Disclaimer: Los personajes de Los Juegos del Hambre no me pertenecen.


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3

LLAMAS

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El equipo de preparación sale de la habitación, dejándome sola y adolorida después de haberse desecho de todo el 'exceso' de vello de mi cuerpo. Me arde cada parte de mi ser y me siento muy vulnerable.

Miro las paredes y el suelo, todo tan frío y blanco, y resisto el impulso de recuperar la bata. Sé que Cinna, como me dijeron que se llama mi estilista, hará que me la quite en cuanto llegue, así que me llevo las manos al cabello, la única zona que mi equipo tenía órdenes de respetar. Me acaricio las trenzas que Katniss ha colocado tan bien e intento recordar mi casa. Estar allí, sola en aquel cuarto tan grande y vacío, hace que la nostalgia comience a golpearme.

La puerta se abre y entra un joven que debe ser Cinna. Me sorprende lo normal que parece; casi todos los estilistas a los que entrevistan en la televisión están tan teñidos, maquillados y alterados quirúrgicamente que resultan grotescos, pero Cinna lleva el cabello corto y, en apariencia, de su color castaño natural. Viste camisa y pantalones negros sencillos, y la única concesión a las modificaciones de aspecto parece ser un delineador de ojos dorado aplicado con generosidad. Resalta las motas doradas de sus ojos verdes y, a pesar de la renuencia que me producen el Capitolio y sus horrendas modas, no puedo evitar pensar que lo hace muy atractivo.

—Hola, Madge. Soy Cinna, tu estilista— dice en voz baja, aunque casi sin ese tono típico del Capitolio.

—Hola— respondo, sonriendo.

—Dame un momento, ¿sí?— me pide. Camina a mi alrededor y observa mi cuerpo desnudo, sin tocarme, pero tomando nota de cada centímetro. Resisto el impulso de cruzar los brazos sobre el pecho. ¿Quién te hizo ése peinado?

—Una amiga.

—Es precioso. Mucha clase, la verdad, en un equilibrio casi perfecto con tu perfil. Tiene dedos hábiles. Tu cabello es muy hermoso también.

—Gracias— respondo con timidez.

Esperaba a alguien extravagante, alguien mayor que intentara desesperadamente parecer joven, alguien que me viera con desprecio por pertenecer a un distrito tan pobre como el mío. Cinna no es nada de eso.

—Eres nuevo, ¿verdad? No te había visto antes— le digo.

La mayoría de los estilistas me resultan familiares, son constantes en el siempre cambiante grupo de los tributos. Algunos llevan en esto toda mi vida.

—Sí, es mi primer año en los juegos.

—Así que te dieron el Distrito 12— comento; los recién llegados suelen quedarse con nosotros, el distrito menos deseable.

—Lo pedí expresamente— responde, sin dar más explicaciones. ¿Por qué no te pones la bata y charlamos un rato?

Me pongo la bata y lo sigo hasta un salón en el que hay dos sofás rojos con una mesita baja en medio. Tres paredes están vacías y la cuarta es entera de cristal, de modo que puede verse la ciudad. Por la luz, debe de ser mediodía, aunque el cielo soleado se ha cubierto de nubes. Cinna me invita a sentarme en uno de los sofás y se sienta en frente de mí; después pulsa un botón que hay en el lateral de la mesa y la parte de arriba se abre para dejar salir un segundo tablero con nuestra comida: pollo y gajos de naranja cocinados en una salsa de nata sobre un lecho de granos blancos perlados, guisantes y cebollas diminutos, y panecillos en forma de flor; de postre hay un pudin de color miel.

Una vez más, recuerdo mi casa.

Me pregunto cómo sería si en el Distrito 12 la comida apareciera con sólo presionar un botón. ¿A qué dedicarían Katniss y Gale las horas que pasaban recorriendo los bosques en busca de sustento si fuese tan fácil conseguirlo? De seguro no podrían resistirlo.

Levanto la mirada y veo los ojos de Cinna clavados en los míos.

—Vi la Cosecha de tu distrito— comenta. En verdad lograste revolucionar a todo el Capitolio. No todos los días el hijo de un alcalde se ofrece como tributo…— dice Cinna. Bueno, Madge, hablemos de tu traje para la ceremonia de inauguración. Mi compañera, Portia, es la estilista del otro tributo de tu distrito, Gale, y estamos pensando en vestiros a juego. Como sabes, es costumbre que los trajes reflejen el espíritu de cada distrito.

Suspiro.

Se supone que en la ceremonia inaugural tienes que llevar algo referente a la principal industria de tu distrito. Distrito 11, agricultura; Distrito 10, ganadería; Distrito 3, fábricas. Eso significa que, al venir del Distrito 12, Gale y yo vestiremos algún tipo de atuendo minero. Como el ancho traje de los mineros no resulta especialmente atractivo, nuestros tributos suelen acabar con trajes con poca tela y cascos con focos. Un año los sacaron completamente desnudos y cubiertos de polvo negro, como si fuese polvo de carbón. Los trajes siempre son horrendos y no ayudan a ganarse el favor del público, así que me preparo para lo peor.

—Entonces, ¿será un disfraz de minero?— pregunto, esperando que no sea indecente.

—No del todo. Verás, Portia y yo creemos que el tema del minero está muy trillado. Nadie se acordará de ustedes si llevan puesto eso, y los dos pensamos que nuestro trabajo consiste en hacer que los tributos del Distrito 12 sean inolvidables.

— ¿Inolvidables?— pregunto, temiendo que en verdad me toca ir desnuda.

Cinna asiente con la cabeza.

—Así que, en vez de centrarnos en la minería en sí, vamos a centrarnos en el carbón.

«Desnuda y cubierta de polvo negro», pienso, aterrada.

—Y ¿qué se hace con el carbón? Se quema— dice Cinna. No te da miedo el fuego, ¿verdad, Madge?— Ve mi expresión de miedo y sonríe.

Unas cuantas horas después, estoy vestida con lo que puede ser el vestido más sensacional o el más mortífero de la ceremonia de inauguración. Llevo una sencilla malla negra de cuerpo entero que me cubre del cuello a los tobillos, con unas botas de cuero brillante y cordones que me llegan hasta las rodillas. Sin embargo, lo que define el traje es la capa que ondea al viento, con franjas naranjas, amarillas y rojas, y el tocado a juego. Cinna pretende prenderles fuego justo antes de que nuestro carro recorra las calles.

—No es fuego de verdad, por supuesto, sólo un fuego sintético que Portia y yo inventamos. Estarás completamente a salvo— me asegura, pero no me acaba de convencer; es posible que acabe convertida en barbacoa humana cuando lleguemos al centro de la ciudad.

Apenas llevo maquillaje, sólo unos toquecitos de iluminador. Me han cepillado el cabello y me lo recogieron en una sola trenza.

