Disclaimer: Los personajes de The Hunger Games son propiedad de Suzanne Collins.


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11

PLAN

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Recuerdo vagamente que Peeta y yo jugábamos a trepar las delgadas ramas del feo árbol que está al lado de la panadería de su familia cuando éramos pequeños. Quizás ahora, al verme en la situación en la que estoy, está orgulloso de que nuestros juegos infantiles sirvieran de algo.

Rue se acurruca a mi lado y se queda dormida. No la recelo, ya que confío plenamente en ella. Después de todo, si quisiera vernos muertos a Gale y a mí, le habría bastado con desaparecer de aquel árbol sin avisarme de la presencia del nido de rastrevíspulas. Sin embargo, muy en el fondo de mi conciencia, noto la presión de lo obvio: no podemos ganar estos juegos los tres. En cualquier caso, como lo más probable es que no sobrevivamos ninguna y que el ganador acabe siendo Gale, consigo no hacer caso de ese pensamiento. Lo único que me asusta ahora es pensar que él tendrá que cazarnos en algún momento para poder coronarse ganador. Quisiera poder creer que no haría algo como eso, pero ya no puedo fiarme de nada.

Esos pensamientos comienzan a atormentarme, pero estoy demasiado cansada para darle más vueltas al asunto. Mis heridas están sanando, sigo un poco aturdida por culpa del veneno, y el calor de Rue a mi lado, su cabeza apoyada en mi hombro, hacen que me sienta segura. Por primera vez, después de sentirme tan sola por tantos días, me doy cuenta de lo reconfortante que puede ser la presencia de otro ser humano. Me dejo vencer por el sueño y decido no pensar en nada más que no sea el calor de Rue a mi lado.

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Mi sueño se llena de imágenes inquietantes. Mi padre, mi madre, Katniss y Peeta, todos están en la arena, heridos y hambrientos, peleando por sus vidas. Entonces todo se oscurece, pero en la oscuridad puedo distinguir a una fornida figura de pie. Él me sonríe antes de que un río de sangre manchara sus blancos dientes, y cae a mis pies, suplicándome que lo ayudara.

Me despierto con un grito ahogado contenido en mi garganta. A mi lado, Rue se remueve un poco por mis bruscos movimientos, pero no despierta. Respiro con algo de dificultad y, a pesar de que tengo la nariz fría, estoy sudando.

Mientras intento regularizar mi respiración observo el amanecer. A pesar que el sol aún no ha salido del todo, unos rayos de luz atraviesan el cielo y ya pueden escucharse los sonidos del bosque. Me remuevo dentro del saco y tengo tiempo de desperezarme antes de darme cuenta de que alguien me observa desde la rama contigua.

— ¿Estás bien?

Casi se me salen las medias al distinguir la pálida cara de Gale entre las hojas. Está encaramado sobre la rama, con la mochila puesta y el arco colgado al hombro.

—Me asustaste— protesto, tomando una gran bocanada de aire— Sólo fue una pesadilla. Tengo muchas últimamente.

—Ah, ya veo— murmura, desviando la mirada hacia el bosque mientras carga una flecha y me indica guardar silencio— Creí escuchar algo— dice en un susurro que apenas escucho.

— ¿Profesionales?— pregunto en el mismo tono.

—No sé; da igual. Un conejo o dos no nos vendrían mal ahora.

Asiento.

— ¿Cuándo despertaste?— digo, aún hablando con susurros. Gale se desplaza un poco sobre la rama y no me mira cuando dice:

—No dormí— admite en tono despreocupado; yo alzo las cejas. Entonces me mira y añade:— Dormí demasiado ayer, y no me fío de que los profesionales restantes se queden de brazos cruzados por mucho tiempo más.

Asiento otra vez. Tal vez siga sin confiar en mí y en Rue, pero me doy cuenta de que se esfuerza mucho por convencerme de lo contrario.

— ¿Aún nos queda comida?

Busco mi mochila y encuentro unas cuantas naranjas, las latas que aún no hemos abierto, y unas manzanas que comienzan a malograrse.

—Las manzanas están malas…— lamento. Gale voltea, extiende una mano y le pasó una de las frutas; la examina y esboza una sonrisa tenue.

