Disclaimer: Los personajes de The Hunger Games no me pertenecen.


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12

Mutos

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Examino el bosque justo a tiempo de ver cómo la primera criatura aparece entre los árboles de un salto. Mientras me vuelvo, veo que se le unen otras seis. Después sigo corriendo a ciegas detrás de Gale, sin pensar en nada que no sea salvarnos.

Mutaciones, no cabe duda. Nunca había visto a estos mutos, pero no son animales de la naturaleza. Parecen lobos enormes, pero, y no es que yo sea una experta, ¿qué lobo aterriza de un salto sobre las patas traseras y se queda sobre ellas? ¿Qué lobo llama al resto de la manada agitando la pata delantera, como si tuviese muñeca? Puedo todo eso aún de lejos, y estoy segura de que encontraré otras características más amenazadoras cuando estén cerca.

Gale se abre paso con algo de dificultad entre los árboles, pero lo sigo sin planteármelo. Si él cree que es el lugar más seguro, ¿quién soy yo para decir lo contrario? Los mutos nos están alcanzando. Quiero sacar mi cerbatana, pero no puedo hacerlo y seguir corriendo. De repente un muto nos cierra el paso, pero Gale lo aparta golpeándolo en la cabeza con su arco y corre más rápido. La criatura se turba, pero no tarda en volver detrás de nosotros. Entonces, sin pensarlo, consigo sacar uno de los cuchillos de Cato con mi mano libre y se lo clavo en el ojo. La criatura cae, pero hay muchos para ocupar su lugar.

De repente, Gale se detiene y saca sus flechas, empujándome lejos.

— ¡Trepa, Madge, trepa!— me grita, señalando los árboles que tenemos más cerca.

Tiene razón, no podemos protegernos en el suelo. Empiezo a trepar el prier árbol resistente que encuentro con pies y manos. Pero en cuanto llego a una altura suficiente, unos seis metros por encima del suelo, jadeando para recuperar el aliento, apenas tengo el tiempo suficiente de esquivar el cuchillo que vuela hacia mi cabeza, aunque casi caigo de la rama en el intento, pero consigo sostenerme de la misma.

Con sorpresa descubro que Clove se encuentra en el mismo árbol, herida, pero con al menos una docena de filosas dagas en las manos.

—Árbol equivocado, Madge— masculla, lánzandome dos cuchillas más que logro esquivar escondiéndome tras el tronco, momento que ella aprovecha para acercarse y jalarme con fuerza por el cabello, golpeándome la cabeza repetidas veces con el árbol hasta aturdirme lo suficiente como para dejar de luchar. Entonces golpea mi espalda y me apresa entre su cuerpo y la madera, colocando un cuchillo en mi cuello para evitar que me mueva, a pesar de que estoy demasiado aturdida como para hacerlo. Usa la misma brutalidad que su compañero, y se ve el doble de furiosa— Estuve esperando días para hacer esto— dice, alzando el cuchillo para hacerme un tajo en la mejilla al tiempo que sonríe— Sé que fueron ustedes los que mataron a Cato. Y ahora yo voy a disfrutar matándolos a ustedes…— ronronea, cortando la piel de mi mejilla más profundamente, pero no suelto ningún sonido; si voy a morir, no pienso darle ese placer; ya estoy cansada de llorar— ¿Por dónde podré empezar…?— canturrea Clove, buscando una daga más pequeña y mortífera dentro de su chaqueta, pasándola por mi rostro, sin cortar esta vez— No tienes idea de cómo voy a divertirme con esto…

Cierro los ojos; sin embargo, justo cuando creo que estoy a punto de morir, Gale grita, desencajando a Clove, que afloja su agarre en mi cuello; no sé de donde saco las fuerzas para empujarla lejos, pero lo hago.

— ¡Gale! ¡Gale!— grito, desesperada. Me vuelvo y veo que está en el suelo, debajo de nosotras, con los mutos pisándole los talones. Gale empieza a subir con dificultad, no sólo por culpa de la mordida que tiene en la pierna, sino del arco que lleva en la mano. Se para a pocos metros del suelo y dispara una flecha que le da en el cuello al primer muto que pone las patas sobre el árbol. Al morir, la criatura se estremece y, sin querer, hiere a varios de sus compañeros. Entonces le podemos echar un buen vistazo a las uñas: diez centímetros y afiladas como cuchillas— ¡Trepa!— chillo, sintiendo la presión en mi tobillo. Es Clove, que desde la rama de abajo tira de mi pie, obligándome a caer, haciendo que me golpee con la rama en el trayecto y pierda todo el aire de los pulmones. De repente estoy boca abajo, solo sostenida por el fuerte brazo de Clove.

