Thorin estuvo el resto del día de mal humor. No es que estuviese enfadado con Bilbo, pues aunque no quería reconocerlo su consorte tenía razón, Lord Elrond les había ayudado y les había recibido en su casa, aunque luego hubiese querido detenerles, él se había comportado y tratado mejor que otros, en especial mejor que otro elfo. Thorin sabía que su odio a Thranduil era el culpable de que odiase toda la raza élfica. Pero antes no había sido así. Hubo un tiempo en el que se llevaban bien, en el que eran aliados, incluso amigos. Sabía que nunca iba a ser capaz de volver a tener esa relación con los elfos del Bosque Negro, o como lo llamaban ahora Eryn Lasgalen. Quizás era hora de dejar el pasado atrás, aunque fuese un poco, y volver a relacionarse de forma cordial con otras razas. A Thorin eso no le gustaba, no le gustaba en absoluto. Aún así veía que Bilbo tenía razón, y eso le molestaba a la vez que le agradaba.

No supo a donde se dirigía hasta que se dio cuenta donde se encontraba. Había llegado a la zona de entrenamiento de la montaña, donde Dwalin se encontraba acabando su jornada. Capitán de la Guardia le sentaba bien. Se dirigió hacia su viejo amigo y empezó a quitarse el pesado abrigo hasta que se quedó con un par de capas. Dwalin le vio y volvió a recoger las dos espadas de madera que acababa de guardar.

'¿Mal día?' Dijo ofreciéndole una a su amigo y rey.

Thorin gruño de una forma que quería decir "no hace falta que lo jures". No quedaba mucha gente en la arena, pero los pocos que quedaban se colocaron de tal forma que pasaban desapercibidos por los dos luchadores, aunque podían ver la batalla. Al fin y al cabo era su rey quien peleaba.

Dwalin supo que Thorin había discutido con su saqueador por como luchaba. Sus golpes era bruscos y menos elegantes. No eran ataques de batalla, ni de entrenamiento. Eran golpes de ira reprimida. Por suerte Dwalin sabía como hacerle frente.

Bilbo salió del baño con su ropa de noche. Era tarde y Thorin aún no había vuelto. Estaba preocupado de que quizás no volviese en toda la noche. No había sido su intención enfadar al rey, solo quería tener relaciones con Lord Elrond. Le pareció una buena persona y aún se le calentaba el corazón al recordar las palabras que le dijo cuando estuvo en Rivendel.

"Eres bienvenido a quedarte aquí, si el lo que deseas."

Más de una vez durante la aventura se pregunto si no debía de haberse quedado en Rivendel, con los elfos y sus jardines y sus libros y su música. Ahora sabía que ese no era su destino, que él estaba donde debía de estar. Aún así le entristecía no tener relaciones con los elfos. Sabía que nunca podría ser amigo de Thranduil, eso acabaría con su enano, y precisamente por ello quería ser amigo de Elrond. Quería aprender su idioma y conocer su historia. Algo que nunca podría hacer en Erebor.

Decidió no darle más vueltas. Ahora solo quería meterse en la cama y dormir. A poder ser al lado de su cónyuge. Aunque cada segundo que pasaba dudaba más y más que eso fuese a pasar. Al final se durmió abrazado a la almohada de Thorin, donde podía oler la fragancia que había dejado su pelo y su piel sobre el fino material.

Precisamente fue así como Thorin se le encontró al entrar. No se había dado cuanta del tiempo hasta a penas unos minutos atrás. Después de la pelea había cenado con Dwalin y luego se habían tomado unas cervezas, y luego unas cuantas más. Y luego habían fumado y cuando por fin Balin entró en las estancias de su hermano para pedirle que dejase de gritar, que no eran horas, Thorin se percató de lo tarde que era. Tenía que hablar con Bilbo. Bueno, no tenía que hablar con él, al fin y al cabo no tenía nada que decirle ni de qué arrepentirse, pero quería disolver la incomodidad que había hecho presa en su relación desde que Bilbo abrió la carta.