—Están bien para mí. En casa tenemos suerte si encontramos un corazón con solo uno o dos gusanos… Claro, que tú no sabes como es eso.

Ese comentario es como una bofetada directa en el rostro, y, como una oleada, llegan a mí los recuerdos de las personas del Distrito 12 que a veces hurgaban en nuestra basura. Gale tiene una habilidad innata para hacerme sentir miserable.

—Madge, es una broma— dice, suavizando el tono de su voz.

—Lo sé— contesto, en un tono más frío de lo que en verdad pretendía.

Gale vuelve a indicarme que guarde silencio. Dispara una flecha y luego golpea el tronco con frustración.

—Fallé— se lamenta, volviendo a colgarse el arco al hombro— Era una excelente presa.

— ¿A dónde vas?

—Iré tras él. Me llevará a más conejos.

— ¿Madge?— Gale detiene su descenso y los dos nos giramos hacia la somnolienta Rue, que se refriega los ojos mientras se sienta— ¿Pasó algo?

—Claro que no, Rue— respondo con una sonrisa— Buenos días.

—Buenos días. ¿A dónde va Gale?

—Voy a buscar el desayuno— responde él.

— ¿Puedo acompañarte?— se apresura a preguntar la pequeña niña— Me gustaría ayudar…

Gale me mira; yo miro a Gale, y Rue nos observa a ambos. Es claro que la idea lo incomoda.

—No creo que…

—Puedo recoger plantas y raíces— dice ella— Sé reconocer las venenosas.

Él suspira y se rasca la sien izquierda en un extraño gesto.

—Como quieras— dice; luego continúa bajando del árbol, pero se detiene otra vez— ¿Tú también vienes, Madge?

—Oh, no. Sólo les causaría problemas— admito. Nunca en mi vida he cazado, y no me apetece ver más muerte por ahora— Yo cuidaré las cosas. Tengan cuidado.

—Está bien. No te alejes del árbol.

—No lo haré.

Le doy unas manzanas a Rue para el camino y ella y Gale se alejan por un sendero hasta perderse en la espesura del bosque. Como apenas ha amanecido intento volver a dormir, pero es inútil, así que me dedico a doblar el saco de dormir, contar las provisiones que aún nos quedan y ordenar mis dardos en lo que espero.

Pasa cerca de una hora y ellos no regresan.

Cierro los ojos, y, al hacerlo, la imagen de Cato vuelve a mi cabeza, retorciéndose de dolor en el suelo, suplicando por su vida.

Me despierto de golpe. Mi corazón late con fuerza y me cuesta bastante respirar.

¿Por qué la muerte de Cato me atormenta tanto? Entonces, recuerdo lo obvio: maté a una persona. ¿Soy una asesina ahora? ¿Dónde está Gale? ¿Qué pasó con Rue? Empiezo a buscarlos con la mirada, en un intento por apartar a Cato de mi mente.

Comienza a aterrarme la idea de que Gale intentase sacar a Rue del medio, así que, casi sin darme cuenta, tomo un cuchillo y empiezo el descenso. Sin embargo, una suave voz me detiene antes de tocar el suelo:

— ¿Madge?— Encaramada a una rama frente a mí, con algo en la mano, está Rue, mirándome con ojos muy abiertos.

— ¡Rue!— exclamo con emoción, casi cayéndome de las ramas, pero alcanzo a sostenerme a tiempo— ¿Y Gale?

—Se quedó recolectando algunas raíces en lo que espera antes de recoger las presas— responde con una sonrisa— Nos tardamos porque estaba enseñándome a fabricar algunas trampas en los bosque. Dice que hay que movernos para entretener un poco al público, con eso de que no ha habido muertes desde la del chico del 2...

De pronto me siento muy avergonzada por haber desconfiado de él, pero intento que Rue no vea el rubor de mis mejillas.

— ¿Qué tienes en las manos?— pregunto, desviando el tema.

—El desayuno— responde Rue; las abre y me enseña dos grandes huevos.

— Oh… ¿De qué son?

