Disclaimer: Los personajes de Los Juegos del Hambre son propiedad de Suzanne Collins.


Advertencia: AU.


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1

Los Tributos

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Apenas abro los ojos me doy cuenta que el sol ya está brillando fuera de mi ventana. Por lo general, alguna sirvienta me despierta temprano para ir a la escuela en los días de semana, pero hoy no hay clases, porque se supone que todo el país está de fiesta.

Salgo de la cama con movimientos lentos. No me apetece apresurar éste día, el día de la Cosecha, así que me visto con verdadera parsimonia. Una de las sirvientas ya dejó un bonito vestido nuevo de color blanco cuidadosamente planchado para mí sobre mi cama, por lo que asumo que será mi nueva ropa de la cosecha. Lo reconozco casi al instante cuando toco su tela suave y delicada. Mi madre lo encargó al Capitolio hace meses; uno de los lujos que podemos permitirnos ya que mi padre es el alcalde del Distrito 12. Además, debemos vernos bien para este día. El Capitolio siempre exige que los chicos en edad de ser cosechados visitamos nuestras mejores ropas en caso de que nuestros nombres sean elegidos. Es solo una más de las cosas horribles que pasan en estas fechas, pero, como siempre, prefiero no pensar en eso o hace que todo sea aún más difícil.

Mi baño ya está listo, y después de secarme me visto y peino mi cabello con un lazo; no es un peinado muy elaborado, pero no soy muy hábil con mis manos. A mí madre le gustaba peinarme cuando era niña, pero esos días ya han quedado atrás, y pedirle ayuda a alguna sirvienta se siente extraño ahora que soy mayor. Pero mi cabello se ve bonito, decido mientras admiro mi imagen en el espejo. Mi vestido también se ve bonito, como mis zapatos nuevos de tacón. Me veo bastante deslumbrante, y eso es algo incómodo teniendo en cuenta que somos uno de los distritos más pobres del país. No se siente correcto usar ropas tan elegantes, pero no tengo opción. Muy pocas personas la tienen en realidad.

Por ser una ocasión especial, me pongo un poco de brillo en los labios como toque final, pero antes de salir de mi habitación me detengo a observar el joyero que mi madre me obsequió cuando era pequeña. Las joyas no me enloquecen, pero decido usar un pequeño prendedor que había pertenecido a algún familiar como adorno. No sé la historia, pero, francamente, no me interesa en un día como hoy.

Bajo a desayunar, pero no hay nadie que me acompañe. Mi padre debe estar demasiado ocupado preparando cada detalle para la llegada de la gente del Capitolio, y mamá… bueno, ella debe estar donde siempre, postrada en su cama por los Dolores constantes que la aquejan. La escena no me resulta desconocida. Todos los años es igual; todos los años acabo sola en la mesa. Pero no los culpo, sé lo doloroso que es para mi familia pensar que hoy podría ser el día en que me perdieran. Aunque solo ellos parecen creer que la posibilidad es real; la mayoría de los sirvientes me miran con algo de resentimiento igual que todos los años, como si supieran que mi nombre nunca saldrá en la cosecha por ser hija del alcalde.

No quisiera que sus miradas rencorosas y mal disimuladas me afecten, pero lo hacen. No solo hoy; esa es la forma en que la mayoría de los chicos de la escuela me miran, o las personas que me ven en la ciudad. Si hay algo que las personas odian tanto o más que al Capitolio es a aquellos que de alguna forma se benefician de él, personas como mis padres, y como yo con mi nuevo y reluciente vestido blanco.

Pero de nuevo, como mi padre siempre dice, no dejo que eso me afecte, y solo termino mi comida en silencio, retirándome a la sala de música, en donde me quedo matando el tiempo hasta que sea hora de salir. La plaza está a solo una calle de casa, así que no necesito salir con mucho tiempo de anticipación.

Por lo general, practico con el piano por las tardes, pero hoy es un día de excepciones, y la música me ayuda a relajarme. No soy de las que tienen muchos talentos, pero soy muy buena con el piano, la mejor del distrito en palabras de mi maestra de música, lo que me enorgullece.

