Sólo os puedo decir que gracias, gracias y gracias por vuestros comentarios.
No os impacientéis...que esto es el pirncipio de la historia como quien dice, pero hay momentazos!
Este capi es mucho más "profundo", por llamarlo de alguna manera.
Espero que os guste. :))
MARZO
Parte 4. Desesperadamente
Se giró hacia la izquierda y extendió el brazo sonriendo. Al notar que la cama estaba vacía abrió de repente los ojos. ¿Dónde estaría Regina? Bostezó y se estiró, pero al pasar la vista por la mesita, volvió a quedarse igual de estática que la noche anterior. La imagen de una sonriente Daniella, volvía a observarla de una manera que a ella le pareció inquisidora.
Se incorporó y se fue fijando en todos y cada uno de los retratos de la habitación, los cuales parecían hechos con mucho gusto. En ellos aparecía Daniella o bien Regina con ella. Diferentes etapas de un amor perfecto inmortalizadas en pequeños marcos repartidos alrededor de un cuarto y de una cama, que debía de haber sido testigo de aquello tan mágico. Este pensamiento le hizo levantarse del lecho de manera apresurada.
En cada una de las fotos Regina miraba a Daniella como si ésta fuese algo muy precioso, con los ojos de alguien que ha entregado completamente su corazón. Se le encogió el estómago al caer en la cuenta de que a ella también la miraba de esa manera.
Cuando la morena le habló de su mujer, le pareció que le estaba contando la historia de amor más bella que podía existir. Se conocieron jóvenes y Regina cayó rendida a los pies de aquella joven italiana en unos segundos, de hecho, según le dijo, supo nada más verla que sería el amor de su vida. Y su historia fue algo perfecto, dos almas unidas por siempre, sin complicaciones, sin dramas…sólo perfección.
Mientras observaba los gestos de las mujeres en los cuadros, también recordó que Regina le había dicho que nunca había tenido necesidad de estar con nadie más y que era consciente de que moriría sola porque el amor se le había ido pronto de la vida, pero era algo que tenía aceptado, ya que sabía que en algún lugar Daniella la estaría esperando. Incluso había llegado a desear la muerte sólo para estar con ella.
Una náusea se le subió hasta la boca. Sentía como si Regina estuviese siéndole infiel a aquella que ya no estaba con ella. Era una intrusa en algo que parecía destinado a permanecer siempre inmaculado y límpido. Su presencia lo estaba mancillando.
Creía que jamás en su vida había tenido tantas ganas de llorar como en aquellos momentos. Se sentía sucia, había ocupado en la cama un sitio que no era el suyo, estaba ocupando en la vida de Regina un espacio que nunca había tenido que estar libre.
Tenía la necesidad de escapar de aquel lugar, de aquella casa, de aquella mujer que parecía atraerla de una forma inevitable.
Su ropa estaba doblada sobre un sillón y se la puso deprisa. Necesitaba marcharse.
Salió al pasillo temblorosa y fue bajando las escaleras intentando evitar que el corazón le saliese por la boca con cada paso que daba. No oía ruidos por ningún lado, así que en parte suspiró aliviada. Aunque ¿para qué? No podía salir de allí como si nada, tendría que ver a Regina, despedirse. Y por nada del mundo podría dejarla vislumbrar el remolino de sensaciones que tenía en su interior. No era justo. Ella había decidido ir a su casa, le había pedido quedarse a pasar la noche, ella había sido quien había querido que durmiesen juntas…ahora no podía escabullirse como una delincuente. Pero es que se sentía tan desubicada, tan egoísta, tan mala persona…
No le salía la voz para llamar a la morena y así descubrir dónde estaba, así que simplemente fue deambulando por la casa para ver si la encontraba. Entró al despacho, donde había una inmensa cantidad de libros. Pasó las yemas de los dedos por los lomos de las novelas, como si las historias que contenían le pudiesen infundir valor para proseguir con algo que claramente se le había ido de las manos.