—No estoy segura; hay una zona pantanosa por allá, una especie de ave acuática. Estaría bien cocinarlos, pero Gale dice que no debemos arriesgarnos a encender una fogata.

—Supongo que tiene razón— admito— ¿los profesionales se habrán movido ya?

—No lo sé. No nos acercamos a su campamento.

—Ah…

Nos dedicamos a sorber el contenido de los huevos, y a comernos una lata de frutas y algunas bayas hasta que Gale aparece con un conejo sobre el hombro, caminando entre los árboles.

—Hora de movernos— dice mientras recoge sus cosas. Yo sólo me quedo muy quieta y lo miro, aún algo avergonzada.

Gale se sienta mientras cuenta sus provisiones y revisa su mochila.

— Tendremos que camuflar las mochilas…— lamenta— Ahora, ¿quién queda en el estadio?

—Los dos del Distrito 1, la chica del Distrito 2, el chico del Distrito 3, la chica del Distrito 4, Thresh y yo, y Madge y tú. Eso hacen nueve— contesta Rue.

—Te faltó la Comadreja dice Gale. Rue y yo lo miramos, confundidas— Es como le digo a la chica del Distrito 5… No sé como se llama, pero su cabello rojo me recuerda al pelaje de las comadrejas, de ahí el nombre— sonríe—. ¿Listas para hacerlo?— pregunta, colgándose la mochila al hombro.

— ¿Hacer qué?— pregunto, confundida— ¿Qué tienes pensado, Gale?

Él me mira.

—Hoy vamos a quitarle la comida a los profesionales.

— ¿Qué? ¿De qué hablas?

—Verás, le decía a Rue que me pasé toda la noche pensando en los profesionales y sus provisiones, y en que debemos encontrar la forma de robar o destruir su comida— hace una pausa mientras se baja del árbol— Estoy bastante seguro de que a ellos les costará terriblemente alimentarse solos. Ya saben, la estrategia tradicional de los tributos profesionales consiste en reunir toda la comida posible y avanzar a desde ahí. Cuando no la protegen bien, pierden los juegos. Como ese año en que la destruyó una manada de mutos, ¿recuerdan?— Baja las últimas ramas de un salto, se sacude las manos y me ayuda a bajar. Parece que está recuperándose rápidamente— El hecho de que los profesionales hayan crecido con una alimentación mejor a la del resto en los distritos juega en su contra, ya que no están acostumbrados a pasar hambre; todo lo contrario que Rue y yo.

Me siento un poco ofuscada por su comentario final, pero debo aceptar que no miente.

— ¿Cómo?— pregunto.

Veo que los ojos de Gale brillan de emoción. Creo que nunca lo he visto tan emocionado.

—Ni idea. Vamos, ahora que estás despierta, se nos ocurrirá algo a los tres mientras nos movemos.

Mientras Gale despedaza el conejo le saca a Rue toda la información posible sobre la base de los profesionales y la compara con las cosas que él sabe. Ella sólo se ha acercado a espiar un poco, pero es muy observadora. Han montado el campamento junto al lago, y todos sus suministros están a unos veinticinco metros. Durante el día dejan montando guardia a otro tributo, el chico del Distrito 3.

—El chico del Distrito 3 fue quien les avisó que yo estaba allídice Gale Cuando encontré su campamento me acerqué a buscar medicinas para mis heridas, algunas vendas o algo que me ayudara a prevenir una infección. Pero por la cogera no fui muy silencioso, y el chico dio el aviso.

— ¿Por eso Cato te perseguía?— pregunto.

—Sí. Todos saben que ellos cazan de noche, así que fui a su campamento en la mañana. La mayoría estaban dormidos, así que fue fácil perderlos, pero el chico del 2 no, y él y la chica del 4 me persiguieron por el bosque.

—Tienes suerte de que te haya encontrado solo— añade Rue.

—Supongo. Bien, ahora debemos concentrarnos en el del 3…

—No lo recuerdo mucho…, pero creo que no era muy fuerte, ¿no?— digo.

—No, no lo es. Pero se queda todo el tiempo en el campamento— responde Rue. Supongo que acordaron dejarlo vivir a cambio de que les hiciese de guardia, pero no es un chico muy grande.

