Gabrielle estaba dedicaba a escribir frenéticamente trozos de pergamino. Se había sentado tras la prisión y acomodada en una dura piedra recortaba uno de sus pergaminos en blanco para escribir en ellos notas de aviso. Tenía poco tiempo para distraer a los guardias y necesitaba tener avisados a los presos para que reaccionaran rápidamente. Así que redactaba pequeñas frases para cada una de las celdas, explicando rápidamente lo que pretendía que hicieran.

Cuando terminó, recogió cada cacho y lo dobló lo suficiente como para esconderlos hasta entregarlos a los presos y lo suficiente grandes para que estos los vieran. Había terminado de escondérselos cuando llegaba a las puertas de la prisión. Anduvo hasta la puerta, fijándose en los guardias y calculando cuantos habría.

"Buenos días" musitó Gabrielle con tono sumiso

"¿Qué quieres?" preguntó uno de ellos tapándole la entrada del edificio.

"Espera, es la esclava personal de la noble romana" recordó uno de ellos "¿Quién te manda? ¿Qué quieres?"

"Es mi señora. Perdió un colgante muy querido durante la visita por vuestra ciudad. Supone que estará en la prisión y que alguno de los presos pudo verlo y apropiarse de él"

"Es muy probable. Tenemos las celdas llenas de alimañas. Acompáñanos" le ordenó a la bardo mientras él y dos guardias más entraban dejando a un cuatro solo en la puerta.


Mientras tanto, Xena procuraba seguir el plan al tiempo que evitaba lo mas posible a su pegajoso pretendiente. Se encontraban recostados sobre dos cómodas butacas, hablando de cosas triviales, pero sin rastro del reloj.

"¿A que estamos esperando?" siseó Xena con tono meloso. Le crispaba aquel hombre y esa situación, quería patear su culo, pero por el contrario tenía que besárselo. Necesitaba acabar con aquella situación.

"¿Qué quieres decir?" disimuló Kambara

"Qué que ocurre con el reloj"

"¿Realmente te preocupa eso ahora?"

"¿El que sino me iba a preocupar?"

"No se, tu, yo, a solas... ¿para que pensar ahora en el reloj?"

"No me gusta mezclar negocios con placer" musitó Xena, observando la cara de terror de su anfitrión "Así que habrá que zanjar todos tus asuntos con Cesar, antes de que pase lo que tanto deseamos ambos" concluyó viendo como el dictador recuperaba la sonrisa libidinosa

"Entonces ordenaré que lo traigan ya" respondió sumiso, mientras corría a hablar con los soldados que se encontraban fuera, junto a la puerta del dormitorio de Xena. "Tardaran al menos media hora" anunció mientras volvía a la butaca.

"¿Por qué tanto?" preguntó Xena mientras calculaba si eso complicaría el plan

"Mantengo el reloj escondido bajo severas medidas de seguridad y protegido por 20 hombres que no se despegan de él. Así que mientras lo sacan y llegan hasta aquí, tardarán"

"Oh, que tedioso" exclamó Xena fingiendo aburrida superioridad

"Bueno, ¿por donde íbamos?" preguntó de nuevo reclinado en su asiento y mirando a Xena con deseo

"Hablábamos de ti, de mi... y de Roma" respondió Xena con cortés desinterés.


Gabrielle recorría la prisión tras los guardias a paso lento. Cualquiera podía pensar que se trataba de una modosita criada que andaba tímidamente, pero las apariencias engañaban. La bardo lanzaba sus cachos de pergamino con un sutil movimiento de muñeca, dentro de cada celda. Mientras pasaba delante de los grupos de presos miraba de reojo. Observó la sorpresa de ellos cuando tiró el primero de los papeles, pero tras el tercero, parecía que empezaban a entender que algo ocurría y todos esperaban ansiosos el trozo de pergamino. Antes de alcanzar el final del pasillo y por lo tanto la puerta que escondía a los secuestrados, quedaban dos celdas. Gabrielle repartió con cuidado los últimos cachos y se colocó junto a los guardias, antes de que uno de ellos se dirigiese a los presos:

"¡Basura! Escuchadme atentamente porque no pienso volver a repetirlo. Quiero el colgante de la noble romana. Como no aparezca ¡YA!, registraremos celda por celda. La afortunada que tenga la joya estará una semana sin comida. ¡Sin contar con lo que le ocurrirá al ladrón!" terminó de gritar, cuando toda la muchedumbre comenzó a abuchearles, gruñir e insultarles. Mientras todos los guardias acallaban a los presos golpeando con fuerza las rejas, Gabrielle aprovechó la confusión para buscar las llaves de las celdas. Estaban colgadas despreocupadamente en la pared, al fondo del pasillo. Mientras se hacia con ellas y pensaba que aquello había sido demasiado fácil, algo se trastocó:

"¡Eh, guardias!" gritó uno de los presos. Intentaba acercarse a las rejas de su celda, pero parecía que sus compañeros intentaban retenerle.

"¡Dejarle!" ordenó el líder de los guardias "¿Lo tienes tú?"