—Quiero que el público te reconozca cuando estés en el estadio— dice Cinna en tono soñador: Madge, la chica en llamas.

Se me pasa por la cabeza que la conducta tranquila y normal de Cinna puede estar ocultando a un desequilibrado en potencia, pero sonrío ante su simpatía.

A pesar de saber que Gale me detesta, me alivia verlo aparecer vestido con un traje idéntico. Como es un cazador, debe de estar acostumbrado al fuego. Su estilista, Portia, y el resto de su equipo lo acompañan, y todos están ansiosos por la sensación que vamos a causar. Todos salvo Cinna, que acepta las felicitaciones como si estuviera algo cansado.

Nos llevan al nivel inferior del Centro de Renovación, que es, básicamente, un establo gigantesco. La ceremonia inaugural va a empezar y están subiendo a las parejas de tributos en unos carros tirados por grupos de cuatro caballos. Los nuestros son negro carbón, unos animales tan bien entrenados que ni siquiera necesitan un jinete que los guíe. Cinna y Portia nos conducen a nuestro carro y nos arreglan con cuidado la postura del cuerpo y la caída de las capas antes de apartarse para comentar algo entre ellos.

Miro a Gale; él mira hacia otra parte, ignorándome. Me digo a mi misma que no debo hablarle, sin embargo, necesito decir algo.

— ¿Qué piensas?— le susurro. Del fuego, quiero decir.

Él voltea levemente el rostro y me mira de soslayo, regresando la mirada hacia el frente de inmediato.

—El fuego puede aterrarte, puesto que nunca has tenido que hacer una fogata para no morir de frío; pero Portia dijo que no nos quemaremos— me responde con sarcasmo; yo bajo la mirada, algo decepcionadaTe arrancaré la capa si tú me arrancas la mía— añade, entre dientes. Me siento más aliviada con esa respuesta, y se lo agradezco con una sonrisa.

—Trato hecho— Quizá si logramos quitárnoslas lo bastante deprisa evitemos las peores quemaduras. Lo malo es que nos soltarán en el campo de batalla estemos como estemos. Sé que le prometí a Haymitch que haría todo lo que nos dijeran, pero creo que no tuvo en cuenta este detalle... Por cierto, ¿dónde está? ¿No se supone que tiene que protegernos de este tipo de cosas?

Gale suelta un resoplido y se sacude el cabello.

—Con todo ese alcohol dentro, no creo que sea buena idea tenerlo cerca cuando ardamos.

De repente, sonrió, dejándome con la boca abierta. Supongo que estaba tan nervioso por los juegos y, más aún, tan aterrado por la posibilidad de acabar convertido en una antorcha humana, que no actúa de forma racional.

Empieza la música de apertura. No cuesta oírla, la ponen a todo volumen por las avenidas del Capitolio. Unas puertas corredizas enormes se abren a las calles llenas de gente. El desfile dura unos veinte minutos y termina en el Círculo de la Ciudad, donde nos recibirán, tocarán el himno y nos escoltarán hasta el Centro de Entrenamiento, que será nuestro 'hogar' hasta que empiecen los juegos.

Los tributos del Distrito 1 van en un carro tirado por caballos blancos como la nieve. Se muy apuestos, rociados de pintura plateada y vestidos con elegantes túnicas cubiertas de piedras preciosas; el Distrito 1 fabrica artículos de lujo para el Capitolio. Oímos el rugido del público; siempre son los favoritos.

El Distrito 2 se coloca detrás de ellos. En pocos minutos nos encontramos acercándonos a la puerta y veo que, entre el cielo nublado y que empieza a anochecer, la luz se vuelve gris. Los tributos del Distrito 11 acaban de salir cuando Cinna aparece con una antorcha encendida.

—Allá vamos— dice, y, antes de poder reaccionar, prende fuego a nuestras capas. Ahogo un grito, esperando que llegue el calor, pero sólo noto un cosquilleo. Cinna se coloca delante de nosotros, prende fuego a los tocados y deja escapar un suspiro de alivio. Funciona—Dice; después me levanta la barbilla con cariño. Recuerda, la cabeza alta. Sonríe. ¡Te van a adorar!

Cinna se baja del carro de un salto y tiene una última idea.

Nos grita algo que no oigo por culpa de la música, así que vuelve a gritar y gesticula.

Me quedo sin aliento al entender el mensaje.

— ¿Qué dice?— me pregunta Gale. Por primera vez, lo miro y me doy cuenta de que, iluminado por las llamas falsas, está resplandeciente, y que yo también debo de estarlo.

—Creo… creo que dijo que nos tomemos de la mano— respondo. Él me mira y frunce el ceño con confusión.

Envalentonándome de pronto, tomo su mano izquierda con mi derecha, y los dos miramos a Cinna para confirmarlo. Él asiente y da su aprobación levantando el pulgar; es lo último que veo antes de entrar en la ciudad. Pienso que Gale va a soltarme con repulsión, o a mirarme feo, pero nada de eso pasa. Tal vez ya se resignó a la idea de no poder luchar contra el Capitolio.

La alarma inicial de la muchedumbre al vernos aparecer se transforma rápidamente en vítores y gritos de «¡Distrito 12!». Todos se vuelven para mirarnos, apartando su atención de los otros tres carros que tenemos delante. Al principio me quedo helada, pero después nos veo en una enorme pantalla de televisión y nuestro aspecto me deja sin aliento. Con la escasa luz del crepúsculo, el fuego nos ilumina las caras, es como si nuestras capas dejaran un rastro de llamas detrás. Cinna hizo bien al reducir el maquillaje al mínimo: los dos estamos más atractivos y, además, se nos reconoce perfectamente.

«Recuerda, la cabeza alta. Sonríe. ¡Te van a adorar!»

Oigo las palabras del estilista en mi cabeza, así que levanto más la barbilla, esbozo mi mejor sonrisa y saludo con la mano que tengo libre. Me alegra estar agarrada a Gale para guardar el equilibrio, porque él es fuerte, sólido como una roca. Conforme gano confianza, llego a lanzar algún que otro beso a los espectadores; la gente del Capitolio se vuelve loca, nos baña en flores, grita nuestros nombres, nuestros nombres propios, ya que se han molestado en buscarlos en el programa.

La música alta, los vítores y la admiración me corren por las venas, y no puedo evitar emocionarme. Cinna me ha dado una gran ventaja, nadie me olvidará. Ni mi aspecto, ni mi nombre: Madge, la chica en llamas.

Por primera vez siento una chispa de esperanza. ¡Tiene que haber algún patrocinador dispuesto a escogerme! Y con un poco de ayuda extra, alguna comida, el arma adecuada... ¿Por qué voy a dar los juegos por perdidos?

Alguien me tira una rosa roja y yo la recojo, la huelo con delicadeza y lanzo un beso en dirección a quien me la haya tirado. Cientos de manos intentan capturar mi beso, como si fuese algo real y tangible.

