Os quiero agradecer vuestra paciencia, porque sé que tardo bastante en actualizar y, aún así, seguís ahí. Gracias.

También agradezco todos vuestros RWs, favs, follos y mp's. Sois geniales.

Espero vuestras impresiones. :)

Gracias de nuevo.

Septiembre

Parte 2. Di que me perdonas

-¿Crees que algún día se le pasará?- le preguntó Belle tras dar un trago a su refresco light

-No lo sé, pero estoy a punto de rendirme. Me siento menospreciada y no me gusta esta situación- Frunció el ceño.

-Y todo por las malditas fotos…- suspiró su amiga.

-Ya se podía haber metido Mulán la cámara por cierto agujero, porque si no se hubiese dedicado a retratar cada instante no tendríamos los problemas que tenemos- Bueno, respecto a ella no estaba muy segura de eso, porque se había portado como una cerda, pero seguro que Belle estaría con Regina como siempre. No como ahora que la trataba como si de una cualquiera se tratase.

-Me ha dicho que no quiere saber nada más de Mulán en toda su vida- Ella asintió.

-Se ha puesto muy radical respecto a ella.- Regina era radical en todos los aspectos y ella ya estaba harta. Porque después de que la viese salir del trabajo tan sonriente con Sidney, se había tragado su orgullo y la había seguido llamando. ¿Y qué había obtenido? Más desprecio por parte de la morena. Nunca en toda su vida había tenido tanta paciencia como estaba teniendo con la mujer.

Además que la Mills la había visto llorando y no había sido capaz de preguntarle que qué tal estaba. Lloró por la situación y porque sintió que, al lado de Sidney, Regina podría llegar a ser feliz sin complicaciones. Además la secretaria estaba interesadísima en su "cosi" y se le acumularon un millón de temores en unos segundos ¿Y si la estaba sustituyendo?

Porque sí, ella había cometido un gran error. Se había olvidado de ella y de lo que le importaba sólo por divertirse un rato. Pero…¿se merecía tanta penitencia por una noche de diversión con sus amigas? No quería seguir torturándose sobre lo que había hecho o dejado de hacer, cuando Regina era incapaz de escucharla.

-No sé si merece la pena todo lo que estamos pasando.-Si lo pensaba seriamente, Belle se arrastraba aún más que ella, porque a fin de cuentas, Regina y ella tenían una relación pero la otra pobre sólo recibía palos sin entender qué era lo que estaba sucediendo.

-Sí, es un asco. Pero…Bellusqui, reconóceme una cosa.- los ojos azules la miraron interrogantes- ¡Nos lo hemos pasado de puta madre!- Por mucho que les pesase, no podían negar que aquella velada había sido una de las mejores de sus vidas.

-Tía, el viaje ha sido una pasada. Pero no sé si compensa…-Belle se pasó la mano por el pelo, como si sólo admitir que lo bueno que habían tenido Los Ángeles le causase cierta incomodidad.

-Mira, vamos a olvidarnos de Regina un rato y saca el Ipad, que quiero ver las fotos y reírnos. Además, que tengo curiosidad por ver bien esa en la que supuestamente nos estamos enrollando.- Lloraron de la risa con todas y cada una de las imágenes, porque con ellas les venían a la memoria recuerdos que ni sabían que albergaban. Y cuando llegaron a la de su supuesto beso, ambas tuvieron claro que no eran ellas. La ropa de las chicas que salían en la instantánea era parecida, pero no eran ellas. Se acordarían de ser así.

-Me siento un poco culpable de estar divirtiéndonos con algo que a ella le ha molestado tanto.-Sonrió tiernamente a su inocente amiga.

-Yo tampoco me siento del todo bien, pero la vida es cruel.- Volvió a concentrarse en las memorias que le venían de Los Ángeles. Y a la vez que se reía, se maldecía interiormente por haberse comportado como una auténtica niñata.

Cuando iban a salir de la cafetería, su móvil vibró. Tenía un mensaje.

R Mills: ¿Quieres venir a casa a cenar?

Notó cómo se le detenía el corazón durante unos instantes. Claro que quería. Había deseado con ansias algo así. Se moría por verla.

Se despidió de Belle a toda prisa y puso rumbo a casa de la mujer, a la que esperaba encontrar de mejor humor.


