Disclaimer: Los personajes del Los Juegos del Hambre son propiedad de Suzanne Collins.
Dedicado a Caro. No te preocupes; no abandonaré esta historia.
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4
MAYSILEE DONNER
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Encuentro a Haymitch y a Effie muy alterados cuando regreso a nuestro piso, pero no hay señales de Gale.
Quiero preguntarles por él, pero Effie sólo chilla algo así como «niño irreverente» y se aleja. Es obvio que se refiere a Gale. Haymitch, por su parte, sólo me indica guardar silencio con una seña y se aleja sin preguntarme nada, lo cual es muy frustrante, porque en verdad me siento orgullosa de mis resultados en la entrevista.
Decido hablar con Gale. Me acerco a su puerta, pero el sonido de algo rompiéndose me detiene.
— ¿Gale?— toco tres veces, y como respuesta obtengo un fuerte golpe desde el otro lado, y el sonido de algo haciéndose añicos. Me sobresalto.
— ¡Largo!— me grita. No puedo verlo, pero, por el tono de su voz, sé que está furioso.
Me preocupa, pero sólo me encojo de hombros y voy a mi habitación.
Cuando Effie llama a la puerta para la cena, me levanto de la cama y arreglo mi cabello. Esta noche televisarán el resultado de las puntuaciones y realmente estoy muy ansiosa por ver la mía. Por primera vez tengo la certeza de que podré conseguir a alguien que quiera patrocinarme.
Haymitch y Effie me esperan en la mesa, al igual que Cinna y Portia. Saludo a todos y tomo asiento. Sólo falta Gale.
Él llega a los pocos minutos, con la cara roja y moteada. Me sorprende, pero nadie dice nada. Nos sirven, y noto como Gale evita mirarnos a los demás a los ojos mientras se toma a cucharaditas la sopa de pescado.
Los adultos empiezan a conversar sobre el tiempo y miro a Gale a los ojos. Arqueo las cejas, como si le preguntara: «¿Qué ha pasado?», pero él se limita a sacudir la cabeza rápidamente. Después, cuando llega el segundo plato, oigo decir a Haymitch:
—Bien, basta de charla. ¿Lo hicieron muy mal hoy?
Inevitablemente, me lleno de orgullo.
—Creo que no— respondo—. Cuando aparecí, me asusté un poco porque los Vigilantes se veían un poco ansiosos, pero realmente creo que los impresioné.
Gale alza la vista, mirándome de forma indescifrable.
— ¡De eso hablaba, Maysi!— exclama Haymitch, y Effie da unas palmaditas graciosas al aire mientras sonríe— ¿Y tú, chico?— le pregunta a Gale.
—Les lancé una flecha.
— ¿Que qué?— exclama Effie, dejando de sonreír al instante. Todos dejan de comer.
—Les lancé una flecha. Bueno, no a ellos, en realidad, sino hacia ellos. ¡Por favor! ¡Se caían de borrachos y ni siquiera me miraban! ¡Comían como cerdos, cuando en la mayoría de los distritos morimos de hambre!... perdí la cabeza, ¡así que apunté a la manzana que tenía en la boca su estúpido cerdo asado!— exclama, desafiante.
Su confesión me deja sin palabras.
— ¿Y qué dijeron?— pregunta Cinna, con cautela.
Gale lo mira.
—Nada. Bueno, no lo sé, me fui después de eso.
— ¿Sin que te diesen permiso?— pregunta Effie, pasmada.
—Me lo di yo mismo— responde, ya no tan desafiante como antes; incluso parece arrepentido.
—En fin, ya está hecho— concluye Haymitch, untándose con mantequilla un panecillo.
— ¿Crees que me arrestarán?— pregunta Gale.
—Lo dudo. A estas alturas sería un problema sustituirte.
— ¿Y mi familia? ¿Los castigarán?
—No creo. No tendría mucho sentido. Tendrían que revelar lo sucedido en el Centro de Entrenamiento para que tuviese algún efecto en la población, la gente tendría que saber lo que hiciste; pero no pueden, porque es secreto, así que sería un esfuerzo inútil. Lo más probable es que te hagan la vida imposible en el estadio.
—Bueno, eso ya nos lo habían prometido de todos modos— dice él.
—Cierto— corrobora Haymitch, y me doy cuenta de que ha pasado lo imposible: está intentando animarlo. Haymitch toma una chuleta de cerdo con los dedos, lo que hace que Effie frunza el ceño, y la moja en el vino. Después arranca un trozo de carne y empieza a reírse—. ¿Qué cara pusieron?
—De pasmados— responde mi compañero, empezando a sonreír—. Aterrados. Patéticos, al menos alguno. Un hombre tropezó al retroceder de espaldas y se cayó en una ponchera.
Haymitch se ríe a carcajadas y todos lo imitamos, excepto Effie, aunque está reprimiendo una sonrisa.
—Bueno, se lo tienen bien ganado. Su trabajo es prestarles atención, y que seas del Distrito 12 no es excusa para no hacerte caso— afirma. Después mira a su alrededor, como si hubiese dicho algo escandaloso—. Lo siento, pero es lo que pienso— repite, sin dirigirse a nadie en concreto.
—Me darán una mala puntuación— comenta Gale, trozando un panecillo. Por primera vez no lo veo engullendo la comida como desaforado.
—La puntuación sólo importa si es muy buena. Nadie presta mucha atención a las malas o mediocres. Por lo que ellos saben, podrías estar escondiendo tus habilidades para tener mala nota adrede. Hay quien usa esa estrategia— explica Portia.
—No te preocupes. Yo no lo hice muy bien tampoco— digo—. Estuve a punto de lanzar todo mi desayuno cuando los vi mirándome.
Sorprendentemente, Gale me sonríe. Corta un trozo de cerdo, lo moja en el puré de patatas y empieza a comer, mucho más aliviado.
Al cabo de rato vuelve a alzar la vista y se dirige a mí:
—Por cierto, ¿qué fue lo que les enseñaste?— me pregunta, con la boca llena. Effie protesta, pero nadie hace caso.
Separo los labios para responder, pero Haymitch me interrumpe:
—Cada cosa a su tiempo, chico. Ahora termina tu cena.
