Snape caminaba silencioso por los desiertos pasillos de la tercera planta.

La imaginaria soledad y los lejanos ecos del viejo castillo le reconfortaban en cierto modo. Le causaban una falsa impresión de quietud y paz, rota por su fracaso en controlar a un puñado de estupidos mocosos envalentonados por luchar en una guerra perdida de antemano.

El roce que provocaban sus pasos en la piedra, el batir del viento en las ventanas, la rutina del paseo y los sonidos del mundo, lejanos, casi inexistentes, era apaciguador.

Pero por más que se acallaran los sonidos del exterior, nada acallaba las voces de su cabeza. Las voces de los Carrow exigiendo mayor libertad para imponer la disciplina; las voces de los demás profesores para que terminaran los abusos por su parte; la voz de Dumbledore exigiéndole imposibles...¡Por Merlín!, no puedo estar en todas partes a todas horas..; y la voz más dura, la más exigente de todas, la de su propia conciencia que le recriminaba no hacer lo suficiente, no pensar lo suficiente, no preocuparse lo suficiente y hasta, en los últimos tiempos, no sufrir lo suficiente...porque cuando acababa la hora de su ronda y regresaba a su habitación de la mazmorra, notaba que su paso y su corazón se aligeraba ; que su tensión se deshacía; que a cada paso que le aproximaba iba dejando esas voces atrás...y no porque le esperara una poción que embotara sus sentidos y le hiciera dormir con un sopor cercano a la inconsciencia...Sino porque allí estaría ella.

(Demons).

A veces la encontraba haciendo alguna tontería. Como aquella vez que la encontró medio desnuda en una postura imposible, una costumbre ridículamente extraña que ella llamaba yoga. O aquella otra que se estaba pintando las uñas con aquel esmalte, de un color rosa pálido, que resultó estar encantado para cambiar de color según su estado de ánimo y que pasaba al rojo intenso a medida que él se acercaba a ella y susurraba en su nuca, delatando su excitación aunque fuera capaz de disimularlo perfectamente a sus ojos.

Otras, la encontraba inmersa en la lectura de los libros de pociones, iba ya por el de cuarto curso, escribiendo notas emborronadas en los pergaminos con una caligrafía horrorosa y un desorden imposible que ella consideraba imprescindible, y prácticamente le echaba de su lado diciéndole que la molestaba... pero no dejaba que se fuera lejos preguntándole una y otra cosa, una y otra vez hasta que alcanzaba a comprenderlas. Mientras, él se burlaba de la forma que tenía de fruncir el entrecejo cuando pensaba en algo o de su indignación cuando a las preguntas que le hacía, él le contestaba "Es magia, señorita Demons, no intente encontrarle sentido".

Unas noches, dormía ocupando toda su cama,( mi cama), con las sábanas revueltas y él se echaba en el sofá y la miraba durante dos eternos minutos hasta que invariablemente ella le llamaba. "Oh, señor Snape, no sea ridículo, le bastaría con empujarme a un lado..." o la frase que él prefería "Venga, tengo los pies helados".

Algunas veces no estaba,y su ausencia le llenaba de inquietud. Llegaba poco después, helada, tras "observar las estrellas" en la torre de astronomía demostrándole lo absurdo de las rondas cuando una muggle desprovista de cualquier ventaja mágica, se escabullía también y se paseaba por el castillo, a pesar de las guardias.

En temibles ocasiones, la encontraba sentada frente al fuego, absorta en las llamas con la mirada lejana y perdida. Nunca se lamentaba, nunca protestaba, ni lloraba, ni decía cuanto echaba de menos su casa, su familia, su vida... y él la admiraba por eso. La entereza que conservaba a pesar de la tristeza en sus ojos, su obstinación en hacer que nada de este mundo existía fuera de esas cuatro paredes para mantenerse entera... Esas noches él le ofrecía una copa -no querría una poción- y le hablaba de la manera más ruda y sarcástica, prepotente y protector, hasta que ella se irritaba lo suficiente para "ponerle en su lugar" que invariablemente resultaba ser a sus pies o entre sus piernas.

Casi siempre, se le quedaba observando, mirándole a los ojos, cuando entraba, como si solo con esa mirada pudiera adivinar su ánimo. Como si esperara encontrar algo diferente en sus oscura pupilas, algo... que esperaba cambiado, algo que al parecer no encontraba pero que nunca dejaba de buscar y que intrigaba a Snape.

Regresaba anhelante de ver su sonrisa, de sentir sus dedos enredándosele en el pelo, de encontrarla ardiente, tan deseosa de su presencia que se le lanzaba a la boca apenas entrar. O de encontrarla fría, divertida, enfadada, hundida, rebelde, ausente, frustrada, envalentonada, ojerosa, perdida o resuelta...simplemente, (no lo hagas, no suspires) de encontrarla.

Regresaba temeroso de que esa locura que la hacía tomarle exigentemente se esfumara con tanta prontitud como se había instalado. Era mejor que la peor poción, adictiva, insinuante, misteriosa,...deliciosa... capaz de nublarle el seso.

Adoraba a esa pequeña tirana reclamante que le conminaba una y otra vez a tenerlo todo, a darlo todo, sin más pago que el ojo por ojo...sin exigirle un compromiso, o un futuro, o..., o..., (dilo, idiota, ella no te pide nada) o un "te quiero"(exacto, ella no te esclaviza, ni te condiciona... no pide lo que sabe que no puedes darle... lo que ella no quiere darte.., amor) a cambio.