— ¡Madge! ¡Madge!— Los oigo gritar mi nombre por todas partes. Todos quieren mis besos.

Hasta que entramos en el Círculo de la Ciudad no me doy cuenta de que Gale me aprieta la mano con tanta fuerza que casi está cortándome la circulación. De pronto mira nuestros dedos entrelazados y afloja un poco su agarre, pero, inconscientemente, vuelvo a tomarla con fuerza.

—No, no me sueltes— pido, observando como la luz del fuego se refleja en sus ojos grises— Por favor, puede que me caiga de esta cosa.

—De acuerdo.

Suspiro con alivio ante su aceptación. Así que seguimos tomados de la mano, aunque no puedo evitar sentirme extraña por la forma en que Cinna nos ha unido. Mi mente grita que no es justo presentarnos como un equipo y después tirarnos en la arena para que nos matemos el uno al otro.

Los doce carros llenan el circuito del Círculo de la Ciudad. Todas las ventanas de los edificios que rodean el círculo están abarrotadas de los ciudadanos más prestigiosos del Capitolio. Nuestros caballos nos llevan justo hasta la mansión del presidente Snow, y allí nos paramos. La música termina con unas notas dramáticas.

El presidente, un hombre bajo y delgado con el cabello blanco como el papel, nos da la bienvenida oficial desde el balcón que tenemos encima. Lo tradicional es enfocar las caras de todos los tributos durante el discurso, pero en la pantalla veo que Gale y yo salimos más de lo que nos corresponde. Con forme oscurece, más difícil es apartar los ojos de nuestro centelleante atuendo. Aunque cuando suena el himno nacional hacen un esfuerzo por enfocar a cada pareja de tributos, la cámara se mantiene fija en el carro del Distrito 12, que recorre el círculo una última vez antes de desaparecer en el Centro de Entrenamiento.

En cuanto se cierran las puertas, nos rodean los equipos de preparación, que farfullan halagos apenas inteligibles. Miro a mí alrededor y veo que muchos de los otros tributos nos miran con odio, lo que confirma mis sospechas de que los eclipsamos a todos, literalmente. Después aparecen Cinna y Portia, que nos ayudan a bajar del carro, y nos quitan con cuidado las capas y los tocados en llamas. Portia los apaga con una especie de bote con atomizador.

De repente me doy cuenta de que sigo pegada a Gale y lo suelto de inmediato, casi con miedo. Me obligo a abrir los dedos, agarrotados. Los dos nos masajeamos las manos.

—Gracias por sostenerme. No me sentía muy bien ahí arriba— le digo.

—No lo parecía— responde, escuetoSeguro que no le prestaron atención a nadie más que a ti. Deberías llevar llamas más a menudo, te sientan bien—. Me dice, volteando hacia Portia.

Mis mejillas se encienden. ¿Ése en verdad había sido un cumplido? No lo sé, pero no puedo evitar sentirme algo avergonzada y… ¿feliz?

De pronto, me siento muy cerca de él. Sin embargo, una alarma se me enciende en la cabeza: «No seas tan estúpida: Gale planea matarte— me recuerdo. Quiere que te confíes para convertirte en una presa fácil. Él te detesta».

Suspiro e intento deshacerme del rubor de mis mejillas.

El Centro de Entrenamiento tiene una torre diseñada exclusivamente para los tributos y sus equipos. Éste será nuestro hogar hasta que empiecen los juegos. Cada distrito tiene una planta entera, sólo hay que subir a un ascensor y pulsar el botón correspondiente al número del tuyo. Fácil de recordar.

He subido muchas veces en el ascensor del Edificio de Justicia de casa, sin embargo, aquél era una cosa oscura y ruidosa que se movía como un caracol y olía a leche agria. Las paredes de éste ascensor están hechas de cristal, así que puedes ver a la gente de la planta de abajo convertirse en hormigas conforme sales disparada hacia arriba. Es emocionante y, excitada, le pregunto a Effie Trinket si podemos volver a subir, pero me dice que no.

Al parecer, las tareas de Effie no concluyen en la estación, sino que Haymitch y ella nos supervisarán hasta que lleguemos al mismísimo campo de batalla. En cierto modo, es una ventaja, porque, al menos, se puede contar con ella para que nos lleve de un lado a otro a tiempo, mientras que no hemos visto a Haymitch desde que cerramos nuestro trato en el tren. Gale afirma que está inconsciente en alguna parte. Por otro lado, es como si Effie estuviese en una nube; es la primera vez que el equipo al que acompaña causa sensación en la ceremonia inaugural. Alaba no sólo nuestros trajes, sino también nuestra conducta y, según lo cuenta, ella conoce a todas las personas importantes del Capitolio y ha estado hablando bien de nosotros todo el día, intentando conseguir patrocinadores.

—Pero he sido muy misteriosa— dice, con los ojos entrecerrados, haciendo una graciosa mueca, porque, claro, Haymitch no se ha molestado en contarme su estrategia. Sin embargo, he hecho todo lo posible con lo que tenía: que Madge, en un acto muy noble, se había sacrificado por la hermanita de su mejor amiga y que los dos lucharon con éxito por superar la barbarie de su distrito— no puedo evitar arquear una ceja. ¿Barbarie? Es irónico que lo diga una mujer que ayuda a prepararnos para una matanza. Aun así, sólo le sonrío—. Por supuesto, todos tienen sus reservas, porque son del distrito minero. Así que les he dicho, y ha sido muy astuto de mi parte: «Bueno, si se ejerce la suficiente presión sobre el carbón, ¡se convierte en una perla!».

Effie esboza una sonrisa tan resplandeciente que no tengo más remedio que alabar con entusiasmo su astucia, aunque se equivoque.

El carbón no se convierte en perla, pues las perlas crecen en el interior de los moluscos. Sé que, seguramente, quería decir que el carbón se convierte en diamante, aunque tampoco es cierto. Durante una corta visita al Distrito 1, descubrí que hay una máquina que puede convertir en diamante el grafito, pero nosotros no extraemos grafito, eso era parte del trabajo del Distrito 13, hasta que lo destruyeron.

Me pregunto si lo sabrán las personas con las que nos ha estado promocionando; a lo mejor tampoco les importa.

—Por desgracia, no puedo cerrar tratos con los patrocinadores. Sólo lo puede hacer Haymitch— sigue diciendo ella, en tono lúgubre. Pero no se preocupen, lo llevaré a las negociaciones a punta de pistola, si es necesario.

Sonrío con autenticidad ante la determinación de esta mujer.

