¡Hola a todos! Hace unos… ¿20 días que no actualizo? Lo lamento, pero uno tiene vacaciones, y desafortunadamente los planes de estas se torcieron. Y creedme, escribir con la pantalla táctil del móvil es verdaderamente agotador, así que espero que comprendais así mi decisión de escribir nada más volver, ¡pero pulsando teclas de verdad!
Bueno, soy consciente también de que el capítulo anterior no fue el más aceptado. ¡Pero eso es genial! Había probado algo nuevo, con lo cual sé que tengo que mejorar para la próxima, y eso siempre es bueno. Pero es gracias a vosotros que me lo hacéis saber. Desde luego que sería mucho peor lanzar un capítulo sin saber qué os ha parecido, entonces no aprendería nada, y como no soy escritor profesional, es un grandísimo detalle. En otras palabras: prefiero que me digáis que antes que al lemon me dedique al parchís a que el mutismo reine.
¡Os dejo con el capítulo! ¡Un saludo!
Capítulo 7: Fray
El mediodía amenazaba con llegar. El Sol así lo indicaba, alejándose lentamente de la perpendicular con el suelo.
En aquel almacén se reunían en la puerta la banda de los Sombrero de Paja. Los piratas habían acordado salir a buscar información, y eso iban a hacer, no sin antes recuperar fuerzas de su actividad mañanera en la isla y el intenso ejercicio de ciertos dos hacía no mucho. Afortunadamente, en la cocina había recursos suficientes como para preparar un almuerzo contundente (y sólo suficiente para Luffy).
Se encontraban conversando de pie formando un círculo, cruzando palabras sin excesivo orden. Eran piratas, el turno de palabra y los modales eran, a fin de cuentas, los justos en una discusión con el resto del grupo. Daba igual el respeto que se pudieran tener.
Luffy proponía buscar más comida, Franky buscar Cola para el barco y Nami hallar la ubicación del tal Komaru, mientras el resto se ponía a favor de uno de los tres, excepto Robin que, por supuesto, observaba riendo.
Finalmente, la banda se dividió en dos grupos. El primero estaba formado por Sanji, Robin, Nami y Usopp. Estos cuatro irían a buscar información sobre Komaru, averiguar sus planes y dónde se encontraba. El otro grupo, que reunía a Luffy, Zoro, Franky, Brook y Chopper, se encargaría de buscar combustible para el Sunny. Luffy se empeñaba en que buscaría comida por el camino, el resto no lo dudó ni un instante y decidieron evitar cualquier expedición fuera de lugar por parte de su capitán, así que Chopper le suministró una pastilla que, aseguraba, "le quitaría el hambre". Por desgracia para Luffy, lo único que le dio fue el cansancio suficiente para que sus pensamientos contrarios a los que tengan que ver con la quietud no se llevasen a cabo.
La prioridad era especialmente alta para los del segundo grupo. El principal problema era que no sabían exactamente a qué se enfrentaban. Daba igual que Luffy hubiese logrado vencer a un Yonko (aunque fuese con ayuda de Nami). A pesar de que ahora mismo fuese una de las personas más fuertes de todo el Nuevo Mundo, aquellos que buscan su cabeza, sea la Marina o piratas que buscan reconocimiento, no dudarán en ponerle trampas que puedan suprimir la distancia que hay entre sus poderes. Y Robin, que hacía gala de su inteligencia cada día, tenía en su mente un posible escenario que podría realizarse más tarde o más temprano, y que su capitán bajo ningún concepto podría soportar: un secuestro de su navegante. Si bien el poner en peligro a un nakama le haría llegar al fin del mundo para rescatarlo, la simple idea de que Nami está en serios apuros le podría colerizar hasta el punto de perder el control de sus actos y ser una presa fácil si hay un buen plan trazado detrás. Así pues, era vital poder tener una vía de escape, y para ello deberían necesitar de las herramientas del Sunny, ya que el método "tradicional" (el viento) no se hallaba disponible.
No obstante, Nami y Robin decidieron ir juntas por un simple motivo: ambas eran, con suma diferencia, las más inteligentes de la embarcación. Si alguien podía hilar las diferentes pistas que pretendían conseguir, eran ellas. Sólo ellas estaban capacitadas para tal maniobra, y sabiendo esto, Sanji decidió afianzar su escolta junto con Usopp cubriendo la retaguardia. ¿Por qué? Por el simple motivo de que si Komaru sospechara de cualquier movimiento de los Mugiwara, a falta de averiguar quién era en realidad, suponían que intentaría aprisionarles. Lo único que sabían era que trabajaba para el Gobierno Mundial, y que dicha organización era uno de sus más feroces enemigos.
