Disclaimer: Los personajes de Los Juegos del Hambre pertenecen a Suzanne Collins.
.
7
FUEGO
.
Como puedo me pongo las gafas. Es un alivio poder verlo todo con claridad.
Sin dejar de correr, puedo reconocer mi árbol no muy lejos de dónde estoy, y a una manada de profesionales tras mis huesos. Tropiezo, pero me levanto de un salto.
Los tributos profesionales aúllan y ríen. Saben que estoy arrinconada, y yo también lo sé. Sin embargo, no estoy dispuesta a morir hoy. El terror se transformó en pura adrenalina que recorre mis venas y no puedo detenerme. Sé que me arriesgo demasiado, pero, girando sobre mis talones, corro en dirección al roble. Tal vez llegue a él, tal vez no, pero si dejo mis provisiones allí de cualquier forma estaré muerta. Corro tan rápido como puedo; el aire frío se cuela por mi nariz, mi rostro está entumido y me cuesta respirar, pero no me detengo; significaría la muerte si lo hago.
—¡¿Dónde está?!
—¡No la veo!
Los escucho discutir a gritos, pero solo sigo corriendo; y comienza a parecerme que nunca voy a llegar cuando me topo con mi roble. No me lo pienso ni un segundo y subo de un salto a la primera rama, sujetándome a ella como si la vida dependiera de eso. Me lastimo las manos mientras trepo, pero eso no me detiene. Contengo la respiración, y sólo me permito tomar aire una vez que me meto dentro del saco de dormir y me aseguro con el cinturón, a salvo de sus miradas asesinas. Estoy segura de que el saco oscuro y la noche me protegen.
Me tapo hasta la cabeza y escucho. Nada. Entonces, saco la cabeza y busco en la oscuridad. Puedo ver las luces de sus antorchas y linternas moviéndose de un lado para otro, pero ellos se mantienen en silencio. Estoy intentando calmar mi respiración cuando los profesionales se detienen en el claro que se encuentra a unos diez metros de mi árbol. ¿Me habrán visto? La sólo idea me aterra, pero sus palabras me tranquilizan:
—¿La vieron?
—¡Claro que no! ¡No había nadie!
—¡Nos hiciste correr en círculos para nada! ¡Eres un imbécil, Marvel!
—¡Les digo que la vi! La chica estaba señalándolo cuando…
—¿Está con vida? —preguntó uno con brusquedad.
—Ya no.
—Como sea, cierra la boca. Nos hiciste correr en vano.
—Deberíamos regresar a nuestro campamento.
—¿Y dejar que se nos escapen más tributos? Olvídenlo.
—Pero, Cato…
—¡Seguiremos de caza, dije! —grita el tal Cato, el chico del Distrito 2 —Aún no damos con la niña bonita ni el gruñón.
Tardo sólo un segundo en darme cuenta de que hablaban de mí y de Gale; y, una vez más, me paralizo de terror.
—Cato tiene razón. Y ya lo saben: el chico es mío —. Dice la chica del Distrito 2, jugando con uno de sus cuchillos.
—Sí, lo que digas, Clove. Pero primero debes atraparlo; y no dejarlo ir ésta vez.
Como respuesta, Clove lanza un cuchillo en dirección al que parece llamarse Marvel, dando el árbol detrás de él.
—No lo dejaré huir la próxima vez.
—Ustedes dos, dejen de jugar. ¡Les dije que la prioridad es aniquilar a los del 12!
—¿Creen que estén juntos?
—Es una posibilidad. La niña bonita parecía demasiado débil como para sobrevivir por su cuenta.
—Puede. También parecía bastante simplona. Cada vez que la recuerdo dando vueltas con ese vestido me dan ganas de vomitar.
—Sí, pero ella también se te escapó, ¿no? —añade la chica del Distrito 1 con malicia. Clove la mira y amenaza con lanzarle un cuchillo también, pero su compañero la detiene.
—Olvídalo. Ellos y el gigante del 11 son la prioridad. Andando.
La manada profesional sale corriendo justo cuando despunta el alba y los cantos de los pájaros llenan el aire. Me quedo tan rígida como una estatua, con los músculos temblando durante un rato más, y después logro moverme un poco sobre la rama. Necesito bajar, seguir adelante, pero, por un momento, me quedo tumbada donde estoy, digiriendo lo que he oído. Gale y yo somos su blanco principal. Cinco asesinos entrenados están buscándonos, y no se detendrán hasta aniquilarnos.