Mi alojamiento es más grande que mi habitación; es lujoso, como el vagón del tren, y tiene tantos artilugios automáticos que no comprendo del todo. Había estado en lugares similares, pero nunca había visto tantos botones juntos. Sólo en la ducha hay un cuadro con más de cien opciones para controlar la temperatura del agua, la presión, los jabones, los champús, los aceites y las esponjas de masaje. Cuando sales, pisas una alfombrilla que se activa para secarte el cuerpo con aire. En vez de luchar con los enredos del pelo húmedo, coloco la mano en una caja que envía una corriente eléctrica a mi cuero cabelludo, de modo que tengo el cabello desenredado, peinado y seco casi al instante. Me cae por la espalda como una cortina lustrosa.

Programo el armario para que elija un traje a mi gusto. Las ventanas amplían y reducen partes de la ciudad, siguiendo mis órdenes. Si susurras el tipo de comida que quieres de un menú gigantesco en una especie de micrófono, la comida aparece calentita en menos de un minuto. Recorro la habitación comiendo una manzana y pan esponjoso hasta que llaman a la puerta. Es Effie, para decirme que es la hora de cenar.

Bien, estoy muerta de hambre.

Cuando entramos en el comedor, Gale, Cinna y Portia están de pie al lado de un balcón desde el que se ve el Capitolio. Me alegra ver a los estilistas, sobre todo después de oír que Haymitch se unirá a nosotros. Una comida presidida por Effie y Haymitch está abocada al desastre. Además, en realidad el objetivo de la cena no es comer, sino planear nuestras estrategias, y Cinna y Portia ya han demostrado lo valiosos que son.

Un hombre silencioso vestido con una túnica blanca nos ofrece unas copas de vino, pero lo rechazo. Gale acepta, curioso, y no puedo evitar reír al ver su cara cuando el amargo líquido entra en su garganta.

Haymitch aparece justo cuando están sirviendo la cena. Parece que él también ha pasado por un estilista, porque está limpio, arreglado y más sobrio que nunca, al menos desde que lo conozco. No rechaza el vino, pero, cuando empieza la sopa, me doy cuenta de que es la primera vez que lo veo comer. Quizá sea de verdad capaz de controlarse lo bastante para ayudarnos.

Cinna y Portia parecen ejercer un efecto civilizador sobre Haymitch y Effie. Al menos, se dirigen el uno al otro con educación, y los dos elogian sin parar el acto de inauguración de nuestros estilistas. Mientras charlan, me concentro en la comida: sopa de champiñones, verduras amargas con tomates del tamaño de guisantes, ternera asada cortada en rodajas tan finas como papel, fideos en salsa verde y queso que se derrite en la lengua con uvas negras dulces. Los sirvientes, chicos jóvenes vestidos con túnicas blancas como el que nos trajo el vino, se mueven sin decir nada de un lado a otro, procurando que los platos y copas estén siempre llenos.

Intento concentrarme en la conversación, que trata sobre los trajes para las entrevistas, cuando una chica de cabello rojo coloca una tarta de aspecto increíble sobre la mesa y la enciende con habilidad. La tarta se ilumina y las llamas parpadean en los bordes durante un rato hasta que por fin se apaga. Tengo un momento de duda, al igual que Gale, que mira las llamas con atención.

— ¿Qué la hace arder? ¿Es alcohol?— pregunta, curioso, mirando a la chica. Es lo último que... ¡Oh! ¡Yo te conozco!

De inmediato miro a la chica. La expresión de terror que le pasa por la cara sólo sirve para confundirme. Sacude la cabeza para negarlo rápidamente y se aleja a toda prisa de la mesa.

Cuando miro a mis acompañantes, los cuatro adultos observaban a Gale como halcones.

—No seas ridículo, Gale. ¿Cómo vas a conocer a un avox?— suelta Effie. Es absurdo.

— ¿Qué es un avox?— pregunta él, confuso.

—Alguien que cometió un delito; les cortan la lengua para que no puedan hablar— contesta Haymitch. Seguramente será una traidora. No es probable que la conozcas.

—Y, aunque la conocieras, se supone que no hay que hablar con ellos a no ser que desees darles una orden— dice Effie—. Por supuesto que no la conoces.

— ¡Pero les digo que sí!— insiste Gale, golpeando la mesa con enojo. Effie y Portia se sobresaltan.

—Debes estar confundido, chico— interviene Haymitch— ¿De dónde podrías conocer a una traidora?— resalta la última palabra, y me doy cuenta de que le dirige una significativa mirada a Gale, quien iba a protestar, pero cesa al último minuto.

—Creo que tienes razón— masculla fríamente, levantándose de la mesa— Se me fue el apetito— dice, y sale del comedor sin decir nada más, dejándonos a todos un tanto confundidos.

—Oh, bueno, si era sólo eso— dice Cinna cuando Gale ya se había ido, y la mesa vuelve a relajarse; me mira. Y sí, la tarta tiene alcohol, aunque ya se ha quemado todo. La pedí especialmente en honor de su fogoso debut.

Nos comemos la tarta y pasamos a un salón para ver la repetición de la ceremonia inaugural que están echando por la tele. Gale no nos acompaña.

Hay otras parejas que causan buena impresión, pero ninguna está a nuestra altura. Hasta nuestro equipo deja escapar una exclamación cuando nos ve salir del Centro de Renovación.

— ¿De quién fue la idea de que se tomaran de la mano?— pregunta Haymitch.

—De Cinna— responde Portia.

—El toque justo de rebeldía. Muy bonito.

¿Rebeldía? Me paro a pensarlo un momento y lo entiendo cuando me acuerdo de las otras parejas, distantes y tensas, sin tocarse ni prestarse atención, como si su compañero no existiese, como si los juegos ya hubiesen empezado. Al presentarnos no como adversarios, sino como amigos, hemos destacado tanto como nuestros trajes en llamas.

—Mañana por la mañana es la primera sesión de entrenamiento. Reúnete conmigo para el desayuno y hablaremos sobre cómo quiero que te comportes, Maysi— dice Haymitch—. Ahora ve a dormir un poco mientras los mayores hablamos. Y no te preocupes por el chico. Iré a su habitación luego para avisarle.

Asiento. Me despido de cada uno y recorro el pasillo hasta mi habitación. Antes de entrar me detengo en el umbral, mirando hacia la puerta de Gale. La luz que se filtra por debajo me indica que aún está despierto.

De pronto, siento la imperiosa necesidad de ir hacia allí y preguntarle acerca de la chica avox, pero me contengo.

Cuando abro mi puerta, la chica del pelo rojo está recogiendo la malla de cuerpo entero y las botas del suelo, donde yo las había dejado antes de la ducha. Quiero preguntarle sobre Gale, hasta que recuerdo que no debo hablar con ella, a no ser que tenga que darle una orden.

—Oh, lo siento— digo. Se suponía que tenía que devolvérselo a Cinna. Lo siento. ¿Se lo puedes llevar?

Ella evita mirarme a los ojos, asiente brevemente y se va. La miro irse, preguntándome que será lo que ella y Gale esconden.

