¡Hola a todos! En primer lugar, siento haber tardado en actualizar. Para empezar, me tomé más tiempo en meditar el capítulo. Decidí también, siguiendo los consejos de una de las mejores escritoras con las que me he topado leyendo en esa web, tardar un poco más entre capítulo y capítulo, haciéndolos a cambio más largos.

Por desgracia, no he podido hacerlo todo lo largo que deseaba porque he tenido una semana atareadisima, y en especial estos últimos tres días, y en uno ni tan siquiera pude escribir absolutamente nada. Lamento haberme demorado tanto, ya que siento que no os devuelvo el apoyo que me prestáis, ¡pero muchas gracias a todos por lo que me animáis!

Os dejo con el capítulo :)

Capitulo 5: Aventura

El viento que venía desde estribor forzaba a la tripulación a rodear la isla. Así lo había decidido su inteligente navegante. Probablemente, no fuera lo más apetecible para cualquier marinero que se precie, pues la codicia de al fin atracar en esa isla que prometía aventuras podía superar al sentido común. Sin embargo, como solía decir Luffy, "si lo dice Nami, será porque es verdad". Ya había aprendido a controlar su ansia de adrenalina si era por hacer caso a su navegante. Y sí, definitivamente, ahora sí que era suya.

Podían divisar la costa con una pequeña cala en la que, antes del racheado e inesperado viento propio del Nuevo Mundo (y predecido por Nami), pretendían atracar con suma comodidad. No obstante, ahora se veían en la necesidad de hallar alguna zona que lejos estuviera de ser la enorme cordillera que rodeaba la isla y que daba la ilusión de que soportaban un denso bosque.

En su búsqueda circundando la isla en sentido contrario a las agujas del reloj, la astuta Robin se había dado cuenta de un espeso humo que se alzaba de entre los árboles. Esto podía significar dos cosas: o bien que había un incendio natural, cosa poco probable, o bien que existía gente que habitaba ese trozo de tierra dejado de la mano de Oda, y con suerte, sería un poblado en el que podrían reabastecerse y de paso descubrir con mayor rapidez qué peligros o misterios aguardaban en la isla.

Tras una suave travesía en la que el viento fue amainando lentamente y el cielo gris dejó paso a cálidos rayos de Sol, en tan solo quince minutos lograron su cometido. Otra cala a unos noventa y cinco grados con respecto a la primera que vislumbraron les sería de gran ayuda para pisar tierra firme.

Como no, Luffy no se pudo contener. A unos escasos 200 metros de su destino, cogió a Usopp y a Chopper del cuello, mientras anunciaban con fuertes golpes de voz que les esperaba una gran aventura. Curiosamente, Usopp, para variar, no se veía afectado por su particular enfermedad al no parecer presentar ningún riesgo la recientemente descubierta isla. Sanji preparaba el almuerzo pirata y Franky hacía los preparativos necesarios para liberar al Mini Merry II, cada vez un poco más castigado de todos los episodios vividos con la banda.

— ¡Icen velas!— ordenó Nami.

— ¡Oi, Nami, el capitán soy yo!— le replicó Luffy.

— ¡Si fuera por ti habrías atracado hace diez minutos y te hubieras puesto a escalar tú solo!— le respondió. Y sí, tenía razón.

Luffy hizo un mohín de resignación. El pobre capitán frustrado por su navegante se sentó en el mascarón en señal de disgusto. Sabía que Nami tenía razón, la quería mucho, por supuesto, pero sus ansias de aventura se habían convertido en una necesidad que le ponía los nervios a flor de piel.

No pasó mucho tiempo hasta que el ancla se dejó caer y se posó sobre la arena a ocho metros de profundidad. No era lo más óptimo, pero era lo máximo que se podía conseguir debido a las fluctuaciones de altura que había en el fondo marino que rodeaba la isla.

— Qué extraño— comentó Nami a su amiga—. No sólo parece que no haya un terreno regular bajo el agua, sino que además no hemos encontrado animales a esta distancia; ni peces ni gaviotas.

— Estamos en el Nuevo Mundo— le recordó Robin—, quizás la fauna pueda ser tan exclusiva como el clima.