Rozó con delicadeza el escritorio de madera oscura y se le paralizó el corazón al ver en un marco la foto de su infancia que le había mandado a Regina, justo al lado de un papel que contenía el horario de sus clases y sus citas a rehabilitación. Incluso sus sesiones de gimnasio estaban apuntadas. ¿Qué demonios era eso? Era como si la mujer se hubiese hecho un plano de sus días… Creía que se iba a desmayar o a vomitar o a…Luchó por no dejar salir las lágrimas.
Respiró hondo y le pidió a su interior, que si quedaba en esos momentos algo de fortaleza dentro de ella, saliese para ir a sonreírle a Regina por haber sido tan maravillosa la noche anterior.
La encontró en la cocina, haciendo el desayuno. Tuvo que tragarse fuertemente el nudo que tenía en la garganta.
-Buenos días, Emma- No le salía la voz. Es que estaba ahí, perfectamente arreglada, tan perfecta por fuera como era por dentro. Sonriéndole como si no hubiese mañana y ella…ella simplemente quería salir corriendo y borrar de un plumazo toda aquella locura. Quería no haber contestado a los emails, no haberle dado el teléfono, no haberla conocido porque…porque…no sabía ni cómo explicárselo a sí misma.
Cuando tomó asiento y vio delante suyo un plato de deliciosas tortitas, notó como su estómago se cerraba. Si metía algo en su cuerpo acabaría vomitando, porque sus tripas ahora estaban siendo retorcidas por millones de nervios.
-¿Zumo o chocolate?- le preguntó la morena con un jarro de cada cosa en las manos. Señaló el zumo con un dedo tembloroso. Cuando lo tuvo delante pidió a todo el universo que por favor pudiese bebérselo. -¿Qué tal has dormido?
-Bien…-contestó con un hilito de voz. No podía soportarlo, es que no podía quedarse ahí sentada viendo como Regina la miraba con ojos de cordero es que…Le gustaría gritarle que no lo hiciese, que no la mirase así, que no la sonriese que no…que no la quisiese. Pero es que cuando se metió de lleno en la relación ya sabía lo que había, no podía culpar ahora a Regina por estar enamorada de ella, porque había tenido conocimiento de ello desde el primer momento y, aún así, había seguido adelante. Y ahora cuando creía que ella misma había ido demasiado lejos le echaba la culpa a la otra mujer. No, no era justo.-Regina, me …me tengo que marchar- es esforzó por decirlo lo más serena posible.
-Vale- la morena frunció el ceño. Supo por el gesto que se había dado cuenta de que algo no iba bien- Cuando te termines el desayuno te llevo.
-No…- No podía sentirse más rastrera- Belle me va a recoger dos calles más allá- Mentira, pensaba irse en autobús, no creía poder soportar media hora de trayecto en coche con Regina al lado.
-¿Y qué es lo que le vas a decir de porqué estás aquí?- No podía fijar la vista en esos ojos oscuros que la escrutaban entrecerrados, no podía hacer como si no le importara mentirle.
-Que he venido a estudiar a casa de una compañera de clase. Se ha puesto muy pesada…- El karma le iba a hacer pagar esto caro.
-Está bien- Recibió una sonrisa por parte de la mujer pero supo que era falsa. Regina podía ser muchas cosas, pero tonta no contaba entre ellas.
Se tomó el zumo como pudo, recogió sus cosas y anduvo hacia la puerta con la morena pegada a sus talones. Cuando iba a salir notó una mano en su hombro.
-Emma…- se volvió- ¿va todo bien?- No, pero aunque quisiera no podría explicarle cómo se sentía en esos momentos.
-Claro- le costaba sonar convincente- Gracias por todo- le dejó un rápido beso en la mejilla a la mujer y cruzó la distancia que separaba la casa de la calle. Una vez que creyó que estaba lo suficientemente lejos de Regina y que esta no podría verla desde ninguna de las ventanas, lloró. Comenzó a llorar sin poder contenerse.
En la parada del autobús había una señora que la miraba extrañada ante su incesante llanto. Se alegró cuando el transporte llegó y se pudo sentar en el asiento de atrás, alejada de curiosos que pudiesen preguntarle sobre el motivo de tanto dolor. Apoyó la frente en la ventanilla, intentando evadirse del caos de su vida. El cristal estaba frío, rogó porque este convirtiera su cerebro en un carámbano para que dejara de funcionar. Pero, obviamente, no podía.