Me quito los zapatos y la ropa; me pongo el pijama y me meto bajo las sábanas.

El rostro de Gale y el terror reflejado en los ojos de la chica avox son lo último que veo antes de quedarme dormida.

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El alba empieza a entrar por las ventanas, y el Capitolio tiene un aire brumoso y encantado. Es una mañana estupenda.

Salgo de la cama poco a poco y me meto en la ducha, y pulso los botones que creo correctos; por suerte, no me equivoco.

Después de secarme e hidratarme con crema, encuentro un traje que me han dejado delante del armario: pantalones negros ajustados, una túnica de manga larga color burdeos y zapatos de cuero. Me recojo el cabello en una trenza no tan buena como la de Katniss, pero que lo mantiene en su lugar.

Haymitch no nos había dado una hora exacta para desayunar y nadie me había llamado, pero tengo tanta hambre que me dirijo al comedor esperando encontrar comida. Lo que encuentro no me decepciona: aunque la mesa principal está vacía, en una larga mesa de un lateral hay al menos veinte platos. Un joven, un avox, espera instrucciones junto al banquete. Cuando tomo asiento comienza a servirme un plato con huevos, salchichas, pasteles cubiertos de confitura de naranja y rodajas de melón morado claro. Mientras como, observo la salida del sol sobre el Capitolio. Me sirvo un segundo plato de cereales calientes.

Hace tan sólo dos mañanas, yo estaba en casa. ¿Dos? Sí, sólo dos. Ahora la casa me parece vacía, incluso desde tan lejos. ¿Qué dijo mi padre anoche sobre mi fogoso debut en los juegos? ¿Le dio esperanzas o se asustó más al ver la realidad de aquellos veinticuatro tributos juntos, sabiendo que sólo uno podría sobrevivir?

Haymitch y Gale entran en el comedor y me dan los buenos días, para después pasar a llenarse los platos. Curiosamente, Gale lleva exactamente la misma ropa que yo; me agrada eso, pero no puedo olvidar que este juego de los gemelos nos va a estallar en la cara cuando empiece la competición y tengamos que luchar el uno contra el otro. Estoy segura de que Gale no está tan contento con eso; me lo dicen sus ojos cuando me encuentran en la mesa. Entonces recuerdo que Haymitch nos dijo que hiciéramos todo lo que me ordenasen los estilistas, de otra forma, es obvio que él ya hubiera protestado. Además, después del triunfo de anoche no tenía mucho que criticar.

El entrenamiento me pone nerviosa. Hay tres días para que todos los tributos practiquen juntos. La última tarde tendremos la oportunidad de actuar en privado delante de los Vigilantes de los juegos. La idea de encontrarme cara a cara con los demás tributos me revuelve el estómago; empiezo a darle vueltas al panecillo que acabo de tomar de la cesta, pero se me ha quitado el apetito.

Después de comerse varios platos de estofado, Haymitch suspira, satisfecho, saca una licorera del bolsillo, le da un buen trago y apoya los codos en la mesa.

—Bueno, vayamos al asunto: el entrenamiento. En primer lugar, si quieren, puedo entrenarlos por separado. Decidánlo ahora.

— ¿Por qué íbamos a querer hacerlo por separado?— pregunto.

—Supón que tienes una habilidad secreta que no quieres que conozcan los demás.

—No tengo ninguna— digo, en respuesta a la mirada de Gale—. Y ya sé cuál es la tuya, ¿no? Sé que todo el distrito ha comido una de tus ardillas alguna vez.

Él me mira sin expresión alguna.

—Puedes entrenarnos juntos— le digo a Haymitch. Gale entrecierra los ojos, me mira, y acaba asintiendo.

—De acuerdo, pues denme alguna idea de lo que saben hacer.

—Yo no sé hacer nada— respondo automáticamente, a no ser que cuente saber tocar el piano.

—Lo siento, pero no cuenta. Gale, sé que sabes manejar armas.

—La verdad es que no muchas, pero sé cazar. Con arco y flechas.

— ¿Y se te da bien?— pregunta Haymitch. Gale tiene que pensárselo, aunque sonríe de forma auténtica. Creo que Haymitch ha dado con lo que más orgullo le da en la vida.

—No se me da mal— responde.

—Es excelente fabricando trampasdigo—. Katniss siempre dice que es un genio, que si no fuera por sus trampas perderían muchas presas. Y hasta es capaz de cazar ciervos.

Gale vuelve a mirarme. Puedo darme cuenta de que esta evaluación de sus habilidades lo toma completamente desprevenido.

—No necesito que me ayudes— me dice, enojado. Yo me encojo de hombros.

— ¿Qué tiene de malo? Si quieres que Haymitch te ayude, tiene que saber de lo que eres capaz. No te subestimes.

—No me subestimo— gruñe— ¿Por qué mejor no te preocupas por tus habilidades? Todos sabemos que nunca pasaste carencias. Jamás has tenido que sobrevivir por tus propios medios. Siempre tuviste todo lo que querías con sólo mover un dedo. Si yo fuera tú, pondría más empeño en encontrar una habilidad que en señalar las virtudes de los demás. Estás en los Juegos del Hambre ahora, pero tú jamás has tenido hambre— dice, a la defensiva; no suelo hacer caso a sus palabras, pero, por alguna razón, ese comentario me sienta malTal vez ni siquiera tengas que esforzarte ahora. Estoy seguro de que tu padre, el alcalde, pedirá favores y movilizará a medio Capitolio para sacarte con vida de allí.

Bajo la cabeza. De pronto, mis ojos se llenan de lágrimas.

—Tranquilo, niño— interviene Haymitch.

—No— vuelvo a alzar la mirada, y hago un esfuerzo sobrehumano para no llorar— Tiene razón. No sé cómo alimentarme si alguien no me trae la comida. No sé cómo hacer una fogata. A penas si sé vestirme sola, mucho menos luchar o manejar alguna arma…para qué molestarnos, ¿no, Gale?

Él no me responde, ni me mira.

—También se le da bien la lucha libre— le digo a Haymitch. Lo vi participar muchas veces en las competencias de la escuela.

—Ya deja de hacer eso— me gruñe.

—Siempre está el combate cuerpo a cuerpo. Sólo necesitas conseguir con un cuchillo y, al menos, tendrás una oportunidad. Si me atrapan, estoy muerta...

Él no dice nada; Haymitch tampoco. Claro, todos sabemos que eso es cierto.

—La gente te ayudará en el estadio. Estarán deseando patrocinarte.

—Igual que a ti.

—No lo entiendes— dice Gale—. No es igual. Tú y yo no somos iguales— suelta con desazón—. A nadie le importa lo que pase con un chico de la Veta.

Acaricia los nudos de la madera de la mesa y se niega a mirarme.

