Disclaimer: Los personajes de Los Juegos del Hambre son propiedad de Suzanne Collins.


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8

CATO

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Apenas me he puesto en pie cuando la cuarta bola golpea el lugar en el que estaba tumbada y levanta una columna de fuego a mis espaldas. El tiempo pierde significado mientras siento como Gale sujeta mi mano y me guía a través del bosque, intentando esquivar los ataques. Yo sólo me dejo guiar, demasiado aturdida como para tener algún tipo de reacción.

El calor es horrible, y el miedo es aún peor. Muros de fuego nos amenazan por todos lados mientras Gale corre serpenteando y yo sólo lo sigo. Se agacha, se levanta de un salto y sigue, siempre llevándome con él. Las bolas de fuego son del tamaño de manzanas, pero liberan una potencia enorme al hacer contacto. Tengo que utilizar todos mis sentidos al máximo para intentar seguirle el paso, no hay tiempo para juzgar si un movimiento es correcto o no: si oímos un siseo, o actuamos o morimos.

De pronto me encuentro a mí misma luchando por sobrevivir. Algo me hace seguir adelante; ése algo puede ser Gale. Sin embargo, no puedo explicarme qué es lo que lo motiva a él a ayudarme. Quiero creer que no planea usarme como escudo para los lanzacohetes, aunque eso parece muy poco probable por la forma en que intenta alejarnos a ambos del fuego. También es posible que ambos acabemos dentro de un nido de víboras, pero ahora no puedo preocuparme por eso.

Aunque no sé cuánto tiempo hemos pasado esquivando bolas de fuego, finalmente, los ataques empiezan a decaer, lo que me parece estupendo, porque vuelvo a sentir arcadas. Pero Gale no se detiene, y una sustancia ácida que me quema la garganta y se me mete en la nariz sale de mi boca mientras sigo corriendo tras él. Me veo obligada a parar, entre convulsiones, intentando desesperadamente librarme de los venenos que he absorbido durante el ataque. Suelto la mano de Gale mientras él sigue corriendo sin darse cuenta. Toso y vomito una sustancio grisácea. A penas me recupero, vuelvo a buscarlo con la mirada.

— ¡Gale!— grito. El humo es tan espeso que no puedo ver nada— ¡Gale!

Oh, no. Lo he perdido. Camino de un lado al otro como si estuviera enjaulada, esquivando los muros de humo tóxico que me rodean, sin atreverme a atravesarlos.

— ¡Gale!— sigo gritando, desesperada. La sangre de mi rostro obstruye mi visión, así que la limpio torpemente con la manga de mi chaqueta.

Una bola de fuego cae al suelo junto a mí, y me lanzo a correr por puro terror. El humo vuelve a llenarme los pulmones. Es muy doloroso respirar. Mis ojos lloran, pero no de miedo o tristeza. La nube tóxica está haciéndome daño, pero no me detengo.

Corro tan deprisa como puedo, a ciegas. Esquivo ramas y rocas. Salto unos cuantos troncos, buscando a Gale. Tengo que tirarme al suelo para esquivar otra bola de fuego, pero rápidamente me pongo en pie. Intento dar otro paso pero no hallo el suelo y caigo sin remedio al agua, que me entra por la nariz y la boca, me limpia la sangre del rostro, pero casi me ahoga. Al menos, el estanque donde caí no es muy profundo. Emerjo a la superficie dando una gran bocanada de aire, y me arrepiento enseguida: el humo vuelve a colarse por mi nariz, ahogándome con sus tóxicos. Vuelvo a meterme bajo el agua y espero hasta donde puedo para volver a asomarme. Otro proyectil pasa sobre mi cabeza y golpea en las rocas que tengo detrás, haciéndome sumergirme para evitar ser quemada otra vez. El rostro me arde mucho, pero intento con todas mis fuerzas no hacer caso. Cuando mis pulmones vuelven a exigir aire asomo el rostro a la superficie un instante. Y espero.

Oigo la voz de Cinna, que me trae imágenes de telas lujosas y gemas resplandecientes: «Madge, la chica en llamas». Todo me parece tan irónico ahora…

Me asomo por última vez, sólo que ahora no vuelvo a sumergirme. Y otra vez espero.

El ataque ha terminado. Está claro que los Vigilantes no quieren más muertos, al menos todavía. Todos saben que podrían destruirnos en cuanto suena la alarma inicial, pero el verdadero entretenimiento de los juegos es ver cómo los tributos se matan entre ellos. De vez en cuando intentan manipularnos para que tengamos que enfrentarnos cara a cara. Supongo que eso significa que, si ya no me atacan, hay al menos un tributo cerca. Espero que sea Gale.