Es que todo era demasiado complicado. Se sentía sucia y perversa y, a la vez, completamente indefensa ante Regina. En sus 21 años de existencia siempre había pensado en cómo sería el amor, en cómo sería encontrar al hombre perfecto y que este se desviviese para conquistarte, en cómo se debería sentir una ante un verdadero príncipe azul. ¿Y qué había pasado? Que todas esas ideas, todos esos ideales se habían personificado en forma de mujer…en forma de mujer de 45 años. ¡Por Dios, era mayor que su madre!
Y ya no era sólo que se sentía como un auténtico horror de persona metiéndose en medio de una relación que debería permanecer inmaculada por siempre, sino que… sabía que se sentía así porque no podía alejarse de Regina aún sabiendo que sólo podrían acabar haciéndose daño, porque…porque se estaba enamorando de ella.
¡Joder, se estaba enamorando de Regina! Pero jamás lo aceptaría…jamás se lo diría. Porque ¿para qué? Sintiéndolo mucho, no podría mantener una relación existiendo esa diferencia de edad. Ella no era tan valiente.
Pero es que estaba tan fascinada con la morena que tenía detalles con ella que no había tenido con nadie antes; le ponía motes cariñosos, le hacía galletas dedicadas, se dormía escuchándola todas las noches… y todo eso lo había hecho siendo completamente consciente de los años que las separaban. Si al menos pudiese hablar de esto con alguien...
Se bajó del autobús en un parque que le sonaba, pero que estaba demasiado lejos de su casa. Caminó durante unas dos horas…Cuando llegó ya no lloraba, era peor, había aceptado sus sentimientos, la imposibilidad de ellos y todo se había instalado en su interior como un dolor permanente e insoportable.
-Sidney…-se quitó las gafas y se tocó las sienes para intentar controlar su genio. Es que le había dicho que no quería que la molestase en toda la mañana y esta era la tercera vez que la interrumpía. Si no conociese a su secretaria desde hacía tantos años pensaría que era imbécil- ¿Qué coño quieres ahora?- lo dijo sin gritar porque le dolía la cabeza. Bueno, llevaba doliéndole desde el domingo, desde que Emma se marchó de su casa de aquella manera. Y estaban a viernes.
-Per…perdone…-Ésta sabía que estaba de peor humor cuando ya no gritaba. Seguro que esta era la última vez que entraba a su despacho- es que han llamado los Watson para preguntar si pueden retrasar la cita de esta tarde al lunes por la mañana.
-¿Sabes que me molesta tremendamente que me anulen las citas los viernes por la tarde porque a la gente le de por tomársela libre?
-Lo sé, lo sé…- Sonrió para sus adentros al ver a Sidney tan cohibida, se conocían desde que había fundado el negocio, ya que no había tenido nunca otra secretaria. Además, se llevaban bien, pero la mujer tenía la ridícula tendencia de achantarse bajo su mal humor, incluso la llamaba de usted en esas ocasiones. Vale, entendía que en sus peores momentos no era el colmo de la amabilidad, pero con ella tenía cierta confianza, incluso alguna vez habían tomado una copa tras terminar la jornada. Por lo tanto, le parecía absurdo que se comportase como una de las ridículas becarias ante sus arrebatos de mal genio. –Entonces, ¿les digo que no?
-Mira, que me da igual, diles que vengan el lunes, pero que no me toquen más las narices con tanto cambio que siempre están igual. – se echó hacia atrás en el sillón.
-De acuerdo- la mujer se dispuso a salir del cuarto.
-Ah, ¡Sidney!
-¿Sí?-Si es que parecía una criatura atemorizada a pesar de pasar ya los 40.
-La próxima vez que me llames de usted te bajo el sueldo, que los demás vale, pero a ti te consiento alguna falta de respeto.
-De acuerdo, Regina- la mujer sonrió.