— Supongo que tienes razón.— respondió Nami, poco convencida de la explicación.

El Mini Merry hizo su aparición y se dirigieron a la orilla. En primer lugar irían tres de los cuatro usuarios: Robin, Chopper y Luffy, escoltados por Usopp. Luffy fue el primero en bajarse de la pequeña embarcación y dio vueltas por la pequeña cala. En menos de un minuto quedó decepcionado al comprobar que sólo había arena. Poco después, Usopp trajo consigo a Nami, Zoro y Sanji. Franky y Brook se ofrecieron a vigilar el barco en ausencia del resto de Mugiwaras.

Cuando los piratas restantes desembarcaron, Luffy se dirigió a Nami con vigor.

— ¡Nami, aquí no hay nada!— le reprochó.

— Ni que fuese mi culpa— respondió serena—. Pero tienes razón, ni siquiera hay conchas a pie de mar, parece como si no hubiera vida animal…

— Eso no está mal, Zoro— añadió Robin—. Podríamos perdernos juntos sin sentirnos vigilados por nada.

Zoro inmediatamente se quedó sin habla y se puso rojo como un tomate.

— Fufufu.— rió Robin.

Entre las protestas de Usopp por ser demasiada información, la navegante en cierto modo sentía incluso envidia de ello, por primera vez en su vida. No hablaba de Zoro, obviamente, pero desde luego que le gustaría hablar de esos temas con Luffy de forma tan natural. Aunque de aquí a que pudiese despertar esa clase de necesidades en el moreno… "Veo más cercano el día en que una chica le enseñe las bragas a Brook", pensaba Nami al respecto.

Sin esperar mucho más, los siete mugiwaras que se fueron a explorar emprendieron su expedición encabezados por Luffy. Ascendieron al bosque por un pequeño camino que parecía marcado de forma artificial. La navegante y la arqueóloga se encontraban cada vez más confundidas después de su charla antes de llegar a la isla: ¿alguien ha hecho este camino? ¿Y qué hay del humo que divisaron, cuándo había cesado?

Cuando llegaron al bosque, se fijaron en la cantidad insana de altos ficus que yacían allí, con hermosas orquídeas que adornaban el paisaje. Naturalmente, Chopper se detenía a buscar hierbas que pudieran servirle de ayuda en sus complejos fármacos. Las lianas que obstruían a veces el camino eran cortadas fácilmente por el espadachín peliverde en un santiamén, y Nami y Robin no paraban de elogiar la belleza de los paisajes.

— Luffy— indicó la navegante, cogiendo el brazo del moreno—, ahora que eres mi novio vas a tener que llevarme a más sitios como éste.

— Si hay carne me apunto, shishishi.— bromeó el capitán. Nami, poco después, mordió pícaramente el lóbulo de Luffy, esperando a su reacción. El chico paró de reír y casi se olvidó de dónde estaba. "Esto marcha", pensó la pelinaranja.

Sanji se encontraba delante de Zoro y Robin. Esta última se arrimaba más de lo que el rubio podía soportar ver a ese mierdoso marimo. Andaba casi a patadas, nervioso, y la taquicardia no cesó cuando vio que su dulce Nami-swan arañaba con los dientes de esa forma la oreja de su capitán. Sin embargo, como excelente cocinero profesional que era, su responsabilidad recaía en encontrar género que recolectar para los suyos. Aún en busca de un poblado, todo aquello que pudiera ser cazado de una buena patada, sería dinero que ahorraría a su pelinaranja, y desde luego que como cualquier otro miembro de la tripulación temía pedirle dinero a Nami aunque fuese por algo de primera necesidad.

De pronto, vio algo que le parecía ser una cola de alguna especie pequeña asomar detrás de un árbol.

— ¡Comida, a las dos!— indicó Sanji centrado— ¡Corred, antes de que escape!