—No crea que sea solo eso— discurre Gale— El Distrito 3 se destaca por fabricar innovadores artículos tecnológicos, y por ser el mayor proveedor de ingenieros para el Capitolio. Por lo que deduzco que ese chico tiene algo de mucho valor para los profesionales…

— ¿Y qué podría ser eso?

—Su cerebro— responde con calma— Ellos son muy fuertes, pero ninguno parecía ser muy listo. Con ese chico, cubren todos los flancos.

— ¿De verdad crees eso?— pregunto; Gale se encoje de hombros.

—No se me ocurre ninguna otra cosa. ¿Qué armas tiene?— le pregunta a Rue.

—No muchas, por lo que vi. Una lanza. Puede que consiga espantarnos a unos cuantos con ella, pero Thresh podría matarlo con facilidad.

—Eso reafirma mi teoría.

— ¿Y la comida está ahí, sin más?— pregunto, y ella asiente. Gale frunce el ceño.

—No la tenían apilada cuando estuve allí…, Hay algo que no encaja en ese esquema— Dice, serio.

—Lo sé, pero no pude averiguar el qué. Gale, aunque lográramos llegar hasta la comida, ¿cómo nos libraríamos de ella?

—Da igual la forma. La idea principal es intentar robar todo lo que podamos; pero si eso no se puede, prefiero quemarla, o tirarla al lago...cualquier cosa para quitársela. No te preocupes, pensáramos en algo.

Nos pasamos un rato desenterrando raíces, recogiendo bayas y vegetales, y elaborando una estrategia entre susurros. Así acabamos conociendo a Rue, la mayor de seis niños, tan protectora de sus hermanos que les da sus raciones a los más pequeños, tan valiente que rebusca en las praderas de un distrito cuyos agentes de la paz son mucho menos complacientes que los nuestros. Eso parece impactar mucho a Gale, y su aprecio por Rue parece aumentar con cada palabra que sale de sus labios. No es difícil entender el por qué. Gale también es el mayor de una familia numerosa, y, por lo que sé por Katniss, desde la muerte de su padre, él se ha convertido en el sustento de su madre y sus hermanos menores; Gale no parece ser alguien muy expresivo, pero cuando habla de ellos uno fácilmente puede darse cuenta de que son lo que más ama en el mundo.

Rue y él tienen tantas cosas en común en que por momentos me siento como si fuera de un mundo completamente paralelo al suyo. Sin embargo, cuando le preguntas a la niña del Distrito 11 por lo que más ama en el mundo, contesta que la música, nada más y nada menos.

— ¿La música?— repito, sonriendo. En mi mundo, la música era lo único que en verdad me hacia feliz.

— ¿Tienes mucho tiempo para eso?— pregunta Gale. Sé que él no lo entiende; aunque a decir verdad tampoco yo, pues la vida de Rue y la mía son completamente opuestas.

—Cantamos en casa y también en el trabajo. Por eso me encanta tu insignia— añade ella, señalando mi sinsajo y sorprendiéndome de nuevo.

— ¿Tienen sinsajos?— pregunto, quedándome a solas con ella, camuflando las mochilas de color naranja con barro, mientras Gale sigue a un conejo.

—Oh, sí, algunos son muy amigos míos. Nos dedicamos a cantar juntos durante horas y llevan los mensajes que les doy.

— ¿Qué quieres decir?

—Suelo ser la que está más alto, así que soy la primera que ve la bandera que señala el fin de la jornada. Canto una cancioncilla especial— dice; entonces abre la boca y canta una melodía de cuatro notas con una voz clara y dulce, y los sinsajos la repiten por todo el huerto. Así la gente sabe cuándo parar. Sin embargo, pueden ser peligrosos si te acercas demasiado a sus nidos, aunque es lógico.

—Oh…— me siento sobre el suelo blando y paso los dedos sobre mi broche— Nunca he visto un sinsajo, aunque me gustaría hacerlo… Toma, quédatelo tú— le digo, quitándome la insignia. Significa más para ti que para mí.

