Disclaimer: Los personajes de The Hunger Games no me pertenecen.


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13

JUNTOS

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El pequeño cuerpo de Rue se tensa contra el mío, dando una profunda bocanada de aire antes de que se le aflojen los brazos y sus rodillas cedan junto a las mías.

—No…— murmuro, temblando de terror. — ¡Rue!

Aún en mi estado de shock escucho el desgarrador grito que escapa de la garganta de Gale, y consigo alzar la vista para verlo rodar por el suelo, esquivando un segundo ataque, y sacando su arco.

La chica del Distrito 4 muere antes de poder acercarse a nosotras y liquidarnos. La flecha Gale se le clava en el ojo derecho y cae de rodillas, desplomándose para siempre. El cañón suena de inmediato.

Gale ya ha recargado y mueve el arco de un lado a otro, mientras grita:

— ¿Ves más? ¿Ves más?

Tiene que repetirme varias veces la misma pregunta antes de que consiga reaccionar.

—N-No, no lo sé…

Me aferro al cuerpo de Rue, intentando protegerla aunque ya sea tarde, y las dos terminamos de caer de rodillas. Ella, con mucho esfuerzo, nos dice que no hay nadie más.

Mis manos están cubiertas de sangre, y, al moverlas, puedo tocar la lanza que sigue clavada al cuerpo de la niña, y miro a Gale con ojos llenos de lágrimas.

—Gale…— susurro con voz temblorosa, pero él no me presta atención, está demasiado preocupado en analizar la herida de Rue, que yo no me atrevo a ver.

—Descuida, Rue— dice con prisas, arrodillándose detrás de ella, más alterado de lo que lo he visto jamás— Tengo que sacar la lanza. Debes… Tienes que ser fuerte, ¿sí?— susurra, mirándome a los ojos con desesperación y moviendo la cabeza en silencio. Sé lo que quiere decirme, así que abrazo a Rue con más fuerza, escondiendo mis lágrimas en sus rizos oscuros— ¿Lista?— ella no responde, pero puedo percibir que asiente un poco con la cabeza— Bien— Gale se moja los labios— Allá vamos.

Lloro con más fuerza al oír el desgarrador grito de Rue, y sus pequeños bracitos rodeándome con sus últimas fuerzas, aflojándose luego para caer, inertes, a cada lado de su frágil cuerpecito.

Y mi corazón se paraliza. Con sólo ver la mirada de Gale sé que la herida está más allá de sus conocimientos de medicina, y seguramente esté más allá de los conocimientos de cualquiera.

—La punta de la lanza se clavó en el fondo de su pulmón—. Murmura, abatido, agachándose a su lado y mirando la herida con impotencia. Siento como si alguien me hubiera arrojado un balde de agua fría— Ayúdame a recostarla— me dice, con la voz estremecida. Yo lo obedezco sin rechistar, intentando ser fuerte por la pequeña— Vas a estar bien, Rue— le dice, al borde de la desesperación— Tenemos medicinas. Vamos a curarte— su voz se quiebra en la última nota— ¡Madge! ¡Busca el botiquín, el anticéptico, las vendas! ¡Saca todo lo que tengamos!— grita, quitándose la chaqueta — Respira Rue, todo saldrá bien… Vas a estar bien…

Me quedo muy quieta y miro la escena. Aún en mi estado resulta desgarrador ver a Gale de aquella forma, tan destrozado e indefenso, cuando para él más que para nadie es claro que no tiene sentido consolarla con palabras, decirle que se pondrá bien, porque Rue no es tonta.

— ¡Madge! ¡Date prisa!— vuelve a gritarme, moviéndose desesperadamente para intentar frenar el sangrado. Quiero decirle, con todo el dolor de mi alma, que no podemos hacer nada ya, que aún yo, con mi experiencia casi nula en heridas, sé que no le queda mucho, pero no me atrevo.

Rue, por su parte, alarga una mano y Gale se aferra a ella como si fuese un salvavidas, como si fuese él el que muere.

— ¿Volaste la comida en pedazos?— susurra la niña.