"No, y no creo que nadie se dejara aquí ningún colgante. Ni creo que esa mujer sea una criada. Esta tramando algo"

Todos los guardias se giraron hacia Gabrielle, pero la bardo además de haber escondido las llaves, agachaba la cabeza y miraba al suelo tímidamente, antes de decir "Él tiene el colgante. Intenta inventarse una excusa para evitar el castigo"

Los guardias se miraban entre si, como debatiendo en silencio a quien creer. Pareció que finalmente el testimonio de una bella criada, ganó al de un simple preso y se lanzaron al unísono contra su celda, pero antes de poder abrir, el delator gritó "¡Esperar!" temeroso les tendió el trozo de pergamino. Todos los demás presos le miraban con odio y ganas de quitarle el papel, pero ninguno se movió. Uno de los guardias se hizo con el cacho de pergamino y lo abrió para leerlo en voz alta:

"Abriré la celda en cuanto tenga las llaves. Esperad mi señal y salir. Eso es lo que pone"

"¡¿Qué tienes que decir?!" pregunto el jefe mientras todos se giraban a mirar a la bardo. En ese momento Gabrielle abría silenciosa pero apresuradamente una de las puertas. Al comprobar que acababan de descubrirla se encogió de hombros y sonrió inocentemente.

"Hmmm... ¿sorpresa?" musitó mientras seguía intentando abrir la primera cerradura. Todos los guardias se lanzaron contra ella. La bardo intentó abrir de nuevo la reja. Pero fue inútil. Uno de ellos, el primero que la alcanzó, se lanzó contra sus piernas. El placaje la derrumbó completamente. Se encontraba tirada contra el suelo e intento ponerse en pie, pero otro de los soldados evito que se terminara de levantar pisando con fuerza contra su espalda. Entre el dolor y la presión apenas pudo ver como todos los guaridas la iban rodeando. Pero un rostro amigo apareció en aquel momento. Limus la llamaba alargando los brazos entre las rejas. Gabrielle sacó sus últimas fuerzas y mientras terminaban de prenderla, lanzó las llaves.

Y ¡zas! Limus las había atrapado al vuelo. Entonces ya no pudo ver más. Uno de los guardias tiró de ella como si fuese un saco y la puso de pie para luego sujetarla del cuello. Intentaba zafarse del agarre pataleando agobiada cuando oyó como uno de los guardias gritó "¡Quitarle las llaves!" Acababan de ver que Limus se había hecho con ellas. Pero llegaron tarde. La bardo oyó el ruido metálico mientras se abría la puerta de la celda. Y entonces los guardias desaparecieron de su alrededor, los presos la libraron de ellos. Uno de los reclusos en concreto, sacudió en la cabeza al guardia que la sostenía del cuello, consiguiendo que la librara, antes de ponerse a pelear con él.

"Gracias" susurró Gabrielle, que apenas pudo ver como el recluso sonreía antes de volver a sacudir al guardia. Mientras los veinte hombres de la celda se enfrentaban a los guardias que intentaban huir y dar la alarma, Limus se acercó a Gabrielle y le tendió las llaves mientras le guiñaba un ojo y decía "¡Libertad!"

La bardo fue hacia las demás celdas donde los presos se agitaban deseando participar también en la rebelión. Abrió verja por verja, de manera que en segundos los presos triplicaban el número de guardias. Cuando la última de las celdas fue liberada y los guardias se encontraban atados y golpeados, entre todo el jaleo, Limus se acercó a Gabrielle:

"¿Liberamos a los secuestrados?"

"No. Ahora llega la parte más peligrosa, y ahí estarán a salvo. Son demasiado importantes como para arriesgarnos a que les pase algo" decidió Gabrielle "Hazme un favor, ayúdame a que me escuchen"

"Gabby, lo harán encantados. ¡Eres su salvadora!" sonrió bromista "Solo levanta la voz y se callaran"

Limus no se equivocaba. En cuanto la bardo se subió a una de las mesas de los guardias no hizo falta ni hablar, todos la miraron en silencio.

"Tenemos poco tiempo para actuar. Vamos a derrocar a Kambara y vosotros tenéis la última palabra. Tenemos a una aliada en palacio. Esta todo listo para subir y hacernos con el poder" Como si de un discurso de ánimo se tratara todos comenzaron a gritar eufóricos y vitorear.

"¿Qué aliada?" preguntó uno de ellos

"Xena"

"¿Xena, la princesa guerrera?" se oyó otra voz, con tono atónito

"Nos visitó haciéndose pasar por noble romana, ¿verdad?" insistió otro de ellos. Gabrielle le reconoció como el hombre que le había salvado. Tenía un aire de líder, quizás había sido el anterior alcalde de la ciudad.

"Vino a ayudar a vuestro pueblo y lleva días infiltrada en palacio. La visita a las mazmorras era parte del plan. Y hoy por fin todo esta predispuesto para devolver el poder al pueblo"

"¿A que esperamos entonces? ¡A por el Palacio!"

"¡A POR ÉL!" gritaron todos a coro. Entre tanto jaleo nadie escuchó como el único guardia que había quedado guardando la entrada, bajaba intrigado por el jaleo. Solo cuando desde la entrada se asomó hablando, se percataron de él:

"¡¿Por qué hay este jaleo?!" se quejó gruñón. Cuando vio todo aquello, sus compañeros inconscientes y atados en el suelo y cada preso fuera de su celda, su cara se volvió blanca del susto, antes de salir corriendo.

"¡Recojamos sus armas..." gritó Gabrielle señalando a los guardias "¡Y A POR KAMBARAAAA!"

Continuará...