Llevaba diez minutos atusándose el pelo en el espejo, como si ese gesto fuese capaz de tranquilizarla de alguna manera. Y es que no sabía qué le había impulsado a escribirle a Emma, quizás fuese ese sentimiento de culpabilidad que se había instalado en su estómago desde el momento en que la chica la vio tan sonriente con Sidney.

Aunque era una soberana estupidez sentirse culpable por intentar despejarse un poco de la situación que amenazaba con desbordarla, porque sentía que se estaba ahogando en la desesperación. Había entrado en un círculo vicioso en el que su amor hacia Emma y el odio hacia sus acciones, colapsaban cualquier pensamiento coherente al que fuese capaz de llegar.

El problema de todo había sido su confianza ciega en ellas. Debía haber previsto que podrían encontrarse con obstáculos debido a sus diferencias, pero simplemente había creído que Emma seguiría el camino que ella le marcase sin pararse a pensar en que aún era una joven que tenía muchísimo por vivir.

Por lo tanto, el problema lo tenía ella y sus altas expectativas. No era una persona fácil porque era cabezota, intransigente y bastante testaruda, pero creía haber sido sincera con la chica con todos y cada uno de sus sentimientos. Nunca había mentido a la rubia y ésta la había aceptado, de hecho, había conseguido que sacase todas sus cosas buenas.

Pero ahora había hecho que su peor versión saliese a la luz. Aquella que era tan inmadura como la mismísima Emma, la que no atendía a razones y la que era incapaz de controlar su temperamento. Un temperamento que hacía que parte de sus frustraciones respecto a la dificultad de su historia con la rubia, cayesen sobre Belle. ¿Y qué culpa tenía esa criatura? Ninguna.

Era la única que había intentado estar a su lado, incluso se ofreció a acompañarla en la habitación. Estaba siendo muy injusta con ella, pero es que sólo que existiese la más mínima posibilidad de que hubiese besado a Emma, le hacía retorcerse en un infierno de rabia e ira.

Entonces, ¿a quién tenía que echarle la culpa de cómo se sentía? Pues a ella misma. Y a que se le había olvidado cómo era eso de estar en una relación, de aceptar a los demás y de perdonarlos. Puede que sus años de soledad la hubiesen convertido en un monstruo que no era capaz de ver más allá de sus narices…Puede que fuese así, pero nunca lo admitiría delante de Emma. De Emma ni de nadie. Porque ella, Regina Mills pocas veces aceptaba sus errores y ese era el peor de sus defectos. Y no es que se creyese perfecta, pero solía juzgar a los demás duramente sin percatarse de sus propios fallos.

Emma se había olvidado de ella en Los Ángeles, pero tampoco había matado a nadie y sabía que su tozudez hacía que ella se comportase como si así hubiese sido. Si la situación con Sidney hubiese sido al revés, si ella hubiese estado en el lugar de la rubia, Emma no hubiese vuelto a tener noticias de su persona nunca.

Pero es que ella era así. Y si Emma la quería de verdad, tenía que comprender su cara oculta, aunque ella fuese incapaz de admitir que la tenía. El orgullo la cegaba.

Cuando el timbre sonó, respiró hondo y abrió la puerta. Una Emma bastante desmejorada la miraba desde el porche.

La chica le sonrió tímidamente. Ella se hizo a un lado para dejarla entrar. Pero en cuanto puso un pie en la casa, Henry se lanzó hacia ella. Le pareció una escena tremendamente tierna; Emma diciéndole al cachorro cuánto le había echado de menos.

Sin dirigirse aún la palabra, caminaron hacia la cocina, donde ella se puso a vigilar la cena. Lasaña. Aunque no tenía mucha hambre.

-¿Quieres algo de beber?- se giró y se encontró con los ojos claros que la miraban embelesados, como si la acabasen de descubrir. Lo cual por una parte, tenía sentido. Desde que se conocían no habían pasado tanto tiempo separadas.

-Estoy bien…- Emma no paraba de cambiar su peso de un pie a otro, mientras metía hasta el fondo las manos en los bolsillos traseros de sus vaqueros. Estaba nerviosa. Y para ser sincera, ella también había sentido un ligero cosquilleo en el estómago al mirarla. Aquel que le indicaba que por muy cabezota que se pusiese, no podía permanecer enfadada para siempre con aquella rubia de rasgos angelicales. Y que lo único que le estaba provocando en aquellos momentos, eran unas ganas inmensas de estrecharla entre sus brazos. Pero no lo haría, al menos, no todavía.

