Los personajes de esta historia le pertenecen a JV, la trama me pertenece a mi.
Advierto que la pareja es ZADR. Si no te gusta, no leas.
De paso tambien advierto que la historia es muy triste y trágica.
Hola.
Hola a cualquier persona que lea estas últimas palabras.
Solo espero que esa seas tú Gaz, o cualquiera de mis sobrinos, Daz o Kaz.
Lo único que me gustaría hacer en estos momentos es desahogarme escribiendo un pequeño resumen sobre todo lo que ha sido mi vida entera. Ni siquiera sé por qué lo hago, pero así es como son las personas mayores; hacen cosas sin pensarlo realmente.
Me gustaría empezar diciendo mi nombre. Soy Dib Membrana…y tengo ochenta y cinco años.
Estoy sintiendo mi muerte muy de cerca. Ya la veo venir. Esta casi a la vuelta de la esquina y viene por mí. Creo que ni siquiera podré sobrevivir a este día.
En fin. Me diagnosticaron cáncer hace ya mucho tiempo. Tenía unos cuarenta años. Dijeron que era posible que lo haya heredado de alguno de mis padres. Y siendo que mi madre falleció debido a eso, y tiempo después mi padre, yo estoy condenado a lo mismo.
Para mí, fue una noticia terrible. Nunca pensé poder enfermarme de algo tan grave como el cáncer. De por sí, ya anteriormente sufrí de una horrible depresión cuando era solo un adolescente, y la depresión regresó cuando me enteré de esto; pero, de algo tenía que morirme de cualquier forma.
Y sí. Como lo leen, tuve depresión (Querida Gaz, tú más que nadie lo sabe.)…cuando tenía quince años.
Desde niño, me apasionó todo lo paranormal. Pasaba horas sin dormir sentándome en la azotea de la casa, esperando captar alguna señal que indicara la presencia cercana de ovnis. Hice varios viajes al bosque porque siempre quise poder tomarle una fotografía a Pie Grande.
Aunque claro, todos esos fetiches eran poco, comparados a mi insana obsesión por cierto extraterrestre que llegue a conocer. Era un irken, porque provenía del planeta Irk, y su nombre era Zim. Él vino a la tierra con la misión de apoderarse de ella y de todos los seres humanos para convertirlos en esclavos. Era mi deber defenderlos a todos para evitar que eso pasara. Yo era el único que podía detener a Zim.
Pero después de tanto de convivir junto con él, de enfrentármele en tantas batallas, esa cercanía con su persona despertó distintos sentimientos en mí. Llegó un momento en que ya no lo odiaba, al contrario, le quería. Pero era muy estúpido, según pensaba yo, el sentirme atraído sentimentalmente con una criatura ajena a este planeta. Y por eso mantuve esa verdad en secreto, pero no duró mucho. Cuando finalmente estuve dispuesto a confesárselo todo (Porque pensé que sería lo mejor para mí mismo. Tanto tiempo ocultando los sentimientos no es bueno. Eso es lo que mucha gente dice.)…él se marchó.
Se lo dije, y se marchó.
Recuerdo bien que al principio, Zim no logró comprender lo que quería decirle. Después me amenazó con que no volviera a su base, me amenazó con que nunca más volviera a verlo. Se puso muy enojado; y no pude comprender por qué se comportó así.
De todas formas, no le hice caso. Al día siguiente regresé, y para mi sorpresa, la base de Zim ya no estaba. No había nada ahí, solo un terreno baldío. Ni siquiera los vecinos supieron explicarme que pasó con esa extraña casa verde. Pareciera como si el mismo Zm les hubiera borrado las memorias para que olvidaran que alguna vez estuvo ahí. ¿Pero por qué? ¿Por qué se fue? ¿Acaso tuvo que ver con lo que le dije? ¿Acaso habrá sido que se fue por mi culpa? Nunca deja de atormentarme ese pensamiento. Se fue por mi culpa.