Después de cenar nos sentamos en el salón para ver cómo anuncian las puntuaciones en televisión. Primero enseñan una foto del tributo, y a continuación ponen su nota debajo. Los tributos profesionales, como es natural, entran en el rango de ocho a diez. La mayor parte de los demás jugadores se gana un cinco. Me sorprende ver que Rue consigue un siete; no sé qué les enseñaría a los jueces, pero es tan diminuta que ha tenido que ser algo impresionante.
El Distrito 12 sale el último, como siempre. Todos guardamos silencio para oír la nota de Gale. Un 12.
Effie Trinket deja escapar un chillido, y todos le dan palmadas en la espalda, gritan y lo felicitan.
—Tiene que haber un error. ¿Cómo..., cómo pudo pasar?— le pregunta a Haymitch, pasmado.
—Supongo que les gustó tu genio. Tienen que montar un espectáculo, y necesitan algunos jugadores con carácter— responde él, pero de inmediato guardan silencio.
Me clavo las uñas en las palmas de las manos cuando aparece mi cara, ansiosa. Entonces sale el número 9 en la pantalla.
¡Nueve!
No puedo evitar reír, llena de felicidad. Effie me abraza y Haymitch me enseña su pulgar junto con una sonrisa como aprobación. Mi nota no es menor que la de Gale, pero las felicitaciones son las mismas. No me importa que me supere, pero él parece enojarse con la atención que recibo gracias a mi modesto nueve.
—Madge, la chica en llamas— dice Cinna, y me abraza—. Oh, ya verás el vestido para tu entrevista.
— ¿Más llamas?
—Más o menos— responde, travieso.
Gale y yo nos felicitamos. Otro momento incómodo. Los dos lo hicimos bien, pero ¿qué significa eso para el otro?
Me he preguntado en varias ocasiones antes si, en caso de que Effie Trinket sacara el papel con mi nombre de la urna, sería capaz de sobrevivir hasta el final y volver a casa. Lo dudaba. Mis instintos de supervivencia están mucho menos desarrollados que el de los chicos de la Veta, que día a día luchan contra la hambruna y la pobreza. Mi única habilidad destacada es el manejo del piano y realmente es muy poco probable que las bestias creadas por los diseñadores de la Arena puedan ser amansadas con melodías. Sin embargo, ahora tengo una pequeña luz de esperanza a mi favor; y ni Gale, ni nadie, podrá quitármela. Sé que lucharé hasta el final. ¿Gale también lo sabrá?
¿Me verá como una amenaza real ahora? La duda comienza a corcomerme.
Cuando entro en mi habitación me meto entre las sábanas y, con eso en mente, me quedo dormida.
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Al amanecer me quedo un rato echada en la cama observando cómo sale el sol; hace un día precioso. Es domingo, día de descanso en casa. Me pregunto si Katniss estará ya en el bosque. Tengo entendido que, normalmente, ella y Gale dedican todo el domingo a proveerse de presas para la semana. Pienso en ella sin Gale. Los dos cazan bien, pero intuyo que son mejores en pareja, sobre todo si intentan cazar presas grandes. Me pregunto si él la extraña, pero creo que la respuesta es obvia y, por alguna razón, siento que mi corazón se estruja dentro de mi pecho ante esa idea.
Muevo la cabeza e intento desperezarme mientras dirijo mis pensamientos a otra parte. Mañana por la noche nos entrevistará la televisión, así que supongo que todo el equipo estará muy ocupado preparándonos para el acontecimiento.
Me levanto, me doy una ducha rápida y bajo al comedor antes de que Effie fuera a buscarme. Haymitch, como de costumbre, ya está sentado a la mesa, mezclando su jugo de naranja con un líquido transparente que saca de una botella plateada.
—Buenos días, Haymitch— saludo con una sonrisa.
—Buenos días— responde, enterrando su cuchara en el estofado de cordero y ciruelas pasas.
Un avox me sirve un desayuno similar y como en silencio, oyendo los grotescos sonidos que Haymitch hace al sorber su comida. Gale y Effie no tardan en unísernos; ella aún sonriendo por el triunfo de anoche, y Gale con su cara de pocos amigos habitual.
Me mira y veo un ligero brillo de intriga y molestia en sus ojos grises. No estoy muy segura, pero algo me dice que ésta mañana no está muy contento con mi compañía. Quizá el hecho de no poder explicarse cómo logré un 9 en la presentación lo tiene más molesto de lo normal.
—Bueno— Haymitch toma la palabra cuando todos estamos sentados—, como saben, hoy los prepararemos para las entrevistas de mañana
— La entrevista con Caesar Flickerman es muy importante— añade Effie— Podría ser decisivo para captar patrocinadores. Y no lo digo por ti, encanto. El Capitolio ya te ama— dice mirándome; luego mira a Gale de una forma no muy amigable, pero como respuesta él mete una mano en su plato de estofado y se lleva un puñado a la boca sin dejar de mirar a Effie. Ella chilla con enfado, Haymitch suelta una carcajada y yo solo me limito a suspirar.
—Bien, bien, bien. Chico, deja de atormentar a Effie. Es molesta, pero la necesitarás. Después de todo, tiene razón: Maysi atrajo a varios interesados por su belleza; muchos la han comparado con Finnick Odair— no puedo evitar sonrojarme; Finnick Odair es el ganador más joven en la historia de los juegos, y hay quienes dicen que fue su belleza lo que más lo ayudó en el estadio, atrayendo a muchos patrocinadores. De alguna forma, no creo que aquella comparación pueda ser cierta— En cuanto a ti, sólo eres el oscuro chico sin gracia, eclipsado por la belleza de la hija del alcalde; así que no estás en posición de ser insolente— Gale refunfuña, pero no dice nada— Las entrevistas podrían otorgarles cierta ventaja. Los posibles patrocinadores podrán conocerlos mejor y decidir si es conveniente para ellos apostar por ustedes. Así funcionan las cosas aquí, niño. Acostúmbrate.
— ¿Por qué debería? Todos sabemos que, si uno de nosotros llega a salir con vida de la Arena, ése no seré yo…— No pude verlo, pero puedo jurar que me miró mientras decía eso.
De nuevo sentí un hueco en el estómago. Alzo la vista y miro a Gale sin demostrar lo mucho que me habían afectado sus palabras. Separo los labios para protestar, pero ni un sonido sale de mis labios; sólo quiero decirle que no me considero diferente a ellos, a los chicos del distrito, a pesar de mi cabello rubio y la comodidad que la vida me había otorgado, pero no puedo.