Llevo un buen rato practicando cuando que veo a alguien acercándose a casa por la ventana, así que me detengo y me levanto del piano, yendo hasta el estudio de papá para buscar el dinero que siempre aparta para las fresas que le compra semanalmente a Katniss Everdeen esta temporada, y corro hacia la puerta trasera para recibirla.

Reconozco a Katniss al instante, pues estamos en la misma clase en la escuela, aunque me cuesta un poco más recordar el nombre del chico que va con ella. Ambos se parecen, pero eso tal vez sea porque los dos pertenecen a la Veta, la parte más pobre del Distrito 12.

Me agrada Katniss; es reservada, igual que yo. Como ninguna de las dos tiene un grupo de amigos, parece que casi siempre acabamos juntas en clase. Durante la comida, en las reuniones, cuando se hacen grupos para las actividades deportivas. Siempre que hay que interactuar con los demás, preferimos hacerlo la una con la otra. Además, apenas hablamos, lo que nos va bien a las dos ya que ninguna es muy buena en eso.

Gale, el chico que está con ella, es hijo de una lavandera, y unos años mayor, así que no lo conozco mucho, pero lo he visto muchas veces caminando con Katniss hacia la escuela, vendiendo sus presas con ella por la ciudad, o recogiendo la ropa que su madre lava para la gente del vecindario comerciante. Nosotros tenemos muchos sirvientes que lavan la ropa, por eso nunca requerimos sus servicios, y por eso nunca he hablado con Gale directamente.

Pero todo el mundo lo conoce por ser el compañero de Katniss. Los dos son los únicos que se aventuran a cazar y recolectar frutos al otro lado de la valla que rodea el distrito, y la gente los admira por eso. Francamente, no tengo idea de como lo hacen, pero lo cierto es que siempre he admirado a Katniss por eso. Yo no podría alejarme tanto de la ciudad, mucho menos internarme en el bosque con todos los peligros y la posibilidad de ser castigada por los agentes de la paz. Aunque mi padre sabe de sus incursiones y nunca ha ordenado que la castiguen, e incluso suele comprar las fresas que recoge el la Pradera. Así es como llamamos al lugar que se encuentra más allá de la valla y que es inaccesible para todo el mundo, excepto para Katniss y su amigo.

Cuando me ve, Katniss sonríe y yo le regreso el gesto. Es extraño ver que hoy ha cambiado su gastado uniforme escolar por unas sucias botas de caza y una enorme chaqueta. Gale Hawthorne está vestido de manera similar. Me pregunto si esa será su ropa para la Cosecha, aunque lo dudo.

Pero bueno, en realidad no sé mucho más sobre Gale, excepto que es muy cercano a Katniss. Ah, y, también que, por alguna razón, él me detesta.

—Bonito vestido— dice de repente, sorprendiéndome al notar que se dirige a mí. Lo miro fijamente, mientras intento averiguar si se trata de un cumplido de verdad o de una ironía. En realidad, el vestido es bonito, aunque nunca lo habría llevado un día normal. Pero decido que eso no es importante; después de todo, sé que las personas como Gale me detestan por no tener carencias como ellos.

¿Qué podía hacer yo para evitarlo? Soy consciente de que soy muy privilegiada por ser la hija del alcalde, pero la mirada de las personas como él a veces me hace desear que no fuera así. Aprieto los labios y sonrío.

—Bueno, tengo que lucir bonita por si acabo en el Capitolio, ¿no?

Ahora es Gale el que está desconcertado, incluso yo me sorprendo: ¿lo dije en serio o estoy tomándole el pelo? No tengo idea.

—Tú no irás al Capitolio— responde con frialdad, la misma que veo en los ojos ee los sirvientes de la casa. Sus ojos se posan en el pequeño adorno circular que llevo en el vestido; es de oro puro, de bella factura; sé que serviría para dar de comer a una familia entera durante varios meses . ¿Cuántas inscripciones puedes tener? ¿Cinco? Yo ya tenía seis con sólo doce años.

