Disclaimer: Los personajes del Los Juegos del Hambre son propiedad de Suzanne Collins.
SEGUNDA PARTE:
LOS JUEGOS
5
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Después del himno, los tributos nos ponemos en fila para volver al vestíbulo del Centro de Entrenamiento y sus ascensores. No sé por qué me encuentro a mí misma asegurándome de no meterme en el mismo que Gale. La muchedumbre frena a nuestro séquito de estilistas, mentores y acompañantes, así que nos quedamos solos; no hablamos. Mi ascensor deja a cuatro tributos antes de quedarme sola y llegar a la planta doce. Acabo de salir del ascensor cuando Gale me toma de los hombros y me acerca a él, mirándome fijamente; pierdo el equilibrio y me sostengo de sus brazos para no caer, aunque su agarre me lo hubiera impedido de todos modos.
— ¿Qué diablos fue todo eso?— pregunta entre dientes, sacudiéndome— ¡Estabas valiéndote de tu tía muerta para ganar patrocinadores! ¡Eso es jugar sucio!
Abro mucho los ojos, impactada al principio. Parte de mí sabe que tiene toda la razón; aun así, sus palabras me molestan, y me llenan de una rabia que no puedo controlar.
Intento liberarme con movimientos torpes, pero sólo consigo que Gale me sujete con más fuerza, haciéndome daño.
— ¿Creíste que eso te daría ventaja? ¿Qué podrías ganar?— suelta una risa socarrona— Primero obtienes un nueve con una habilidad que no revelaste a nadie; después te metes a esos imbéciles en el bolsillo sin ningún esfuerzo… Creo que te subestimé. Dime, Madge, ¿qué otros secretos tienes escondidos?— masculla, acercando peligrosamente su rostro al mío. Me quedo en estado de shock, mirándolo directamente a los ojos. No obstante, desvío el rostro tan deprisa como puedo, y, reuniendo toda la fuerza que me es posible, logro colocar las manos en su pecho y empujarlo lejos de mí.
—Sólo hago lo que está a mi alcance para sobrevivir— respondo con una frialdad impropia de mí. Gale me mira, un poco azorado, pero no dice no hace nada. De pronto, vuelve a acortar la distancia que nos separa y vuelve a acercarse, amenazante y abriendo la boca para decir algo, pero se detiene a pocos centímetros al oír la campanilla del elevador.
Unos de los ascensores se abre, y por él sale Haymitch.
— ¿Qué pasa aquí?— pregunta con el ceño fruncido. Gale se aleja de mí; voltea el rostro, endereza su postura y recompone su semblante indiferente.
—Nada— dice.
Haymitch me mira. Mueve la cabeza como preguntando: '¿Todo bien?', y yo a asiento, aunque eso no parece dejarlo muy conforme.
—Bien— gruñe, dando dos pasos hacia Gale— Tú y yo tenemos que hablar— le dice mientras lo toma por el cuello de la camisa y se lo lleva hacia el interior del apartamento. Yo voy a seguirlos, pero Haymitch voltea y me hace una seña, indicándome que me quedara quieta.
Se ve que no está para nada feliz.
Los ascensores vuelven a abrirse y aparece el resto del grupo: Effie, Cinna y Portia.
— ¿Qué está pasando?— pregunta Effie al reparar en Gale y Haymitch. Éste voltea hacia ella también y le hace la misma seña que a mí.
—Nada— les digo. Mi voz tiembla un poco.
— ¿Segura?— pregunta Cinna, colocándome las manos en los hombros por detrás. Me sobresalto y él me mira con preocupación— ¿Estás bien, Madge?— asiento—. ¿De verdad?
—Sí, no pasó nada.
—Bien— Effie alza la voz— Siendo así, ¿por qué no nos sentamos a la mesa? Supongo que Haymitch y Gale se nos unirán en un momento…
—Sí. Vamos a comer— dice Cinna, y todos lo seguimos hasta la mesa y nos colocamos en nuestros puestos.
Los avox comienzan a servirnos el primer plato, y todos comemos mientras conversamos sobre las entrevistas. Sin embargo, cuando llega el segundo, Effie empieza a preocuparse:
— ¿Qué estarán haciendo esos dos?— refunfuña— La comida se enfría…
—Vamos, Effie, no exageres— interviene Portia— Sabes que puede calentarse con facilidad. Gale y Haymitch de seguro tienen cosas que arreglar antes de mañana.
