Tuvo que sostenerse en el cuerpo de Snape.
Las piernas le fallaban, las fuerzas le fallaban. Sentía que había sido demolida entera, en cuerpo y alma.
Con cuidadosa precaución la sentó en el sofá, pero ella no dejó de escudarse en su pecho, con la cabeza enterrada en él.
_Vamos, vamos...levante esa cabeza. ¿Acaso tiene miedo de mirarme? ¿La he asustado con la impetuosidad de mis sentimientos?
Desde la negrura de la túnica del mago, Demons adivinaba su sonrisa torcida, riéndose de ella o de sí mismo, acaso de los dos.
Pellizcó la tela a la que se agarraba ahogando un largo suspiro, trató de rehacerse y levantó la mirada.
Snape arrugó sus ojos un segundo y juntó sus cejas calibrando el alcance de los daños.
_Parece usted una niña que después de llorar durante horas para que le compren un juguete, lo coje, lo mira y lo deja a un lado justo cuando lo consigue.
El tono de su voz era indescifrable.
Demons le miró entonces con una mezcla de dulzura y tristeza que se le clavó como un puñal, un poco más largo y dañino que la daga de plata.
_Mi pobre Severus...Habías ensayado tu discurso y todo, y yo te lo estropeo. Incluso habías recitado a Shakespeare:" ¿Qué hay en un nombre?"_declamó_ "Lo que llamamos rosa con cualquier otro nombre tendría el mismo aroma. Si Romeo se llamara de otro modo conservaría siempre su amada perfección que no depende de su nombre". Romeo y Julieta, buena elección. Nuestro.. amor... es igual de trágico.
Demons volvió a suspirar largamente con el aire temblando al salir entre sus labios.
_No soy una niña caprichosa que se ha cansado muy pronto de un juguete_ dijo mientras volvía a refugiarse en su pecho, a agarrarse a la tela de su túnica como si necesitara asirse a algo para no caerse_ Más bien soy una niña a la que tras enseñarle el juguete que tanto deseaba, con el que sabe que va a jugar horas y horas sin aburrirse conservándolo a su lado mientras crezca, su favorito... se lo colocan en la estantería más alta, a la que no llega y le dicen que no podrá jugar hasta que se coma las acelgas. Y no me gustan las acelgas, son amargas. Si no estoy saltando de alegría y arrancándole la túnica o pidiéndole que me deje llamar a alguna amiga para poder contárselo todo con pelos y señales mientras grito de emoción es porque... porque...
Volvió a mirarle a los ojos con urgencia, con ansiedad.
_Porque resulta que la más hermosa y violenta declaración de amor que he tenido, la única que he deseado en toda mi vida, viene acompañada de una despedida.
Fue Snape el que volvió a llevar la cabeza de la mujer a su pecho, envolviéndola con sus brazos, volviendo a besar su pelo mientras cerraba los ojos incapaz de soportar verla tratando valientemente de no mostrar el desgarro de su alma. Incapaz de mostrarle tampoco su propia herida.
_La vida es una mierda, señor Snape. Te arrebata justo lo que más quieres cuando más lo necesitas. No va a dejar que me quede, ¿verdad?
_¿Ya vuelvo a ser el señor Snape?¿Nada de Severus?
La muggle le empujó con el cuerpo, un pequeño toque, protestando. Snape rió y ella sonrió desde su escondite.
_No. No voy a dejar que se quede. Sería una temeridad. Espero que no llore ahí abajo, me va a manchar la túnica.
Demons volvió a empujarle.
_No pienso volver a tutearle mientras usted no haga lo mismo. Bueno, a lo mejor se me escapa algún Severus mientras le tenga dentro de mí... si da tiempo otra vez.
El mago volvió a reir.
_¿No va a darme ninguna respuesta?¿Alguna palabra dulce con la que entibiar mi ánimo cuando duerma sin usted?
_ Ya que va a echar mi cuerpo a patadas de su dormitorio, puede quedarse con mi alma para que le caliente por las noches. Me la ha arrebatado con malas artes como un demonio.
_Me temo que sería igual de abrasadora.
Snape volvió a abrazarla. Seguía sin querer soltarla. Demons cerró los ojos y se adormeció acunada por la respiración del mago.
_Puede doblarse, pero no quebrarse, ¿eh? Sigue sin compadecerse de mí. Sabe lo que me ha costado decirle todo eso y no va a responderme nada a cambio. La odio.