Mis ojos se humedecen. Con los años he aprendido a responder y evitar a los ciudadanos del Capitolio con sus conversaciones banales y su uso excesivo de cumplidos y comentarios déspotas. Sin embargo, no estoy acostumbrada a tratar con personas silenciosas y sarcásticas como Gale Hawthorne. Cierro los ojos un momento y suspiro, dejando que todo el dolor se escape junto al aire de mis pulmones.
—Quizá ninguno salga con vida— contesto de forma tan fría que incluso me sorprendo a mí misma.
Gale me mira, desafiante, y le sostengo la mirada.
Como hija del alcalde de un distrito tan pobre como el 12, estoy acostumbrada a las miradas hostiles de quienes menos tienen, a los murmullos rabiosos y a los comentarios hirientes de quienes piensan que mi vida sin prohibiciones es ofensiva. Gale no es muy diferente de ellos; no obstante, sus hombros anchos, su larga altura y sus cejas siempre fruncidas hacen que su presencia ya me resulte lo suficientemente intimidante sin contar con su carácter reservado. Seguramente, que sea un chico muy atractivo no ayuda mucho. Él sigue mirándome de esa forma, como si intentara desafiarme, hacerme saber que no le agrado. Me incomoda, pero eso no basta para que lo demuestre. Pasé casi toda mi vida entre personas hipócritas y lambisconas. La actitud huraña y casi infantil de Gale está a años luz de poder molestarme de verdad.
— ¡Ya, ya!— Haymitch interrumpe nuestro unilateral duelo de miradas—. Por cierto, Maysi, ¡eres una hipócrita, cariño! Y tú, chico, eres un idiota y no me agradas ni un poco... Ahora que todos expresamos nuestro desagrado por los demás, creo que será propicio seguir con lo que nos importa: las entrevistas. Después de comer, pasarán mediodía con Effie para todo eso de los modales y blablablá; luego vendrán conmigo y decidiremos el enfoque de cada uno, ¿quedó claro?
Asiento, algo avergonzada, y supongo que Gale también lo hace, porque no se escucha ningún otro sonido mientras todos seguimos comiendo.
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Cuando acabamos de comer, Effie nos guía primero a nuestros respectivos cuartos, deja solo a Gale y entra al mío. Me ayuda a ponerme un vestido largo y tacones altos (no los que llevaré en la entrevista de verdad), y, mientras vamos a la sala a reunirnos con Gale, me explica cómo debo andar. No es gran problema; los tacones no son mi fuerte, pero pasé horas caminando con ellos en casa. Nunca me habían gustado mucho, pero mamá insistía en que debía aprender a caminar como toda una dama.
Gale, por su parte, parece haberse resignado a dejar de lado su inútil lucha silenciosa con la ropa del Capitolio, y viste un elegante traje de un brillante color azul.
Él me observa caminar con tacones. Creo que espera verme fallar para reírse de mí, pero no le doy oportunidad. Después de que Effie alabara mi forma de caminar, mi postura y mi forma de sentarme (además de mis modales en la mesa y todas las cosas que ahora agradezco que mamá me hubiera enseñado), se dedica exclusivamente a Gale, y me doy cuenta de que él es el verdadero problema.
— ¡No abras las piernas! ¡Crúzalas! ¡Crúzalas! ¡No, así no!
Cuando Gale por fin decide dejar de hacer enfadar a Effie y cooperar, todo parece mucho más sencillo. A regañadientes, corrige su forma de sentarse, su postura, el contacto visual, los gestos de sus manos y las sonrisas. Lo que más le cuesta es sonreír, sobre todo, porque sonreír ya no consiste en sonreír sin más. Effie nos obliga a ambos a ensayar cien frases banales que empiezan con una sonrisa, se dicen sonriendo o terminan con una sonrisa. A la hora de la comida, Gale parece tener un tic nervioso en los músculos de las mejillas, de tanto estirarlos.
— ¡Eres perfecta, querida!— dice Effie, sujetando mis hombros— ¡Vas a brillar mañana!— me sonríe y voltea hacia Gale, suspirando y dejando de lado su actitud efusiva— Bueno, he hecho lo que he podido— dice, suspirando otra vez—. Recuerda una cosa, Gale: tienes que conseguir gustarle al público.
— ¿Crees que no le gustaré?— responde él, frunciendo el ceño de inmediato.
—No si los miras con esa cara todo el tiempo. ¿Por qué no te la reservas para el estadio? Es mejor que imagines que estás entre amigos.
— ¡Están apostando cuánto tiempo duraré vivo!— estalla—. ¡No son mis amigos!
— ¡Pues fíngelo!— exclama Effie. Después recupera la compostura y esboza una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Ves? Así. Te sonrío aunque me estés exasperando.
—Sí, muy convincente. Voy a comer.
Se quita los puntiagudos zapatos de un par de patadas y sale hecho una furia hacia el comedor, quitándose la chaqueta en el camino y tirándola al suelo. Effie resopla con enojo, yo sólo me encojo de hombros y salgo detrás de él.
Después del almuerzo, Haymitch nos lleva al salón, nos pide que nos sentemos en el sofá y mira a Gale con el ceño fruncido durante un buen rato.
— ¿Qué?— pregunta él finalmente.
—Intento averiguar qué hacer contigo, cómo te vamos a presentar. ¿Vas a ser encantador? ¿Altivo? ¿Feroz? Por ahora brillas como una estrella: Portia te hizo inolvidable y obtuviste la máxima puntuación en las demostraciones. La gente siente curiosidad, pero nadie sabe cómo eres. La impresión que causes mañana decidirá lo que puedo conseguirte con los patrocinadores.
Gale se cruza de brazos y frunce el ceño.
— ¿Y qué hay de Madge?— me señala con el mentón— ¿Por qué no le dices nada a ella?
—Porque el público ya la ama. Su belleza le juega a favor. Lo único que tiene que hacer es no echarlo a perder, ¿entendiste, cariño?— Me mira.
—Creo…— murmuro, un tanto confusa. ¿Yo, bella? ¿El público me ama? Eso sí es nuevo…y extraño.
Como llevo toda la vida viendo entrevistas con los tributos, sé que hay algo de verdad en lo que dice. Si le gustas a la audiencia, ya sea porque les resultas cómico, brutal o excéntrico, te ganas su favor.