—Oh, no— contesta ella, cerrándome los dedos sobre la insignia que tengo en la mano Ese broche era de tu tía, y me gusta vértelo puesto, por eso decidí que eras de confianza. Además, tengo esto— Se saca de debajo de la camisa un collar tejido con una especie de hierba. De él cuelga una estrella de madera tallada toscamente; o quizá sea una flor. Es un amuleto de la buena suerte.

—Bueno, por ahora funciona— respondo, volviendo a prenderme el sinsajo a la camisa Quizá te vaya mejor sólo con él. Mi tía no tuvo mucha suerte con su sinsajo…

A la hora de la comida Gale ya tiene un plan; lo llevaremos a cabo a media tarde.

Pese a que no me convence del todo el asunto del plan, ayudo a Gale y a Rue a recoger y colocar la madera para la primera de dos fogatas, aunque la segunda tendré que prepararla yo sola. Decidimos reunimos después en el sitio donde nos encontramos los tres por primera vez, ya que el arroyo debería facilitarnos la tarea de encontrarlo. Antes de partir Gale se asegura de que la niña y yo estemos bien provistas de comida y cerillos, incluso insiste en que ella se lleve su saco de dormir, por si no logra encontrar a ninguno de los dos antes de que caiga la noche.

— ¿Y tú qué? ¿No pasarás frío?— le pregunta ella.

—No si tomo otro saco en el lago— responde, sacudiendo sus ensortijados cabellos. Ya sabes, aquí robar no es ilegal— añade, sonriendo.

En el último minuto, Rue decide enseñarnos su señal de sinsajo, la que canta para anunciar que ha terminado la jornada.

—Quizá no funcione, pero, si oyen a los sinsajos cantarla, sabrán que el resto de nosotros estamos bien, aunque no podamos juntarnos en ese momento.

— ¿Hay muchos sinsajos por aquí?— pregunto, incrédula.

— ¿No los has visto? Tienen nidos por todas partes— responde. Reconozco que no me he dado cuenta.

—Pues bien. Si todo va según lo previsto, las veré para la cena— dice Gale, suspirando.

De repente, Rue le rodea el cuello con los brazos; él vacila un instante, pero acaba devolviéndole el abrazo.

—Ten cuidado— le pide.

—Y tú— responde; después se vuelve y me mira— Madge, yo…— dice, y se detiene un momento, como si no encontrara las palabras. Sin embargo, no lo dejo continuar; presa de una gran melancolía me lanzo a sus brazos y entierro la cara en su pecho. Sorprendentemente, Gale también me abraza.

—Regresa con nosotras— digo.

—Lo haré. Tú… ten mucho cuidado también, y no dejes que te atrapen, ¿quieres?

—Sí.

Él se separa de mí y se dirige al arroyo.

Rue y yo lo observamos hasta que se pierde entre los árboles. Al cabo de unos minutos sé que ha llegado la hora de que yo me marche también, aunque me resulta muy difícil dejar a Rue.

—Debes irte— me dice ella. La miro y la abrazo. Rue me responde de inmediato.

—Cuídate, Rue. Nos reuniremos en cuanto encienda la segunda fogata, ¿oíste?

—Sí. Tú también ten mucho cuidado.

—Claro que sí. No olvides ponerte a resguardo lo más rápido que puedas.

Asiento y beso su coronilla, comenzando a alejarme en dirección opuesta a la de Gale, muy preocupada. Preocupada por que Rue acabe muerta, por que Rue no acabe muerta y nos quedemos las dos hasta el final, enfrentándonos a Gale; por dejar a Rue sola, por la posibilidad de que Gale no regresara tampoco.

Me adentro en el bosque dando grandes zancadas, con la idea de que algo malo podría pasar rondándome en la mente. Hace días que nadie muere; temo que los Vigilantes piensen que la cosa va lenta y estén planeando algo para animar los juegos. Temo que, ahora que nos hemos separado, tengamos que encontrarnos con alguna desagradable sorpresa como la de las bolas de fuego.

Camino sin detenerme durante un par de horas, hasta toparme con una pequeña laguna. No sé si es la misma en la que caí luego del ataque de fuego, pero no me detengo a pensarlo. Hago un alto para llenar la botella de agua y añado otra capa de barro a la mochila, que parece decidida a seguir siendo naranja, independientemente de la cantidad de camuflaje que le ponga.

