Los personajes no me pertenecen, son de una industria millonaria y yo pobre como las ratas.
El mundo adulto.
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"...Las primeras lluvias han llegado ya, aunque como sabes el frío nunca ha sido un problema para mí. Puedo asegurarte que estas tierras son bastante más bellas de lo que podría haber imaginado, así que no te preocupes por mí, estoy gozando de una buena estancia. Espero que todos por allí estéis bien, y no dudes en informarme si surge algún problema.
Te quiere, Elsa. "
Anna se mordió el labio inferior y dejó la carta a un lado, desvió la mirada durante un segundo y enterró toda su atención en sus pensamientos.
—¿Y bien? ¿Qué te ha dicho?
La voz de Kristoff la devolvió al mundo real, pero la princesa de Arendelle apenas se inmutó; se encontraba terriblemente preocupada desde hacía un par de días y por más que procuraba despejar su mente y no ponerse en lo peor notaba como su imaginación la traicionaba, abordándola con todo tipo de imágenes funestas en las que todo parecía apocalíptico y de imposible solución.
Chasqueó la lengua justo antes de soltar un suspiró de resignación y dirigió una vaga mirada a la carta de su hermana.
—Se lo está pasando bien —la voz de Anna sonó inusualmente apagada, acostumbrada a ser todo un torbellino de energía y buenas vibraciones, ver a la princesa en un estado tan apático era signo indiscutible de que algo no marchaba como era debido.
Suspiró de nuevo y por fin se dignó a mirar a Kristoff, ambos se encontraban en el comedor real, gozando de una discreta comida que habían concertado aprovechando un descanso de la princesa. Estaban exprimiendo lo máximo posible el tiempo que tenían juntos antes de que cayeran las primeras nieves, el invierno estaba a la vuelta de la esquina y el ambiente ya comenzaba a enfriarse, de manera que Kristoff no tardaría mucho en partir hacia las montañas para dedicarle al hielo días enteros, y sumado al trabajo intensivo de la princesa lo más probable es que pasadas un par de semanas apenas tuviesen tiempo para verse. Los años anteriores había sido distinto, claro, pues Anna gozaba de todo el tiempo libre del mundo y cuando las nevadas no eran muy intensas se daba el lujo de acompañar al repartidor de hielo a alguna de sus expediciones, pero al faltar su hermana Anna no podía permitirse salir del castillo, así que hasta que volviese la reina ambos se mantendrían distantes con la llegada de la nueva estación.
Anna también estaba preocupada por eso, no por lo que pudiese afectarle en términos de pareja -después de dos años, su relación estaba demasiado afianzada como para dudar de ella- sino porque tras el mensaje recibido hacía apenas un par de días la princesa sentía que necesitaba todo el apoyo posible en aquellos momentos, y no estaba segura de poder afrontar la situación si Kristoff se marchaba por ahí. Aunque tampoco estaba dispuesta a pedirle que una vez llegara el invierno se abstuviera de subir a por el hielo, eso sería demasiado egoísta.
—¿Qué hago? —le preguntó, finalmente. Sus hombros estaban caídos y su lenguaje corporal dejaba claro que se sentía un tanto derrotada.
Kristoff dejó caer el tenedor sobre su plato de carne asada a medio terminar y se cruzó de brazos, apoyando la espalda sobre el respaldo de la silla.
—Pienso que deberías decírselo, ya te lo dije el otro día. Tu hermana tiene derecho a saber lo que está pasando.
—Si se lo digo volverá, y no podrá cumplir con su misión diplomática —los ojos de Anna se abrieron de par en par, pese a estar tomándose el asunto muy en serio era incapaz de aparcar su melodramatismo natural.
—La vida de un monarca es así, Anna —respondió el rubio intentando tranquilizarla—, los imprevistos surgen y los reyes deben abandonar lo que estén haciendo para solucionar sus problemas. No es extraño ni nada, pienso que deberías contestarle cuanto antes y explicarle la situación.
—Es que pienso que podría solucionarla yo —replicó la joven, y acto seguido bajó la mirada—. Pero claro... ¿y si no puedo? ¿Y si la fastidio? ¿Y si decepciono a Elsa y a todo el reino porque soy incapaz de administrar Arendelle? ¿Y si...?