—Es todo— dice, y me suelta hacia las mutaciones, o al menos ése parecía ser su plan.

Caigo de cara contra una rama inferior, y creo escuchar el sonido de mis huesos rompiéndose, o quizás es la madera, estoy muy aturdida para descubrirlo; el dolor es instantáneo y corrosivo, y durante varios segundos me cuesta respirar. Aun así, sólo por las dudas. no muevo ni un músculo.

— ¡Madge! ¡Madge!— grita Gale ahora, pero algo lo silencia. Es Clove. Están peleando sobre mi cabeza, luchando por tirar al otro hacia los mutos. Intento enderezarme pero mi rama es muy frágil.

Los mutos empiezan a reagruparse. Al unirse, se levantan y se yerguen fácilmente sobre las patas traseras, lo que les da un aspecto humano. Todos tienen un grueso pelaje, cuyos colores varían del negro azabache a algo que sólo podría describirse como rubio. Hay algo más en ellos, algo que hace que se me erice el vello de la nuca, aunque no logro identificarlo.

Suben sus hocicos hacia nuestro árbol, olisqueando, arañando el tronco con las patas y lanzando gruñidos agudos. Desde mi posición no puedo verlos con mucha claridad, además estoy más preocupada por no caer que por verlos. Dejo escapar un chillido y me cuesta sostenerme de la rama endeble. Arriba puedo escuchar a Gale y a Clove forcejear, y me vuelvo; Clove lo tiene sujeto con un cuchillo en el cuello, ahogándolo con su otro brazo. Gale forcejea, pero ella parece mucho más fuerte.

Sin pensármelo, me levanto de un salto y vuelvo a escalar, pero no puedo llegar hasta ellos, así que me detengo en un ángulo adecuado, intentando contener el desbocado latido de mi corazón, y saco mis dardos, pero no disparo. Sé que tengo sólo una oportunidad, y que disparar con mis dardos venenosos sería muy arriesgado, porque podría matar a Gale por error. Entonces, algo reluce cerca de mí: ¡es el arco de Gale, y sus flechas! Clove debe de haberlo desarmado. Sin dudarlo, llego hasta ellos y preparo una flecha.

Me tiemblan las manos, y me cuesta mantenerla en su lugar, pero hago el esfuerzo. Apunto a la cabeza de Clove, pero me doy cuenta de que también podría dañar a Gale si me equivoco, y mientras vacilo ella se da cuenta y me enfrenta:

—Dispárame y él se cae conmigo— dice, mirándome y riéndose.

Tiene razón, si la derribo y cae sobre los mutos, Gale morirá con ella. Estamos en las mismas: no puedo disparar a Clove sin matar también a Gale; ella no puede matar a Gale sin ganarse una flecha en la cabeza. Nos quedamos quietos como estatuas, buscando una salida.

Tengo los músculos tan tensos que podrían saltar en cualquier momento y los dientes tan apretados que podrían romperse. Las criaturas guardan silencio y lo único que oigo es el sonido de mi agitado corazón.

—Dispara… ¡Hazlo!— pronuncia Gale, con voz débil y los labios azules; si no hago algo pronto, morirá ahogado y lo perderé, y entonces Clove usará su cadáver como arma contra mí. De hecho, estoy segura de que ése es el plan de Clove, porque, aunque deja de reírse, esboza una sonrisa triunfal. Entonces, busco otro tiro, concentrándome en la mano que usa para manipular sus cuchillos. Y disparo.

La chica del Distrito 2 chilla de dolor y tiene que soltar el cuchillo con el que pretendía cortar el cuello de Gale. En ese momento veo mi oportunidad: salto debajo de Clove y consigo sujetarla por el tobillo, tirando de ella hacia abajo. Clove se tambalea, pero no cae. Me lanza un cuchillo que me obliga a saltar de rama otra vez, y entonces Gale toma ventaja y la empuja hacia las bestias.

Oímos el sonido de algo rompiéndose, el golpe, y el ruido del ataque de las criaturas. Gale baja hacia mí y nos abrazamos. El cañón suena de inmediato.

Estando en la seguridad de los fuertes brazos de Gale miro hacia abajo y puedo ver el cuerpo de Clove tendido entre las bestias, que sólo lo olfatean y terminan alejándose. Supongo que no le encuentran la gracia si está muerta.

De pronto los mutos que quedan con vida alzan la cabeza como si alguien los hubiera llamado y comienzan a correr rumbo a la Cornucopia. Gale y yo los vemos irse, pero no dejamos de abrazarnos, aún cuando se pierden más allá del bosque. Mi corazón sigue latiendo con fuerza, al igual que el suyo, puedo escucharlo por tener mi cabeza pegada a su pecho. Poco a poco se deja caer contra el tronco, cansado, llevándome con él. Los dos estamos exhaustos y heridos.