Saldría y correría hasta un árbol para refugiarme y esperar para ver de quien se trata si pudiera, pero el humo todavía es lo bastante espeso para matarme. Sin embargo, me obligo a salir del agua y me alejo del muro de llamas que ilumina el cielo. Parece que ya no me persigue, salvo con sus apestosas nubes negras.

Otra luz, la luz del día, empieza a surgir poco a poco, y los rayos de sol caen sobre los remolinos de humo. Tengo mala visibilidad, puedo ver a una distancia de unos pocos metros a mi alrededor; cualquier tributo podría esconderse de mí fácilmente. Debería sacar la cerbatana como protección, pero dudo de mi capacidad para sostenerla durante mucho rato. Mi mano sangra; en algún momento me la quemé también, pero ése dolor no puede compararse con el que, ahora que la adrenalina ha disminuido, siento en mi rostro.

Nunca he experimentado nada como esto, ni siquiera una quemadura pequeña provocada por un sartén o una tetera muy caliente. Me toco la piel y grito. Las lágrimas caen como ríos. Siento que voy a morir de dolor.

Me desplomo sobre la tierra y allí me quedo por un buen rato, llorando y gimiendo de dolor entre sollozos. Estoy tan cansada que sólo quisiera dormir, pero tengo la sensatez suficiente para recargar mis suministros de agua y purificarlos. El agua viene del arroyo que sale de una grieta en las rocas y está fresca, así que meto mi mano herida dentro y me mojo el rostro una vez más. Sigue doliendo horriblemente, y sangra, pero no tanto como antes. El agua fría me produce una ligera sensación de alivio por un segundo.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano me siento al borde del estanque durante un rato y examino las llamitas de las uñas, que ya empiezan a descascarillarse. Bien, he tenido fuego de sobra para toda una vida.

Me limpio la sangre y la ceniza mojada que me queda en la cara e intento recordar todo lo que sé sobre quemaduras. Son heridas comunes en el Distrito 12, donde todos cocinan y calientan las casas con carbón; además de eso, están los accidentes de las minas... claro que yo nunca me he acercado a la estufa, y los accidentes de las minas pasan tan lejos de mi casa que nunca me preocupaba por eso, aunque las muertes siempre eran muy tristes.

Mi rostro tal vez necesite atenciones, pero no me atrevo a mirar mi reflejo. ¿Y si está tan mal que no tiene arreglo? Me asusto, pero me digo a mí misma que el Capitolio tiene medicamentos milagrosos, que en los distritos ni siquiera imaginamos, para cada cosa. Animada por la idea, me acuclillo y me asomo al estanque.

Casi me desmayo al ver la mitad derecha de mi cara: la carne está de un rojo brillante, cubierta de ampollas. Me obligo a respirar lenta y profundamente, segura de que las cámaras están emitiendo un primer plano de mi cara; no puedo parecer débil una vez más si quiero patrocinadores. Lo que te consigue ayuda no es la lástima, sino la admiración cuando te niegas a rendirte. Quisiera haberlo recordado antes… Ya di demasiadas muestras de debilidad, no quiero dar una más. Muevo las hebras de cabello quemadas y examino la herida más de cerca. El área quemada es del tamaño aproximado de mi mano e incluye el inicio de la oreja. Me mojo el rostro de nuevo, como si pudiera deshacerme de la herida de esa forma. Sé que existen hierbas que acelerarían la curación, si las encontrase, aunque no logro recordarlas. Es probable que el agua y el tiempo sean mis mejores alternativas. Me arrojo dentro del estanque una vez más y me quedo tumbada, con el lado herido de mi rostro dentro del agua.

¿Debería seguir moviéndome? El humo empieza a clarear, pero sigue siendo demasiado espeso. Si continúo alejándome del fuego, ¿no iré directo a las armas de los profesionales? No tengo forma de saberlo, pero necesito encontrar a Gale. Él me salvó la vida, después de todo. Y ya no quiero estar sola.

Me obligo a ponerme en pie otra vez y miro hacia el bosque. Tal vez sea mala idea. El humo aún luce atemorizante, pero tampoco quiero quedarme aquí, sola y desprotegida.