—Eh, Anna.
La princesa alzó una mirada azul cargada de culpabilidad a la que Kristoff respondió torciendo el gesto. La muchacha pensó que a veces era demasiado pesada, su novio tenía bastante paciencia porque reconocía que con sus ataques de histeria momentánea podía llegar a ser de lo más insoportable. En cambio Kristoff siempre se mantenía tranquilo, como si nada pudiese afectarle. Se tomaba las cosas con filosofía, las razonaba objetivamente e intentaba aportar su opinión que en muchas ocasiones servía para apaciguar el carácter nervioso y temperamental de su novia. Quizás por eso funcionaban tan bien, se complementaban en cierto modo, y Anna agradecía muchísimo tenerlo con ella en momentos como ese.
—Perder una parte de la cosecha no es el fin del mundo, Arendelle todavía tiene recursos para el invierno, lo que...
—¡Pero eso no es lo malo, Kristoff! —lo interrumpió ella en una de sus explosiones— ¡El incendio fue provocado! ¡Alguien ha intentado quemar nuestras reservas para el invierno! ¿Es que no lo entiendes?
Kristoff enarcó una ceja y Anna comprendió que acababa de interrumpir algo relacionado justamente con eso. A veces no era capaz de controlarse y se desataba de aquella forma tan inoportuna.
—Lo siento —se disculpó algo avergonzada.
Kristoff carraspeó quitándole hierro al asunto.
—Lo del incendio es algo que deberías comentarle a tu hermana —le recomendó—. Anna, desde que Elsa se reveló con poderes hemos tenido tanto aliados que han decidido apoyarnos viendo en Elsa una especie de arma hasta enemigos declarados que se han opuesto totalmente a la idea de que exista una reina con poderes. Y eso es peligroso, puede que uno de esos enemigos haya aprovechado el viaje de Elsa para intentar hacer algo en Arendelle.
—O puede que haya sido algún malnacido perteneciente a nuestro reino.
—Sí, y no lo descarto, gentuza hay en todas partes —le concedió—, pero teniendo en cuenta las circunstancias, y estando tú sola en la corte, no me parece prudente mantener a Elsa al margen de todo esto.
El joven le dirigió una mirada intensa y Anna tuvo que darle la razón. La situación no era la mejor, desde luego, y Kristoff acababa de dar en el clavo. Desde que Elsa había salido al mundo revelándose no solo como una de las reinas más jóvenes sino también con sus poderes, gozaba tanto de apoyos como de detractores, y estos últimos ganaban considerablemente la partida en cuanto a número. Muchos reinos se sentían amenazados ante las leyendas que circulaban sobre aquella a la que habían apodado como "Reina de las Nieves", y de ella se decía desde que se trataba de una doncella con aire fantasmal que traía el invierno consigo hasta sandeces como que podía transformarse en un gigante de nieve y arrasar aldeas enteras si no se cumplían sus órdenes. Era mucha la mitología que circulaba sobre Elsa, la mayoría de ella instigada por aquel desgraciado de Weselton, y aunque Arendelle hubiese perdido apoyos importantes debido a los rumores éstos lo favorecían en cuestiones de seguridad, pues pocos se atrevían con las amenazas sabiendo a la corte protegida por la reina. Pero ahora Elsa no estaba, y las noticias volaban en asuntos reales, así que la idea de Kristoff sonaba de lo más plausible.
Anna no sabía qué hacer, su primer impulso era contarle a Elsa todo lo que había pasado, que se había incendiado una parte de la cosecha de forma misteriosa y que algunos sospechaban de los propios habitantes de Arendelle y otros de algún enemigo misterioso. Pero, por otro lado, existía algo de orgullo en el corazón de la princesa que le paraba los pies cuando cogía la pluma. Su hermana le había confiado el reino, era una monarca en funciones, y ya estaba harta de ser la hermana pequeña incapaz de solucionar nada sin la mayor. Podía coger el toro por los cuernos y demostrarle no solo a su hermana y a Kristoff, sino también a sí misma, que en caso de crisis también se podía contar con ella para algo verdaderamente relevante.
