Disclaimer: Los personajes de Los Juegos del Hambre pertenecen a Suzanne Collins.

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2

Maysi

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Estuve muchas veces en el Edificio de Justicia antes; podía decirse que lo conozco como a la palma de mi mano. Pero nunca lo había visto de esa forma, como una prisión.

Intento no llorar porque, ahora que ya entré en el juego, sólo me queda jugar. No puedo dejarme llevar y salir de esa habitación con los ojos hinchados y la nariz roja. Sé que los demás tributos podrán verme como alguien débil y, aunque en verdad lo soy, quiero pensar que, tal vez, tengo alguna remota oportunidad de al menos intentarlo.

Cuando mis padres entran en la habitación me quiebro. Mamá llora como nunca antes y papá guarda su distancia, aunque se ve igual de compungido que ella. Los tres nos abrazamos en silencio, y yo lloro en el hombro de mi madre hasta casi quedarme sin lágrimas.

— ¿Por qué lo hiciste, Madge?— me dice ella—. Mi hermana… ¡Ella…! No tú, por favor. ¡No mi hija!— grita, rompiendo en llanto, histérica. Ya me esperaba la pregunta, pero oírla salir de sus labios hace que todo el peso de mis acciones caiga sobre mí.

— ¿Por qué, hija?— la secunda mi padre, haciendo más énfasis en el 'por qué'— ¡No debiste hacerlo!

Reúno las fuerzas suficientes para romper el abrazo y miro a los dos a la cara mientras limpio la mía.

—No espero que entiendan mis razones— digo— Lo hecho, hecho está. Lamento mucho hacerlos pasar por esto, pero…pero…— me quiebro otra vez, justo antes de que mis padres vuelvan a unirnos a los tres en un largo abrazo familiar.

—¡Ya perdí a una hermana! No quiero perderte a ti también...— el grito de dolor de mi madre cesa hasta convertirse en un doloroso susurro.

No entiendo nada, ¿qué tiene que ver mi tía con todo esto? Sin embargo, la respuesta llega sola:

—La hermana gemela de tu madre fue un tributo.

Culpa otra vez.

Parpadeo muchas veces mientras intento procesar eso.

Mi madre nunca hablaba de su hermana, y ahora entiendo por qué.

— ¡Tú puedes hacer algo! ¡Habla con la gente del Capitolio! ¡Diles que todo fue un error! ¡Que Madge no sabía lo que hacía!— le grita a mi padre, separándose de nosotros.

Papá suspira con cansancio y enjuga las pequeñas lágrimas que amenazan con caer de sus profundos ojos azules.

—No puedo hacer eso, y lo sabes…— dice con la voz estremecida. Mamá emite un chillido ahogado y se deshace en lágrimas mientras vuelve a abrazarme, sin dejar de preguntarme por qué lo había hecho. Papá sólo nos mira. Tengo que admitir que en verdad agradezco su entereza. Me permite ser fuerte también.

Mamá chilla, grita, y mi corazón se deshace cuando sufre un ataque de histeria y dos agentes de la paz tienen que entrar para sacarla. Mi padre se queda unos segundos más conmigo, abrazándome mientras llora en silencio.

—Tienes que intentar ganar, Madge— me dice— Tú sabes cómo son los Juegos. No necesitas ser el tributo más fuerte para ganar…, basta…, basta con que simpatices al público para conseguir patrocinadores. Haz lo que sea necesario; sé simpática, eres una jovencita muy hermosa, y eres muy inteligente. Deslúmbralos y regresa a casa…

Gruesas lágrimas vuelven a caer por mis ojos. Papá habla con tal seguridad que creo que en verdad piensa que tengo oportunidad de ganar, pero estoy segura que en el fondo sabe que no tengo chance alguna. Aun así, intento no hacerle más daño.

—Lo haré. Lo prometo. Te amo, papá.

Seguimos abrazados hasta que un agente de la paz abre la puerta.

—Lo siento, alcalde Undersee, pero no puedo dejarlo más tiempo.

Mi padre me abraza con mucha más fuerza, negándose a salir por un momento, pero acaba cediendo.

—Te amamos, hija— Me besa la frente por última vez y sostiene mi mano mientras comienza a alejarse.

— ¡Cuida de mamá!— alcanzo a gritar antes de que la puerta se cerrara tras él.

Cuando él se va, me quedo en donde estoy. Ya no lloro, no me muevo ni hago nada. Sólo me quedo de pie, demasiado conmocionada como para hacer o decir algo; sin embargo, el sonido de la puerta me hace reaccionar de nuevo.

Para mi sorpresa, Katniss entra al cuarto, seguida de una tímida Prim.

—Oh, Madge— exclama y, sorpresivamente, me abraza. Noto que tiembla ligeramente— No debiste hacerlo… debería haber sido yo quien se ofreciera como voluntaria.

