La muggle manejaba con furia el cuchillo. Cortaba, aplastaba, mejor dicho, las hojas de Moly. No sabía si quería elaborar una poción para dormir o alguna para protegerse contra la magia oscura...ambas por encima de su nivel, seguro. Pero ella no le había preguntado, ni él le había ofrecido ayuda.

Se mantenía distante.

Todavía le escocían las palabras que escuchó a hurtadillas en la enfermería cuando fue a buscarla después de que pasara allí la noche, al pie de la cama de los alumnos atacados por los Carrow. Parecía más cansada que nunca, más ojerosa que nunca, más pequeña y frágil que nunca cuando se levantó tambaleante de la silla dejándose convencer por Ponfrey para irse a dormir. Parecía un inferi y se dejó abrazar por Minerva y que esta la apretara contra su pecho, consolándola. "Te lo advertimos, niña, te lo advertimos".

Desde detrás de la puerta, Snape vió sus ojos opacos y su semblante inexpresivo, como si no le quedara nada en su interior que mereciera ser expresado. Ella dijo, y ojalá no lo hubiera oído nunca, ojalá... ella dijo. "Fue... monstruoso" y se dejó acunar por McGonagall mientras el gorilla dentro de él quería arrancarla de aquellos brazos y estrecharla entre los suyos hasta causarle dolor, hasta quebrarle los huesos y hacerla llorar, hasta... despertarla.

Pero se volvió y se fué, incapaz de enfrentarse a su desprecio.

Aquella noche tampoco durmió con él. Ni en su cuarto siquiera. Se enteró después que pasó la noche bebiendo con Hagrid en su cabaña y la mañana durmiendo en la cama del semigigante.

La tercera noche la espió mientras ella se dejaba la vista arrasada en decenas de volúmenes de la biblioteca. Vió como cogía el libro de los Cuentos de Beedle el Bardo y, (Snape se encogió al recordar aquella vez cuando vieron el libro juntos) y lo tiró a un lado con desidia. Leía libros de pociones, de magia oscura, de herbología...La observó hasta que el sueño la venció y se quedó dormida sobre la misma mesa que una vez la ocultó debajo.

La cuarta noche cogió un sextante y subió a la torre de astronomía, arañando en los pergaminos los grados y los movimientos de los astros. Durante el día se comportaba erráticamente, deambulando por los pasillos como la Dama Gris.

La quinta noche se fué con Hagrid al Bosque Prohibido para regresar cargada de hojas, tallos, flores, hongos y tubérculos cuando él le hubiera regalado gustoso todos los ingredientes de sus armarios.

La sexta noche la pasó en el Gran Comedor, garabateando pergaminos con fórmulas en forma de panal, llenas de haches, ces, oes y enes que se alejaban años luz de la comprensión de Snape.

En esos seis días, no le buscó, no se cruzó con él, no apareció por su cuarto ni siquera para cambiarse de ropa.

En esas seis noches, él no vivió sino para buscarla, observarla y desearla desde la autoimpuesta distancia.

La séptima noche no la encontró por ningún rincón del castillo y regresó a la habitación frustrado, enojado y alarmado... para encontrarla tendida en la cama, su cama, pesadamente dormida, con la túnica y los zapatos.

Aliviado, le quitó los zapatos y los calcetines (ella odia dormir con calcetines) con manos inseguras, recordando aquella otra vez en que terminó respirando entre sus piernas, alimentándose de su aroma. La arropó. No se atrevió a (encontrarse con su mirada acusadora) tenderse a su lado.

Y pasó esa noche mirándola desde el sofá, despidiéndose del oasis que había sido (tenerla) compartir su espacio.

Retornaron a una convivencia fría, como la de antes de que ella se sentara en sus piernas y advirtiera que iba a besarle.

Hablaban, sí. Pero no conversaban.

Se veían, sí. Pero no se miraban.

No, no se tocaban.

Él se desahogaba con sus cínicos comentarios a cuanto ser se atreviera a dirigirle la palabra, incluso a un Dumbledore que no disimulaba su satisfacción de que esa cercanía se hubiera roto convenciéndole de que era lo más adecuado para él.

Ella, por lo que veía, se desahogaba asesinando las pequeñas hojas de la flor con la que pretendía trabajar...hasta que pasó lo que tenía que pasar.

_¡Aaahg! ¡Mier...coles!

Snape sintió su corazón dar un pálpito cuando ella corrigió su exabrupto, le divertía como solía reprimir su lenguaje cuando hablaba con él.

Se levantó, sin pensar, se acercó a su lado y le tomó la mano que ella apretaba con la otra, cubierta de sangre. Un tajo profundo cercernaba la yema de su dedo índice.

Snape lo envolvió en un pañuelo y corrió, voló, hacia un armario cercano tomando una botellita de color marrón y regresó a su lado preocupado por cada gota de sangre que rodaba por su muñeca. Retirando el pañuelo, vertió varias gotas de esencia de díctamo en el corte y sostuvo su dedo y su mano hasta que la herida cerró.

Un poco más tiempo del necesario, permitiendo que el calor pasara a través de su piel. Ella tenía que saber..., tenía que comprender..., como había comprendido y sabido siempre, pensaba con obcecación, era su rasgo saberlo todo y aceptarlo todo. La miró combativo con sus ojos negros. Ni el miedo que negaba sentir, le permitía presentarse humilde y contrito. Ella le devolvió la mirada, con sus ojos brillantes como espejos, anegados en lágrimas pero bien abiertos, sin permitir que un inoportuno parpadeo dejara caer una sola lágrima por sus mejillas.

Sin pensar, ("piensa demasiado, señor Snape") llevó ese dedo a los labios y lo besó con delicadeza. Pero ella se lo arrebató, le arrebató el dedo y su persona metiéndose rápidamente en el cuarto de baño. Snape suspiró roncamente. No, esta vez no escapará, señorita Demons.

Sin contemplaciones pegó una patada a la puerta del baño que se abrió con un golpe ensordecedor. Dentro, muy sorprendida, la mugle había lavado sus manos de sangre y se refrescaba la cara y los ojos, borrando cualquier rastro de llanto.

_¿No puede esperar, señor Snape?

_No_ dijo él severamente_ llevo esperándola semanas. Tres semanas y cuatro días. ¿Quiere que le diga las horas?

El pecho de Snape vibró. ¿Había sido una fugaz sonrisa lo que se había asomado a sus ojos?