Sanji, seguido de un hambriento Luffy, se abalanzó a por esa aparentemente fácil presa. No parecía ser lo más apetecible del Grand Line: la cola de color amarillo mostaza medía apenas unos 9 centímetros, pero cualquier cosa les valía. Inconscientemente comenzaron a competir por ver quién lo cazaba antes, y emprendieron algo similar a una carrera, donde se empujaban en horizontal, furiosos. Curiosamente, el sombrero de Luffy también parecía competir con la corbata del rubio, sólo que por ver cuál de estas dos prendas se meneaba más con el viento que tenían de frente. Los pasos eran cada vez más rápidos, largos y fuertes. Los mugiwaras restantes lo veían de lejos sin inmutarse, era el espectáculo de cada día.

Finalmente, Luffy y Sanji, en un duelo por demostrar su hombría, saltaron los metros que hicieron falta para alcanzar con la punta de los dedos esa cola de un color tan particular para tratarse de un animal

— ¡Ganaré yo!— exclamaron al unísono.

Y cuando la caída con el firme destino de la tierra húmeda de aquellos lares estaba por finalizar, a ambos se le hizo interminable. No les bastaba con usar su brazo para echar al otro fuera de la trayectoria. Además, estiraban ligeramente los dedos de los pies como si, de alguna forma, esto les fuera a suponer una ventaja decisiva en la pequeña competencia improvisada.

Y la punta del dedo anular de Sanji hizo contacto con la cola del animal… O presunto animal. El rubio agarró con fuerza la cola y Luffy la miró con decepción: la cola no era más que un peluche.

Inmediatamente después, comenzaron a oír sonidos de armas amartillándose por detrás. Varios centenares de hombres vestidos de paisanos corrientes se amontonaron a espaldas de estos dos. Casi sin dar lugar a reacción, los mugiwaras restantes estuvieron ágiles. Nami montó su Clima Tact, Zoro desenvainó dos de sus katanas, Chopper se transformó en su Kung Fu Point, Usopp tensó su Kuro Kabuto y Robin cruzó sus brazos lista para usar su habilidad.

Sin embargo, más muchedumbre apareció armada detrás de los otros, y poco a poco fueron rodeándoles. La tensión se podía cortar con un alfiler y los piratas estaban a la espera de que Luffy atacase. Usualmente, el capitán atacaría nada más ver que su tripulación se sentía amenazada, pero este caso era diferente. Él, con su haki, no hallaba intención maligna por parte de sus opresores.

Sanji permanecía sereno y comprobaba su perímetro con detenimiento, hasta que se dio cuenta de algo revelador, y que sería pensamiento común en los siete piratas.

— ¿Les tiemblan las piernas?— preguntó Zoro.

Y en efecto, la mayoría tenía una expresión mucho más propia de un pánico monumental que de un feroz enfado. Algunos tenían notables gotas de sudor frío recorrer sus frentes. Otros no atinaban con su pulso a apuntar a los piratas. La banda, confusa, optó por guardar sus armas. Luffy y Sanji se reagruparon con sus compañeros, y el círculo de gente aparentemente amenazante, se cerró sin dejarles salida posible.

— No pretendemos hacer daño a nadie.— comentó Nami, despreocupada.

— ¿Y… Y qué?— dijo uno de los civiles— ¡KOMARU-SAN NOS CONFIÓ LA ISLA!

— ¿Komaru-san?— preguntó Robin— ¿Quién es?

— ¡N… No necesitas saberlo!— contestó otro.

Entonces, a Nami se le iluminó la mente con una gran idea.

— ¿Otra vez esos Sombrero de Paja haciéndose pasar por nosotros?— rechistó molesta. Dio varios pasos al frente y bajó el arma de uno de los civiles— ¡Oye, mira que atacarnos sin comprobar que somos nosotros! ¡Nosotros somos los piratas de...— Nami miró a sus compañeros y se fijó en el menos reputado de entre todos ellos— Jackie, el Reno!

Los civiles comenzaron a guardar la calma y, uno a uno, comenzaron a bajar sus rifles y pistolas. Sus rostros pasaron a ser mucho más despreocupados y felices, como si una carga se les hubiera desprendido.

— ¡Menos mal!— exclamó un civil— ¡Komaru-san nos dijo que los Piratas del Sombrero de Paja eran muy peligrosos!

— Ese chico tiene un sombrero de paja, ¡pero supongo que habrá a raudales en el mundo exterior!

"Parece que no tienen ni idea de lo que hay más allá de esta isla", pensó la navegante.