Niego en silencio y me separo de ella con lentitud.

—No, Katniss. Tu familia te necesita aquí, sana y salva. Yo estaré bien…— intento calmarla, y, asimismo, calmarme yo también. Entonces, reparo en algo y tomo su mano con fuerza— Siento mucho lo de Gale…— murmuro. No sé si ellos son sólo amigos o algo más, pero sé que son muy unidos; mientras pienso en ello recuerdo la papeleta bajo el zapato de Effie y no puedo evitar preguntarme si el nombre de Gale hubiera sido escogido si esa papeleta hubiera estado en la urna. Supongo que nunca lo sabré— En verdad lo lamento… ¿ya lo viste?

—Sí. Acabamos de despedirnos, pero los agentes de la paz no nos dejaron mucho tiempo… Gale quería decirme algo, pero no pude oírlo…

—Ah…— suspiro, y me quedo sin tema de conversación. Si bien siempre consideré a Katniss como mi amiga, lo cierto es que muy pocas veces teníamos charlas casuales. Aunque esto es más bien una despedida que una conversación trivial. Aun así, ninguna dice nada por un rato.

—Madge…— Prim da un paso hacia adelante. Sus ojos están llorosos— Muchas gracias— rompe en llanto cuando me abraza, temblando en mis brazos. Yo sólo le regreso el gesto, intentando no volver a llorar.

Las tres nos quedamos en silencio un momento, entonces Katniss se pone de pie y camina hasta ponerse detrás mío, sujetando mi cabello.

—Si vas a ir al Capitolio, será mejor que arregles tu cabello, ¿no crees?— intenta bromear para hacerme sentir mejor; por supuesto, los efusivos abrazos con mis padres tuvieron que haber dejado mi cabello hecho un desastre.

—Por supuesto. Te importaría…

—Claro que no.

Katniss suelta el lazo de mi cabello y comienza a trensarlo mientras Prim nos observa. Agradezco su gesto, pues de esa forma evitamos la incómoda sensación de no saber qué decir. Cuando acaba, adorna el final de la trenza con un bonito lazo azul que no es el mío.

—Es un regalo de Prim— me dice Katniss mientras miro el lazo.

—Es para que te dé suerte— añade su hermanita.

Contemplo la trenza y el lazo y les entrego una sonrisa de agradecimiento hasta que otro agente de la paz nos anuncia que se ha acabado el tiempo.

Prim me da un último abrazo, al igual que Katniss, pero antes de que se alejara para siempre de mí, la retengo y la miro a los ojos.

—Katniss… sé lo mucho que significa para ti, y prometo hacer lo posible por que Gale regrese a casa.

Ni sé por qué digo eso, pero Katniss me lo agradece con otro abrazo y un pequeño sollozo antes de que los agentes la sacaran, dejándome sola una vez más.

Así se aleja mi mejor amiga. Sin embargo, no tengo demasiado tiempo para procesar lo que acaba de ocurrir, porque la puerta vuelve a abrirse, y por ella entra la persona que menos hubiera imaginado: Peeta Mellark.

— ¿Peeta?— no escondo la sorpresa en mi voz. Peeta sacude su rizado cabello rubio y me mira. No estaba compungido ni ansioso, cosa que ayudó a que me tranquilizara.

—Fue muy valiente lo que hiciste— dice— Ten, mi padre las envió para ti.

Me pasa un pequeño paquete de galletas. Peeta es el hijo del panadero, y uno de los mejores reposteros que he conocido.

—Gracias— digo, aceptando su regalo— Adoro las galletas de tu panadería.

—Lo sé. Cuando éramos niños no parabas de comerlas…

—Es verdad— río. Aunque la amistad que alguna vez tuve con Peeta había quedado en el olvido, aún conservo gratos recuerdos.

Guardamos silencio por un rato.

—No debes preocuparte por tus padres. Iré a visitarlos todos los días, y me encargaré de que estén bien.

—Oh, Peeta— no resisto el impulso y lo abrazo. Él tarda unos segundos en corresponder, pero acaba rodeando mi cintura con sus fuertes brazos— Hazlo, por favor. Les hará muy bien tu compañía cuando... cuando yo ya no esté...

—Tienes que intentar ganar, Madge— dice— Eres muy lista, y también eres fuerte. Sé que puedes lograrlo…

—Eso es mentira— lo corrijo, aunque sin molestia ni enfado en mi voz— Gale es mucho más fuerte y hábil que yo. Además, sabe cazar y hacer trampas.

— ¿Y qué? Tal vez sea habilidoso, pero tú eres más lista. ¿Recuerdas que en la escuela nos contaron del año en que el ganador fue un debilucho que electrocutó a la mayoría de sus enemigos? Sólo debes usar tu ingenio y podrías ganar, Madge, estoy seguro.