—Hasta la última uva.

Ella intenta sonreír y me busca con la mirada, extendiendo su otra manito hacia mí.

—Me gustaría que ambos pudieran ganar…

—Lo haremos—. Le aseguro sin pensar; es obvio que no podermos ganar los dos, pero no quiero decírselo— Vamos a ganar por ti.

Puedo sentir la mirada de reproche de Gale.

—No se vayan— nos pide, apretándonos la mano.

—Claro que no, nos quedaremos donde estamos—. Dice mi compañero, aguantándose las lágrimas que se agolpan en sus ojos.

Me acerco más a Rue y le apoyo la cabeza en mi regazo. Después le aparto unos tupidos mechones de pelo oscuro de la cara y se los recojo tras la oreja.

—Gale… ¿recuerdas la canción que le cantabas a tu hermana?— dice, aunque apenas podemos oírla.

Gale ahoga un sollozo y se limpia la cara con la manga de la chaqueta.

—Claro que sí.

— ¿Podrías cantármela?

¿Cantar? ¿Gale canta? Eso es algo que jamás creí vivir para ver. Entonces recuerdo que él es el hermano mayor de una familia numerosa; de seguro ha tenido que cantarles a sus hermanos menores más de una vez.

Gale se moja los labios y cierra los ojos. La voz le sale ronca, pero aun así consigue cantarle:

· En lo más profundo del prado, allí, bajo el sauce,

· hay un lecho de hierba, una almohada verde suave;

· recuéstate en ella, cierra los ojos sin miedo

· y, cuando los abras, el sol estará en el cielo.

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· Este sol te protege y te da calor,

· las margaritas te cuidan y te dan amor,

· tus sueños son dulces y se harán realidad

· y mi amor por ti aquí perdurará.

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La reconozco; es una canción de cuna muy sencilla, una que siempre le cantan a los bebés del Distrito 12 para que se duerman. Mi padre me la cantaba cuando era pequeña. Creo que es muy, muy antigua, alguien la inventó hace muchos años, en nuestras colinas; es lo que mi profesor de música dijo una vez. Es muy hermosa, y evoca lo más bello de nuestro hogar, así que comienzo a cantarla con él.

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· En lo más profundo del prado, bien oculta,

· hay una capa de hojas, un rayo de luna.

· Olvida tus penas y calma tu alma,

· pues por la mañana todo estará en calma.

·

Seco las lágrimas de mi rostro y acaricio el cabello de Rue mientras intento serenarme; ella ha cerrado los ojos. Todavía se le mueve el pecho, pero cada vez con menos fuerza. Hasta que deja de hacerlo, y su mano deja de sujetar la mía.

No puedo evitar soltar un sollozo ahogado al darme cuenta de que ella nos ha dejado para siempre, y miro a Gale, que sigue luchando por contener las lágrimas. Entonces suspiro, aunque se me corta el aire, e intento mantener la entereza.

—Gale— lo llamo, sorbiéndome la nariz y tratando ser fuerte por los dos— Se ha ido…— digo, pero me ignora y sigue cantando:

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· Este sol te protege y te da calor,

· las margaritas te cuidan y te dan amor.

·

—Gale— vuelvo a llamarlo, tocando su hombro; él me aparta y pasa saliva pesadamente.

Los últimos versos son apenas audibles:

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· Tus sueños son dulces y se harán realidad

· y mi amor por ti aquí perdurará.

·

Todo queda en silencio; entonces, de una manera que resulta casi inquietante, los sinsajos repiten la canción.

Me quedo sentada un momento, viendo cómo mis lágrimas caen sobre la cara de Rue. Suena el cañonazo, y yo me inclino sobre ella y le doy un beso en la frente. Despacio, como si no quisiera despertarla, y dejo su cabeza en el suelo, dejándome caer hacia atrás, impactada.

Gale, por su parte, está como ido, completamente en blanco.

— ¿Rue?— dice de pronto, con desesperación, como si recién cayera en cuenta de que ella nos ha dejado— Abre los ojos, Rue… ¡Abre los ojos!— grita, sacudiéndola por los hombros. completamente alterado.