Desde ese día, me puse muy mal. No comía. No dormía. Y mis calificaciones empeoraron en la escuela.
Zim ocupaba a cada momento mi mente. Me preguntaba a cada instante que es lo que estaría haciendo en esos precisos momentos, allá afuera, en el espacio. ¿Acaso estaría bien? ¿Estaría en su planeta hogar? ¿Estaría conquistando algún otro planeta que no fuera este?
Ahí es donde la depresión apareció. Fueron los peores días de mi vida. Sentía como si ya naba tuviera sentido. Zim era lo único que me impulsaba a seguir adelante; adelante con mis estudios paranormales, pero si ya no estaba ¿Entonces cual era mi propósito? Ninguno.
Superé la depresión gracias a que acepte ir a terapias con un psicólogo. Pero aun así, hay momentos en que me acuerdo de él. Es inevitable, y me pongo demasiado triste.
Como sea, aquella fue la última vez que vi a Zim.
Ha pasado el tiempo y sin embargo, yo nunca pude dejar de quererle.
Dib se detuvo en su escrito. La garganta le ardió de repente y tuvo que toser para que el ardor parara. Ya hasta eso le costaba trabajo hacer. Cualquier movimiento brusco que hiciera, lo debilitaba rápidamente.
Se las arregló para hacer que su almohada se sintiera más cómoda, y después recargó en ella su espalda.
A la libreta en donde hacia su apunte ya casi se le terminaban las hojas, así que solo se limitó a escribir lo siguiente para acabar su relato:
Eso es todo lo que puedo decir. Lo sigo queriendo. Hasta este momento. Hasta que mi corazón deje de latir, lo seguiré queriendo.
Comenzó a sentir sueño. Su reciente tos hizo que le doliera el pecho. Dejó la libreta en la mesita que estaba al lado de su cama y después se recostó. Tenía sueño, quería dormir. Una vez que estuvo bien tapado entre las cobijas, empezó a cerrar los ojos, sin embargo, su mente no podía dejar de pensar en Zim.
Había noches en que soñaba con él. Soñaba que regresaba y se quedaba a su lado por siempre. Si tan solo pudiera verlo una vez más…aunque sea una última vez…
Entre sueños le pareció escuchar el ruido de algo que golpeaba contra su ventana muy fuertemente. Con pesar volvió a abrir los ojos pare ver que ocurría.
Lo que pudo ver desde su lugar fue un crucero voot flotando frente a su ventana, y un pequeño irken intentando abrirla desde afuera, mientras mantenía el equilibrio sobre los hombros de una unidad S.I.R de ojos color cian que levitaba con ayuda de sus jets en los pies.
El irken finalmente entró en la habitación, y Dib le oyó decir su nombre.- ¿Dib?
Él sabía quién era ese irken. Era Zim.
Estaba exactamente igual que siempre. Seguía igual de bajito, y pareciera como si el tiempo no hubiera pasado sobre él.
Que maravilloso era. Ahí estaba, justamente en su habitación. Había dicho su nombre.
Que mal que aquello solo fuera un sueño, igual que muchos anteriores. No era real. Si lo fuera, entonces Zim se vería un poco más grande… ¿Cómo decirlo?...más maduro.
Quizás esa era otra de las desventajas que se tienen cuando ya se es muy viejo. Se empiezan a imaginar cosas que no son. Solo era su mente reflejándole a Zim tal y como solía conocerlo.
El pequeño irken se acercó hasta su cama. Si era un sueño, todo se veía tan verdadero.
-Dib… ¿Eres tú? ¿De verdad eres tú?
-¿Soy yo? ¿Y qué me dices de ti?-Preguntó con voz muy débil.- ¿Tú eres realmente Zim? ¿O eres solo producto de mi mente jugándome sucio? ¿Eres otro sueño engañoso?
-Dib…he vuelto.-Dijo Zim sonriéndole con esos ojos magenta tan encantadores, en lo que colocaba una de sus manos enguantadas sobre su mejilla.