¿Cuál era la opción correcta? ¿Y si finalmente resultaba que todo había sido un accidente y hacía volver a su hermana para nada? Tampoco podía permitirse cometer un error así.
Bufó, estaba comenzando a experimentar realmente lo que significaba no solo hacerse cargo del reino, sino adentrarse en el peligroso mundo de la edad adulta, donde uno se ve solo ante todos los peligros y debe comenzar a tomar decisiones. Anna se dijo a sí misma que ya era hora de hacerlo, tenía veinte años cumplidos, una pareja formal y un reino del que hacerse cargo, no podía seguir comportándose como una chiquilla insegura e impulsiva, así que con esa idea en la cabeza se aventuró a tomar una decisión.
—Haremos una cosa —alzó la vista y miró a Kristoff—, investigaremos lo sucedido con la cosecha, e intentaremos averiguar si realmente fue alguien externo al reino quien inició el fuego. Si no encontramos nada antes de que caiga la primera gran nevada y tengas que marcharte a las montañas, te prometo que escribiré a mi hermana con urgencia para que vuelva lo antes posible. Pero antes de eso quiero encargarme yo del asunto, puede que sea una falsa alarma y si ese es el caso, sería muy perjudicial para nuestras relaciones internacionales que mi hermana tuviese que partir de vuelta a Arendelle dejando a medias sus asuntos políticos. Creo que tú y yo podemos llegar al fondo de este asunto, ¿qué me dices?
Anna sonrió de manera forzada, en última instancia haría lo que ella viese conveniente, pero el apoyo de Kristoff tenía un gran valor porque consideraba que ambos, además de ser pareja, también eran como una especie de equipo.
El vendedor de hielo se quedó pensativo unos instantes antes de enarcar su ceja derecha.
—¿Quién diablos eres tú y qué has hecho con mi histérica y adorable novia? —preguntó con guasa.
Anna arrugó la nariz.
—¡Te estoy hablando en serio! —exclamó, y de repente su tono se había tornado infantil—. Es muy importante que no nos equivoquemos, porque sino la habremos pifiado, ¿entiendes? Y Elsa volverá para nada, y todo el mundo pensará que soy una tonta, y...
—Anna, me parece una idea bastante buena —la cortó él sin alterarse, haciendo que ella se quedase totalmente muda—. Solo me ha sorprendido que hayas hablado con tanta madurez, no es propio de ti.
La princesa sonrió con cierta timidez.
—Creo que me estoy haciendo mayor —hizo una mueca de disgusto.
Kristoff soltó una carcajada.
—Pues os sienta muy bien la edad, su Alteza.
—Oh —bufó—, cállate.
Él siguió riendo de buena gana.
—¿Entonces me apoyas o no? —insistió la pelirroja con impaciencia.
El vendedor de hielo hizo un esfuerzo por sosegarse.
—Me parece correcto, pero no aceptaré ninguna queja en el caso de que no encontremos a nadie —le advirtió—, si eso sucede seré yo mismo quien le escriba la carta a tu hermana, no pienso dejarte aquí sola con un pirómano suelto.
La princesa asintió, acababan de llegar a un acuerdo.
Los invitados llegaban de todas partes del mundo para alojarse en la corte de las Islas del Sur, a la espera de que comenzasen los preparativos por el Solsticio de Invierno. En pocas semanas las zonas comerciales cercanas al castillo se llenarían de banderines, adornos florales y todo tipo de decoraciones festivas para conmemorar la entrada del invierno. Elsa se había enterado gracias a unos duques españoles de que la festividad del Solsticio no se reducía solo a la noche en la que sucedía el cambio estacional, sino que durante una semana se realizarían todo tipo de actividades en la corte como aperitivo para la gran noche final, donde se celebraría la gran fiesta a la que asistirían todos los invitados.
Para ser un castillo tan austero y frío, pensaba la joven reina, se tomaban muchas molestias en celebrar las cosas por todo lo alto. Le resultaba irónico que por un lado creasen aquel ambiente idílico de fiesta eterna cuando los muros de aquel lugar se antojaban de lo más impersonales y carentes de cualquier tipo de vida.