—Pero Peeta, ni siquiera sé qué cosas habrá en el estadio. Tal vez no me asesine otro tributo; quizá muera de frío o hambre.

Peeta se aleja un poco y tuerce los labios, pensativo.

—Tendrás que ingeniártelas para que eso no pase. Consigue aliados. Tal vez Gale podría ayudarte…

No puedo evitar soltar un bufido sarcástico.

—Sí, claro. Estoy segura de que estará ansioso por ayudarme… él me odia, Peeta. Si está ansioso por algo, debe ser por clavarme una flecha en el corazón.

—Eso no es así… creo— Peeta sonríe. Su sonrisa es tan clara, tan bonita y tan radiante que no puedo evitar sonreír también.

De pronto los dos callamos, hasta que él vuelve a hablar:

—Siento mucho que nos hayamos distanciado.

Muevo la cabeza.

—Olvídalo. Estás aquí ahora, y eso es lo que importa— tomo su mano y me aferro a ella con fuerza. Él entiende lo que quiero decirle y aprieta la mía.

Los agentes de la paz regresan demasiado pronto y Peeta se despide con otro fuerte abrazo.

—Tal vez no lo parezca, Madge, pero eres muy fuerte.

Emito un pequeño sollozo cuando me dice eso. Entonces, el agente comienza a alejarlo de mí.

— ¡Encontrarás la forma!— grita antes de que la puerta se cerrara. Y de nuevo me quedo sola, pero ya nadie viene a despedirse.

Vuelvo a ver a Gale cuando nos llevan en coche a la estación.

Sé que mis ojos están hinchados y llorosos, pero su rostro no muestra el menos atisbo de emoción; ni dolor, miedo, angustia o ira. Nada. Su expresión es tan fría que no parece ser el joven que abandona a una familia hambrienta que es. Lo contemplo atentamente durante todo el trayecto, pero a él parece no importarle; es más, siento como si estuviera procurando fingir que yo no estoy allí, aunque eso no me sorprende, pues sé que yo debería estar haciendo lo mismo. Después de todo, en unas semanas estaremos intentando matarnos el uno al otro. No es necesario que finjamos que nos agradamos antes de lo inevitable.

«En fin— pienso— Habrá otras 22 personas en el estadio. Sería una lástima que tuviéramos que asesinarnos el uno al otro»

Mi actitud es, quizá, demasiado pacifista respecto a los Juegos, y también sé que, tal vez, no le costará nada a Gale acabar conmigo cuando la hora llegue.

La estación del tren está a rebosar de cámaras, pero eso era de esperarse.

Bajo el rostro de inmediato. Intento ocultar mis ojos hinchados, pero creo no obtengo un buen resultado. Gale en cambio mira hacia el frente con indiferencia y algo de desprecio, como si estuviera por encima de todo el mundo. De repente, admiro mucho a Gale y a su actitud desdeñosa y aburrida.

Tenemos que quedarnos unos minutos en la puerta del tren, mientras las cámaras engullen nuestras imágenes; después nos dejan entrar al vagón y las puertas se cierran piadosamente detrás de nosotros. Me permito soltar un suspiro ahogado. El tren empieza a moverse de inmediato y tengo que esconder una sonrisa cuando Gale casi pierde el equilibrio por el brusco e inesperado movimiento y tiene que sostenerse de Effie para no caer. Obviamente, él nunca ha estado en un tren, ya que está prohibido viajar de un distrito a otro, salvo que se trate de tareas aprobadas por el Estado. En cambio, yo y mis padres hemos viajado al Capitolio, hace muchos años ya. Me pregunto si seguirá siendo tan colorido y majestuoso como lo era entonces… supongo que sí, puesto que puedo verlo todos los años en televisión; pero es mucho más impresionante y bello en persona.

Effie Trinket me lleva hasta la que será mi habitación para prepararme para la cena. El tren es muy elegante y lujoso; demasiado, quizá, pero no es nada que no haya visto antes. Cada uno tenemos nuestro propio alojamiento, compuesto por un dormitorio, un vestidor y un baño privado. Hay cajones llenos de ropa bonita, y Effie me dice que haga lo que quiera, que me ponga lo que quiera, que todo está a mi disposición. Mi única obligación es estar lista para la cena en una hora. Mientras inspecciono un poco pienso en Gale y en que ahora estamos en un mundo que él desconoce por completo. Me quito el vestido blanco y me doy una ducha rápida. Me pongo una camisa y unos pantalones de color verde oscuro.

En el último segundo me acuerdo de la pequeña insignia de oro que llevaba puesta esa mañana y le echo un buen vistazo por primera vez: es como si alguien hubiese creado un pajarito dorado y después lo hubiese rodeado con un anillo. El pájaro sólo está unido al anillo por la punta de las alas. De repente, lo reconozco: es un sinsajo.