-Por cierto, llama a Rogers y dile que me vuelva a enviar lo de China, porque creo que ha llegado con algún error el archivo…sólo se me ve la mitad.
-¿Quieres que te mande a algún becario para que te lo mire?
-Paso, es que me cargan, sabes que si fuese por mí no tendríamos ni uno trabajando.
-Qué mala leche tienes- Sidney le sonrió. –Por cierto, ¿mañana vienes a la fiesta?-Oh sí, la fiesta…esa estúpida reunión anual de Mills & Co. que organizaban los empleados para confraternizar. No pensaba ir, al igual que el año pasado.
-Te he dicho que no.
-Regina, no es por darte la tabarra pero a la gente le da cierta seguridad que vayas.
-Sí, ya…es una manera de hacerme la pelota para asegurarse el empleo.
-No me apetece.- No le apetecía en absoluto.
-Vale…
Cuando Sidney salió miró el móvil de nuevo por milésima vez esa mañana. Sin noticias de Emma. Suspiró. Es que no entendía qué le había pasado el domingo para haberse pasado desde entonces casi desaparecida. Creía que todo había sido perfecto, en cambio, parecía que la rubia no había pensado lo mismo.
Vale, que por la tarde tenía examen y probablemente estaría estudiando, pero ya había pasado otras veces y no había estado tan rara. Y claro, esa rareza de Emma hacía que ella estuviese de un humor de perros. Hoy estaba más tranquila, pero el lunes hizo llorar a un par de subordinados incompetentes.
Había repasado una y otra vez los acontecimientos del sábado y no entendía qué podía haber molestado a la joven. Ya dudaba de si en alguna ocasión se había pasado de confianza o algo…pero es que le pareció que Emma estaba cómoda en todo momento. Incluso había sido mucho más atrevida que ella.
Todavía se estremecía al recordar cuándo sintió el roce de la joven sobre su cicatriz, en cómo se le puso todo el vello de punta y luchó contra una fiera interna que le gritaba que la besase. Joder, si es que se había contenido más que en toda su vida, sólo porque era Emma. Si le hubiesen dicho en su juventud que dormiría al lado de una rubia espectacular por petición de ésta y ella sólo iba a hacer eso, dormir, se hubiese reído.
Bueno, en realidad no pudo pegar ojo en toda la noche, se pasó horas observando esas facciones que parecían esculpidas por algún tipo de ángel, que llegaba a parecerle maléfico si tenía en cuenta que conseguía despertarle instintos que ya creía dormidos para siempre.
Sonrió al recordar el momento en que cayeron al suelo. No pudo levantar a Emma porque la sintió tan cerca que se perdió en el contacto de su cuerpo y las rodillas se le volvieron de mantequilla. Hizo un ridículo espantoso y lo peor es que a la rubia le pareció cómica la situación mientras ella estaba debajo retorciéndose por dentro, por el hecho de tener encima al objeto de todos sus deseos y no poder tocarle ni un pelo.
Era una jodida asaltacunas. Una vieja pervertida que iba babeando detrás de una cría de 21 años. Y encima estaba destrozada porque llevaba días ignorándola. Genial, fijo que si ahora Emma la mandaba a la mierda se quedaría hecha polvo. Si es que había sido una inconsciente siguiendo adelante con toda aquella mierda.
Además, también se estaba comportando como una cobarde, porque había sido incapaz de preguntarle a Emma si le pasaba algo por si ésta le decía que lo que ocurría es que ya se había cansado de ella. Con cada pensamiento el dolor de cabeza se le volvía más insoportable.
Decidió ir al baño a refrescarse un poco. Por el pasillo una empleada distraída se chocó con ella. No tenía la vida cómo para aguantar a una panda de torpes.
-Per…perdón- le dijo la chica sin apenas mirarla.
-Deje de disculparse y recoja todos los papeles que ha tirado por el suelo.
-Vale, señora Mills- Se puso a coger todas las hojas que habían quedado esparcidas.-Lo siento.