De repente, los pájaros se callan y uno lanza una aguda llamada de advertencia. Una sola nota. Un aerodeslizador se materializa sobre la hoguera moribunda y de él bajan unos enormes dientes metálicos. Poco a poco, con cuidado, meten a la chica muerta en el aparato. Después desaparece y los pájaros reanudan su canción.
El cielo se ilumina por completo, pero me niego a salir de mi saco de dormir. El calor es tal que en un punto es casi asfixiante, pero ni aun así quiero salir de la protección de mi saco.
Me aterra volver a pisar el suelo. La sola idea de que los profesionales pudieran tenderme una trampa me paraliza. No pienso bajar de éste árbol; quisiera decir que jamás me bajaré, pero sé que en algún momento tendré que hacerlo. Aunque no quiera pensar en ello. Me acurruco e intento volver a dormirme, pero cada vez que cierro los ojos veo la cara de terror de la chica del Distrito 8 pidiéndome ayuda. El calor es infernal, pero yo estoy temblando.
Ya no me interesan las cámaras, ni los patrocinadores; mucho menos la actuación con Caesar ni mi tonta promesa de ganar los juegos por Maysilee Dooner. Sólo quiero regresar a casa; o, al menos, cerrar los ojos y pretender que estoy allí, pero no puedo. Sé que puedo perder popularidad con esta muestra de debilidad, pero no me importa. No quiero moverme, no quiero que los profesionales me atrapen. Aún temblando, me quedo dormida.
oOo
Me despierto al oír un cañonazo.
Aturdida, pego un salto que casi me hace caer, pero logro mantener al equilibrio. No sé por cuánto tiempo dormí, pero cuando despierto la noche ya comenzaba a caer. ¿Quién habrá sido? ¿Será Gale? Pensar en ello me aterra. Al menos sabré la respuesta pronto. Me doy cuenta de lo hambrienta que estoy, al igual que mojada debido a todo el sudor que el calor del saco me provocó. Como casi una hogaza entera de pan con cinco tiras de cecina. También me acabo una botella de agua. Había estado tan ensimismada en mis pensamientos que no he bebido ni una gota en todo el día.
«Ya no tiene caso bajar», me digo. Es mucho más peligroso hacerlo ahora, sabiendo que los profesionales cazan de noche. Me pregunto qué estará haciendo Gale; si sabrá que ellos ansían cazarnos. Dijeron que creen que estamos juntos, ¿esa sería una buena idea? Tal vez sí, pero sé que él no aceptaría ni en un millón de años aliarse conmigo.
De un momento para el otro tocan el himno y veo en el cielo la imagen de la chica del Distrito 8 primero, la misma que murió frente a mis ojos y pidiendo mí ayuda, y la del chico del 10 después. No hay más muertes por hoy. Mis ojos se humedecen. Sé que nunca podré sacarme aquella imagen de la cabeza; esos ojos suplicantes de la chica del 8 me perseguirán de por vida si es que llego a salir de aquí, aunque intento que, ahora mismo, eso no me afecte.
Hay dos jugadores menos, eso debería ser un alivio, pero no lo es. Comienzo a preguntarme si Gale habrá tenido que ver con eso, pero no le doy demasiadas vueltas al asunto. El agotamiento mental es tal que no consigo concentrarme, así que me doy la vuelta e intento dormir otra vez. No estoy muy cansada, por lo que no lo consigo de inmediato, pero, en algún momento de la noche, pierdo la conciencia.
oOo
Un pequeño tintineo sobre mi cabeza me alerta y alzo la mirada. Un paracaídas plateado desciende sobre mis piernas y se posa allí. Mis ojos se abren como platos. ¡Haymitch me envió un obsequio! ¡Tengo patrocinadores! ¿Qué me habrá enviado? ¿Comida? ¿Medicinas? ¿Qué podría ser?