—Lo sé, querida. Pero saben que todos debemos estar en la mesa a la hora de la cena. Sea lo que sea de lo que tengan que hablar pueden hacerlo más tarde…
—Puedo ir por ellos si quieres— me ofrezco.
Salgo al pasillo y los busco con la mirada. No veo nada, pero oigo voces que llegan a mí como un ligero arrullo y me llevan hacia el balcón. Las sigo y cuando me acerco un poco más, reconozco la furiosa voz de Haymitch y, sin saber por qué, me oculto tras la pared:
— ¡Era muy sencillo! Sólo debías apegarte al plan y todo saldría bien. Lo arruinaste, chico. Lo arruinaste en serio.
— ¡Ése es el punto!— responde Gale— ¡Tú estúpido plan no iba a funcionar!
— ¡Claro que no! Porque eres demasiado idiota, incluso para fingir que…— Haymitch se detiene. Mi corazón se paraliza al darme cuenta de que sus ojos están clavados en mí. ¿Acaso oí algo que no debía? Sea como fuera, salgo de mi escondite con mi mejor cara de inocencia y me aclaro la garganta. Gale voltea a verme cuando lo hago. Parece impresionado de verme allí.
—Eh… la cena está servida— es todo lo que les digo. Ellos me observan y un incómodo silencio se forma entre los tres, hasta que Haymitch lo rompe:
—Casi olvidaba la cena— dice— Gracias, cariño. Iremos en seguida.
Asiento, algo turbada ante la penetrante mirada que Gale me dirige.
Regreso al comedor como en una nube, en silencio y pensativa.
¿Qué es lo que Haymitch y Gale planearon a mis espaldas? Porque así había sido. Parecían estar discutiendo sobre algo que sólo ellos sabían cuando los interrumpí. Tomo asiento en mi lugar y ellos llegan al rato.
Una vez que estamos todos, me felicitan, ríen y festejan conmigo durante la cena. Con excepción de Gale, claro.
Por más que Portia ha hecho el esfuerzo, no ha podido sacarle ni una palabra desde que regresamos de las entrevistas.
—Está muy impactado aún— resuelve Effie entre risas— ¿No es así, Gale?
Él no responde, pero todos parecen tomar su silencio como una afirmación.
Después de la cena vemos la repetición de las entrevistas en el salón. Me sorprendo al ver que realmente parezco encantadora, dando vueltas, alabando al público y soltando risitas, hermosa gracias a la mano de Cinna y simpática y deseable gracias a mis recién descubiertas dotes de actuación. Gale luce tenso y ligeramente molesto durante toda su entrevista.
Cuando termina el himno y la pantalla se oscurece, la habitación guarda silencio. Mañana al alba nos levantarán y nos prepararán para el estadio. Los juegos en sí no empiezan hasta las diez, porque muchos de los habitantes del Capitolio se levantan tarde, pero Gale y yo tenemos que empezar temprano. No se sabe lo lejos que estará el campo de batalla elegido para este año.
Sé que Haymitch y Effie no irán con nosotros. En cuanto salgamos de aquí, ellos se desplazarán a la sede central de los juegos, donde, esperemos, reclutarán patrocinadores sin parar y trabajarán en una estrategia para decidir cómo y cuándo entregarnos los regalos. Cinna y Portia viajarán con nosotros hasta el mismísimo punto desde el que nos lanzarán a la batalla. A pesar de todo, es el momento de despedirse.
Effie nos toma a los dos de la mano, con lágrimas de verdad en los ojos, y nos desea buena suerte. Me da las gracias por ser la mejor tributo que ha tenido el privilegio de patrocinar y luego se dirige a Gale, diciéndole que también fue bueno conocerlo; eso no parece agradarle mucho, pero no dice nada; después, como es Effie y parece estar obligada por ley a decir siempre algo horrible, añade:
— ¡No me sorprendería nada que el año que viene me promocionasen por fin a un distrito decente!
Después nos besa en la mejilla y se aleja rápidamente, no sé si abrumada por la sentimental despedida o por la posible mejora de su fortuna.
Haymitch cruza los brazos y nos examina. Yo lo miro también, intentando encontrar las respuestas a las dudas que Caesar había implantado en mi cabeza; respuestas acerca del misterio que parece rodear a Maysilee Donner.