¿Qué es lo que quiere decir? ¿Que la gente me ayudará por ser hija del alcalde? ¿Está insinuando que consigo buenos tratos porque mi familia es adinerada, en comparación con el resto de la gente de mi distrito? Intento analizar si es cierto. Quizás algunos de los comerciantes fuesen algo generosos conmigo, pero siempre lo había atribuido a simple educación. ¿O es que acaso era un beneficio con el que siempre había contado sin darme cuenta?

Miro con rabia el panecillo, segura de que lo ha dicho para insultarme; pero no rabia en sí lo que siento, sino, más bien, dolor.

Al cabo de un minuto, Haymitch interviene.

—Bueno, de acuerdo. Bien, bien, bien. Chico, no podemos garantizar que encuentres arcos y flechas en el estadio, pero, durante tu sesión privada con los Vigilantes, enséñales lo que sabes hacer. Hasta entonces, mantente lejos de los arcos. ¿Se te dan bien las trampas, entonces?

—Sí— masculla Gale.

—Eso puede ser importante para la comida— dice Haymitch. Y, Maysi, no debes darte por vencida, linda. Encontraremos algo para ti. Durante el entrenamiento, quiero que te concentres en aprender todo lo que puedas. Intenta descubrir en qué eres buena, para qué tienes habilidad. Siempre hay algo: trampas, camuflaje, cuchillos… no subestimes las armas pequeñas; hasta una cerbatana y unos cuantos dardos envenenados pueden darte cierta ventaja en el estadio. Chico, el plan será igual para los dos: vayan a los entrenamientos en grupo; pasen algún tiempo aprendiendo algo que no sepan, en tu caso; tiren lanzas, utilicen mazas o aprendan a hacer buenos nudos. Sin embargo, guárdense lo que mejor sepan hacer para las sesiones privadas. ¿Está claro?— Gale y yo asentimos. Una última cosa. En público, quiero que estén juntos en todo momento— él empieza a protestar, y Haymitch golpea la mesa con la palma de la mano. ¡En todo momento! ¡Fin de la discusión! ¡Acordaron hacer lo que yo dijera! Estarán juntos y serán amables el uno con el otro. Y eso va para ti, niño. Ahora, salgan de aquí. Reúnanse con Effie en el ascensor a las diez para el entrenamiento.

Me muerdo el labio y vuelvo a mi habitación. Al otro lado, puedo oír cómo Gale cierra de un portazo. Me siento en la cama, suspirando.

No odio a Gale. Él me hace sentir mal, pero ni aun así despierta sentimientos negativos en mí. Sí me asusta un poco, pero en el fondo siento mucha empatía por él; igual que con Katniss. Tal vez es por eso que me niego a odiarlo: estar cerca suyo es como estar con ella. Después de todos, ambos son muy parecidos, tanto en lo físico, como en el carácter. Los dos han tenido una vida plagada de sufrimiento y necesidades, muy diferente a la mía. Estar cerca de Gale me calma porque me recuerda que soy muy afortunada.

Son casi las diez. Me cepillo los dientes y me peino de nuevo. Los nervios por encontrarme con los demás tributos bloquean temporalmente la melancolía, aunque ahora noto que aumenta mi ansiedad. Cuando me reúno con Effie y Gale en el ascensor, noto que me estoy mordiendo las uñas y paro de inmediato.

Las salas de entrenamiento están bajo el nivel del suelo de nuestro edificio. El trayecto en ascensor es de menos de un minuto, y después las puertas se abren para dejarnos ver un gimnasio lleno de armas y pistas de obstáculos. Todavía no son las diez, pero somos los últimos en llegar. Los otros tributos están reunidos en un círculo muy tenso, con un trozo de tela prendido a la camisa en el que se puede leer el número de su distrito. Mientras alguien me pone el número doce en la espalda, hago una evaluación rápida: Gale y yo somos la única pareja que va vestida de la misma forma.

En cuanto nos unimos al círculo, la entrenadora jefe, una mujer alta y atlética llamada Atala, da un paso adelante y nos empieza a explicar el horario de entrenamiento. En cada puesto habrá un experto en la habilidad en cuestión, y nosotros podremos ir de una zona a otra como queramos, según las instrucciones de nuestros mentores. Algunos puestos enseñan tácticas de supervivencia y otros técnicas de lucha. Está prohibido realizar ejercicios de combate con otro tributo. Tenemos ayudantes a mano si queremos practicar con un compañero.

Cuando Atala empieza a leer la lista de habilidades, no puedo evitar fijarme en los demás chicos. Es la primera vez que estamos reunidos en tierra firme y con ropa normal. Me impresiono al notar que casi todos los chicos, y al menos la mitad de las chicas, son más grandes que yo, aunque muchos han pasado hambre. Se les nota en los huesos, en la piel, en la mirada vacía. Yo solía ser la chica más alta de la escuela, pero, en general, no tenía mucha competencia allí, después de todo, la mayoría de mis compañeros estaban mal alimentados. Me pongo derecha y sé que, aunque parezca delgada, soy fuerte; la suerte de crecer en un hogar sin carencias me ha proporcionado un cuerpo más sano que los que veo a mí alrededor.

Las excepciones son los chicos de los distritos más ricos, los voluntarios, a los que alimentan y entrenan toda la vida para este momento. Los tributos del 1, 2 y 4 suelen tener ese aspecto. En teoría, va contra las reglas entrenar a los tributos antes de llegar al Capitolio, cosa que sucede todos los años. En el Distrito 12 los llamamos tributos profesionales o sólo profesionales, y casi siempre son los que ganan.

La ligera ventaja que tenía al entrar en el Centro de Entrenamiento, mi fogoso debut de anoche, parece desvanecerse ante mis competidores. Los otros tributos nos tenían celos, pero no porque fuésemos asombrosos, sino porque lo eran nuestros estilistas. Ahora no veo nada más que desprecio en las caras de los tributos profesionales. Cualquiera de ellos pesa de diez a veinte kilos más que yo, y proyectan arrogancia y brutalidad. Cuando Atala nos deja marchar, van directos a las armas de aspecto más mortífero del gimnasio y las manejan con soltura.

Estoy pensando que es una suerte que se me dé bien correr, cuando Gale me da un codazo y yo pego un salto. Sigue a mi lado, como nos ordenó Haymitch, aunque no se ve nada feliz.

— ¿Por dónde te gustaría empezar?— me pregunta, serio.

Echo un vistazo a los tributos profesionales, que presumen de su habilidad en un claro intento de intimidar a los demás. Después a los otros, los desnutridos y los incompetentes, que reciben sus primeras clases de cuchillo o hacha sin dejar de temblar. Esos son más parecidos a mí.

— ¿Y si atamos unos cuantos nudos? Es decir, me gustaría comenzar por lo básico…

—Buena idea— contesta Gale, sin poder dejar de lado su renuencia.