Ordeno mis provisiones, incluso llego a ponerme la mochila a la espalda, pero no consigo alejarme. Bebo un poco de agua y observo cómo el sol traza su lento arco por el cielo. ¿Acaso puedo ir a algún sitio más seguro que éste? No lo sé. Sólo sé que debo encontrar a Gale, que quizá esté herido y necesita de mi ayuda. Esa idea me hace levantarme. Al final empiezo a avanzar, aunque lo hago lentamente. El humo aún no se ha disipado del todo.

Camino con cuidado, alerta a cada movimiento o sonido. Quiero llamar a Gale, gritar su nombre, pero no me atrevo. Estoy casi segura de que los profesionales andan cerca.

Me subo a un árbol cuando empieza a caer la noche. Mañana seguiré buscando. Sólo espero que Gale no esté herido…

Después de meterme en el saco el sello del Capitolio brilla en el cielo y empieza a sonar el himno. Sorprendentemente, hoy tampoco hubo muertos.

Me quedo contemplando el cielo nocturno durante varios minutos, aún después de que el sello desapareciera y el himno terminara. Cuando al fin desvío el rostro, miro hacia mis pies y encuentro con la mejor sorpresa posible: sobre mi saco de dormir hay un botecito de plástico unido a un paracaídas plateado. ¡Otro regalo de un patrocinador! Haymitch debe de haberlo enviado durante el himno. El botecito me cabe en la palma de la mano. ¿Qué puede ser? Abro la tapa y sé, por el olor, que es medicina. Toco con precaución la superficie del ungüento y desaparece el dolor de la punta del dedo.

—Oh, Haymitch— susurro. Gracias.

Sé que le pedí que ayudara a Gale, pero no podría sentirme más agradecida ahora.

La medicina debe de haberle supuesto un gasto astronómico, seguro que han hecho falta unos cuantos patrocinadores para comprar este botecito diminuto. Para mí, no tiene precio.

Meto dos dedos en el tarro y me embadurno con cuidado mi mejilla. El efecto es casi mágico, borra el dolor con sólo tocarla y deja una agradable sensación de frescura. No cabe duda de que es medicina de alta tecnología creada en los laboratorios del Capitolio. Cuando termino con mi rostro, me echo un poquito en la mano. Después envuelvo el bote en el paracaídas y me lo guardo en la mochila. Como ya no me duele tanto, consigo colocarme en posición y quedarme dormida.

oOo

Un pájaro que se ha colocado a pocos metros de mí me avisa de que está amaneciendo. Bajo la luz gris de la mañana, me examino la mano herida: la medicina ha transformado los parches rojo intenso en una suave piel rosada. Mi mejilla sigue inflamada, porque esa quemadura era mucho más profunda. Le pongo otra capa de pomada y guardo mis cosas en silencio. Pase lo que pase, tengo que encontrar a Gale. También me como una hogaza de pan, que estaba poniéndose dura, y un trozo de cecina, y bebo unas cuantas tazas de agua. Ayer lo vomité casi todo y ya empiezo a notar los efectos del hambre.

Quiero bajar, pero no lo hago de inmediato. Me detengo al pensar en Gale y en sus razones para salvarme. Quiero creer que de verdad le importa lo que suceda conmigo, pero sé que no es así; él mismo me lo dijo, ¿no? Me odia. Odia todo lo que, según él, represento. Entonces, ¿por qué hacerlo? ¿Por qué no me dejó morir ayer? ¿Será una estrategia para conseguir patrocinadores? O, tal vez… ¿será posible que yo sí le importe?

Mis mejillas se ruborizan al pensar en eso. Pero no, no es posible. Mi mente trabaja a toda máquina, intentando encontrar una respuesta coherente, hasta que, de pronto, oigo movimientos en el suelo.

Me pego al tronco y escucho. Son pasos; alguien está corriendo. Me cuelgo la mochila a la espalda y me sujeto a la rama, buscando con la mirada.

De la nada, veo que alguien corre por el bosque, no muy lejos de mi árbol. Agudizo la vista y entonces lo veo: es Gale.

Está herido, puedo ver la sangre seca que cae por su frente y se pierde en el cuello de su chaqueta quemada. Además, cogea. Parece escapar de algo, pero no presto atención. Me paro sobre la rama y estoy a punto de gritar su nombre al mismo tiempo que veo la lanza que vuela hacia su cabeza.

Mi corazón se detiene cuando, pese a que los demás árboles obstruyen mi visión, veo como Gale cae, pero no tengo manera de saber si por el impacto de la lanza o no. Entonces, veo que vuelve a ponerse en pie y corre en mi dirección.

«Me ha visto», pienso, esperanzada. Sin embargo, él no mira hacia arriba, sino que mira a los lados, como si buscara algo. O a alguien.