— ¿Un último consejo?— pregunta Gale.
—Cuando suene la alarma, corran lo más rápido que puedan. Ninguno de los dos es lo bastante bueno para meterse en el baño de sangre de la Cornucopia. Salgan corriendo, pongan toda la distancia posible de por medio y encuentren una fuente de agua. ¿Entendido?
— ¿Y después?— vuelve a preguntar.
—Sigan con vida— responde Haymitch.
Es el mismo consejo que nos dio en el tren, pero ahora no está ebrio y riéndose. Asentimos. ¿Qué otra cosa podemos hacer?
Gale se despide de él con un movimiento de cabeza; se da la vuelta y comienza a alejarse. Yo intento hacer lo mismo, pero la fuerte mano de Haymitch me lo impide.
—Espera, cariño— dice. Me detengo y lo miro; parece un poco inseguro— ¿Has estado ya en el tejado?— Niego con la cabeza—. ¿Cinna no te lo enseñó?— Vuelvo a negar— Desde allí se ve casi toda la ciudad, aunque el viento hace bastante ruido.
Traduzco su comentario como: «Allí nadie nos oirá hablar». La verdad es que yo también tengo la sensación de estar bajo vigilancia.
— ¿Podemos subir?
—Claro, vamos— responde Haymitch.
Lo sigo escaleras arriba hasta el tejado. Hay una salita con techo abovedado con una puerta que da al exterior. Cuando salimos al frío aire nocturno, la vista me quita el aliento: el Capitolio brilla como un enorme campo lleno de luciérnagas. La electricidad del Distrito 12 viene y va; lo habitual es que sólo tengamos unas cuantas horas al día. En mi casa casi nunca falta, pero es normal que la mayoría de los habitantes del distrito por las noches se ilumine con velas, y sólo puedes contar con ella cuando televisan los juegos o algún mensaje importante del Gobierno, que hemos de ver por obligación. Sin embargo, aquí no tienen escasez nunca.
Haymitch y yo caminamos hasta el borde del tejado. Inclino la cabeza para observar la calle, que está llena de gente, bailando y festejando. Se oye un gran alboroto; bocinas, algún grito de vez en cuando y un extraño tintineo metálico. En el Distrito 12 estaríamos ya todos pensando en acostarnos.
— ¿Hay una fiesta?
—Por supuesto. Todo el Capitolio celebra el inicio de los Juegos en las calles, cariño.
— ¿Estás seguro de que podemos estar aquí?— insisto, mirando hacia el precipicio— ¿No les preocupaba que algunos tributos decidieran saltar por ahí?
—No se puede— Alarga la mano hacia el borde, que parece vacío; se oye un chasquido y la aparta muy deprisa—. El edificio está rodeado por un campo electromagnético que te empujaría hacia el tejado si lo intentaras.
—Siempre preocupados por nuestra seguridad— digo. Aunque Haymitch me lo haya dicho ya, sigo preguntándome si podemos estar aquí a estas horas. Nunca he visto a los tributos en el tejado del Centro de Entrenamiento, pero eso no quiere decir que no nos estén grabando; eso me incomoda—. ¿Crees que nos observan?
—Puedes apostarlo. Ven, te enseñaré el jardín.
Al otro lado de la cúpula han construido un jardín con lechos de flores y macetas con árboles. De las ramas cuelgan cientos de carillones, que son los culpables del tintineo. Aquí, en el jardín, en esta noche de viento, bastan para ahogar la conversación de dos personas que no quieren ser oídas. Miro a Haymitch con expectación y él finje que examina una flor. No parece muy decidido a hablar, así que soy yo la que comienza:
—Debiste habérmelo dicho— él me mira de inmediato. Sé que entiende perfectamente a qué me refiero; aun así, añado:— Lo de Maysilee.
—Supongo— responde mientras toma asiento en un banco de madera y hace el intento de llevarse su licorera a los labios, pero lo detengo— ¿Qué?
— ¿Por qué no me lo dijiste?
Mi pregunta queda en el aire durante unos segundos. Haymitch gruñe por lo bajo y vuelve a guardar su licorera dentro de la chaqueta.