Cada vez iban llegando más invitados al castillo, incluidos hijos del rey. Elsa había tenido el placer de conocer a tres hermanos más de Hans, dos de ellos gemelos y el otro uno de los más mayores, que ya peinaba algunas canas, aunque no era capaz de recordar los nombres dado que apenas habían coincidido durante la cena hacía un par de noches. Al parecer los príncipes tenían asuntos de los que ocuparse y no podían asistir a todas las reuniones que tenían lugar durante las distintas horas de comida a lo largo del día, pero la reina de Arendelle tampoco se sintió afectada por ello, al contrario que otros invitados, los cuales no consideraban protocolario que los príncipes se ausentasen tanto.
Elsa estaba comenzando a ganarse mala fama entre los nobles que estaban de visita en el castillo. Como persona introvertida y algo tímida que era, tan solo se relacionaba con la gente lo estrictamente necesario, lo que marcaba el protocolo que debía hacerlo como reina. Y si en algún momento la metían en una conversación o intentaban hacerla partícipe de una discusión política, ella solía mostrarse demasiado comedida para el gusto de algunos, que no habían dudado en murmurar a sus espaldas cosas que a ella sencillamente le traían sin cuidado. También era un hecho que su escapadita con el menor de los trece príncipes del Sur se había hecho eco entre los nobles que ya estaban presentes días antes, y la gente no paraba de maquinar sospechas sobre lo que podría haber sucedido entre ellos dos.
La reina tenía ganas de reír ante aquellos últimos comentarios, ¿cómo podía existir gente tan necia en el mundo? Hans había intentado matarla para quedarse con su reino, era un príncipe caído en desgracia, ¿de verdad creían que ella podría llegar a tener algo con un hombre que no solo era un asesino, sino que también había jugado con los sentimientos de su hermana? Desde luego la gente a veces le parecía idiota.
Pensando en aquello, Elsa se percató de que hacía días que no veía a Hans. Se había acostumbrado a sus comentarios ácidos y respuestas hirientes, a las burlas y a sus alardes de arrogancia narcisista, quizás su ego era tan grande que cuando faltaba dejaba demasiado espacio por rellenar, pero el caso es que su ausencia se hacía de notar. ¿Qué habría sido de él? De repente Elsa cayó en la cuenta, quizás su padre le había impuesto un castigo por haber salido del castillo con ella sin permiso. Después de todo, a Hans le estaba vetado abandonar los muros del castillo y Elsa había cometido una enorme imprudencia largándose así. ¿Lo habría castigado verdaderamente el rey? ¿Qué sería de él?
La reina agitó la cabeza, no debía preocuparse por Hans, no se lo merecía, aunque en parte se sentía culpable porque había sido ella la culpable de que les pillase aquella tormenta durante el camino. Si ella no hubiese insistido en continuar... Bueno, pero Hans también podría haberse marchado. Él mismo lo dijo, necesitaba cubrirse en la posada porque no puede soportar el frío, y ella ya tenía experiencia en irse por ahí sola. Podría haber sobrevivido perfectamente y sin problemas, él no tenía por qué seguirla... Pero bueno, en realidad sí debía hacerlo, porque eso eran órdenes de su padre. Seguramente el rey le había dicho que la tuviese vigiladao algo así, y al dejar que se le escapase Hans había incumplido su cometido, y en ese caso sí que era ella la que tenía parte de la responsabilidad por...
¡Diablos! ¿Pero por qué seguía dándole vueltas al asunto? Hans tenía razón en algo, y es que ella se mostraba demasiado compasiva, excesivamente buena. ¿Dónde se había visto que una persona se preocupase por otra que intentó matarla? Sonaba incluso absurdo. Si Hans había sido castigado por no cumplir bien su trabajo que se fuese al cuerno, se lo merecía.
Elsa frunció el ceño, estaba muy enfadada consigo misma por sentirse culpable. Ella no tenía la culpa de nada, Hans era una persona horrible y no debía sentir ningún tipo de empatía con él, pero es que no podía, sencillamente no. Quizás era cierto y en el fondo solo era una débil sentimental con demasiados escrúpulos, pero creía en la justicia, incluso para aquellos que no se la merecían.
