El silencio era tan pesado como abrumador. Un silencio que parecía que no podría romperse de ninguna manera, que ni siquiera el cielo se atrevería en ese preciso instante a romper ese silencio que parecía anunciar el fin de los tiempos. Ni siquiera un murmullo de incredulidad. Todo era silencio. Silencio, y una sonrisa. Y era, solamente, una muerte más.

Una gota cayó del cielo, estrellándose contra la tierra. Los ninjas no lloran. Los ninjas no lloran, porque ellos eran armas, las armas de una guerra de un pueblo. No lloran por una muerte. Y en ese momento, nadie lloraba. Todo era incredulidad, pena y miedo. Pero nadie lloraba, porque no les estaba permitido, por un código que hace mucho debía haberse quedado obsoleto. Pero, aún vigente, simplemente podían contemplar el horror mientras el cielo empezaba a llorar por ellos.

El chico sonrió. Sus ojos azules se vieron envueltos por una fina bruma blanca, como si ya no pudiera ver nada más allá de sus ojos. Quizá así era.

Un fino hilo de sangre empezó a deslizarse de entre sus labios, aún curvados por esa sonrisa que siempre parecía permanente en su rostro. Una sonrisa que les era tan conocida, como ahora dolorosa.

-Soy un mentiroso.

Aquellas palabras debían haberles hecho reaccionar, moverse de alguna manera. Dar un paso al frente y correr hacia él, cogerlo, darle asistencia médica. Había médicos allí. Pero nadie se movió. Todos permanecieron totalmente inmóviles, con los ojos muy abiertos y temblando, como si sus pies estuvieran clavados en la tierra, estatuas que contemplaban en silencio algo de lo que deseaban apartar la vista… pero no podían.

-Yo… -aquel hilo de sangre se convirtió en un torrente que cayó desde su boca en un gemido, pero ni siquiera eso deshizo su sonrisa. La lluvia se llevó la sangre, y todo él parecía luz, incluso rodeado de oscuridad. Él siempre había sido así, un poco más brillante.

-Soy un mentiroso-repitió, como si aquellas fueran palabras ensayadas. Sus ojos pasaron sobre el enorme ejército que se extendía ante él, pero no pareció percatarse de ninguno en especial. Como si no pudiera ver a nadie, y a la vez, pudiera verlos a todos. –No pude cumplir ninguna promesa. No… no pude traer a Sasuke de vuelta… No pude –en esto su sonrisa se convirtió en una amarga, como si se riera de él mismo, tan solo un instante- convertirme en Hokage… Ni siquiera pude cumplir lo que le prometí a Ero-sennin

Sus palabras se fueron convirtiendo en un susurro. No había nadie allí que no comprendiera lo que pasaba. Que aquella luz, aquella vida que siempre parecía estar en movimiento, siempre inquieta, llena de energía, llena de vida, se estaba desvaneciendo. Y aun así, nadie se movió, nadie rompió el silencio. Nadie podía hacerlo.

Cuando abrió la boca de nuevo, sus ojos destellaron. Fue como un rayo cruzando fugazmente a través de su pupila. Como si aquella vida se hubiera esfumado por completo, y aquello no fuera más que un cascarón vacío. Cayó de rodillas, y aquel fue el primer sonido real, el primer ruido que realmente rompía aquel silencio que parecía envolverlos, y atenazarles. Sus rodillas se estrellaron contra el barro, y su sonrisa se ensanchó una última vez.

Cuando abrió la boca de nuevo, todos sabían que aquellas iban a ser sus últimas palabras.

-La paz verdadera… os la encomiendo.

Y todo él se desvaneció, todo lo que él había sido. Un último murmullo, y su cuerpo cayó, estrellándose contra el suelo. Aquello también fue silencio, pues un relámpago cruzó el cielo en ese mismo instante, y la lluvia se volvió un torrente.

El cielo lloraba. Lloraba una muerte que no podían llorar los ninjas.

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Vieron la escena. Pero era como verla a través de un océano de distancia. Verla, pero como si realmente no estuviera pasando. Porque no podía estar pasando. Simplemente, aquello no podía ser real.