—Gale…

— ¡No!— me grita, volviendo a mover el cuerpo de Rue— ¡Abre los ojos, por favor! ¡Despierta!— comienza a hacer presión en su pecho, como si intentara reanimarla — ¡Vamos, Rue!

— ¡Gale, se ha ido!— intento detener aquel acto demencial, pero él sigue siendo más fuerte que yo, y me tira hacia atrás de un empujón.

— ¡No!— se gira hacia mí y me mira— Tengo que salvarla. ¡Debo salvarla!— exclama con ira. Sus manos y rostro están manchados de sangre, y sus ojos despiden un inusual brillo de locura.

Vuelve a intentar reanimarla, y yo sólo lo observo, sin saber qué hacer a continuación.

Me duele la muerte de Rue, pero me duele más que Gale no pueda aceptarlo, así que, sin pensarlo, me arrodillo detrás de él y abrazo a su espalda con fuerza, hundiendo mi rostro en su hombro.

—Se ha ido, Gale. Ya no podemos hacer nada… Lo siento…

Gale desiste poco a poco de sus intentos de reanimarla y relaja sus músculos, dejándome abrazarlo. Se deja caer hacia mí y permite que las lágrimas escapen de sus ojos, comenzando a llorar en mis brazos.

De repente me he transformado en la fuerte, en el apoyo de Gale en vez de que él sea el mío.

Lo abrazo con más fuerza y dejo que llore en mi pecho.

Gale, el joven fuerte, decidido, el sobreviviente, llora desconsoladamente, y entonces sé que se ha derrumbado; que ya ha visto demasiado horror.

Seguro que quieren que nos vayamos para poder recoger los cadáveres, y ya no hay ninguna razón para que nos quedemos, pero Gale sólo sigue llorando en silencio, y yo sigo abrazándolo hasta que consigue calmarse, y sólo nos quedamos así; los sinsajos terminan de reproducir la canción de Gale.

—Ella está a salvo ahora— me dice mientras acaricio su oscuro cabello, intentando que se calme, y se levanta, limpiándose el rostro—. Me descontrolé. No debí hacerlo.

—Lo sé. Está bien.

—Tenemos que irnos. Ya no tenemos nada que hacer aquí.

Él se para y pone boca abajo el cadáver de la chica del Distrito 4, le quita la mochila y le arranca la flecha que le ha quitado la vida. Después corta las correas de la mochila de Rue y guarda la cabeza de la lanza.

—A ella le hubiera gustado que nos quedáramos con ella— dice, haciendo alusión a la mochila de Rue. Yo asiento, intentando limpiar mi rostro. Estoy tan destrozada como Gale, pero los dos sabemos que de nada sirve llorar ahora.

—Gale, ¿qué dirección debemos tomar?— pregunto, pero no me escucha. No puede dejar de mirar a Rue, así que lo imito. Parece más pequeña que nunca, un cachorrito acurrucado en el césped.

—No puedo abandonarla así— dice, todavía impactado por su muerte; creo que entiendo a lo que se refiere: aunque ya no vaya a sufrir más daño, da la impresión de estar completamente indefensa. La chica del Distrito 4 también parece vulnerable, ahora que está muerta, así que me niego a odiarla; a quien odio es a todas las personas que nos hacen todo esto.

Miro a Gale y recuerdo lo mucho que odia al Capitolio, y no puedo evitar estremecerme ante la idea de que pudiera hacer o decir algo, presa del dolor y la impotencia, que pudiera hacer que ganemos el odio del Estado y nos convirtamos en su blanco principal. Sin embargo, la muerte de Rue también me ha obligado a enfrentarme a mi propia furia contra la crueldad, contra la injusticia a la que nos someten.

—Quisiera…— Gale se estremece, apretando los puños sobre sus rodillas— Quisiera hacer algo por ella…

Lo comprendo de inmediato. Quiere hacer algo ahora mismo, aquí mismo, algo que avergüence al Capitolio, que los haga responsables, que les demuestre que da igual lo que hagan o lo que nos obliguen a hacer, porque nosotros no les pertenecemos, como ellos creen. Tienen que saber que Rue era algo más que una pieza de su siniestro juego, al igual que nosotros.