Suspiró, no pensaba ir a buscar a Hans ni nada de eso, pero intentaría averiguar qué había sido de él, de alguna manera.
—Disculpad, majestad, pero creo que no nos han presentado.
Elsa alzó la vista, topándose con unos ojos verdes que se le hicieron algo familiares. Frente a ella tenía a un hombre que debía sobrepasar debilmente la treintena, era alto y estaba vestido con el traje blanco que llevaba el resto de los príncipes del Sur, una especie de distintivo de la casa. Elsa lo reconoció como príncipe no solo por sus ropas o su porte, sino también por el enmarañado cabello pelirrojo y el tono de sus ojos, parecían una marca familiar. La joven se percató de que había algo en su mirada que le recordaba a la de Hans, aunque no parecía albergar aquel muro inescrutable que en el pequeño de los hermanos hacía de barrera entre sus pensamientos y el resto del mundo.
La reina, que había salido a dar un paseo por los jardines del castillo tras la comida, asintió con toda la cortesía que fue capaz de tener e hizo ademán de levantarse.
—Oh, por favor, no os preocupéis —el hombre le hizo un gesto con las manos para que ella se mantuviese sentada—, no desearía alterar vuestro momento de descanso. Permitidme que me presente, soy el príncipe Joseff.
Elsa alzó su mano y el hombre la tomó entre las suyas para proporcionarle un casto beso, haciendo una leve inclinación. Acto seguido se irguió, juntando sus manos por detrás de la espalda.
—Siento si os ha importunado que sea tan atrevido, pero no he tenido el placer de conoceros durante la comida porque cuando he llegado vos ya os habíais marchado.
—No debéis preocuparos, alteza, de todas formas nos habríamos terminado conociendo.
—Espero que estéis disfrutando de vuestra estancia en nuestro castillo, según lo que he escuchado no es tan moderno y cálido como el de Arendelle...
—Es un lugar encantador, vuestra familia no tiene nada que envidiarnos -concedió Elsa haciendo alarde de una exquisita educación.
—Y decidme, ¿qué hacéis aquí tan sola?
Elsa no supo que responderle en realidad, la respuesta más sincera era que no tenía ganas de relacionarse con el resto de invitados, la mayoría eran mucho mayores que ella y más allá de asuntos puramente políticos no tenían nada en común. Además, a Elsa le alteraba estar entre mucha gente durante demasiado tiempo, las concentraciones la agobiaban y se sentía oprimida con mucha facilidad. Aguantaba, claro, porque ese era su trabajo pero en cuanto veía que podía escabullirse no lo dudaba ni un instante.
Por supuesto, no podía hacerle una confidencia así a un total desconocido, y menos a uno de los príncipes, así que optó por contestar de la manera más cordial que se le ocurrió.
—Intentaba tomar el aire, la chimenea me ha dado bastante calor y no llevo muy bien las altas temperaturas.
Y en eso no mentía, Elsa detestaba el calor.
El príncipe Joseff alzó las cejas, tenía un cierto aire a Hans aunque sus rasgos eran mucho más finos y delgados, y no tenía la constitución musculosa de su hermano menor sino un aspecto más... delicado, por decirlo de alguna forma. Mucho menos agresivo, a Elsa no le causó mala impresión.
—Oh, por supuesto, olvidaba que estoy hablando con la Reina de las Nieves.
El príncipe soltó una leve risa pero a Elsa no le parecía divertido aquel apodo, era el que utilizaba mucha gente para desacreditarla como monarca o agredirla, y comenzaba a sonarle del todo molesto.
—Perdonad, ¿he dicho algo malo?
—No, no —agitó la cabeza—. Solo... no es un nombre que me guste mucho, prefiero ser sencillamente la Reina Elsa.
—Disculpadme si os he molestado, majestad.
—No tiene importancia, vos no lo sabíais.
—¿Aceptaríais mi disculpa acompañándole a un paseo por los jardines?