— Oye, ¿pero tenéis carne en esta isla?— preguntó Luffy al verse observado por el comentario de antes.

— Claro, ¿cómo te llamas, chico?— contestó uno de los presuntos subordinados de Komaru.

— Me llamo Luffy.— dijo sonriente. Como era obvio, los otros Mugiwara tragaron saliva y aguardaron nerviosos la respuesta de los civiles.

— ¡Pues bienvenido, Luffy!— exclamó el mismo, generando confusión entre los piratas— ¿Qué tal si os acercáis al poblado a pasar el día?— sugirió.

— ¡Por supuesto! Shishishi.— contestó radiante Luffy.

— ¿Y no debería contestar el capitán?— dijeron extrañados algunos de los paisanos.

— ¡Oi, yo soy el cap-!— Robin frenó a Luffy en seco tapándole la boca con una mano fleur y le dio un ligero empujón a Chopper a modo de toque de atención.

— ¡Con mucho gusto, el capitán Jackie acepta!— exclamó Chopper de modo muy entusiasmado. Parecía que se hallaba verdaderamente ilusionado con su nuevo y falso rol.

Y tras susurrarle la situación a Luffy y convencerle de que no siempre la verdad conducía a todos lados, partieron rumbo al poblado, a unos seiscientos metros de su posición actual. A lo lejos, se podía apreciar que una bandera ondeaba a lo alto de una muralla que describía el perímetro de la villa. También se veía el perfil a contraluz de unos edificios de no más de dos o tres pisos, que conformarían el concepto que la banda podía tener de aquel pueblo.

Caminando y luchando contra las lianas y matorrales que obstruían el camino, Robin no tardó en comentar con su amiga.

— Hace dos minutos vi un mosquito— le dijo la arqueóloga—, y ahora hay muchos que parecen locos por nuestra sangre.

— Es extraño— respondió la navegante—, y empiezo a escuchar el piar de algunos pájaros a lo lejos. Cuanto más nos acercamos a su poblado…

Y entonces, Nami sintió que algo agarraba con fuerza su mano izquierda y giró fugazmente la mirada, para encontrárselo a él. Ella creía que estar rodeado de potenciales aventuras le inhibía de todo, sin embargo, parece haber añadido una excepción con ella.

— Luffy— dijo la pelinaranja, sonrojada—, no sabía que hasta podrías ser romántico a veces.

Y al escuchar estas palabras, Luffy frunció el ceño, ruborizado como su navegante y se lo tomó como un reto personal. Soltó su mano y la agarró de la cintura, arrimándola a él.

— No sé de qué va eso de ser romántico— confesó Luffy—. Yo sólo lo hago porque se me apetece, ¡por eso soy un pirata!

— ¡Hahaha!— rió Nami, apoyando su cabeza en el hombro del moreno— Supongo que eso me vale.— le contestó sonriente, y entonces notó una mano traviesa que bajaba más allá de su espalda— ¿¡Lu… Luffy!?

El grupo de civiles se detuvo a escasos metros de la puerta principal y tocaron el enorme portón de acero de unos cinco metros de alto y tres y medio de ancho. Pasó un minuto hasta que, como muestra de confirmación del mensaje, una columna de humo se levantó entre los edificios y la puerta comenzó a abrirse lentamente, con un descomunal ruido acompañándola.

Y cuando la puerta se hubo abierto completamente, los rostros de Luffy y Chopper se iluminaron por completo y dejaron todo lo que estaban haciendo y se adelantaron a su particular escolta. Y perplejos ambos, entonaron la misma palabra al unísono.

— ¡SUGOOOOI!— exclamaron.

No era para menos. Animales propios de ese bosque convivían en total armonía con humanos (o eso parecía). Osos que ayudaban a cargar enormes cajas, jaguares que servían de transporte para los niños que paseaban con sus padres y hasta azores con carteras en sus picos, probablemente llenas de documentos o correo. Como no podía ser de otra manera, estos dos se lanzaron a hacer nuevos amigos animales, de los cuales la villa estaba repleta.

— Ossan— dijo Usopp a uno de los civiles armados, ligeramente entrado en la tercera edad—, ¿porque sólo hay animales en el poblado y cerca de él?— preguntó.

