Disclaimer: Los personajes de Los Juegos del Hambre son propiedad de Suzanne Collins.
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JUGAR
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Sesenta segundos. Es el tiempo que tenemos que estar de pie en nuestros círculos metálicos antes de que el sonido de una alarma nos libere.
Si das un paso al frente antes de que acabe el minuto, tal y como Haymitch lo dijo, las minas te vuelan las piernas. Sesenta segundos para observar el anillo de tributos, todos a la misma distancia de la Cornucopia, que es un gigantesco cuerno dorado con forma de cono, con el pico curvo y una abertura de al menos seis metros de alto, lleno a rebosar de las cosas que nos sustentarán aquí, en el estadio: comida, contenedores de agua, armas, medicinas, ropa, material para hacer fuego. Alrededor de la Cornucopia hay otros suministros, aunque su valor parece disminuir cuanto más lejos están del cuerno.
Recuerdo las indicaciones de Haymitch para Gale y para mí. Debo conseguir comida. Cerca de la abertura veo unas latas de conserva; hogazas de pan y algunas frutas que me podrían salvar de morir de hambre; si tuviera el valor suficiente para entrar y luchar por ellos contra los otros veintitrés tributos, cosa que me han aconsejado no hacer. Pienso en lo que Haymitch me dijo en el tejado también. Si soy lo suficientemente rápida y astuta, estoy segura de que puedo llegar a la Cornucopia antes que los demás; abastecerme con las cosas que necesitaré y alejarme antes de que comience el baño de sangre.
Estamos en un terreno despejado y llano, una llanura de tierra aplanada. Detrás de los tributos que tengo frente a mí no veo nada; tal vez hay un acantilado. A mi derecha hay un lago. A la izquierda y detrás, unos bosques de pinos. Ésa es la dirección que Haymitch querría que Gale y yo tomásemos, y de inmediato.
Oigo sus instrucciones dentro de mi cabeza: «Corran, pongan toda la distancia posible de por medio y encuentren una fuente de agua» «Si te bajas del pedestal antes de que suene la alarma, las minas te volarán las piernas… Pero, si tu pie toca el suelo al mismo tiempo, no pasará nada».
Me aterra sólo imaginarlo. Sin embargo, sé que debo hacerlo si no quiero morir de hambre, y es muy tentador ver el regalo delante de mí, esperándome, y saber que, si no lo tomo yo, lo hará otro; que los tributos profesionales que sobrevivan al baño de sangre se repartirán casi todo el botín, esencial para sobrevivir aquí. Algo me llama la atención: sobre un montículo de mantas enrolladas hay una brillante cerbatana de plata con lo que parece ser un paquete lleno de dardos. Me concentro en ellos, pensando en que son para mí. Que los Vigilantes los dejaron allí solo para que yo los tomase, y las palabras de Haymitch regresan a mi mente.
Soy rápida, incluso le gano a Katniss, la chica más veloz de la escuela, en distancias largas. Sé que puedo conseguirlo, sé que puedo llegar primero, aunque la pregunta es: ¿podré salir de ahí lo bastante deprisa? Cuando termine de abrirme paso entre las mantas y tome las armas, los demás ya habrán llegado al cuerno, y quizá pueda eludir a un par de ellos, pero supongamos que hay doce; tan cerca, podrían matarme con las lanzas y los masos. O con sus enormes puños.
«… si tu pie toca el suelo al mismo tiempo, no pasará nada» Oigo la voz de Haymitch una vez más en mi cabeza, y al fin entiendo lo que quiso decirme. Tres segundos, dos, o incluso uno, pueden marcar una gran diferencia… Además, no seré el único objetivo. Estoy casi segura de que los otros tributos preferirían dedicarse a los adversarios más feroces antes que a mí.
