¡Hola! Me encanta la aceptación que ha tenido. Puede que no sea mucha comparado con mucha gente, pero francamente me esperaba que cayera en el olvido entre el centenar de fics que hay aquí, ¡así que gracias a todos los que habéis mandado review, le habéis dado a fav, follow o simplemente hayáis leído!

También me gustaría aclarar cosas recurrentes en las reviews: sí, habrá lemon porque me apetece hacer uno por primera vez en mi vida, ¡siempre hay una primera vez para todo! Pero por supuesto avisaré en negrita, cursiva y subrayado si hace falta. Y por otra parte, Nami seguirá siendo la de siempre, no se va a quedar con quemaduras toda su vida, pero es lógico que si una especie de tormenta eléctrica a gran escala te alcanza, acabes con esas secuales al menos unos días (teniendo en cuenta, claro, que es One Piece, o tendría que dejarla calva también, jajaja).

Os dejo con el siguiente capítulo :)

Capítulo 2: Alegría.

Nami, tendida en el suelo, pasaba de ser el foco de atención de los pensamientos de los Mugiwara, a ser el motivo por el cual algunos estaban en shock. No sabían si estaba bien, si estaba triste, si estaba preocupada por ellos. Nadie sabía muy bien qué hacer.

Entre la tremenda confusión y los sollozos de la navegante que dejaba recorrer por sus mejillas lágrimas que parecían parte de una cascada, Luffy no pudo resistirse a levantarse a atenderla. Le importaba demasiado. La quería demasiado. Porque la quería, como a cualquiera de sus otros nakamas… ¿verdad?

Chopper no se quedó corto y con el instinto propio de un médico ya reputado en el Nuevo Mundo, se abalanzó a por ella como alma que lleva el diablo. Sin embargo, el pequeño doctor se calmó nada más vio que Luffy había llegado antes que él, pero no impidió que gritase su nombre para comprobar que estaba bien.

Nami levantó la cabeza al percibir que su capitán se hallaba de rodillas frente a ella, agarrando su mano, porque de nuevo él no quería hacerla sufrir y había llevado esa petición de Chopper a rajatabla desde que llegaron al Sunny.

— Nami, ¿por qué gritaste mi nombre? ¿Cómo te puedo ayudar?— preguntó Luffy en un tono apresurado.

— Sólo necesitaba saber que acabó pasando, y si tú estabas bien.— contestó conteniendo su llanto mientras Chopper corría a la enfermería a por un calmante del dolor. Ahora que estaba despierta y hasta que sus quemaduras cesasen, el dolor iba a ser insoportable, y los iba a necesitar.

— Nami, yo estoy bien, gracias a tí.— la navegante sonrió aliviada, con un leve rubor en sus mejillas.

— Qué alivio...— dijo Nami, quién, como dado por cumplida su pequeña y personal misión, acomodó su cabeza en el suelo hacía un lado, pudiendo ver poco más que las rodillas y los brazos de Luffy.

El resto de los mugiwaras no tardarían en darse cuenta. Bueno, ellos ya lo sabían, y en especial esa astuta arqueóloga (quizás era porque tenía sentimientos similares hacia otro pirata curtido en mil batallas y que habitaba también en el Sunny), sin embargo, además de alivio por ver a su navegante consciente, sentían cierta ternura al empatizar con ambos y ver el especial afecto mutuo que se tenían. Desde aquel espadachín que parecía ser frío como el acero de sus katanas, hasta el rubio que se desvivía por aquella chica de cabellos naranjas, que para qué engañarnos, no amaba y mucho menos como pensaba que lo hacía su capitán.

— Qué silencio tan incómodo— mencionó Brook—, aunque claro, puede ser que yo no oiga nada porque no tengo oídos, YOHOHOHO.— para ser francos y sin que sirva de precedentes, esta broma amenizó el ambiente, y entre lo perdidos que les dejaba esa escena y la tensión liberada tras comprobar que Nami no había entrado gritando como una loca para pedir auxilio, se rieron y bastante, lo que forzó a Brook a sentirse plenamente satisfecho.

Chopper llegó jadeando y exigió a Nami acostarse. Honestamente, Nami se habría quedado en el suelo conversando con Luffy horas y horas. La fría madera del barco no era excesivamente cómoda, pero la compañía de su ahora risueño capitán y las risas y optimismo de sus nakamas hacían del lugar un sitio algo más cálido. Una vez le hizo ingerir Chopper a Nami los analgésicos que fue a buscar, la llevó de nuevo a su cama junto con Luffy, agarrándola por los pocos sitios que quedaron libres del tremendo impacto.