-¿Tienes apetito?- Era curioso que fuese ella la que tuviese que sacar conversación, después de todas las que se había negado a mantener en las últimas semanas.

-No te creas.- Se volvió de nuevo y sacó dos copas. Después las llenó de vino, de aquel que sabía que le gustaba a Emma.

-Toma, nos vendrá bien.- Sonrió de medio lado, a la vez que la rubia asentía.

Permanecieron en un silencio incómodo y tenso hasta que se sentaron en la mesa a cenar. Por una parte era como si se acabaran de conocer, pero en cierto modo era así. Nunca antes se habían peleado y por mucho que ella le hubiese advertido a Emma de su mal genio y de cómo podría llegar a ser de cruel, la rubia no lo había visto con sus propios ojos. Era consciente de que probablemente debía disculparse por ello, pero no lo haría. Porque la soledad que había sentido en Los Ángeles seguía clavada en su alma, y su orgullo era esa cosa que en escasas ocasiones le permitía pedir perdón. Además, sólo lo hacía cuando estaba completamente segura de su error, y ésta no era el caso, porque Emma tampoco había hecho las cosas bien.

-Gracias- dijo la joven una vez que tuvo su plato delante.

-Espero que te guste- Masticaron sin apenas mirarse. El único sonido existente eran los gruñidos de Henry que iba mendigando comida de una a otra. Cuando alzó la vista de su cena vio que Emma apenas si había probado bocado.-¿No te gusta?- frunció el ceño. Era raro que la rubia no comiese.

-Ya te he dicho que no tengo mucha hambre.

-¿Quieres ver una película o algo?- preguntó a la vez que se levantaba para recoger la mesa, porque no tenía mucho sentido que permaneciesen allí sentadas mientras revolvían la lasaña.

-Vale.- La joven se encogió de hombros.

Una vez frente al televisor, ella se sentó en un sillón y Emma en el sofá. Era como si un muro invisible se hubiese instalado entre ellas. Una pared de hielo que hacía que fuesen incapaces de expresar en alto lo que estaba pensando, de mirarse durante más de dos segundos y mucho menos de hacer el amago de algún gesto cariñoso.

Durante los primeros veinte minutos de película, apenas si se enteró del argumento. Porque no hacía otra cosa que desviar los ojos hacia Emma, la cual parecía más abatida a cada instante. Pensó en cómo le gustaría abrazarla y decirle que la quería, que no había sido su intención hacerle daño y que intentaría con todas sus fuerzas volver a confiar en ella. Pero el recuerdo de aquella habitación vacía, de aquel hotel frente al mar, de aquella ciudad que tantas promesas imaginarias le había hecho… volvían a ella para hacer que resurgiesen sus demonios. Aquellos que le decían que Emma era una niña que no la quería, que sólo estaba experimentando con ella, y con la que nunca encontraría la felicidad.

¿Felicidad? A lo mejor ya había sido todo lo feliz que podría llegar a ser, e intentar volver a sentirse así era algo que no podía permitirse. Quizás el miedo que sentía hacia Emma y hacia lo que esta le hacía sentir le llevase a tener esos pensamientos catastróficos.

Pero es que Emma hacía que le temblasen las manos y las rodillas; Emma la levantaba con una mirada y la aplastaba con un roce; Emma la hacía volar y hundirse; Emma sacaba su mejor y peor parte…Emma hacía con ella todo lo que quería sin ni siquiera pretenderlo. Emma se había convertido en su mundo, y era duro llegar a comprender que ya no era la dueña absoluta de su vida. Ya no. Y todo porque un día inesperado la dejó entrar en su realidad. Una realidad que tras su paso ya no sería la misma.

-Regina…-el susurro le hizo salir de sus pensamientos-¿no quieres hablar de lo que pasó?

-No, -no quería porque sería incapaz de controlar el monstruo que llevaba dentro- ya he escuchado varias veces lo que has querido contarme y me basta y me sobra. No tiene sentido que te sigas explicando por algo que no puedes cambiar.- Sabía que su tono había sido frío y ligeramente despectivo.