Entró en sus aposentos y allí estaba él, en la cama, abrazado a su almohada, con una expresión de tranquilidad propia de alguien sin complicaciones en la vida, una expresión propia de un hobbit. Thorin cerró la puerta con suavidad. Era muy tarde, tendría que dejar la charla para mañana. Con todo el sigilo que un enano podía poseer se empezó a desvestir y guardar su armadura, abrigo y pesadas capas hasta quedarse en su ropa interior. Se sentó en la cama, de espaldas a Bilbo; no sin antes mirarle durante unos segundos mientras una tímida sonrisa recorría sus labios. Que Mahal le personase, pero amaba al mediano con todo su ser. Le amaba tanto que había veces que le odiaba. Le odiaba porque cuando le miraba a los ojos no era dueño de su ser, le odiaba porque él era capaz de hacerle cambiar de opinión sobre algo que pensaba que nunca cambiaría, le odiaba porque a su lado era un enano mejor, porque no podía imaginar su vida sin él, porque cada día que pasaba a su lado sentía que debía de dar gracias de pasarlo al su lado.

Thorin se había criado estudiando la cultura de su pueblo y sabía que su raza solo amaba una vez. Conocía las historias y el poder de ese vínculo, y siempre lo había temido. Temía la idea de que otra persona tuviese tanto poder sobre él. Al fin y al cabo él era un príncipe que un día sería rey. Nadie debía tener poder sobre él. Nunca se sabe a que edad uno encuentra a su otra mitad, o si la encuentra durante su vida, pero Thorin no tenía ninguna intención en encontrarla. Él estaba demasiado ocupado con su pueblo y con tratar de sacar a delante a lo que quedaba de su familia y lo que quedaba de su arrebatado reino. Luego simplemente el tiempo pasó, y en vez de buscar amor buscaba venganza. Nunca hubiese sido capaz de imaginar que una cosa le llevaría a la otra.

Notó unos brazos rodeándole la cintura y dejó de pensar. El alcohol le hacía eso, pensar en tiempos pasados, en sus sentimientos. No le gustaba. Cerró los ojos inclinó la cabeza para dejar espacio al pequeño ser que se encontraba detrás de él.

'Lo siento.' Susurró Bilbo.

'No tienes nada de que pedir perdón. Comprendo tu situación.'

'Aún así no ha sido educado ni correcto decirte lo que te he dicho.' Bilbo estaba entre el cuello y la cabeza del rey. 'Tendría que haber elegido mejor mis palabras.'

'¿Te he despertado?' Thorin cogió una de las pequeñas manos del hobbit entre las suyas. No quería seguir con esa conversación.

'No pasa nada. Es normal que hagas tanto ruido, tu vestimenta es muy pesada y laboriosa de quitar.'

Thorin frunció el ceño. Parecía que no había sido tan sigiloso como pensaba. Bilbo liberó su mano y la dirigió al pelo del enano. Poco a poco empezó a quitar todas las cuentas y trenzas que en el había. Cogió el cepillo de la mesilla y peinó la espesa y suave melena mientras tarareaba una vieja canción sobre la llegada de la luna y el canto de los pájaros. Thorin se dejó hacer. Cerró los ojos y escuchó la dulce voz de su compañero. La voz de los enanos era profunda y dura, como la roca de la que provenían, mientras que la de los hobbies, o al menos la de este hobbit, era dulce y cálida, como la tierra donde vivían.

Thorin no se dio cuenta de que Bilbo había acabado hasta que oyó su nombre susurrado en su oreja. El rey enano se giró y miró a Bilbo a los ojos. En ellos veía una luz que no había visto nunca en el oro o en ninguna gema ni piedra preciosa, ni siquiera en la Piedra del Arca. Era una luz pura. Única. Una luz que solo él podía ver. Una luz que le guiaba cuando su mente empezaba a dejar de ser suya. Llevó una mano a la cara del mediano, tan suave, sin barba, y Bilbo sonrió dejándose acariciar. Thorin se recostó en la cama, subiendo las piernas al suave colchón y recostando la espalada en el laborioso y bello cabecero de mármol. Bilbo colocó sus piernas a ambos lados de las de Thorin, sentado en su regazo.