— ¿Cuál será su enfoque entonces? ¿O no puedo saberlo?
Haymitch suspira y se echa hacia atrás sobre su asiento, mirándome.
—Sí; será más sencillos de esa forma… A ver, cariño— se acomodó sobre el sofá— Deslúmbranos.
— ¿Qué?
—Dinos, ¿cuál será tu enfoque en las entrevistas?
—Oh…— bajo la mirada. Mi enfoque… realmente no había pensado en eso.
Intento recordar las palabras de papá:
« No necesitas ser el más fuerte para ganar, basta con que simpatices al público para conseguir patrocinadores. Haz lo que sea necesario; sé simpática, eres una jovencita muy hermosa, y eres muy inteligente». Tuerzo los labios y pienso.
Agradar al público…
Recordar sus vítores clamando mi nombre durante la Presentación me llena de una excitación impensada, y la esperanza de poder ganar regresa a mí más fuerte que nunca. Tal vez no sea la más peligrosa, pero pueden apostar a que seré la más deseable.
—No lo sé exactamente…— admito— Supongo que seré simpática. Intentaré bromear con el presentador; eso nunca falla.
—Buena idea. Pero no olvides alabarlos. Eso siempre los enloquece.
—Ah, sí. También estuve pensando en hablar de Cinna, o de Prim. Tal vez puedo llegar a los más sentimentales si llorara un poco...
— ¡Perfecto!— Haymitch da una palmada entusiasta y me mira, complacido— ¿Sabes qué más podría funcionar? Hablar de Maysilee.
Sus palabras me dejan atónita. ¿Por qué hablar de mi tía muerta, a la que ni siquiera conocí? Entonces, como si de un baldazo de agua se tratase, recuerdo que años atrás ella estuvo sentada en aquel escenario, hablando con el mismo Caesar Flickerman con el que yo hablaría.
—Tal vez…— respondo, dudosa— ¿Crees que él la recuerde?
—Puede ser. Caesar lleva más de cuarenta años en esto, y es difícil olvidar a alguien como Maysilee Donner. Ella no causó gran sensación como tú en su presentación, pero dejó a varios encandilados con su belleza, idéntica a la tuya. Quizá Caesar la recuerde, o tal vez tú puedas recordársela.
— ¿Quién es Maysilee Donner?— interviene Gale, quien parece molesto por haber quedado fuera de aquella conversación. Haymitch y yo lo miramos, pero ninguno responde— ¿Quién es Maysilee Donner?— insiste, más molesto que antes.
—Nadie que te interese— contesta Haymitch, escueto. Saca una licorera de su chaqueta y le da un sorbo— Bien, chico. Ya conoces el enfoque de Maysi: intentará ser simpática. Sabe cómo ser agradable, le sale de forma natural. Por otro lado, cuando tú abres la boca pareces malhumorado y hostil. Y en verdad lo eres.
— ¡No es verdad!
—Por favor. No sé cómo lograste brillar en la Presentación, pero debes darle un poco de alegría a tu actitud.
— ¿Y por qué habría de hacerlo? Tú no me has dado razones para estar alegre...
—No tienes que agradarme a mí, yo no te voy a patrocinar.
— ¿Por qué voy a ir dando saltos de un lado a otro como un perro amaestrado que intenta agradar a la gente a la que odio?
— ¡Ya deja eso! Te guste o no, esa gente puede salvar tu triste y miserable vida, niño. A ver, finge que soy tu público, encandílame.
— ¡Bien!— gruñe Gale.
Haymitch adopta el papel del entrevistador y Gale intenta responder a sus preguntas de forma adorable, pero es más que evidente que no puede, parece demasiado enfadado con él por lo que ha dicho e incluso por tener que responder a sus preguntas. Cuanto más dura la entrevista, más sale a relucir su furia, hasta que empieza a escupir las respuestas, literalmente.
—Bien, ya basta— dice Haymitch—. Tenemos que encontrar otro enfoque para ti. No sólo eres hostil y peligrosamente verborrágico, sino que tampoco sé nada sobre ti. Te he hecho cincuenta preguntas y sigo sin hacerme una idea de cómo son tu vida, tu familia y las cosas que te importan. Quieren conocerte, chico.
— ¡No quiero que me conozcan! ¡Ya me están quitando el futuro, al igual que a esos otros veintitrés chicos! ¡No pueden llevarse también lo que me importaba en el pasado!
— ¡Pues miente! ¡Invéntate algo!
—No se me da bien mentir.
—Pues aprende deprisa. Tienes tanto encanto como una babosa muerta— Auch, eso me dolió incluso a mí. Hasta Haymitch tiene que haberse dado cuenta de que se pasó, porque suaviza un poco el tono—. Tengo una idea: intenta actuar con humildad.
—Humildad—. Repite Gale entre dientes.
—Que no te puedes creer que un niño del Distrito 12 haya podido hacerlo tan bien, que todo esto es más de lo que nunca te hubieras imaginado. Habla de la ropa de Portia, de lo simpática que es la gente, de cómo te asombra esta ciudad. Si no quieres hablar de ti, al menos halágalos también. Sigue diciéndolo una y otra vez, habla con entusiasmo.
Las horas siguientes son bastante entretenidas. Al instante queda claro que Gale no puede hablar con entusiasmo. Haymitch intenta abordar el asunto por otro lado, pero la coraza que Gale lleva encima es demasiado impenetrable, aún para él.
Me sorprendo un poco. Sé que Gale es ingenioso, aunque no parece ser alguien divertido; es guapo, aunque parece no darse cuenta de ello; podría jugar a ser misterioso, pero no tiene la arrogancia necesaria. Al final, Haymitch decide que es un candidato apto para apostar por la ferocidad.
—Bien, chico. Al menos esa cara de pocos amigos tuya te servirá de algo. Limítate a responder las preguntas e intenta que el público no vea lo mucho que lo desprecias— gruñe mientras le da un enorme sorbo a su licorera. Gale se para de un salto y sale de la habitación echando lumbre. Lo miro irse desde mi lugar; después miro a Haymitch y me quedo así por un rato.
—Estará bien— me dice, entre sorbo y sorbo.
Suspiro y le sonrío. Ya era hora de cenar para cuando acabó con Gale, así que los dos nos dirigimos a la mesa.
— ¿Cómo les fue?— pregunta Effie con su voz chillona— ¿Dónde está Gale?