El príncipe se inclinó ligeramente tendiéndole el brazo y Elsa se esforzó por no hacer una mueca de disgusto. No le apetecía, de verdad que no. El príncipe Joseff parecía simpático y no dudaba de que lo fuese genuinamente, pero ella no tenía ganas de relacionarse con nadie en esos momentos. Llevaba toda la semana atendiendo a príncipes, condes, duques y todo tipo de aristocracia, hablando de política, de sociedad y de recursos, enfrascándose en conversaciones de lo más pesadas solo por cumplir el protocolo, después de aquel atracón social lo único que deseaba era ser invisible por un rato y desconectar. Pero estaba comprobando que desaparecer en aquella corte era totalmente imposible, fuera a donde fuese siempre había alguien que la encontraba.
Ahogó un suspiro y tomó el brazo de Joseff, después de todo era uno de los príncipes y no sería apropiado rechazarlo. Los dos comenzaron a andar por los jardines, en silencio, hasta que él se dispuso a romper el hielo.
—Debe ser difícil para una chica tan joven tener que soportar las fustigadoras tertulias políticas de nuestros invitados o los cotilleos absurdos de las alcahuetas que les acompañan, ¿me equivoco?
La reina se sobresaltó, él acababa de dar justo en el clavo. Sintió el impulso de desahogarse, pero se contuvo.
—Bueno, es parte del trabajo —respondió ella intentando sonreír.
—Me sorprendéis, majestad, sois francamente correcta en todos los sentidos. No tenéis una frase cínica, sabéis hablar con muchísima corrección.
—Es lo que se espera de una reina, ¿no? —decidió cambiar de tema, tanta adulación comenzaba a molestarla—. Y decidme, príncipe Joseff, ¿qué posición ocupáis vos en la línea de sucesión? Si estoy siendo muy indiscreta podéis ahorraros la respuesta.
—Soy el séptimo hijo —el príncipe la miró y sonrió, aunque la sonrisa no se reflejó en sus ojos—. Dicen que es un número con suerte.
Elsa notó un brillo extraño en sus ojos verdes que no fue capaz de descifrar, y aquella respuesta estaba cargada de tanta ambigüedad que se sintió algo confusa, por lo que no volvió a hablar. Estuvieron caminando durante un rato más, sin decirse apenas nada, y Elsa tuvo la sensación de que acababa de cernirse una especie de tensión entre ambos que no lograba comprender del todo y que se hizo más sólida cuando el príncipe volvió a abrir la boca.
—Mis hermanos no son tan atrevidos como yo —comenzó a hablar, no la miraba en absoluto—, por eso quizás no se han atrevido a hablaros más allá de unas parcas presentaciones totalmente impersonales. Están avergonzados, debéis saberlo, y por ello os tienen cierto respeto.
—¿Avergonzados? —Elsa lo miró extrañada.
—Por supuesto, majestad, lo que hizo... bueno, desgraciadamente he de decir que se trata de mi hermano —Joseff hizo una mueca con los labios—, pero si por mí fuera lo habría desheredado. Mi padre fue excesivamente benevolente con él, después de lo que hizo debería haberlo castigado de una forma mucho más dura.
Elsa miró hacia el frente y tragó saliva, ¿por qué debía sacar aquel tema? Reavivar lo sucedido con Hans era una tortura, siempre en el mismo punto. Comprendía que en su momento el rey hubiese hecho alusión a ello, era su deber, ¿pero uno de los príncipes?
—Preferiría no hablar de ello.
—¡Lo entiendo perfectamente! —exclamó Joseff— Solo quería que supiéseis que de ser por mí, Hans habría recibido un castigo mucho más adecuado a los crímenes cometidos.
—Está bien.
Elsa dio la conversación por zanjada, volver a Hans de nuevo era una equivocación, por alguna razón no lograba quitárselo de encima desde que había llegado a las Islas del Sur, primero de forma física y ahora verbal. Volvió a preguntarse qué habría sido de él, y nuevamente se obligó a sí misma a no pensar en ello. El mismo Joseff acaba de recordártelo, se dijo, Hans intentó hacerse con tu reino, no merece que nadie repare en él. No lo merece.
—He sabido de la imprudencia que cometió al no avisaros del mal tiempo que puede hacer por estas fechas —Joseff chasqueó la lengua y agitó la cabeza apesadumbrado—. Pero no debéis preocuparos, mi padre lo ha penalizado como es debido. Imaginad lo que podría haberos pasado yendo sola por ahí, menos mal que el tiempo mejoró pronto.