—No es culpa suya —interviene Katniss.

—No, no es culpa de nadie. Las cosas son como son —apostilla Gale con brusquedad.

—Buena suerte, Katniss —digo al fin, con rostro inexpresivo, poniéndole el dinero de las fresas en la mano.

—Lo mismo digo —responde ella, y cierro la puerta.

Me tomo un segundo para procesar lo que acaba de suceder. Siempre supe que Gale me odia, y no es la primera vez que escucho comentarios ácidos como ése, pero hoy, sus palabras en verdad me han herido.

Soy hija única. No tengo hermanos ni a nadie más que a mis padres. Nadie por quién preocuparme, nadie que dependa de mí, como ellos. Incluso siendo la única hija de mis padres siempre hemos llevado una relación más bien un poco distante.

El Distrito 12 es el distrito más pobre de todo el país de Panem. Personas como Gale y Katniss mueren de hambre en las calles todos los días, o, en su defecto, en las minas de carbón, como lo hicieron sus respectivos padres. Pero nada de eso es mi culpa. Las cosas son como son, y punto; aunque eso no quita la culpa de mi pecho, y la culpa abre paso a la vergüenza. Vergüenza por no saber lo que es la necesidad en un distrito donde la mayoría no tiene qué comer; vergüenza por dedicarme todas las tardes a repasar aburridas escalas en el piano mientras muchas personas trabajan en las minas o rebuscan la forma de subsistir en una sociedad completamente injusta.

Es tonto, pero no puedo evitar sentirme así, en especial cuando gente como Gale Hawthorne me recuerda lo afortunada que soy.

Papá me acompaña a almorzar, pero ninguno tiene mucho apetito. Nadie dice nada más allá de algunos sonidos monótonos, y él se retira antes para ir a la estación a esperar a Effie Trinket, la acompañante del Capitolio. Los sirvientes guardan el cerdo. Supongo que celebraremos con él en la noche.

Me despido de mamá y salgo de casa con algo de tiempo, antes que ella y su enfermera. La asistencia es obligatoria, a no ser que estés a las puertas de la muerte. Esta noche los funcionarios recorrerán las casas para comprobarlo. Si alguien ha mentido, lo meterán en la cárcel, y no hay excepciones, ni siquiera para la familia del alcalde.

Es una verdadera pena que la ceremonia de la cosecha se celebre en la plaza, uno de los pocos lugares agradables del Distrito 12. La plaza está rodeada de tiendas y, en los días de mercado, sobre todo si hace buen tiempo, parece que es una fiesta. Sin embargo, hoy, a pesar de los banderines de colores que cuelgan de los edificios, se respira un ambiente de tristeza. Las cámaras de televisión, encaramadas como águilas ratoneras en los tejados, sólo sirven para acentuar la sensación.

La gente entra en silencio y ficha; la cosecha también es la oportunidad perfecta para que el Capitolio lleve la cuenta de la población. Conducen a los chicos de entre doce y dieciocho años a las áreas delimitadas con cuerdas y divididas por edades, con los mayores delante y los más jóvenes detrás. Los familiares se ponen en fila alrededor del perímetro, todos tomados con fuerza de la mano. También hay otros, los que no tienen a nadie que perder o ya no les importa, que se cuelan entre la multitud para apostar por quiénes serán los dos chicos elegidos. Se apuesta por la edad que tendrán, por si serán de la Veta o hijos de comerciantes, o por si se derrumbarán y se echarán a llorar. La mayoría se niega a hacer tratos con ellos, salvo con mucha precaución; esas mismas personas suelen ser informantes, y ¿quién no ha infringido la ley alguna vez? Podrían pegarle un tiro a Katniss todos los días por dedicarse a la caza furtiva, pero los apetitos de los que están al mando, como mi padre, la protegen; no todos pueden decir lo mismo.

La plaza se va llenando, y se vuelve más claustrofóbica conforme llega la gente. A pesar de su tamaño, no es lo bastante grande para dar cabida a toda la población del Distrito 12, que es de unos ocho mil habitantes. Los que llegan los últimos tienen que quedarse en las calles adyacentes, desde donde podrán ver el acontecimiento en las pantallas, ya que el Estado lo televisa en directo.