—No creí que fuera necesario que supieras…
Guardo silencio. Una pregunta ronda mi cabeza desde aquel día en el tren, y, decidiendo que no existiría mejor momento que ése (puesto que en un par de horas tal vez esté muerta), decido lanzarla:
— ¿Tú la mataste?
Mi pregunta no parece impresionarlo. Luce demasiado tranquilo, como si ya se esperara aquello. Mala señal.
—Sí…— es todo lo que dice. Sólo el sonido del viento y al alboroto del Capitolio se oye por un momento.
Estoy demasiado impactada como para hacer o decir cualquier cosa. No sé como sentirme, pero Haymitch no me deja formar una opinión al respecto, porque casi de inmediato añade:
—No clavé un hacha en su cabeza si eso es lo que piensas. Nos convertimos en aliados después de que salvara mi vida— dice. Lo miro, confundida.
—No entiendo… ¿cómo fue que…?
—Fue mí culpa— murmura, mirando hacia el vacío y con la voz ligeramente estremecida— Maysilee murió al romper nuestra alianza.
—La… ¿La asesinó otro tributo?
Haymitch negó enérgicamente.
— Mutos.
Guardo silencio, procesando todo lo que acaba de decirme.
Una oleada de alivio me invade al escuchar eso. Sin embargo, mi pecho se llena de una extraña sensación de angustia. Miro a Haymitch a los ojos, y me paraliza lo que veo: angustia, pánico, y culpa…
—Debí haberla salvado— dice en voz baja. Sé que ahora no está delirando, porque no está ebrio; tampoco está mintiéndome, porque hay tanta honestidad en sus palabras que incluso me siento un poco agobiada.
Haymitch, aquel hombre al que nadie en el Distrito 12 quiere; aquel alcohólico hostil en verdad parece arrepentido.
Él y Maysilee fueron aliados… aquello retumba en mis oídos por un rato. De pronto, una idea me invade, y mi cuerpo tiembla ligeramente al pensar en las probabilidades de que fuera cierta. Pero, de otra forma, ¿por qué no quiso que Gale oyera nuestra plática? ¿Por qué me hablaba de Maysilee? Es decir, yo fui quien preguntó primero, pero había algo en todo aquello que no logro comprender. Sin embargo, de un momento para otro lo entiendo todo: aquella mirada llena de culpa; esa charla tan confidencial… Abro mucho los ojos y hago ligeramente hacia atrás. Sólo encuentro una razón para que actuara tan raro.
Todos, en especial Haymitch, éramos conscientes de que sólo podía sacar a uno de nosotros con vida de ese estadio, y algo me decía que ya había elegido a quien; y no creo que ése haya sido Gale…
—Haymitch…— él me mira; carraspeo un poco— Todo esto… los consejos; la ayuda para encontrar mi habilidad…— respiro hondo, temiendo continuar— ¿Estás ayudándome porque te sientes culpable por la muerte de Maysilee?
Mi primer pensamiento fue que lo negaría categóricamente, pero, para mi sorpresa, no dice nada.
Oh, no. Es verdad. Gale tenía razón al decir que yo tenía más posibilidades de ganar que él, no por mis habilidades, pero tampoco por ser la hija del alcalde del Distrito 12; sino por la culpa que Haymitch sentía al verme y recordarla a ella, a Maysilee Donner.
— ¿Haymitch?
— ¿Qué quieres que te diga, cariño?— se encoge de hombros y me mira— Yo no debí salir de ése estadio, tu tía sí. No le deseo ésta vida a nadie, pero, si tengo la oportunidad, quisiera poder sacar a Maysilee de ahí, de una vez y para siempre.
— ¿Estás diciendo que me darás todo tu apoyo en el estadio?— digo, horrorizada.
—Básicamente— responde con calma.
— ¿Y qué pasará con Gale?— Sólo entonces lo veo dudar. Imagino lo duro que debe ser tener que elegir entre un tributo u otro, pero aun así su actitud me molesta— ¿Vas a dejar que muera allí?
Haymitch suspira pesadamente.
—No puedo hacer nada por el chico. Intenté ayudarlo; a ambos. Pero él no escucha. Cree que al ir por la vida con esa actitud de engreído revolucionario las cosas saldrán bien… Tal vez consiga patrocinadores; tal vez no. Si todos quieren patrocinarte a ti, no hay nada que pueda hacer por…
— ¡No!— me pongo de pie de un salto, gritando sin darme cuenta; mis ojos se habían humedecido— ¡No puedes dejarlo morir ahí! ¡Debes ayudarlo!