También Luffy dejó claro a la tripulación que quería un banquete, y que se acabaron las caras largas, justo antes de marcharse con Nami y Chopper. Todos aceptaron con gusto. De nuevo la familia se sentía realmente unida, y de nuevo cualquiera que les viera se hubiera contagiado del mismo júbilo del que presumían.

Aún con el moreno desaparecido y con el doctor de vuelta, la necesidad de festejar que habían sido capadas por el desagradable infortunio no pudo ser reprimida más tiempo. Sanji se puso manos a la obra a los fuegos, Franky y Chopper preparaban una mesa en el exterior que acompañaban con unas hermosas luces que les hacía compañía en la noche, Brook afinaba su castigado violín e interpretaba su más que típico Binks no sake.

Al mismo tiempo, en la barandilla de la proa se que mecía suavemente al ritmo del incansable mar, se hallaban los otros dos piratas. Sus rostros iluminados parcialmente por la blanca luz de la Luna que se encontraba en su cuarto menguante, y adornada con nítidas estrellas que la escoltaban en el oscuro firmamento. Sus miradas iban dirigidas al espectáculo celeste, aunque no sus pensamientos. El mutismo y la sonrisa en sus semblantes hacían entrever que disfrutaban de la compañía del otro.

— Zoro— mencionó Robin, lo cual llamó la atención del susodicho por encima de lo común al escuchar de sus labios su nombre de pila—, ¿cuándo te vas a dar cuenta tú también?

— Yo ya lo hice hace mucho tiempo.— contestó.

— ¿Quiéres decir entonces que me he equivocado?— interrogó Robin, con una perceptible decepción.

— ¿Equivocar?— le cuestionó Zoro mirándola a los ojos. Esos ojos en los que, a veces, se perdía— Yo les veo como a dos tortolitos de los libros que sueles leer.

Robin rió un poco y suspiró aliviada.

— No me refería a eso.— sonrió, con una mirada llena de seguridad.

Zoro se limitó a sonreír y se pegó un poco más a la morena que tantos dolores de cabeza le provocaba, más aún que el alcohol. Y, casi por accidente, las manos de ambos acabaron entrelazando sus dedos, los cuales aventuraban el reverso de la mano del prójimo en busca de acariciarla al ritmo del melódico oleaje.

— ¿Y qué me quieres decir?— preguntó Zoro, algo inquieto y sonrojado.

— Lo que nunca había podido decirte.— contestó Robin, y por instinto acercó lentamente su mentón al del espadachín mientras ambos cerraban sus ojos (su ojo, en el caso del peliverde). Sus labios se prepararon para la tan ansiada acción, para expresar por ese medio los irrefrenables sentimientos que ambos guardaban para sí y que estaban deseosos de salir a la luz. Antes de darse cuenta, Zoro estaba respirando el aire de Robin, y volteó ligeramente su cabeza hacia la derecha para culminar el tan preciado acto.

— ¡ROBIN-SWAAAAAN— se oyó a lo lejos—, TENGO MANJARES COCINADOS ESPECIALMENTE PARA TU PERFECTO PALADAR!

Ni que decir tiene que la voz del inoportuno cocinero sorprendió a ambos, que separaron sus sonrojados rostros inconscientemente. Zoro suspiró de impotencia, aunque Robin prefirió reír. Ambos se miraron con la más absoluta ternura, o al menos, toda la ternura que estos dos emblemáticos piratas podían expresar, acordando mentalmente encontrarse en el mismo sitio al acabar la prometedora velada para acabar lo que el rubio había interrumpido. Se marcharon con cierta resignación, aunque considerablemente atontados y absortos en sus pensamientos. Eso sí, "un día de estos mataré a ese Ero-cook", es lo primero en lo que pensó Zoro de camino a la majestuosa mesa.

Luffy no se encontraba aún en la cubierta del barco, y probablemente tardaría en hacerlo si es que lo hacía.

Nami le hizo una petición. Solicitó que su sombrero abandonara de inmediato la mesilla a la que no podía acceder. En un principio Luffy tuvo miedo, ya que su navegante se lo decía para que pasara a su vientre y lo pudiera agarrar con sus dos manos, y pensó que le podría hacer daño si rozaba con su sombrero las quemaduras que aún rodeaban su cuerpo. Sin embargo, cuando Nami le comentó que no sentía prácticamente nada debido a los potentes analgésicos de su particular doctor, éste no pudo evitar colocar su sombrero en el lugar deseado para poder dibujar una inmensa sonrisa en los labios de su navegante.