A unos metros de donde estamos hay un lecho de flores silvestres con unos hermosos tonos de violeta, amarillo y blanco. Recojo un puñado y regreso con Gale, tocándole el hombro para enseñarle las flores; poco a poco, tallo a tallo, decoramos su cuerpo con las flores: Gale le junta las manos y coloca un pequeño ramo entre ellas, le rodea la cara, y yo le trenzo el cabello de vivos colores.

Tendrán que emitirlo o, si deciden sacar otra cosa en este preciso momento, tendrán que volver aquí cuando recojan los cadáveres, y así todos la verán y sabrán que nosotros lo hicimos.

Doy un paso atrás antes que Gale y miro a la niña por última vez; lo cierto es que podría estar dormida de verdad en ese prado. Él se para también, se posa junto a mí y aprieto su mano con fuerza, gesto que él corresponde.

—Adiós, Rue— susurra, aferrándose a mi mano con fuerza.

Se lleva los tres dedos centrales de la mano izquierda a los labios y después apunta a Rue con ellos. Yo sólo lo miro antes de que los dos nos alejemos sin mirar atrás, aún tomados de la mano.

Los pájaros guardan silencio. En algún lugar, un sinsajo silba la advertencia que precede a un aerodeslizador; no sé cómo lo sabe, debe de oír cosas que los humanos no podemos. Gale se detiene y clava la vista en lo que tenemos delante, no en lo que sucede detrás nuestro. Yo si lo hago, y veo como el pequeño cuerpo de Rue es elevado por una clase de pinza gigante. No tardan mucho; después continúa el canto de siempre de los pájaros y Gale tiene la seguridad de que ella se ha ido.

Otro sinsajo aterriza en una rama delante de nosotros y entona la melodía de Rue, aquel puñado de notas que significan que está a salvo.

—Está a salvo— dice Gale al pasar bajo su rama, apretando mi mano una vez más— . Ya no tenemos que preocuparnos por ella.

«Está a salvo», repito en mi cabeza, siguiéndolo por el bosque.

Caminamos durante horas sin pronunciar palabra. Gale no parece tener ni idea de qué dirección tomar, y yo mucho menos. Ya se ha desvanecido aquella vaga sensación de estar en paz de la que disfruté la noche que pasé en sus brazos, y ahora sólo estoy completamente en blanco; como vacía por dentro. Y Gale no parece estar mejor.

Nuestros pies nos llevan por donde quieren hasta que se pone el sol.

Ya no tengo miedo, y Gale ni siquiera está alerta, lo que nos convierte en presas fáciles, salvo por el detalle de que estoy segura de que él mataría a cualquiera que se nos pusiera delante. Sin emoción y sin que le temblasen las manos. De antemano sabía que odiaba al Capitolio, y ahora sé que eso no ha templado en absoluto el odio que siente también por los profesionales. Y ahora sólo parece ansioso por hacérselas pagar a ellos por la muerte de Rue.

Sin embargo, nadie aparece, y Gale sólo sigue esperando, tenso y rebosante de rabia. Ya no quedamos muchos en el estadio y, dentro de nada, sé que idearán la forma de juntarnos. No obstante, ya habrán tenido suficiente sangre por hoy, y quizá nos permitan dormir. Yo ya tuve demasiada sangre por el resto de mi vida.

—Gale, debemos descansar, por favor…

Él me mira, carente de emociones, y asiente. Cuando estamos a punto de subir nuestras mochilas a un árbol para acampar, un paracaídas plateado aterriza a unos metros de nosotros. Un regalo de un patrocinador. Intento mostrarme emocionada, pero mi compañero sólo mira el paracaídas con indiferencia. Nos va bastante bien con nuestros suministros, pero deduzco que quizá Haymitch haya notado mi abatimiento e intente animarme un poco. ¿O será algo para animar a Gale?