Sé que Haymitch me dijo aquello porque, de una forma u otra, cree que puedo lograrlo. Él sabía que hacerme de un arma y comida de la Cornucopia era mi única esperanza de sobrevivir. De otra forma, no me habría dicho que lo intentara. Lo bueno es que puedo conseguir precisamente el arma que podría salvarme, y la única que soy capaz de manipular. Además, sólo veo una cerbatana en toda la pila, y estoy segura de que ningún profesional le prestará atención a algo tan pequeño e insignificante. Sé que el minuto debe de estar a punto de acabar y tengo que decidir cuál será mi estrategia; al final me coloco instintivamente en posición de carrera hacia la Cornucopia, hacia la cerbatana y la comida. Entonces, de repente, veo a Gale, que está cinco tributos a mi derecha; a pesar de la distancia, lo veo mirando fijamente hacia el cuerno, concentrado en algo. Desvío la mirada hacia mi objetivo, y oigo la voz del presentador comenzando la cuenta regresiva.
Faltan diez segundos.
Nueve, ocho.
Espero que funcione.
Siete, seis.
Si no funciona, al menos todo acabará…
Cinco, cuatro…
Dejo de oír. Tomo tanta carrera como me es posible e impulso mi cuerpo hacia adelante, cerrando los ojos con fuerza mientras me mantengo en el aire.
Tal vez fue una mala idea.
No, fue pésima.
Siento que mi cuerpo comienza a descender. Mi corazón se detiene. Suena la alarma.
Milagrosamente toco el suelo al mismo tiempo que la alarma se deja oír, pero no puedo darme el lujo de saborear mi pequeña victoria: corro como nunca hacia la Cornucopia, olvidándome de los demás tributos, de la inminente amenaza de muerte, y de Gale. Sólo estamos la cerbatana, las latas de conservas y yo.
A unos quince metros recojo una mochila de color naranja intenso que podría contener cualquier cosa, la abro sin detenerme y lo primero que tomo del cuerno son la cerbatana y los dardos. Soy la primera en llegar. Tomo tres hogazas de pan, un paquete de cecinas, cuatro latas de algo, una botella vacía y una bolsa de manzanas justo antes de que los del Distrito 2 llegaran al cuerno dorado; por suerte, ellos se lanzan al interior de inmediato, ignorándome. Hago la nota mental de felicitarme por mi rapidez mientras comienzo a correr en dirección al lago con todo mi botín entre los brazos. Sé que es un momento decisivo, pues los profesionales pueden intentar atacarme por la espalda mientras huyo, pero nada de eso pasa.
Corro tan rápido como puedo, aferrándome con fuerza a mis provisiones; intento no mirar hacia atrás pero, cuando consigo alejarme lo suficiente como para estar relativamente a salvo, me detengo y miro hacia el cuerno.
Los demás tributos han llegado a la Cornucopia y están dispersándose para atacar. Sé que nadie me presta atención, por lo que me permito buscar a Gale con la mirada, pero no lo encuentro. Comienzo a desesperarme al pensar que no lo ha logrado cuando lo veo salir de detrás del cuerno, con un arco plateado entre las manos y una flecha lista para ser disparada que tiene como destino la garganta del chico del Distrito 4. De pronto, veo que la chica del 2 corre hacia él, está a unos diez metros y lleva media docena de cuchillos en la mano. La he visto lanzarlos en el entrenamiento, y nunca falla. Gale es su siguiente objetivo. Todo el miedo general que he sentido hasta ahora se condensa en un miedo concreto a esa chica, a esa depredadora que podría matar a mi compañero de distrito dentro de pocos segundos. Quiero gritar y alertarlo, pero ningún sonido sale de mi garganta. Mi cuerpo ya está manifestando su deseo de seguir con vida. Sin embargo, Gale voltea justo a tiempo, carga otra flecha con una velocidad increíble y dispara hacia ella. La chica tiene que lanzarse al suelo para esquivar su ataque, y él aprovecha esos segundos para correr hacia el bosque con una mochila similar a la mía colgada en la espalda y el arco en mano. La chica del Distrito 2 le lanza un cuchillo tan pronto como se recupera, pero él logra cubrirse con la mochila y captura el arma que iba dirigido a su cabeza antes de seguir corriendo, con una sonrisa en los labios. Ella no lo sigue, sino que vuelve a la Cornucopia, matando a un niño del Distrito 9 en el camino.