—Sobrevivirán— contesta Haymitch mientras se escarba entre los dientes con un cuchillo de plata— Y no creo que el chico se siente con nosotros hoy. Estaba de malas. Pide que le lleven la cena al cuarto.
Curiosamente, Effie asiente. Supongo que lo último que quiere es a un adolescente malhumorado en su mesa.
Mientras comemos, ultimamos detalles sobre mi entrevista. Cinna y Portia no nos acompañan, por lo que intuyo que deben estar ultimando detalles también.
Hablamos largo rato de Caesar, las entrevistas, los demás tributos, y sobre Maysilee…
Es extraño, pero recordarla, aunque nunca la conocí, me resulta doloroso, pero intrigante a la vez.
Quizá sea de ayuda: la sobrina de un tributo caído el la Arena regresa para tomar revancha. Suena prometedor, tengo que admitirlo. Sobre todo, teniendo en cuenta que, según Haymitch, ella y yo somos como dos gotas de agua, y tal vez tenga razón. Tengo un gran parecido con mi madre, y, por lo que sé, Maysilee y ella eran gemelas.
Me detengo un segundo a pensar en ello.
Desde que tengo memoria mamá ha tenido esas horribles jaquecas que la dejan postrada. No lo había pensado antes, pero ahora creo que Maysilee pueden tener que ver con ello. Es decir, ver la muerte de tu hermana en vivo y en directo puede afectar a cualquiera. Me pregunto como fue que ella…
— ¿Madge?
— ¿Eh?— la voz de Effie me sacó de mis cavilaciones. Ella me sonríe desde el otro extremo de la mesa.
—Dije que ya deberías irte a la cama, querida. ¡Mañana será un día muy, muy, muy importante!
Asiento y me despido de ellos antes de retirarme. En verdad se había hecho muy tarde ya.
Camino por el pasillo y veo a la chica avox de cabello pelirrojo salir de la habitación de Gale. Ella me ve y baja la mirada de inmediato, pasando junto a mí como una bala, sin atreverse a mirarme. La observo hasta que se me pierde de vista y luego miro la puerta de Gale. Todo estaba apagado.
Me encojo de hombros y entró en mi recámara, me quito la ropa e intento dormir.
Effie tiene razón: mañana será un día muy, muy, muy importante.
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Por la mañana, el equipo de preparación aparece a primera hora. Las clases con Effie y Haymitch han terminado, este día le pertenece a Cinna.
El equipo trabaja conmigo hasta bien entrada la tarde, convirtiendo mi piel en satén reluciente, trazándome dibujos en los brazos, pintando llamas en mis veinte perfectas uñas. Después, Venia empieza a peinarme; trenza varios mechones rojos en un recogido que parte de mi oreja izquierda, me rodea la cabeza y cae convertido en una sola trenza por mi hombro derecho. Me borran la cara con una capa de maquillaje pálido y vuelven a dibujarme las facciones: enormes ojos azules, labios rojos carnosos, pestañas que despiden rayitos de luz cuando parpadeo. Por último, me cubren todo el cuerpo de un polvo dorado que me hace relucir.
Entonces entra Cinna con lo que, supongo, será mi vestido, pero no lo veo, porque está cubierto.
—Cierra los ojos— me ordena.
Primero noto la tela sedosa y después el peso. Debe de pesar unos dieciocho kilos. Me agarro a la mano de Octavia, una de los miembros de mi equipo de preparación, y me pongo los zapatos a ciegas, aliviada al comprobar que son al menos cinco centímetros más bajos que los que Effie utilizó para las prácticas. Ajustan un par de cosas y toquetean el traje; todos guardan silencio.
— ¿Puedo abrir los ojos?— pregunto.
—Sí— responde Cinna—, ábrelos.
La criatura que tengo frente a mí, en el espejo de cuerpo entero, ha llegado de otro mundo, un mundo en el que la piel brilla, los ojos deslumbran y, al parecer, hacen la ropa con piedras preciosas, porque mi vestido está completamente cubierto de gemas que reflejan la luz, piedras rojas, amarillas y blancas con trocitos azules que acentúan las puntas del dibujo de las llamas. El más leve movimiento hace que parezcan envolverme unas lenguas de fuego.
Soy linda. Soy bella. Y resplandezco como el sol.
Todos se limitan a mirarme durante un rato.
—Oh, Cinna— consigo susurrar por fin—. Gracias.
—Da una vuelta completa— me dice, y extiendo los brazos y lo hago.
El equipo de preparación grita, entusiasmado.
Cinna le dice al equipo que se vaya y hace que me mueva por la habitación con el vestido y los zapatos, que son muchísimo más manejables que los de Effie.
—Bueno, ¿todo listo para la entrevista?— me pregunta Cinna.
Lo miro a los ojos y sonrío.
—Creo…no estoy muy segura, no soy buena con las palabras... pero al menos Haymitch dice que el público me adora.
—Es cierto. Ellos te aman— corrobora.
Me encojo de hombros.
—Supongo que lo hacen porque soy la hija de un alcalde; y, además, una voluntaria. Debe ser algo que no se ve todos los días…
—No lo creo, y el equipo de preparación te adora; incluso te ganaste a los Vigilantes. En cuanto a los ciudadanos del Capitolio, no dejan de hablar de ti. Nadie puede evitar admirar tu belleza, pero, especialmente, tu espíritu.
Mi espíritu; eso es nuevo. No sé bien qué significa, aunque creo que sugiere que soy una luchadora, que soy valiente o algo así. Me agrada.
— En cuanto a que no eres buena con las palabras…
—No lo soy. No se me da muy bien; es decir, puedo oír pacientemente a otros, y me sé un millón de respuestas educadas y banales, pero no estoy muy segura de agradar al público con eso… Haymitch dice que quieren conocernos, y no sé si pueda hacerlo.
— ¿Y si, cuando estés respondiendo a las preguntas, te imaginas que estás hablando con un amigo de casa?— me dice, tomándome las manos, que están heladas; las suyas no—. ¿Cómo era el nombre de tu amiga? La hermana de la niñita.
—Katniss— respondo al instante—, aunque no tiene sentido, Cinna. Ella tampoco es muy habladora, ¿sabes? Nuestras conversaciones no solían ser muy profundas.
—Entonces, hay cosas que quieres decirle y nunca lo hiciste ¿verdad?
—Supongo.