Mi rostro sangra, así que Gale lo limpia con la manga de su chaqueta.

—De nuevo salvaste mi pellejo— dice, cerrando más su abrazo a la vez que suspira— La balanza está otra vez a tu favor.

No entiendo lo que eso significa, pero no hago caso.

— ¿Lograste destruir sus provisiones?— pregunto después de un rato, todavía temblando de miedo. Gale respira por la nariz.

—Más o menos. Los mutos salieron del llano y se interpucieron en mi plan. ¿Sabes? El chico del 3 había desenterrado los explosivos de la Cornucopia, y había logrado reactivarlos. Tenían la comida apilada en el centro de un campo minado. Fue un plan brillante, ¿no crees?

—Que astuto— consigo decir— ¿Esas fueron las explociones que escuché?

—Sí. Tresh las activó al querer escapar de las bestias.

— ¿Tresh, del Distrito 11?

—El mismo. El chico del 3 fue atrapado por un muto, y los dos fueron alcanzados por la explosión.

— ¿Y la comida?

—Voló por los aires— rió, haciendo un gracioso sonido con la boca y un gesto con las manos— No quedó nada de nada.

Los dos reímos. Tal vez por lo ridículo de la situación, o por el hecho de que tres tributos han muerto hoy tan cerca de nosotros. Es una situación extraña. Estando así, con Gale, tan cerca y tan a gusto, por un segundo me siento en paz…hasta que recuerdo lo más importante.

— ¡Rue!— Me separo de Gale y lo miro— ¡Debemos buscarla, Gale!

—Tranquilízate, Madge— me dice, esbozando una mueca de dolor; entonces me doy cuenta de que estoy presionando su pierna lastimada— Rue es mucho más lista que mucho de los tributos que están aquí. Además sólo contamos tres cañonazos. Te aseguro que está a salvo sobre algún árbol.

Lo pienso un momento antes de aceptar que tiene razón. Rue es una luchadora nata.

Gale abre sus brazos de nuevo y no dudo en lanzarme a ellos como una niña pequeña. Él suelta otro alarido de dolor y me doy cuenta de que está lastimado en las costillas, y de que yo también lo estoy, porque el más mínimo movimiento es sumamente doloroso.

Cae la noche y suena el himno, y la imagen de Clove es la primera en salir en el cielo, seguida por la del chico del 3, y, al último, la de Tresh. Nada de Rue, lo cual nos alegra a los dos.

Gale y yo no nos separamos hasta que el frío se hace insoportable. Por suerte estamos en una rama lo bastante gruesa y resistente para caber cómodamente los dos. Nos tapamos con mi saco de dormir e intentamos conciliar el sueño sin comer nada, pues ninguno tiene apetito.

A la mañana siguiente despierto sola, sintiendo movimiento sobre mi cabeza.

— ¡Madge, despierta!— solo al mover la cabeza para ver a Gale recuerdo que mi cuerpo está completamente destruído, pero al verlo bajar las ramas con el rostro iluminado se ilumina el mío también, sobre todo al notar el paracaídas plateado que tiene entre sus manos. ¡Es el obsequio de un patrocinador! Tengo que ahogar un gritito de alegría. Gale se balancea sobre la rama y se sienta frente a mí, colocando el paracaídas en el medio.

— ¿Qué nos mandaron?— comienzo a impacientarme y él sonríe.

—Pues vamos a ver— quita la tapa y nos chocamos las cabezas al intentar ver dentro, aunque me decepciono un poco al notar que solo hay dos diminutas píldoras de color rojo.

— ¿Para qué son?

—No lo sé. No hay nota ni nada— contesta Gale, revisando el paracaídas— Supongo que es una para cada uno. Parece medicina.

Un recuerdo me invade de pronto: el veneno que me envió Haymitch. Me quedo muy quieta, pensando. ¿Y si se trata de algo parecido? ¿Y si Haymitch me lo mandó a mí para deshacerme de Gale y Rue? No consigo seguir cavilando.

— ¿Qué estás haciendo?— me sobresalto e intento detener a Gale antes de que se pusiera una píldora en la boca.

— ¿Qué?— protesta, deteniéndose— No sé tú, pero yo siento como si una chica enorme y loca me hubiera dado una paliza— bromea, descolocándome un poco— Además, ¿qué otra cosa podría mandar Haymitch?

Quisiera poder decirle, pero algo me detiene. Entonces le arrebato la píldora y me la trago.

Gale me mira alzando una ceja. Me molesta en la garganta, por lo que hago una mueca, y él sonríe.

— ¿Qué haces? ¿No quieres un poco de agua?