Luffy caminaba a duras penas, con los ojos entreabiertos y procurando no sucumbir al sueño. Esto, sumado a su narcolepsia, era casi una bomba que podía estallar en cualquier momento y mandar al moreno derechito al mundo de los sueños. Se apoyaba en Zoro para poder caminar con cierta decencia.
— Chopper— dijo un adormilado Luffy—, creo que tengo aún más hambre ahora.
— Oi, ¿es que tu estómago tiene fin?— le preguntó Zoro.
Chopper le miró con serenidad, bastante espasmosa para estar a punto de mentirle. Desde luego estaban curados de espanto y no querían ver como Luffy se dispersaba por la isla, más aún con animales sueltos y en presunta convivencia con los aldeanos que podría hasta usar de comida de emergencia.
— Es normal— le dijo—, se te pasará en un rato.
En lugar de aliviarse, un maremoto de sonidos se desataba en el estómago del moreno. Estaba cansado hasta para lanzar visuales propias de su "modo depredador", en busca de comida como si de Sanji buscando mujeres se tratase.
El grupo se detuvo al encontrarse frente a ellos a Fray, junto con una mujer de tercera edad. Sus pálidos rostros preocuparon a los Sombrero de Paja, que no tardaron en acercarse a ellos. Más pesar fue para ellos observar que vestían kimonos de un profundo negro. Las lágrimas que brotaban de los ojos de la mujer, que parecía ser su esposa, no ayudaban a calmar a los chicos. Parecía que a aquella señora le iba a saltar otra cana más.
— Ossan, ¿está usted bien?— le interrogó Franky, en un tono muy serio.
— Pasa a menudo— respondió rápidamente Fray—… No hay de qué preocuparse. Es natural. Es normal.
— ¿Van de luto?— le preguntó Zoro, con la intención de que su respuesta fuese más que una afirmación.
Fray alzó la mirada y lanzó una sonrisa descaradamente falsa.
— No pasa nada, muchos de nosotros morimos en el bosque— mencionó—. Pero esta vez… le ha tocado a él.— y entonces ni la mejor fingida de todas las sonrisas pudo contener una profunda lágrima llena de pena que recorría su mejilla de arriba a abajo.
Los dos afligidos continuaron su camino, rodeando a los Sombrero de paja y, ante la atónita mirada de los chicos, su paso se aligeró.
Al mismo tiempo, Nami salía de un pequeño comercio. La autarquía parecía funcionar bien allí. Con sus peculiaridades, claro está: animales que ayudaban a seres humanos hasta crecer y ser sacrificados en pos de ser alimento para sus dueños. La villa, pensándolo bien, estaba dotada de una honda tristeza. Nunca puede ser agradable entablar lazos con un ser al que tú mismo vas a matar para alimentarte de él.
De nuevo, Usopp y Sanji descubrieron por el rostro de su navegante, que la investigación había sido fallida.
— ¿Nada?— dijo Usopp.
— Los forasteros no podemos saber a penas sobre Komaru— contestó—. Salvo que es poco menos que un Dios para ellos.
— ¡Nami-swaaaan, de mí puedes conocerlo todo si quieres!— exclamó Sanji, de rodillas ante ella y con corazones en sus pupilas.
Nami le propinó una patada en la cara para tumbarlo y apartarlo de ella.
— De tí no hay mucho más que saber, acosa mujeres— le dijo, un poco molesta.
— ¡Nami-san es tan bonita cuando se hace la dura!— añadió Sanji. Con la suela de los zapatos de plataforma de Nami tatuada en su cara, claro.
Robin apareció con un rostro más bien inexpresivo (como de costumbre). Al verla, el resto pareció preguntarle con la mirada si había averiguado algo. Robin negó con la cabeza y la frustración se volvió a hacer presente.
— No deberían buscarse tantos problemas.
Aquella voz alertó a todos los demás. Una voz que provenía de un hombre que ni siquiera habían visto llegar. Sanji se puso rápidamente en pie y contempló a aquel hombre que se hallaba justo detrás de Usopp. Usopp, temblando y tratando de contener el pánico, no quiso siquiera voltear la mirada.
Ese caballero llevaba una camisa azul oscuro, con unos pantalones y corbata blancos. Sus zapatillas contrastaban con su vestimenta elegante e informal. Sus marcados rasgos faciales y una espesa barba le definían una personalidad mayor aún que su reluciente calva.
— Llevo años intentando desmantelar todo esto— dijo, ante el mutismo de los demás—. Si se meten, lo echarán a perder. Entonces no habrá misión que tenga que dejar atrás por ir a capturarlos.
Dicho lo cual, en un pestañeo que casi les hace creer que todo lo anterior había sido una mera ilusión, desapareció. La banda pestañeó para comprobar que, en efecto, era real. Y para asombro de ellos, lo era.
— Ese hombre… ¿quién era?— preguntó patidifusa la navegante.