—Vuestro hermano me avisó perféctamente de lo que podía suceder —le espetó con más hostilidad de la que le hubiera gustado emplear, y se preguntó por qué acababa de sentirse tan molesta por aquellas acusaciones. Estaban tergiversadas, cierto, pero no le afectaban a ella. Intentó serenarse al ver la cara de sorpresa que había puesto el príncipe ante aquel arranque tan impetuoso—. Quiero decir, que puedo defenderme perfectamente sola, no necesito que nadie me cubra las espaldas así que no tendría por qué haberme pasado nada.
—Cierto, olvidaba lo de vuestros...
—Mis poderes, sí —asintió ella orgullosa, y entonces reparó en otro punto que Joseff había mencionado y con el enfado se le había escapado por completo—. ¿Decís que el rey ha castigado a vuestro hermano?
—Oh sí, no podía dejar pasar una falta de ese calibre —asintió el príncipe—, le ha denegado las comidas durante una semana y tampoco podrá salir de su habitación en ese tiempo. Supongo que ya debe llevar ahí unos cuantos días.
—Sí, cuatro días...
Elsa se quedó muda, así que se trataba de eso... Hans no había salido de su cuarto en todo ese tiempo, esa era la única razón de que no se hubieran visto. ¿Y sería cierto que llevaba cuatro días enteros sin comer? Le parecía una barbaridad, incluso para ser un castigo. ¿Qué clase de padre dejaba a su hijo sin comer durante una semana? Y por aquella tontería, realmente si no fuera por Hans ella habría terminado muy perdida, con poderes o sin ellos no conocía en absoluto las Islas del Sur y no sabía moverse por ellas, al estallar la tormenta se habría desorientado para acabar en a saber dónde. No lo veía correcto, era excesivo.
La reina recordó entonces el momento en la posada, cuando vio a Hasn cambiándose y percibió que su cuerpo estaba ligeramente más delgado que la última vez en la que se habían visto, había atribuido aquello a la falta de ejercicio por estar encerrado dos años dentro del castillo, ¿pero y si había más? ¿Y si el Rey le restringía las comidas cada vez que Hans no hacía lo que debía o las cosas salían un poco mal? ¿Sería posible algo así?
Elsa no había pasado mucho tiempo con sus padres, pero ellos se preocupaban mucho por sus hijas, jamás las habrían dejado morir de hambre por muy mal que se hubiesen portado, aunque se admitió que estaba pecando de ingenua al sorprenderse. El rey había castigado a su hijo con una Ley del Hielo, no podría esperarse algo más compasivo por su parte.
Entonces volvió a percatarse, otra vez estaba ocupando sus pensamientos aquel desgraciado y su destino, que no debía interesarle en absoluto. Vale, sí, Hans debía estar pasándolo realmente mal pero a ella tenía que darle totalmente igual. Pero es que realmente era culpa suya, él estaba pagando por una falta ajena, y al mismo tiempo no debía compadecerlo porque estaba hablando de un maldito homicida. Dios, pensar en Hans hacía que le ardiese la cabeza, se sentía terriblemente confusa y no le gustaba en absoluto.
—Majestad, ¿os encontráis bien?
La voz del séptimo príncipe la sacó de sus pensamientos, y en cierto modo le agradeció que hubiese parado aquella espiral de dudas y confusión.
—Sí, sí, estoy perfectamente.
—Debo marcharme, he de hablar con mi padre —le informó—. Acabo de llegar a la corte y he de ponerme al día.
Elsa correspondió a su anuncio con una sonrisa cortés.
—Id, ya nos volveremos a ver.
—De eso podéis estar segura.
El príncipe ladeó una sonrisa que a Elsa se le antojó como la de un lobo hambriento, y tras hacerle una reverencia que ella correspondió gustosamente se marchó hacia dentro del castillo.
Elsa se quedó mirando indecisa las paredes de piedra, dejar a un hijo pasando hambre durante toda la semana... Eso sí que era tener un corazón helado y no lo demás.