—Oye, oye, cariño. ¿Dónde crees que estás?— alza la voz— Estos son los Juegos del Hambre; sólo uno puede sobrevivir. De eso se trata.
—Lo sé, pero ¿en dónde dice que ésa debo ser yo? Haymitch… si lo que te preocupa es tu deuda con Maysilee, debes olvidarla. Tú no me debes nada ni a mí ni a mi familia. Promete que, pase lo que pase, si tienes que elegir en algún momento, elegirás a Gale.
—No es…
— ¡Promételo!
Me mira, atónito. Entonces se sonríe y le da un sorbo a su licorera.
—Ése chico no merece que te preocupes por él… lo sabes, ¿verdad?
Me encojo de hombros y mis mejillas enrojecen. Tal vez sea cierto, pero ¿qué mas da?
—No lo hago por Gale… Hay muchas más personas además de nosotros en el mundo, ¿sabes? El Distrito 12 necesita a un vencedor que les lleve esperanza. Y ése es Gale, no la afortunada hija del alcalde.
Me mira otra vez; confundido al principio, pero termina por sonreír.
—Serías una pésima vencedora de todas formas— dice, sarcástico— Demasiado noble para éste mundo. Te habrían comido viva en el Capitolio, cariño.
Sé que aquello es como una despedida, aun así no puedo evitar sonreír.
Haymitch suspira. Se pone de pie y lo imito.
— ¿Algún último consejo?— pregunto con una sonrisa, intentando contener las lágrimas que luchaban por caer de mis ojos.
En vez de contestar, sorprendentemente, Haymitch me abraza.
—Buena suerte— dice antes de comenzar a alejarse por el pasillo; sin embargo, antes de salir de la azotea se detiene y se gira hacia mí— Ah, por poco se me olvida... Si te bajas del pedestal antes de que suene la alarma, las minas te volarán las piernas…
Arqueo las cejas, confundida.
—Sí, lo sé.
— ¡Chist! Pero, si tu pie toca el suelo al mismo tiempo, no pasará nada— dice— Si eres lo suficientemente rápida, podrás abastecerte de provisiones para sobrevivir hasta que encuentres la forma de conseguir comida por tu cuenta.
Sin decir más se aleja, dejándome aún más confundida.
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Cuando entro en mi habitación me doy una ducha y me quito la pintura dorada, y las capas de maquillaje. Todo lo que queda del trabajo del equipo de diseño son las llamas de las uñas, que decido conservar para recordarle a la audiencia quién soy: Madge, la chica en llamas. Quizá me dé algo a lo que aferrarme en los días que me esperan.
Me pongo un camisón de lino y me acuesto. En unos cinco segundos me doy cuenta de que no me quedaré dormida, y lo necesito desesperadamente, porque cada momento de fatiga en el estadio es una invitación a la muerte.
No sirve de nada; pasa una hora, luego dos, luego tres, y mis párpados se niegan a cerrarse. No puedo dejar de imaginarme qué pasará en la mañana.
¿Podré matar a otro ser humano? No me creo capaz de algo así, pero sé que, llegado el momento, mi mente tomará la decisión por sí misma.
También pienso en mis padres; en Peeta, en Katniss, y en casa… extraño mucho mi casa; mi piano; mi habitación…
No me preocupa en qué terreno nos soltarán, ni el clima. Ya sea desierto, pantano, o un páramo helado, da igual; quizá ni siquiera sobreviva al inicio. Durante los entrenamientos descubrí que soy buena escalando, así que espero que haya árboles a los que pueda trepar para ponerme a salvo. Suele haber árboles, porque los paisajes pelados son aburridos y, sin vegetación, los juegos se acaban pronto. Aunque eso no es lo que más me inquieta; en caso de que sobreviviera al baño de sangre inicial, al clima o a las trampas que los Vigilantes habrán escondido para animar los momentos aburridos, ¿cómo voy a conseguir comida? Y, como si eso fuera poco, luego están los otros tributos. Me aterra tener que matar; me aterra tener que estar obligada a matar o morir. Me niego a lastimar a nadie, pero no soy tan tonta como para ignorar que en algún momento tendré que decidir entre la vida y la muerte. Tengo miedo de que, una vez que lo haga, ya no pueda parar.