Sigo a Gale con la mirada; cuando se mete en el bosque me vuelvo un instante para examinar el campo de batalla; hay unos doce tributos luchando en el cuerno y algunos muertos tirados por el suelo. Los que han huido desaparecen en los árboles o en el vacío que veo al otro lado.
Sigo corriendo hasta que llego al lago. Dejo mis provisiones en el suelo y alzo la vista de a ratos. Sé que tan pronto como termine el baño de sangre tendré a todos los tributos sobrevivientes a mí alrededor, buscando abastecerse de agua. Lleno mi contenedor, pero antes de irme busco desesperadamente dentro de la mochila y encuentro otra botella de plástico de dos litros con tapón, vacía. También la lleno hasta el tope, guardo todo lo que cabe en la mochila y me la cuelgo en la espalda antes de lanzar una última mirada a la Cornucopia para asegurarme de que nadie me ha visto. Creo que la suerte hoy sí está de mi lado. Tomo mi bolsa de manzanas y comienzo a correr en dirección al bosque ahora. Los pinos me esconden de los demás tributos y después freno un poco para mantener un ritmo que me permita seguir un rato más. Durante las horas siguientes voy alternando las carreras con los paseos para alejarme todo lo posible de mis competidores. Como una de mis manzanas en el camino, aunque no tengo hambre. También saco la cerbatana y la meto en mi cinturón, y dos dardos que mantengo en mi mano derecha. Sigo moviéndome, sólo me detengo para ver si me siguen.
El bosque empieza a evolucionar y los pinos se mezclan con una variedad de árboles, algunos reconocibles y otros completamente desconocidos para mí. En cierto momento oigo un ruido y me detengo, aterrada, pero resulta ser un conejo asustado.
El suelo baja en pendiente. Todo aquello es nuevo para mí. En casa, hay un lugar al que llamamos la Pradera, que es muy similar a éste, pero yo, como la mayoría de la gente del distrito, nunca hemos estado allí, porque hay que atravesar la cerca electrificada que rodea nuestro hogar, aunque sé por Katniss que nunca está activada; de otra forma, ella y Gale no podrían cazar.
Pienso en Gale y sé que debe estar contento con la Arena que nos tocó. Debe sentirse como en casa. En cambio yo, me siento como en un mal sueño. Lo desconocido siempre me aterró. En casa, nos decían que los bosques estaban llenos de criaturas salvajes y peligrosas, y estoy temiendo que eso sea cierto. En cualquier caso, no tengo elección, así que sigo caminando. Lo curioso es que no me siento demasiado mal. Puedo mantenerme aunque esté falta de sueño y el bosque me resulte atemorizante. Agradezco la soledad, aunque no sea más que una ilusión, ya que es muy probable que ahora mismo esté en pantalla, no de continuo, pero sí de vez en cuando. Hay tantas muertes que mostrar el primer día que un tributo caminando por el bosque no resulta demasiado interesante. Sin embargo, me sacarán lo bastante para que la gente sepa que sigo viva, ilesa y en movimiento. Uno de los días más fuertes de las apuestas es el de apertura, cuando llegan las primeras bajas, aunque no puede compararse con lo que sucede conforme la batalla se reduce a un puñado de jugadores.
A última hora de la tarde empiezo a oír los cañones. Cada disparo representa a un tributo muerto. Por fin debe de haber acabado la lucha en la Cornucopia, ya que nunca recogen los cadáveres del baño de sangre hasta que se dispersan los asesinos. El día de apertura ni siquiera disparan los cañones hasta que acaba la primera batalla, porque les resulta demasiado difícil llevar la cuenta de los fallecidos. Me permito una pausa, entre jadeos, para contar los disparos. Uno..., dos..., tres..., y así hasta llegar a once. Once muertos en total; quedan trece para jugar. ¿Qué habrá sido de Gale? ¿Lo estará buscando la chica del Distrito 2? Recuerdo su cara de furia cuando él logró salir ileso de sus ataques, y estoy segura de que estará ansiando darle muerte con sus propias manos. Espero que hoy no lo haya logrado. Eso lo sabré en pocas horas, cuando proyecten en el cielo las imágenes de los muertos para que las veamos los demás.