Me encuentro de pie, en un grupo de chicos de dieciséis años de la ciudad. Junto a mí veo a Delly y a May, las hijas del zapatero. Intercambiamos saludos con la cabeza y centramos nuestra atención en el escenario provisional que han construido delante del Edificio de Justicia. Allí hay tres sillas, un podio y dos grandes urnas redondas de cristal, una para los chicos y otra para las chicas. Me quedo mirando los trozos de papel de la bola de las chicas: cinco de ellos tienen escrito con sumo cuidado el nombre de Madge Undersee.

Dos de las tres sillas están ocupadas por mi padre, el alcalde, y Effie Trinket, la acompañante del Distrito 12, recién llegada del Capitolio, con su aterradora sonrisa blanca, el pelo rosáceo y un traje verde primavera. Los dos murmuran entre sí y miran con preocupación el asiento vacío.

Justo cuando el reloj da las dos, mi padre sube al podio y empieza a leer. Es la misma historia de todos los años, en la que habla de la creación de Panem, el país que se levantó de las cenizas de un lugar antes llamado Norteamérica. Enumera la lista de desastres, las sequías, las tormentas, los incendios, los mares que subieron y se tragaron gran parte de la tierra, y la brutal guerra por hacerse con los pocos recursos que quedaron. El resultado fue Panem, un reluciente Capitolio rodeado por trece distritos, que llevó la paz y la prosperidad a sus ciudadanos. Entonces llegaron los Días Oscuros, la rebelión de los distritos contra el Capitolio. Derrotaron a doce de ellos y aniquilaron al decimotercero. El Tratado de la Traición nos dio unas nuevas leyes para garantizar la paz y, como recordatorio anual de que los Días Oscuros no deben volver a repetirse, nos dio también los Juegos del Hambre.

No presto demasiada atención al discurso; casi me lo sé de memoria, pero me quedo con algunas cosas, como: para que resulte humillante además de una tortura, el Capitolio exige que tratemos los Juegos del Hambre como una festividad, un acontecimiento deportivo en el que los distritos compiten entre sí. Al último tributo vivo, de los veinticuatro que enviarán al estadio, se le recompensa con una vida fácil, y su distrito recibe premios, sobre todo comida. El Capitolio regala cereales y aceite al distrito ganador durante todo el año, e incluso algunos manjares como azúcar, mientras el resto de los distritos, como el nuestro, lucha por no morir de hambre.

—Es el momento de arrepentirse, y también de dar gracias— recita mi padre con voz firme. La mayoría de los chicos se ponen tiesos al escucharlo, y puedo sentir algunas de sus miradas afiladas sobre mi espalda mientras papá lee la lista de los habitantes del Distrito 12 que han ganado en anteriores ediciones.

En setenta y cuatro años hemos tenido exactamente dos, y sólo uno sigue vivo: Haymitch Abernathy, un barrigón de mediana edad que, en estos momentos, aparece berreando algo ininteligible, se tambalea en el escenario y se deja caer sobre la tercera silla. Está borracho, y mucho. La multitud responde con su aplauso protocolario, pero el hombre está aturdido e intenta darle un gran abrazo a Effie Trinket, que apenas consigue zafarse.

Mi padre parece angustiado. Como todo se televisa en directo, ahora mismo el Distrito 12 es el hazmerreír de Panem, y él lo sabe. Intenta devolver rápidamente la atención a la cosecha presentando a Effie Trinket.

La mujer, tan alegre y vivaracha como siempre, sube a trote ligero al podio y saluda con su habitual:

—¡Felices Juegos del Hambre! ¡Y que la suerte esté siempre, siempre de su lado!

Seguro que su pelo rosa es una peluca, porque tiene los rizos algo torcidos después de su encuentro con Haymitch.