—Bueno, imagínate que estás con ella, en casa, sincerándote como nunca antes. Como sólo lo harían dos amigas.
Lo miro y frunzo el ceño.
— ¿Crees que funcione?
—Podemos intentarlo. Preséntate con Katniss; háblale de ti, y de las cosas que te gustan, por ejemplo. ¿Lo intentarás?
Asiento. Me siento un poco más calmada ahora. Cinna es genial.
El momento de salir llega demasiado pronto. Las entrevistas se realizan en un escenario construido delante del Centro de Entrenamiento. A los pocos minutos de salir de mi cuarto estaré delante de la multitud, de las cámaras, de todo Panem.
Cuando Cinna va a girar el pomo de la puerta, le tomo la mano. Hasta el momento me sentía relativamente bien, sin embargo, el pánico escénico me ataca de pronto.
—Cinna...— me tiemblan las rodillas. Cinna sólo me sonríe.
—Recuerda, ya te aman— me dice con amabilidad—. Limítate a ser tú misma.
Nos reunimos con el resto del equipo del Distrito 12 en el ascensor. Portia y los suyos han trabajado mucho: Gale luce impresionante con su traje negro con adornos de llamas. Aunque tenemos buen aspecto juntos, se me hace un poco extraño que no nos vistieran exactamente igual. Haymitch y Effie también se han arreglado para la ocasión; les sonrío a ambos en respuesta a sus cumplidos. Realmente son muy agradables cuando no están peleando.
Se abren las puertas del ascensor y vemos que los demás tributos se ponen en fila para subir al escenario. Los veinticuatro nos sentamos formando un gran arco durante las entrevistas. Yo seré la última, o la penúltima, porque la chica siempre precede al chico de su distrito. Eso me da cierta ventaja por el momento. Me recuerdo abrir los ojos y prestar atención a todos los tributos que pasen antes que yo. Tal vez pueda aprender algo de ellos que me ayude a buscar a algún aliado en el estadio.
Justo antes de que salgamos a desfilar por el escenario, Haymitch se nos acerca por detrás y gruñe:
—Recuerda, siguen siendo una pareja feliz, así que actúen como si lo fueran. Y te lo digo a ti, chico.
La cara de fastidio de Gale es automática, pero no tiene tiempo de protestar. Se ve molesto, pero no creo que sea un gran problema. En cualquier caso, no tenemos mucho espacio para interactuar, ya que caminamos de uno en uno hasta nuestros asientos y ocupamos nuestros sitios.
Al poner el primer pie en el escenario suspiro profundamente, aunque es inútil. Casi puedo escuchar los latidos de mi corazón. Es un alivio llegar a la silla, porque, entre los tacones y el temblor de piernas, me da miedo tropezar. Aunque ya cae la noche, el Círculo de la Ciudad está más iluminado que un día de verano. Han construido unas gradas elevadas para los invitados prestigiosos, con los estilistas colocados en primera fila. Las cámaras se volverán hacia ellos cuando la multitud reaccione a su trabajo. También hay un gran balcón reservado para los Vigilantes, y los equipos de televisión se han hecho con casi todos los demás balcones. Sin embargo, el Círculo de la Ciudad y las avenidas que dan a él están completamente abarrotados de gente, todos de pie. En las casas y en los auditorios municipales de todo el país, todos los televisores están encendidos, todos los ciudadanos de Panem nos ven.
Sonrío al recordar a mamá protestando por la falta de energía en el distrito. Esta noche no habrá apagones.
Caesar Flickerman, el hombre que se encarga de las entrevistas desde hace más de cuarenta años, entra en el escenario. Da un poco de miedo, porque su apariencia no ha cambiado nada en todo ese tiempo: la misma cara bajo una capa de maquillaje blanco puro; el mismo peinado, aunque cada año lo tiñe de un color diferente; el mismo traje de ceremonias, azul marino salpicado de miles de diminutas bombillas que centellean como estrellas. Este año, Caesar tiene el cabello de color celeste, y los párpados y labios pintados del mismo tono. Está raro, aunque no da tanto miedo como el año pasado, que iba de escarlata y daba la impresión de que estaba sangrando. El presentador cuenta algunos chistes para animar a la audiencia y después se pone manos a la obra.
La chica del Distrito 1 sube al centro del escenario con un provocador vestido transparente dorado y se une a Caesar para la entrevista. Está claro que su mentor no ha tenido ningún problema al elegir su enfoque: tiene un brillante cabello rubio, como el mío, los ojos verde esmeralda, un cuerpo alto y esbelto..., es bastante bonita, aunque no es la gran cosa.
Las entrevistas duran tres minutos, pasados los cuales suena un zumbido y sube el siguiente tributo. Hay que reconocer que Caesar hace todo lo posible por que los tributos brillen; es agradable, intenta tranquilizar a los nerviosos, se ríe con las bromas tontas y puede convertir una respuesta floja en algo memorable sólo con su reacción. Me agrada.
Permanezco sentada como una dama mientras los distritos siguen pasando, 2, 3, 4. Todos parecen tener un enfoque: el chico apuesto y enorme del Distrito 2 es una máquina de matar implacable; la chica con cara astuta del Distrito 5 es maliciosa y escurridiza. Veo a Cinna en cuanto se sienta y le sonrío. 8, 9, 10. Un chico con una pierna lastimada del Distrito 10 es muy callado. Me sudan un poco las manos y el vestido de piedras preciosas no es absorbente, así que me resbalan si intento secármelas en él. 11.
Rue, con un vestido de gasa y alas, revolotea hasta Caesar, y la multitud guarda silencio al ver a la chica, que parece un soplo de aire mágico. El presentador la trata con dulzura y alaba el siete que sacó en los entrenamientos, una puntuación muy alta para alguien tan pequeño. Cuando le pregunta cuál será su punto fuerte en el estadio, ella no vacila:
—Cuesta atraparme— dice, con voz trémula—. Y, si no me atrapan, no podrán matarme, así que no me descarte tan deprisa.
—Ni en un millón de años— responde Caesar, animándola.