Nos acercamos a un puesto vacío. El entrenador parece encantado de tener alumnos; da la impresión de que la clase de hacer nudos no está teniendo mucho éxito. Cuando ve que Gale sabe mucho sobre trampas, nos enseña una sencilla y magnífica que dejaría a un competidor humano colgado de un árbol por la pierna. Nos concentramos en ella durante una hora hasta que los dos dominamos la técnica y pasamos al puesto de camuflaje. A ninguno de los dos se nos da muy bien, pero Gale parece disfrutar de verdad con él y se dedica a mezclar lodo, arcilla y jugos de bayas sobre su pálida piel, y a trenzar disfraces con vides y hojas. El entrenador que dirige el puesto está entusiasmado con la dedicación que pone a su trabajo, aunque realmente no es muy bueno.

— ¿Te gusta la pintura?— me atrevo a preguntar. Gale me mira a los ojos.

—Solía gustarme. Pero no puedo darme ese lujo.

—Oh…— respondo, porque estaba ocupada recordando los glaseados de Peeta.

Gale se detiene de pronto y observa al chico del Distrito 2, que acababa de atravesar el corazón de un muñeco con una lanza a trece metros de distancia.

— ¿Y si seguimos?— propone. Yo sólo asiento.

Los tres días siguientes nos dedicamos a visitar todos los puestos. Aprendemos algunas cosas útiles, desde hacer fuego hasta tirar cuchillos, pasando por fabricar refugios y escalar. A pesar de la orden de Haymitch de parecer mediocres, Gale sobresale en el combate cuerpo a cuerpo y yo arraso sin proponérmelo en la prueba de plantas comestibles, recordando lo mucho que había aprendido en los libros de mi padre.

Los Vigilantes aparecen al comenzar el primer día. Son unos veinte hombres y mujeres vestidos con túnicas de color morado intenso. Se sientan en las gradas que rodean el gimnasio, a veces dan vueltas para observarnos y tomar notas, y otras veces comen del interminable banquete que han preparado para ellos, sin hacernos caso. Sin embargo, parecen no quitarnos los ojos de encima a los tributos del Distrito 12. A veces levanto la cabeza y veo a uno de ellos mirándome. También hablan con los entrenadores durante nuestras comidas y los vemos a todos reunidos cuando volvemos.

Tomamos el desayuno y la cena en nuestra planta, pero a mediodía comemos los veinticuatro en el comedor del gimnasio. Colocan la comida en carros alrededor de la sala y cada uno se sirve lo que quiere. Los tributos profesionales tienden a reunirse en torno a una mesa, haciendo mucho ruido, como si desearan demostrar su superioridad, que no tienen miedo de nadie y que a los demás nos consideran insignificantes. Casi todos los demás tributos se sientan solos, como ovejas perdidas. Nadie nos dice nada; Gale y yo comemos juntos, y, como Haymitch no deja de insistir en ello, intentamos mantener una conversación amistosa durante las comidas.

No es fácil encontrar un tema: hablar de casa resulta doloroso; hablar del presente es insoportable. Un día, vacié nuestra cesta del pan y comento que han procurado incluir panes de todos los distritos, además del refinado pan del Capitolio. La barra con forma de pez y teñida de verde con algas es del Distrito 4; el rollo con forma de media luna y semillas, del Distrito 11. Gale señala que, por algún motivo, aunque estén hechos de lo mismo, le parecen mucho más apetitosos que las feas galletas fritas que suele comer en casa.

—Y eso es todo— digo, volviendo a meter el pan en la cesta.

—Tú sí que sabes.

—Sólo de cosas sin triviales. Vamos, ríete como si hubiese dicho algo gracioso— Los dos dejamos escapar una carcajada más o menos convincente y no hacemos caso de las miradas que nos dirigen los demás. De acuerdo, seguiré sonriendo amablemente mientras hablas tú— le digo.

Sé que la orden de Haymitch de que parezcamos amigos está desgastando a Gale, porque, desde que dio el portazo, se ha levantado una barrera entre nosotros. En fin, tenemos que obedecer.

— ¿Te he contado ya que una vez me persiguió un oso?

—No, pero suena como algo que Katniss me contó una vez.

Gale sonríe. Su rostro, sin ese ceño fruncido que lleva siempre, es luminoso, pacífico y encantador, tengo que admitirlo.

—Sí; me atrapaste.

El segundo día, mientras estamos intentando el tiro de lanza, me doy cuenta de algo:

—Creo que tenemos una sombra— le digo a Gale.

Él lanza y veo que no se le da demasiado mal, siempre que no esté muy lejos; entonces localiza a la niña del Distrito 11 detrás de nosotros, observándonos. Es la de doce años, la que me recordaba tanto a Primrose, la hermana de Katniss, por su estatura. De cerca aparenta sólo diez; sus ojos son oscuros y brillantes, su piel es de un marrón sedoso y está ligeramente de puntillas, con los brazos extendidos junto a los costados, como si estuviese lista para salir volando ante cualquier sonido. Es imposible mirarla y no pensar en un pájaro.

Gale toma otra lanza mientras yo tiro.

—Creo que se llama Rue— me dice en voz baja.

— ¿Qué podemos hacer?— le pregunto, algo conmocionada.

—Nada, sólo ignórala.

Ahora que sé que está aquí, me resulta difícil no hacer caso de la niña. Se acerca con sigilo y se une a nosotros en distintos puestos; como a mí, se le dan bien las plantas, trepa con habilidad y tiene buena puntería. Acierta siempre con la honda, aunque ¿de qué sirve una honda contra un chico de cien kilos con una espada? Aunque no puedo decir demasiado, porque es aún mejor que yo.

De vuelta en la planta del Distrito 12, Haymitch y Effie nos acribillan a preguntas durante el desayuno y la cena sobre todo lo ocurrido a lo largo del día: qué hemos hecho, quién nos ha observado, cómo son los demás tributos. Cinna y Portia no están por aquí, así que no hay nadie que aporte algo de cordura a las comidas; tampoco es que Haymitch y Effie sigan peleándose, sino todo lo contrario: parecen haber hecho los pases y estar decididos a prepararnos como sea. Están llenos de interminables instrucciones sobre qué deberíamos hacer y qué no durante los entrenamientos. Me doy cuenta de que yo tengo más paciencia; Gale está harto y se vuelve maleducado.

Cuando por fin escapamos a la cama la segunda noche, Gale masculla:

—Alguien debería darle una copa a Haymitch.

Dejo escapar una sonrisa y lo miro. Él me devuelve la mirada.

—No, no finjamos si no hay nadie delante.

—Está bien, Gale— respondo, con cansancio.

Me dirijo a mi habitación, y estoy a punto de ponerme el pijama cuando alguien golpea a mi puerta. Sorprendentemente, es Haymitch.