Effie empieza a hablar sobre el honor que supone estar allí, aunque todos saben lo mucho que desea una promoción a un distrito mejor, con ganadores de verdad, en vez de borrachos que te acosan delante de todo el país.

Aburrida, localizo a Katniss entre la multitud, pero ella no me devuelve la mirada; parece concentrada buscando a otra persona. Estoy casi segura de que a Gale, o a su hermanita menor, Prim.

«No te preocupes, hay miles de papeletas», desearía poder decirle. Después de todo, me agrada Katniss, y de verdad lamento que aún tenga que pasar por esto después de todo lo que su familia ha sufrido.

El momento del sorteo llega. Effie Trinket dice lo de siempre, «¡las damas primero!», y se acerca a la urna de cristal con los nombres de las chicas. Mete la mano hasta el fondo y saca un trozo de papel. La multitud contiene el aliento, se podría oír un alfiler caer, y yo empiezo a sentir náuseas y a desear desesperadamente que no sea yo.

Effie Trinket vuelve al podio, alisa el trozo de papel y lee el nombre con voz clara; y no soy yo.

Es Primrose Everdeen.

De inmediato regreso la mirada a Katniss. Se ve confusa y aterrada, pero parece que realmente no estuviera allí. Entonces empieza a moverse entre los otros chicos, yendo directamente hacia su hermana menor mientras un desgarrador grito con su nombre escapa de su garganta.

Siento una gran opresión en el corazón. Conozco a Primrose; es una chica muy dulce y frágil y Katniss, su hermana, es, probablemente, mi mejor y única amiga en todo el mundo. Ver el dolor en su rostro es como un detonante. De pronto, me encuentro recordando las palabras de Gale:

«Tú no irás al Capitolio», entonces, la culpa regresa.

No es justo.

No es justo, la familia de Katniss ya ha sufrido demasiado; en cambio yo…

La culpa y la vergüenza regresan mientras se me acaba el aire de los pulmones. El mundo a mi alrededor parece moverse en cámara lenta de repente, y siento que algo pulsa en mis oídos mientras escucho la conmoción general.

Si hay algo peor que los Juegos, es enviar a un niño de doce años a ellos. Un niño demasiado pequeño incluso para dar batalla, por lo que ir al Capitolio a esa edad es desde el inicio una sentencia de muerte segura. Primrose no tiene oportunidad, ni siquiera de intentar vivir más allá de un par de días.

Katniss la perderá, así como perdió a su padre. La Veta perderá otro niño más, igual que cada año, mientras yo me quedaré a salvo en mi casa, con mi familia y todas las comodidades que ellos ni siquiera sueñan con tener.

La conmoción en mi cabeza es tal que ni siquiera pienso en mis acciones.

—¡Soy voluntaria! —grito con todas mis fuerzas, antes de poder caer en cuenta de lo que hago.

La conmoción es tal que Effie Trinket trastabilla en sus costosos zapatos de tacón y tira la urna de los chicos por su torpeza. Mi madre me mira, como si no creyera lo que acabo de hacer, y deduzco que yo estoy igual, porque, por un segundo, todo me parece irreal. Aun así, alzo el mentón tanto como puedo y camino hacia el escenario.

—¡Madge, no! —grita mi padre, pero no insiste. Sabe que ya es inútil. Katniss, que se había abrazado con fuerza a su hermana, suelta un momento a Prim y me abraza con fuerza antes de que dos agentes de la paz nos separen y me obliguen a caminar hacia el escenario.

Cuando llego junto a Effie, ella me sonríe con su siniestra sonrisa blanca y me da unas palmaditas, eufórica.

—¡Ése es el espíritu de los Juegos! — exclama —¡La hija de un alcalde es voluntaria! ¡Que gran honor! ¿Cómo te llamas, linda?

Hasta ese momento, creo que no soy capaz de entender lo que en realidad pasa a mí alrededor. Sin embargo, de alguna forma consigo aclararme la garganta y hablar finalmente.

—Madge Undersee.