Soy yo quien abre el paracaídas y encuentro una pequeña barra de pan, no del pan blanco del Capitolio, sino hecho con las raciones de cereal oscuro, con forma de media luna y cubierto de semillas. Recuerdo la lección que Peeta me dio una vez sobre los distintos panes de los distritos: este pan es del Distrito 11. Lo sostengo con cuidado. Miro a Gale y puedo notar la confusión en su rostro.

—Todavía está caliente— le digo. ¿Cuánto debe de haberle costado a la gente del Distrito 11, que ni siquiera tiene con que alimentarse? ¿Cuántas personas tendrán que pasar hambre por haber dado una moneda para la colecta en la que se compró este pan?

—De seguro pensaban dárselo a Rue— responde él, falto de ánimo.

—Ya veo… pero en lugar de retirar el regalo con su muerte, nos lo dieron a nosotros. Fue un bonito gesto, ¿no crees?

Gale suspira, acomodando sus cosas con desgana.

—De seguro no les gusta dejar deudas sin saldar— dice, parco. Sea por lo que sea, es la primera vez que ocurre: nunca antes un distrito le ha dado un regalo a un tributo que no le pertenece.

Alzo la cabeza y procuro colocarme en un punto iluminado por los últimos rayos de sol.

—Muchas gracias a la gente del Distrito 11— digo, aferrándome a la mano de Gale.

Quiero que sepan que en verdad apreciamos el regalo.

Subimos a un árbol, pero cada uno acampa por su lado. Me meto en mi saco de dormir mientras veo como Gale ordena las provisiones y rebusca entre las cosas de Rue y la chica del Distrito 4; realmente no tengo ganas de ver lo que hay, así que me acurruco mientras intento abrir una de mis latas con un cuchillo. Estoy segura de que Gale decidirá un nuevo plan mañana, así que no digo nada. Una vez que los dos estamos listos parto del pan del Distrito 11 y le doy la mitad a Gale, que se acomodó al otro lado del tronco, junto con la mitad de la lata de carne compactada.

—Está bueno. Sabe a casa—. Dice él. Yo sólo me encojo de hombros. El sabor del pan caliente no evoca ningún recuerdo en mí. En mi casa jamás faltó la comida, por lo que no tengo ningún sentimiento de añoranza o alegría al poder tener algo que llevarme a la boca, pero concuerdo con Gale en que el pan de semillas del Distrito 11 tiene un sabor especial. A mí me sabe a esperanza.

El sello no tarda en aparecer, seguido del himno. Vemos la imagen de la chica del Distrito 4, y la de Rue; nada más por hoy.

—Quedamos cinco— suspira Gale, más para sí mismo que para que yo lo escuche—. Sólo cinco.

Con el pan todavía entre las manos, me quedo dormida de inmediato.

oOo

En casa casi nunca soñaba. Nunca ansié nada, ni extrañé a nadie; mi vida estaba bien para mí. Sin embargo, esta noche veo a Rue en mis sueños; estamos a salvo en el Distrito 12, y yo toco el piano mientras ella canta canciones que nunca he escuchado con esa voz tan clara y dulce, intentando enseñarme a hablar con los sinsajos de mi ventana. No veo ni rastro de sus heridas, ni sangre; sólo una niña brillante y sonriente.

Cuando despierto me siento reconfortada durante un momento; intento aferrarme a la sensación de tranquilidad del sueño, pero se va rápidamente, y me deja más triste que nunca.

Me siento terrible. Supongo que ayer no tuve tiempo de sentir toda la tristeza que quería, y ahora me golpea como un puñetazo en el pecho. Me pesa todo el cuerpo, como si me corriese plomo líquido por las venas, y Gale no está mucho mejor; no se mueve ni habla, no come y apenas se permite beber un poca de agua, incluso parece haber perdido la voluntad necesaria hasta para las tareas más sencillas. Así que me limito a quedarme donde estoy, contemplándolo sin parpadear. Me paso varias horas sin moverme y, finalmente, es la mirada de Gale lo que me saca de mi letargo.