Me siento, un poco más animada que ayer, y lo tomo. No es mucho más grande que la palma de mi mano. Lo abro. Es un recipiente cargado con una sustancia casi líquida de color negro y tiene un pequeño aplicador a un lado. Frunzo el ceño. No tengo la menor idea de lo que es, así que levanto un dedo y meto la punta. Arde tanto que lo quito de inmediato. ¿Qué podrá ser? Le pongo la tapa y lo examino. No parece ser comestible, mucho menos medicina. Me salgo del saco y me acomodo sobre él sin dejar de contemplar el recipiente. No pude haberme enviado comida; con lo que tengo duraré bastante. Por alguna razón, dudo mucho que pueda ser medicina, pues no tiene ése característico aroma a almizcle que suelen tener todas las medicinas del Capitolio que le envían a mi padre; su olor es más fuerte, casi peligroso. De pronto, pienso en algo. Mis dardos son capaces de paralizar a una persona, pero no de matarla… buscó el pequeño contenedor dentro de mi mochila y saco un dardo. Lo examino durante un buen rato y encuentro una pequeña cavidad detrás de la aguja, como si tuviera que llenarla con algo. No estoy muy segura de lo que hago, pero mi recién descubierto instinto me dice que la cosa negra va allí. Tomo el aplicador, lo cargo con la sustancia negra y, con mucho cuidado, lleno el dardo. Espero a ver que pasa, pero no pasa nada. No sé como se me ocurre, pero clavo el dardo sobre el tronco. Cuando la punta se entierra en la madera, veo que el líquido negro desaparece, como si le hubiera aplicado una inyección a la rama.
No lo dudo. Son dardos venenosos; y lo que Haymitch me envió es el veneno para llenarlos.
Un gran dilema moral me invade. Eso, sin duda, me ayudará a sobrevivir, pero no me creo capaz de usarlo. Me parece bastante deshonesto. Aunque lo analizo bien. Los profesionales no dudarían en usarlos, como tampoco dudaron en asesinar a esa chica. Me resisto a aceptarlo, pero sé que ésa es mi única defensa contra sus cuchillos, sus lanzas y sus letales espadas. El resto del día me la paso rellenando mis doce dardos, y, para cuando termino, la tarde estaba cayendo. Tomo una merienda de pan, agua y manzanas y contemplo el atardecer mientras como. No quiero parecer asustada (aunque sigo estándolo), así que intento mostrarme lo más tranquila que puedo. Tiene que parecer que voy un paso por delante de los demás si quiero recuperar un poco de la convicción que demostré antes de entrar al estadio y sobrevivir un día más.
Me como otra de las jugosas manzanas mientras sigo cómodamente sentada sobre mi árbol; estoy segura de que todavía salgo en las pantallas del Capitolio, así que sigo ocultando con cuidado mis emociones; sin embargo, Claudius Templesmith debe de estar pasándoselo en grande con sus comentaristas invitados, comentando mi reacción tan débil y asustadiza. Sé que luego de mi entrevista con Caesar y la vehemencia con la que aseguré que yo ganaría, muchos deben sentirse decepcionados, o, cuando menos, confundidos.
Ahora que sé que los profesionales quieren matarme a mí y a mi compañero, ¿cómo afecta eso a las apuestas? ¿Perderemos patrocinadores? ¿Cuántos tendremos?
El sol sigue descendiendo en el cielo mientras yo sigo observándolo. Por primera vez en días me siento realmente tranquila. Intento racionar el agua que me queda porque no sé cuándo hallaré otra fuente. Decido que esa sea mi prioridad. Intento pensar en todo lo que sé sobre la búsqueda de agua: fluye colina abajo, así que, de hecho, seguir por el valle no es mala idea. Si pudiera localizar alguna zona de vegetación especialmente verde, eso podría ayudarme, pero no lo haré hoy. Por ahora, mis reservas bastan. Quisiera tener un libro o algo para entretenerme, aunque con el atardecer está bien.
Me acomodo una vez más y pienso. Descansé demasiado ése día y el anterior, debo moverme o los patrocinadores perderán el interés. Además, no quisiera quedarme mucho más tiempo aquí, sabiendo que el resto de los tributos profesionales andan al acecho. No, no quiero hacerlo. Con toda la fuerza de voluntad del mundo decido avanzar en busca de agua durante la madrugada. No sería lo más indicado sabiendo que los profesionales cazan de noche, pero sé que tampoco estaré tranquila sobre éste árbol mucho más, consciente de que uno de ellos me ha visto. Salgo como puedo del saco de dormir, lo enrollo y lo meto en la mochila, al igual que el resto de mis cosas. Respiro profundamente. Mientras me ocultan la noche, el saco y las ramas de sauce, las cámaras no podrán obtener una buena imagen mía, pero sé que deben de estar siguiéndome. En cuanto toque el suelo, tengo garantizado un primer plano.