— ¡Oh! Desde que llegó Komaru-san e hizo florecer de nuevo la isla, nos pidió que se lo agradeciésemos trasladando la fauna a la villa y dejándole instalar esas barreras invisibles para comunicarnos con el exterior— contestó—. Probablemente ya las hayan percibido con los desniveles de la orilla. ¡No sabemos para qué quiere todo eso, pero ha devuelto a Soyuma la riqueza de prados de la que presumíamos cuando yo era joven!

— ¿Entonces no siempre fue así la isla?— interrogó Nami.

— Lo era, hasta que una época de sequía hizo estragos irreparables...— confesó el viejo con tristeza— Como el clima del Nuevo Mundo no se puede predecir, nuestros antepasados no se pudieron preparar para afrontarla. Nuestra flora se desvaneció y poco a poco comenzaron a extinguirse especies de la isla. Eso trajo consigo hambre, muchísima hambre, y el hambre deshumaniza a la gente— Sanji asintió resignado ante esta declaración—. Este pequeño pueblo se convirtió en una carnicería durante años, donde los más humildes elegían morirse de hambre y los más despiadados…— el viejo derramó una lágrima— Los más despiadados mataban a los más humildes en pos de hacer lo que hicieron a mis padres…

— No me diga que...— le dijo Robin aterrada.

— Sí, señorita, se puso de moda entre esa pequeña parte de la población...— el viejo rompió a llorar— El canibalismo.

Los rostros de los cinco piratas que escuchaban el relato se tornó pálido. No pudieron evitar empatizar con el pobre y curtido aldeano, ni siquiera Zoro. No obstante, el viejo dejó de llorar y se secó las lágrimas.

— ¡Pero eso ya no importa! ¡Sólo es pasado!— exclamó feliz— ¡Nosotros, los guardianes que sobrevivimos a esa época, nos encargamos de asegurarnos de que los forasteros no son ninguno de los que Komaru-san nos advierte, a la vez que traemos a la villa los animales extraviados fuera de los límites de la aldea!

— Pero… Las flores por ejemplo, necesitan de las abejas para la polinización.— le reprochó Nami.

— ¡Komaru-san se encarga de todo eso, hahaha!

— Es usted muy sabio, Ossan, ¿cómo se llama?— le preguntó Usopp.

— ¡Mi nombre es Fray!— contestó enérgicamente.

A pesar del optimismo que desprendía la aldea, los piratas (salvo dos que estaban en su salsa jugando con animales exóticos que habitaban la isla) se encontraban ciertamente incómodos. Algo, y en especial el misterio de quién podría ser ese Komaru ocupaban sus pensamientos. Esa maldita isla tenía algo que les daba mala espina y que no les permitía bajar la guardia en ningún momento.

Zoro alzó la mirada hacia arriba casualmente. Sus ojos se quedaron como platos. Su respiración se cortó. Tragó saliva.

Nami y Robin sintieron como Zoro les tocaba con el dedo en la espalda. Ambas se giraron y siguieron con las miradas el recorrido de la única pupila de Zoro. Alzaron la vista al cielo y la vieron, la imponente bandera que ondeaba por encima de la muralla custodiando la peculiar ciudad: ¡la bandera del Gobierno Mundial!

"¿Ese Komaru-san es en realidad…?", pensó Nami.

Y por si fuera poco, antes de darles tiempo a reaccionar ante tan impactante choque de realidad, unos gritos seguidos de unos acelerados pasos se oían a lo lejos. Reconocían esas voces. Los piratas se tornaron para encontrarse con Brook y Franky reclamando atención. Y haber siquiera llegado al lugar donde estaban, le escucharon alto y claro.

— ¡Chicos!— gritó Franky.

— ¡NO VAMOS A PODER ZARPAR!— exclamó Brook con todas sus fuerzas.

Fin del capítulo 5.

Aviso que en el siguiente capítulo habrá lemon y cambiaré a M (y la parte del lemon la marcaré con barreras fosforescentes si es necesario). Por el momento cambio a T ya que eso del canibalismo no es muy de "todos los públicos".

¡Un saludo y gracias por leer, nos vemos en el siguiente capítulo!