— ¿Tienes hambre?— pregunta de forma casi robótica; sólo cuando él lo menciona empiezo a darme cuenta de lo hambrienta que estoy.

Gale me cede el resto del pan del Distrito 11 y los muslos que habíamos reservado para Rue. Tengo que hacer de tripas corazón para tragar sin soltar una lágrima cuando el recuerdo de la niña me invade. Mientras como Gale hace un inventario de las provisiones; sólo nos quedan las raíces y nueces de Rue, la fruta seca de Cato y la que tenía la chica del Distrito 4, una lata y una tira de cecina.

—Tengo que cazar— me dice, colgándose el arco al hombro para bajar de la rama.

— ¿Puedo ir contigo?— me apresuro a preguntar. La idea de cazar no me emociona, pero tampoco la de separarnos.

Gale asiente y meto las provisiones en mi mochila con prisas. Después, bajo del árbol y empiezo a seguirlo por el bosque, a una distancia prudencial. Me siento bastante desorientada después de todo lo que pasó ayer, pero no tardo en descubrir que Gale intenta volver en dirección al arroyo. Sé que vamos por buen camino cuando encontramos la tercera fogata de Rue, la que no llegó a encender por culpa de los mutos. Poco después Gale descubre una bandada de aves en un árbol y derriba a dos antes de que puedan reaccionar. Volvemos a la fogata de Rue y la enciende, sin hacer caso a mis protestas por el exceso de humo.

—Es lo que quiero: que vengan a nosotros— dice, preparando sus armas — ¿Dónde están?— murmura, mientras asa los pájaros y las raíces de Rue—. Los estoy esperando.

Me alejo un poco y le doy su espacio. Entiendo que aún no logra superar la muerte de Rue, pero me aterra la idea de que esté atrayendo a los demás tributos hacia nosotros sólo por querer vengarse. ¿Quién sabe dónde estarán los profesionales? Demasiado lejos para alcanzarnos, tal vez; demasiado seguros de que Gale les ha preparado una trampa o, quizá, demasiado temerosos del chico que obtuvo puntaje perfecto en su sesión privada. ¿Será posible que Gale les dé miedo? Saben que tiene el arco y las flechas, claro, porque lo han visto sacándolo de la Cornucopia, y el 12 que obtuvo en la sesión sólo les dice que es un experto en lo que hace.

Me quedo sentada en un rincón mientras él se dedica a plantar trampas en los alrededores, pensando. Sólo quedamos cinco: los dos chicos del Distrito 1, la chica del 5, Gale y yo.

Por primera vez en años el Distrito 12 está entre los finalistas. Ahora creo de corazón que tengo la oportunidad de lograrlo, de ganar, por más ridículo que suene. Lo único que en verdad me preocupa es Gale. Si al final quedamos solo los dos, ¿tendré el valor necesario para ganar? Le pedí a Haymitch que si debía escoger escogiera a Gale, y no quiero que él muera, pero yo tampoco quiero morir. No ahora. No aquí.

Inconscientemente acaricio mi estuche de dardos mientras miro a Gale. La gente en el Capitolio debe estar eufórica. Él sigue en lo suyo, dejando que el ave se cocine a fuego lento. Algo en él ha cambiado. No es sólo por las flechas o por haber sido más fuerte que los profesionales más de una vez, aunque eso ayuda, sino porque pasó algo cuando sostenía la mano de Rue, cuando veía cómo se le iba la vida. Está decidido a vengarla, a impedir que olviden su muerte; lo sé, puedo verlo en su mirada. La pregunta ahora es, ¿qué magnitud tiene su sed de venganza? ¿Se limitará sólo a los tributos profesionales que quedan o se extenderá también al Capitolio? La idea de que intente algo realmente estúpido contra el Estado me encoge el estómago. Si se atreviera a hacer o decir algo en contra del Capitolio significaría una muerte segura para él; quizá para ambos. Ya deben estar furiosos por lo que hicimos con Rue.