Me dejo caer junto a mi mochila, agotada. De todos modos, necesito revisarla antes de que caiga la noche y ver qué tengo para sobrevivir. Cuando desabrocho las correas, noto lo robusta que había quedado con todo lo que le puse dentro, junto al contenido que no revisé por completo.
Abro la solapa; en este momento, lo que más deseo es agua. Le doy un pequeño sorbo a la botella y la dejo a un lado. Tengo que racionar antes de encontrar otra fuente de hidratación. Saco con cuidado las provisiones: además de la cecina, los panes y las cuatro latas que tomé de la Cornucopia y metí a los apurones mientras corría lejos de ella, hay un fino saco de dormir negro que guarda el calor corporal; un paquete de galletas saladas; otro paquete de tiras de cecina de res; una botella de yodo; una caja de cerillas de madera; un pequeño rollo de alambre y unas gafas oscuras.
Me doy cuenta de que el yodo es para tratar el agua, y de que yo ya había bebido sin hacerlo. Abro la botella, coloco las gotas necesarias para purificar el agua y espero media hora para dar el siguiente trago. Por último, reviso el paquete de dardos. Es una caja de metal redonda, con separaciones para doce dardos, todas llenas, con excepción de los dos saqué hace rato. Mientras vuelvo a meter las cosas en la mochila, se me ocurre una idea horrible: el lago del que saqué el agua, ¿será la única fuente de agua del estadio? Así garantizarían que todos tuviésemos que luchar. El lago está a un día entero de camino desde aquí, una excursión muy dura y peligrosa, sobre todo, si eres alguien tan débil como yo. En cualquier caso, aunque llegara, seguro que lo custodian algunos de los tributos profesionales. Empieza a entrarme el pánico, hasta que recuerdo el conejo que salió corriendo al principio de la jornada; él también tiene que beber, sólo hay que descubrir dónde, aunque no tengo ni la menor idea de cómo hacerlo.
Empieza a anochecer y no me encuentro cómoda. Los árboles son demasiado ralos para esconderme, y sigo bajando cada vez más hacia un valle que parece no acabar nunca. También tengo hambre, así que me permito comer media hogaza de pan y un par de tiras de cecina de res. Mañana pensaré en racionarlos. Me dedico a masticar la carne seca lentamente mientras camino. Después de una semana disfrutando de la mejor comida del mundo, es algo difícil de soportar, pero no tengo alternativa.
Al cabo de una hora está claro que tengo que encontrar un sitio para dormir. El bosque comienza a llenarse de sonidos inquietantes; oigo algún que otro aullido y a lo que creo que son búhos. Me asusto un poco, pero sigo adelante. No sé si me verán como fuente de alimentación, pero tampoco quiero averiguarlo. No quiero pensar en todos los animalejos que están acechándome en este momento. Sin embargo, ahora mismo creo que mi prioridad son los otros tributos, ya que estoy segura de que seguirán cazando de noche. Los que lucharon en la Cornucopia tendrán comida, agua abundante del lago, antorchas o linternas y armas que estarán deseando usar. Sólo espero haberme alejado lo suficiente para estar fuera de su alcance.
Dudo antes de acampar. Observo los árboles, sin atreverme a trepar en ninguno. Me da miedo caerme, o que los demás tributos puedan verme con más facilidad desde el suelo, pero sé que es mucho más arriesgado quedarme en tierra, pues en la oscuridad tal vez les resultaría difícil verme entre las ramas.