Demons volvió a sonreir, él hablaba pausadamente, profundamente, mientras paraba de vez en cuando para volver a besarle el pelo. Cuando él dijo "la odio" lo hizo con un tono tal que parecía decir "te quiero". La muggle se mordió el labio. No podía decirle nada, porque no encontraba las palabras para describir la inundación que tenía en el cuerpo, un gigantesco tsunami que le llegaba hasta la garganta.
_Yo también le odio. Con toda mi alma.
Y levantó la cabeza y le miró con ojos empañados para que no dudara de la intención de ese "le odio". Abrió la boca intentando decir algo más. Lo intentó un par de veces, pero no lo hizo. No podía. Las palabras que dijera iban a ir acompañadas de lágrimas y ella era terca a ese respecto.
Snape la impulsó con sus brazos para acercarla a su rostro amagando un beso, torciendo su perfil a un lado y al otro como si no encontrara la postura adecuada para su nariz. El aire se escapó de la sonrisa de la muggle que no dudó en cojer su rostro y guiarle como tantas veces hiciera antes.
Demons no quería separarse y volvía a buscarle con los labios en cuanto él se retiraba, leía en su piel que se impacientaba. Estaba decidido a sacarla de allí y cada segundo que pasaba le costaba más hacerlo.
_¿Cuándo piensa deshacerse de mí?
_Ya, encuanto usted se "vista"_ dijo señalando con la cabeza la ropa interior de la muggle tirada y rota en el suelo_ y yo me...bueno, tengo que resolver un pequeño problema.
Snape alzó una ceja mientras miraba con intención su propia entrepierna. La muggle rió a carcajadas.
_¡¿No me diga qué...?!_ exclamó sorprendida sin dejar de reirse_ ¡Señor Snape, qué falta de control!¡Se ha dejado ir como un quinceañero!
_Eso, mófese encima del efecto que produce en mí.
Lo dijo con voz ronca debajo de su oreja mientras arañaba con sus dientes la parte alta de su cuello.
_Levántese, sea buena. La dejaré pasar primero al baño.
A regañadientes, abandonó su regazo y le obedeció, saliendo rápidamente tras un fugaz aseo y se encaminó a la cómoda donde guardaba su ropa interior. Snape tenía una muda en la mano preparado para entrar y cerró la puerta con suavidad tras recibir la mirada divertida de la muggle. Ella se frotó la cara en cuanto él entró. No quería irse, pero de nada serviría protestar salvo para pelearse con él. Y lo último que quería en estos momentos, era pelearse con él. Abrió el cajón con brusquedad incapaz de expresar su frustración de otra manera. Las botellitas que le diera el malogrado Colagusano tintinearon.
_¡Ni se le ocurra llevarse nada mágico con usted!
Demons también alzó la voz para que él también la oyera tras la puerta cerrada.
_¿Y eso por qué?¿Alteraría el continuo espacio-tiempo creando una paradoja que destruiría el mundo o algo parecido?
_¿Cómo dice?
Snape salió del baño mientras ella terminaba de acomodarse la túnica.
_Nada_dijo suspirando_ Es que me encanta cómo me deja el pelo ese champú.
Snape la tomó del brazo acercándola nuevamente a su pecho. Aunque parecía decidido y tranquilo, la muggle no dejaba de notar la ansiedad que le consumía por dentro. Hizo acopio de todas sus fuerzas para no sumar la suya a la ya incómoda carga de Severus.
_¿Vamos?
La muggle miró alrededor despidiéndose con la mirada de lo que había sido su casa, su mundo, durante los últimos meses. La cama, el sofá, el suelo, el baño... todos los lugares en que habían hablado, discutido y copulado como salvajes o al ritmo lento que prefería el mago... El rincón desordenado con sus notas, ingredientes y pociones que tanto irritaba a Severus... O se iba ya, o no se iría nunca. Demons asintió secamente y el aire se volvió negro.
El lugar donde aparecieron no parecía más iluminado.
Demons tardó unos segundos en darse cuenta de que estaban en la habitación donde le vió por primera vez. Pesadas estanterías con libros y libros. Muebles ajados y tapicerías descoloridas, y el mismo ambiente opresivo y melancólico.
_¿Me ha traído a su casa?
Snape contrajo su pecho involuntariamente, su voz sonaba llena de esperanza.
_No podemos aparecernos en el mundo muggle con estas ropas_ de un armario sacó unos tejanos y una amplia sudadera que a Demons le parecieron de otra vida_Quítese la túnica.