Paralelamente, en algún lugar subterráneo de la isla, con un tragaluz que permitía el peso de los rayos del sol en el recinto, se encontraba Komaru. Un lugar oscuro, afectado por el temible paso de los años, que a nadie perdona, era ahora un recinto habilitado para almacenar un horno de fundición a escasos metros de un completísimo laboratorio. Sin embargo, a pesar de que el complejo contaba con las últimas novedades tecnológicas y una puerta de acero que aislaba la temperatura procedente del interior de la habitación consecutiva, cualquiera diría que es un viejo almacén, pues incluso los insectos parecían haber reclamado como suyo el lugar.
Komaru estaba sentado tranquilamente, observando un monitor con ciertos gráficos incomprensibles para todo aquel que no tuviese los conocimientos adecuados. El hombre dibujó en su rostro una sonrisa tan terrorífica como satisfactoria. Su mirada era un chorro de información que no necesitaba ser transmitida con palabras. Parecía decir tan solo con el ángulo de sus cejas: "lo he conseguido".
— Mugiwara— dijo pausadamente—, llegas en el mejor momento.— sentenció justo antes de echar a reír.
Podía leerse en la inscripción de una puerta que daba a un sótano aún más profundo: "karouseki".
Había pasado ya un buen rato desde que Luffy y los suyos partieron en su marcha. Su objetivo no había cambiado, pero sus fuerzas sí. La villa era, sin duda, calurosa. Resultaba irónico que aquellos que quisieron dejar a Luffy sin un ápice de su aliento fuesen ahora los jadeantes exhaustos, muertos en ganas de un poco de agua. Y mientras, Luffy daba vueltas, jugueteaba con los animales y se distraía con todo lo que les rodeaba.
— ¡Luffy, estate quieto!— le rechistó Zoro a lo lejos.
— Pobre Nami— mencionó Franky—, desde luego es como tener por novio a un crío.
— Quizás sea un maestro del Ittoryu— bromeó Brook, causando la risa de todos excepto del inocente reno.
— Pero Luffy no usa espadas.— replicó Chopper, algo confundido.
— Olvídalo.— le ordenó Zoro.
Como si de una premonición se tratase, apareció Nami junto con sus compañeros a lo lejos. Poco a poco aquella silueta a contraluz iba definiéndose más. Llevaban dos horas dando vueltas con el fin de cumplir sus peculiares misiones y ninguno había tenido éxito, aunque sin duda alguna ambos bandos habían tenido encuentros que necesitaban de ser compartidos.
Nada más vio la sombra de ella, de su navegante, Luffy se volvió aún más excitado (en el buen sentido de la palabra). Corrió disparado hacia ella, gritando su nombre como si quisiese que el mundo entero supiese de su existencia. En cierto modo se sentía orgulloso de que la gente la observase y supiese que él tenía motivos para gritar su nombre, y sólo el de ella. De alguna forma, le gustaba pensar que era suya, y que nadie se la podía quitar. No era un sentimiento posesivo, sino más bien satisfactorio.
Pero los pies del moreno se frenaron en seco y su expresión pasó a preocupación cuando vio que la felicidad que él desprendía no era contagiada al resto, y mucho menos a ella. El rostro de Nami era serio, como si fuese a anunciar una mala noticia al mundo. El resto de lo integrantes del grupo de Luffy se aproximó a ver qué ocurría.
— Nami, ¿estás bien?— preguntó apresurado su capitán.
— Luffy— mencionó Robin—, tenemos que irnos de aquí.
— Pero dijimos que habría una aventura, y le patearíamos el culo a ese...— las réplicas del moreno fueron cortadas por su navegante.
— Luffy, ahora eres un yonko, y debes asumir esa responsabilidad— la frialdad de la mirada que le lanzó Nami a Luffy, acompañada de esas palabras, no era propia de ella—. Alguien más se está encargando de esto, no podemos ayudar a nadie.
En un caso normal, Luffy habría protestado, hubiera discutido hasta el infinito por quedarse y tener un poco de acción. Pero sin embargo, sólo podía pensar en quién era la mujer que tenía delante. Porque esa no era Nami, era una impostora, ¿verdad? Porque esa mirada era tan distante que le hacía olvidar por completo lo que hacía unas horas ocurrió en esa habitación, lo que hace unos días empezó entre ellos dos. Lo que desde hace dos años y medio existe en su propia vida: esa no era Nami.
Y Luffy se negaba a creer lo que veía.
— Nami, ¿te ha sentado mal la comida?— preguntó, buscando dentro de sus ojos a la de hace unas horas.
— Luffy, si quieres cumplir tu sueño, lo primero es estar vivo— le mencionó la navegante—. No hay tiempo para ayudar a nadie, somos piratas.