— ¿Estás muy ocupada, Maysi? Quisiera que me acompañaras un segundo.

—No, claro.

Haymitch me abre paso y salimos hacia la sala. Me sienta en uno de los sofás y él se acomoda sobre la pequeña mesa de centro, observándome con atención durante un momento.

—Las sesiones privadas serán mañana— me dice sin rodeos, sacando su licorera para darle un sorbo— Y quería saber si ya encontraste algo que enseñarles.

—Bueno…no es que sea alguien muy hábil…— Haymitch bufa y se echa hacia atrás.

— ¡Debes darme algo con qué trabajar, cariño!

—Lo siento— respondo, bajando la mirada con vergüenza. Creo que Haymitch no entiende lo frustrante que es ser yo, pero tampoco intento explicárselo. Él gruñe y se despeina aún más el cabello, bajando la mirada con gesto pensativo.

—Dime, ¿probaste las espadas?

—Sí, pero se me ampollan las manos si sostengo una demasiado tiempo…

—Lanzas. ¿Qué distancia alcanzaste con ellas?

—Ummm…cinco metros, más o menos.

Vuelve a bufar.

— ¿Cuchillos?

—Me corto con las hojas…

— ¿Lucha?

—El asistente me derribó diez veces.

—Dime, cariño, ¿hay algo en lo que no seas pésima?— suelta con sarcasmo. Me molesta mucho el tono de burla de su voz, así que intento darme un poco de importancia:

—Puedo trepar muy bien. Hasta Gale dijo que soy buena. Y sé sobre plantas, y aprendí a hacer varias trampas…

Haymitch abre los ojos y tuerce los labios.

—Eso es algo… tal vez no mueras de hambre, Maysi.

— ¿Pero?

—Pero, necesitas aprender a defenderte. En teoría, podrías ganar los Juegos sólo escondiéndote, pero los Vigilantes no dejarán que eso pase; así que necesitas poder darle un espectáculo aceptable al público.

Dejo escapar un bufido, frustrada.

— ¿Y qué sugieres?

Haymitch piensa, y piensa.

—Se me ocurre algo— dice, poniéndose en pie. Sale de la sala y regresa al rato, con una pajilla y una hoja de papel— ¿sabes qué es esto?

— ¿Quieres que intente succionarles la sangre con eso?— pregunto, escéptica. Nunca soy así, pero el cansancio me vuelve insolente.

—No seas idiota— gruñe él, sentándose en su lugar— Esto, Maysi, es lo que podría salvarte la vida…

— ¿Una pajilla?

— ¡Olvídate de la maldita pajilla! Esto…— la alza y la pone frente a mi rostro— es tu nueva cerbatana.

Abro los ojos sin poder ocultar mi sorpresa. Tomo el delgado objeto y lo examino.

— ¿Es un arma?

—Oh, sí.

—Curioso. Nunca he visto a un tributo usando una en los Juegos…

—Pero los hubo. Créeme— me pasa la hoja— Supongo que habrás visto a los más tontos de tu clase usar una pajilla— asiento— Ahora quiero que mastiques un poco de papel y lo lances como ellos lo hacían. Intenta darle a… ése horrendo jarrón, ¿lo ves?— me señala una jarrón de cerámica que se encuentra a unos diez metros de nosotros. Asiento, pero frunzo el ceño.

—Eso es asqueroso, Haymitch. No voy a hacerlo. ¿Y por qué no despertaste también a Gale?

— ¡Olvídate de él! Estás en mucha desventaja, cariño. Intento darte algo que mostrarle a los Vigilantes para que, tal vez, puedas pasar bien librada, así que cierra tu pequeña boca y haz lo que te dije.

Entrecierro los ojos y lo miro. En verdad estoy enfadada, y no sé por qué. Sin quitar mí cara de enfado tomo la pajilla y el papel. Sin dejar de mirar a Haymitch arranco un trozo con los dientes y lo meto en mi boca.

— ¿Esto no va contra las reglas?

— ¿Eso que más da? ¡Dispara!

Tomo aire, acerco la pajilla a mis labios y, con bastante asco, escupo la bola de papel que, sorprendentemente, da en el blanco con tal fuerza que tira el jarrón al suelo, haciéndolo añicos.

— ¡Buen tiro, cariño!— exclama Haymitch, riendo—. Creo que encontramos tu habilidad.

.


Después de esa noche, Gale y yo sólo hablamos delante de los demás.

El tercer día de entrenamiento empiezan a llamarnos a la hora de la comida para nuestras sesiones privadas con los Vigilantes. Distrito a distrito, primero el chico y luego la chica. Como siempre, el Distrito 12 se queda para el final, así que esperamos en el comedor, sin saber bien qué hacer. Nadie regresa después de la sesión. Conforme se vacía la sala, la presión por parecer amigos se aligera y, cuando por fin llaman a Rue, nos quedamos solos. Permanecemos sentados, en silencio, hasta que llaman a Gale y él se levanta.

—Suerte— susurro. Él se detiene un segundo y me mira.

—Gracias. Y tú... hazlo bien, sea lo que sea que hagas.

Asiento con la cabeza; no sé por qué dije eso, aunque, si pierdo, me gustaría que Gale ganase. Sería mejor para nuestro distrito, mejor para su familia y para Katniss.

Después de quince minutos, me llaman. Me aliso el pelo, enderezo los hombros y entro en el gimnasio. Al instante, sé que tengo problemas, porque los Vigilantes están muy exaltados y clavan sus ojos en mí como si fuera una amenaza para ellos, casi temerosos.

No puedo hacer más que seguir con el plan: camino entre las armas y busco la mía.

El corazón se me acelera. Al fin ha llegado el día que tanto había temido…

Había cerbatanas hechas de madera, plástico, metal y materiales que ni siquiera sé nombrar. Dardos con plumas cortadas en líneas perfectamente uniformes. Escojo una cerbatana, me lleno la mano con dardos y volteo hacia un campo de tiro que me parece demasiado limitado, dianas estándar y siluetas humanas. Respiro hondo y cierro los ojos. Los Vigilantes no emiten ni un sonido. Disparo. Unos, dos, tres, hasta diez dardos. Y me enorgullezco con mi trabajo, pues logro darle al muñeco en el cuello y las articulaciones. En una persona, mis dardos le habrían prohibido perseguirme.

Los Vigilantes hablan, susurran entre ellos. Creo que los impresioné con mi precisión, ¿y cómo no? Si yo misma estoy pasmada.

—Puede retirarse— me dice uno de los Vigilantes. Yo asiento y hago una respetuosa reverencia.

—Gracias por su tiempo— digo; después me dirijo a la salida, sintiéndome mucho mejor de lo que me había sentido en mucho tiempo.

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Continuará...


Gracias por leer, pero, sobre todo, a quienes dejan sus reviews.

Hasta la próxima.

H.S.