Su cuerpo cayó, ya totalmente inerte. Se estrelló contra el suelo, y el cielo tronó, y la lluvia se volvió tan intensa que apenas podían verlo ya. Todos lo miraban, como si en cualquier momento fuera a levantarse, sonreír y decir que era una broma. Porque eso era lo normal en él. Y entonces alguien se adelantaría, seguramente todos, y le darían una paliza por imbécil. Y se quedaron allí, con la vista fija en el punto en el que estaba tumbado, deseando que pasara, sabiendo que no iba a pasar. Pero nadie podía moverse. Nadie podía decir nada.

Porque eso significaba hacerlo real. Y querían seguir aferrándose a que aquello era una pesadilla.

Sus amigos. Su sensei. Su líder. Su padre. Aquellos que estaban en primera fila, y lo miraban. Lo miraban con especial horror. Querían que aquello no fuera real. Y todos sabían que lo era.

Fue él el primero en moverse. El que nunca debería haberse movido en circunstancias normales. El que había sido su mejor amigo, su rival, y que ahora nadie sabía cómo definir exactamente. Aquel que podía acercarse y descubrir lo real de esa pesadilla, quizá.

Nadie trató de impedírselo. Él era el menos indicado para acercarse ahora. Y él era el único que debía hacerlo.

Se arrodilló a su lado, y lo cogió por los hombros, hasta incorporarlo, dejándolo a medias sobre su regazo, como un niño pequeño. Sus ojos estaban firmemente cerrados, sus labios semi-curvados en una sonrisa. Lo agarró por los hombros. Sus manos temblaban. Sus manos, las de un asesino, las de un vengador… temblaban con rabia, clavando los dedos en sus hombros.

-Tú… baka. –su voz era un siseo grave, como el de una serpiente. Una voz rota, aunque ni él mismo lo supiera.

-Mírame. Estoy aquí. Estoy aquí. Has cumplido tu dichosa promesa.

Clavó los dedos con más fuerza sobre sus hombros, como si así pudiera despertarlo de alguna manera. Sus dientes estaban apretados, su pelo formando una cortina sobre sus ojos.

-Usuratonkachi. Un Hokage… No es solo el shinobi más fuerte. Un Hokage es aquel que antepone su pueblo a él mismo. No… -se atragantó. Su voz seguía siendo grave y profunda, como la de un niño que en cualquier momento va a romper a llorar y no quiere admitirlo. –No se trata de que todo el mundo acepte al que se convierte en Hokage… sino que se convierta en Hokage aquel al que todos acepten.

» Mírate, idiota. Ya eres un Hokage.

Nadie decía nada. La incredulidad había sido sustituida lentamente por la pena, la rabia, la impotencia. Pero sobre todo, la pena. Una profunda pena que calaba en todos y cada uno de los corazones. Una pena por aquel que los había llamado compañeros, por aquel que los había salvado. Aquel que los había salvado, incluso a costa de su vida. Porque aquel era su camino de ninja.

Bajó la cabeza, apretando aún más los dientes, en vano. Las lágrimas ya empezaban a caer por sus mejillas. Sus amigos se habían acercado lentamente, temblorosos, y ahora hacían un semicírculo a su alrededor, como si así, de algún modo, pudieran protegerlo.

Levantó la cabeza repentinamente, y sus dedos se clavaron aún más en su carne, tanto que le dolieron, y toda su rabia se convirtió en un grito.

-¡LA PAZ VERDADERA…! –gimió. Un gemido ahogado. Su rostro se contrajo en una mueca de dolor, aunque se esforzaba por evitarlo. Bajó de nuevo la cabeza, otra vez el pelo tapándole la cara. Su voz se convirtió en un susurro, mientras aquel semicírculo protector se llenaba también de lágrimas.

-La paz verdadera… -lo incorporó un poco más, con suma delicadeza, como si lo que tuviera entre sus brazos fuera un niño dormido. Sus ojos, aún cerrados, ya para siempre, se quedaron mirando la multitud de gente que tenía delante. Un ejército. Su sensei. Su líder. Su padre.

Todos ellos, sus compañeros.

-Míralo, Naruto. La paz verdadera… la tienes delante.

Y como si aquello fuera una especie de señal, el cielo dejó de llorar.

Y los ninjas lloraron por él.