Se detiene y gira el torso hacia atrás justo a tiempo para evitar que Cato, el chico del Distrito 2, clave su enorme espada en su abdomen. Gale se echa hacia atrás, rueda en el piso y con una velocidad increíble carga una flecha en su arco y apunta a su agresor. Éste rápidamente se cubre con un árbol y vuelve a atacarlo. Gale dispara otra flecha, pero Cato la intercepta con la hoja de su espada y se lanza con todo su peso sobre él, tirándolo al suelo y haciéndole soltar su arco por el brusco impacto.

Me horrorizo. Gale es de contextura fuerte, pero el chico del 2 es un verdadero gigante. Aun así, se defiende con los puños, quitándoselo de encima antes de que lograra asfixiarlo. El gigante se echa a un lado, lanzando un alarido de dolor y limpiando la sangre que cae de sus labios mientras ríe.

— ¡Así me gusta, 12!— exclama, jalando a Gale por un pie antes de que lograra alcanzar su arco— Pero deberás hacerlo mejor si quieres matarme.

— ¡Ya lo creo!— dice él, dándole una certera patada en la quijada que lo aturde durante unos segundos, aunque parece dolerle a él también. Es claro que su pierna está herida.

Gale se arrastra e intenta una vez más recuperar su arma, pero Cato vuelve a detenerlo, se sienta a horcajadas sobre él y lo golpea repetidas veces con sus enormes puños; la angustia se apodera de mí. Quiero ayudarlo, así que saco mi cerbatana, pero no puedo encontrar ningún ángulo desde el cual disparar.

Mientras sigo indecisa, Cato le da un golpe tan fuerte en la cabeza que lo deja momentáneamente fuera de combate.

—Tienes agallas, Gale. Por eso eres el primero de mi lista—. Dice y lo golpea bestialmente en el rostro hasta dejárselo rojo de sangre; su ojo derecho está muy hinchado— ¡Al diablo Clove! Seré yo quien te envíe al otro mundo… Y cuando acabe contigo iré por tu linda amiguita, y te garantizo que me divertiré un poco con ella antes de matarla…

Gale se retuerce y lucha como puede.

—No… te lo permitiré…

— ¿No?— ríe el chico del 2— ¿Y cómo vas a impedirlo?— Saca un cuchillo de su cinturón y lo clava en el muslo izquierdo de Gale. Él grita de dolor— Si me dices dónde está olvidaré que quisiste robarnos y haré que tu muerte sea rápida.

Gale deja de forcejear. Mira a Cato a los ojos; pienso que tal vez quiera hacer un trato para no prolongar su agonía, pero para mi sorpresa, le escupe su sangre en la cara. Eso sólo enfurece mucho más al chico del 2. Con horror, veo como hunde su cuchillo mucho más en la carne de Gale, quien está demasiado golpeado para luchar. Cato busca su enorme espada a tientas y cuando la encuentra juega con el filo en el cuello de mi compañero. Lo está disfrutando.

—Despídete, 12. Y no te preocupes, tu amiga está en muy buenas manos…

Alza la espada, pero Gale lo sorprende arrojándole tierra en los ojos. Cato gruñe y se desestabiliza, cosa que mi compañero aprovecha para quitárselo de encima de un empujón y arrastrarse hacia su arco. Lo alcanza, pero, horrorizado, descubre que no puede alcanzar las flechas.

— Buen intento— exclama Cato, con sorna— ¡Pero no es suficiente!

Se abalanza sobre él una vez más. Su espada se perdió en alguna parte. Gale lo golpea con el arco y vuelve a tirarlo al suelo. Aprovecha los pocos segundos que tarda en recuperarse y busca compulsivamente sus flechas. Antes de que pueda encontrarlas ya tiene a Cato sujetándolo del cuello desde atrás, inmovilizándolo. El chico del Distrito 2 está muy golpeado también, pero no tanto como Gale.

—Estoy cansándome de ti, 12— le dice— Esto ya se ha vuelto aburrido, así que, despídete de éste mundo— Veo cómo se le hinchan los músculos de los brazos mientras Gale intenta desesperadamente zafarse de su agarre. Cato intenta romperle el cuello, pero mi dardo lo alcanza antes de que pueda hacerlo.

El chico del 2 se lleva una mano a la nuca, se saca el dardo y tiene el tiempo justo de ver lo que lo había atacado antes de caer.

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Continuará

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N del A:

Dedico este capítulo a Richter EverSwan; es bueno encontrar a otro escritor varón aquí :)

Nos vemos!

H.S.