La reina recordó entonces algunas de sus conversaciones con Hans. Él le había hablado de su padre y no muy bien, alentándola a que tuviese cuidado. Quizás no la estaba engañando, puede que el rey no fuese el hombre amable y considerado que intentaba aparentar frente a los demás, puede que guardase más de una cara detrás de aquella fachada de cordialidad que mostraba a todo el mundo. Y Elsa tampoco se sintió extraña al pensarlo, después de todo era el padre de Hans, y no había persona con más rostros que aquel joven.
Sí, el decimotercer príncipe podía ser muchas cosas, pero había demostrado que sabía como se desarrollaban los entresijos de la corte, y algo le decía que sus advertencias no eran vanas, sino que iban en buena dirección. Elsa se sintió más perdida y sola que nunca al darse cuenta de que allí nada era como parecía, y que quizás más de una persona intentase realmente manipularla o aprovecharse de ella. ¿Cómo se daría cuenta de ello? ¿Cómo diferenciar a los amigos de los enemigos? No tenía experiencia en eso, no sabía desenvolverse en una corte ni tampoco captar las intenciones de las personas. Era desconfiada, cierto, porque no sabía relacionarse correctamente y su instinto era sabio para actuar en esas situaciones, pero eso no significaba que tuviese astucia para guardarse las espaldas.
De repente se sintió como una niña perdida en medio del gentío, sola, intentando llamar a una madre que nunca aparecería porque debía comenzar a hacerse cargo de sí misma. Ser reina no había sido tarea fácil en los últimos dos años, pero ahora estaba descubriendo que en su cargo existía vida más allá de los cálculos de las arcas y la vida burocrática, había un mundo lleno de negocios y política en el que ella carecía de recursos y que amenazaba con comérsela si no se espabilaba cuanto antes. No podía echarse hacia atrás, eso no estaba dentro de sus planes, pero tampoco era prudente andar a ciegas porque un paso en falso podía costarle un disgusto como el de Hans hacía dos años, de hecho el problema de Hans vino dado precisamente porque ni ella ni Anna sabían absolutamente nada de la vida, y él supo sacar partido de ello. Quizás como Hans hubiesen muchos más, y Elsa no estaba segura de poder identificarlos.
Tal vez si... De repente se le había ocurrido una idea, aunque no estaba segura de que fuese muy prudente.
La reina volvió a mirar hacia el castillo, estaba a punto de pedirle consejo al mismísimo diablo.
Lo único que puedo decir para defenderme es que al final siempre actualizo la historia xD Vamos, que no la dejo, aunque tarde eones. Este capítulo ya lo tenía escrito desde hace la tira pero por unas cosas u otras no he actualizado. No voy a excusarme porque no tengo excusa, pero espero que os haya gustado.
La historia ya va tomando un cariz más serio, y sé que las cosas van muy lentas pero considero que Elsa y Hans es una pareja complicada y que deben llevar tiempo. Hans es un tío que intentó matar a Elsa y usurparle el trono a través de su hermana, evidentemente ella no puede sentir cosas por él de la noche a la mañana. Además, imagino que debe ser muy confuso para ella tener sentimientos de empatía hacia él, ya que supuestamente debe odiarlo, y eso hay que desarrollarlo. Por su parte, Hans es un egoísta de narices que ve a las personas como medios, tampoco puede enamorarse porque sí. ASÍ QUE PIDO PACIENCIA POR FAVOR.
En fin, muchísimas gracias por vuestros comentarios, me hacen feliz y espero que pese a mi manía por tardar en actualizar me dejéis vuestras opiniones porque las leo todas y me parecen amor puro. De hecho voy a contestar aquellas que me dejáis sin cuenta, las que me dejáis con cuenta os las contesto por privado. Gracias a todos y no olvidéis dejarme un comentario aunque sea para decir que me odiáis por no ser más constante actualizando xDD
F: bueno es que tengo muchas cosas en la vida y apenas toco internet, así que por eso tardo tanto en actualizar pero siempre lo hago. I promissed.
yops: Hans y Elsa tendrán sus partes tiernas pero más adelante, considero que necesitan desarrollo porque sino su relación sería bastante inverosímil. Muchísimas gracias por leer!