Son unos pájaros curiosos, además de una especie de bofetón en la cara para el Capitolio. Escuché varias historias al respecto, aunque nunca tuve en claro por qué detestaban a esas aves. Los había en el Distrito 12, pero aun así nunca he visto uno en persona, pero oí decir que podían replicar cualquier canción que uno les cantase. Algún día me gustaría poder descubrirlo.

Effie viene a recogerme para la cena, y la sigo por un estrecho y agitado pasillo hasta llegar a un comedor con paredes de madera pulida. Hay una mesa en la que todos los platos son muy frágiles, y Gale Hawthorne está sentado esperándonos, con una silla vacía a su lado, vistiendo su ropa de la cosecha y de mal humor.

—Jovencito, creí haberles dicho que debían vestir apropiadamente para la cena. ¡Mira a ésta preciosidad!— se acerca a mí y me da una palmadita en la cabeza, como si estuviera felicitándome— No hay duda de que tienes mucha clase, querida. Podrías aprender mucho de ella, muchacho.

Mis mejillas arden cuando dice eso, y casi puedo sentir la filosa mirada de Gale como miles de dagas sobre mi piel.

—No todos nacemos en cunas de oro— responde él con desdén— Además, no quiero la ropa del Capitolio. Me gusta mucho más la mía.

Effie emite un pequeño chillido reprobador y desvía el rostro con ofensa.

— ¿Dónde está Haymitch?— pregunta de pronto, volviendo a usar su mismo tono alegre de siempre.

—La última vez que lo vi me dijo que iba a echarse una siesta— responde Gale de mala gana.

—Bueno, ha sido un día agotador— comenta ella, en el típico acento del Capitolio, y creo que se siente aliviada por la ausencia de Haymitch.

La cena sigue su curso: una espesa sopa de zanahorias, ensalada verde, chuletas de cordero y puré de patatas, queso y fruta, y una tarta de chocolate. Yo no tengo demasiado apetito, pero me sirvo un poco de sopa solo para mantenerme ocupada con algo; Gale, en cambio, se atiborra con todo lo que puede. Effie Trinket se pasa toda la comida recordándole que tenemos que dejar espacio, porque quedan más cosas, pero él no hace caso. No lo culpo, porque sé que nunca había visto una comida así, tan buena y abundante, y porque probablemente lo mejor que puede hacer hasta que empiecen los juegos es ganar unos cuantos kilos, aunque Gale es de contextura fuerte, pese a carecer de casi todas las necesidades básicas.

— ¡Así no! ¡Los cubiertos! ¡Cubiertos! ¿Dónde están tus modales, jovencito?— exclama Effie, mientras Gale termina el segundo plato; después lanza un suspiro frustrado y clava su mirada en mí. Al menos tú si tienes buenos modales, linda. ¡Que bueno que alguien más tenga un poco de clase! La pareja del año pasado se lo comía todo con las manos, como un par de salvajes. Consiguieron revolverme el estómago.

Intento sonreírle como respuesta. Gale, por su parte, deja de comer y miró a Effie con odio. La pareja del año pasado eran dos chicos de la Veta que nunca en su vida habían tenido suficiente para comer. Seguro que, cuando tuvieron toda aquella comida delante, los buenos modales en la mesa fueron la menor de sus preocupaciones. Yo soy la hija del alcalde; mi madre me enseñó a comer con educación porque solíamos asistir a varias fiestas en representación de nuestro distrito, así que, obligadamente, sé manejar el cuchillo y el tenedor, pero Gale no puede decir lo mismo. Sin dejar de mirar a Effie con rabia, empieza a masticar con la boca abierta y a chuparse los dedos con exagerados sonidos. Por mi parte, me asquea tanto el comentario que me gustaría hacer lo mismo que él, pero si lo hiciera no tardaría en devolverlo todo de inmediato. Gale después se limpia las manos en el mantel, lo que hace que Effie apriete los labios con fuerza.

Una vez terminada la comida, a pesar de que no comí demasiado, tengo que esforzarme por no vomitarla y veo que Gale también está un poco verde. Su estómago no está acostumbrado a unos alimentos tan lujosos.

Vamos a otro compartimento para ver el resumen de las cosechas de todo Panem. Intentan ir celebrándolas a lo largo del día, de modo que alguien pueda verlas todas en directo, aunque sólo la gente del Capitolio podría hacerlo, ya que ellos son los únicos que no tienen que ir a las cosechas.

Vemos las demás ceremonias una a una, los nombres, los que se ofrecen voluntarios y los que no, que abundan más. Examinamos las caras de los chicos contra los que competiremos y me quedo con algunas: una chica del Distrito 1 de brillante cabello rubio que Effie señala que se parece bastante a mí; un chico musculoso y bastante apuesto que se apresura a presentarse voluntario en el Distrito 2; un chico menudo y asustadizo del Distrito 9; y, lo más inquietante, una chica de doce años en el Distrito 11. Tiene piel y ojos oscuros, pero, aparte de eso, me recuerda a Prim tanto en tamaño como en comportamiento. Sin embargo, cuando sube al escenario y piden voluntarios, sólo se oye el viento que silba entre los decrépitos edificios que la rodean; nadie está dispuesto a ocupar su lugar.