Adoraba como le tentaba lasciva, como ponía a prueba su autocontrol, como él mismo se ponía a prueba, acabando poseyéndola a regañadientes, obligado, como si no pudiera evitarlo... Pero es que..¿podría evitarlo? "Piensa demasiado, señor Snape" Ella soportaba su mal humor y sus respuestas cortantes como si le divirtieran, como si las esperara, como si...extrañamente, las deseara... ¿Podría llegar ser tan frío, tan cruel, tan dañino con ella para conseguir que se apartara de su lado? o lo que es peor, llegado el momento ¿querría hacerlo?

Porque llegaría. Había vivido ya lo sufiente para saber que ese momento llegaría. " Es una ilusión, idiota. Un sueño. Acabará. La realidad acabará imponiéndose"

Pero no hoy.

No ahora.

Esta noche no.

Esta noche, ella sería...No, ella no, él...("no lo niegue, señor Snape, le va la marcha" significara lo que significara eso) , él sería suyo.

Incluso aunque ella durmiera y le ignorara y no le cediera ni un centímetro de su cama, cercano a su cálido cuerpo.

Posó la mano sobre el pomo de la puerta, con su pecho expectante.

En cuanto la atravesara entraría en el reino de las mil y una noches, donde una Sherezade escuálida le contaría un cuento para que pudiera dormir.

Ella estaba (está y es bastante) en el sofá, leyendo un libro de pociones avanzadas y uno de herbología comprobando con el segundo los ingredientes que indicaban en el primero.

Le miró, con aquel sutil rasgo de ansiedad, que transformó pronto en enfado.

_¿Cuándo va a dejarme practicar con las pociones?

_ Hola cariño, yo también te quiero..._ masculló Snape.

_Déjese de bromas...quiero aprender.

_Ya lo hace_dijo Snape señalando los libros.

_Enséñeme.

_¿Ahora?¿ No va a dejar ni siquiera que entre en calor?_Snape se acercó a la chimenea frotándose las manos.

Lentamente, ella cerró los librosy aspiró profundamente mirándolo de arriba a abajo.

_Se me ocurren como siete formas de hacer que entre en calor...bueno,_corrigió_ seis, la última es demasiado intensa, incluso para usted.

La muggle se recostó en el sofá sacando una pierna de debajo de la túnica y la agitó lánguidamente al ver que él no le hacía caso.

_Es patético su intento de atraerme, señorita Demons_ habló mientras pensaba cual sería esa forma de hacerle entrar en calor que ella había desechado.

_Vaya, el señor Snape declina la oportunidad de ser devorado...y yo que pensaba que no podía estar sin tocarme ni siquiera delante de los alumnos...¡Que desilusión!

_ Puedo decidir no tocarla_ dijo sin mirarla, aunque en su fuero interno no estaba tan seguro, no dejó que su voz lo aparentaba.

_Puede decidirlo..._ella atacó con su voz aterciopelada y sugerente_ claro que puede...De hecho, decídalo ahora. Decida no tocarme...

Echó los libros a un lado y se levantó del sofá, caminó alrededor de Snape resoplando aburrida y le dejó atrás caminando hacia la cama.

_...y si cree que tiene fuerzas, intente cumplirlo...

Se deshizo de la túnica, Snape oyó la pesada tela caer al suelo.

_¿Cree que el suelo es el sitio apropiado para la ropa?

_ Puede usted recogerla cuando quiera.

"Pequeña déspota" Miró de reojo como se tendía en la cama. Podía obviar su cuerpo desnudo en la cama concentrándose en el fuego danzante, lo que ya le fue más difícil de ignorar fueron los suaves suspiros que surgían de su garganta. La muggle había colocado sus brazos por encima de su cabeza y flexionaba una rodilla y la luego la otra rozando sus muslos, arqueaba su espalda alzando el pecho. Snape gruñó.

Ella abrió los ojos y le miró (¡cúan malvada!) mientras atrapaba uno de sus dedos con sus blancos dientes. Lamió la punta de ese dedo y lo bajó por su cuello, suspirando, cerrando los ojos, dejando una línea húmeda hasta su esternón. El mago miraba hipnotizado sus dedos recorriendo su torso dibujando las cicatrices del flagrate que se enroscaban en su vientre como dos serpientes.

Snape se acercó, había dicho que no la tocaría, no que no la miraría.

Pasaba las manos por su suave cuerpo, acariciándose como si fuera un gato. El mago sentía la sangre latiéndole en las sienes y terminó acompasando su respiración a la de ella disfrutando de una pasión lenta que iba apoderándose de su entendimiento y que crecía entre sus piernas. Como si lo presintiera, la muggle abrió los ojos clavándolos en su rostro.

Snape se mantuvo indiferente en contra de lo que proclamaba el brillo de sus pupilas. Esta vez, no la iba dejar ganar.

De los pliegues de su túnica sacó su varita.

_Si me toca con eso, también cuenta_ advirtió ella.

Por un momento tuvo miedo cuando el mago le apuntó con la varita, y contuvo la respiración al ver el movimiento que hizo con ella. Había estado en suficientes clases de Amycus para saber cual era, antes incluso de oir a Snape pronunciarla. Era una maldición de las "imperdonables".

Era imperius.