Pese al miedo que me invade me quedo callada, intentando encontrar la mejor forma de detener a Gale en caso de que intente hacer algo.

Asa demasiado los pájaros, con el arco bien listo y la esperanza de que aparezca alguien a quien disparar, pero nada. Deduzco que los dos tributos del Distrito 1 son lo suficientemente listos como para no aparecerse hoy.

Al final, Gale envuelve la comida y volvemos al arroyo para recoger agua y algunas plantas; luego, bajo la última luz de la tarde, se dedica a dividir las provisiones en partes iguales. Asegura bien su mochila y yo intento imitarlo, pero me detiene.

—No Madge. Es hora de separarnos— dice, serio.

Me quedo de piedra en mi lugar, no muy segura de lo que acabo de escuchar.

— ¿Q-Qué?— consigo preguntar, temerosa. Me doy cuenta de que él evita mirarme a la cara.

—Eso. Ya sólo quedamos cinco. Los profesionales irán primero por mí, y…— suelta un bufido, pasándose una mano por el cabello— Si sobrevivimos los dos, muy pronto tendremos que…— se detiene y me da la espalda— Es lo mejor. Sigue con tu camino y yo haré lo mismo.

Intenta irse, pero lo detengo.

— ¡No te vayas!— ruego, a pesar de ser perfectamente consciente de que lo que hace es lo mejor; de que cuanto más lejos estamos mejor, porque no quiero ni podré matarlo si llegáramos a ese momento. Aun así me abrazo a su fuerte espalda con fuerza, negándome a dejarlo partir— Por favor, Gale…

Él se tensa, apartándome bruscamente para tomarme por los codos y mirarme a la cara, rabioso.

— ¡Entiende, Madge! ¡No podemos ganar los dos!— grita, perdiendo la compostura. Mis ojos se llenan de lágrimas— ¡Ya no te quiero cerca! ¡Vete!

— ¡No!— lo reto con un brío que no tengo idea de dónde ha salido. Él me mira, un poco sorprendido, y me suelta.

—No seas obstinada. No ganarás nada con eso. Además, puedes cuidarte sola, lo has hecho muchas veces ya.

—No se trata de eso, Gale— digo con voz apenas audible por la angustia que me cierra la garganta, y vuelvo a abrazarlo con insistencia— No quiero que te vayas; no sé porqué, pero quiero estar contigo. No me importa si muero. Por favor, déjame estar contigo.

—Madge…

—Ya sé que los dos no podemos ganar, pero no quiero perderte mientras pueda tenerte conmigo…— es mi corazón el que está hablando, y me sorprendo incluso a mí misma por aquellas palabras porque, aunque sé que son verdad, descifran sentimientos hasta entonces desconocidos para mí— Por favor…

Gale afloja su cuerpo y me alza el mentón con una mano, mirándome a los ojos con una intensidad que nunca antes había visto en él. Suspira pesadamente y parece algo contrariado.

—Por favor, Madge. No hagas esto…— dice, con la voz compungida. Yo lo miro sin entender a qué se refiere, pero no me da tiempo de formularme ninguna pregunta— Entiende que no podemos seguir juntos porque…— se detiene y, algo renuente, coloca su mano libre sobre mi mejilla, acercando nuestros rostros; y suspira contra mi nariz—, no podría resistir que se repita lo de Rue… No a ti. Si algo te pasara yo…— se queda callado y se aleja, molesto— Le dije a Haymitch que nunca debías enterarte…

¿Enterarme? ¿De qué?

— ¿Enterarme?

Gale crispa un puño y vuelve a darme la espalda.

—Es todo, Madge. No me sigas porque sólo te pones en peligro a ti misma— gruñe, y sin más empieza a alejarse de mi vida.

Vuelvo a intentar detenerlo, pero no logro dar ni dos pasos cuando mis músculos dejan de responder. La noche ya ha caído, y Gale no tarda en desaparecer en la negrura del bosque.

Y yo sólo me quedo de pie, dolida, aterrada y sintiendo que mi corazón se quiebra poco a poco. Entonces lo entiendo: me he enamorado de Gale; o quizá ya lo estaba desde antes, no puedo saberlo a ciencia cierta.