Tengo miedo de convertirme en un monstruo, de convertirme en uno de esos tributos bestiales, de los que intentan comerse el corazón de alguien después de matarlo. Me pregunto si eso podría pasarle a Gale.
Hubo un chico hace unos cuantos años, Titus, del Distrito 6. Se volvió completamente salvaje y los Vigilantes tuvieron que derribarlo con pistolas eléctricas para recoger los cadáveres de los jugadores que había matado y evitar que se los comiera. En el estadio no hay reglas, pero el canibalismo no es del gusto del público del Capitolio, así que intentaron eliminarlo. Se especuló que la avalancha que acabó finalmente con Titus fue preparada para asegurarse de que el ganador no fuese un lunático.
Una gran ira me invade al pensar en lo injusto que es el Capitolio con los distritos, obligándonos a matarnos entre nosotros para entretenimiento de sus habitantes. En casa jamás cuestionábamos el accionar del Capitolio, pero salir del Distrito 12 me abrió los ojos. Ahora entiendo que no soy más que una pieza de un juego macabro; y esa idea es lo que más me asusta.
Cuanto más ansiosa estoy por dormirme, menos lo consigo. Al final estoy tan inquieta que tengo que salir de la cama; recorro la habitación notando que el corazón me late demasiado deprisa, que tengo la respiración acelerada. Es como estar en una celda, si no consigo respirar aire fresco pronto voy a empezar a romperlo todo otra vez. Corro por el vestíbulo de regreso hacia la puerta que da al tejado. No quiero escapar, sólo llenarme los pulmones de aire; quiero ver el cielo y la luna antes de que otros chicos que podrían ser mis amigos o compañeros de clase intenten cazarme como si fuera un animal.
El tejado no está iluminado ahora, pero en cuanto piso descalza el suelo de baldosas, distingo numerosas formas recortadas contra las luces que no dejan de brillar en el Capitolio. En las calles sigue habiendo bastante barullo, música, gente cantando y cláxones, cosas que había dejado de oír a través de los gruesos paneles de cristal de mi cuarto. Camino hacia la cornisa y me asomo: las amplias calles siguen llenas de gente bailando. Me esfuerzo por distinguir los detalles de sus figuras diminutas, pero no lo logro, aunque no importa. El aire nocturno es tan agradable que creo que no soportaría regresar a mi agobiante jaula.
—Deberías estar durmiendo.
Me sobresalto, pero no me vuelvo, sólo sacudo un poco la cabeza.
—También tú. ¿Cómo encontraste éste lugar?
Gale suelta un suspiro y se acomoda junto a mí.
— Cinna me lo enseñó la primera noche, y no quería perderme la fiesta. Al fin y al cabo, es por nosotros.
—Ah…
Se asoma al borde también.
— ¿Están disfrazados?— pregunta, curioso. Me encojo de hombros.
— ¿Quién sabe? Teniendo en cuenta la locura de ropa que llevan aquí... ¿Tú tampoco podías dormir?
—No podía dejar de pensar— responde. Parecía tan sereno que me doy valor para seguir hablándole:
— ¿Piensas en tu familia?
—En parte. Pero no dejo de preguntarme qué pasará mañana, aunque no sirve de nada, claro— Con la luz que llega de abajo puedo verle la cara, la extraña forma de jugar con sus manos— Siento lo del vestíbulo.
—No importa, Gale. De todos modos, no tengo ninguna oportunidad en los juegos.
—No debes pensar así.
— ¿Por qué no? Es la verdad. Tú mismo lo dijiste. Mi única esperanza es no avergonzar a nadie y...— vacilo.
— ¿Y qué?
—No sé cómo expresarlo bien. Es que... quiero morir siendo yo misma. ¿Tiene sentido?— pregunto. Ni siquiera yo lo entiendo. ¿Cómo voy a morir siendo otra persona?—. No quiero que me cambien ahí fuera, que me conviertan en una especie de monstruo, porque yo no soy así— Me muerdo el labio, sintiéndome extraña.
— ¿Quieres decir que no matarás a nadie?— me pregunta.
—No. Cuando llegue el momento estoy segura de que mataré como todos los demás. No puedo rendirme sin luchar. Pero desearía poder encontrar una forma de... de demostrarle al Capitolio que no le pertenezco, que soy algo más que una pieza de sus juegos.
