Día Dos

Remus Lupin caminaba por el centro de la ciudad, pensando en formas de negar la invitación de su amigo para abrir un club nocturno. Un mísero "no" era insuficiente: tan simple palabra no iba a hacer cambiar de opinión a alguien que era muy llevado a sus ideas, convirtiéndolo, semánticamente hablando, en un idiota. Podía ser una buena oportunidad para abrir un negocio como aquel, pero eso implicaba trabajar de noche y Remus no tenía los hábitos de sueño de un murciélago.

El Café Italiano era un local amplio, con grandes ventanales a través de los cuales se podían ver mesas bien barnizadas y comensales de aspecto apacible, leyendo diarios, libros, o consultando sus celulares inteligentes a medida que ingerían comidas que no suponían un riesgo inmediato para la salud.

Entró. Segundos más tarde, uno de los meseros le indicó una mesa desocupada y Remus, sin molestarse en argumentar, aceptó la sugerencia y tomó asiento en una zona oscura, con apenas iluminación para contemplar el menú. La hora del día tampoco contribuía a facilitarle las cosas a los ojos de Remus. Había un periódico plegado sobre la mesa. La primera plana rezaba: "Científicos hallan algoritmo para predecir si una persona tiene posibilidades de comerse los mocos".

—Patético —dijo Remus, justo cuando otra persona tomó asiento frente a él.

—¿Sirius? —inquirió, pero quien lo acompañaba no era él. Ni siquiera era un hombre—. ¿Quién demonios eres tú?

La chica… bah, mujer, lucía sorprendida.

—Me enviaste un mensaje, diciéndome que nos juntáramos aquí, a las siete. Y… bueno… son las siete y… y estoy aquí y tú… tú estás aquí.

La pobre estaba más nerviosa que un concursante a punto de ser eliminado de un reality show.

—¿Recibiste un mensaje? Es verdad que yo envié un mensaje, pero era para otra persona… —Remus se detuvo en seco, ponderando una posibilidad alarmante. Sacó su celular del bolsillo de su chaqueta y consultó el último mensaje enviado. Toda saliva desapareció de su boca al instante.

—Mierda —dijo Remus. Y uno podía medir la seriedad de la situación por medio de las groserías. Y él jamás decía garabatos, a menos que hubiese metido la parta muy hondo en el fango—. Sirius me va a matar.

En una casa a unas cuarenta cuadras del Café Italiano, un hombre de cabello largo y facciones bien formadas consultaba cada dos minutos su celular, esperando por un mensaje de texto que jamás llegaría.

—¿Por qué Remus, por qué? —se repetía con un tono dolido cada vez que revisaba su bandeja de entrada y la hallaba vacía.

Volviendo a la escena que nos ocupa (y molesta, porque me está bajando el sueño), Remus todavía se mostraba desconcertado a causa de la presencia de esa mujer. No era excesivamente atractiva, pero tenía un rostro en forma de corazón que a él le gustaba. Una cosa diferente se podía decir del color de su cabello: no sabía por qué, pero a Remus le recordaba de forma inevitable a una convención de animé. Le extrañaba darse cuenta que a nadie le importaba un bledo el tinte del cabello de la recién llegada. Vestía de manera muy conservadora, pero al menos sus ropas estaban limpias, lo cual denotaba preocupación por la apariencia.

—Tonto de mí, tonto de mí —se decía Remus una y otra vez, imaginando que Sirius debía de estar echando pestes sobre él en ese preciso instante. Me río de su ignorancia cada vez que mis poderes de narrador omnisciente me trasladan más rápido que la luz hacia la casa del susodicho y veo su cara entristecida.

—¿Acaso esperabas a otra persona? —inquirió la desconocida, pensando que tal vez sus amigas tenían razón con lo de la cita a ciegas. El pensamiento le hizo sentirse un poco desgraciada.

Remus podía haberle dicho la verdad, pero una pequeña voz que normalmente ignoraba, le decía con malévola insistencia "miéntele, miéntele". No era un aficionado a ser desleal con las personas, pero ésta era una mentira blanca, destinada a no herir los sentimientos de su inesperada compañera de mesa.

Demasiado tarde se vino a dar cuenta que le acababa de hacer caso a su lado femenino, ese lado oscuro que los hombres negaban tener y que se avergonzaban de tenerlo a causa de un estúpido y anticuado sentido de hombría (y a veces me pregunto por qué ataco a mi propio género). La selección natural no sería una buena diseñadora de software.

—Sí, esperaba a otra persona, pero como es un idiota y un tozudo de marca mayor, entonces no me molesta que estés aquí.

La sonrisa que mostró la mujer bien pudo haber ablandado el corazón de Darth Vader.

—Pareces un tipo amable y educado —elogió la desconocida.

—Lo soy —dijo Remus, sonrojándose un poco y sacando pecho (muy sutilmente claro está)—. Pero no estaría haciendo justicia a tus cumplidos si no te preguntara cómo te llamas.

—Ay, que tonta soy. Pero no me gusta decirle a nadie cómo me llamo… ah, rayos, me llamo Nymphadora Tonks, pero prefiero que me llames por mi apellido. Mi madre me llamó de esta forma mientras sufría de una borrachera.

—¿Y por qué estaría borracha?