Que Aüle le ayudase, pues amaba al enano que tenía delante de él con todo su ser. Había muchas veces que se enfada con él, muchas veces que le irritaba como nadie le había irritado nunca, ni siquiera Lobelia Sacovilla-Bolsón, y había veces, pocas, pero de vez en cuando, que le temía. Había veces que Thorin se enfadaba con alguien o con alguna situación y Bilbo le intentaba ayudar sin poder evitar sentir un escalofrío ante la fría y dura mirada del rey. Y, en un par de ocasiones, había tenido verdadero miedo de él, miedo de que le hiciese algo. En los últimos tres años Thorin nunca había estado tan mal como cuando entro en la Montaña por primera vez después de su exilio, nunca la fiebre del oro se había apoderado de él de aquella manera, aunque había habido ocasiones en las que había dejado de ser plenamente él. Había habido ocasiones que su terquedad y su querer dar a su pueblo lo que le correspondía había abierto el camino a la maldita enfermedad que perseguía a su familia. Era en ocasiones como esas en las que el papel de Bilbo era fundamental. Solo él era capaz de sacar a Thorin de ese estupor, solo él conseguía hacerle entrar en razón, pero eso no quería decir que no le temiese hasta conseguirlo. Cada vez que le miraba en esas ocasiones venía los mismos ojos que había visto años atrás, los mismos ojos que habían estado a punto de arrojarle al abismo de Erebor o estrellarle contra las rocas. Pero más que el temor por el daño físico que Thorin le pudiese hacer, temía que nunca más le volviese a recuperar, temía que la enfermedad ganase y el perdiese. Pero eso no había pasado aún. No sabía porque pero al final siempre volvía con él.

Bilbo se acercó, cogiendo su cara entre sus ágiles manos y le beso. Era un beso dulce, tranquilo, lleno de amor y devoción. Thorin no tardó en rodearle con sus brazos atrayéndole hacia él. En los últimos años ambos habían aprendido a conocer el cuerpo del otro, no solo a saber que caricia era bien recibida y cual no, sino a conocerse como individuos. Algo que sabían, pero que nunca les había chocado tanto hasta el momento en el que se vieron desnudos era lo diferentes que eran anatómicamente. Cualquiera era capaz de darse cuenta que un Enano era más alto que un Hobbit. O que un Hobbit tenía los pies más grandes y peludos y las orejas grandes y puntiagudas, mientras que los enanos tenían las piernas cortas y las orejas grandes y redondeadas con grandes narices y barbas. Otra cosa era entrar en profundidad en los detalles de cada raza.

"No sé de que te extrañas, tonto" pensó Bilbo la primera vez que vio al enano sin las capas de ropa que tanto le gustaba llevar. "Al fin y al cabo sois de razas distintas".

Bilbo miró a Thorin y se sintió intimidado. No era la primera vez que veía a alguien desnudo, una cosa es que fuese soltero y otra que no hubiese tenido nunca compañía, muchas gracias. Tampoco era la primera vez que veía a un enano sin ropa, al fin y al cabo habían estado un año viajando por el bosque, pero nunca había visto uno así, de cerca, sin nada que le tapase, completamente desnudo e intimidador. Bilbo estaba acostumbrado a los hobbits. Los hobbits era criaturas más pequeñas que los Enanos: menos corpulenta y fornida, sin pelo en el cuerpo excepto en pequeñas partes y en la cabeza y los pies. Eran seres de redondeadas curvas y barrigas rellenitas. Un hobbit siempre crecería más a lo ancho que a lo alto. Un enano no. Un enano era un ser que había sido tallado en roca. Su cuerpo estaba diseñado para soportar el duro trabajo de la mina y la herrería. Sus piernas eran más cortas, pero su torso era más amplio que el de la mayoría de los Hombres. Cada músculo fortalecido por las duras jornadas de trabajo se encontraba bajo una fina pero poblada capa de pelo. Cada parte de Thorin, cada músculo, era intimidante. No cabía duda de la herencia de sangre del enano, pues cada parte de su ser gritaba realeza.

Bilbo temió al verle. No por lo distinto que era Thorin a los demás amantes que había tenido, sino porque temía que él no fuese suficiente para alguien como el Rey Bajo la Montaña. Temía ser demasiado pequeño, o demasiado, suave o con poco pelo. Pero todas las dudas se disiparon cuando Thorin se acercó a él y le dijo algo que nunca le había dicho a nadie, pues no creía ser posible.

'Men eleneku menu o bepap opetu ezirak'. (Te deseo más que una veta inagotable de mithril)

Bilbo no supo que significaban esas palabras, pero supuso que algo bueno pues Thorin las había dicho con un amor difícil de encontrar en la secreta lengua de los Enanos. Esas palabras le habían salido de lo más profundo de su ser y no se dio cuenta de que las había dicho hasta que notó la cabeza de Bilbo contra su pecho, refugiándose allí. Le miró a los ojos y le dijo en la Lengua Común.

'Eres más hermoso que cualquier piedra preciosa que jamás haya visto.'