_Usted y su manía por desnudarme...
Snape la miró con los ojos como tizones.
_Dígame, ¿cuántas veces me ha dejado desnudarla? Sea sincera, siempre se ha quitado la ropa usted.
Demons se acercó con aquella forma de caminar felina e insinuante.
_Si quiere, le dejo hacerlo... como regalo de despedida.
Snape la tomó por una mano que llevó a sus labios besando el dorso, la palma y la muñeca. Tiró de ella agarrándola por la cintura. Nunca había sentido tantas ansias de besarla más que ahora, que sabía que le quedaban pocos momentos de tener su boca.
Sus labios se rozaban, la muggle le tocaba suavemente con la punta de la lengua y los atrapaba entre los suyos. Era un beso tímido, cobarde y tembloroso tal como se sentían ellos dos.
Mientras Demons sujetaba su rostro y deslizaba los dedos hacia el oscuro pelo del mago se sorprendía como todo parecía distinto entre ellos ahora. Su corazón parecía ensancharse hasta llegar a tocarle la piel y latir en los labios que Severus adoraba con los suyos. Si había sentido algo más tierno o dulce en su vida, no lo recordaba.
Snape volvió a aferrarse a su cuerpo con un suspiro y en un impulso la cogió en brazos. Resistiéndose a bromear al respecto la muggle se dejó cargar escaleras arriba, hacia los dormitorios.
Un hilo de luz habitado por miles de partículas de brillante polvo cortaba la habitación oscurecida por pesadas cortinas. Casi sin dejar de besarla, Severus la echó en la cama tumbándose a su lado. La miraba como quien admira un cuadro, fijando en su mente cada detalle: el nacimiento de su pelo castaño, sus cejas alargadas, la tenue arruga en el puente de su nariz... sus pómulos afilados, su nariz perfecta sobre unos labios rosados y carnosos. Dibujó con un dedo la línea de su mentón dejándose a su vez mirar por ella. Pareciera la primera vez que se vieran. Ella parecía más jóven e insegura bajo su escrutadora mirada y a él se el escapó media sonrisa al ver hincharse su pecho mientras su dedo viajaba de la barbilla al cuello de su túnica.
Demons cerró los ojos mientras sentía los dedos habilidosos del mago desabrochar cada botón dando gracias por primera vez de lo complicado de su vestimenta que iba a permitirle poseerle unos minutos más.
Dejó que Severus liberara su escote alzando la cabeza, mostrando visiblemente su deseo de ser besada ahí. Había pensado simplemente dejarse hacer pero hay costumbres que no se pierden.
El obediente Snape deslizó sus labios por la piel suave mientras sus manos seguían pechera abajo, no dejando un milímetro de piel rendida al toque de sus labios, o sus dedos o su ardiente lengua.
Demons también comenzó a deshacer la abotonadura, más torpe e impaciente. Un escalofrío la recorrió cuando Severus, en un gesto que reconoció como propio, la cogió por lo cabellos para guiarla a su cuello y a su pecho plano que mostraba la apertura de la túnica. Aunque lo deseaba, no dejó que sus manos se apresuraran, rindiendo pletesía a esa meseta, continente de un corazón que latía desaforado bajo tan hermosa jaula.
Y mientras sus dedos alcanzaban la cintura abriendo la negrura de la tela a la palidez de su vientre, Demons se dejó llevar por las manos del mago cubriendo su piel lisa y la rugosidad de sus cicatrices de amantes besos, abandonando el territorio que reclamado cada vez que él quería que regresara a sus labios. Le liberó de las mangas pasando la yema de los dedos por cada centímetro de piel que quedaba expuesta y con el filo de sus uñas, le recorría suavemente la zona interior de los brazos y las costillas. La cama crujió cuando ella se volvió más hacia él, apoyándose en sus costados, recorrió de nuevo su pecho mientras las manos de Severus ya no guiaban sino que sujetaban su pelo apartándolo para poder mirarla.
Descendió por la delgada línea de su ombligo tirando a veces con los dientes de ese suave y corto vello que le hacía cosquillas y trepaba de nuevo hasta su cuello y hasta su boca como un buceador subiría a la superficie a buscar aire.