—¡Estupendo! —chilla Effie—. Creo que podemos pasarnos la parte de pedir voluntarios, ¿no es así, alcalde? —mi padre no responde, pero en sus ojos reconozco el dolor que mi acción le provocó —¡Perfecto! Entonces, ¡vamos a darle un aplauso a nuestra voluntaria!

Silencio.

Sé que la gente del Distrito no me conoce, por lo que no tiene razones para apreciarme. Aun así, todos guardan un respetuoso silencio. Entonces pasa algo inesperado; al menos, yo no lo espero, porque no creo que el Distrito 12 sea un lugar que se preocupe por mí. Sin embargo, algo ha cambiado desde que subí al escenario para ocupar el lugar de Prim, y ahora parece que me he convertido en alguien amado. Primero Katniss, después su madre y Prim y, al final, casi todos los que se encuentran en la multitud se llevan los tres dedos centrales de la mano izquierda a los labios y después me señalan con ellos. Es un gesto antiguo (y rara vez usado) de nuestro distrito que a veces se ve en los funerales; es un gesto de dar gracias, de admiración, de despedida a un ser querido.

No quería llorar, pero ahora sí corro el peligro de hacerlo, pero, por suerte, Haymitch escoge este preciso momento para acercarse dando traspiés por el escenario y felicitarme.

—¡Mírenla, mírenla bien! —brama, pasándome un brazo sobre los hombros. Tiene una fuerza sorprendente para estar tan hecho pedazos . ¡Me gusta! —el aliento le huele a licor y hace bastante tiempo que no se baña. Mucho...—no le sale la palabra durante un rato . ¡Coraje! —exclama al fin, triunfal . ¡Más que ustedes! —me suelta y se dirige a la parte delantera del escenario —. ¡Más que todos ustedes! —grita, señalando directamente a la cámara.

¿Se refiere a la audiencia o está tan borracho que es capaz de meterse con el Capitolio? Nunca lo sabré, porque, justo cuando abre la boca para seguir, Haymitch se cae del escenario y pierde la conciencia.

No lo conozco en persona, aunque siempre me pareció un hombre muy desagradable, pero me siento agradecida porque, con todas las cámaras fijas en él, tengo el tiempo suficiente para dejar escapar el ruidito ahogado que me bloquea la garganta y recuperarme. Pongo las manos detrás de la espalda y miro hacia adelante. Veo las colinas a lo lejos del distrito y recuerdo a Katniss, mi única amiga. Entonces, sé que hice lo correcto, porque, si yo no lo hacia, estoy segura de ella hubiera tomado el lugar de Prim. Me sentí feliz porque, por primera vez en mi vida, he hecho algo bueno por alguien más: ahora Katniss y su hermana podrán continuar con sus vidas en el Distrito 12. Tal vez no vidas felices, pero sanas y salvas. O eso me digo para no desmoronarme en este mismo instante y frente a todas estas personas.

A Haymitch se lo llevan en una camilla y Effie Trinket intenta volver a poner el espectáculo en marcha.

—¡Qué día tan emocionante! —exclama, mientras manosea su peluca para ponerla en su sitio, ya que se ha torcido notablemente hacia la derecha —. ¡Pero todavía queda más emoción! ¡Ha llegado el momento de elegir a nuestro tributo masculino! —con la clara intención de contener la precaria situación de su cabello, avanza hacia la bola de los chicos con una mano en la cabeza; dos agentes de paz habían vuelto a colocarla en su sitio mientras ella hablaba. Effie mete la mano en la urna y yo la observo, dándome cuenta de algo sorprendente: una papeleta había quedado fuera de la urna, escondida bajo uno de sus puntiagudos zapatos. Contengo una risa. Puede que algún otro afortunado se salvara hoy. Effie Trinket toma la primera papeleta que se encuentra, vuelve rápidamente al podio y yo ni siquiera tengo tiempo para volver a alzar la mirada cuando la escucho exclamar:

—¡Gale Hawthorne!

Mi respiración se detiene, y mi corazón se acelera al máximo.

«Oh, no— pienso. Él no.»


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Primera vez que incursiono en éste fandom.

Qué tal les pareció?

Espero sus reseñas!

H.S.