El chico del Distrito 11, Thresh, tiene la misma piel morena de Rue, pero ahí se acaba el parecido. Es uno de los gigantes, casi dos metros de altura, y tiene la constitución de un buey, aunque oí que ha rechazado las invitaciones de los tributos profesionales para unirse a ellos. Ha preferido quedarse solo, sin hablar con nadie y mostrando poco interés por el entrenamiento. Aun así, ha conseguido un diez, y no cuesta imaginar qué ha impresionado a los Vigilantes. Hace caso omiso de los intentos de Caesar por bromear con él y responde con sí o no, o, simplemente, no dice nada. De nuevo ahogo una sonrisa. Creo que alguien más robó el enfoque de Gale. Claro que él no tiene el tamaño de Tresh, pero creo que aun así podría causar buena impresión siendo malhumorado y hostil...
Y ahora llaman a Madge Undersee, y me siento como en un sueño, levantándome y acercándome al escenario central. Acepto el apretón de manos de Caesar, temiendo que estuviera demasiado sudada, pero él no dice nada.
—Bueno, Madge, permíteme decirle al público que: ¡sí, señores! ¡Es aún más hermosa en persona!— exclama, y el público responde con gritos y aplausos ensordecedores. Intento mostrarles mi sonrisa más radiante, aunque no estoy muy segura de los resultados.
Suspiro disimuladamente. Hora del show.
— ¡Ay, Caesar! No me alabes tanto, ¡o acabaré creyendo que lo que dices es cierto!— digo mientras lo golpeo en el brazo con suavidad. El público ríe de tal forma que me da valor. Estoy dándoles un buen espectáculo, sin duda.
— ¡Oh, por favor, Madge!— ríe y se dirige al público— ¿No es encantadora?— la respuesta son un montón de gritos y aplausos. De seguro mi padre y Peeta están orgullosos— Ahora dinos, ¿qué es lo que más te gustó del Capitolio?
—Ah, bueno, conocía la belleza de la ciudad; ya sabes, mi familia y yo hemos estado aquí antes, así que no tuve ningún problema con los diez mil botones de las duchas como sospecho que les pasó a muchos.
Caesar y la audiencia ríen a más no poder.
—Apuesto a que no, porque luces impecable.
—Y huelo a rosas— añado, en un esfuerzo sobre humano—, ¿quieres olerme?— Caesar mira al público, que responde con más risas histéricas; me tomo un segundo para sorprenderme por mi propia osadía, pensando que eso es algo más propio de la actitud simpática de Peeta, y le hago señas para que se acerque a mí y me huela.
—Y no miente— le dice al público, riendo— ¿Yo también huelo a rosas?
—A ver…— vuelvo a hacerle señas y me acerco a su cuello, olisqueándolo—. No, tú hueles a jazmines, Caesar.
— ¡Oh, que mal! Creo que fui yo quien se equivocó con los botones, ¿no creen?
El público estaba enloquecido. Vislumbro a algunos que hasta comenzaban a llorar de la risa.
— Bueno, Madge— sigue Caesar, en tono confidencial—, cuando apareciste en la ceremonia inaugural se me paró el corazón, literalmente. ¿Qué te pareció aquel traje?
Cinna arquea una ceja, y no puedo evitar soltar una risa.
— ¿Quieres decir después de comprobar que no moría carbonizada?
Carcajada del presentador, carcajadas auténticas del público.
—Sí, a partir de ahí.
—Pensé que Cinna era un genio, que era el traje más maravilloso que había visto y que no me podía creer que lo llevase puesto. Tampoco puedo creerme que lleve éste— Levanto la falda para extenderla—. ¡Fíjate!
Mientras el público se deshace en exclamaciones de admiración, veo que Cinna mueve el dedo en círculos; sé qué quiere decirme: «Gira para mí».
Me levanto, doy un giro completo y la reacción es inmediata.
— ¡Oh, hazlo otra vez!— me pide Caesar, así que levanto los brazos y doy vueltas y más vueltas, dejando que la falta flote, dejando que el vestido me envuelva en llamas. El público me vitorea. Cuando me detengo, tengo que agarrarme al brazo del presentador—. ¡No te pares!— me dice.
—Tengo que hacerlo, Caesar ¡Estoy mareada!
También estoy soltando risitas tontas, que es algo que, me parece, no he hecho en la vida, ni siquiera en las fiestas con toda esa gente colorida del Capitolio a las que mi padre me llevaba. Los nervios y los giros han podido con mi actitud calmada y reservada.
—No te preocupes, te tengo— me dice Caesar, rodeándome con un brazo—. No podemos dejar que sigas los pasos de tu mentor— Todos empiezan a abuchear y las cámaras enfocan a Haymitch, que ahora es famoso por su caída en la cosecha; él agita una mano para callarlos, de buen humor, y me señala—. No pasa nada— dice el presentador para tranquilizar a la multitud—, conmigo está a salvo. Bueno, hablemos de la Cosecha. ¡Casi se me caen las joyas cuando vi a la hija del alcalde del Distrito 12 siendo voluntaria! ¿No les pasó igual?
La audiencia se deshace en exclamaciones.
—Sí… es algo que no se ve muy seguido, ¿verdad?— le sonrío con tristeza. Podría jurar que varias personas suspiraron cuando lo hice.
—Absolutamente. Pero volvamos al momento en que dijeron el nombre de la niñita en la cosecha—sigue el presentador, con un tono pausado—. Tú te presentaste voluntaria por alguien que no es de tu familia. ¿Nos puedes hablar de eso?
Una oleada de melancolía me invade pronto. Miro a Cinna, y él me tranquiliza con sus ojos.
—Se llama Primrose, sólo tiene doce años, y no, no es parte de mi familia. Es la hermanita menor de mi mejor amiga…
— ¿Y por tu amiga te presentaste volutaria?
Iba a contestar un sí, pero me detengo a pensarlo. Haymitch me había dado una herramienta que podría serme muy útil, y estoy segura de que mis padres estarán de acuerdo en que la use.
—No en realidad— respondo con simpleza, y más indiferencia de la que hubiera querido. Caesar me observa, azorado— Es decir, aprecio mucho a Katniss, mi amiga, y su familia, pero no fue por ellas que me presenté como voluntaria.
— ¿Ah, no?— pregunta él, confuso, y el público guarda un silencio tan expectante que casi es abrumador.
Sonrío.
—Por favor, Caesar. ¡No me digas que la escena no te resulta familiar!
El me mira, confundido aún, por un instante. No lo culpo. Por ese escenario han pasado tantos jóvenes que debe ser muy difícil recordar a sólo uno. No obstante, Caesar acaba sonriendo.