—Te entiendo— me dice, y, por un instante, siento que el muro que había entre nosotros se derrumba— Pero no eres más que eso, ninguno lo somos. Así funcionan los juegos. Por eso el Capitolio los creó: para recordarnos que nunca podremos escapar a su mano de hierro.
—Es cierto, pero, dentro de ese esquema, tú sigues siendo tú y yo sigo siendo yo— insisto—. ¿No lo ves?
—Eso creo. Aunque..., sin ánimo de ofender, ¿a quién le importa, Madge? Las cosas son cómo son, ¿no?
—A mí. Quiero decir, ¿qué otra cosa me podría preocupar en estos momentos?— lo miro a los ojos.
—Preocúpate por lo que dijo Haymitch— responde, dando un paso atrás—. Por seguir con vida.
—Pero no es sólo eso. ¿No te has preguntado qué es lo que quedará de nosotros cuándo todo acabe? Es decir, si alguno de los dos sale con vida de allí, ¿qué es lo que nos esperará?— respondo, esbozando una sonrisa triste.
—Mira, si quieres pasarte las últimas horas de tu vida planeando una muerte noble en el estadio, es cosa tuya. Yo prefiero pasar las mías en el Distrito 12.
—No me sorprendería que lo hicieras. Dale mis saludos a Katniss cuando regreses a casa, ¿sí?
—Puedes contar con ello— Se vuelve e intenta bajar del tejado, pero, por algún motivo, lo detengo.
—Gale.
Voltea y me mira, molesto y esperando.
— ¿Por qué me detestas?— la pregunta me sale del alma.
Él parece sobresaltarse, pero no responde de inmediato. Al cabo de unos pocos segundos suspira, derrotado, y se gira hacia la salida, pero sin avanzar.
—Porque tú representas todo lo que más odio.
Y sin más se baja del tejado, desapareciendo de mi vista.
Sus palabras me hieren, pero el temor a la llegada de un nuevo día me impide pensar en eso.
Me paso el resto de la noche en el tejado, pensando y pensando hasta que llega la hora de regresar a mi cuarto.
No veo a Gale por la mañana. Cinna viene por mí antes del alba, me da una túnica sencilla y me acompaña al tejado. Los últimos preparativos se harán en las catacumbas, debajo del estadio en sí. Un aerodeslizador surge de la nada, igual que el del bosque el día que vi cómo capturaban a la chica pelirroja, y deja caer una escalera de mano. Pongo pies y manos en el primer escalón y, al instante, me quedo paralizada. Una especie de corriente me pega a la escalera hasta que me suben al interior.
Aunque me imaginaba que la escalera me soltaría al llegar, sigo pegada a ella y una mujer vestida con una bata blanca se me acerca con una jeringuilla.
—Es tu dispositivo de seguimiento, Madge. Cuanto más quieta estés, mejor podré colocártelo— me explica.
¿Quieta? Soy una estatua. Sin embargo, eso no evita que note un dolor agudo cuando la aguja me introduce el dispositivo metálico debajo de la piel del antebrazo. Ahora los Vigilantes podrán localizarme en todo momento.
En cuanto el dispositivo está colocado, la escalera me suelta. La mujer desaparece y recogen a Cinna del tejado. Un chico avox se acerca y nos acompaña a una habitación donde han servido el desayuno. A pesar de la tensión que noto en el estómago, como todo lo que puedo. Estoy tan nerviosa que podría estar comiendo polvo de carbón. Lo único que me distrae es la vista desde las ventanas: sobrevolamos la ciudad y después la zona deshabitada que hay más allá. Esto es lo que ven los pájaros, sólo que ellos son libres y están a salvo. Justo lo contrario que yo.
El viaje dura una media hora. Después se oscurecen las ventanas, lo que nos indica que llegamos al estadio. El aerodeslizador aterriza, y Cinna y yo volvemos a la escalera, aunque esta vez para bajar hasta un tubo subterráneo que da a las catacumbas. Seguimos las instrucciones para llegar a mi destino, una cámara donde realizar los preparativos. En el Capitolio la llaman la sala de lanzamiento. Sé que todos en los distritos lo llaman el corral, donde guardan a los animales antes de llevarlos al matadero.