Niego como puedo, esperando el efecto de la píldora y cayendo en cuenta de que, probablemente, acabo de cometer una estupidez más grande que una casa. Así que cierro los ojos, pero en cambio siento una increíble sensación de alivio recorriendo todo mi cuerpo. Me llevo una mano al rostro y noto que la mejilla sigue lastimada, pero ya no duele.

— ¿Madge?

La voz de Gale me distrae de mi nube de éxtasis.

—Es medicina— corroboro, sonrojándome un poco por haber desconfiado de Haymitch.

— ¿Y qué otra cosa creíste que era?— ríe; extrañamente luce muy animado.

Al cabo de una media hora el dolor de nuestros músculos desapareció casi por completo y los dos nos sentimos mucho mejor. Gasto lo último que me queda de la pomada en los cortes de mi rostro y la mordida que Gale tiene en la pierna. Al menos no nos habíamos quebrado ningún hueso, o tendríamos un serio problema.

—Es asombroso— dice Gale, estirando los músculos de su espalda— Ya no duele nada. Esta medicina podría sernos muy útil en los distritos…— masculla, bajando el tono de su voz hasta que sale como un suave susurro. De pronto endurece su expresión y se trona los largos y delgados dedos— Ahora puedo cazar sin problemas. Iré por algo de comer. Después iremos por Rue, si es que ella no nos encuentra primero.

Empieza a bajar del árbol sin mirarme. Quiero decirle que aún tengo provisiones, pero se ve a leguas que Gale necesita estar en movimiento.

Mientras lo espero comienzo a pensar en Rue. ¿Por qué aún no aparece? ¿Estará herida? No, me niego a creerlo, podría haber un centenar de explicaciones diferentes: se ha perdido, o se ha encontrado con otra jauría de depredadores o con un tributo profesional y ha tenido que esconderse. Pasara lo que pasara, estoy casi segura de que está por alguna parte, en alguna parte del Estadio; algo la mantiene encaramada a un árbol.

Gale llega al poco tiempo, con una especie de ave colgada al hombro.

—No encontré ningún conejo, pero creo que éste pajarraco es comestible.

— ¿Vas a encender fuego?

—No veo porqué no. Sólo quedan tres profesionales, y los dos más fuertes están muertos. Aunque estaremos listos por si deciden venir. Además, podría darnos algo por comer carne cruda, creéme.

Comemos sin que nos ataque ningún profesional; guardamos los muslos del ave para Rue y nos ponemos en camino cerca del mediodía.

Es un alivio estar en movimiento después de pasar tantas horas sentada. Gale y yo nos arrastramos en silencio por el bosque, pero no vemos nada sospechoso; no hay signos de lucha, ni agujas rotas en el suelo, según dice Gale. Nos paramos un momento y lo escucho: es la melodía de cuatro notas de Rue, cantada por un sinsajo. La melodía que nos dice que sigue viva.

— ¿Escuchaste eso?— dice Gale y sonríe, avanzando hacia el pájaro— . Te dije que estaría bien.

Otro sinsajo repite un puñado de notas un poco más allá.

—Estamos cerca. Rue estuvo cantándoles hace poco.

— ¿Cómo lo sabes?— pregunto, tratando de mantenerle el paso.

—Porque si no, ya habrían pasado a otra canción— contesta. Levanta la mirada en busca de la niña, lo veo tragar saliva y después silba la melodía en voz baja, esperando que ella sepa que es seguro reunirse con nosotros. Un sinsajo la repite y, entonces, oímos el grito.

Es un grito infantil, un grito de niña, y en el Estadio no puede pertenecer a nadie más que a Rue.

Gale es el primero en salir corriendo, y yo lo sigo sin dudarlo, aún sabiendo que puede ser una trampa, sabiendo que los tres profesionales pueden estar preparados para atacarnos, y no dudo que él también lo sepa, pero no puede evitarlo. Oigo otro grito agudo, aunque esta vez es de Gale:

— ¡Rue!

— ¡Gale, Gale!— responde, Rue, haciendo que Gale desvíe nuestra trayectoria.

— ¡Rue! ¡Ya voy!— le responde, ya varios metros por delante de mí.

Entonces la vemos correr hacia nosotros desde el otro lado de un claro.

— ¡Rue!— exclamo. Rue me ve y se le ilumina el rostro.

Sin darme cuenta estoy corriendo hacia ella con los brazos abiertos; y tengo el tiempo justo de abrazarla antes de que la lanza se clavara en su espalda.

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N del A:

Sé que tardé en actualizar, pero como casi no recibí reviews no me daba la gana publicar. De cualquier forma quiero agradecer a las tres personas que lo hicieron. Gracias por leer y dejar sus reviews.

Nos leemos!

H.S.