-Si no ve por donde va, lo mejor será que vaya al oculista. Porque le aseguro que no le beneficia en nada ir chocándose por ahí con sus superiores- Después sorteó los documentos del suelo y siguió su camino hacia el baño. Sí, era una borde. ¿Y qué?
Se echó agua en la nuca, con cuidado de no mojarse mucho el pelo, y pasó a hacer pis ya que estaba.
Mientras estaba dentro del cubículo escuchó cómo entraba alguien.
-No llores, no es para tanto- escuchó que decía una voz femenina.
-Es que no sabes con qué repugnancia me ha mirado.-contestó otra mujer. Era con la que se había chocado.
-Todo el mundo sabe que Regina es una zorra, trata así a la gente.-¿Qué se habían creído?
-Lo sé, pero es que…-sollozó de nuevo.
-Sí, es esa cosa que tiene que quieres caerle bien a toda costa…La verdad, es que me sorprende esa mujer, es una auténtica imbécil pero creo que no hay nadie de la oficina que no desee acercarse a ella y no sólo porque sea la jefa.
-Es que intento hacer todo bien y hoy llego y me estrello contra ella. Ha sido horrible.
-Lleva una semana de perros- Pensó en salir y hacerles ver que había escuchado todas y cada una de sus palabras. Pero decidió seguir cotilleando.
-Creo que a Sidney le ha creado un tic en el ojo- Se rieron.
-¿Sabes lo que necesita Regina?- Venga, a ver si esas "iluminadas" le daban la solución a sus problemas.
-¿Qué?
-Que alguien se la zumbe.- Se quedó helada al escuchar eso. ¿En realidad creían que su problema era la falta de sexo? En fin…
-¡Hala, qué bestia!
-Pues te lo digo de verdad, un buen polvo y a esa mujer se le cambiaba la cara. Venga, vamos que te invito a un café.
Salió cuando se fueron. Le molestaba que sus empleados opinasen sobre su vida sexual, vale que puede que estuviese un poco frustrada …demasiado tiempo a dos velas. Pero eso a los demás debía de darles igual. Además, eso no iba a solucionar su principal preocupación. En cambio, una conversación aclaratoria con Emma, para bueno o para malo podría arreglarle un poco la vida. Así que iba a coger el toro por lo cuernos, que para eso se suponía que ella era la madura de aquella relación.
No sabía ni para qué iba al examen. Iba a suspender. Por primera vez en toda su vida académica, Emma Swan iba a suspender un examen. Sería un hito entre aquellos que la consideraban todo un genio. Pero es que no podía hacerle otra cosa. Su estado de nervios apenas le permitía vivir, mucho menos centrarse en los libros.
Tenía instalada en su estómago una especie de máquina de tortura que desde el domingo trabajaba a pleno rendimiento. Tanto que no le permitía ni comer, ni dormir, ni sonreír ni nada de nada…Lo único que había hecho era ir al fisioterapeuta y nadar como una posesa, desde que éste le había dicho que le vendría bien a su brazo. Así que como la comida no pasaba más allá de su boca y se pasaba el día en la piscina para ver si eliminaba estrés, había adelgazado 3 kilos. Desde luego podría recomendar a cualquiera la dieta Regina; te mataba por dentro pero te dejaba en los huesos.
Apenas había hablado con ella y eso que la echaba terriblemente de menos. Pero es que pensándolo bien lo mejor era cortar aquello. Había llegado a hacer una lista de pros y contras, y la parte de inconvenientes era mucho más extensa. Aunque había tres cosas que destacaban: la edad de Regina, que era una mujer y que si seguía con aquello probablemente llegaría a idealizarla tanto que sería incapaz de encontrar otra persona que llegase a igualarla. Porque siendo realistas ¿qué posibilidad tendría de encontrar a un tío que la tratase de la misma forma en que lo hacía Regina? Ninguna.
Es que todo era malo…entonces, ¿qué le impulsaba a seguir con aquello? Pues que la necesitaba como al respirar y que sabía que la morena la necesitaba de la misma manera, porque sentía que lo único que la mujer tenía en el mundo era ella.