Conforme más de alejo de nuestro campamento, más se me agudizan los sentidos y, cuanto más me adentro en el bosque, más alerta estoy; me detengo con frecuencia para prestar atención a ruidos extraños, con un dardo preparado en la cerbatana. Por suerte, no veo a otros tributos.

Paso bajo el nido de rastrevíspulas y sigo caminando unos cuantos minutos más. Llego al punto en el que Gale me dijo que tenía que llegar y comienzo a recoger toda la madera verde que puedo y a armar una fogata. Según él, eso debería provocar mucho humo, lo suficiente para llamar la atención de los profesionales y desconcertarlos.

Cuando acabo, subo a un árbol y como una naranja mientras espero mi señal, con el comienzo del atardecer de fondo.

Los ciudadanos del Capitolio deben estar mordiéndose las uñas y sujetándose a las butacas, ansiosos de poder ver el desenlace del plan de Gale; o todo lo contrario y están mortalmente aburridos de vernos caminar por el bosque y juntar maderas. Yo, por mi parte, me mantengo quieta sobre mi rama. Puede que me vea tranquila, pero la idea de que el plan falle no deja de aterrarme; así como también la idea de que funcione y Rue, Gale y yo tengamos que enfrentarnos los unos a los otros para poder seguir con vida.

Un pájaro chilla sobre mi cabeza y me distrae durante un rato, pero lo único que logro ver de él son un par de alas negras y blancas. Creo que fue un sinsajo. Hasta de seguir esperando, bajo del árbol y busco más leña. Camino, corro y salto durante un rato para evitar que mis músculos se duerman. Luego me siento sobre un montículo de hojas y bebo un poco de agua mientras lanzo pequeñas piedras al tronco del árbol que tengo en frente. Me pongo en pie y vigilo los alrededores. La ansiedad está matándome. ¿Por qué Rue no encendió su fogata? ¿Le habrá pasado algo malo? ¿Los profesionales la habrán atrapado? ¿O a Gale? Mientras le doy vueltas a mis opciones, veo el humo elevándose sobre la copa de los árboles a lo lejos. Es la señal que estaba esperando.

Me sudan las manos y mi corazón se acelera. Es hora de actuar.

Tomo los cerillos y enciendo la fogata antes de lanzarme a correr por el bosque. Sin embargo, antes de alejarme mucho vuelvo la vista atrás: el humo de la segunda fogata sube por el cielo. Los profesionales deben de haber empezado a sospechar que se trata de una trampa, pero no pienso quedarme a averiguarlo.

Mientras corro entre los árboles no puedo dejar de preguntarme qué habrá pasado con Gale. ¿Habrás logrado su propósito?

Me detengo cuando llego a la laguna y espero. Todo parece paralizarse durante un segundo. Después, escucho lo que parece ser un aullido, seguido del cañón. Una gran explosión sacude la tierra, tirándome al suelo por la impresión, y, milésimas de segundos después, otras más se le unen.

El suelo sigue temblando por los estallidos. Un humo acre empieza a elevarse a lo lejos.

Al cabo de un minuto, el piso deja de vibrar. Ruedo por el suelo y me pongo en pie mientras intento salir de mi estupefacción.

Otro estallido me sorprende. Pasa otras dos veces más, y, a pesar del estridente sonido, puedo oír el nuevo cañonazo.

Y el nombre de Gale escapa de mis labios mientras cambio de dirección y corro hacia el arroyo, con solo una idea en mente:

«Que no sea él— pienso mientras avanzo entre los pinos— Por favor, que no sea Gale…»

Y mis plegarias parecen ser escuchadas. Cerca del arroyo, Gale aparece corriendo entre los árboles, con sangre en el rostro y la mirada cargada de terror.

— ¡Ahí vienen!— es lo único que me dice, antes de, sin detenerse, jalarme por el abrazo en dirección opuesta. Y no me da tiempo a negarme; lo único que puedo hacer es mirar hacia atrás un instante, encontrándome casi frente a frente con la horrenda cabeza de la bestia que amenaza nuestras vidas.

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Continuará...