Me siento muy mal por ella, y no puedo evitar sentirme orgullosa por haber salvado a Prim de un destino similar.

Por último, aparece el Distrito 12: el momento de la elección de Prim, yo presentándome voluntaria, y a mí misma subiendo al escenario. Los comentaristas no saben bien qué decir sobre la hija del alcalde que se ofrece como voluntaria por alguien que no es parte de su familia, pero, sobre todo, por la actitud del público, su negativa a aplaudir y el saludo silencioso. Uno dice que el Distrito 12 siempre ha estado un poco subdesarrollado, pero que las costumbres locales pueden resultar encantadoras. Se toman un minuto para reír del pequeño trastabille de Effie y de la caída de la urna, pero ninguno nota la papeleta que había quedado pegada a su zapato. Como si estuviese ensayado, Haymitch se cae y todos dejan escapar un gruñido cómico. Después sacan el nombre de Gale y casi se me parte el corazón cuando todos sus hermanos pequeños corrieron hacia él, pero Gale los aparta con seriedad y ocupa su lugar en silencio, nos damos la mano, ponen otra vez el himno y termina el programa.

Effie Trinket está disgustada por el estado de su peluca.

—Su mentor tiene mucho que aprender sobre la presentación y el comportamiento en la televisión.

—Estaba ebrio— respondo, sintiéndome mal por Haymitch de pronto—. No creo que disfrute mucho de la Cosecha. Por eso se embriaga todos los años.

—Todos los días— añade Gale, con brusquedad.

Es curioso, pero Effie hace que parezca como si Haymitch tuviese malos modales que pudieran corregirse con unos cuantos consejos suyos.

—Sí, no tiene ni un hueso de buenos modales en su cuerpo. Ustedes deberían estar preocupados. Ya saben que su mentor es el contacto con el mundo exterior en estos juegos, el que los aconsejará, les conseguirá patrocinadores y organizará la entrega de cualquier regalo. ¡Haymitch puede suponerles la diferencia entre la vida y la muerte!

En ese preciso momento, Haymitch entra tambaleándose en el compartimento.

— ¿Me perdí la cena?— pregunta, arrastrando las palabras. Después vomita en la cara alfombra y se cae encima de su propio vómito.

— ¡Qué desagradable!— exclama Effie Trinket; acto seguido se levanta de un salto, rodea el charco de vómito subida a sus zapatos puntiagudos y sale de la habitación.

Durante unos instantes, Gale y yo asimilamos la escena de nuestro mentor intentando levantarse del charco de vómito resbaladizo que soltó su estómago. El hedor a comida rancia y alcohol puro hace que se me revuelva aún más el estómago. Nos miramos; está claro que Haymitch no es gran cosa, pero Effie Trinket tiene razón en algo: una vez en el estadio, sólo lo tendremos a él. Iba a ayudarlo a levantarse cuando Gale me detiene:

—Déjalo así.

—Pero necesita nuestra ayuda.

—Da igual. En el estado que está no podrá identificar si la que lo ayuda eres tú o una zarigüeya.

— ¿Tropecé?— pregunta Haymitch. Huele mal.

Se limpia la nariz con la mano y se mancha la cara de vómito. Gale frunce el ceño y se pone de pie.

—Hablaremos cuando estés sobrio— gruñe y sale de la habitación.

Yo me quedo en mi lugar, contemplando a Haymitch. Siento mucha repulsión, pero mi educación me dicta que no puedo dejarlo allí tirado. Con mucho esfuerzo, intento ayudarlo a sentarse.

—Señor Abernathy, ¿se encuentra bien?

— ¿Quién demonios es el señor Abernathy?— exclama él, confuso; es más que claro que está muy ebrio. Entonces, Haymitch posa sus ojos oscuros sobre mí, y los abre de tal forma que me hace retroceder un paso, o al menos intentar hacerlo, porque él me sostiene con fuerza del brazo— Eres tú…— me dice, con voz ahogada; parece asustado, pero de pronto comienza a reír como un verdadero desquiciado— ¿Volviste para llevarme al infierno, eh?…— quiero replicar, pero no puedo, porque Haymitch suelta una carcajada gutural— ¡Pues que lástima, querida! Llegas tarde, porque yo ya estoy allí desde hace mucho tiempo…

Parpadeo repetidas veces, confundida. ¿Haymitch me habla a mí o a alguien imaginario? Abro la boca para recordarle que soy yo, pero me veo interrumpida:

— ¿Qué pasó?— uno de los ayudantes del Capitolio interrumpe justo a tiempo.