Fue entonces cuando Bilbo se puso de puntillas sobre sus peludos pies y le beso apasionadamente. No fue el último beso de esa noche. Ni de ninguna de sus noches.

Ahora, cuando le miraba, todavía le chocaba lo diferente que eran. Aunque el cuerpo de Thorin ya no le imponía, se había acostumbrado a él. Conocía cada parte, cada recoveco de su piel y sabía donde tenía que besar y donde debía morder para conseguir sonidos del rey que nadie sería capaz de conseguir.

El alcohol hizo que Thorin no se acordase de cómo había desvestido a su consorte ni de qué había hecho para prepararle, pues los labios de Bilbo eran hipnóticos y sus pequeñas pero ágiles manos obraban milagros. Fue cuando Bilbo se separó de él cuando volvió a la realidad durante unos segundos, y fue tan solo durante unos segundos pues en cuanto Bilbo se sentó encima suya, abriéndose a él y moviendo sus caderas para colocarse en la posición exacta, Thorin volvió a perderse en el placer que el mediano le ofrecía.

Bilbo comenzó a moverse y Thorin le agarró de las caderas para ayudarle a elevarse. Los gemidos del hobbit eran tímidos y entrecortados, completamente distintos a los del enano, los cuales eran profundos y posesivos. Si algo había aprendido Thorin de los Hobbits es que eran criaturas de placer. Sentían el mismo placer por las cosas que crecen que los Enanos por el oro y las gemas. Eran criaturas que amaban más el placer de la buena comida, o una buena pipa, o buena compañía que riquezas o sabiduría. Eran criaturas que amaban el placer y el confort, en todos los sentidos. Thorin había vivido muchos y muy largos años y en todas las relaciones que había tenido nunca había experimentado lo que sentía cada vez que Bilbo y él hacían el amor. Quizás era por el mediano era su otra mitad, o quizás porque ese arte, como cualquier otro que aportase placer, los hobbits lo dominaban mejor que nadie.

Los movimientos de Bilbo empezaron a ser cada vez más fuertes y rápidos, sus manos se agarraban a los hombros del enano como si le fuera la vida en ello. Sus ojos estaban entrecerrados y sus labios partidos. Estaba completamente entregado al placer que sentía y al que estaba dando. A Thorin le pareció que estaba perfecto.

'Thorin… Por favor.' Gimió Bilbo, y Thorin movió una de sus manos para coger el miembro del mediano y moverlo al unísono con sus caderas.

'Men lananubukhs menu, Bilbo.' (Te amo)

'Thorin.' Bilbo estaba cerca, muy cerca. Thorin podía notarlo.

'Vamos, âzyungâl, por mi.'

Thorin notaba como su cuerpo empezaba a llegar a ese punto donde no hay retorno, pero quería satisfacer al hobbit primero.

'Bilbo, mirame.' Era una orden. Una orden dicha con una voz dulce y llena de pasión, pero aún así una orden. Una que Bilbo obedeció.

'Te amo. Solo a ti, mediano.'

Bilbo no necesitó más para perderse en el placer que Thorin le ofrecía. Gritó su nombre y al hacerlo Thorin se apoderó de su boca mientras le colocaba contra el colchón y su pecho. El cambio de posición hizo que el orgasmo de Bilbo se intensificara. Abrió la boca para tomar una bocanada de aire y Thorin aprovechó ese momento para agarrarle las caderas y empujar dentro de él. No tardo mucho en perderse en el cuerpo del mediano y, completamente vacío y saciado, se dejó caer a su lado.

Ambos estuvieron largos minutos sin hablar y sin moverse, recuperando la respiración y el movimiento de sus extremidades. Finalmente Bilbo se movió, aún a su pesar, para coger la servilleta que había dejado al lado de las galletas con té que se había llevado a la cama. Se limpió y limpio los restos que su pasión había dejado en el musculoso torso del enano. Tiró la servilleta y cogió las sábanas, abrigando con ellas mientras se colocaba en el pecho de su amante. Fue entonces cuando Thorin empezó a dar señales de vida. Le rodeo con su brazo, colocando a Bilbo de tal forma que estuviese completamente cómodo apoyado en él, le besó la cabeza llena de rizos castaños y le susurró antes de dormirse.

'Men lananubukhs menu.'

'Yo también te quiero, mi rey.' Contestó Bilbo cerrando los ojos y dejándose caer al reino de los sueños.