Decido no darle más vueltas al asunto y escojo mi árbol con cuidado, un sauce no muy alto, aunque colocado en un bosquecillo con otros sauces, de modo que pueda ocultarme entre las largas ramas colgantes. Lo trepo con algo de miedo, utilizando las ramas más fuertes, cerca del tronco, y encuentro una bifurcación que me servirá de cama. Tardo un buen rato, pero consigo colocar el saco de dormir en una posición relativamente cómoda y me meto dentro. Como precaución, se me ocurre quitarme el cinturón, pasarlo por la rama y el saco, y atarmelo a la cintura. Así, si ruedo mientras duermo, no caeré al suelo; eso creo. Conforme cae la noche, la temperatura desciende en picada. Ahora estoy más que segura de que hice lo correcto al tomar la mochila, porque este saco de dormir en el que se refleja el calor de mi cuerpo para devolvérmelo no tiene precio. Seguro que, en estos momentos, la principal preocupación de varios tributos es cómo entrar en calor, mientras que quizá yo pueda dormir algunas horas. Me siento más animada de pronto, aunque no creo poder ser capaz de dormirme.
Justo al caer la noche oigo el himno que precede al recuento de bajas. A través de las ramas veo el sello del Capitolio, que parece flotar en el cielo. En realidad estoy viendo una pantalla enorme que transportan en uno de sus silenciosos aerodeslizadores. El himno termina y el cielo se oscurece un momento. En casa estaríamos viendo la repetición de todos y cada uno de los asesinatos, pero consideran que eso sería una ventaja injusta para los tributos supervivientes. No, en el estadio sólo vemos las mismas fotografías que televisaron cuando salieron las puntuaciones del entrenamiento, simples fotografías de nuestras cabezas. Sin embargo, en vez de puntuaciones, lo que ponen debajo es el número del distrito. Respiro hondo conforme surgen los rostros de los once tributos muertos y voy contándolos con los dedos.
La primera es la chica del Distrito 3, lo que significa que los tributos profesionales de los distrito han sobrevivido. No me sorprende. Después, el chico del 4, el que Gale mató con su flecha, pero no me detengo a pensar en eso. El chico del Distrito 5... Supongo que la chica de cabello pelirrojo y cara astuta lo ha conseguido. Los dos tributos del 6 y el 7. El chico del 8. Los dos del 9. Sí, ahí está el niño que mató la chica del 2 a sangre fría. Llevo las cuentas con los dedos, así que sé que sólo queda un tributo muerto. ¿Será Gale? No, es la chica del Distrito 10. Ya está. Vuelven a poner el sello del Capitolio con unas últimas notas musicales. Después me quedo a oscuras y regresan los ruidos del bosque.
Me alivia saber que Gale sigue vivo. Me repito que lo mejor sería que él ganara para poder regresar con su familia, que lo necesitan mucho más de lo que mis padres me necesitan a mí. Es lo que me digo para explicarme las emociones contradictorias que me despierta el chico de la Veta. Es extraño, pero no es mi muerte la que me asusta; sino la muerte de Gale, el no poder hacer nada para salvarlo.
Once muertos, pero ninguno del Distrito 12. Intento repasar quién queda: cinco tributos profesionales; la chica del 5, Thresh y Rue. Con eso somos diez, mañana averiguaré los tres que me faltan. Ahora, a oscuras y después de haber caminado tanto y subido a lo alto de un árbol, ha llegado el momento de intentar descansar.
En realidad no he dormido mucho en los dos últimos días, a lo que hay que sumar la larga jornada de viaje por el campo de batalla. Dejo que los músculos se relajen poco a poco. Se me cierran los ojos. Lo último que pienso es que me gustaría estar en casa…
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¡Crac! El ruido de una rama rota me despierta. ¿Cuánto llevo dormida? ¿Cuatro horas? ¿Cinco? Tengo fría la punta de la nariz. ¡Crac! ¡Crac! ¿Qué está pasando? No es el ruido de una rama pisada, sino de una que se ha roto en el árbol. ¡Crac! ¡Crac! Calculo que está a varios metros a mi derecha. Me vuelvo hacia allí lentamente y sin hacer ruido. Durante unos minutos no hay más que oscuridad y ruido de movimiento, pero después veo una chispa y el inicio de una pequeña fogata. Un par de manos se calientan encima, aunque no distingo nada más.