—Creo que no me había dado cuenta antes. Lo cual es extraño, porque eres idéntica a ella…
Confusión total en el público; aunque algunos, de seguro los más viejos, sueltan pequeñas exclamaciones.
— ¡Maysilee Donner!— grita alguien. Caesar y yo nos giramos al público. Sonrío tanto que casi duele.
—Maysilee Donner— confirmo— Un tributo que pasó por aquí hace muchos años… mi tía.
Un 'Oh' general se esparció por todas las gradas, luego, el silencio era tan absoluto que no se oía ni un suspiro. Incluso el presentador parece haberse quedado sin palabras.
— Maysilee Donner… imposible olvidarla— dice Caesar, suspirando; no sé a qué se refiere exactamente, pero le sonrío de forma automática— ¿Fue por ella que fuiste voluntaria?— Asiento; él me mira con sincera empatía y suspira— Ya veo… Debe ser muy movilizante para ti que tu mentor sea el ganador de los Juegos en los que ella murió— Toma mi mano y la aprieta; el público demuestra su comprensión, pero yo no reacciono. Estoy demasiado impactada a causa de las palabras de Caesar.
Mis peores miedos acaban de ser confirmados: Maysilee y Haymitch estuvieron en la misma Arena; Maysilee murió, y Haymitch ganó. La ecuación me lleva a sólo una solución posible…
— ¿Madge?
Me giro automáticamente hacia Caesar, recuperando la compostura.
Trago saliva.
—Sí. Mi madre siempre dijo que ella vive en mí; por eso fui voluntaria. Mi tía no pudo salir del estadio, pero yo lo haré— exclamo con una vehemencia que no sé de dónde salió—. Llevaré honor a mi distrito, ¡y ganaré por Maysilee Donner!
Los gritos de la multitud son de tal magnitud que me dejan aturdida. Muchos aplauden de pie y gritan mi nombre; otros lloran y lanzan besos. Sea como sea, logré cautivarlos.
Caesar pide silencio, pero la multitud no cede al principio.
—Eso es muy conmovedor, Madge. Y estoy seguro de que tu tía, esté dónde esté, está muy orgullosa de ti.
—Gracias. Lo sé. También yo estoy orgullosa de ella… ¡y encantada con tu maravilloso público!— sonrío una vez más. La multitud se desquicia.
— ¡Ellos también te adoran!— exclama Caesar con una enorme sonrisa— ¿O no?— el público grita, y vitorea; me transmiten tantas emociones que me siento abrumada. Entonces suena el zumbido—. ¡Oh, no es posible! Lo siento, nos hemos quedado sin tiempo— la multitud protesta— Pero Madge, querida, ¡te deseo la mejor de las suertes! Y creo que hablo por todo Panem cuando digo que te llevamos en el corazón… ¡Madge Undersee, Distrito 12!
Camino a mi asiento, medio aturdida, medio contenta con mis resultados.
Los aplausos continúan mucho después de sentarme. Miro a Cinna y él levanta el pulgar para indicarme que todo ha ido bien.
Gale camina hacia Caesar con paso firme, muy serio y digno.
Caesar lo recibe con una amplia sonrisa e intenta bromear con él, pero Gale no le sigue el juego.
Sólo espero que no comience a despotricar contra el Capitolio en medio del escenario…
La charla es bastante monótona. Caesar le pregunta sobre lo que más les gusta del Capitolio; Gale responde, sin titubeos, que la comida. El presentador bromea un poco al respecto, pero Gale no mueve ni siquiera la curvatura de sus labios. Todo es aburrido hasta que sale el tema de su puntuación:
—Bueno, hablemos de la puntuación: do-ce. Danos una pista de lo que pasó allí dentro.
Milagrosamente, Gale sonríe por primera vez, aunque no de una forma sincera como lo hizo después de la Presentación; más bien, sonríe con sorna, como lo hacían los tributos profesionales.
—Pues...— dice, mirando a los Vigilantes, que están en el balcón, y les sonríe—. Sólo diré una cosa: creo que nunca habían visto nada igual.
Las cámaras enfocan a los Vigilantes, que están riéndose y asintiendo.
—Nos estás matando— protesta el presentador, como si le doliese de verdad—. Detalles, detalles.
—Se supone que no puedo contar nada, ¿verdad?— pregunta Gale con fingida inocencia, mirando al balcón.
— ¡Así es!— grita uno de los Vigilantes.
—Gracias— responde Gale—. Lo siento, mis labios están sellados.
—Bueno…volvamos entonces al momento de la Cosecha— sigue el presentador, con un tono más pausado—. Todo Panem vio el emotivo abrazo que te dieron esos tres niños… ¿son tus hermanos?
«Oh, oh», pienso.
La sonrisa de Gale desaparece. Tal y como lo sospechaba, no está dispuesto a hablar de su familia. Parece contrariado durante un segundo, mirándose los zapatos como si fueran lo más interesante del mundo.
Estoy temiendo que fuera a responder con alguna grosería cuando habla:
—Sí.
—Lo sabía— dice Caesar, comprensivo— Creo que hablo por todo Panem cuando digo que la pequeña nos tocó el corazón. ¿Cómo es su nombre?
—Posy— responde de forma casi automática. Es más que claro que la situación no le gusta. Nada.
El silencio era tan absoluto que no se oía ni un suspiro.
—Es muy pequeña… sus bracitos apenas podían rodearte— recuerdo la escena; a la hermanita de Gale negándose a soltarlo. Fue en verdad conmovedor— ¿Qué te dijo después de la cosecha?
—Me pidió que ganase.
La audiencia está paralizada, pendiente de cada palabra.
— ¿Y qué respondiste?— pregunta Caesar, con amabilidad. Cuando Gale habla, el tono de su voz parece haber bajado una octava.
—Le juré que lo haría.
—Seguro que sí— dice él, apretándole la rodilla. Entonces suena el zumbido— Lo siento, se acabó el tiempo. Te deseo la mejor de las suertes, Gale Hawthorne, tributo del Distrito 12.
La gente aplaude, aunque no tan desaforadamente como ocurrió conmigo.
Gale se despide de Caesar con un serio apretón de manos; voltea y vuelve a su asiento.
Antes de sentarse me mira a los ojos, y puedo sentir el odio en su mirada gris.
Su mensaje me queda claro: a partir de ahora, él y yo somos enemigos.
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Continuará...
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Nos vemos!
H.S.