Pero es que no, es que no podía seguir así. Se estaba consumiendo y tenía a sus padres muy preocupados. Y es que ya no sólo era lo de esta semana, es que había cambiado. Antes solía cenar en familia todas las noches y desde que había comenzado a hablar con Regina se metía en su cuarto para charlar con ella. Estaba dejando de lado a sus amigas, mentía constantemente acerca de quien la llamaba y los días que habían quedado se había inventado mil cosas acerca de dónde iba. Ella no era así…se estaba partiendo en dos. Por un lado, Emma Swan y ,por otro, la Emma de Regina.
Es que suponiendo que fuese tan madura cómo para aceptar el sufrimiento que le provocaría el dejar a la morena ¿qué tenía que decirle? ¿"Creo que lo mejor es que lo dejemos porque estoy un poquito enamorada de ti y estoy acojonada porque tienes 45 años y eres una mujer"? ¡Mierda de todo! Y cómo no se veía capaz de decirle esto, pues la había evitado sin llegar a hacerlo…es decir, unos 5 minutitos diarios. Un vete pero quédate… Ojala Regina le diese carpetazo…sí, lo pasaría fatal pero bueno, le podría echar la culpa del fracaso de aquella historia y ella seguiría siendo la inocente Emma.
Antes de pasar al aula del examen no le pidió al universo suerte, le pidió que por favor, Regina le dijese que no quería volver a saber nada de ella.
[….]
-¿Qué tal se te ha dado?- le preguntó su amigo Whale dirigiéndose hacia la salida del edificio.
-Voy a suspender- lo dijo totalmente convencida de ello.
-Emms, tú no has suspendido nada en tu vida.
-Para todo hay una primera vez ¿no?- sonrió sin ganas. Desde luego vaya desastre de examen había hecho, llegaría al 3 dando gracias.
-Ya pero…¿te pasa algo?- la cara de preocupación del chico le hizo dudar unos segundos si hablarle del horror que era su vida en aquellos momentos. Pero es que no lo iba a entender.
-No, nada. Estoy bien, sólo ha sido una mala semana y bueno…
-Mientras sólo sea un suspenso no pasa nada.- Lo peor es que a este paso no sería sólo un examen fallido. - Bienvenida al mundo de los estudiantes mortales, Emma Swan- Víctor le pasó un brazo por los hombros mientras salían de la facultad. Cuando vio lo que le esperaba 50 metros más allá se quedó paralizada.
Whale notó su reacción y siguió su mirada. Al igual que ella, se quedó observando a la morena vestida con camisa granate y falda y abrigo negros que estaba apoyada en un mercedes deportivo del mismo color.
Regina alzó la mano y la saludó. Ella forzó una sonrisa.
-¿Quién es esa?- le preguntó el joven quitándole el brazo de encima.
-El demonio…- susurró y comenzó a andar hacia la mujer.
-¿Cómo? Emms, ¿dónde vas?- le sonó ligeramente alarmado.
-A quemarme en el infierno. Hasta el lunes, Whale- todo lo dijo caminando como una autómata hacia aquella que cruzada de brazos la observaba sin pestañear. No, Regina parecía no tener intención de dejarla. Y ella, viéndola ahí, simplemente había comprendido que no podía hacerlo.
Después del suave "Hola" que le había brindado a modo de saludo, Emma se había callado. Habían caminado en silencio mientras se dirigían a una cafetería frente al campus.
-¿Qué quieres tomar?- ella fue la que rompió el silencio una vez acomodadas en una mesa.
-Zumo de manzana…- la rubia parecía ausente, estaba entretenida cortando en mil pedacitos una servilleta de papel.
-¿Algo de comer?
-No, gracias.
-Estás más delgada…- Recibió un gesto de sorpresa por parte de la chica.
-He ido a nadar varios días- Estaba claro que no era sólo por eso.
Cuando vino el camarero pidió el zumo de Emma y un café para ella. Después volvieron a permanecer en silencio. Ella tendría que romper el hielo y sacar el tema de la rareza de la rubia, porque al parecer ésta no pensaba hacerlo.