Abro mucho los ojos y presto atención, pero no logro ver nada. Entonces, me acuerdo de las gafas oscuras. Tal vez sean de sol, pero recuerdo la vez que mi padre recibió unas cuantas similares para que los agentes de la paz del distrito pudieran vigilar por las noches. Saco la mochila y busco a tientas hasta encontrarlas, las saco y… ¡perfecto! Lo veo todo con una claridad increíble. No me he equivocado: son gafas de visión nocturna. Me vuelvo hacia la fogata y distingo a una chica, creo que es la del Distrito 8, calentándose las manos en el fuego.
Algo se remueve dentro de mí. Sé que encender fuego es lo más peligroso que podemos hacer porque puede atraer a otros tributos. ¿En qué estará pensando? Los que lucharon en la Cornucopia, con su fuerza superior y sus generosas provisiones, quizá no hubiesen visto el fuego entonces, pero ahora que ya estarán rastreando el bosque en busca de víctimas... Es como agitar una bandera y gritar: «¡Estoy aquí!».
Aun así, parte de mí la comprende. Ella no tiene un saco de dormir que la guarde del frío. La miro, la chica se hace un ovillo e intenta darse calor a sí misma. Sé que no puedo confiarme, pero ella no parece ser alguien peligrosa… de pronto, tengo una idea. Para nadie es un secreto que los tributos que se alían con otros viven más. Me aterra correr el riesgo, pero sé que no puedo quedarme aquí arriba y verla morir por causa de una tonta fogata.
Lo dudo bastante y por varias horas. Mi instinto me dice que huya, que, obviamente, esta chica es un riesgo. Fue una gran estupidez lo que hizo, además, estoy segura que no tiene armas para defenderse, mientras que yo cuento con mis dardos y una cerbatana. Podría serle de mucha ayuda aliarse conmigo…
Finalmente, me armo de valor y me desato. No sé muy bien lo que voy a hacer, pero la adrenalina que comienza a correr por mis venas no me deja pensar con claridad. Como puedo bajo del árbol, con mi cerbatana en la mano, dejando mis cosas arriba. Cuando mis pies tocan el suelo noto que el cielo sigue oscuro, pero que se acerca el amanecer. Empiezo a pensar que quizás hayamos (es decir, la chica de la fogata y yo) pasado desapercibidas, y, envalentonándome mucho más, camino hacia ella, cada vez más decidida. Tengo comida suficiente para las dos; tal vez, ella sepa cazar, y de esa forma podríamos ayudarnos mutuamente a sobrevivir. Ya más adelante pensaríamos en el inevitable final, pero, por el momento, quiero ser optimista.
Me muevo entre los árboles con gran maestría gracias a las gafas. Intento no hacer movimientos bruscos para no asustarla, así que me acerco poco a poco y me guardo las gafas en el bolsillo de la chaqueta. Estoy a unos pocos pasos cuando los oigo: varios pares de pies que echan a correr. La chica de la hoguera se ha quedado dormida, puedo verla desde mi lugar. Quiero acercarme, despertarla y advertirle, pero mis músculos se niegan a obedecerme, y sólo me quedo allí, metida detrás de unos arbustos, viendo como los profesionales caen sobre ella antes de que pueda escapar; mis ojos se llenan de lágrimas y mi boca se abre mucho cuando oigo sus súplicas y el grito de dolor que las acalla mientras una espada se clava en su abdomen. Después hay risas y felicitaciones de varias voces.
Alguien grita: «¡Doce menos, quedan once!». Los demás lo vitorean, pero no puede ver de quien se trata; estoy demasiado impactada viendo el cuerpo sin vida de la chica. Sus ojos, muertos pero que reflejan un inmenso terror, están mirándome. Me tapo la boca para no gritar, pero no puedo detener las lágrimas. Entonces veo sus rostros. Tienen linternas y antorchas que iluminan sus rostros de una forma siniestra. Los dos tributos del Distritos 2, los del 1 y la chica del 4 registran las cosas de su víctima en busca de provisiones, pero no hallan nada bueno. Está más que claro que ellos son aliados.