— ¡CÁLLATE!— y tras ese grito, los ojos de todos los Mugiwaras se abrieron como si de cráteres se tratasen, y en especial, los de la muchacha a la que iba dirigida la orden— ¡Somos libres de hacer lo que nos plazca! Bueno, aún no, ¡pero lo seremos!— dijo Luffy, atropellándose las palabras— ¿Dónde quedó lo de ser más fuerte? ¿Lo de protegerme?
— ¡HAGO ESTO PORQUE QUIERO PROTEGERTE!— le replicó, silenciándole en un instante. Y entonces, una lágrima que deseaba saltas del ojo de la navegante saltó de ipso facto. Sus ojos se volvieron acuosos. Se mordió el labio y agachó la cabeza para que nadie viera su debilidad. Porque sabía que la veían llorar, pero su fuerte espíritu se resignaba a asumirlo— ¿Es que te crees que no sé que toda esta gente está siendo engañada?— le lanzó— Yo no quiero abandonarles, pero… prometí protegerte y— Luffy se ajustó el sombrero— si no sabemos qué tenemos delante, no sé cómo protegerte.
Luffy dio un paso al frente.
— Es el precio de querer darle tus mandarinas a un pirata— le dijo. Nami levantó la mirada y vio su rostro serio, con los ojos oscuros por la sombra que proyectaba su sombrero. Entonces, como si de un chispazo se tratase, Nami recapacitó. Y recordó, recordó, recordó las palabras de Robin hace unos minutos. "Es el precio de amar a un pirata", le había dicho. Su mundo volvió a cobrar sentido, y ella se sentía profundamente avergonzada consigo misma. Y es que se dio cuenta de que era mentira, que lo que había dicha era mentira: que si no sabe a qué se enfrentan, la mejor forma de proteger a Luffy es confiar en él. Como siempre había hecho.
Pero el reencuentro fue interrumpido de nuevo. Parecía cosa del destino que no pudieran tener un segundo tranquilos.
Más pronto que tarde, se vieron rodeados de decenas de soldados, con toscas escopetas y algunos con desafiladas espadas. Con la diferencia de que esta vez no tenían miedo. Que su cuerpo les temblaba de furia, de rabia contenida. Que estaban empuñando sus armas con verdadero odio, con auténtica intención de disparar. Y esto lo percibieron los nueve al instante.
— No os mováis o no nos contendremos.— advirtió uno de ellos.
Las miradas de los aldeanos que circulaban normalmente no hacían más que buscar la escena y preguntarse qué habían hecho ahora. Y más aún los familiares de los guerreros se cuestionaban: qué les habrían dicho para pasar de estar al borde del pánico a infundir algo de respeto, más allá del que les otorgaba el arma que empuñaban.
Los Mugiwara permanecieron en silencio. Luffy miró por última vez a Nami para comprobar que lo de antes no le suponía un problema. Y así es, nadie diría que hacía unos segundos estaba llorando, arrepentida. Luffy sonrió sutilmente de orgullo. Robin cruzó una mirada con Zoro y ambos asintieron.
De entre todos los que amenazaban y retenían a la banda, uno llamó la atención de todos. Uno particularmente furioso, colérico e impaciente. Uno cuyos ojos eran verdaderas cascadas.
— Fray— le llamó Robin en un tono preocupado—, ¿qué está pasando?
— ¡Cállate, asesina!— le recriminó.
— ¡Oi!— exclamó Zoro, agarrando el puñal de una de sus espadas.
Y entonces, un hombre de de mediana edad, corto de estatura y con el pelo corto casi a ras de la piel, se abrió paso entre la multitud. Su camiseta negra sin tirantes dejaban ver unos trabajadísimos músculos en sus brazos. En lugar de pantalones, llevaba un kilt escocés de colores tan llamativos que parecían tener luz propia, y que le cubría por encima de sus sandalias naranjas se separaban del pie del hombre por unos calcetines negros.
El hombre miró a los piratas con sus intimidantes ojos verdes como la esmeralda, con las manos en los bolsillos y un puro en la boca.
— Creo que estábais buscando a un tal Komaru— dijo con una voz tremendamente ronca—. Pues ese soy yo— lo sombrero de paja fruncieron el ceño—. Ah, y quedan detenidos por el asesinato este mediodía de uno de nuestros soldados y por arrojar a otro a un oso fuera de los límites de la ciudad.
Las manos de Fray agarraron el arma con más fuerza.
— ¡Por el asesinato de mi sobrino!— exclamó Fray.
Fin del capítulo 7.
¡Espero que os haya gustado! No olvidéis que una review ayuda y motiva, a partes iguales. Me gustaría que me dijerais qué os ha parecido el aspecto de Komaru. He pretendido que sea lo más peculiar posible para que sea lo más realista posible (todos sabemos la afición de Oda a poner personajes… "especiales", sobre todo antes del timeskip).
¡Muchas gracias y un saludo!