-Pero es que quiero que me comprendas…sé que no tengo excusa. Pero, por favor, déjame contarte bien cómo me sentí y cómo me siento.- Intentó no mirar los ojos verdes porque sabía que ellos le harían aceptar la propuesta. Así que simplemente negó y decidió cambiar el tema.

-¿Qué tal las clases?- escuchó el suspiró de Emma tras la pregunta. Ella se quedó contemplando cómo pasaban las imágenes de la película.

-Como siempre en el segundo día de curso. Apenas hemos hecho nada. Me gusta que ya demos todas las clases en el hospital, pero odio tener que cruzarme a mi padre a todas horas.- Sorbió de su copa de vino y sonrió perversamente.

-¿Te molesta que tus compañeras digan lo atractivo que es tu padre?- preguntó con la ceja alzada.

-Sí, lo detesto- vio el sonrojo en las facciones de la rubia.-Por el amor de Dios, es mi padre…Que sé que el hombre es guapo y tal pero joe…todo tiene un límite.

-A veces me sorprende lo remilgada que eres cuando quieres.

-¿Es una indirecta?- Emma entornó los ojos muy seria.

-No- Pero sí lo era.

Siguieron charlando en un tono cordial acerca de banalidades, sin adentrarse en el tema que realmente las preocupaba; lo que había pasado y la manera en que eso estaba afectando a su relación.

Cuando se quiso dar cuenta, ya era medianoche. Así que decidió que era el momento de mandar a Emma a casa. Porque no entraba en sus planes que se quedase a dormir.

-Creo que ya es hora de que te vayas, porque mañana tienes clase y yo trabajo- se puso en pie mientras se estiraba algunas arrugas que se le habían formado en los pantalones del traje gris.

-Pensaba que me iba a quedar- Emma parecía verdaderamente sorprendida por su invitación a marcharse.

-No creo que sea una buena idea-dijo mientras recogía su copa de la mesa.

-Ya bueno, todo es lo que tú crees…-decidió pasar por alto el comentario. Era tarde y no le apetecía entrar al trapo, aunque se volvió a mirar la cara de pocos amigos que tenía la rubia. Dejó el vaso en la cocina y guió a la joven hasta la puerta, la situación era insoportablemente tensa. Más que nada porque era perfectamente consciente de que Emma estaba esperando la más mínima oportunidad para saltarle al cuello. Tenía que reconocerle la paciencia a la chica.

Cuando la rubia se hubo despedido de Henry, abrió la puerta de la mansión y se fijó en que estaba comenzando a llover.

Emma salió sin dirigirle la mirada, llevaba las manos profundamente enterradas en su cazadora de cuero roja, como si estuviese intentando controlar su ira con ese gesto.

-Conduce con cuidado- dijo apoyándose en el marco de la puerta mientras observaba cómo el agua comenzaba a mojar el pelo claro. De repente, la joven se dio la vuelta y la miró con rabia.

-¡Estoy harta, Regina!¡Harta de esta mierda situación que tenemos!- gritó la chica con algunas gotas de agua cayéndole por el rostro. Dudó de si se debía a la creciente lluvia o a que Emma estaba llorando.

-Tú te lo has buscado- contestó sin moverse de su posición.

-Pero es que no me dejas explicarme, ni decirte cómo me siento…te has cegado en ti y en tus razones y me da la sensación de que no te importo.- Eso último había sido un golpe bajo. Avanzó dos pasos hacia delante, justo hasta donde acababa la parte techada del poche.

-¿Qué tú no me importas? Perdona, pero yo no soy la que voy abandonando a la gente por ahí.- apretó los puños a sus costados. Lo único que le faltaba por escuchar es que Emma la acusase de no quererla.

-Me equivoqué y he intentado explicarte mi actuación una y mil veces. Me he disculpado todos los días desde entonces…Y hoy que, ¡por fin!, creo que me has perdonado ¿qué es lo que haces? Tratarme como a una desconocida. ¡Y estoy harta, Regina! ¡No me merezco tu constante desprecio!- Caminó como una furia hasta colocarse frente a la rubia, no le importaba mojarse. Pero Emma había llamado al monstruo que llevaba dentro y ahora no podía simplemente calmarse.