—Por favor, ayúdeme con él— consigo decir. La ayudante asiente y rápidamente comienza a asistir a Haymitch mientras yo me alejo poco a poco de él.

— Oye, ¡no te vayas aún, Maysilee! ¿Qué? ¿Sigues temiéndole al Capitolio?

Completamente confusa, de algún modo consigo regresar a mi habitación.

Maysilee… me pregunto quién será…, por alguna razón, el nombre me suena terriblemente, aunque no logro recordar de dónde.

Me visto con un camisón de seda y me meto en la cama, intentando olvidar el extraño incidente. Creí que lloraría al estar sola conmigo misma, al recordar mi hogar y a mis padres, pero nada de eso sucede.

Apenas apoyo la cabeza en la almohada, me quedo dormida.

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El sol comenzaba a salir por el horizonte cuando abro los ojos, pero no intento volver a dormirme; no tiene caso.

Me doy otra ducha y me visto con un traje de seda blanca. Busco la ropa que usé ayer y quito el prendedor de mi tía para abrocharlo en mi nueva ropa. Recorro con los dedos el círculo que rodea al pequeño sinsajo de oro y pienso en mi padre, y en mi madre levantándose, teniendo que enfrentarse al día. Dormí sin deshacer la larga trenza que Katniss me hizo; como todavía tiene buen aspecto, me dejo el cabello como está. Da igual: no podemos estar lejos del Capitolio y, cuando lleguemos a la ciudad, mi estilista decidirá el aspecto que voy a tener en las ceremonias de inauguración de esta noche. Sólo espero que no crea que la desnudez es el último grito de la moda.

Dudaba que alguien más hubiera despertado a esa hora, pero, extrañamente, cuando entro en el vagón comedor, me encuentro con un solitario Haymitch en la mesa, con la cara hinchada y roja por los abusos del día anterior. Vacilo durante un segundo sobre si acercarme a él después de lo ocurrido anoche, pero Haymitch enfoca sus ojos en mí antes de que pueda regresar por mi camino.

— Oh, eres tú. Ven, siéntate— exclama sin mucha emoción, haciendo señas con la mano.

En cuanto lo hago, me sirven una enorme bandeja de comida: huevos, jamón y montañas de patatas fritas. Hay un frutero metido en hielo, para que la fruta se mantenga fresca, y tengo delante una cesta de panecillos. También hay un elegante vaso con jugo de naranja. Una taza de café; mi padre adora el café, pero a mí me parece aguado y amargo. Al lado hay una taza con algo de color marrón intenso que me resulta muy conocida, aunque rara vez podemos permitírnoslo en casa. Es chocolate. Bebo un trago del líquido caliente, dulce y cremoso, y me recorre un escalofrío. Aunque el resto de la comida me llama, no le hago caso hasta que termino la taza. Después me atiborro de todo lo que puedo, procurando no pasarme con los alimentos más grasosos.

Por un segundo, es como si estuviera desayunando una vez más en mi casa.

Haymitch me observa largo rato a la cara, y después enfoca sus ojos grises en el prendedor de mi familia.

—Vaya. Es como estar viendo a Maysilee, ¿sabes?— de nuevo ese nombre; frunzo el ceño con intriga, e iba a replicar, pero él se me adelanta:— Eres idéntica a ella. Supongo que son familia. Ése pequeño sinsajo que llevas ahí era suyo, ¿verdad?

Abro los ojos, desconcertada. Pero, de pronto, lo entiendo todo: Maysilee Donner, la hermana gemela de mi madre.

— ¿Conoció a mi tía?

Mi pregunta lo desconcierta.

— ¿No lo sabes?

— ¿Saber? ¿Qué cosa?

Haymitch lanza un sonoro carraspeo y me mira con atención.

— ¿Sabes como murió?

—Sé que fue un tributo. Ayer me enteré. Pero mi madre nunca hablaba de ella.

—Oh— Haymitch carraspea y le da un sorbo a la taza que tiene frente a él— Una mujer muy sabia, tu madre… ¿Cómo era tu nombre? ¿Hija del alcalde Undersee?

—Es Madge.

—Madge— repite, pensativo— Es extraño, demasiado extraño. Además no tiene ningún atractivo. Eres como una copia de Maysilee, así que te llamaré: Maysi.

—Pero ese no es mi nombre, señor Abernathy.

—Oye, oye, oye. Si vamos a trabajar juntos, llámame Haymitch. El señor Abernathy era mi padre. Y si no te gusta tu nuevo nombre, Maysi, entonces podría llamarte preciosa, o cariño, o cielito; tú eliges, bonita.

—Maysi está bien.

—Buena elección.

Los dos guardamos silencio por espacio de unos minutos.

—Entonces, ¿conoció a mi tía?

Haymitch detuvo la taza que llevaba a sus labios y parece pensar la respuesta.