—Es que mi madre creyó durante años que era estéril, hasta que un tipo vino un día a una fiesta a la que ella asistió y se la folló en el jardín trasero. Cuando supo que estaba embarazada, tiró la casa por la ventana con otra fiesta. Afortunadamente, mi padre se hizo cargo de ella y se convirtió en un padre muy responsable. Es un poco blandengue sí, porque no tuvo el coraje para disuadir a mi madre de llamarme así.

Remus escuchaba y escuchaba. Era lo que hacía mejor, aunque jamás se le pasó por el coco que reportara tantos beneficios al relacionarse con chicas. Era una mujer a la que apenas conocía, pero en dos horas ya sabía lo que necesitaba saber, lo suficiente para ser considerada una mujer interesante. No era la Viuda Negra (1), pero sabía cómo enganchar a las personas con sus historias.

—La pasé bien —dijo Remus, completamente olvidado que tenía una reunión con su amigo. Y si lo hubiese recordado, le habría importado un pepino de todas formas. Su cita con Tonks fue más que satisfactoria y, aunque no podía decir que le gustaba, sí era una buena candidata para ser una amiga, por lo menos.

—Que bueno —repuso Tonks, visiblemente aliviada—. Por un momento pensé que te aburrirías y te marcharías.

—Vaya. Debe irte fatal con los hombres.

—Digamos que no es mi fuerte. —Tonks, de repente, se vio azotada por un repentino golpe de inspiración—. Oye, Remus. Me gustaría que me dieras una opinión de algo.

—Encantado.

Tonks buscó en su cartera y extrajo lo que parecía un envase para perfume.

—Me gustaría que olieras esto… ya sabes, para nuestra segunda cita.

Remus se acercó un poco y Tonks pulsó una vez el pulverizador del perfume para dejar salir un poco de esencia.

Lo que ocurrió después fue totalmente inesperado, incluso para el autor de este fanfiction… bueno, no, pero se me ocurrió al paso. El punto fue que Remus saltó hacia atrás, tapándose los ojos con las manos y tropezando con mesas, sillas y comensales, todo a la vez. Para cuando cayó al suelo, ya había dejado un caos similar al que haría cierto superhéroe verde con problemas de control de ira.

—¡Oh, Dios! —Tonks miró el envase y se dio cuenta que no era un perfume, sino gas pimienta, ese clásico artículo de defensa personal, muy empleado por las mujeres para defenderse de violadores y ladrones—. ¡Remus! ¿Estás bien?

El accidentado sacudió su cabeza y se puso de pie lentamente, sintiendo como si el mundo girara muy rápido a su alrededor. No estaba seguro de qué demonios había ocurrido, pero sí tenía la clara certeza que no había sido perfume lo que impactó su nariz.

—¿Tengo cara de estar bien? —preguntó con un gruñido. Eso le hizo pensar a Tonks que estaba enojado con él. En consecuencia, compuso una cara de perro necesitado.

—¡Lo siento, lo siento! ¡No fue mi intención! Es que soy muy torpe con todo y me confundo con facilidad —se excusó Tonks, zarandeando las manos como si estuviese desesperada por orinar—. Una amiga me dijo que llevara esa cosa, a modo de protección…

—Cálmate Tonks. No estoy enojado contigo —dijo Remus, sobándose los codos—. Gruñía a causa del dolor, no porque me hiciste algo malo. Un error lo puede cometer cualquiera.

Tonks volvió a mostrar esa sonrisa que sería némesis de cualquier villano de cualquier fandom.

—Es que es verdad. Soy torpe y me confundo con facilidad. Creo que fue porque mi madre estaba borracha cuando quedó embarazada.

—Vaya. Tu madre debe tener serios problemas con el alcohol.

—Tenía. Mi padre le dijo que necesitaba ayuda y, después de unas cuantas discusiones, ella fue a una sesión de AA.

Uno de los meseros estaba ofreciendo sus disculpas a los demás comensales y otros dos estaban reparando los daños.

—Espera un momento. Dijiste que tu padre era un poco blando con tu madre. ¿Cómo hizo que ella aceptara ir a una sesión de AA?

—Sí, es la única vez que me visto a mi padre ponerse los pantalones de verdad. La verdad, en mi casa, mi madre es la que manda, ella es la que trabaja y mi padre es el que hace la comida, el aseo… en general, él es dueño de casa.

Remus arqueó una ceja.

—Vaya cambio de paradigma —observó—. No es malo, pero sí un poco raro.

—Todas mis amigas me dicen lo mismo —dijo Tonks con tristeza—. Creo que son un poco machistas.

—No es necesario que nos reembolse nada —dijo uno de los meseros cuando el desastre se hubo remediado—. Obviamente no fue su culpa. Además, tenemos una buena clientela y recuperar los gastos no nos será problema.

—Se los agradezco —dijo Remus. Acto seguido, se volvió hacia Tonks—. Ya tienes mi número de teléfono. Cuando quieras hablar conmigo, para lo que sea, no dudes en llamarme. Me acuesto tarde y tengo mucho tiempo libre después de las clases.

La aludida sonrió por toda respuesta.

Cuando Tonks salió del Café Italiano, hizo un gesto como si hubiese metido el gol que definiera un campeonato mundial de fútbol.

Me dio su número… bueno, me dio permiso para que lo llame. ¡Yupi!


(1) Espero que los lectores hayan captado mi alusión a Scarlett Johansson, en mi opinión, la mujer más bella y sexy del universo.