-Emma,-puso una mano sobre aquellas que se afanaban en destrozar servilletas. Unos enormes ojos verdes la miraron con una inocencia, que como siempre, conseguía conmoverla- ¿qué ocurre?
-Nada, ¿por qué?- Sí pasaba, por mucho que intentara negárselo.
-Porque llevas unos días ausente, rara y…no sé, Emma, puedes decírmelo. –Intentaba aparentar seguridad, pero estaba atemorizada porque casi estaba segura que la rubia iba a decirle que no quería volver a verla. La joven suspiró. No sabía si era cosa suya pero parecía a punto de llorar.
-Voy al servicio, ahora vuelvo- Asintió y se fijó en ella mientras se levantaba. ¿Cómo conseguía estar preciosa con sudadera, vaqueros y la cara lavada? Esa niña iba a partirle el corazón, a juzgar por su reacción era lo que iba a hacer. Respiró hondo cuando Emma volvió a tomar asiento.
-¿Y bien?¿Vas a decirme ya que pasa?- bebió un trago de su café para ver si así conseguía parecer serena. En realidad, estaba histérica.
-Me he asustado, Regina.- dijo mientras seguía en su empeño de no dejar ni una servilleta viva.
-¿Por qué?- al ver que no contestaba, decidió ponérselo fácil- ¿Quieres que dejemos de vernos?- Emma la miró asustada.
-¿Es lo que tú quieres?
-Sabes que no.
-No quiero dejar de verte, Regina. Pero me da miedo necesitarte como te necesito.
-¿Y cómo me necesitas, Emma?- Notó que le había temblado la voz.
-Desesperadamente- Abrió muchos los ojos y se encontró con los verdes que la miraban ligeramente acuosos. No sabía qué decir, se había quedado muda. El sonido de su móvil le hizo romper el contacto visual. Interiormente suspiró aliviada por la interrupción. Era su secretaria.
Sidney intentó convencerla de nuevo para que asistiese a la fiesta del día siguiente, pero volvió a declinar la oferta.
-¿Qué cena es esa?- le preguntó Emma tras colgar. Parecía que había estado atenta a la conversación.
-Una que se hace en mi empresa todas las primaveras.- Se alegraba del cambio de tema.
-¿Y por qué no vas?
-Porque no me apetece en absoluto, el año pasado tampoco fui. Es que acabo en un rincón abandonada.- removió el café con la cucharilla. Esa maldita reunión sólo le hacía recordar lo sola que estaba.
-Pero si eres la jefa, ¿no se supone que te deben adorar o algo?
-Se acercan a hacerme la pelota los más valientes, los demás me critican en grupitos. Tengo mala fama, ya lo sabes. – sonrió tristemente.
-Dame tu móvil- la rubia extendió la mano.
-¿Cómo?
-Dámelo- Se lo entregó sin entender qué era lo que pretendía.
-¿Sidney es tu secretaria?- Asintió. Después vio como Emma se ponía el aparato en la oreja- ¿Sidney? ¡Hola!- ¿Qué se supone que estaba haciendo? Fulminó a la joven con la mirada y le hizo gestos varios para que colgase. Recibió una sonrisa perversa como respuesta- No, no soy Regina. Te llamaba para decirte que al final ha cambiado de opinión y sí que va a ir a la cena, así que apunta a dos personas más. Gracias. Chao. – Estaba con la boca abierta. Cogió su teléfono.
-¿Y con quién se supone que voy a ir?
-Pues conmigo- se encogió de hombros y le guiñó el ojo. Ella sonrió y negó, habían pasado de una semana sin apenas contacto, a ir juntas a la cena de Mills & Co. ¡Madre mía! ¿Qué iban a pensar sus empleados?
-¿Con chaqueta de cuero?-alzó la ceja divertida al ver que Emma fruncía el ceño.
-Ains, cosi, cosi…puede que te sorprenda.- Esa mirada pícara por parte de la chica le gustó. Pues bueno, crisis superada. Estos cambios de actitud de la joven podrían volverla loca, pero de una forma que, para qué negarlo, le encantaba.
¿Relación fraternal? ¿En serio lo pensáis?
¿Opiniones?