-¿Desprecio? Me parece gracioso que me hables tú de desprecio. Porque tú- dio con el índice en el hombro de la chica- te olvidaste de mí, Emma. Te olvidaste de mi presencia y de mi existencia por irte a zorrear con vete tú a saber cuántas.

-¿No ves? Tú ya presupones que zorreé con todas las que allí había y no me crees cuando te digo que no hice nada.- La joven la miraba muy seria. Era la primera vez que la veía verdaderamente enfadada.

-Porque, querida, encima te hiciste fotos para dejar constancia de tus hazañas. Pero eso es lo de menos, convertiste un viaje especial en una auténtica pesadilla.- le temblaba el labio de la rabia y estaba al borde de las lágrimas.

-¿Y cuántas veces tengo que pedirte perdón por ello?- Emma la sujetó por los brazos y la zarandeó. La rubia sí estaba llorando.

-¿Es que no te das cuenta de que el problema que tenemos es que esto no funciona? Emma, nosotras nunca podemos funcionar- lo dijo con rabia, con la intención de hacer daño.

-Eso es mentira. Hablas desde el dolor, pero sabes que nos queremos y que eso será suficiente- El agarre que Emma ejercía sobre ella le estaba haciendo daño.-¡Di que será suficiente!¡Di que me perdonas!¡Di que lo vamos a seguir intentando!- La chica chillaba y sollozaba a la vez, mientras las lágrimas se confundían con la lluvia que cada vez era más intensa.

-Suéltame, Emma.- Forcejeó a fin de escapar pero fue un movimiento inútil.

-Nunca- Los labios de la joven se apretaron bruscamente contra los suyos, a la vez que las manos jóvenes cambiaban sus brazos por su cintura. Intentó resistirse al beso, pero cuando la lengua de la rubia entró en su boca, perdió la cordura. Así que se aferró a su cuello mientras dejaba que su rabia y frustración saliese a trompicones entre besos y lágrimas.

Sintió las manos de Emma en su trasero, después notó como era alzada unos centímetros del suelo. Ella enredó los dedos en el pelo rubio, el cual estaba empapado.

Se sentía torpe, porque la joven llevaba la voz cantante. Emma la besaba, la levantaba del suelo y volvía a dejarla, la apretaba y la separaba de ella. Y ella no podía negarse, porque era consciente de que cuando la chica la besaba, perdía toda su fuerza.

Se separaron durante unos instantes y fue ella la que se lanzó de nuevo a la boca de la rubia con avidez. Necesitaba volver a conectar con ella de alguna manera, aunque sólo fuese mordiéndole y succionándole los labios. Cuando Emma se separó de ella y la miró a los ojos se percató de que ninguna de las dos había dejado de llorar durante todo el contacto, y de que estaban completamente empapadas.

-Necesito que me digas que me quieres- le susurró la joven al oído mientras la abrazaba fuertemente. Pero no supo qué contestar, porque tuvo miedo. Miedo porque cuando se rendía a ella no era capaz de controlarse, porque perdía la capacidad de raciocinio y porque sus instintos eran más fuertes que sus pensamientos.

Así que huyó.

Se volvió y salió corriendo hacia la puerta de su casa. Una vez que la cerró, se apoyó contra ella en el interior y se dejó caer al suelo.

No fue consciente de cuánto tiempo permaneció sentada en el suelo mirando al infinito. Pensó en cómo era capaz de convertirse en una masa sin voluntad cuando Emma se lo proponía. Y sintió auténtico pánico. Estaba tan aterrorizada que sintió que el corazón le daba pinchazos. Porque el amor que sentía por la joven era algo que le dolía, que le dolía físicamente.

Y por eso tenía que perdonarla. Porque si quererla le dolía, podía hacerse una idea de cuán doloroso sería perderla y eso era algo para lo que no estaba preparada.

Sacó de su pantalón mojado su teléfono. Y escribió desde el alma:

"La razón me dice que te aleje de mi vida, pero hay algo más fuerte que me lleva hacia ti. Algo que no puedo manejar, porque acaba con mi voluntad cada vez que me tocas. Mi amor por ti es más fuerte que cualquiera de mis enfados. Te quiero, Emma Swan. Y por eso, te perdono."

O, al menos, intentaría perdonarla.


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