Me pongo las gafas y comienzo a caminar por el bosque. La capa de agujas de pino que cubre el suelo ahoga el eco de mis pisadas. No hace tanto frío como ayer, pero aun así se me enfría la nariz. El himno suena sobre mi cabeza y me detengo a observar el cielo. Nada. Ningún tributo murió hoy.
Camino durante un par de horas, atenta a cualquier sonido. El bosque resulta mucho más aterrador de lo que imaginaba, y toda la valentía me abandona, pero no oigo pisadas ni nada que me alerte de la presencia de otra persona. Tal vez los profesionales han decidido cazar en otra parte de estadio. La idea me alivia tanto que, casi sin darme cuenta, me acomodo bajo unos arbustos, sin desarmar mi equipaje; me cubro con unas ramas y empiezo a quedarme dormida.
Unas cuantas horas después me despierta una estampida. Miro a mi alrededor, desconcertada. Todavía no ha amanecido, pero mis maltrechos ojos lo ven; sería difícil pasar por alto la pared de fuego que desciende sobre mí. Mi primer impulso es tirar las ramas que me cubren antes de que se incendien y comenzar a correr, y así lo hago. Por suerte, tengo mis cosas guardadas en la mochila, así que me la pongo en la espalda, me cuelgo el saco de manzanas al hombro y huyo.
El mundo se ha transformado en un infierno de llamas y humo. Las ramas ardiendo caen de los árboles convertidas en lluvias de chispas a mis pies. Corro tan rápido como me es posible. No puedo hacer más que seguir a los otros, a los conejos y ciervos, e incluso a una jauría de perros que corren por el bosque. Confío en su dirección porque sus instintos están más desarrollados que los míos. Sin embargo, ellos son mucho más rápidos, vuelan por el bosque con gran agilidad, mientras que mis botas no dejan de tropezar con raíces y ramas caídas, y no puedo seguir su ritmo de ninguna manera.
El calor es horrible, pero lo peor es el humo que amenaza con ahogarme en cualquier momento. Me subo la camisa para taparme la nariz y me alegro de que esté mojada de sudor, ya que eso me ofrece una pequeña protección. Y sigo corriendo, ahogándome, con el saco de manzanas dándome botes en la espalda y la cara llena de cortes por las ramas que se materializan delante de mí sin avisar, surgidas de la niebla gris, porque se supone que tengo que correr.
Esto no puede ser una hoguera que se le haya descontrolado a un tributo, ni tampoco un suceso accidental; las llamas que me acechan son demasiado grandes, una uniformidad que las delata como artificiales, creadas por humanos, creadas por los Vigilantes. Hoy ha estado todo demasiado tranquilo; no ha habido muertes y quizá ni siquiera peleas, así que la audiencia del Capitolio empezaba a aletargarse y a comentar que estos juegos resultaban casi aburridos. Y los Juegos del Hambre no pueden ser aburridos.
Es fácil entender la motivación de los Vigilantes. Hay una manada de profesionales y después estamos los demás, seguramente repartidos a lo largo y ancho del estadio. Este incendio está diseñado para juntarnos, para que nos encontremos. Aunque puede que no sea el dispositivo más original que haya visto, es muy, muy eficaz.
Salto por encima de un tronco en llamas. En cuestión de minutos noto la garganta y la nariz ardiendo. Las toses empiezan poco después, y me da la impresión de que se me fríen los pulmones. La incomodidad se convierte en angustia, hasta que cada vez que respiro noto una puñalada de dolor que me atraviesa el pecho. Consigo refugiarme debajo de un saliente rocoso justo cuando empiezan los vómitos, y pierdo mi cena y todo lo demás que me quedase en el estómago. Me apoyo sobre las rodillas y sigo con las arcadas hasta que no hay nada más que echar.
Sé que tengo que seguir moviéndome, pero estoy temblando y mareada, jadeando por la falta de aire. Me permito tomar una gota de agua para enjuagarme la boca y escupir, y después le doy un par de tragos más a la botella.