En uno de esos besos, Snape se giró sobre ella dejándola bocarriba mientras él repetía el recorrido que ella había hecho. Esta vez el despejaba de ropa y colmaba de ardientes besos ascendiendo sus suaves colinas, provocando nudos en sus areolas al dibujarlas con su lengua. Demons no hubiera podido describir la calidez que despertaba en su cuerpo cuando sus pechos quedaban en la envoltura de sus manos o la ansiedad que le hacía elevar su torso haca él cuando se separaba de su piel.
Se acariciaron a una mano, mientras se terminaban de desnudar con la otra, ayudándose mutuamente. Quedó Snape de nuevo atrapado entre la cama y el cuerpo cálido de su amante dejando que el peso de ella le hiciera hundirse en el colchón, la despeinaba al besarla, recorría su espalda hasta sus nalgas que cubría con sus manos igual que sus pechos, ciñendo un poco su carne, dibujando sus curvas y redondeces, y la presionaba más contra él. Como si a fuerza de apretarla pudiera meterla dentro de su piel y quedársela para siempre.
Rodaron de un costado, Snape mordía sus hombros buscando su nuca hasta que consiguió girarla y seguir besando su espalda, acariciando sus muslos, abriendo sus piernas con una presión suave pero inflexible. No fué la mano del mago al alcanzar su zona más ardiente lo que la hizo gemir, fue el suspiro de él en su oído al tocarla. La atrajo, pegando a su pecho la espalda de ella, dejando por debajo de su cuerpo un brazo con el que cubrió sus senos, llevando la otra mano al pubis de la mujer. Cubierta como una Venus sin brazos con los fuertes brazos de Severus sentía su cuerpo cocerse al fuego lento, temerosa de estallar en burbujas como la superficie de un caldero.
Cubrió con sus brazos los brazos que la cubrían; acarició con sus manos las manos que la acariciaban, moviendo su cintura para pegarse al sexo del mago que la golpeaba suavemente desde atrás, en un temblor que Severus no controlaba. El largo dedo de Snape se movía muy despacio, arriba y abajo sobre sus hinchados labios y se sintió morir cuando el delirante dedo presionó su clítoris al tiempo que se empujaba contra su espalda y mordía su nuca.
Toda la piel de Demons se volvió un órgano extremadamente sensible, casi dolorida al soportar su propio placer y el deseo de Severus, sin quejarse esta vez de la lentitud con la que el mago recorría su húmeda gruta o con la que presionaba su sexo a su espalda. Con más urgencia, Severus volvió a girarla sosteniendo su mirada unos segundos antes de volver y volver a besarla. Aunque hubiera gozado intensamente tomándola desde atrás teniendo las manos libres para tocarla a voluntad, no podía prescindir de ver sus ojos abiertos o insoportablemente cerrados, de respirar el aliento que se escapara de su boca, de besarla y besarla y besarla.
De lado, sin que hubiera vencedor o vencido en esta lucha, que era esta vez más que lucha, danza, Severus la tomó por el muslo que ella enredó en su cuerpo.
Ondularon como serpientes, sin mucha prisa en encontrar la postura en que sus cuerpos encajaran.
Demons se sintió invadida y tomó el rostro de Severus, encontrando su intensa mirada sin perderse un matiz de su negrura sintiéndose prenetrada en cuerpo y alma.
Los miembros enlazados no perdonaban un roce, las manos no abandonaban una caricia y los labios acabarían doloridos. De tan apretado abrazo, apenas sí se movían. Contra las apasionadas y largas embestidas de otras veces, en esta ocasión el roce de sus sexos consistía en los latidos de él y las contracciones de ella. Pero era más que suficiente.
Severus soñó con inventar un hechizo que congelara el tiempo y quedarse para siempre perdido en esos ojos y ese cuerpo.
Era como si entrando en ella, saliera de una crisálida. La horrible oruga transformada en mariposa.
Demons sentía que no habría momento mejor en la vida para llorar que ahora, ahora que todo el amor que se había negado en la vida pareciera habérsele devuelto de golpe. Tan intenso , tan voraz, tan destructor... que por naturaleza debía ser efímero, porque no habría alma capaz de soportarlo. Era como si todo lo que hubiera ser debidamente dosificado en años, Severus necesitara dárselo de golpe temeroso de no tener más tiempo para hacerlo de otro modo.
El orgasmo que otras veces les arrasaba la piel, pulsaba esta vez por debajo de ella expandiéndose lentamente provocando un hormigueo en cada terminación nerviosa.
Ella se aferró a él, jadeante, cuando el cuerpo de Severus tembló en varios espasmos.
Eran disparos irreversibles que anunciaron inclementes que la despedida había concluido.
