Todo el mundo sabe que te marchaste por ahí con la Reina, ¿sabes que todos están murmurando?
—Necios tienen que ser para pensar que la Reina de Arendelle puede dejar su virtud en manos de un hombre que intentó matarla —Hans tosió un poco—. Y necios tienen que ser si piensan que una muchacha con esos poderes no sería capaz de defenderse de un pobre mortal desterrado de la corte. Si las habladurías van por esos términos, quizás deberíais replantearos buscar a unos aliados más inteligentes.
—Antes de cuestionar las capacidades ajenas, Hans, mírate a un espejo —le espetó el Rey sin levantar la vista—. No es precisamente tu inteligencia lo que te ha llevado al estado en el que estás. Pero no quiero seguir hablando contigo, tu presencia me molesta. No vuelvas a dejar que esa muchacha merodee a sus anchas por aquí sin mi permiso, si lo haces no seré tan benevolente como he sido hoy y tu castigo.
—¿Peor que dejarme sin comer durante una semana estando evidentemente enfermo? —ironizó Hans, le hubiese gustado reprimirse aquel comentario pero su cabeza comenzaba a dolerle en demasía y no fue capaz de aguantarse.
Su padre volvió a mirarlo, aunque en esta ocasión torció una sonrisa maliciosa.
—Es una prueba, hijo. Para ver si eres tan fuerte como te piensas.
Pero Hans sabía perfectamente que no era ningún tipo de prueba, sino otro cruel castigo más. Su padre era un maestro para ese tipo de cosas, y quizás con ese último lograse librarse de la oveja descarriada de su familia de una vez por todas. Hans, sinceramente, no tenía muchas esperanzas de sobrevivir al resfriado estando una semana sin comer, y lo cierto es que en ese momento tampoco le quedaban fuerzas para quejarse.
Llevaba mil años sin actualizar, lo sé. Soy la mierda, lo sé. Pero tengo un par de capítulos escritos de esta historia, así que prometo (esta vez de verdad) que actualizaré al menos dos veces de forma más o menos rápida.
Si me dejáis comentarios me haréis súper feliz de la muerte, aunque sé que este capítulo ha sido corto. Pero bueno, es una introducción para los siguientes.