No pudo tener más razón, en cuanto lo hizo, Nami se volvió una mujer mucho más risueña y cerró los ojos en muestra de relajación, y probablemente seguridad. No había nada en el mundo que la reconfortase más que tener en su poder el mayor tesoro del futuro Rey de los Piratas. Sus ojos se abrieron de nuevo, sorprendida, cuando percibió que los suaves dedos de Luffy recorrían sus largos mechones. Le gustaba. No, le encantaba. A Nami cada vez le gustaba más este Luffy que poco a poco iba descubriendo sensaciones más, a su juicio, humanas.

Luffy por su parte disfrutaba del silencio, el rostro de serenidad de su navegante y la suavidad de sus cabellos. La miraba con los ojos más cariñosos que había podido ver Nami desde que subió a bordo de ese pequeño bote.

— ¿Es que no tienes hambre?— preguntó Nami, en una intensa calma.

— Sí— respondió Luffy—, pero esto me agrada aún más que la comida.— Nami se rió.

— Vaya, capitán, espero que no pretendas comerme.— ironizó.

— Ahora que estás quemadita no sería una mala ocasión… Shishishi— aunque Nami se rió con él, se llevó un pequeño golpe en la cabeza. Ni lo había visto venir. "Como me descuide, Nami me copia el Gia Sekando", pensó Luffy.

— No digas esas cosas, es muy raro hablar de eso— le reprochó entre risas ineficazmente disimuladas—. Oye, Luffy...— su voz se pausó un poco.

— Dime.— contestó expectante.

— Tú...— el pulso de Nami se celebraba de forma exponencial, un sudor frío recorría su nuca y frente— ¿pensaste en lo que te dije antes de luchar contra Kaido, verdad?

— Sobre eso— se apresuró Luffy—, Nami, no me vuelvas a ocultar que ibas a acabar así.— le dijo inusualmente serio.

El rostro de Nami se tornó sombrío.

— No lo comprendes— dijo molesta—. No entiendes lo duro que es para mí ver cómo sufres, como peleas por nosotros y no puedo hacer nada. No quiero ver que acortes tu vida por mí, no quiero matarte, Luffy.

— ¿No quieres que te ayude?— preguntó sorprendido.

— Idiota, necesito tu ayuda— contestó algo más calmada—. Pero no quiero un trueque. No pretendo que me ayudes si eso significa perjudicarte a ti mismo. Luffy, lo que quiero decir es que a ti más que a nadie no puedo hacerle esto, no quiero— Nami contuvo el aliento un momento—. Y eso es… Porque— se detuvo. Su voz se paralizó y se apagó, no podía creer lo que iba a decir. "¡Nami, ahora o nunca!", meditaba. Vamos, sólo unas palabras. Solo un poco más y podría confesarlo al fin. Sólo eran dos, ¿tan difíciles eran de pronunciar?

— Es que yo tampoco puedo verte en este estado por protegerme— dijo Luffy, rompiendo el silencio y con una expresión pensativa, sin embargo, sin rastro alguno de la seriedad anterior— ¡Verdaderamente es un problema!— exclamó.

— ¡Lo solucionaré!— la Nami más decidida que había podido haber en cualquiera de los plausibles universos paralelos que concebían la existencia de estos dos, se mostraba frente a los ojos de Luffy, al cual un hormigueo incómodo recorrió su cuerpo. Tan valiente, tan inteligente, y por primera vez en su vida se fijaba en otra característica más, no sólo de ella, sino de cualquier mujer: tan bella— Luffy, en cuanto me recupere seré lo suficientemente fuerte como para que jamás tengas que acortar tu vida para salvarme.

Estas palabras produjeron en Luffy un mar de sensaciones tan inexperimentado como fantástico, y si bien pensaba que algo empezaba a cambiar en su forma de ver a Nami, tras esto no lo podía tener más claro. Lo único que le faltaba, era ponerle nombre a ese conjunto de emociones del cual no podía ni intuir el nombre del resultado.

Luffy miró a Nami y le sonrió, y le transmitió todo lo que ella necesitaba saber. Él confiaba en ella ciegamente. Nami comprendió esto nada más ver su sonrisa, a la cual respondió con otra llena de la más absoluta satisfacción. Una mano abandonó el sombrero de paja y se dirigió al brazo de Luffy. Éste se percató y miró su mano que agarraba con fuerza la extremidad del moreno, sorprendido y extrañado a partes iguales.