El dolor aumenta, aun así tengo la entereza suficiente para subirme a un árbol y prepararme para dormir. Sé que, a la larga, entenderé que la decisión de Gale ha sido la mejor, por eso no lo seguí por el bosque, pero por ahora no logro aceptarla.

Mis ojos se llenan de lágrimas cuando empieza a sonar el himno, así que alzo la vista por pura inercia. Según el cielo, hoy no ha pasado nada importante, no ha habido muertes. Me pregunto cuánto tardarán en provocar la siguiente catástrofe para unirnos. Si va a ser esta noche me da igual. Me siento destrozada, así que no me importaría, aunque después sí oigo las trompetas y me siento de golpe, a la espera.

Normalmente, la única información que recibimos del exterior es el recuento diario de muertes. Sin embargo, de vez en cuando, tocan las trompetas para hacer un anuncio; lo más común es que se trata de una invitación a un banquete. Cuando la comida escasea, los Vigilantes llaman a los jugadores para que participen en un banquete celebrado en un lugar conocido por todos, como la Cornucopia, animándolos así a que se reúnan y luchen. A veces es un banquete de verdad, mientras que otras se trata de una hogaza de pan rancio por la que competir. Yo tengo suficientes provisiones, así que no me preocupo.

La voz de Claudius Templesmith retumba en el cielo, felicitándonos a los cinco que quedamos, pero no nos invita a un banquete, sino que dice algo muy extraño: han cambiado una regla de los juegos. ¡Han cambiado una regla! Por sí solo, eso ya es alucinante, porque no tenemos ninguna regla propiamente dicha, salvo que no podemos salir del círculo inicial hasta pasados sesenta segundos y la regla implícita de no comernos entre nosotros.

—Según la nueva regla, los dos tributos del mismo distrito se declararán vencedores si son los últimos sobrevivientes—. Dice, después hace una pausa como si supiera que no lo estamos entendiendo— Repito, los dos tributos del mismo distrito se declararán vencedores si son los últimos sobrevivientes. Eso será todo por hoy. Que la suerte esté siempre de su lado.

Un poco de estática y todo queda en silencio otra vez.

Asimilo la noticia: este año pueden ganar dos tributos, siempre que sean del mismo distrito. Los dos pueden vivir; los dos podemos vivir.

Antes de poder evitarlo, estoy corriendo por el bosque como una loca, prácticamente a ciegas, gritando el nombre de Gale.

— ¡Gale, Gale!— grito, moviendo la cabeza en todas direcciones, consciente de que soy un blanco más que fácil, pero también de que él no puede estar muy lejos. Y mis sospechas se confirman de inmediato:

— ¡Madge!

No puedo verlo, pero sé que anda cerca, y que también corre hacia mí.

— ¡Gale!— vuelvo a llamarlo, rebosante de felicidad, miedo, y toda clase de extraños sentimientos entremezclados. Su respuesta no tarda en llegar:

— ¡Madge, Madge!

Tengo que correr un poco más para encontrarlo. Entonces lo veo, entre un montón de árboles, corriendo hacia mí. Nos abrazamos con fuerza; él me levanta del suelo y damos varias vueltas, riendo, aunque yo lloro a la vez.

Es el mejor abrazo de mi vida.

Y aún en el dolor que la muerte de Rue nos dejó, siento una chispa de verdadera felicidad en mi interior, porque ahora puedo cumplir la promesa que le hice; y porque sé que Gale y yo podemos ganar. Juntos.

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Continuará...

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N del A:

Quiero agradecer a todos quienes leyeron, más a quienes dejaron sus reseñas. Si bien es emocionante escribir acerca de estos dos, lo es mucho más saber que les agrada mi fic.

En respuesta a algunas dudas, si haré una continuación, y terminaré la saga. Incluso ya tengo el final resuelto, bastante diferente al original.

De nuevo, muchas gracias por leer, y espero poder seguir contando con ustedes.

Saludos,

H.S.