Luchan en manada; eso no me sorprende. A menudo se forman alianzas en las primeras etapas de los juegos; los fuertes se agrupan para cazar a los débiles y, cuando la tensión empieza a crecer demasiado, se vuelven unos contra otros.
Logro hacerme hacia atrás, aún impactada por la crueldad con la que asesinaron a la chica. Recuerdo que en casa siempre cerraba los ojos y pensaba en otra cosa, pero no puedo hacerlo ahora. Acaban de matarla justo frente a mí y no hice nada por ayudarla. Ni siquiera soy capaz de ponerme a salvo a mí misma.
Quisiera poder moverme más aprisa, pero no lo logro. Mis músculos están demasiado rígidos. Aun así, intento impulsarme hacia atrás con los pies, pero mi acción sólo provocó que rompiera una rama.
— ¿Qué fue eso?
Mi corazón comienza a latir desbocadamente cuando el chico del 2 hace esa pregunta.
—Yo no oí nada, Cato.
—Yo sí.
Todos guardaron silencio durante los que me parecieron los segundos más eternos de mi vida. Si me descubren, estoy muerta. Me quedo muy quieta y, para mayor seguridad, vuelvo a taparme la boca con las manos. No puedo controlar los ríos de lágrimas que caen por mis ojos. Lágrimas de verdadero terror. Para mi buena suerte, una de las ramas de la hoguera estalla.
—Sólo fue el fuego. Será mejor que nos vayamos para que puedan llevarse el cadáver antes de que empiece a apestar.
Quiero respirar con alivio al oír eso, pero no puedo.
Oigo murmullos de aprobación y, aliviada, veo que comienzan a alejarse de mí. No saben que estoy allí. Espero unos segundos; no veo a dónde se dirigen, pero no me interesa hacerlo. Cuando siento mis piernas nuevamente, me arrodillo y me acerco a rastras a la chica. No sé qué espero encontrar, pero necesito hacerlo. Me pongo las gafas y miro en todas direcciones, asegurándome de que los tributos profesionales no estaban por allí. Me asomo entre los arbustos una vez más y escucho un débil gemido de dolor.
«¡Sigue con vida!», pienso, quitándome las gafas una vez más. Me asomo, esperanzada, y ella me ve entre los arbustos. Primero luce aterrada, pero no por mucho; creo que sabe que no le haré daño, y extiende una mano hacia mí. Intento salir de mi escondite, pero el sonido de otras pisadas me detiene y, con horror, veo que el chico del Distrito 1 regresó, cargando una antorcha en una de sus manos, y jugando con una lanza en la otra.
— ¡Maldición! Así que sigues con viva— murmura, con cierta diversión y cinismo en sus tétricas palabras; se revuelve el cabello y esboza un gesto de falsa lástima— Deberías haberte muerto de inmediato... En fin, peor para ti— y sin ninguna clase de piedad clava la punta de su lanza en la espalda de la chica. Ella abre mucho los ojos y estira su mano hacia mí una vez más, suplicando, agonizante.
Me caigo al suelo de espaldas y me llevo las manos al rostro otra vez para ahogar un nuevo grito, pero no da resultado. Pese a mi intento y al cañonazo que anuncia la muerte de la chica, él logra oírme, y de inmediato alza la cabeza, siguiendo la mano que su víctima tenía extendida hacia mí mientras una sonrisa maliciosa se forma en sus labios.
— ¡Encontré a otro!— grita, rebosante de júbilo.
No sé como lo logro, pero, para cuando me doy cuenta, estoy corriendo a ciegas por el bosque.
— ¡Encontré a otro!— repite. Puedo oírlo detrás.
Más gritos y vitoreos se oyen a lo lejos, y sé que estoy en problemas: los demás también vienen por mí.
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Continuará...
¿Qué tal, eh? Tardé más en subir éste capítulo porque tuve algunos problemas; con mi portátil primero, y con mi correctora después. Es más corto que los anteriores, pero también más intrigante.
Gracias por leer!
¿Crees que merezco sus revievs?
Hasta la próxima!
H.S.