— Luffy— su sonrojo (y con él, el de Luffy) se coloreó—, gracias.

— Shishishi— rió Luffy— ¡En ese caso tendrás que volverte casi tan fuerte como yo si quieres que me resista a usar el Gear Fourth!

— ¡Pues lo haré!— le contestó, sonriendo a la par que fruncía el ceño.

Luffy asintió antes de pasar la noche más larga de su vida, aunque para él fuese de las más cortas, y es que su banquete particular se hallaba en esa cama y le encantaban las naranjas. Las bromas, carcajadas, historietas y tonterías que ambos se contaban, se oyeron hasta que el Sol amaneció.

Pero ya en la conclusión de la gran celebración, el ambiente era de cansancio general. Todos habían comido, bebido y reído como hacía tiempo que no hacían. Se podría decir que compensaron la falta de festividad por la derrota del Emperador de las Bestias, ya que, obviamente, con Nami en ese estado ninguno tenía ganas de celebrar absolutamente nada. Y además, la sonrisa de su capitán era prácticamente su autorización para poder disfrutar de cualquier actividad, era el precio de haberse ganado el afecto y la confianza absoluta de cada uno de sus subordinados.

Si bien dos se hallaban en el camarote de las mujeres, en la cubierta sólo cinco dormían agotados por la grandísima pelea. Pelea, por supuesto, por la bebida, la comida y ver quién bailaba mejor a juicio de Franky, el que probablemente sea el más auténtico showman de la banda.

¿Y dónde se encontraban los dos restantes?

Zoro y Robin acababan finalmente de finiquitar la tan sonada en sus mentes llamada a la boca del otro. Robin, sonrojada e iluminada por el retazo de Sol que asomaba por el horizonte, besaba dulcemente a su varonil espadachín, agarrándolo por el cuello mientras éste acariciaba su cintura. Casi por instinto, agarró sus muslos y la subió a sus caderas, obligándose a apoyarse en la barandilla de la proa, donde horas antes ese deseo ya pasó por su cabeza. No había palabras, tampoco hacía falta. Ambos lo sabían. Perfectamente conocían lo que uno por el otro sentía. ¿Se amaban? Sí, pero si lo sabían con certeza, ¿necesitaba acaso alguien saberlo como para transformar en palabras el significado de ese apasionado beso que a ambos les sabía a liberación?

El romper de las olas adornaban el ritmo de sus mejillas.

Había pasado ya una semana desde que sucedió aquello. Zoro, Robin y su relación no era un desconocido para ninguno de los tripulantes, que por suerte o por desgracia habían atrapado con las manos en la masa a ambos de forma accidental. Sanji no se lo tomó nada bien, pero el hecho de que Robin fuese feliz… Bueno, si así lo quería su sexy arqueóloga, tendría que aceptarlo.

Pero justo durante esa semana, Luffy no había cesado en su intercambio de palabras con Nami. No la había abandonado, día tras día había estado a su lado y no se despegó de ella de un instante. Todos los demás, y en especial Robin, habían hecho acto de presencia para saludarla, saber cómo se encontraba y darle ánimos, pero sólo uno había prácticamente vivido en ese camarote a excepción de las noches, dónde debía retirarse a sus aposentos (y aunque Nami decía lo contrario, muy a su pesar). Las cicatrices provocadas por las quemaduras habían desaparecido en su totalidad gracias a los potentes ungüentos de Chopper, a excepción de esa dichosa marca de su pómulo izquierdo de no más de un centímetro y medio de longitud. Sí, casi inapreciable, pero persistente.

Y esa misma mañana, en la cual Robin tenía guardia (o más bien consideró que no estaba bien desaprovechar que tenía una excusa para quedarse con Zoro a solas en la cubierta), la cama de Nami no amanecía con sólo su peso sobre el colchón. La luz que penetraba las ventanas dejaban ver al capitán abrazando por detrás a su navegante, vestido con su característica camisa roja y vaqueros pirata, mientras ésta, que llevaba su aparentemente cálido pijama blanco con círculos azules, parecía haber estado acariciando sus manos y sus brazos. Ambos con un rostro que hablaba por sí sólo, la auténtica felicidad personificada.

¿Pero qué hacían en esa posición? Y más importante aún: ¿cómo habían llegado a eso?

Fin del capítulo 2.

¡Espero que os haya gustado! Si tenéis alguna sugerencia o queréis comentarme lo que sea, ¡las reviews siempre son de ayuda!

Gracias y un saludo, ¡hasta el próximo capítulo!