—No realmente.

—Oh.

Decido mejor no preguntar nada más. Él no parece dispuesto a conversar, y comienzo a pensar que, tal vez, las respuestas que tiene para darme no serán agradables.

De pronto, me estremece la idea de que Haymitch hubiese tenido que matar a mi tía. Después de todo, él es un ganador, y eso es lo que los ganadores hacían, ¿no?

Estaba sirviéndome un panecillo cuando Effie llegó, con Gale detrás de ella.

— ¡Buenos días, buenos días!— exclama con alegría— Siento la demora, pero cierto jovencito se negaba a levantarse de la cama esta mañana.

Gale suelta un gruñido mientras se deja caer en la silla vacía junto a Haymitch. Aún viste la ropa de la cosecha, y su cabello está completamente desarreglado.

— ¡Bah, Effie! Eres en verdad una molestia— gruñe Haymitch, riendo entre dientes.

— ¿Disculpa? ¡Perdón por intentar mantener un itinerario! ¡Pero, claro, ¿cómo podría pedirle eso a la persona más desesperante e irresponsable de todo Panem?!

—Tranquila, cariño. O te saldrán más arrugas— Effie emitió un pequeño chillido— Vaya, mujer, ¡sí que eres molesta! ¿No te cansas de parecer tan estreñida todo el tiempo?

Effie Trinket se pone de pie y sale por donde había llegado con una humeante taza de café en las manos mientras murmura obscenidades entre dientes. Haymitch se ríe disimuladamente.

Decido no prestar más atención y sigo desayunando en silencio.

De pronto alzo la mirada hacia Gale y lo encuentro observando su taza de chocolate con curiosidad.

—Lo llaman chocolate caliente— le digo—. Pruébalo. Está bueno.

Él me observo durante una milésima de segundo e ingiere el contenido de su taza. Deduzco que le gusta, porque no toca nada más hasta que se acaba todo el chocolate.

Yo termino el mío y me sirvo un poco de fruta. Cuando siento que el estómago me va a estallar, me echo hacia atrás y observo a mis compañeros de desayuno. Gale sigue comiendo, troceando los panecillos para mojarlos en otra taza de chocolate caliente. Haymitch no le ha prestado mucha atención a su bandeja, pero está tragándose un vaso de jugo rojo que no deja de mezclar con un líquido transparente que saca de una botella. A juzgar por el olor, es algún tipo de alcohol. No conozco a Haymitch, aunque lo he visto a menudo en la plaza y en algunas fiestas del distrito, abalanzándose como un maniático sobre todo el alcohol que encontrara. Estará diciendo incoherencias cuando lleguemos al Capitolio.

Me doy cuenta de que siento una gran curiosidad por ese hombre. No sé mucho de su vida, pero sé que es alguien sumamente desalineado y falto de buenas costumbres; no es de extrañar que los tributos del Distrito 12 no tengan ni una oportunidad. No es sólo que la mayoría estén mal alimentados y nos falte entrenamiento, porque algunos de nuestros participantes eran lo bastante fuertes como para intentarlo, pero rara vez conseguimos patrocinadores, y él tiene gran parte de la culpa. La gente rica que apoya a los tributos (ya sea porque apuesten por ellos o simplemente por tener derecho a presumir de haber escogido al ganador) espera tratar con alguien más elegante que Haymitch. O al menos, eso deduzco.

—Entonces, ¿se supone que nos vas a aconsejar?— le pregunta Gale.

— ¿Quieres un consejo? Sigue vivo— responde Haymitch, y se echa a reír.

Miro a Gale y no me sorprende encontrarme con una expresión muy dura.

—Muy gracioso— dice. De repente, le pega un bofetón al vaso que Haymitch tiene en la mano, y el cristal se hace añicos en el suelo y desparrama el líquido rojo sangre hacia el fondo del vagón. Pero no para mí.

Haymitch lo piensa un momento y le da un puñetazo a Gale en la mandíbula, tirándolo de la silla. Cuando se vuelve para coger el alcohol, Gale lo tira al suelo con sus pies, y Haymitch cae como una bolsa de papas, aturdido y confuso, pero rápidamente se pone en pie, al igual que Gale, y le da otro golpe en el rostro. Él intenta defenderse, pero Haymitch es más rápido y le da un golpe en el estómago, dejándolo sin aire y en el suelo. Vuelve a acercarse a la mesa para tomar su botella y en ese momento, no sé por qué, lo detuve.

—Por favor— digo, sosteniéndolo con fuerza. El hombre mi mira un segundo a los ojos, luego voltea, se echa hacia atrás y nos mira de reojo.

—Bueno, ¿qué tenemos aquí? ¿De verdad me ha tocado un verdadero luchador este año?

Gale se levanta del suelo y toma un puñado de hielo de debajo del frutero. Empieza a llevárselo a la marca roja de la mandíbula.