«¡Anda, Madge!— me digo—. ¡Anda! ¡Muévete!» Me tomo ese tiempo de indecisión para reordenar mis provisiones, juntar mis manzanas y meter todo a lo bruto en la mochila. Sé que ha llegado el momento de moverse, pero el humo me ha dejado atontada. Los veloces animales que me guiaban me han dejado atrás y sé que no he estado antes en esta parte del bosque. ¿Adónde me llevan los Vigilantes? ¿De vuelta a la Cornucopia? ¿A un nuevo terreno lleno de nuevos peligros? El ataque comenzó justo cuando por fin lograba tener unas cuantas horas de paz. Sin embargo, la pared de fuego debe terminar en alguna parte y no puede arder para siempre. No porque los Vigilantes no puedan hacerlo, sino porque, de nuevo, la audiencia se quejaría. Si pudiera meterme detrás de la línea de fuego, evitaría encontrarme con los profesionales. Intento moverme, pero mis piernas no responden. Me aterrorizo otra vez. A penas puedo respirar; me cuesta tanto que casi me siento desfallecer. No puedo quedarme, pero me atemoriza avanzar. Y allí me quedo, hiperventilando, llorando, no sé si por el humo que me ciega o por el miedo. Y antes de que pudiera hacer cualquier cosa, la primera bola de fuego se estrella contra la roca, rozándome la cabeza e hiriéndome el rostro. El mismo bello rostro que días atrás había encandilado al Capitolio. Me retuerzo y retrocedo a gatas, chillando de dolor, intentando apartarme del horror mientras me cubro la cara con ambas manos. Nunca antes me había lastimado; ni un corte, ni un rasguño, mucho menos una quemadura. El dolor es demasiado para poder soportarlo. La tos regresa y mi estómago quiere vomitar otra vez. La violencia de las arcadas ha hecho que se me salten las lágrimas, y me pican los ojos. Tengo la ropa empapada en sudor y, de algún modo, a pesar del humo y el vómito, me llega el olor a cabello quemado, pero no consigue apartar mis pensamientos del terrible dolor que me invade.
El juego ha dado un giro inesperado: el incendio es una excusa para hacer que nos movamos, para que la audiencia vea diversión de verdad. De pronto oigo un siseo, otra bola de fuego pasa junto a mí; me tiro al suelo boca abajo sin entretenerme en mirar atrás, y la bola de fuego da en un árbol a mi izquierda y lo envuelve en llamas. Grito de terror y me acurruco en el suelo, sin dejar de llorar. Es todo. No puedo levantarme, no puedo respirar ni pensar en otra cosa que no sea el dolor de mi rostro. Estoy perdida. Los juegos acabaron para Madge, la chica en llamas.
Sólo soy capaz de sentir al agobiante calor que el incendio desprende, y el humo tóxico llenándome los pulmones.
Quedarse quieta significa morir; pero no puedo moverme. Es mi fin. No tengo escapatoria. No puedo ni quiero escapar. Si un vigilante decidiera dispararme una bola de fuego ahora, no me resistiría a lo inevitable. Ya no podré soportar más. Estoy lista para morir.
Me doy la vuelta y cierro los ojos.
No quisiera que mi padre y Peeta vieran que me doy por vencida, pero realmente no soy capaz de seguir.
«Lo siento, papá», pienso.
Oigo otro siseo, y siento como una nueva bola de fuego se estrella detrás de mí.
— ¡Madge!
Creo que empiezo a alucinar, porque juraría que alguien grita mi nombre.
— ¡Madge! ¡Levántate! ¡Deprisa!
Conozco ésa voz… ¿Papá? ¿Peeta? Abro los ojos e intento sentarme. Mi rostro sangra a borbotones.
Miro en todas direcciones, pero no veo nada. Me pongo de pie, tambaleándome pero sin soltar mi rostro. ¿Mi mente me jugó una mala pasada? Vuelvo a desesperarme.
Escucho otro siseo y me paralizo. Puedo sentir el calor de otra bola de fuego, y como alguien tumba mi cuerpo.
— ¡Abajo!
Caigo de espaldas, y algo muy pesado me cae encima. Aturdida, intento ver a mi atacante, pero mis ojos se cruzan con unos grises, igual de aterrados que los míos.
No estoy alucinando.
Es Gale.
.
.
Continuará...
.
No es por nada, pero este es mi capítulo favorito.
Gracias a Richter EverSwan!
Nos vemos!
H.S.