Todo está nuevo; yo seré la primera y única ocupante de esta sala de lanzamiento.
Lucho por no vomitar el desayuno mientras me ducho y me lavo los dientes. Cinna me peina con una sencilla trenza; después llega la ropa, la misma para cada tributo. Cinna no tiene nada que ver con mi traje, ni siquiera sabe qué hay en el paquete, pero me ayuda a vestirme con la ropa interior, los pantalones rojizos, la blusa verde claro, el robusto cinturón marrón y la fina chaqueta negra con capucha que me llega hasta los muslos.
—El material de la chaqueta está diseñado para aprovechar el calor corporal, así que te esperan noches frías— me dice.
Las botas, que me coloco sobre unos calcetines muy ajustados, son mejores de lo que cabría esperar: cuero suave, con una suela de goma flexible con dibujos, perfectas para correr, según me dice mi estilista.
Cuando creo que ya he terminado, Cinna se saca del bolsillo la insignia del sinsajo de Maysilee. Se me había olvidado por completo.
— ¿De dónde lo has sacado?— le pregunto.
—Del traje blanco que llevabas puesto en el tren— responde. Recuerdo que me lo quité del traje verde y me lo prendí a la camisa—. Es el símbolo de tu distrito, ¿no?— Asiento, y él me lo coloca en la camisa—. Casi no logra pasar por la junta de revisión. Algunos pensaban que podía usarse como arma y darte una ventaja injusta, pero, al final, lo aprobaron. Sí eliminaron un anillo de la chica del Distrito 1; si girabas la gema salía una punta envenenada. La chica decía que no tenía ni idea de que el anillo se transformase y no había pruebas que demostrasen lo contrario. De todos modos, ha perdido su símbolo. Bueno, ya está. Muévete, asegúrate de estar cómoda.
Camino, corro en círculo y agito los brazos.
—Sí, está bien. Me queda perfectamente.
—Entonces sólo queda esperar la llamada— me dice Cinna—. A no ser que puedas comer algo más.
Como y bebo todo lo que me cabe mientras esperamos en el sofá. Poco a poco la tensión disminuye, abriéndole paso a una inusitada calma.
Pensar en que Prim podría estar aquí, en mi lugar, a punto de partir hacia su muerte, me ayuda a sentirme mejor conmigo misma.
Sin embargo, la calma se convierte en terror cuando empiezo a pensar en lo que me espera. Podría estar muerta, muerta del todo, en una hora o menos. Me paro y comienzo a dar vueltas, respirando con agitación.
— ¿Quieres hablar, Madge?
—Estoy bien…
— ¿Segura?
—No. Estoy aterrada— admito. Cinna me toma la mano y la aprieta entre las suyas.
—Debes intentar tranquilizarte. Mantén la cabeza fría en todo momento.
Asiento. Luego Cinna me da indicaciones para respirar y lo obedezco, tranquilizándome poco a poco. Nos quedamos así sentados hasta que una agradable voz femenina nos anuncia que ha llegado el momento de prepararnos para el lanzamiento.
Todavía agarrada a las manos de Cinna, me acerco a la placa de metal redonda.
—Recuerda lo que dijo Haymitch: corre, busca agua. Lo demás saldrá solo— dice, y yo asiento—. Y recuerda una cosa: aunque no se me permite apostar, si pudiera, apostaría por ti.
— ¿De verdad?— susurro.
—De verdad— afirma Cinna; después se inclina y me da un beso en la frente—. Buena suerte, chica en llamas.
Entonces me rodea un cilindro de cristal que nos obliga a soltarnos, que me obliga a separarme de él. Cinna se da unos golpecitos en la barbilla; quiere decir que mantenga la cabeza alta.
Levanto la barbilla y me quedo todo lo quieta que me es posible. El cilindro empieza a elevarse y, durante unos quince segundos, me encuentro a oscuras. Después noto que la placa metálica sale del cilindro y me lleva hasta la brillante luz del sol, que me deslumbra; sólo soy consciente de un viento fuerte que me trae un conocido aroma a pino.
En ese momento oigo la voz del legendario presentador Claudius Templesmith por todas partes:
—Damas y caballeros, ¡que empiecen los Septuagésimo Cuartos Juegos del Hambre!
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Continuará...
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Nos vemos!
H.S.