—No— lo detiene Haymitch. Deja que salga el moratón. La audiencia pensará que peleaste con otro tributo antes incluso de llegar al estadio.

—Va contra las reglas—. Intento recordarles, pero me ignoran.

—Sólo si te atrapan. Ese moratón dirá que peleaste y no te han atrapado; mucho mejorDespués se vuelve hacia mí. No me gusta que me toquen, Maysi— En ese momento me doy cuenta de que aún tengo su brazo sujeto y lo suelto de inmediato.

—Vengan aquí los dos— nos pide Haymitch, señalando con la cabeza al centro de la habitación. Obedecemos, y él da vueltas a nuestro alrededor, tocándonos como si fuésemos animales, comprobando nuestros músculos y examinándonos las caras. Bueno, no está todo perdido. Parecen estar en forma y, cuando los estilistas acaben con ustedes, lucirán bastante atractivos; en especial tú, cielito— me mira fijamente— Noté que la lucha no es tu fuerte. Éste chico— señala a Gale— es un sobreviviente, un luchador nato… aunque un poco idiota. Pero no debes darte por vencida. Muchas veces, el atractivo físico ayuda; así que no menosprecies tus bonitos ojos azules— lo miro también, sin saber qué responder, pero Haymitch no me da tiempo— Bien, haré un trato con ustedes: si no interfieren con mi bebida, prometo estar lo suficientemente sobrio para ayudarlos, siempre que hagan todo lo que les diga.

No es un gran trato, pero sí un paso gigantesco con respecto a lo ocurrido hace diez minutos, cuando no teníamos guía alguna.

—De acuerdo— responde Gale con enfado—. Si es lo máximo que podemos conseguir de ti, me doy por satisfecho por ahora. Pero no intentes engañarme o haré que te arrepientas.

— ¡Uy! Pero que miedo, chico. Guarda esa actitud para el estadio, ¿quieres?

— Da igual. Pues ayúdanos. Cuando lleguemos al estadio, ¿cuál es la mejor estrategia en la Cornucopia para...?

—Cada cosa a su tiempo. Dentro de unos minutos llegaremos a la estación y estarán en manos de los estilistas. No les va a gustar lo que les hagan, pero, sea lo que sea, no se resistan.

—Pero...— empieza a protestar Gale.

—No hay peros que valgan, no se resistan— dice Haymitch.

Después toma la botella de la mesa y sale del vagón. Cuando se cierra la puerta, el vagón se queda a oscuras; aunque todavía hay algunas luces dentro, es como si se hiciese de noche en el exterior. Me doy cuenta de que debemos de estar en el túnel que atraviesa las montañas y lleva hasta el Capitolio. Las montañas forman una barrera natural entre la ciudad y los distritos orientales. Es casi imposible entrar por aquí, salvo a través de los túneles. Esta ventaja geográfica fue un factor decisivo para la derrota de los distritos en la guerra que me ha convertido en tributo. Como los rebeldes tenían que escalar las montañas, eran blancos fáciles para las fuerzas aéreas del Capitolio.

Gale Hawthorne y yo guardamos silencio mientras el tren sigue su camino. El túnel dura y dura.

El tren por fin empieza a frenar y una luz brillante inunda el compartimento. Gale no puede evitarlo, sale corriendo hacia la ventanilla para ver algo que sólo había visto en televisión: el Capitolio, la ciudad que dirige Panem. Yo lo sigo lentamente.

La gente empieza a señalarnos con entusiasmo al reconocer el tren de tributos que entra en la ciudad. Gale se aparta de la ventanilla, asqueado por su emoción, sabiendo que están deseando vernos morir. Sin embargo, yo me mantengo en mi sitio, e incluso empiezo a saludar y sonreír a la multitud, que me mira con la boca abierta. Sólo dejo de hacerlo cuando el tren se mete en la estación y nos tapa la vista.

Giro la mirada y me doy cuenta de que Gale me observa con ira y confusión.

— ¿Por qué demonios le sonríes a las personas que quieren verte muerta?

Yo me encojo de hombros.

— No le sonrío a las personas que quieren verme muerta… le sonrío a quiénes podrían salvarme la vida. ¿Quién sabe? Puede que uno de ellos sea rico.

Él me mira como si hubiera dicho la locura más grande del mundo, y desvía el rostro, molesto.

Y yo me quedo allí, saludando por la ventanilla, intentando ganarme al público.

Sé que alguien tan fuerte como Gale tal vez no lo entienda, pero no tengo otra salida.

Todavía no he aceptado mi muerte, y, desde ahora, estoy luchando por seguir con vida.

Sin embargo, ahora también tengo toda la certeza de que Gale me ve como una verdadera amenaza, que ahora, más que nunca, está planeando cómo asesinarme.

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Continuará...


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Gracias por leer.

Su buen vecino,

H.S.